Hierbabuena y rosales en flor recién regados. No lo intentes ya más: se ha suspendido el tiempo. Mañana - bien lo sabes- será otro día.
Hierbabuena y rosales en flor recién regados. No lo intentes ya más: se ha suspendido el tiempo. Mañana - bien lo sabes- será otro día.
Admiramos el arte de embellecer las fachadas en ruina y las medianeras de los edificios. Hay grandes artistas que se han especializado en ello. En realidad, nos reconforta: da la impresión de que todo está bien terminado y de que el mundo no se nos cae a trozos.
Asisto al espectáculo de tantos que piensan que la mejor opción contra las víctimas es la ira. Veo las imágenes de las decenas de miles de personas que han entrado en Ceuta desde Marruecos esta semana. No han ejercido la violencia: solo han pasado de un lado a otro de una frontera, muchos a nado. Son apenas cien metros y los que no sabían nadar han utilizado flotadores como los que usan los niños cuando aprenden a nadar en las piscinas o en las playas. Frente a la interesada desinformación de muchos, en las imágenes veo también mujeres -muy jóvenes muchas, apenas adolescentes- y niños. Los buzos han rescatado ya cien cadáveres, algunos de bebés. Se espera que el mar devuelva más en los próximos días. Gran parte de los que lo consiguieron entraron con lesiones provocadas por los golpes contra las rocas. Muchos llegaban al límite de sus fuerzas. Todavía falta por averiguar todas las causas que han provocado esta avalancha humana, pero veo dos por encima de cualquier otra: la desesperación y la esperanza. Por supuesto, alimentadas por organizaciones criminales y los intereses políticos. Hay también responsabilidad por dejación o incompetencia. Muchos de los que veo en las imágenes parecen no comprender bien las consecuencias de todo, se les escapa el complejo entramado de las relaciones políticas y la geoestrategia. Me fijo en una pareja muy joven, quizá hermanos, quizá novios. Corren enlazados por las manos y sonríen porque piensan que han conseguido un primer hito de su meta. Veo también un joven mareado que recibe la ayuda de un guardia civil, otro que es apenas un niño al que abrazan dos militares para tranquilizarlo. Han entrado a miles, pero a las pocas horas la mayoría ha regresado a Marruecos porque nadie les ha dado agua ni comida -la ciudad estaba desbordada y no había ninguna posibilidad de atenderlos-, lo que ha provocado también algunos altercados. Necesitamos que dentro de unos días los entrevisten buenos periodistas -a los que regresaron, a los pocos que se queden, a los familiares de los fallecidos-, necesitamos leer esos reportajes para comprender las historias humanas que hay detrás de cada uno de ellos. En las imágenes yo veo víctimas. Víctimas de un mundo injusto y desigual en el que la voracidad de unos pocos fabrica sin piedad carne de cañón. ¿Tantos años de espectáculo han anulado nuestra capacidad de compasión? La playa ha quedado llena de flotadores infantiles y chancletas desparejadas, documentación perdida, teléfonos móviles inservibles. Una inmensa piscina que nos retrata.
Nos desagregaron, nos enfrentaron, nos impusieron el miedo, nos llevaron a la ira. // Nos dejamos desagregar, nos dejamos enfrentar, nos dejamos imponer el miedo, nos dejamos conducir a la ira. ¿Cómo salimos de lo irracional, que nos hace cada vez menos libres?
