viernes, 7 de junio de 2024

Desayuno frente al parque

 


Me desayuno frente al Campo Grande. Hoy me han extraído sangre para un análisis clínico y había que hacerlo en ayunas. También he entregado un botecito de farmacia con la primera orina del día. La enfermera es eficaz y agradable. Si no se encuentra mareado, puede irse cuando quiera, me dice. Le respondo que tengo más hambre que ganas de marearme, le doy las gracias, los buenos días y me marcho, dejando el sitio para el siguiente. Soy de los que no pueden salir de casa sin haber comido algo. Entro en una cafetería de la Acera de Recoletos y me premio con un café con leche, tostadas de pan con aceite y tomate y un vasito pequeño con zumo de naranjas, que me tomo en la terraza del establecimiento, frente al parque. La camarera que me ha atendido ha competido en amabilidad con la enfermera. Quizá ya vean en mí a un hombre mayor (¿cuándo se traspasa esa edad?) o quizá es que la gente no está tan malhumorada como quieren hacernos ver. En el ambiente, algo anuncia el cambio de tiempo que vendrá el fin de semana. Hace calor ya a estas horas, igual que en las últimas mañanas, pero huele a humedad como en esos días de vacaciones en los que se toma el primer café tempranero en un chiringuito frente al mar. El mar está muy lejos de aquí, pero en un banco a la entrada del parque hay un hombre ensayando una pieza con una guitarra española, repite con insistencia los primeros minutos. Si no me equivoco, es una sonata de Turina. No lo hace nada mal y hasta la mesa que ocupo me llega la música entrelazada con el piar de los pájaros. Al poco, un gorrión se posa a unos centímetros de mi mano y picotea algunas migas que le he arrojado sobre la mesa. Hojeo el periódico en mi teléfono móvil, me quito el esparadrapo que cubre el picotazo de la aguja.

viernes, 24 de mayo de 2024

Recuerdo el final de los centauros

 



Recuerdo el amanecer sobre la pradera empapada por la sangre de los centauros y al viejo Quirón llorando sobre los cadáveres antes de que aquel hermoso joven -cómo le brillaba el sudor que cubría sus músculos a la luz lenta del verano- traspasara su pecho con la lanza.

También recuerdo cómo aquella muchacha se hirió ligeramente con la hoz al segar la hierba y a su enamorado arrodillado a su lado, vendándole el dedo después de chuparle la sangre.

Tengo recuerdos de un duro invierno de nieves en el que se helaron los ríos y de la madre avivando el rescoldo de la hoguera para encender de nuevo el fuego en la vieja casa a las afueras del pueblo. En la primavera que dejó de hacer frío, los prados se cubrieron de amapolas.

En la noche, me asalta la memoria de los niños muertos en la infancia y las madres en los partos y el luto en las familias durante años.

Hasta recuerdo un tiempo de romerías y almuerzos en las praderas de las ermitas.

Recuerdo también tu mano sobre mi frente cuando enfermaba y el sabor del queso fresco con dulce de membrillo.

Ayer encontré una vieja fotografía de la familia en la Rosaleda junto al Pisuerga. Detrás de nosotros, al cruzar el río, una tribu antigua miraba a la cámara.

jueves, 23 de mayo de 2024

Los puestos de helados

 


Han abierto ya los puestos callejeros de helados y la ciudad se ha vestido de verano.

Un verano, el puesto de helado de mi barrio lo atendía una chica morena de ojos verdes: hasta los cortes de chocolate y vainilla tenían esencia de menta.

Rafael, aquel viejo cantaor, pidió de favor unos cucuruchos de barquillo para sus nietos. Mientras se los envolvían en un papel, recordó la taberna del Pinacho, en donde cantaba de verdad. Lo otro eran tablaos flamencos en la costa. Hizo el ademán de sacarse unos duros del bolsillo de su traje beis, pero la mujer que le atendía negó con la cabeza. Con la mano, se arregló el pañuelo del bolsillo de la americana. Dio las gracias con tal señorío que la calle entera se puso de pie a su paso.

Los cortes de helado no eran iguales. O se acababa primero el helado o se terminaba antes la galleta. Jamás conseguí que coincidieran. Luego me hice mayor y los veranos ya no fueron lo mismo.

