domingo 28 de febrero de 2010

Salamanca y libertad.


Siempre que vuelvo a Salamanca -y lo hago con relativa frecuencia- recuerdo las sensaciones de mis primeros viajes a esta ciudad. Salamanca, para mí, tiene mucho que ver con la libertad individual. Supongo que habrá muchos a los que Salamanca los ahogue: como todas las ciudades, hay varias formas de vivirla. Para mí siempre viene asociada a lo que yo sentía cuando llegué a ella por primera vez.

Cuando eres adolescente, explorar solo una ciudad que no es la tuya y sobre la que tanto has leído hace que creas descubrirla y mirarla como piensas que otros no pueden hacerlo. Supongo que si viviera en la ciudad acabaría pasando por su centro histórico con la rutinaria atención de los recados diarios: es asombroso como el ojo humano deja de ver lo cotidiano.

Me gusta imaginar que mis sensaciones tenían algo que ver con lo que sucedía en aquella España que acababa de salir de la dictadura franquista y se echaba al futuro con energía: no he vuelto a percibir tantas ganas de vivir como las que teníamos en aquellos años, a pesar de las dificultades económicas y los sobresaltos políticos. El país y yo mismo nos hemos hecho más descreídos, como si la realidad nos hubiera cortado las alas de los sueños. Es triste, porque sin el impulso de aquellos tiempos España da miedo a veces: tan plagada de gente que grita y mira al otro como rival en un país al que parece gustarle vivir crispado desde el desayuno. La política se ha vuelto muy chata y desde hace unos años parece imposible todo consenso. Hoy está de moda criticar la Transición española hacia la democracia, cuando la Transición es una construcción política que se estudia como ejemplo de un modelo positivo en las mejores universidades del mundo y en la que pactaron partidos políticos de un amplio espectro ideológico en un esfuerzo que jamás se había realizado en este país. Los defectos de la Transición no son de la Transición, sino de nuestro presente: somos nosotros los que debemos erradicar los últimos posos de las actitudes franquistas -que, curiosamente, han infectado también a la izquierda-, los que debemos promover una legislación que permita cerrar dignamente la ignominia de las muchas fosas de los represaliados durante la dictadura, constituir las bases de una democracia representativa del país, erradicar la corrupción económica, política y moral, etc. En los años setenta no hubiera sido posible -aunque a toro pasado es muy fácil torear- sin un costo social brutal. Pero cada vez más, en las actitudes y en las expresiones de muchos veo manifestaciones ideológicas propias de un tiempo que debería ya ser pasado, en el que nunca se reconocen en uno mismo los defectos que se señalan en el contrario; en el que la consigna está por encima del pensamiento; en el que parece haberse declarado la guerra al sentido común y al diálogo.

El viernes dediqué varias horas a pasear Salamanca, en un día con sol en medio de este invierno tan lluvioso. Hacía tiempo que no perdía el tiempo así para ganarlo.

sábado 27 de febrero de 2010

Noticias de Jan Puerta desde Chile

Jan Puerta me escribe desde Chile. Como sabéis, es autor del magnífico blog Imágenes y Palabras, en el que suma por igual la excelencia en la fotografía y en el texto. Amigo y colaborador en la locura cervantina.

Me pide que os comunique que se encuentra bien tras el terremoto que se ha producido en Chile hace unas horas. Os copio su mensaje:

Pedro, imagino que sabes que en Chile acabamos de tener un terremoto de 8,5 grados. Casualmente estoy en Concepción. Casi en el epicentro. Tremendo. Nunca habia experimentado algo así. La oficina de la armada me ha dejado usar el computador. Te agradecería si pudieras poner una nota o bien en tu entrada, o bien un comentario en el blog, explicando que estoy bien, y que seguramente mañana domingo no podré publicar ell post. He intentado entrar en el blog y no puedo.

Me ha alegrado saber de él y tener noticias de que se encuentra bien.

Quiero expresar aquí mi solidaridad con todos los chilenos y, en especial, con las víctimas del terremoto y sus familiares.

viernes 26 de febrero de 2010

VIII Premio de la Crítica de Castilla y León


La novela El caballo de cartón (Gadir, 2009), de Abel Hernández, ha resultado ganador del VIII Premio de la Crítica de Castilla y León, mantenido por el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua y de cuyo jurado soy miembro. El autor es un periodista de larga trayectoria que ya en la convocatoria del año anterior había sido finalista en el mismo Premio con Historias de la Alcarama.

Abel Hernández (Sarnago, Soria, 1937) fue uno de los periodistas más importantes durante la Transición española a la democracia tras la muerte del dictador Francisco Franco. Fruto de su conocimiento de aquel tiempo es el libro Suárez y el Rey (Premio Espasa de Ensayo 2009), que se encuentra en las listas de los libros más vendidos en España dentro de la no ficción y que debe leerse para comprender algunas de las claves de lo que pasó en aquellos años.

El caballo de cartón, que tanto tiene que ver con Historias de la Alcarama, es un relato en el que el autor vuelve a su infancia. Parte de su regreso al pueblo en el que nació y vivió su infancia, ahora abandonado por sus habitantes. En la casa familiar, cerrada desde hace tiempo, encuentra un diario que escribió cuando tenía 11 años, junto al caballo de cartón que da título al libro. La lectura desde la madurez de esas páginas sirve para jugar técnicamente con dos miradas: la del niño que está a punto de abandonar la infancia y el mundo tal y como lo ha conocido hasta ese momento; la del hombre mayor que puede valorar todo lo que pasó en aquellos tiempos a la luz de su experiencia. De ese contraste salen páginas en las que todo se sugiere sin interrupciones enojosas de la voz madura. La mirada del niño es tan limpia que suele predominar sobre la del hombre mayor, aunque sea inevitable el tono nostálgico porque todo se recupera desde el presente, cuando se han podido valorar las consecuencias de aquellos hechos. Singularmente, la irrupción del mundo exterior (en el que se hace visible la esencia de las circunstancias históricas del primer franquismo) en la vida del niño a partir de un accidente.

Dos cosas llaman la atención sobre otras en este libro. En primer lugar, el excelente trabajo estilístico con el lenguaje de la tierra, que recuerda al Miguel Delibes de Viejas historias de Castilla la Vieja (una obra maestra del vallisoletano, menos leída de lo que merece), pero que no ahoga ni aleja al lector moderno.

En segundo lugar, el análisis –a través de la literatura- de un fenómeno sociológico de la España de los años cincuenta y sesenta, cuando la emigración masiva de los pueblos a los núcleos industriales de las ciudades españoles y europeos vació gran parte de la Castilla rural. Abel Hernández, como decenas de miles de españoles fue uno más de aquellos jóvenes que se marcharon de sus pueblos para no volver. Esa circunstancia cambió en pocos años la geografía humana del país y generó una serie de tensiones sociales y psicológicas que aun perduran. Este libro, por lo tanto, no es sólo un viaje hacia la infancia, sino a un momento histórico del pasado reciente español que aun es visible y contribuye a explicar gran parte de lo que es España hoy.

Este año, la calidad media de los libros finalistas ha sido muy alta y cualquiera de ellos hubiera podido resultar ganador. Además del libro de Abel Hernández, entre los 10 finalistas se hallaban La sima de José María Merino, La carta cerrada de Gustavo Martín Garzo, El paladar a la intemperie de Antonio Sánchez Zamarreño, Jardín perdido. Las aventuras vitales de los Panero de Andrés Martínez Oria, Cuba más allá de Fidel de Jorge Moreta, De la letra menuda de Fermín Herrero, Modernas y vanguardistas. Mujer y democracia en la II República de Mercedes Gómez Blesa, Las cosas como eran de Esperanza Ortega y Otras islas de Manuel de Lope.

jueves 25 de febrero de 2010

Todo el mundo es uno y superlativo y una infanta embarazada (Cap. 2.38)


Cervantes retiene la aclaración de la demanda de la Dueña Dolorida todo lo que puede: lo hizo en el capítulo anterior, lo hace ahora con una larga descripción del cortejo de la Trifaldi (enredándose graciosamente en la explicación de su nombre y haciendo responsable de la parodia de la enojosa erudición a Benegeli), con la cortesía en la forma de recibirla y las primeras frases intercambiadas con ella (incluida una divertida intervención de Sancho, que se deja llevar por los superlativos de la Dolorida) y las digresiones de la Dueña, que en vez de hablar directamente del asunto que allí la trae aprovecha para contarnos sus propias emociones. Hasta el mismo Sancho, tan amigo de las idas y venidas en sus relatos, debe pedir el final de la historia (dése vuesa merced priesa, señora Trifaldi, que es tarde y ya me muero por saber el fin desta tan larga historia).

