domingo 28 de febrero de 2010
Salamanca y libertad.
sábado 27 de febrero de 2010
Noticias de Jan Puerta desde Chile
viernes 26 de febrero de 2010
VIII Premio de la Crítica de Castilla y León

La novela El caballo de cartón (Gadir, 2009), de Abel Hernández, ha resultado ganador del VIII Premio de
jueves 25 de febrero de 2010
Todo el mundo es uno y superlativo y una infanta embarazada (Cap. 2.38)
La caracterización de la Dueña Dolorida, las alusiones a las seguidillas (forma musical antigua y popular que comenzaba, por ese tiempo, a desbancar a los romances y otros ritmos musicales para constituir la base del folclore español de los próximos siglos), a la costumbre de cortejar a la reja, los embarazos no queridos justificados por matrimonios secretos (prohibidos legalmente)... Hay un cuadro tan popular y tan vivo en el relato de la Dueña Dolorida y que contrasta tanto con la ceremonia de la casa de los Duques que uno pide, con Sancho, que continúe la historia para saber su final. Veremos si se nos da en el capítulo XXXIX, que comentaremos el próximo jueves.
miércoles 24 de febrero de 2010
Un género necesario (Jardín perdido. La aventura vital de los Panero, de Andrés Martínez Oria).

martes 23 de febrero de 2010
Una novela de tesis sobre la historia de las guerras civiles en España (La sima, de José María Merino).

El odio como ingrediente habitual, normal, de la confrontación, el odio como elemento para componer la personalidad más rechazable y peligrosa del adversario, el ocio como un nutriente salutífero para dar vigor a las contrapuestas maneras de ver las cosas, un odio que no puede siquiera imaginar la negociación, el pacto con el que no piensa como nosotros, sino sólo su anulación, su desaparición.
Este argumento es rechazado, por acientífico, por el profesor que dirige su Tesis, que le exige basarse en datos y documentos, pero constituye el punto de partida ideológico del pensamiento del protagonista.
La mujer en el siglo XX (Modernas y vanguardistas, de Mercedes Gómez Blesa).

España fue un país en el que estos cambios comenzaron al mismo tiempo que en el resto del mundo occidental y, en algunos casos, estuvo en la vanguardia, como en el reconocimiento del voto femenino. Fue un proceso lento que se inició a finales del siglo XIX y que tuvo un momento de esplendor en los años de la II República (1931.1939). Por supuesto que la mayor parte de las mujeres españolas no gozaron, en la práctica, de los mismos derechos: en muchas ocasiones, porque la herencia cultural y la moralidad de la que participaban les impedía reconocerse en ellos, en otros porque la presión social en las localidades más pequeñas o en los ámbitos familiares lo impedía. Por ello, es interesante el estudio del proceso por el que fueron calando las nuevas ideas desde un significativo número de intelectuales hasta capas sociales más populares y cómo todo ello se fue articulando tanto en la visibilidad de la mujer con su participación en la vida cultural y política del país como en la legislación que amparaba el camino hacia la igualdad frente a todas las reticiencias tanto de algunos sectores sociales como de instituciones que la negaban.
Mercedes Gómez Blesa ha escrito un oportuno y necesario ensayo que permite conocer más este proceso: Modernas y vanguardistas. Mujer y democracia en la II República (Madrid, Laberinto, 2009). En él analiza los cambios de todo tipo que hicieron posible la presencia de la mujer en la primera línea de una sociedad en transformación:
Todos estos cambios y transformaciones que aplaudía esta élite femenina de intelectuales supusieron un verdadero revulsivo para muchos hombres de sus respectivas generaciones, que vieron peligrar su androcentrismo, dando lugar, por tanto, en la primera treintena del XX, a una reacción misógina que buscó fundamentarse, no sólo en los prejuicios sociales y religiosos, sino en novedosas teorías científicas, y que generó un animado debate público sobre la identidad femenina y su papel en la sociedad española. En este ensayo, por tanto, nos gustaría acompañar a estas mujeres modernas y vanguardistas en su largo y dificultoso camino hacia la igualdad política y civil, conquistada en la II República. Incideremos en las mejoras legislativas que trajo la Segunda República para la mujer y analizaremos la presencia femenina en los espacios públicos, al igual que las principales aportaciones de estas intelectuales y de las principales líderes obreras al debate feminista y a los diferentes ámbitos de la cultura.
