sábado, 16 de febrero de 2019

Me pregunto dónde hemos quedado


En este lugar hubo un río y un mercado, unas sidrerías y una hamburguesería de las de antes, casas pegadas a la iglesia; en las sidrerías limpiaban con serrín el suelo y se tomaban culines bien escanciados. Cuando la hamburguesería, no habían llegado a la ciudad los restaurantes de comida rápida que ahora las venden. Antes fue campo a las afueras de la ciudad, una loma que hoy nos pasa desapercibida. A la salida de una de esas sidrerías reíamos: jóvenes, despreocupados, algo afectados por la bebida. Cuando paso ahora me pregunto dónde hemos quedado.

martes, 12 de febrero de 2019

Un puñado de aforismos


Los besos nos convierten en seres alados.

Era experta en primeros besos, pero sus últimos resultaban algorítmicos.

Se preguntaba continuamente la razón por la que había perdido tantos amigos en la vida. A los pocos que le quedaban los ataba con halagos.

Se quedó perplejo cuando alguien le dijo que era un amigo interesado, le habían pillado en un oxímoron.

No entendía nada, pero con mucha firmeza.

Gritó consignas hasta quedarse calvo.

domingo, 10 de febrero de 2019

El almendro en flor de la cuesta de las Olivillas


Están los amigos atentos a mi encuentro anual con la floración de los almendros. Si cierro los ojos veo con nitidez los almendros en flor de Villa Paulita en una Semana Santa y siento el beso en la mejilla -niños los dos, quién sabe qué sintió ella al dármelo, pero yo aún lo recuerdo-; seguro que me engaño al hacer coincidir aquel beso con el vuelo de unas hormigas aladas, pero allí se me juntan sus labios besando mi rostro, las hormigas en espiral como una bruja y los cinco almendros en flor como fogonazos de la memoria. Ninguno de nosotros llamaba así la finca Minaya, claro. Los almendros, junto a las casas de los empleados, se pasaban el año disimulando su belleza, sirviendo de postes para los tendederos, hasta que no podían esconderla más. Luego venía treparlos para tomar los almendrucos y comerlos, casi siempre verdes. No había paciencia.

Uno se fija así en un almendro, como si lo descubriera, incrédulo, como si no hubiera estado allí hasta que llegan las flores. Sucede lo mismo con este de la cuesta de las Olivillas de Béjar. De pronto, está: es un almendro. Me lo dijeron al bajar en grupo de la Francesa: Ha florecido el almendro de las Olivillas. ¡Han florecido los almendros de las Olivillas, a la solana! Ha hecho su labor el sol de enero.

viernes, 8 de febrero de 2019

Una puesta de sol en El Bosque de Béjar. Fuera, el griterío.



En la villa de El Bosque de Béjar, la puesta del sol se encaja como en una postal antigua. Supieron los duques dónde edificarla. La ventaja es que, hagamos lo que hagamos, el sol seguirá despidiéndose aquí cada tarde con esta elegancia de hoy. Enfurruñados como estamos con nuestras cosas, asistiendo a la innoble forma de hacer política de estos tiempos, no solemos levantar la vista y pararnos solo para esto, para dejar que el sol se vaya allá en el horizonte, hacia la peña de Francia mientras juega la luz en el estanque. ¿Seremos tan estúpidos que el griterío nos impida tener la conciencia de que lo importante -hoy más que nunca- está en el silencio y no en la consigna? Detén el ruido, no dejes que otros te impidan ver la belleza del momento.

jueves, 7 de febrero de 2019

De Borges a la madre del poeta, algunas claves de Luis Alberto de Cuenca y noticias de nuestras lecturas, con anuncio de la próxima.