Hay en todo ello una evidente intención de fomentar el interés del lector, jugando con el suspense narrativo (de hecho el capítulo terminará sin saber qué quiere la Dueña Dolorida de don Quijote) a la vez que se aprovecha para levantar un edificio en el que se parodia el gusto por lo exótico y lejano que podría hallarse tras el fabuloso reino de Candaya. En efecto, Cervantes da una vuelta más a la parodia de este tipo de referencias míticas de las novelas de caballerías. En la primera parte, como sabemos, hubo una propuesta similar en la historia de la princesa Micomicona.

Similar, pero no igual: allí Dorotea fingía ser princesa de un reino que sí respondía a la fantasía de los relatos caballerescos y el fin de la trama era procurar el retorno de don Quijote a su aldea para sanarlo.

Aquí, en cambio, el disfraz de la Trifaldi tiene un planteamiento más grosero (con voz antes basta y ronca que sutil y dilicada; Vuestras grandezas sean servidas de no hacer tanta cortesía a este su criado; digo, a esta su criada) y tiene la intención de reírse de don Quijote, no de salvarlo.

Todo se va construyendo con aparato burlesco: de ahí, también el nombre de los protagonistas. La infanta, como no podía ser menos, se llama Antonomasia. A las alusiones sexuales que se esconden tras el nombre de la condesa Trifaldi se añaden ahora las que tiene el del galán, don Clavijo, etc.

Pero hay algo más, porque aunque la historia parte de un motivo similar al de la princesa Micomicona, la parodia de estas aventuras caballerescas va más allá para trasformar el reino de Candaya en un mundo de extracción popular y muy reconocible tanto en los tipos como en las acciones: el uso de la guitarra y el cante para ganarse a la dueña (que aquí ejerce más de criada del teatro barroco que de dueña de la narrativa caballeresca), el matrimonio secreto entre desiguales basado en las gracias del novio más que en el amor, el embarazo de la infanta contado con unas expresiones bien alejadas de toda retórica de estilo elevado (Algunos días estuvo encubierta y solapada en la sagacidad de mi recato esta maraña, hasta que me pareció que la iba descubriendo a más andar no sé qué hinchazón del vientre de Antonomasia, cuyo temor nos hizo entrar en bureo a los tres), etc.

Cervantes lleva el mundo caballeresco al mundo de extracción popular de los entremeses y de las novelas picarescas: incluso la infanta acaba depositada en la casa de un alguacil de corte muy honrado (con lo que contiene de ironía y crítica esta afirmación final). De ahí que Sancho pueda exclamar, con razón, que todo el mundo es uno.

La caracterización de la Dueña Dolorida, las alusiones a las seguidillas (forma musical antigua y popular que comenzaba, por ese tiempo, a desbancar a los romances y otros ritmos musicales para constituir la base del folclore español de los próximos siglos), a la costumbre de cortejar a la reja, los embarazos no queridos justificados por matrimonios secretos (prohibidos legalmente)... Hay un cuadro tan popular y tan vivo en el relato de la Dueña Dolorida y que contrasta tanto con la ceremonia de la casa de los Duques que uno pide, con Sancho, que continúe la historia para saber su final. Veremos si se nos da en el capítulo XXXIX, que comentaremos el próximo jueves.

miércoles 24 de febrero de 2010

Un género necesario (Jardín perdido. La aventura vital de los Panero, de Andrés Martínez Oria).


Como decía ayer, la novela puede indagar en rincones que un libro de historia o un trabajo académico no alcanza por cuestión de método. Hay un género, el de la novela biográfica, que tuvo un interesante desarrollo en las primeras décadas del siglo XX en España junto a su género hermano, el de la biografía novelada (a veces imposible de distinguir uno de otro). Algunos de los títulos más interesantes fueron patrocinados por Ortega y Gasset y publicados por las colecciones de la Revista de Occidente, pero también hay que recordar los trabajos de Gregorio Marañón. Se indagaba en un personaje para comprenderlo a él y a su época desde una perspectiva moderna. Curiosamente, aquellos libros siguen leyéndose con gran interés, sobre todo los que se escribieron desde el rigor de los datos sumando la pasión de la ficción novelesca. En otras lenguas el género ha tenido un gran desarrollo porque permite indagar en las razones de nuestro pasado desde una perspectiva que a un trabajo científico le está vedado.

Andrés Martínez Oria ha escrito un magnífico ejemplo de lo que digo: Jardín perdido. La aventura vital de los Panero (Akrón, 2009). Aunque sólo fuera por el cultivo de un género necesario para comprendernos, ya sería interesante esta novela que, además, está muy bien escrita.

La familia Panero se convirtió en un motivo artístico desde que en 1976 Jaime Chávarri diera a conocer su película El desencanto, una obra maestra que ya es parte del repertorio del mejor cine español, imprescindible sin duda. En ella asistimos a un ejercicio de memoria y emoción que pocas veces se puede dar con esta verdad. Felicidad Blanc, la viuda de Leopoldo Panero y sus hijos Juan Luis, Michi y Leopoldo María (nombres imprescindibles en la cultura española de las últimas décadas) protagonizan un drama intenso que habla de ellos pero también de una época -la franquista- que convenía exorcizar como a los demonios para poder entrar en una nueva forma de entender la vida.

En 1994, Ricardo Franco estrenó Después de tantos años, en la que los hermanos -ya muerta la madre- se reunían para volver a arañar su memoria tras la evolución vital de cada uno. Es otra gran película, en la que hay muchas claves que ayudan a comprender cierta desesperanza de la evolución personal y social tras tantos años y un intento de reconcilización con la memoria.

Leopoldo Panero, el padre, fue un gran poeta y controvertido personaje que nos conduce desde la vanguardia de los años treinta a la poesía intimista y religiosa de la postguerra. Leer su obra y explicar su biografía nos enfrenta con una época española llena de contrastes y claroscuros. Profundizar en su conocimiento es hablar de un pasado próximo que parece muy lejano para la España actual pero que aun pesa.

Jardín perdido es una novela que relata desde el rigor de los datos, la historia de la familia Panero. De su mano se explica la historia de España de todo el siglo XX -desde el patriarca de la familia que se instala en Astorga tras abandonar Villalón, hasta el año 2007, en el que Juan Luis presenta en Madrid la reedición de Escrito a cada instante, una de las obras más importantes de su padre-. Es una visión de la historia, de la cultura y de las relaciones familiares que nos acerca a los Panero pero también a la sociedad española con todos sus contrastes y fantasmas.

Esta novela merece una lectura lenta porque en ella no importa tanto el argumento como el edificio intelectual que levanta ante los ojos del lector. No es fácil, pero atrapa desde que el autor juega con Proust en la primera línea. Sorprenderá a los que no conocen la historia de los Panero, pero también a los que la conocen, porque en ella no todo es tan fácil de comprender como parece.

martes 23 de febrero de 2010

Una novela de tesis sobre la historia de las guerras civiles en España (La sima, de José María Merino).


Hay quien sostiene -y no sin razón- que toda novela es una novela de tesis, como una marca de género. Algunas lo pretenden ser desde su concepción. Esto no es malo ni bueno en sí mismo para el relato: afecta a su recepción, en especial si no se comparte la intención ideológica del autor.

José María Merino ha escrito, en La sima (Barcelona, Seix Barral, 2009) una novela de tesis sin la carga retórica de las novelas de tesis decimonónicas. Para ello, construye un argumento según el cual Fidel, un profesor universitario, vuelve al pueblo de su familia para colaborar en la exploración de una sima a la que, según la creencia popular, fueron arrojados unos jóvenes fusilados por los falangistas en la Guerra Civil. A la vez, Fidel elabora una Tesis Doctoral sobre la guerra carlista. El argumento da pie para debatir sobre la raíz de la violencia en la historia de España que Fidel ve especialmente proclive al odio irracional que motiva las continuas guerras civiles que se han sucedido en la Península:

El odio como ingrediente habitual, normal, de la confrontación, el odio como elemento para componer la personalidad más rechazable y peligrosa del adversario, el ocio como un nutriente salutífero para dar vigor a las contrapuestas maneras de ver las cosas, un odio que no puede siquiera imaginar la negociación, el pacto con el que no piensa como nosotros, sino sólo su anulación, su desaparición.

Este argumento es rechazado, por acientífico, por el profesor que dirige su Tesis, que le exige basarse en datos y documentos, pero constituye el punto de partida ideológico del pensamiento del protagonista.

