martes, 9 de febrero de 2010

Regresar es un poceso lento (El caballo de cartón, Abel Hernández)

Regresar al lugar del origen es un viaje lento que adquiere dimensiones y sensaciones diferentes según quien lo emprenda. Si, además, supone regresar cuando todos se han ido, las huellas despiertan en nosotros los ecos de lo que vivimos. Volver a los lugares de la infancia es también revivir un tiempo en el que todo está en germen para bien o para mal: hay quien sostiene que lo que seremos después está ya presente. Fue de allí (de ese espacio y de ese tiempo) de donde partimos para cargar con nuestra vida. Al entrar en la casa que fue la nuestra recuperamos los sonidos de las voces de los familiares y los amigos, los gestos acompañados de percepciones sensoriales. Hay personas que saben vivir sin esos recuerdos, pero la mayoría quedamos marcados por los primeros años de nuestra vida y sabemos que es allí en donde están nuestros más íntimos secretos.

Abel Hernández (Sarnago, Soria, 1937), periodista de larga y exitosa trayectoria, sorprendió hace dos años con Historias de la Alcarama, un excelente viaje literario a su pueblo natal. El caballo de cartón (Gadir, 2009) no es una continuación de aquel volumen, sino un empeño nuevo, aunque los lectores del primero reconocerán en éste el mismo mundo y pulso narrativo. Aquí toda la memoria novelada en la que consiste el argumento se estructura a partir de los últimos meses en los que el autor vivió de forma continuada en su pueblo.

El caballo de cartón parte de un recurso técnico manejado con habilidad. Se trata del contraste entre lo anotado en un diario escrito por el autor a los once años de edad (hallado, junto al caballo de cartón con el jugó de niño, en la casa familiar abandonada hace tiempo) y el presente de la escritura. Parte del hallazgo del diario en un viaje del autor junto a su hermano para comprobar el estado de la casa. Se establece así un interesante y fluido diálogo literario entre el niño que se preparaba para abandonar su pueblo y el hombre mayor que recuerda, desde la experiencia, todo lo que constituía su vida en aquellos momentos.

Desde ese diálogo asistimos a la reconstrucción del pulso de un pequeño pueblo de montaña de la España de la postguerra (el Sarnago natal del autor): Abel Hernández consigue que vivamos la vida de aquellas personas en un tiempo en el que el pueblo no tenía luz eléctrica ni agua corriente y todas las tradiciones y costumbres venían de lejos. Pero no es sólo una reconstrucción de la vida material, sino de los anhelos (como el de su madre que se había prometido que sus hijos saldrían del pueblo), miedos, emociones y tradiciones. Hay un sentido homenaje a toda aquella gente: a su madre, sus familiares, vecinos. Incluso al maestro y el cura. A todos ellos los une en una complicidad de palabras, silencios y gestos que intentaban hacer más llevadera la dureza de la vida y la grisura de aquella España de los años cuarenta y que se hallaba a unos pocos quilómetros.

El caballo de cartón es un viaje a la infancia del autor, pero también es un viaje a una España que ya no existe: para bien en lo político (aunque el pueblo, por su situación, parecía a refugio de todo lo que ocurría fuera), para mal en la desconexión con la naturaleza. El final del texto no es sólo el de la niñez, sino el de un modo de vida: unos años después comenzaría el éxodo masivo de los pueblos a las ciudades. Sarnago, como tantos otros pueblos en los que la vida era dura, se vació de su gente hasta que murió el último de los habitantes, que ni siquiera pudo ser enterrado en el cementerio del pueblo.

Por ello, la meditación sobre el tiempo y sus efectos es una materia más de este libro y se concreta extraordinariamente en el capítulo que se dedica al reloj de pared de una de las salas de la casa familiar:

Hace más de treinta años que el hueco del reloj enfrente de la cama está vacío. Queda sólo su huella en la pared. Se lo llevaron cuando cerraron la casa, que sin él ya no es la misma.

Privada del latido del tiempo, la casa dejó de tener vida. Permanece muerta, inhabitada, inanimada. Sus materiales -las vigas de los techos, las paredes, el tejado, la chimenea, el horno, el cmarco de las ventanas, las puertas, el protón de la entrada...- se descomponen poco a poco, implacablemente, lo mismo que un cadáver an la sepultura.

El hombre mayor lee y comenta el diario del niño y nos ofrece esa doble mirada: la del niño que descubría el mundo sin saber lo que sería de su vida y la del hombre mayor que ha comprendido y sido testigo de tantas cosas.