Ya es conocido. Uno de los rasgos del estilo de Luis Alberto de Cuenca es la mezcla, en el mismo poema, de elementos que provienen de la más alta cultura clásica con otros propios de la cultura popular de las últimas décadas (cómic, cine, música, etc.). Todo ello, en este poeta, se gira siempre hacia la experiencia personal. Luis Alberto de Cuenca ve el mundo y lo siente a través de esa cultura heterogénea, jugando a uno y otro lado del canon clásico (de ahí que se le pueda aplicar el concepto de transculturalidad), pero abre la puerta a los momentos vividos que luego explica con este rasgo de estilo que definimos. Por ejemplo, en el poema Me acuerdo de..., se enumeran los recuerdos que de forma poco ordenada le asaltan: Borges a través de Marcos Barnatán, una tienda de tebeos de su infancia, el pelmazo de Proust cuando desayuna magdalenas, profesores de colegio a partir de Shakespeare, sus hijos Álvaro e Inés a través de la lectura de Espronceda o El mago de Oz, etc. Pero el verso final cierra el poema, desnudo de esas referencias:

Me acuerdo de mi madre a todas horas

Esto también sucede en la parte final del poemario, que contiene poemas de amor que parecen -solo parecen- desnudos de retórica y referencias y por eso algunos lectores los preferirán sobre los anteriores. En Eva presente se comienza con el mito de Afrodita, con referencias a Cyrano y Gautier, para decantarse a través de la referencia bíblica del título, en una soberbia imagen personal:

Y entonces Dios,
que había imaginado el paraíso
bajo la especie de tu cuerpo,
te confió a mis brazos para siempre.

Este elemento transcultural, como el de la transvanguardia o transarte, define a Luis Alberto de Cuenca y a un grupo de escritores y artistas que comenzaron a expresarse a partir de los años setenta del pasado siglo. A la muerte del arte o de la cultura seguía el no arte y uno de sus elementos claves es lo heterogéneo de los materiales requeridos, pero siempre asimilados a partir de las experiencias biográficas y de una lectura personalísima de todo. Por supuesto que hubo mucha vanidad y cosas superfluas, como en todas las propuestas estéticas, pero hacerlo bien suponía un esfuerzo notable que no siempre ha sido apreciado por los críticos fáciles de aquella postmodernidad, que suelen confundir el rábano con las hojas. Sucede lo mismo con la técnica formal de los poemas de este volumen: no hay nada más difícil que hacer poesía que no lo parezca ni en el ritmo aunque lo tenga, puesto que no se trata de escribir cualquier cosa disimulándola de poesía como suelen hacer muchos de los imitadores de este estilo. Pruebe el lector.

Noticias de nuestras lecturas




Pancho continúa su atenta  lectura de Cien años de soledad, que nos ocupó hace unas semanas. Y aquí llega a una buena demostración de cómo se salta en la novela de lo real a lo mítico y viceversa...

Anuncio de la próxima lectura


El año pasado se conmemoraba el cuarto centenario del nacimiento del pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo. Con ese motivo, aparte de exposiciones, ciclos de conferencias y libros académicos, se publicaron varias obras que abordaban su vida desde la literatura. 

Sin pretensión de agotar el tema, la presencia de Murillo en obras literarias data de los tiempos en los que el pintor vivía, aunque sorprende la escasa atención que ha merecido uno de los pintores más importantes de todos los tiempos. De su tiempo, podemos señalar el romance El mulato de Murillo (1656). Del sevillano hablaron famosos viajeros románticos por España : G.H. Borrow y Richard Ford; también Bécquer, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Pedro Antonio de Alarcón, Campoamor e incluso Verne (el capitán tenía en el Nautilus una Asunción de Murillo); no faltaron referencias en Rubén Darío, Cansinos Assens, etc.

En el año del cuarto centenario se publicaron dos novelas escritas por periodistas sevillanos: El color de los ángeles, de Eva Díaz Pérez y El enigma Murillo de Andrés González Barba. La primera nos sitúa en la vida del pintor; la segunda trata del saqueo de sus obras en Sevilla por las tropas napoleónicas y está ambientada, por lo tanto, en el siglo XIX. Esa es una de las razones que me ha llevado a seleccionar la de Eva Díaz Pérez como lectura de las próximas semanas.