Por otra parte, este libro está bien escrito y se deja leer con facilidad sin perder rigor metodológico en su planteamiento y esquema, que va desde los orígenes culturales de la intelectualidad que conseguirá la proclamación de la II República española hasta el logro del sufragio univeral en 1931. En él, además, se hallará el nombre de las grandes intelectuales del período que contribuyeron a todo el debate y que han de tenerse siempre como referentes: Carmen de Burgos, Maria Lejárraga, Margarita Nelken, Clara Campoamor, María Zambrano (de la que la autora es una gran especialista) y Federica Montseny.
Está suficientemente estudiado cómo en algunos países -singularmente, en los EE.UU.-, el conflicto bélico de la II Guerra mundial fomentó el avance de los derechos de la mujer: durante la guerra se habían acostumbrado a vivir sin los hombres jóvenes, que luchaban en el frente, y a trabajar fuera del hogar y, a pesar del bombardeo ideológico que procuró la vuelta a un hogar tradicional en la postguerra (en especial a través de la publicidad, la televisión y el cine), las cosas habían cambiado tras superar el punto de no retorno.
En España, sin embargo, el final de la Guerra Civil supuso un amargo retroceso para la igualdad de la mujer. La dictadura franquista impuso un tipo de sociedad y moral pública que cortó de raíz el camino iniciado en las décadas anteriores. Durante décadas, la mujer fue considerada una persona sin la misma entidad jurídica que los hombres y su presencia en muchos espacios públicos era mal vista o inexistente. Sin embargo, a pesar de todos los intentos, la lógica permeabilidad ante lo que sucedía en otros países -en especial a partir de los años sesenta- y la semilla de los debates mantenidos antes de 1939, terminaría imponiendo en la Transición española hacia la democracia la necesaria revisión del rol de la mujer. Hoy la igualdad, en el campo legislativo, es plena, incluso de las más avanzadas de los países occidentales, aunque aún busquemos una fórmula que permita integrarla en la vivencia cotidiana.
lunes 22 de febrero de 2010
Cómo celebrar el fin de fiesta y noticias de nuestra lectura.

El capítulo que comentamos este jueves es el 38: nos queda la mitad de la Segunda parte, más o menos. Como hicimos al terminar el comentario de la Primera, después haremos balance de lo que ha supuesto.
Es hora ya de que comencemos a pensar en propuestas que han surgido durante todo este tiempo y que supongan un fin de fiesta merecido para todos. Os invito a hacer sugerencias comentando esta entrada, a través de mi correo electrónico o en el grupo de Facebook de la lectura. Todas las ideas serán bienvenidas. Recordad que la más firme es encontrarnos todos en algún lugar para celebrar una jornada quijotesca. Y si alguien sabe de dónde se puede comer como en las bodas de Camacho, mejor.
Debemos estar orgullosos: es la primera lectura colectiva de la obra de estas características. Hay que celebrarla como se merece.
Os animo a mandarme imágenes que reflejen la iconografía cervantino-quijotesca o a que las publiquéis en vuestros blogs, para acumular toda la información posible sobre Cervantes y el Quijote. Sobre todo me gustaría publicar imágenes no usuales, aquellas de pequeños lugares.
Asun sigue aportando documentación que completa la lectura con circunstancias de la biografía cervantina. En su última entrada podéis ver lo referente a su cautiverio en Argel. Como prueba de que va adelantando en su lectura -de tal manera que casi nos ha encontrado-, nos deja una muestra de sus comentarios de las primeras aventuras de don Quijote.
Enlace con el índice de nuestra lectura, elaborado por Raúl Urbina : Primera parte y Segunda parte.
domingo 21 de febrero de 2010
Y al final todo el truco es desvelado.
sábado 20 de febrero de 2010
Recuerdos de una niña de provincia (Las cosas como eran, de Esperanza Ortega).