En la Fastiginia, la inteligente obra que el portugués Tomé Pinheiro da Veiga escribió con motivo de su estancia en la corte de Valladolid en 1605, hay un episodio memorable. En él se describen los banquetes que el Duque de Lerma y el Condestable de Castilla, organizaron para agasajar a los miembros de la embajada inglesa que acudían a ratificar el tratado de paz con España y asistir al bautizo del futuro Felipe IV. Al frente de los 500 componentes de la embajada se encontraba el almirante de Inglaterra, el Conde de Nottingham. Aquella visita dio pie a la falsa leyenda de que Shakespeare llegó a Valladolid y conoció a Miguel de Cervantes, un residente en la ciudad que comenzaba a saborear el éxito de la reciente publicación de la primera parte del Quijote. Pinheiro da Veiga relata cómo eran aquellas lujosas comidas. Aparte de otros menores, se celebraron tres grandes banquetes: uno en el Palacio Real, otro en el Palacio de los Condes de Benavente (hoy Biblioteca Pública de Castilla y León) y otro en las casas del Condestable de Castilla (hoy desaparecido). En este último, el 31 de mayo se celebró un banquete especialmente opulento con las puertas abiertas, permitiendo al pueblo entrar a mirar cómo comían aquellos caballeros y sus damas. La gran mayoría de los espectadores salieron admirados y comentaron durante mucho tiempo las excelencias de los platos, de las vajillas, los cubiertos y las copas, también las maneras de los comensales y los trajes de todos ellos y el lujo del palacio del Condestable. Cosas como estas mantenían el statu quo con gran eficacia. Hoy también nos invitan a mirar los banquetes de los poderosos y a celebrar sus éxitos como si fueran nuestros. Algunos, incluso, alaban la calidad de las migas que se caen de las mesas. Comiéndolas, les parece que forman parte del poder.
Quién nos iba a decir que el verdadero nombre de un dios sería finalmente IA y su libro sagrado un algoritmo.
Los humanos compartimos el 99.9% de los genes. No existen las razas. La única diferencia que existe entre nosotros es la de las oportunidades. El azar de haber nacido en un lugar o en otro, en una situación o en otra. Las diferencias de nuestra realidad socioeconómica y estructural condicionan nuestra pertenencia a una comunidad y a una clase social, la oportunidad de tener acceso a unos bienes, a una buena sanidad o a una educación adecuada, las circunstancias que pueden hacer posible que no sean otros los que nos inventen nuestra historia y nos fabriquen nuestro presente y nuestro futuro de acuerdo a ideologías o creencias que tienen su raíz en la diferencia y en el enfrentamiento. No hay nada en nosotros que nos haga superiores a otros seres humanos hasta el punto del enfrentamiento. La mayoría de los conflictos se deben al adoctrinamiento, a la construcción de enemigos exteriores para no ver a los verdaderos causantes del dolor verdadero de la humanidad: la desigualdad. Quienes dictan doctrina y consignas lo hacen por intereses que no son refugio de humanidad sino frío cálculo de poder y ambición que aumenta la desigualdad y concentra el poder con herramientas tan viejas como el mundo: la desinformación y el miedo. Es muy complicado ser un individuo en el sentido más elevado de este término, más aún un individuo consciente y solidario con los otros en mitad del ruido. Sobre todo en tiempos en los que han desatado las furias.
Miro atardecer estos días. Hoy ya no es tan visible el humo provocado por los incendios forestales cercanos. Ha caído el sol con una hermosísima gama de rojizos. En el cálculo astronómico, el 6 de agosto es el día central del verano por estas tierras. La primera mitad ha pasado demasiado rápido, ¿en qué he estado ocupado? Queda tiempo. Siempre hay tiempo para comenzar.
Dicen que antiguamente los hombres despechados regalaban ramos de hortensias a las mujeres que los rechazaban como símbolo de que les faltaba corazón por muy hermosas que fueran. Es lo que tiene pensar que a uno le deben hacer caso porque sí.
Las hortensias, este año, vienen grandes y bellas en todas sus tonalidades. He fotografíado un gran ramo de flores de hortensia en Puerto de Béjar. Duran poco en un jarrón, pero en la planta parecen inmortales. Me pierdo entre las variedades de la hydrangea, pero todas ellas llevan en su nombre el secreto del agua y de la tierra. Muchos buscan cambiar el ph de la tierra para obtener variedades de color diferentes añadiendo sulfato de aluminio o puntas antiguas y oxidadas de hierro.