Cambios en el listado de lecturas del presente curso
 y otras noticias


  • Como a la ocasión la pintan calva, los miembros del club de lectura nos sumamos al proyectado viaje de Alumni UBU a Sevilla con motivo de la exposición que conmemora a Bartolomé Esteban Murillo en el Museo de Bellas Artes de aquella ciudad. Por esta razón, en el mes de febrero leeremos la novela El color de los ángeles de Eva Díaz Pérez (Planeta, 2017), que recrea la vida del pintor y la Sevilla de su tiempo. Así, las lecturas continuarán de la siguiente manera:

- Febrero: El color de los ángeles, de Eva Díaz Pérez.
- Marzo: Los amores equivocados, de Cristina Peri Rossi.
- Abril: Concierto barroco, de Alejo Carpentier.
- Mayo: Tea Rooms, de Luisa Carnés.
- Junio: La Tesis de Nancy, de Ramón J. Sender.


Recojo en estas noticias las entradas que hayan publicado los blogs amigos. Entrada del Club de lectura cada jueves (salvo casos excepcionales) en este blog, Información sobre el presente curso en el club en este enlace.

ADVERTENCIA: Las entradas de La Acequia tienen licencia Creative Commons 4.0 y están registradas como propiedad intelectual de Pedro Ojeda Escudero. Pueden ser usadas y reproducidas sin alterar, sin copias derivadas, citando la referencia y sin ánimo de lucro.

miércoles, 6 de febrero de 2019

Algunos buenos poetas abren puertas nuevas por las que se cuela el virus de la gripe


La mejor forma de saber si eres gigante es sentarte en una silla de la pretendida talla.

Le hicieron un traje de poeta. No supo ponérselo, claro.

A sus poemas se le saltaban todas las costuras.

Cuando se quiso dar cuenta, había publicado un puñado de libros. Fue entonces cuando sintió la necesidad de aprender a escribir.

Un poema no hace falta explicarlo, decía. En su caso era cierto, no tenía explicación posible.

Una vez fui a la presentación de un libro que se basaba en el Quijote y el presentador demostró, con lo que dijo, que no se había leído la novela de Cervantes o que no la había entendido, que viene a ser lo mismo. Luego ha criticado que los profesores de literatura no vayan a las presentaciones de libros. Hice bien en no identificarme.

Algunos buenos poetas abren puertas nuevas por las que se cuela el virus de la gripe.

lunes, 4 de febrero de 2019

Han desatado a todos los perros


Con sus mejores galas, vino a verme
la tristeza sin más, como quien sabe
que me encontrará en casa.

La mejor literatura es la que está llena de literatura y parece solo vida. Si ordenas esos conceptos de cualquier otra manera, no funciona.

En cada español, un seleccionador de poetas.

Un tonto gritando es eso, un tonto gritando, pero un tonto hace mientos a centenares.

Hay quienes solo hablan desde el gruñido.

Lo políticamente correcto está dejando los caminos intransitables.

Lleva escritos tres libros y no ha leído ni el primero.

Somos seres gregarios para devorar al otro.

Los extremos se tocan porque se necesitan para ahogar todo lo que está en el medio.

Han desatado a todos los perros.

© Pedro Ojeda Escudero, 2019

domingo, 3 de febrero de 2019

Cuaderno de vacaciones de Luis Alberto de Cuenca y noticias de nuestras lecturas


Los poemas recogidos en Cuaderno de vacaciones (Visor, Premio nacional de poesía 2015) fueron escritos en los veraneos por Luis Alberto de Cuenca desde el 2009 hasta el 2012. Inicialmente ese es el punto de unión de los textos. El título recuerda aquellos cuadernos de actividades escolares que se pusieron de moda para que los alumnos mantuvieran la tensión del aprendizaje en las vacaciones de verano, repasaran conocimientos o recuperaran las tareas pendientes en septiembre. Muchos recordarán aquellos cuadernillos que separan a los niños de disfrutar del buen tiempo y la falta de horarios. Ese carácter del volumen se confiesa en la Nota del autor (firmada el 23 de octubre de 2013) con la que comienza y que contiene, en estas líneas, una plena definición de la dedicación a la literatura tal y como la entiende Luis Alberto de Cuenca (la negrita final es mía):

lo que configura este libro como un corpus orgánico y unitario es precisamente su escritura gozosa, vacacional, ausente de todo tipo de preocupaciones laborales y académicas, su fusión decidida con el ocio, que es, a la postre, el padre de todos los vicios, y todo el mundo sabe que la poesía es un vicio, y de los más entrañables y deliciosos. Siempre he pensado que hacer versos es una fiesta, algo muy parecido a la felicidad, y que el papel en blanco no es una cárcel metafísica sino un campo de juego, y que dar rienda suelta a lo que anida en tu interior no es un drama existencial sino un acto de liberación  no exento de alegría.