Hay un sentimiento de nostalgia: no sólo la infancia es un territorio que perdemos al crecer, el espacio y la vida se trasforman de manera tan radical que sólo podemos recuperarlos con el ejercicio de la memoria.

En este ejercicio cobra un singular interés el lenguaje, una de las mejores razones para leer este libro. Abel Hernández escribe con una prosa pulcra, llena de palabras, giros y expresiones que nos devuelven a aquel tiempo y el contacto con la naturaleza a través de la experiencia cotidiana y la heredada, de los oficios y el aprendizaje.

Cuando uno cierra el libro tiene la sensación de que hubo un momento en la historia reciente de España en el que toda la cadena tradicional de la vida se cortó de un tajo y que sólo el recuerdo puede acercárnosla puesto que no hemos sabido reparar la ruptura. Abel Hernández lo consigue en un volumen que atrapa desde la primera línea, sin grandes pretensiones pero escrito con las palabras exactas que se necesitaban para contar esta historia, tan verdadera que puede ser similar a la de decenas de miles de españoles y que necesitaba ser contada.


24 comentarios:

Anónimo dijo...

Buenas noches, profesor Ojeda:

Son de los libros que me gustará leer. He apuntado los dos.
Sinceramente, el que ganó el premio, con la memoria y las hemerotecas tengo suficiente.

Saludos. Gelu

Merche Pallarés dijo...

Me gusta el título. Suena muy interesante, espero poder leerlo ¡la lista es tan larga! Besotes, M.

pancho dijo...

No sabía, como tantas otras cosas, que este periodista, esencial en La Transición, ahora escribiera novela. Gracias a tu reseña lo hemos descubierto y lo buscaremos.

Tal y como nos cuentas ése es el sentimiento que te embarga cuando regresas al lugar de donde partimos "para cargar con nuestra vida". El espacio que retiene el tiempo que viviste.

Ele Bergón dijo...

Me arrancaron del lugar de mi infancia, donde la recuerdo feliz, por eso pienso que es alli donde he vuelto a construir mi casa y asi poder volver a recorrer los parajes y paisajes que siempre estuvieron conmigo. Quiza sea por eso que me han parecido muy interesantes los dos libros que comentas de Abel Hernandez, autor que desconozco y que tomo buena nota de ellos.

(Puedes observar que sigo sin acentos. Gracias por el comentario que le dejas al Sanchico, ya se lo he dicho a mi hijo,que es el que entiende de todo esto)

(El video marchoso es de mi otro hijo, que lo ha puesto en mi blog en vez del suyo, asi que lo voy a quitar y con ello tu comentario. Espero no te moleste)

Un abrazo

Luz

Mª Antonia dijo...

Querido Pedro:
Parecen prometer mucho ambas obras. También es un género que me apasiona leer. Un viaje a los recuerdos y a las propias vivencias del autor, nos puede acercar a esa parte de la Historia de España y de nosotros mismos que creemos haber olvidado, no siendo así en muchos casos para suerte nuestra y de nuestros hijos.
Hace unos meses tuve la ocasión de volver al lugar donde pasé los 9 primeros años de mi vida... y me invadieron mil sensaciones y se me agolparon mil recuerdos en un instante. La casa estaba deshabitada y semiderruida, pero ¡ era la misma en donde mi infancia existió!

Mil gracias por esta interesante recomendación.

Un abrazo.

Asun dijo...

Madre mía Pedro, no nos das descanso. Otro libro mas para la lista. No sé de donde voy a sacar tiempo para todos.

Estos libros con memorias retrospectivas me suelen gustar, así que creo que este promete.

Últimamente, debido a la avanzada edad de mi madre, pienso a menudo que en el momento en que ella falte se cerrará también la puerta de la casa donde me crié y pasé gran parte de mi vida y dejaré de tener acceso a esos espacios que supusieron tantos y tantos momentos, unos buenos y otros no tanto, pero mi historia al fin y al cabo. Se me pone un nudo en la garganta de imaginarlo.

Un beso

María dijo...

Voy a anotar este libro porque cuando tenga tiempo voy a hacerme con él y leerlo, me gusta de lo que trata, un diario escrito a una edad infantil, es más, también se le haré leer a mi hija.

Muchas gracias por la recomendación, tu blog es un auténtico lujo de arte.

Un beso.

Eva- La Zarzamora dijo...

Soy de las del presente, pero tras haber resuelto mi deuda con el pasado y soñando ya un futuro por mucho que éste me amanezca incierto ;)

Besos.

Juan Navarro dijo...