Hay dos procesos históricos en la novela. En primer lugar, la biografía de Fidel, cuya vida está plagada de incidencias vitales que le empujan a reflexionar continuamente sobre este tema. Su padre militó en el Partido Comunista durante la dictadura de Franco; la familia de su madre es muy conservadora y su abuelo materno fue uno de los dirigentes falangistas implicados en los fusilamientos. Fidel pasa su infancia y juventud durante la Transición española a la democracia y se confiesa socialdemócrata y heredero del espíritu de concordia que guió este período histórico de España: de hecho, gran parte de la novela es una forma de recuperación de los principios que rigieron aquellos momentos frente al aumento de la tensión social, del conflicto político y de la situación provocada después de que un sector muy importante del Partido Popular no asimilara bien la derrota en las elecciones de 2004. Los diálogos con sus familiares y con sus amigos completan el espectro ideológico de la España contemporánea: desde un amigo anarquista hasta su primo ultraconservador, pasando por comunistas, socialistas, conservadores, ateos, agnósticos, católicos, violentos y pacíficos, fanáticos y dialogantes, etc. El debate entre todos es continuo, pero uno siente la sensación de que nunca será posible una solución, por lo que sólo los que son partidarios de la tolerancia y la no violencia ganan las simpatías del narrador y del lector.

El segundo proceso histórico es la investigación sobre las guerras civiles que han llenado la historia de España, singularmente desde que la futura Isabel I arrebatara el trono a la reina Juana. En este sentido, Fidel intuye, sin poder demostrarlo, una especial tendencia al odio y la violencia contra el que no piensa igual en la historia de España, como si fuera una marca genética que lo diferenciara de otros. De ahí la crueldad y la intención de exterminar al contrario: entre los documentos de su Tesis abundan los ejemplos de crueldad sin límites. Incluso el protagonista siente, en un momento, la necesidad de sublimar la violencia, aunque sólo como recurso literario puesto que la rechazará como forma de actuación.

La novela se constuye como un diario redactado desde el 28 de diciembre de 2004 hasta el 6 de enero de 2005 y, como tal, incluye referencias concretas a la situación histórica y política de esos días tanto en España como en el extranjero.

En una interesante apuesta, José María Merino hace de esta novela un juego metaliterario: el protagonista pretende hacer una Tesis pero -por inclinación, desorden y pereza-, termina haciendo un diario que es, en realidad una novela, esta novela. En varias ocasiones se afirma en el texto que la novela es un procedimiento mucho mejor para poder comprender la realidad que un trabajo académico. Hay una evidente recuperación y defensa del género narrativo frente a las antiguas afirmaciones de hace unos años según la cual la novela había muerto. Merino pone todo ello al servicio de una propuesta de análisis de los conflictos civiles españoles y la defensa de que sólo la tolerancia y la comprensión del otro es una verdadera solución.

La mujer en el siglo XX (Modernas y vanguardistas, de Mercedes Gómez Blesa).


Uno de los cambios más significativos que se produjeron en la sociedad occidental a lo largo del siglo XX fue la transformación del rol femenino. De hecho, su modificación fue tan profunda en las posibilidades teóricas que aun la práctica cotidiana no ha conseguido asimilarla del todo y, en especial en cuanto a las relaciones emocionales y laborales, no se ha alcanzado una nueva situación de equilibrio: quizá porque la transición de un mundo en el que la mujer apenas tenía derechos a otro de plena igualdad aun no está cerrada, aunque también puede influir el hecho de que todo el ámbito de las relaciones humanas -ya no sólo de las cuestiones de género- se ha revolucionado en el pasado siglo de tal manera que aun estamos negociando con estos cambios. Si esto sucede en el mundo occidental y democrático, el camino está apenas iniciado en otros ámbitos culturales en los que conviven, en muchas ocasiones, comportamientos preindustriales junto a los programas de televisión más modernos recibidos por parabólica.

España fue un país en el que estos cambios comenzaron al mismo tiempo que en el resto del mundo occidental y, en algunos casos, estuvo en la vanguardia, como en el reconocimiento del voto femenino. Fue un proceso lento que se inició a finales del siglo XIX y que tuvo un momento de esplendor en los años de la II República (1931.1939). Por supuesto que la mayor parte de las mujeres españolas no gozaron, en la práctica, de los mismos derechos: en muchas ocasiones, porque la herencia cultural y la moralidad de la que participaban les impedía reconocerse en ellos, en otros porque la presión social en las localidades más pequeñas o en los ámbitos familiares lo impedía. Por ello, es interesante el estudio del proceso por el que fueron calando las nuevas ideas desde un significativo número de intelectuales hasta capas sociales más populares y cómo todo ello se fue articulando tanto en la visibilidad de la mujer con su participación en la vida cultural y política del país como en la legislación que amparaba el camino hacia la igualdad frente a todas las reticiencias tanto de algunos sectores sociales como de instituciones que la negaban.

Mercedes Gómez Blesa ha escrito un oportuno y necesario ensayo que permite conocer más este proceso: Modernas y vanguardistas. Mujer y democracia en la II República (Madrid, Laberinto, 2009). En él analiza los cambios de todo tipo que hicieron posible la presencia de la mujer en la primera línea de una sociedad en transformación:

Todos estos cambios y transformaciones que aplaudía esta élite femenina de intelectuales supusieron un verdadero revulsivo para muchos hombres de sus respectivas generaciones, que vieron peligrar su androcentrismo, dando lugar, por tanto, en la primera treintena del XX, a una reacción misógina que buscó fundamentarse, no sólo en los prejuicios sociales y religiosos, sino en novedosas teorías científicas, y que generó un animado debate público sobre la identidad femenina y su papel en la sociedad española. En este ensayo, por tanto, nos gustaría acompañar a estas mujeres modernas y vanguardistas en su largo y dificultoso camino hacia la igualdad política y civil, conquistada en la II República. Incideremos en las mejoras legislativas que trajo la Segunda República para la mujer y analizaremos la presencia femenina en los espacios públicos, al igual que las principales aportaciones de estas intelectuales y de las principales líderes obreras al debate feminista y a los diferentes ámbitos de la cultura.

Por otra parte, este libro está bien escrito y se deja leer con facilidad sin perder rigor metodológico en su planteamiento y esquema, que va desde los orígenes culturales de la intelectualidad que conseguirá la proclamación de la II República española hasta el logro del sufragio univeral en 1931. En él, además, se hallará el nombre de las grandes intelectuales del período que contribuyeron a todo el debate y que han de tenerse siempre como referentes: Carmen de Burgos, Maria Lejárraga, Margarita Nelken, Clara Campoamor, María Zambrano (de la que la autora es una gran especialista) y Federica Montseny.

Está suficientemente estudiado cómo en algunos países -singularmente, en los EE.UU.-, el conflicto bélico de la II Guerra mundial fomentó el avance de los derechos de la mujer: durante la guerra se habían acostumbrado a vivir sin los hombres jóvenes, que luchaban en el frente, y a trabajar fuera del hogar y, a pesar del bombardeo ideológico que procuró la vuelta a un hogar tradicional en la postguerra (en especial a través de la publicidad, la televisión y el cine), las cosas habían cambiado tras superar el punto de no retorno.

En España, sin embargo, el final de la Guerra Civil supuso un amargo retroceso para la igualdad de la mujer. La dictadura franquista impuso un tipo de sociedad y moral pública que cortó de raíz el camino iniciado en las décadas anteriores. Durante décadas, la mujer fue considerada una persona sin la misma entidad jurídica que los hombres y su presencia en muchos espacios públicos era mal vista o inexistente. Sin embargo, a pesar de todos los intentos, la lógica permeabilidad ante lo que sucedía en otros países -en especial a partir de los años sesenta- y la semilla de los debates mantenidos antes de 1939, terminaría imponiendo en la Transición española hacia la democracia la necesaria revisión del rol de la mujer. Hoy la igualdad, en el campo legislativo, es plena, incluso de las más avanzadas de los países occidentales, aunque aún busquemos una fórmula que permita integrarla en la vivencia cotidiana.

lunes 22 de febrero de 2010

Cómo celebrar el fin de fiesta y noticias de nuestra lectura.


Nuestra lectura cuenta ya con 193 entradas -incluida ésta- en La Acequia, más todas las que se han publicado en los blogs que la siguen y que superan con mucho esta cifra.

El capítulo que comentamos este jueves es el 38: nos queda la mitad de la Segunda parte, más o menos. Como hicimos al terminar el comentario de la Primera, después haremos balance de lo que ha supuesto.