El libro no representa un nuevo o diferente Luis Alberto de Cuenca, sino una profundización en la forma en la que entiende la poesía. Estos textos de verano resultan un encuentro con las líneas esenciales de la obra de este poeta, uno de los nombres fundamentales de la poesía española desde los años setenta con una de las trayectorias poéticas mejor reconocibles: juego literario en el que entran como referencias por igual los clásicos, la cultura pop y las vivencias personales, que se fusionan en un mismo texto; ironía y elegancia hasta en la introducción de expresiones coloquiales mezcladas con locuciones latinas o referencias culturales; inversión de los significados comunes de los tópicos literarios o folclóricos (como en el caso de Caperucita roja y el lobo y, en general, todas sus aproximaciones al mito de la bella y la bestia); postmodernidad que busca acercarse a los grandes temas desde las formas menos dramáticas (incluso en el lenguaje), etc. Hay un elemento más de unión en los textos. La mayoría nacen de lecturas realizadas en esos momentos de vacaciones, que el autor glosa llevándolas a su universo literario.

Quizá en este libro se agudizan dos aspectos con respecto a la obra anterior del poeta: el pensamiento sobre el tiempo, que le lleva a ironizar sobre su propia decadencia, y el amor, en el que su mujer, Alicia (Alicia Mariño), es la protagonista, dedicándole la última sección del volumen con un grupo de poemas con expresión aparentemente más directa y menos cargada de transculturalismo.

Uno de los ejes del volumen es La otra noche, después de la movida, poema en alejandrinos (excepto el endecasílabo final) incluido en la sección del mismo título fechada en 2012, texto más largo que los otros poemas en el que se encuentra un repaso autobiográfico de lo que supuso su relación con aquel tiempo vivido de los años ochenta del pasado siglo y que tiene el aire de ser uno de los textos que en el futuro se citen más en los estudios sobre el autor. Dedicado al director de cine Fernando González de Canales, al que responsabiliza de su introducción en los locales en los que se desarrolló, comienza con una definición de aquel tiempo de la movida madrileña que irá matizando irónicamente hasta el verso final:

Hay momentos que brillan tanto, que hasta podrían
quemarte las pupilas si los miras de frente
durante mucho rato.

Tras repasar su entrada en el movimiento cultural de Madrid (en un amplio sentido, claro), sus letras para la Orquesta Mondragón o la colaboración en la publicación La Luna, define su estilo, que lleva el poema desde la poesía más retórica a la más prosaica y coloquial, uno de los sellos de Luis Alberto de Cuenca como poeta:

Y mientras tanto yo escribía poemas
que no se parecían en nada a los de antes
y que, en un cóctel raro, mezclaban clasicismo
con cotidianidad, dejando que la vida
y la cultura fuesen cogidas de la mano
en sus versos y, a veces, hasta dándose el pico.

El poema se cierra con un ingenioso ejercicio  no exento de verdad, que intenta definir su contribución y la de la movida a la historia cultural española y su posición en el presente frente a un cambio de actitud de los tiempos que ha llevado a los miembros de su generación a pasar de ser postmodernos a premodernos:

                                                              Y esa
variación de sufijo nos da muchos problemas,
pues nuestra nueva physis es aún más subversiva
que la anterior y, a poco que bajemos la guardia
nos va a borrar la bofia de un plumazo.

Seguimos el próximo jueves.

Noticias de nuestras lecturas

Luz del Olmo se inspira en la lectura de este libro de Luis Alberto de Cuenca para retornar a la poesía, con un estupendo poema. No te lo pierdas.