Esperanza Ortega, una de las voces poéticas más asentadas de las últimas décadas, ha escrito un libro de recuerdos: estampas autobiográficas en las que no manda la exactitud de la fecha ni el orden cronológico de los acontecimientos. La materia narrada se ordena en torno a diferentes motivos: en este caso, espacios, objetos, sensaciones (La casa, La ropa, Los alimentos, Los libros, Olores y ruidos, Muñecos y muñecas, Los colegios, Las palabras, El cine, Lo invisible, Las escaleras). A partir de ellos, la autora recupera el tiempo de su infancia de niña de familia acomodada de una ciudad de provincias en la España de los años cincuenta y sesenta, Palencia.
El género autobiográfico de los recuerdos tiene en español un libro casi fundacional que apenas se lee porque en España el género no acaba de cuajar quién sabe bien por qué. Me refiero a los Recuerdos del tiempo viejo, de José Zorrilla: un texto que debería leerse más porque en él se halla toda una época a partir de la mirada de este escritor romántico, con una prosa tan certera y atractiva que uno echa de menos que Zorrilla no escribiera más en prosa.
Este tipo de libros, si se han escrito de forma sincera, tiene un doble interés: por un lado, ayuda a comprender el mundo personal en el que se forma la obra artística del autor; por otro, nos pone en pie un mundo ya perdido. Es el caso del libro de Esperanza Ortega. En él hallamos sus recuerdos de infancia trabajados desde la perspectiva del tiempo. El núcleo esencial, como no puede ser de otra manera, es la familia: la madre, el padre (muerto pronto pero siempre presente). Y la casa. Sorprende la ausencia de la calle y de los amigos que en ella se hacen: para la autora, la calle es sólo lugar de paso. A cambio, están retratados otros espacios: los colegios o los cines (el padre de la autora era el empresario de los cines de Palencia) y la escalera de la casa, en la que se recrea toda la vida de una casa de vecinos.
El amor por las sensaciones y las palabras (hay todo un admirable capítulo dedicado a las palabras y expresiones de la familia, algunos localismos tan hermosos como arambol) preside todo el libro: el lector percibe las emociones que despiertan los recuerdos, como si se acabaran de producir. No sé si Esperanza Ortega pretende continuar sus recuerdos a partir de los años setenta: sería de gran interés para reconstruir la vida cultural, social y política de Valladolid (a donde marchó a vivir en su juventud) en la Transición española a la democracia.
Rercordar la infancia es revivir un espacio y un tiempo del que procedemos, que nos nutre -para bien o para mal- y que está más cercano de lo que suponemos. Por eso, es certera la descripción de la sensación que se tiene cuando uno abandona la casa en la que vivió de niño y ya no puede volver a ella:
La casa la tiraron siete años después [de una operación de espalda que sufrió la autora a a los 15 años]. Los vecinos se desperdigaron y mi familia también, como si hubieran derribado un palomar y las palomas hubieran volado en todas direcciones. A mí me ocurrió algo curioso: después de que tiraran la casa, perdí el sentido de la orientación.
viernes 19 de febrero de 2010
jueves 18 de febrero de 2010
Intermedio sobre dueñas (Cap. 2.37).
-Por lo que tiene de condesa -respondió Sancho, antes que el duque respondiese-, bien estoy en que vuestras grandezas salgan a recebirla; pero por lo de dueña, soy de parecer que no se muevan un paso.
De darle la réplica se encarga, de nuevo, la dueña Rodríguez, que sale en defensa de su oficio. También don Quijote, pero parece que nadie le haga caso quizá porque no interesa en ese momento si hay diferencias entre las dueñas reales y las literarias o si había dueñas o no en el mundo caballeresco. El diálogo se enreda en una divertida sátira sobre las dueñas (muy frecuente en los inicios del siglo XVII), con algunas claves que hoy se pueden escapar al lector.