De repente tengo dos imágenes: un candil de aceite colgando desde la chimenea y un de o pasando bajo el puente de los cinco ojos. No sé si está la casa; si lo está, la chimenea será un adorno. El puente sí está, pero no está el río. El aire acondicionado acabó con todo. Menos mal que nos quedan los libros.

Silvi (reikijai) dijo...

Tomo nota...Ese descubrir y comprender ...el tipo de lectura que me gusta.Quizas porque
es el ejercicio del vivir.Gracias. Besitos.Silvi.

jg riobò dijo...

Algunos seguimos allí, aunque la distancia, dicen, es el olvido.

Manuel de la Rosa -tuccitano- dijo...

siento disentir del anterior...cuanto más lejos más añoras... creo que ese libro lo voy a buscar (el caballo de cartón)... saludos

Myr dijo...

Le he dado mil vueltas a esta entrada porque mil vueltas con idas y venidas he dado en mi propia vida.

Coincido con MANUEL en que la distancia NO es el olvido, aún cuando hay lugares y situaciones que no quisieramos ni recordar ni volver a ellas, forman todas parte integral de nuestra historia personal.

El regreso a la raiz, al origen, es una necesidad del ser humano, porque sólo podemos SER, siendo a partir de la raiz. Quien la niega o la olvida, vive una vida falsa y vacia.


Me apunto el libro, por supuesto.
Y la fotografía, me recuerda las Ruinas Jesuitas de La Mision en la Pcia de Misiones, Argentina.

Abrazo

São dijo...

Sabes, querido Pedro, que eu tenho sempre um certo receio de voltar a lugares que conheci em criança?
É que confrontar a realidade com a memória resulta bem duro, por vezes.

Besos.

Cornelivs dijo...

Esos viajes a la infancia pueden ser deliciosos o terrorificos, amigo.

Abrazos.

El Deme dijo...

Gracias por la recomendación, es el tipo de historias que me encantan, supongo que también conocerás La lluvia amarilla de Julio Llamazares. Sobre pueblos olvidados y cambiantes sorianos también recomiendo el maravilloso documental de Mercedes Álvarez El cielo gira. De todas formas ese romanticismo de los pueblos perdidos habría que vivirlo en el momento en que se desocuparon: frío, incomodidad, falta de libertad, miseria. Todo el mundo salió de allí para "buscar una vida mejor", ¿lo consiguieron?.

El Deme dijo...

Pedro, te aseguro que la mención a La lluvia amarilla la he hecho antes de pinchar el enlace a Sarnago... y me doy cuenta que la cosa iba por ahí...

Gabiprog dijo...

Hay algo que falla cuando uno de los mundos que conforman la realidad pasa a ser recuerdo para algunos, y anecdota para otros...

Hernando. dijo...

Hoy precisamente en el diario de Burgos , había una noticia que había creo que, 47 pueblos, con 0 habitantes, totalmente deshabitados.
El libro de Abel Hernández, podía ser mi propia biografía, pero con un final distinto, no terminaré en mi pueblo.

Montserrat Sala dijo...

Estimado profesor: No sé hasta que punto me conviene esta lectura. Es mi historia y la de tanta gente! Mis recuerdos de la epoca de mi niñez, que está forjada de privaciones, de un estilo de vida desaparecido, recuerdos lejanos que se amontonan en mi memoria cuando visito la casa donde nací. Un caserón grande medio en ruinas,y que a pesar de los pesares sigo queriendo, y necesito ir a verla de tanto en tanto, para reencontrar mis orígenes. Mi identidad. Saludos.

Cosmo dijo...

Me cuesta tanto volver a los años de la infancia que no he podido ni ver la serie de tv "Cuéntame",así que estoy de acuerdo en que es un viaje muy especial.Abrazos

Aldabra dijo...

a mí no me gusta volver a la infancia porque no guardo muchos gratos recuerdos, tal vez porque los malos los han tapado... pero en algún momento de mi vida he hecho el viaje para cerrar heridas.
bicos,

elisa...lichazul dijo...

volver sobre los pasos
la historia un re eterno
un camino lento que el hombre esculpe diario

interesantes libros nos presenta profe

besitos de luz
Felíz fin de semana

pancho dijo...

Difícil lo habéis debido tener para elegir al ganador, había mucha calidad, como hemos visto por las reseñas tan extraordinarias que nos has ido poniendo.
Mañana mismo voy a comprar un par de los finalistas.
Una pena que no hayamos podido coincidir aquí hoy, las obligaciones mandan.