Agustín Merino, en el blog de su hermana, hace el mejor elogio de este libro de Luis Alberto de Cuenca: el impulso que le provoca para su propia escritura.

Paco Cuesta escribe una inteligentísima entrada sobre poesía, prosa y otras cosas para entrar en la lectura de este cuadernillo de Luis Alberto de Cuenca. No te la pierdas.

El próximo martes día 5 celebraremos el encuentro mensual del formato presencial de este club para comentar el poemario que nos ocupa esta semana. A las 16:00 hs. en el lugar habitual.



Como sabéis, la lectura anterior fue Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Tuvimos la reunión presencial el pasado martes 22 de enero. Faltaba el acta de la misma que siempre levanta Mª Ángeles Merino en su blog y aquí la tenéis, fiel, exacta y detallada.



Sigue Pancho con el comentario de Cien años de soledad, la novela de García Márquez que nos ocupó hace unas semanas. Y llega a la demostración de cómo la historia se impone, violenta, al tiempo mítico. Y termina con Poveda, que es mucho. No os perdáis las fotografías con las que ilustra su comentario.


Cambios en el listado de lecturas del presente curso
 y otras noticias


  • Como a la ocasión la pintan calva, los miembros del club de lectura nos sumamos al proyectado viaje de Alumni UBU a Sevilla con motivo de la exposición que conmemora a Bartolomé Esteban Murillo en el Museo de Bellas Artes de aquella ciudad. Por esta razón, en el mes de febrero leeremos la novela El color de los ángeles de Eva Díaz Pérez (Planeta, 2017), que recrea la vida del pintor y la Sevilla de su tiempo. Así, las lecturas continuarán de la siguiente manera:

- Febrero: El color de los ángeles, de Eva Díaz Pérez.
- Marzo: Los amores equivocados, de Cristina Peri Rossi.
- Abril: Concierto barroco, de Alejo Carpentier.
- Mayo: Tea Rooms, de Luisa Carnés.
- Junio: La Tesis de Nancy, de Ramón J. Sender.


Recojo en estas noticias las entradas que hayan publicado los blogs amigos. Entrada del Club de lectura cada jueves (salvo casos excepcionales como esta) en este blog, Información sobre el presente curso en el club en este enlace.

ADVERTENCIA: Las entradas de La Acequia tienen licencia Creative Commons 4.0 y están registradas como propiedad intelectual de Pedro Ojeda Escudero. Pueden ser usadas y reproducidas sin alterar, sin copias derivadas, citando la referencia y sin ánimo de lucro.

miércoles, 30 de enero de 2019

Recuerdo México


Recuerdo México como fusión de tiempos. En las calles vi el barrio español en el que me crie en los años sesenta y sus gentes, pero también la más avanzada tecnología. Vi tierras indígenas sin cobertura de internet en cientos de quilómetros cuadrados en las que se anunciaba cocacola en una tiendita. Vi barrios bohemios y hípsteres en los que se rodaban películas que ahora se estrenan y teporochos abandonados en las calles como intocables. Vi espacios culturales abarrotados de miles de libros completamente abiertos a cualquier interesado y niños que pintaban en cuadernos escolares en los andadores para ganarse unos pesos y que agradecían más la atención que se les dedicaba que la galleta que compartimos con ellos. Recuerdo los amigos de allá que me abrieron su corazón, que detuvieron su vida para compartirla conmigo y con los que tengo la sensación de no haber estado a la altura y tener una deuda inmensa. Recuerdo un México tan hermoso que aún no he sido capaz de escribirlo, gentes amables con ganas de conversar, el bullicio de los mercados tradicionales y el olor y el sabor de la comida. Recuerdo un castellano tan exacto, rico y perfecto -en una aldea de la Mixteca alta, en los taxistas, en el guarda de un museo, en los camareros de los restaurantes, en los indígenas artesanos-, que me hubiera instalado para siempre en esa lengua que en España estamos perdiendo.

martes, 29 de enero de 2019

El paisaje en la literatura


Esta tarde he comenzado una serie de charlas sobre la importancia del paisaje en la literatura dentro del Programa interuniversitario de la experiencia de la Universidad de Burgos, en el que colaboro desde hace muchos años. Es un programa en el que siempre me he encontrado cómodo y satisfecho de los resultados, en el que me dejo sorprender cada día por los alumnos, que después de años dedicados a otras tareas, acuden a las aulas universitarias con unas ganas que deberían servir de ejemplo. Merecen todo el esfuerzo por parte del profesor.