Las dueñas ejercían una labor que ya ha desaparecido. Su presencia era tan habitual y necesaria en las familias de la nobleza y las de la alta burguesía que se convirtieron en un personaje literario sometido a todo tipo de burlas. Muchas de ellas, como en el texto, son chistes sexuales ("que en mi tierra faldas y colas, colas y faldas, todo es uno"): de ahí la ironía sobre su condición o no de doncellas. Pensemos que, inicialmente y por definición, son viudas y, por lo tanto, no doncellas: y no siempre viejas, aunque las dueñas viejas den más juego literario. También en la pintura barroca. Comparten, en gran medida, las alusiones generales sobre las viudas que encontramos en el folclore y las obras literarias.
Hemos de pensar, además, que eran conocedoras de la intimidad de las familias con las que vivían y, en especial, de las jóvenes a las que guardaban y, en general, de todas las mujeres de la casa. Este hecho, en el imaginario colectivo y en la educación sentimental de la época, despertó las esperables alusiones a la sexualidad.
Sancho -personaje popular en sí mismo- las tenía tanta ojeriza como trasmiten todas estas alusiones satíricas: ya lo vimos desde su primer enfrentamiento con la dueña Rodríguez.
Veremos qué sucede con la Dueña Dolorida y cómo la reciben los Duques el próximo jueves, en el comentario del capítulo XXXVIII, porque en éste, a pesar de su título, no se nos ha dicho nada al respecto.
miércoles 17 de febrero de 2010
Alegrémonos de ser mortales
martes 16 de febrero de 2010
Cuba y nosotros (Cuba más allá de Fidel, de Jorge Moreta).

Fue un conflicto que no podía acabar de otra manera que con la independencia de la isla, pero la entrada de los EE.UU. en la guerra marcó su final y el inicio de una tutela que no fue positiva para la evolución posterior de Cuba. La corrupción de los gobiernos cubanos y la excesiva dependencia de los intereses económicos y geoestratégicos de Norteamérica explican, en gran medida, el éxito de la revolución encabezada por Fidel Castro. Cuando la revolución cubana triunfó en 1959, España se encontraba bajo la dictadura de Franco y era lógico que se viera en ella y en sus líderes un referente a seguir. Cuando Castro abrazó el marxismo en 1961 -por la propia composición interna de uno de los sectores más fuertes de los revolucionarios y el posicionamiento en el contexto internacional de la Guerra fría-, el camino posterior estaba señalado por la implicación con un sistema que se derrumbó tras la caída del muro de Berlín. De hecho, desde entonces, el gobierno cubano ha tenido que buscar un camino más netamente americanista y se ha unido a la dirección tomada en los últimos años Venezuela, tanto por política como por necesidad económica.
La fatiga del régimen, la escasa renovación de sus cuadros dirigentes, el bloqueo de los EE.UU. y la caída de la U.R.S.S., ha terminado casi por arrasar con gran parte de los logros de la revolución en el campo de la educación y la sanidad. En estos momentos, cuando Fidel se ha alejado del poder y Raúl Castro no puede permanecer mucho más tiempo en él (aunque sólo sea por razón de edad), el futuro de Cuba se presenta incierto. Cuando los Castro desaparezcan es difícil que el régimen cubano actual siga adelante: de cómo se haga la transición dependerá el futuro de la isla.
Jorge Moreta ha escrito un libro de viajes que intenta contemplar todo esto. Cuba más allá de Fidel (Altaïr, 2009) es fruto de un viaje de más de 3.000 quilómetros por la isla en los meses de junio y julio de 2007. No es una guía turística, aunque abunde en advertencias y consejos para los turistas desprevenidos, sino un viaje apasionado por la geografía, la gente y la historia de la isla. Aprovecha cada parada para reseñar los hechos históricos que allí sucedieron, la gente que por allí pasó y la huella presente. También para analizar la situación política y social del momento siempre desde una perspectiva crítica contra el régimen revolucionario y sus cuadros dirigentes, a los que niega toda virtud y acierto, ni siquiera en los momentos iniciales. Hay una insistencia en la estética de los derrotados y por eso traza un retrato elogioso de los revolucionarios que fueron apartados por Castro en los años siguientes a la victoria. También lo hace de algunos personajes históricos, como el Almirante Cervera, que mandaba la armada española en 1898.