Esos días ando recogiendo el curso. Busco lugar para los libros amontonados en el suelo, en las mesas, en los sofás, tengo que sacar tiempo para romper papeles, para buscar el paseo solitario por el campo. ¿Les falta mucho a las ciruelas silvestres? Aún no estarán las moras de zarzas. Ayer, al recoger la ropa tendida, una hormiga alada entre las sábanas.
Y qué hacer cuando hay que seguir para que caminen otros.
(Fotografía de Jonathan Tajes para El Día de Valladolid. A Jonathan le debo alguna de las mejores fotografías que me han hecho nunca.)
Este verano,
en la sombra tupida,
cantan los gorriones.
No nos queda mucho tiempo, pero nunca nos vamos del todo.
La metamorfosis de la lila nos explica que la ninfa Siringa, acosada por el dios Pan, pidió el auxilio de los dioses, que no encontraron mejor forma de librarla de Pan que convertirla en el arbusto de las lilas. Pan era mitad cabra y mitad hombre. Hijo de Hermes, habitaba en la Arcadia y provocaba un terror irracional en todo aquel que lo sentía cerca tocando una siringa, una rústica flauta de tubos fabricada por las ramas huecas del arbusto en el que se había trasformado la ninfa. Se había abrazado a él llorando y pudo escuchar el sonido del viento al pasar por el hueco de la planta... ¿Por qué lloraba Pan? El mito griego lo hermosea al decir que lloraba por el amor perdido. Como tantos otros, al llorar regaba la planta y la hacía más grande y fuerte, más hermosa. Todas las primaveras, el olor de las lilas en flor le recordaban la pérdida. La voz de la siringa añade un matiz significativo al denunciar en cada melodía la persecución del macho, la violencia que ejercen todos los que piensan que lo que existe les pertenece sin más, solo por la pasión que despierta en ellos. Especialmente las mujeres. Si dejas de mirar solo a Pan abrazado al arbusto verás un campo entero de lilas.
Tantas veces la vida es adentrarse en un bosque escuchando la melodía de esa flauta. No consuela que otros sufrieran antes el deseo incontrolado de Pan. Bajo el hermoso relato del mito, lleno de los aromas más hermosos, la música más dulce, la primavera eterna de los prados y las fuentes, cuántas experiencias terribles.
El prodigio de este valle lo han hecho las aguas que nutren los arroyuelos que nacen por fuentecillas naturales y escorrentías de los cerros calcáreos del páramo: Prado (que viene de Baltanás), Tojanco (que nace en el paraje de Carrodueñas), Valdemadera, Boquillas... Todos ellos se rinden en el padre Pisuerga, que está ya muy cerca. Es curioso cómo llenan la boca estos términos. Tojanco, que parece venir de las tojas, como se dicen por aquí o decían a las charcas, abundantes en tiempos de lluvia en la zona por las características del terreno, que retiene el agua hasta que se desborda y mana de forma natural en las fuentes o escurre por la pendiente del terreno o hasta que el verano las seca. Me dicen que tojanco en el Cerrato puede significar tozudo. No sé si es cierto, pero algo de obstinados sí tienen estos arroyos que rebajan la tierra para hacerla fértil en la tablada del valle.
Miro el campo, miro los tonos de verde: hojas de los árboles, cereal, hierbas. Arriba, azul, un azul escolar, como el de aquellas pinturas de madera que llevaba en el estuche. Qué torpe fui siempre para pintar, qué torpe para hacer los caminos, los árboles, las casas, el cielo, la vida.
Ya están los almendrucos muy avanzados. Juegan a esconderse entre las hojas, a punto de que los niños se suban a los árboles impacientes. Hace calor estos días, un calor inusual y anticipado que sabe a vacaciones escolares. Debajo de un almendro en flor me besaron. Desde la cuneta, apoyado en el árbol, veo unos corzos saltar entre el cereal aún creciente. Quizá una madre y una cría, que han bajado a beber al arroyo del Prado a pesar de que ya va avanzada la mañana. Desde el valle, el páramo, arriba, aparenta cerros. Toda esta tierra es yeso y brilla como si en la tormenta de ayer hubiera llovido esquirlas de espejos. En las laderas descarnadas brillan a cientos. Puñados de cristales de yeso aventados. Por uno de los caminos de concentración de la Tablada, un jinete trae al trote ligero un hermoso caballo tordo de raza española de gran alzada. Cuando ve venir un automóvil en sentido contrario (una nube de polvo lo anticipa), salta al campo de cereal y lo lleva un rato al galope. Debajo de un almendro en flor me besaron por primera vez. Volaban las hormigas aladas. Al llegar al puentecillo del arroyo, el jinete detiene el caballo y se queda un rato así, mirando hacia mí sin verme.