Es hora ya de que comencemos a pensar en propuestas que han surgido durante todo este tiempo y que supongan un fin de fiesta merecido para todos. Os invito a hacer sugerencias comentando esta entrada, a través de mi correo electrónico o en el grupo de Facebook de la lectura. Todas las ideas serán bienvenidas. Recordad que la más firme es encontrarnos todos en algún lugar para celebrar una jornada quijotesca. Y si alguien sabe de dónde se puede comer como en las bodas de Camacho, mejor.

Debemos estar orgullosos: es la primera lectura colectiva de la obra de estas características. Hay que celebrarla como se merece.

Os animo a mandarme imágenes que reflejen la iconografía cervantino-quijotesca o a que las publiquéis en vuestros blogs, para acumular toda la información posible sobre Cervantes y el Quijote. Sobre todo me gustaría publicar imágenes no usuales, aquellas de pequeños lugares.

También os pido que me remitáis autorretratos quijotescos. Recordad que debéis estar con un ejemplar del libro o en actitud quijotesca.


Noticias de nuestra lectura

Juan Luis comenta el capítulo XII de la Segunda parte, el del encuentro con el caballero de los Espejos. Lo hace con acierto, llevándolo al campo de la psicología y aprovecha para reflexionar sobre el cierre de alguno de los blogs de referencia en los últimos días. Comenta después el XIII desde el punto de vista de la precariedad laboral: y es cierto que la ínsula de Sancho pende de un hilo muy débil.

Asun sigue aportando documentación que completa la lectura con circunstancias de la biografía cervantina. En su última entrada podéis ver lo referente a su cautiverio en Argel. Como prueba de que va adelantando en su lectura -de tal manera que casi nos ha encontrado-, nos deja una muestra de sus comentarios de las primeras aventuras de don Quijote.

Cosmo comenta el capítulo de la semana como un debate entre Sancho y la dueña. No os perdáis a su perro lector.

Paco Cuesta también analiza el capítulo como un debate entre Sancho y dueña Rodríguez. Además se fija en la actuación de don Quijote y la condición de pasarela del capítulo.

Antonio Aguilera no puede hacer, esta semana, el comentario correspondiente, pero lo dice en una entrada tan cervantina, que no se puede pasar por alto.

Pancho analiza el capítulo, que ve como un remanso de calma -por su brevedad y su temática- para los lectores: pero no se deja engañar por Cervantes y desentraña las claves. No os perdáis, como siempre os recomiendo, las ilustraciones.

Merche Pallarés sigue enfadada -y con razón- con los duques. pero su enfado no le ciega y analiza el debate sobre las dueñas que mantienen Sancho y la dueña Rodríguez.

Corneliuvs, que vuelve con ganas, analiza el debate sobre las dueñas: con ironía acertada sobre los cabrahigos, que aquí no os desvelo para que lo leáis a él.

Jan Puerta subraya, en la intervención de Sancho, sus miedos a que lo que pase con la Dueña Dolorida lo aparte del gobierno. Ilustra su entrada con otra imagen de la calle Cervantes, con sorpresa sobre Neruda y enlaces quijotescos de valor impagable.

Abejita de la Vega publica su comentario en única entrada: bueno, ella no, que sigue el mayordomo de los duques, quien también se las tiene tiesas con la dueña Rodríguez. Finalmente, publica la carta del Sanchico -gracias, como siempre, a Ele Bergón- que cuenta alborozado cómo ha llegado la carta que su padre dirigió a su madre, Teresa. El muchacho, que es muy listo, nos da palique con Nabokov y todo..

Enlace con el índice de nuestra lectura, elaborado por Raúl Urbina : Primera parte y Segunda parte.
Enlace con el blog construido por Manuel Tuccitano expresamente para esta lectura y que puede considerarse un agregador con los enlaces de todos los blogs participantes de forma regular, aquí.
Enlace con el grupo en Facebook, aquí. (Este grupo no sustituye a la lectura en este blog y no estáis obligados a uniros: lo usamos sólo como complemento, para informarnos, preguntar y debatir.)
Enlace con la entrada en la que encontraréis sugerencias si os incorporáis con la lectura ya iniciada, aquí.
Si me he olvidado de alguien, hacédmelo saber y lo subsanaré. Recordad enlazar vuestras entradas con La Acequia, para poder encontrarlas.
Vale.

domingo 21 de febrero de 2010

Y al final todo el truco es desvelado.


Dos entradas últimas (1 y 2) reflexionaban sobre la vida y la muerte. Aquellas fotos y ésta pertenecen al mismo lugar: un pequeño charco de agua en la calle. Lodo y la luz de un comercio reflejada en el agua. Tomar la foto con flash desvela y le quita dramatismo: es menos bella, pero más cierta. O quizá por eso es más bella, aunque resulte menos atractiva. Vida y muerte. Y reflexión sobre el arte como vehículo para comprenderlas.

sábado 20 de febrero de 2010

Recuerdos de una niña de provincia (Las cosas como eran, de Esperanza Ortega).


A veces todavía me sorprende lo poco que leen los encargados de la crítica literaria de los medios de comunicación (no todos, por suerte). Sobre Las cosas como eran de Esperanza Ortega (Menoscuarto, 2009), la crítica ha insitido en la mezcla de géneros: quizá no han salido de la solapa y las primeras líneas del libro.

Esperanza Ortega, una de las voces poéticas más asentadas de las últimas décadas, ha escrito un libro de recuerdos: estampas autobiográficas en las que no manda la exactitud de la fecha ni el orden cronológico de los acontecimientos. La materia narrada se ordena en torno a diferentes motivos: en este caso, espacios, objetos, sensaciones (La casa, La ropa, Los alimentos, Los libros, Olores y ruidos, Muñecos y muñecas, Los colegios, Las palabras, El cine, Lo invisible, Las escaleras). A partir de ellos, la autora recupera el tiempo de su infancia de niña de familia acomodada de una ciudad de provincias en la España de los años cincuenta y sesenta, Palencia.

El género autobiográfico de los recuerdos tiene en español un libro casi fundacional que apenas se lee porque en España el género no acaba de cuajar quién sabe bien por qué. Me refiero a los Recuerdos del tiempo viejo, de José Zorrilla: un texto que debería leerse más porque en él se halla toda una época a partir de la mirada de este escritor romántico, con una prosa tan certera y atractiva que uno echa de menos que Zorrilla no escribiera más en prosa.

Este tipo de libros, si se han escrito de forma sincera, tiene un doble interés: por un lado, ayuda a comprender el mundo personal en el que se forma la obra artística del autor; por otro, nos pone en pie un mundo ya perdido. Es el caso del libro de Esperanza Ortega. En él hallamos sus recuerdos de infancia trabajados desde la perspectiva del tiempo. El núcleo esencial, como no puede ser de otra manera, es la familia: la madre, el padre (muerto pronto pero siempre presente). Y la casa. Sorprende la ausencia de la calle y de los amigos que en ella se hacen: para la autora, la calle es sólo lugar de paso. A cambio, están retratados otros espacios: los colegios o los cines (el padre de la autora era el empresario de los cines de Palencia) y la escalera de la casa, en la que se recrea toda la vida de una casa de vecinos.

El amor por las sensaciones y las palabras (hay todo un admirable capítulo dedicado a las palabras y expresiones de la familia, algunos localismos tan hermosos como arambol) preside todo el libro: el lector percibe las emociones que despiertan los recuerdos, como si se acabaran de producir. No sé si Esperanza Ortega pretende continuar sus recuerdos a partir de los años setenta: sería de gran interés para reconstruir la vida cultural, social y política de Valladolid (a donde marchó a vivir en su juventud) en la Transición española a la democracia.

Rercordar la infancia es revivir un espacio y un tiempo del que procedemos, que nos nutre -para bien o para mal- y que está más cercano de lo que suponemos. Por eso, es certera la descripción de la sensación que se tiene cuando uno abandona la casa en la que vivió de niño y ya no puede volver a ella:

La casa la tiraron siete años después [de una operación de espalda que sufrió la autora a a los 15 años]. Los vecinos se desperdigaron y mi familia también, como si hubieran derribado un palomar y las palomas hubieran volado en todas direcciones. A mí me ocurrió algo curioso: después de que tiraran la casa, perdí el sentido de la orientación.

jueves 18 de febrero de 2010

Intermedio sobre dueñas (Cap. 2.37).


Este breve capítulo es un intermedio teatral con chiste sobre las dueñas. Ya hemos anotado, en varias ocasiones, los recursos inspirados en la escena que hallamos en el Quijote.