Extrae uno de la lectura de estas páginas una sensación amarga, que no sé si se corresponde con la realidad. Quizá por el género al que se adscribe y la necesidad editorial, Moreta no ha pretendido profundizar más: es un viajero que contempla y habla con la gente que le sale al paso. Pero cuando uno cierra el libro se pregunta en qué se basa el amor que declara por la isla, salvo en la maravilla del paisaje, algunos personajes históricos y la música y los músicos. En las páginas se describe una sociedad de supervivientes, que no duda en usar del timo, la corrupción y el reclamo del sexo para salir adelante y en la que muy pocos trabajan. Quizá unos pocos meses y el tipo de viaje emprendido por el autor sean insuficientes para explicar la complejidad de la situación cubana actual. O quizá es por lo que decía yo mismo al inicio de esta entrada: es difícil hablar de Cuba desde España.
Sin embargo, el libro de Moreta está muy bien escrito: se lee bien y atrapa. La forma en la que suma historia, personajes del pasado y situación presente es brillante y como libro de viajes personal he leído pocos de esta calidad en los últimos años. Un género poco cultivado en España.
lunes 15 de febrero de 2010
Forges y Cervantes, el Banco de imágenes del Quijote y noticias de nuestro Quijote
Forges, el autor de la viñeta republicada por R.B., tiene decenas de chistes gráficos con Cervantes o don Quijote como protagonistas. En ocasiones le sirven para comentar alguna noticia de actualidad, pero también hay muchas que son una profunda reflexión sobre el carácter español o del ser humano en general. Tampoco son despreciables las que contienen una reflexión sobre el arte y el artista o, como es el caso, una ironía sobre debates mantenidos por los académicos que, en ocasiones, parecemos hablar sobre el sexo de los ángeles más que de lo que de verdad importa. No recuerdo si Forges ha publicado una colección de sus viñetas cervantinas, pero si lo hiciera en ellas encontraríamos una certera mirada, con la que aprenderíamos más que en muchos libros.
Os animo a mandarme imágenes que reflejen la iconografía cervantino-quijotesca o a que las publiquéis en vuestros blogs, para acumular toda la información posible sobre Cervantes y el Quijote. Sobre todo me gustaría publicar imágenes no usuales, aquellas de pequeños lugares.
Myr celebró la semana pasada su cumpleaños y enlazó ese día con nuestra locura quijotesca. Además de felicitarla, si no lo has hecho, no puedes dejar de leer su entrada. Después, publicó su completo análisis de la carta de Sancho a su mujer: no os lo perdáis.
Cornelivs recibe un regalo quijotesco de otro participante en esta locura, Antonio Aguilera. Y da cuenta de él, con extracto interesante. Después, comenta el capítulo de la semana y lo hace con indignación frente a los Duques y su forma de usar como bufones a los protagonistas.. Lo malo es que en la época de Cervantes muy pocos compartían esta opinión: en algo hemos cambiado, por suerte. Como sabéis, nuestro querido Cornelivs ha decidido dejar de publicar: deseo que sea sólo durante un tiempo y me agradaría que incumpliera su palabra cada jueves, con la colaboración en esta locura.
Merche Pallarés también arremete contra los Duques y sabe subrayar las cuestiones esenciales de la carta de Sancho, incluida la corrupción de los gobernantes, tan habitual entonces.
Paco Cuesta, en su comentario del capítulo se extiende en la carta de Sancho, en la que sabe ver todas las facetas del escudero: no se esconde ni lo que le condena ni lo que le salva.
Pancho comenta el capítulo pormenorizadamente. Me gusta que no se haya olvidado de Aldonza. Os ruego que prestéis atención a la extraordinaria colección de ilustraciones que publica.
Jan Puerta comenta las claves del capítulo. Ilustra su entrada con una magnífica foto de una casa de la calle Cervantes de Valparaíso que no podéis dejar de admirar. También rescata cuatro ilustraciones que retratan a Trifaldín.