Estos días de abril hace mucho calor y, por la tarde, se forman tormentas, como antes ocurría en verano. Si ahora mismo levanto la mirada del ordenador, veo por la ventana abierta una nube negra que se avecina sobre la ciudad silenciada. Truena a lo lejos. Cuando comienza a llover, llueve sobre todos sin preguntarnos de dónde hemos venido. Un perro ladra en el parque, se escucha una sirena de bomberos. Llueve sobre todos, pero no de la misma manera. Llueve más sobre el que nada tiene, sobre el que camina por el mundo echado de su tierra.
Y ahora es la malva la que embellece las cunetas y los solares. Cinco pétalos abiertos al sol y al mundo, asilvestrados y orgullosos. Crecen sobre el olvido, sobre la tierra entera, en los lugares más humildes y abandonados. A un lado y otro del camino, sin preguntarnos de dónde venimos ni adónde vamos.
Ningún muro protege, todos encierran.
Con una ramita seca de una mata de tomillo, por el parque, apresuro el paso porque amenaza tormenta. Esta mañana el sol picaba como en esos veranos en los que el calor chupa la humedad de la tierra. No tardan en aparecer algunos relámpagos y unos truenos, poca agua, pero me pongo a resguardo debajo de una cornisa, junto a un grupo de jóvenes. Dicen que hay tardeo en Poniente. Se van abriendo las nubes. ¿Entonces?
¿De dónde venía yo antes de atajar por el parque? De mis soledades, me respondo, y no puedo dejar de sonreírme al citar a Lope de Vega. No me gusta especialmente este poema suyo, que me parece, como mucho de lo suyo, magníficamente escrito, pero escrito por alguien muy pagado de sí mismo, pero en él una gran verdad: No puede durar el mundo, / porque dicen, y lo creo, que suena a vidrio quebrado y que ha de romperse presto. El poema parece escrito a lo que saliere, pero cuando retomo el paso hacia mi casa, con la rama de tomillo en la mano, cada paso suena a vidrio quebrado. Esquinitas de cristales que hieren solo de verlas.
Es curioso cómo insisten los medios de comunicación en ese vidrio quebrado. La manera ya no es información, es provocar la alarma. Vivir en un estado de alarma continuo nos lleva al miedo, un temor constante de que ya nada tiene arreglo y el cielo se nos caerá encima, un miedo que no nos deja ver la belleza de la malva.
Pasé por Labradores para hacer unos recados en el barrio en donde viví hace unos años, pero antes me tomé un café en una terraza del barrio de las Delicias. Últimamente, este café de media mañana se me convierte en una estrategia de supervivencia. No solo necesito la cafeína, es la pausa y contemplar las cosas. La terraza, vacía cuando llegué se fue llenando, quizá por esa costumbre de sentarnos en donde ya hay otras personas y huir de los lugares en los que no hay nadie. Junto a mí, unos jóvenes rumanos, una familia marroquí con un par de niños que desayunaban unas tostadas, dos hombres peruanos, unos abuelos con un nieto en un coche de niños. La camarera era una hermosa joven mexicana. Se hablaba en rumano, español, árabe. Una pareja de novios se inclinaban el uno sobre el otro enlazando sobre la mesa sus dedos. Todos hacíamos lo mismo en esta pausa, tomábamos café, abríamos la bolsita de plástico de la pequeña madalena que venía de obsequio, algunos la mojábamos antes de morderla. La mayoría echaban azúcar en el café, yo no, hace tiempo que dejé de hacerlo. Contemplar las cosas, no pensar. La sonrisa de la camarera, la rabieta de uno de los niños, la complicidad de los amigos, el leve estremecimiento de las hojas de los plátanos. Anoche, ya oscuro, relampagueó hacia el páramo. Por aquí no cayó una gota.