La disposición técnica es sencilla pero eficaz: para dar lugar a que entre la Dueña Dolorida y aumentar la intriga del lector, se aprovecha el tiempo de espera comentando lo que acaba de suceder. Sancho, al que hemos visto en varias ocasiones ocupar el papel del gracioso de la comedia barroca, es el encargado de esa cuestión, con lo que se consigue un múltiple efecto paródico: Sancho reduce a realidad lo que en sí mismo era parodia de una parodia. Todo un alarde de ingenio narrativo que no se percibe y, por lo tanto, no estorba. Tan a pecho la ejerce (entre otras cosas, porque teme que la Dueña demande ayuda a don Quijote y eso retrase el ejercicio de su cargo de gobernador, que tan interesadamente anhela) que, incluso, se permite hablar cuando no le corresponde, aconsejando a los Duques sobre la mejor forma de recibir a la Condesa, como experto en cortesías:

-Por lo que tiene de condesa -respondió Sancho, antes que el duque respondiese-, bien estoy en que vuestras grandezas salgan a recebirla; pero por lo de dueña, soy de parecer que no se muevan un paso.

De darle la réplica se encarga, de nuevo, la dueña Rodríguez, que sale en defensa de su oficio. También don Quijote, pero parece que nadie le haga caso quizá porque no interesa en ese momento si hay diferencias entre las dueñas reales y las literarias o si había dueñas o no en el mundo caballeresco. El diálogo se enreda en una divertida sátira sobre las dueñas (muy frecuente en los inicios del siglo XVII), con algunas claves que hoy se pueden escapar al lector.

Las dueñas ejercían una labor que ya ha desaparecido. Su presencia era tan habitual y necesaria en las familias de la nobleza y las de la alta burguesía que se convirtieron en un personaje literario sometido a todo tipo de burlas. Muchas de ellas, como en el texto, son chistes sexuales ("que en mi tierra faldas y colas, colas y faldas, todo es uno"): de ahí la ironía sobre su condición o no de doncellas. Pensemos que, inicialmente y por definición, son viudas y, por lo tanto, no doncellas: y no siempre viejas, aunque las dueñas viejas den más juego literario. También en la pintura barroca. Comparten, en gran medida, las alusiones generales sobre las viudas que encontramos en el folclore y las obras literarias.

Hemos de pensar, además, que eran conocedoras de la intimidad de las familias con las que vivían y, en especial, de las jóvenes a las que guardaban y, en general, de todas las mujeres de la casa. Este hecho, en el imaginario colectivo y en la educación sentimental de la época, despertó las esperables alusiones a la sexualidad.

Sancho -personaje popular en sí mismo- las tenía tanta ojeriza como trasmiten todas estas alusiones satíricas: ya lo vimos desde su primer enfrentamiento con la dueña Rodríguez.

Veremos qué sucede con la Dueña Dolorida y cómo la reciben los Duques el próximo jueves, en el comentario del capítulo XXXVIII, porque en éste, a pesar de su título, no se nos ha dicho nada al respecto.

miércoles 17 de febrero de 2010

Alegrémonos de ser mortales


La única certeza es la muerte. No hay nada más, pero qué dulce saberse vivos con esa frontera que nos moldea.

martes 16 de febrero de 2010

Cuba y nosotros (Cuba más allá de Fidel, de Jorge Moreta).


Es difícil escribir de Cuba desde España. España perdió Cuba tras la guerra con los EE.UU. en 1898 pero Cuba ha permanecido en el imaginario colectivo español desde entonces.

Fue un conflicto que no podía acabar de otra manera que con la independencia de la isla, pero la entrada de los EE.UU. en la guerra marcó su final y el inicio de una tutela que no fue positiva para la evolución posterior de Cuba. La corrupción de los gobiernos cubanos y la excesiva dependencia de los intereses económicos y geoestratégicos de Norteamérica explican, en gran medida, el éxito de la revolución encabezada por Fidel Castro. Cuando la revolución cubana triunfó en 1959, España se encontraba bajo la dictadura de Franco y era lógico que se viera en ella y en sus líderes un referente a seguir. Cuando Castro abrazó el marxismo en 1961 -por la propia composición interna de uno de los sectores más fuertes de los revolucionarios y el posicionamiento en el contexto internacional de la Guerra fría-, el camino posterior estaba señalado por la implicación con un sistema que se derrumbó tras la caída del muro de Berlín. De hecho, desde entonces, el gobierno cubano ha tenido que buscar un camino más netamente americanista y se ha unido a la dirección tomada en los últimos años Venezuela, tanto por política como por necesidad económica.

La fatiga del régimen, la escasa renovación de sus cuadros dirigentes, el bloqueo de los EE.UU. y la caída de la U.R.S.S., ha terminado casi por arrasar con gran parte de los logros de la revolución en el campo de la educación y la sanidad. En estos momentos, cuando Fidel se ha alejado del poder y Raúl Castro no puede permanecer mucho más tiempo en él (aunque sólo sea por razón de edad), el futuro de Cuba se presenta incierto. Cuando los Castro desaparezcan es difícil que el régimen cubano actual siga adelante: de cómo se haga la transición dependerá el futuro de la isla.

Jorge Moreta ha escrito un libro de viajes que intenta contemplar todo esto. Cuba más allá de Fidel (Altaïr, 2009) es fruto de un viaje de más de 3.000 quilómetros por la isla en los meses de junio y julio de 2007. No es una guía turística, aunque abunde en advertencias y consejos para los turistas desprevenidos, sino un viaje apasionado por la geografía, la gente y la historia de la isla. Aprovecha cada parada para reseñar los hechos históricos que allí sucedieron, la gente que por allí pasó y la huella presente. También para analizar la situación política y social del momento siempre desde una perspectiva crítica contra el régimen revolucionario y sus cuadros dirigentes, a los que niega toda virtud y acierto, ni siquiera en los momentos iniciales. Hay una insistencia en la estética de los derrotados y por eso traza un retrato elogioso de los revolucionarios que fueron apartados por Castro en los años siguientes a la victoria. También lo hace de algunos personajes históricos, como el Almirante Cervera, que mandaba la armada española en 1898.

Extrae uno de la lectura de estas páginas una sensación amarga, que no sé si se corresponde con la realidad. Quizá por el género al que se adscribe y la necesidad editorial, Moreta no ha pretendido profundizar más: es un viajero que contempla y habla con la gente que le sale al paso. Pero cuando uno cierra el libro se pregunta en qué se basa el amor que declara por la isla, salvo en la maravilla del paisaje, algunos personajes históricos y la música y los músicos. En las páginas se describe una sociedad de supervivientes, que no duda en usar del timo, la corrupción y el reclamo del sexo para salir adelante y en la que muy pocos trabajan. Quizá unos pocos meses y el tipo de viaje emprendido por el autor sean insuficientes para explicar la complejidad de la situación cubana actual. O quizá es por lo que decía yo mismo al inicio de esta entrada: es difícil hablar de Cuba desde España.

Sin embargo, el libro de Moreta está muy bien escrito: se lee bien y atrapa. La forma en la que suma historia, personajes del pasado y situación presente es brillante y como libro de viajes personal he leído pocos de esta calidad en los últimos años. Un género poco cultivado en España.

lunes 15 de febrero de 2010

Forges y Cervantes, el Banco de imágenes del Quijote y noticias de nuestro Quijote

Rafael Ballesteros, autor del recomendable blog DesEquiLIBROS me remite el enlace a una entrada suya con imagen de Forges sobre el origen de Cervantes. De paso, como me propone, podremos conocer otra página muy quijotesca.

Forges, el autor de la viñeta republicada por R.B., tiene decenas de chistes gráficos con Cervantes o don Quijote como protagonistas. En ocasiones le sirven para comentar alguna noticia de actualidad, pero también hay muchas que son una profunda reflexión sobre el carácter español o del ser humano en general. Tampoco son despreciables las que contienen una reflexión sobre el arte y el artista o, como es el caso, una ironía sobre debates mantenidos por los académicos que, en ocasiones, parecemos hablar sobre el sexo de los ángeles más que de lo que de verdad importa. No recuerdo si Forges ha publicado una colección de sus viñetas cervantinas, pero si lo hiciera en ellas encontraríamos una certera mirada, con la que aprenderíamos más que en muchos libros.
El Banco de imágenes del Quijote

Eduardo de la Torre, un compañero de la Burgosfera, me remite una noticia que informa del crecimiento de un proyecto del que ya se ha hablado en esta lectura. El Banco de Imágenes del Quijote crece: ya cuenta con 450 ediciones y 15.000 estampas. Una visita muy recomendable.

Os animo a mandarme imágenes que reflejen la iconografía cervantino-quijotesca o a que las publiquéis en vuestros blogs, para acumular toda la información posible sobre Cervantes y el Quijote. Sobre todo me gustaría publicar imágenes no usuales, aquellas de pequeños lugares.