Antonio Aguilera comenta el capítulo en dos partes. No os perdáis las ilustraciones que acompañan su primera entrada: que los niños se acerquen al Quijote. En la segunda anota todas las circunstancias del capítulo, hasta la licenciatura en arte dramático de los que participaron en la fiesta noctura.
Abejita de la Vega divide su comentario en varias entradas. En la primera continúa la voz del falso Merlín, que asiste a la conversación entre la Duquesa y Sancho entre cortinas, de forma muy teatral. Lo sabe todo y está en todo, como veréis en la siguiente entrada.
Juan Luis comenta el capítulo XI de la Segunda parte, de forma tan atinada que sólo os puedo recomendar leerlo con sus propias palabras.
Enlace con el índice de nuestra lectura, elaborado por Raúl Urbina : Primera parte y Segunda parte.
domingo 14 de febrero de 2010
Disolución en azul de la melena de la amada, en movimiento
sábado 13 de febrero de 2010
Acuse de recibo: Mariano José de Larra, Obras completas.

Volver a Larra es necesario y saludable. Como saben los lectores más antiguos de La Acequia, en el verano de 2007 publiqué una serie de entradas que llamé Larra en la era virtual (pueden encontrarse buscando, hacia atrás, en este enlace) en las que subrayaba la actualidad del escritor. Dadas las fechas en las que me llegan estos volúmenes sería bueno que constatáramos lo poco que hemos cambiado leyendo El mundo todo es máscaras. Todo el año es carnaval (podéis hacerlo también en el formato original del texto). Aunque estos días serían también una buena lectura los artículos de sátira política: no resistáis la tentación de poner nombres actuales a los personajes.
viernes 12 de febrero de 2010
La justicia, en una democracia, ampara incluso a los que no creen en ella. Sobre el caso del juez Garzón.
Con cierta frecuencia, en los tribunales españoles, los abogados que defienden a terroristas, consiguen sentencias que dejan libres a sus defendidos a partir de irregularidades en el procedimiento, aunque hayan confesado su condición. Incluso terroristas con sentencias firmes se benefician de errores en el procedimiento de aplicación de las condenas o de fallos administrativos y quedan en libertad. Lo único que se puede hacer, en estos casos, es pedir responsabilidades a quien cometió la irregularidad. Estas cosas nunca suceden en un régimen dictatorial.
Como no soy jurista, no puedo saber si el juez Baltasar Garzón es culpable de lo que se le acusa en estos últimos meses: la ley tiene infinitos recovecos y algunos de ellos tienden a amparar el formalismo de los procedimientos por encima de lo que el sentido común dictamina, lo que suele provocar sentencias que pocos comprenden, más que los juristas. Sí que me sorprende que tantos opinen sobre este asunto sin conocimientos legales pero con una firmeza digna de grandes expertos en la materia. Como siempre, hay quien habla de oídas y quien antepone su posición política antes que la ley y sus garantías judiciales: desean que la ley se tuerza según su ideología. El tiempo y la justicia dictaminarán lo que sea oportuno. Después, será la historia la que juzgue a unos y otros: no siempre la opinión histórica coincide con el dictamen de la justicia en un momento dado. Lo que más ruido provoca, en este caso, es el circo mediático que se ha ocasionado: algunos pidiendo la condena casi sin juicio previo y otros considerando a Garzón una víctima antes de conocer si hubo errores de procedimiento. Detesto la persecución tanto como el victimismo.
He de reconocer que casi siempre me han gustado los objetivos sostenidos por las actuaciones del juez Garzón, desde que saltó a la fama. Me gustó cuando procesó al dictador chileno Pinochet, cuando inició el procedimiento contra los responsables de asesinatos y desapariciones en la dictadura argentina y también coincidí con él en la revitalización de las cuestiones referidas a la Memoria histórica en España y la reparación de las víctimas del franquismo. Pero también soy consciente de las críticas que siempre le han perseguido sobre la debilidad de alguna de sus instrucciones -en especial, según parece, por el exceso de trabajo y el volumen de los casos más populares que instruye-, de la exageración de otros y del excesivo afán de protagonismo. Éste último, sin embargo, aunque no lo buscara, le va en el cargo, así que le disculpo. Lo otro son males demasiado presentes en la justicia española causados por diferentes razones bien conocidas (no siempre achacables a los jueces) y que sería injusto ver sólo en el juez Garzón, como quieren resaltar sus críticos.