Desde que yo vivía por San Andrés, hay un edificio abandonado como tantos que se levantaron a finales del siglo XIX en Valladolid. Tres alturas, ladrillo cara vista, ventanas con rejería. Una cierta elegancia para la pequeña burguesía de la época o los empleados de sus comercios. Había dos iguales, en realidad, pero uno fue demolido por la propiedad, creo que contra la normativa de entonces (recuerdo que hablé de aquello en este blog). Este que sobrevive estuvo un tiempo ocupado, pero ahora parece completamente vacío. La madera de las contraventanas ha envejecido, pero siempre me gusta apreciar lo bien que estaban hechas. Algunos fragmentos de anuncios, en ellas, son mensajes que cobran ahora un significado diferente, de un tiempo en el que las personas escribían a mano.
En en la avenida de la Estación de Medina del Campo comenzaban a florecer las falsas acacias. Percibí su olor antes de ver los racimos de las flores y no pude resistir la tentación de comer algunas mientras caminaba hacia la plaza Mayor. Aquellas cuatro acacias del camino al colegio en mi infancia que anunciaban ya el final del curso y abrían los minutos de aroma a verano...
También trajinaban ya las hormigas abriendo la boca de los hormigueros entre las baldosas. Este calor tan repentino de abril se ha saltado la primavera. Me quedé embobado un rato, mirándolas, como de niño, antes de seguir camino.
Me tomé un café en una terraza de la plaza Mayor de Medina del Campo, para ordenar un poco las ideas y descansar algo la fatiga que arrastro desde hace unos días. Vino a mi encuentro José Ignacio García, que dirige la Feria del Libro de Medina del Campo desde hace unos años. Mejor que dirigirla, se la ha inventado con esfuerzo y mucha generosidad, como suele. Los amigos, a su llamada, no podemos dejar de acudir. Ha tenido a bien invitarme al diálogo inicial con el pregonero de esta edición, Adolfo García Ortega, uno de los mejores novelistas españoles desde hace décadas. De los que ha labrado una trayectoria personal y sólida fuera del ruido comercial de las editoriales. Cuando uno se adentra en cualquiera de sus obras (novela, ensayo, poesía), sabe que ha entrado en el terreno de la gran literatura desde el primer párrafo. Sus novelas jamás pasarán de moda porque están escritas con el pulso auténtico de esa literatura que nos lleva a comprender al ser humano como si nos embarcáramos en un gran viaje del que nunca saldremos igual que entramos. De eso hablamos y del compromiso ético de su literatura, antes de abordar su última novela, Madre mujer muerta, una historia ambientada a finales del siglo XIX con alguna vinculación con su historia familiar, pero con el pulso narrativo de esas grandes historias de la literatura universal. Una excelente novela.
En el tren, de regreso a casa, anochecía en rojos y naranjas. Hacía calor, un calor desusado, pero al que parece que tendremos que acostumbrarnos.
¿Habrán florecido ya las lunarias en los sombríos del bosque? Aquí y allá, entre la luz y la sombra, atreviéndose a ser, que es lo más complicado de la vida. La lunaria va del verde al morado y luego se hace nácar puro, reclamando algo de concha marina en la subida a los montes de castaños. Elegante y discreta siempre.
¿Fue así el mundo antes? Tan desnudo de elegancia en la boca del poderoso. No solo: gran parte del arte se ha hecho grosero y basto, así también la comunicación entre todos. Si todos gritan, difaman, mienten, ofenden, ¿a quién se escucha?
El grito de las víctimas sepultado por el grito de los victimarios. Toda una definición de nuestro tiempo. El grito como estrategia para ocultar el daño que causamos.