También os pido que me remitáis autorretratos quijotescos. Recordad que debéis estar con un ejemplar del libro o en actitud quijotesca.
Noticias de nuestro Quijote

Olvidé mencionar, en las noticias del lunes pasado, una excelente entrada de Cosmo con su comentario al capítulo correspondiente. Como sabéis quien habéis sufrido este tipo de olvidos, a veces me pasa. Esta entrada de los lunes lleva mucho trabajo de elaboración y os agradezco la colaboración cuando me hacéis ver que me he olvidado de alguien. En su siguiente entrada comenta, con la ayuda de Unamuno, el capítulo de la semana pasada: como a todos, le empiezan a disgustar los Duques. No os perdáis sus retratos quijotescos.

Myr celebró la semana pasada su cumpleaños y enlazó ese día con nuestra locura quijotesca. Además de felicitarla, si no lo has hecho, no puedes dejar de leer su entrada. Después, publicó su completo análisis de la carta de Sancho a su mujer: no os lo perdáis.

Cornelivs recibe un regalo quijotesco de otro participante en esta locura, Antonio Aguilera. Y da cuenta de él, con extracto interesante. Después, comenta el capítulo de la semana y lo hace con indignación frente a los Duques y su forma de usar como bufones a los protagonistas.. Lo malo es que en la época de Cervantes muy pocos compartían esta opinión: en algo hemos cambiado, por suerte. Como sabéis, nuestro querido Cornelivs ha decidido dejar de publicar: deseo que sea sólo durante un tiempo y me agradaría que incumpliera su palabra cada jueves, con la colaboración en esta locura.

Merche Pallarés también arremete contra los Duques y sabe subrayar las cuestiones esenciales de la carta de Sancho, incluida la corrupción de los gobernantes, tan habitual entonces.

Paco Cuesta, en su comentario del capítulo se extiende en la carta de Sancho, en la que sabe ver todas las facetas del escudero: no se esconde ni lo que le condena ni lo que le salva.

Pancho comenta el capítulo pormenorizadamente. Me gusta que no se haya olvidado de Aldonza. Os ruego que prestéis atención a la extraordinaria colección de ilustraciones que publica.

Jan Puerta comenta las claves del capítulo. Ilustra su entrada con una magnífica foto de una casa de la calle Cervantes de Valparaíso que no podéis dejar de admirar. También rescata cuatro ilustraciones que retratan a Trifaldín.

Antonio Aguilera comenta el capítulo en dos partes. No os perdáis las ilustraciones que acompañan su primera entrada: que los niños se acerquen al Quijote. En la segunda anota todas las circunstancias del capítulo, hasta la licenciatura en arte dramático de los que participaron en la fiesta noctura.

Abejita de la Vega divide su comentario en varias entradas. En la primera continúa la voz del falso Merlín, que asiste a la conversación entre la Duquesa y Sancho entre cortinas, de forma muy teatral. Lo sabe todo y está en todo, como veréis en la siguiente entrada.

Juan Luis comenta el capítulo XI de la Segunda parte, de forma tan atinada que sólo os puedo recomendar leerlo con sus propias palabras.

Enlace con el índice de nuestra lectura, elaborado por Raúl Urbina : Primera parte y Segunda parte.
Enlace con el blog construido por Manuel Tuccitano expresamente para esta lectura y que puede considerarse un agregador con los enlaces de todos los blogs participantes de forma regular, aquí.
Enlace con el grupo en Facebook, aquí. (Este grupo no sustituye a la lectura en este blog y no estáis obligados a uniros: lo usamos sólo como complemento, para informarnos, preguntar y debatir.)
Enlace con la entrada en la que encontraréis sugerencias si os incorporáis con la lectura ya iniciada, aquí.
Si me he olvidado de alguien, hacédmelo saber y lo subsanaré. Recordad enlazar vuestras entradas con La Acequia, para poder encontrarlas.
Vale.

domingo 14 de febrero de 2010

Disolución en azul de la melena de la amada, en movimiento

Son curiosas ciertas cosas. Regreso a casa después de dejar a mi hija: hace frío de domingo por la noche. Es un tozudo invierno, pero es febrero avanzado y en algún lugar debe apuntar ya la flor del almendro. Abro la puerta de casa, cuelgo el abrigo como si fuera una piel gastada, busco las zapatillas -sabes que uso zapatillas de estar en casa-, voy al baño y me miro las ojeras en el espejo. Sin embargo, sonrío: acabo de recordar a qué huele tu cabello.

sábado 13 de febrero de 2010

Acuse de recibo: Mariano José de Larra, Obras completas.


Siempre es bueno volver a Larra. En realidad, Mariano José de Larra (1809-1837) nunca se ha ido: no sólo se le lee, sino que se le imita. En gran medida, sus escritos se hallan debajo de muchas columnas y artículos periodísticos actuales tanto en la estructura, en la temática o en el retrato de los personajes.

Esta vigencia de Larra tiene varios razones: el talento en la construcción de un estilo adecuado para las páginas de un periódico impreso; el acertado análisis de una sociedad que, en tantos sentidos, sigue siendo la nuestra; la brillante construcción de imágenes literarias mezcladas con una veta crítica que pretendía la modernización de las costumbres. Curiosamente, gran parte de los artículos más conocidos de Larra tienen fuentes francesas: a veces párrafos enteros eran traducción literal de artículos franceses a los que no citaba. Pero bastaba una frase, una intención, una mirada de Larra para que todo encajara en la realidad española de una forma que no ha sido superada.

Larra fue un ser contradictorio, a veces irritante: quizá porque nunca tuvo paz interior ni llegó a un pacto consigo mismo pudo escribir su obra. Este desajuste e inadaptación también se daba con la sociedad española de su tiempo y terminaría llevándole a lo que hoy sería diagnósticado como una profunda depresión: no se mató por amor ni porque el país le decepcionara, se mató porque lo llevaba dentro.

Joan Estruch ha preparado la mejor edición, hasta ahora, de la Obra Completa de Larra (Cátedra, 2009). La más completa, también: en estos dos volúmenes (I, Artículos; II, Novela, Poesía, Teatro, Varia) está lo que se ha demostrado que escribió. Nunca podremos tener unas obras que reúnan todo lo que hizo: una parte fueron colaboraciones anónimas para los periódicos en los que trabajó.

Volver a Larra es necesario y saludable. Como saben los lectores más antiguos de La Acequia, en el verano de 2007 publiqué una serie de entradas que llamé Larra en la era virtual (pueden encontrarse buscando, hacia atrás, en este enlace) en las que subrayaba la actualidad del escritor. Dadas las fechas en las que me llegan estos volúmenes sería bueno que constatáramos lo poco que hemos cambiado leyendo El mundo todo es máscaras. Todo el año es carnaval (podéis hacerlo también en el formato original del texto). Aunque estos días serían también una buena lectura los artículos de sátira política: no resistáis la tentación de poner nombres actuales a los personajes.

viernes 12 de febrero de 2010

La justicia, en una democracia, ampara incluso a los que no creen en ella. Sobre el caso del juez Garzón.

Una de las muchas diferencias entre entre una democracia y una dictadura consiste en que la justicia, en la primera, ampara incluso a los que no creen en ella. Una dictadura, sea cual sea su signo político, nunca tiene piedad con los opositores: los declara fuera de la ley.

Con cierta frecuencia, en los tribunales españoles, los abogados que defienden a terroristas, consiguen sentencias que dejan libres a sus defendidos a partir de irregularidades en el procedimiento, aunque hayan confesado su condición. Incluso terroristas con sentencias firmes se benefician de errores en el procedimiento de aplicación de las condenas o de fallos administrativos y quedan en libertad. Lo único que se puede hacer, en estos casos, es pedir responsabilidades a quien cometió la irregularidad. Estas cosas nunca suceden en un régimen dictatorial.

Como no soy jurista, no puedo saber si el juez Baltasar Garzón es culpable de lo que se le acusa en estos últimos meses: la ley tiene infinitos recovecos y algunos de ellos tienden a amparar el formalismo de los procedimientos por encima de lo que el sentido común dictamina, lo que suele provocar sentencias que pocos comprenden, más que los juristas. Sí que me sorprende que tantos opinen sobre este asunto sin conocimientos legales pero con una firmeza digna de grandes expertos en la materia. Como siempre, hay quien habla de oídas y quien antepone su posición política antes que la ley y sus garantías judiciales: desean que la ley se tuerza según su ideología. El tiempo y la justicia dictaminarán lo que sea oportuno. Después, será la historia la que juzgue a unos y otros: no siempre la opinión histórica coincide con el dictamen de la justicia en un momento dado. Lo que más ruido provoca, en este caso, es el circo mediático que se ha ocasionado: algunos pidiendo la condena casi sin juicio previo y otros considerando a Garzón una víctima antes de conocer si hubo errores de procedimiento. Detesto la persecución tanto como el victimismo.