Como siempre, una personalidad de este tipo genera enemistades y envidias. Me llama mucho la atención la suma de gente que se ha unido en el ataque al juez Garzón y su forma de actuar en este asunto. Garzón tiene en contra a los que buscan el celo de las garantías de los procedimientos por encima de la intención; a los que lo envidian y odian desde dentro y desde fuera de la judicatura por su forma de pensar y su carrera profesional; a los que le criticaron por su proximidad al socialismo en la época de Felipe González; a los muchos acusados en sus casos más famosos y que cuentan con influencias tanto en medios de comunicación como en sectores políticos y económicos.
Una parte no menor de las causas abiertas contra el juez Garzón y que pueden ocasionarle una condena por prevaricación, nace de la posición de quienes defienden la memoria de la dictadura franquista y que se removieron indignados contra la posibilidad de que tuviera éxito el procedimiento abierto por el juez para investigar el caso de los decenas de miles de represaliados por el régimen de Franco, muchos todavía enterrados en las cunetas y los montes del país de forma ignominiosa y con el silencio cómplice de demasiadas administraciones y poderes fácticos, puesto que ya está suficientemente demostrada la injusticia de esta situación que ninguna ley puede mantener. Estos defensores de la ideología y la memoria franquista ven amparadas sus reivindicaciones contra las actuaciones del juez Garzón en la legislación democrática vigente y su sistema judicial: pueden acogerse, como los terroristas, a unas leyes y garantías jurídicas que no dudarían en anular si gobernaran y, desde luego, en no reconocer para sus oponentes. A partir de ahí, entran en juego los abogados, los jueces instructores y la fiscalía.
El problema de Garzón, fuera del aspecto jurídico, es que intentó hacer lo que la clase política no hizo en su día por el bien de la necesaria transición pacífica a la democracia -recordemos la situación del país en aquellos días y la opción, de la mayoría de los sectores políticos del momento, por un pacto que solucionara la transición desde dentro y sin más corte que la elaboración y aprobación del texto constitucional- y no hace ahora por comodidad o cálculo electoral. En este sentido, los culpables de la situación son nuestros políticos, por su pasividad y dejación en la acción legislativa: sobre ellos recae la voz de las víctimas y sus descendientes, que no buscan más que reparación de la injusticia cometida por los culpables de las represalias y la parodia de tribunales en el franquismo y enterrar a los suyos, puesto que otras soluciones son imposibles y no queridas por nadie. Es curioso que en España haya sido más fácil la devolución del patrimonio material incautado a los sindicatos de clase tras la Guerra Civil que la revocación de unas sentencias dictadas por tribunales contrarios a todo sentido de la justicia (eso en los casos en los que las víctimas fueron juzgadas en los tribunales de orden público sin ningún tipo de garantías, puesto que muchos fueron asesinados sin estas grotescas parodias de juicios).
Si el juez Garzón cometió errores en el procedimiento, debe ser sancionado en aplicación de la normativa vigente como cualquier otro ciudadano y para ello están los tribunales: si es culpable, la condena debe ser proporcional a los daños causados, nunca por encima de ellos. Aunque esté de acuerdo con los fines de los procedimientos que instruye, no puedo dejar de pensar que es el respeto a las garantías judiciales y el procedimiento que marcan las leyes lo que nos distingue de una dictadura. Sería sorprendente, sin embargo, que sólo se mostrara tanto celo en el caso de Garzón y no en el de otros muchos de sentencias e instrucciones deficientes que saltan reiteradamente a la luz pública: haría pensar que sólo hay intención política o rivalidad profesional en este asunto.