Escribí, hace mucho tiempo, que mi paisaje es el de la planicie castellana: la larga llanada en Tierra de campos, ligeramente ondulada por los montes Torozos, el horizonte que se abre entre Valladolid y Salamanca, la porción de mundo desde las murallas de Urueña.  Me gusta ver la llanura desde los altos que la bordean o las escasas elevaciones interiores: el páramo desde peña Amaya, desde la cima del Mencilla, desde los cortados de Cabezón... Cuando pienso en mí pienso en ese contexto, pero desde hace unos años, tras sufrir de tristeza, descubrí de pronto que me nacía otro paisaje dentro, el de la sierra de Béjar y sus cercanías, con el misterio del valle del Sangusín. Vinieron después las tierras del bajo Guadina... He descubierto que puedo llevar en mí varios paisajes aunque la extensión de cereal dorado al sol y ondulado por el viento antes de la cosecha sea mi luz siempre, tierra y cielo abiertos.

En estas charlas me propongo hablar de la presencia del paisaje en la literatura española desde su inicio, pasar por los diferentes usos que tiene en ella (mítico, sagrado, clásico, simbólico, romántico, realista, etc.) hasta su casi ausencia en la mucha de la llamada literatura joven actual, especialmente en la poesía, que aparece amputada de naturaleza y paisaje más allá del urbano y este aún tomado de forma tópica. También hablaré de lo sublime, claro, y del síndrome de Stendhal, pero ese llamado trastorno de déficit de naturaleza que ha llegado también a la literatura me preocupa. En mucha de la literatura actual se palpa la escasa experiencia vivida con la naturaleza de los autores. Quizá sea el más triste ejemplo de lo que ocurre en la sociedad actual en el que hasta los pocos lugares vírgenes que quedan en el planeta se viven como un parque temático.

lunes, 28 de enero de 2019

En el robledal


No existiré mañana, no hago falta.
Desvanecerse así, tras el recodo
del camino que baja de la sierra,
acogido a la sombra de los robles.

© Pedro Ojeda Escudero, 2019

Por el camino de los registros, el robledal se hace íntimo. En el robledal, como en el hayedo, se tiene la sensación de que el tiempo se ha detenido. No solo el tiempo, sino que se ha traspasado la delicada frontera de la leyenda o del mito. Ensoñaciones al pisar la alfombra de hojas del pasado otoño: saludar a un carbonero que viene de alimentar la pila para el cisco, a una dama a caballo con su palafrenero. Un bosque de robles nos lleva al Cantar de mío Cid: la alevosa acción de los infantes de Carrión ultrajando a las hijas de Rodrigo, abandonándolas después atadas a los árboles para que las devoren las fieras. El rumor de pasos detrás de nosotros, que nos hace girarnos para ver los robles aún sin ramas verdes ni hojas nuevas. Qué lugar más pleno para morirse y seguir vivo. Mientras tanto, qué hermoso es el robledal, ajeno a nuestros miedos.

domingo, 27 de enero de 2019

¿Cuánto tiempo andaba yo sin horizonte?


¡A la peña! A ver desde arriba la ciudad, alargada y chiquita y el cielo azul. Llevo demasiado tiempo tan dentro de mí que necesitaba comprender que mi medida es una nada.

Los aviones trazaban allá arriba rastros de viajes. El camino se empinaba despacio hacia el refugio, donde nos esperaban unas mantelás con longaniza cocida, sopas de ajo, tortilla de patata y morcilla  de calabaza picante, un vino suficiente y unos mazapanes de Soto que habían sobrado de Navidad. La mesa y los bancos, unos palés al sol. Al buen sol de enero.

¿Cuánto tiempo andaba yo sin horizonte, cuánto tiempo?