He de reconocer que casi siempre me han gustado los objetivos sostenidos por las actuaciones del juez Garzón, desde que saltó a la fama. Me gustó cuando procesó al dictador chileno Pinochet, cuando inició el procedimiento contra los responsables de asesinatos y desapariciones en la dictadura argentina y también coincidí con él en la revitalización de las cuestiones referidas a la Memoria histórica en España y la reparación de las víctimas del franquismo. Pero también soy consciente de las críticas que siempre le han perseguido sobre la debilidad de alguna de sus instrucciones -en especial, según parece, por el exceso de trabajo y el volumen de los casos más populares que instruye-, de la exageración de otros y del excesivo afán de protagonismo. Éste último, sin embargo, aunque no lo buscara, le va en el cargo, así que le disculpo. Lo otro son males demasiado presentes en la justicia española causados por diferentes razones bien conocidas (no siempre achacables a los jueces) y que sería injusto ver sólo en el juez Garzón, como quieren resaltar sus críticos.

Como siempre, una personalidad de este tipo genera enemistades y envidias. Me llama mucho la atención la suma de gente que se ha unido en el ataque al juez Garzón y su forma de actuar en este asunto. Garzón tiene en contra a los que buscan el celo de las garantías de los procedimientos por encima de la intención; a los que lo envidian y odian desde dentro y desde fuera de la judicatura por su forma de pensar y su carrera profesional; a los que le criticaron por su proximidad al socialismo en la época de Felipe González; a los muchos acusados en sus casos más famosos y que cuentan con influencias tanto en medios de comunicación como en sectores políticos y económicos.

Una parte no menor de las causas abiertas contra el juez Garzón y que pueden ocasionarle una condena por prevaricación, nace de la posición de quienes defienden la memoria de la dictadura franquista y que se removieron indignados contra la posibilidad de que tuviera éxito el procedimiento abierto por el juez para investigar el caso de los decenas de miles de represaliados por el régimen de Franco, muchos todavía enterrados en las cunetas y los montes del país de forma ignominiosa y con el silencio cómplice de demasiadas administraciones y poderes fácticos, puesto que ya está suficientemente demostrada la injusticia de esta situación que ninguna ley puede mantener. Estos defensores de la ideología y la memoria franquista ven amparadas sus reivindicaciones contra las actuaciones del juez Garzón en la legislación democrática vigente y su sistema judicial: pueden acogerse, como los terroristas, a unas leyes y garantías jurídicas que no dudarían en anular si gobernaran y, desde luego, en no reconocer para sus oponentes. A partir de ahí, entran en juego los abogados, los jueces instructores y la fiscalía.

El problema de Garzón, fuera del aspecto jurídico, es que intentó hacer lo que la clase política no hizo en su día por el bien de la necesaria transición pacífica a la democracia -recordemos la situación del país en aquellos días y la opción, de la mayoría de los sectores políticos del momento, por un pacto que solucionara la transición desde dentro y sin más corte que la elaboración y aprobación del texto constitucional- y no hace ahora por comodidad o cálculo electoral. En este sentido, los culpables de la situación son nuestros políticos, por su pasividad y dejación en la acción legislativa: sobre ellos recae la voz de las víctimas y sus descendientes, que no buscan más que reparación de la injusticia cometida por los culpables de las represalias y la parodia de tribunales en el franquismo y enterrar a los suyos, puesto que otras soluciones son imposibles y no queridas por nadie. Es curioso que en España haya sido más fácil la devolución del patrimonio material incautado a los sindicatos de clase tras la Guerra Civil que la revocación de unas sentencias dictadas por tribunales contrarios a todo sentido de la justicia (eso en los casos en los que las víctimas fueron juzgadas en los tribunales de orden público sin ningún tipo de garantías, puesto que muchos fueron asesinados sin estas grotescas parodias de juicios).

Si el juez Garzón cometió errores en el procedimiento, debe ser sancionado en aplicación de la normativa vigente como cualquier otro ciudadano y para ello están los tribunales: si es culpable, la condena debe ser proporcional a los daños causados, nunca por encima de ellos. Aunque esté de acuerdo con los fines de los procedimientos que instruye, no puedo dejar de pensar que es el respeto a las garantías judiciales y el procedimiento que marcan las leyes lo que nos distingue de una dictadura. Sería sorprendente, sin embargo, que sólo se mostrara tanto celo en el caso de Garzón y no en el de otros muchos de sentencias e instrucciones deficientes que saltan reiteradamente a la luz pública: haría pensar que sólo hay intención política o rivalidad profesional en este asunto.

Pero no deberíamos permitir que el juez Garzón sea víctima de la persecución y las calumnias de aquellos que no creen en las virtudes de la democracia y que no dudarían en acabar con ella si pudieran mientras mantienen en silencio las tumbas de tantos; ni de aquellos que sólo consideran los delitos del contrincante político y nunca los propios y piensan que la justicia sólo lo es cuando actúa contra el contrario y han visto ahora la oportunidad de eliminar del panorama a un juez que les resulta especialmente molesto. En este aspecto, el juez Garzón tiene todo mi apoyo.

jueves 11 de febrero de 2010

Una carta de Sancho a su mujer (Cap. 2.36).


De nuevo, un capítulo escrito para servir de gozne entre un suceso y otro: tras la aparición de Merlín se anuncia la de la Dueña Dolorida, condesa Trifaldi.

El narrador nos desvela el último rincón del truco de la procesión nocturna: Merlín era un mayordomo del Duque y Dulcinea un paje. Siempre hay quien colabora para echar unas risas. junto a los señores. No era necesario, pero Cervantes conoce muy bien el efecto en el lector del recurso técnico que desvela el artificio -muy propio de la estética barroca-. Es un efecto muy teatral y que incide en la construcción de una fantasía dentro de otra, parodias ambas de la literatura caballeresca, lo que nos pone, de nuevo, en el núcleo teórico del Quijote.

Aprovecha Cervantes para cerrar, por ahora, la cuestión de los azotes. La Duquesa, curiosa, quiere saber si Sancho ha comenzado a azotarse para desencantar a Dulcinea y éste da cuenta de cómo ha rebajado la intensidad del castigo. Se rebela, a pesar de haberlo prometido poco antes, y sabedor de que de ello depende su cargo de gobernador:

-Déme vuestra señoría alguna diciplina o ramal conveniente, que yo me daré con él como no me duela demasiado, porque hago saber a vuesa merced que, aunque soy rústico, mis carnes tienen más de algodón que de esparto, y no será bien que yo me descríe por el provecho ajeno.

Hay una parte de Sancho que siempre vela por sí mismo, el fondo de hombre del común que recibe con una mezcla de recelo e instinto de superviviencia aquello que supone una amenaza contra él por muy elevada que sea la causa.

La parte central del capítulo, que sirve de punto sobre el que girar el argumento además de preparar el terreno para el capítulo de la ínsula de Barataria, es la carta que Sancho ha dictado para su mujer. En ella encontramos una mezcla de ingenuidad, astucia, sabiduría popular y demostración de ternura. Por una parte, queda bien claro que Sancho va al gobierno para enriquecerse; por otra, esta pretensión no le hace olvidarse de los suyos. Bajo el lenguaje rústico y directo de Sancho, Cervantes esconde una crítica a los gobernantes:

De aquí a pocos días me partiré al gobierno, adonde voy con grandísimo deseo de hacer dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con este mesmo deseo

Sólo a un simple se le podría permitir expresar de forma tan cruda una práctica tan habitual. En gran medida -lo veremos más adelante-, hay en la Segunda parte de la obra una propuesta de buen gobierno: a veces expuesta de forma directa, a veces a través de la crítica.

En la carta, además, hay una fecha que es imposible según la cronología interna de la narración, (20 de julio de 1614) pero que Cervantes usa para jugar con el lector y aproximar la primera parte a la lectura de la segunda. Anula, así, los años trascurridos. Y de paso da lugar a que muchos teóricos se hayan devanado los sesos con sus intenciones. Quizá sólo marcaba el momento de redacción del capítulo; algunos han visto un hito relacionado con el Quijote apócrifo de Avellaneda, que se debía de estar imprimiendo por esos días.