Pero no deberíamos permitir que el juez Garzón sea víctima de la persecución y las calumnias de aquellos que no creen en las virtudes de la democracia y que no dudarían en acabar con ella si pudieran mientras mantienen en silencio las tumbas de tantos; ni de aquellos que sólo consideran los delitos del contrincante político y nunca los propios y piensan que la justicia sólo lo es cuando actúa contra el contrario y han visto ahora la oportunidad de eliminar del panorama a un juez que les resulta especialmente molesto. En este aspecto, el juez Garzón tiene todo mi apoyo.
jueves 11 de febrero de 2010
Una carta de Sancho a su mujer (Cap. 2.36).

El narrador nos desvela el último rincón del truco de la procesión nocturna: Merlín era un mayordomo del Duque y Dulcinea un paje. Siempre hay quien colabora para echar unas risas. junto a los señores. No era necesario, pero Cervantes conoce muy bien el efecto en el lector del recurso técnico que desvela el artificio -muy propio de la estética barroca-. Es un efecto muy teatral y que incide en la construcción de una fantasía dentro de otra, parodias ambas de la literatura caballeresca, lo que nos pone, de nuevo, en el núcleo teórico del Quijote.
De aquí a pocos días me partiré al gobierno, adonde voy con grandísimo deseo de hacer dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con este mesmo deseo
En la carta, además, hay una fecha que es imposible según la cronología interna de la narración, (20 de julio de 1614) pero que Cervantes usa para jugar con el lector y aproximar la primera parte a la lectura de la segunda. Anula, así, los años trascurridos. Y de paso da lugar a que muchos teóricos se hayan devanado los sesos con sus intenciones. Quizá sólo marcaba el momento de redacción del capítulo; algunos han visto un hito relacionado con el Quijote apócrifo de Avellaneda, que se debía de estar imprimiendo por esos días.
El capítulo se cierra con el anuncio solemne de otra aventura de tono caballeresco: una condesa viene a requerir el auxilio del famoso don Quijote. El carácter paródico inunda el discurso de Trifaldín el de la Barba Blanca desde su nombre y el de su señora. Veamos qué les depara la nueva situación a nuestros protagonistas en el capítulo XXXVII, el próximo jueves.
miércoles 10 de febrero de 2010
Cuando nadie responde (El paladar a la intemperie, de Antonio Sánchez Zamarreño).
Llamaros es como un río
que bajara entre cenizas.
Ah de la madre; ah del padre:
toda mi voz es ya orilla.
Y en la orilla tachamos las ausencias en los calendarios:
Hoy, por séptima vez,
la golondrina se cruzó con junio
y fue tachado del azul mi padre.
Será bella la muerte en tu regazo:
un zorzal aterido, por ejemplo.
Hermanos cabritillos: ahora todo es inútil.
Todo es inútil. Hemos vivido refugiados
en este cuento (...)
pero ya no, ya no, ya no, hermanos:
podéis abrir. Abrid: que entre la manada
y profane, terrible, el santuario.
martes 9 de febrero de 2010
Regresar es un poceso lento (El caballo de cartón, Abel Hernández)
Hay un sentimiento de nostalgia: no sólo la infancia es un territorio que perdemos al crecer, el espacio y la vida se trasforman de manera tan radical que sólo podemos recuperarlos con el ejercicio de la memoria.
En este ejercicio cobra un singular interés el lenguaje, una de las mejores razones para leer este libro. Abel Hernández escribe con una prosa pulcra, llena de palabras, giros y expresiones que nos devuelven a aquel tiempo y el contacto con la naturaleza a través de la experiencia cotidiana y la heredada, de los oficios y el aprendizaje.
Cuando uno cierra el libro tiene la sensación de que hubo un momento en la historia reciente de España en el que toda la cadena tradicional de la vida se cortó de un tajo y que sólo el recuerdo puede acercárnosla puesto que no hemos sabido reparar la ruptura. Abel Hernández lo consigue en un volumen que atrapa desde la primera línea, sin grandes pretensiones pero escrito con las palabras exactas que se necesitaban para contar esta historia, tan verdadera que puede ser similar a la de decenas de miles de españoles y que necesitaba ser contada.