Esta mañana, al amanecer, he recordado los montes que he recorrido. En ellos, el sonido nunca perturbaba ni ocultaba otros. La elegancia de la flor de la lunaria, el canto lejano de la abubilla, el repiqueteo sordo del picapinos.
El silencio es la primera actitud del que quiere ser.
De pronto, una fila de seis cerezos japoneses en flor embellecen una calle anodina llena de automóviles aparcados y contenedores de residuos. El asombro en lo cotidiano, un leve rastro de belleza durante unos días en los que todo son historias tristes. Sakura, prunus serrulata, una variedad que viene del Japón y se planta especialmente como ornamental en las ciudades. Aunque no tuviera otra función, la floración de estas semanas vale una vida. Los japoneses tienen una palabra para explicarlo, hanami, literalmente, la contemplación de la flor de los cerezos. Las de estos árboles son de un rosa elegante, limpio de todo el ruido y el polvo de la ciudad. A veces es solo eso, pero hay que levantar la cabeza del suelo y dejarse sorprender. El cerezo está, pero no basta: hay que mirarlo y dejarse llenar por dentro de su belleza. El necesario pulso de las cosas.
Hablamos por teléfono. Estás ahora en paisajes que tanto hemos disfrutado juntos y puedo seguir tu paseo mientras conversamos: la mimosa derribada por una borrasca hace años que sigue viva y floreciendo, las matas de romero, el acebuche de la puesta de sol, las chumberas. Un poco más abajo, la marisma, Portugal tan cerca. Aquí aún es de día, me dices; aquí ya atardece.
Y este atardecer de hoy anaranjado de calima. Lento y preciso, como si no pudiera hacerse otra cosa ahora mismo que no fuera atardecer.
Esta mañana me he cortado, al fin, el pelo. Sigo la costumbre, adquirida de niño, de ir al peluquero de vacaciones en vacaciones, ajustándome al ritmo escolar. Las consecuencias, claro, no son las mismas que cuando era joven porque ya no tengo la misma cantidad de pelo ni su fortaleza es igual, pero hay algo en mí que se resiste a cambiar la costumbre. Recuerdo todos los peluqueros que he tenido y su carácter, tan distintos unos de otros. Algunos me duraron poco porque no me convencían, a otros los tuve que cambiar por cuestiones prácticas al mudarme de casa. A veces me he resistido tanto al cambio que ir al peluquero suponía perder la mañana o la tarde en el desplazamiento.
Ahora voy a una barbería a unos minutos de casa y mi peluquero es un joven que corta el pelo como siempre, sin excentricidades, en un local pequeño, pero suficiente y muy ordenado y limpio. Es un maestro en las citas porque los clientes casi nunca tenemos que esperar y nos saludamos unos a otros mientras abonamos la cuenta. Alberto me había citado a primera hora y llegué cuando aún no había abierto el negocio. No me importó, me apoyé en la barandilla de la esquina de la calle, aprovechando el sol de primera mañana, mirando pasar la gente. Delicias es un barrio populoso y siempre ha sido un barrio obrero. En su día se fundó para dar cabida a los obreros del ferrocarril, como en otras ciudades existen barrios del mismo nombre por ese motivo, a imitación del primero de ellos, en Madrid. Creció para dar cabida a los muchos trabajadores que necesitaba la industrialización de la ciudad a partir de los años cincuenta del pasado siglo, pensando más en la necesidad de construir casas para todos que en el calidad de vida, que entonces no se mencionaba. Como barrio obrero, siempre fue muy reivindicativo. Aún recuerdo cómo ganó para el barrio unos solares en los que los militares del cuartel cercano acampaban tanques. Ese espacio ahora se llama Parque de la Paz y lo preside una escultura de Gandhi.