El capítulo se cierra con el anuncio solemne de otra aventura de tono caballeresco: una condesa viene a requerir el auxilio del famoso don Quijote. El carácter paródico inunda el discurso de Trifaldín el de la Barba Blanca desde su nombre y el de su señora. Veamos qué les depara la nueva situación a nuestros protagonistas en el capítulo XXXVII, el próximo jueves.

miércoles 10 de febrero de 2010

Cuando nadie responde (El paladar a la intemperie, de Antonio Sánchez Zamarreño).

La pérdida de los padres nos deja desnudos: ya estamos en primera línea ante la muerte. Ellos ya no están y no responden ni amparan. Hay un vértigo de espacios vacios y de palabras no dichas, pero también la sensación de que se nos ha echado ya el tiempo encima: nos sorprenda cuando nos sorprenda, la muerte de los padres termina irremediablemente con nuestra infancia. El juego de la vida se intensifica puesto que ya no hay posible refugio. El sentimiento que provoca la orfandad es independiente de la edad a la que nos llega porque cuando se nos mueren los padres siempre somos sus hijos. Y de pronto, nosotros somos el horizonte cuando atardece.

De la muerte de los padres nace el poemario El paladar a la intemperie (2009), de Antonio Sánchez Zamarreño (Villar de la Yegua, Salamanca, 1951). Sánchez Zamarreño construye sus poemas desde la experiencia concreta y a pecho descubierto: en su obra no hay falsa retórica. El trabajo poético con la emoción es siempre contenido y nada fácil en su aparente sencillez, incluso en un poemario con un tema como éste: Sánchez Zamarreño siempre ha buscado señalar el camino envolviéndolo en lo que no se dice. Las imágenes, expresadas en un paisaje comprensible, nacen de lo esencial del sentimiento que provoca el poema y éste es un apunte que se suma a otros. Es el conjunto el que nos da la clave de comprensión pero siempre sin obligaciones: el yo del poeta no se nos impone.

El paladar a la intemperie reflexiona poéticamente sobre la muerte de los padres pero también sobre la soledad del que permanece e intenta dialogar con sus muertos:

Llamaros es como un río
que bajara entre cenizas.
Ah de la madre; ah del padre:
toda mi voz es ya orilla.

Y en la orilla tachamos las ausencias en los calendarios:

Hoy, por séptima vez,
la golondrina se cruzó con junio
y fue tachado del azul mi padre.

En estos poemas se acompaña a los padres hasta la muerte y el poeta se queda solo junto a esa puerta. La experiencia nos la transmite sin engaños ni metafísicas, aunque haya mucha profundidad tras la aparente sencillez que dan imágenes tan bellas y certeras como la del zorzal en el regazo de la madre:

Será bella la muerte en tu regazo:
un zorzal aterido, por ejemplo.

Un poemario que crece tras cada lectura, como el poema final, "Rumor de cuento antiguo (A mis hermanos)", que juega con el cuento infantil de los cabritillos y el lobo para despertarnos del refugio de niñez:

Hermanos cabritillos: ahora todo es inútil.
Todo es inútil. Hemos vivido refugiados
en este cuento (...)
pero ya no, ya no, ya no, hermanos:
podéis abrir. Abrid: que entre la manada
y profane, terrible, el santuario.

La muerte de los padres nos despierta y nos deja desnudos a la intemperie.


martes 9 de febrero de 2010

Regresar es un poceso lento (El caballo de cartón, Abel Hernández)

Regresar al lugar del origen es un viaje lento que adquiere dimensiones y sensaciones diferentes según quien lo emprenda. Si, además, supone regresar cuando todos se han ido, las huellas despiertan en nosotros los ecos de lo que vivimos. Volver a los lugares de la infancia es también revivir un tiempo en el que todo está en germen para bien o para mal: hay quien sostiene que lo que seremos después está ya presente. Fue de allí (de ese espacio y de ese tiempo) de donde partimos para cargar con nuestra vida. Al entrar en la casa que fue la nuestra recuperamos los sonidos de las voces de los familiares y los amigos, los gestos acompañados de percepciones sensoriales. Hay personas que saben vivir sin esos recuerdos, pero la mayoría quedamos marcados por los primeros años de nuestra vida y sabemos que es allí en donde están nuestros más íntimos secretos.

Abel Hernández (Sarnago, Soria, 1937), periodista de larga y exitosa trayectoria, sorprendió hace dos años con Historias de la Alcarama, un excelente viaje literario a su pueblo natal. El caballo de cartón (Gadir, 2009) no es una continuación de aquel volumen, sino un empeño nuevo, aunque los lectores del primero reconocerán en éste el mismo mundo y pulso narrativo. Aquí toda la memoria novelada en la que consiste el argumento se estructura a partir de los últimos meses en los que el autor vivió de forma continuada en su pueblo.

El caballo de cartón parte de un recurso técnico manejado con habilidad. Se trata del contraste entre lo anotado en un diario escrito por el autor a los once años de edad (hallado, junto al caballo de cartón con el jugó de niño, en la casa familiar abandonada hace tiempo) y el presente de la escritura. Parte del hallazgo del diario en un viaje del autor junto a su hermano para comprobar el estado de la casa. Se establece así un interesante y fluido diálogo literario entre el niño que se preparaba para abandonar su pueblo y el hombre mayor que recuerda, desde la experiencia, todo lo que constituía su vida en aquellos momentos.

Desde ese diálogo asistimos a la reconstrucción del pulso de un pequeño pueblo de montaña de la España de la postguerra (el Sarnago natal del autor): Abel Hernández consigue que vivamos la vida de aquellas personas en un tiempo en el que el pueblo no tenía luz eléctrica ni agua corriente y todas las tradiciones y costumbres venían de lejos. Pero no es sólo una reconstrucción de la vida material, sino de los anhelos (como el de su madre que se había prometido que sus hijos saldrían del pueblo), miedos, emociones y tradiciones. Hay un sentido homenaje a toda aquella gente: a su madre, sus familiares, vecinos. Incluso al maestro y el cura. A todos ellos los une en una complicidad de palabras, silencios y gestos que intentaban hacer más llevadera la dureza de la vida y la grisura de aquella España de los años cuarenta y que se hallaba a unos pocos quilómetros.

El caballo de cartón es un viaje a la infancia del autor, pero también es un viaje a una España que ya no existe: para bien en lo político (aunque el pueblo, por su situación, parecía a refugio de todo lo que ocurría fuera), para mal en la desconexión con la naturaleza. El final del texto no es sólo el de la niñez, sino el de un modo de vida: unos años después comenzaría el éxodo masivo de los pueblos a las ciudades. Sarnago, como tantos otros pueblos en los que la vida era dura, se vació de su gente hasta que murió el último de los habitantes, que ni siquiera pudo ser enterrado en el cementerio del pueblo.

Por ello, la meditación sobre el tiempo y sus efectos es una materia más de este libro y se concreta extraordinariamente en el capítulo que se dedica al reloj de pared de una de las salas de la casa familiar:

Hace más de treinta años que el hueco del reloj enfrente de la cama está vacío. Queda sólo su huella en la pared. Se lo llevaron cuando cerraron la casa, que sin él ya no es la misma.

Privada del latido del tiempo, la casa dejó de tener vida. Permanece muerta, inhabitada, inanimada. Sus materiales -las vigas de los techos, las paredes, el tejado, la chimenea, el horno, el cmarco de las ventanas, las puertas, el protón de la entrada...- se descomponen poco a poco, implacablemente, lo mismo que un cadáver an la sepultura.

El hombre mayor lee y comenta el diario del niño y nos ofrece esa doble mirada: la del niño que descubría el mundo sin saber lo que sería de su vida y la del hombre mayor que ha comprendido y sido testigo de tantas cosas.

Hay un sentimiento de nostalgia: no sólo la infancia es un territorio que perdemos al crecer, el espacio y la vida se trasforman de manera tan radical que sólo podemos recuperarlos con el ejercicio de la memoria.

En este ejercicio cobra un singular interés el lenguaje, una de las mejores razones para leer este libro. Abel Hernández escribe con una prosa pulcra, llena de palabras, giros y expresiones que nos devuelven a aquel tiempo y el contacto con la naturaleza a través de la experiencia cotidiana y la heredada, de los oficios y el aprendizaje.

Cuando uno cierra el libro tiene la sensación de que hubo un momento en la historia reciente de España en el que toda la cadena tradicional de la vida se cortó de un tajo y que sólo el recuerdo puede acercárnosla puesto que no hemos sabido reparar la ruptura. Abel Hernández lo consigue en un volumen que atrapa desde la primera línea, sin grandes pretensiones pero escrito con las palabras exactas que se necesitaban para contar esta historia, tan verdadera que puede ser similar a la de decenas de miles de españoles y que necesitaba ser contada.