Hoy el barrio es una mezcla de aquellos habitantes con otros que proceden de las diferentes etapas de la emigración llegada en las últimas décadas. Muchos de sus habitantes lo consideran un lugar de paso, hasta que sus condiciones económicas mejoren o la vida decida. Como todos estos barrios, necesita una mayor atención de las administraciones y más dotación de servicios. A pesar de los muchos pequeños negocios cerrados que recuerdan la vida populosa de estos barrios, conserva aún una vida comercial muy rica y variada en la que no se echa de menos nada, salvo la abundancia de quioscos de prensa, que están desapareciendo de todas las ciudades.
En la esquina contraria, apoyados también en la barandilla, dos hombres mayores me hacen pensar en que ellos ven otra persona mayor en la mía, esperando al peluquero. Se ve complicidad entre ellos, quizá sean amigos del barrio de toda la vida que, ya jubilados, siguen quedando a tomar el café de media mañana o comentar sus cosas. Uno de ellos lleva el pelo largo, una hermosa cabellera gris que daría para una coleta y tiene una muleta apoyada en la barandilla. Fuman, miran pasar a la gente y, de vez en cuando, se intercambian unas palabras, pocas. No tienen prisa. Aún es día de vacaciones y de algunas ventanas se escapan risas de niños y voces de madres. Cuando abre el bar cercano, los que esperan se acercan y saludan a la camarera. Lo de siempre.
De regreso a casa, me tomó un café y compro el pan. Busco la acera soleada, junto a las paredes del antiguo cuartel abandonado. Da gusto esta mañana de abril.
Es fácil hacer que las fotografías antiguas cobren vida y que los personas retratadas se muevan. Es fácil crear imágenes fijas o en movimiento de escenas y personajes que nunca existieron. Al usuario normal ya le es difícil distinguir si aquello que ve o escucha sucedió. Es real, puesto que existe, es verdad según casi todas las acepciones del diccionario. Es fácil construir alguien que te sustituya virtualmente en el trabajo, que dé tus clases o entregue las tareas encargadas por el profesor, que negocie por ti, que esté en todas las partes a la vez, que se acuerde de los cumpleaños, que te sobreviva cuando fallezcas por esa condición que nos hace mortales por ahora y que siga hablando con tus hijos o tu pareja o dirigiendo tu empresa hasta que la tecnología en la que te basaste quede obsoleta. En las firmas de libros, muchos autores deberían ser ya sustituidos por el ingeniero que diseñó el programa que ha redactado su obra. Leeremos nuevos textos de Federico García Lorca o de Almudena Grandes, como veremos nuevas películas de los actores clásicos de la historia del cine. Y llegarán cuando ya no quede nadie que pueda distinguirlas, cuando nuestros deseos, nuestros recuerdos, nuestros miedos y nuestras esperanzas sean propiedad de grupos financieros y se adquieran en una máquina expendedora de un centro comercial.
Me detengo ante esta pared llena de fotografías de personas que no conozco. Niños, jóvenes cumpliendo el servicio militar, mujeres, grupos de escolares a la puerta del colegio rural, encajeras de un pueblo de sierra vestidas con todo el lujo porque les habían dicho que llegaba el fotógrafo, un campesino sorprendido por la cámara delante de un carro de heno, unos novios en el estudio de un fotógrafo, un severo fraile, una familia de comerciantes en un coche de caballos camino de una celebración. Solo tengo estas imágenes capturadas en un tiempo que ya pasó. ¿Qué fueron, qué hicieron, cómo continuó su vida? Esta fotografía del recluta captada por el minutero, ¿llegó a las manos de sus padres, de su novia? Esta niña fotografiada ya fallecida en el regazo de su hermano mayor, que mira serio al objetivo, alarmado por el fogonazo del magnesio; estos jovencísimos novios, que posan tímidos en la pradera del Carmen capturados durante la romería por el fotógrafo que se ganaba unas pesetas por imágenes; esta muchacha bien vestida que lleva a su perro de la correa sujetada por una mano delicada y bellísima; esta familia sentada sobre la hierba en la ribera del río en una tarde de verano.
Cuando se pueda inventar todo a gusto de cada uno y ya no se distinga lo que fue de lo que no fue porque toda la realidad, inventada o no, esté en un mismo plano. En qué consistirá la felicidad.