A veces solo eso, comprar un cucurucho de helado de turrón y sentarse en el bordillo a comerlo, ajeno al mundo.

miércoles, 22 de mayo de 2024

El subterráneo habitado, novela de Manuel Benito Aguirre

 


Montse Ruiz, editora responsable de Deméter, desarrolla en esta editorial un proyecto personal de gran interés centrado en el libro ilustrado con títulos del siglo XIX español de temática gótica. Tras editar el Canto a Teresa de José de Espronceda ilustrado por Antonio del Hoyo, Morirse a tiempo de Rosario de Acuña con las ilustraciones de Jen del Pozo y Tan solo los muertos de Gustavo Adolfo Bécquer con las de Roger Olmos, lanza ahora un nuevo título, la novela El subterráneo habitado de Manuel Benito Aguirre, ilustrado por Lau Oreja Pedreira. En este caso, no se trata de un libro completamente ilustrado, sino un libro con ilustraciones que semejan las decimonónicas, sin renunciar a presentarnos una mirada actual. Sin embargo, la intención de la editorial de presentarnos libros con una maquetación y textura propia de un objeto singular se mantiene gracias al excelente trabajo de maquetación del estudio Lápiz y Ratón y a la cuidada selección del papel del tomo y de la cubierta.

Esta novela de Manuel Benito Aguirre (Abejar, Soria, 1808-Madrid, 1845) es uno de esos títulos que desmienten algunas de las creencias sobre nuestra literatura decimonónica. De su autor sabemos poco, pero todo tiene un gran interés. Fue maestro y defensor de las Escuelas Normales, Vicedirector de la Academia Literaria y Científica de Instrucción Primaria y vocal secretario de la Comisión de libros creada por la Dirección General de Estudios. En el ejercicio de su profesión, se hizo popular por redactar el Catecismo político de los niños: breves nociones de los derechos y deberes del ciudadano español con arreglo a la Constitución de 1837 (1839, reimpreso en 1842) y el Bosquejo histórico-filosófico y político del estado de la educación en España (1841), en el que volcó todo su ideario educativo, a caballo entre las reformas liberales y un sentido conservador y católico. Colaboró en publicaciones de una o de otra manera relacionadas con el mundo educativo como El Mata-moscas (1836-1837) y El mentor de la infancia o el amigo de los niños, de la que fue director (1842). Arregló al español Los niños pintados por ellos mismos de Alexandre de Saillet (1841, impreso también en México en 1843).

En literatura debutó con esta novela, cuyo título completo es El subterráneo habitado o Los Letingbers, o sea Timancio y Adela (Madrid, 1830), pero también escribió otra novela, La mujer sensible (1831) y, al menos, un juguete dramático Los percances de un carlista (1840).

El subterráneo habitado es una curiosidad narrativa que nos remonta al origen de un género de aventuras góticas mezcladas con visiones utópicas de la sociedad. La escribió cuando contaba con veintidós años y guarda mucho de ingenuidad juvenil que, lejos de alejarla del lector, aumentan su interés, como en el manejo despreocupado del tiempo y de la geografía. No es la exactitud de ambas cosas lo que le preocupaba al autor, sino otras cosas. Ambientada en el imperio austríaco, en tiempos de José II, el emperador ilustrado. Esta sola mención, ya trae algunas de las pistas que nos permiten interpretar esta novela, puesto que a José II se le atribuyen reformas que modernizaron Austria y que lo convirtieron en una leyenda de buen rey, ciertamente desmontada a partir del siglo XX. La figura de José II fue muy popular en toda Europa y también en España (su primera esposa fue Isabel Borbón-Parma, infanta de España, hija de Felipe I) y pasó también al arte y la literatura.

El eje central de la novela es la educación individual del ser humano y de las sociedades. Por una parte, la importancia de los valores morales y naturales; por otra, su fricción con los sociales para llegar a un acuerdo. Para hacerlo más evidente, nos presenta un número de personajes malvados a los que se tienen que enfrentar los protagonistas, que no siempre se encuentran en la bondad absoluta. Sobre ese eje central, las peripecias. Timancio, el protagonista, quedará huérfano en circunstancias terribles y deberá acogerse a la protección de personas cuya rectitud moral es evidente. Su entrada en sociedad provoca alteraciones en su carácter, sobre todo tras enamorarse de Adela. Esta relación provoca el resto de los acontecimientos: muerte de un rival y huida de Viena emprendiendo un viaje lleno de peligros (naufragios, llegada a una isla habitada por caníbales, descubrimiento de la sociedad atrasada que da título al libro). La novela, que había comenzado como una propuesta ficcional de los modelos educativos de la ilustración al estilo del Emilio o De la educación de Jean-Jacques Rousseau (1762) y todos sus continuadores, se reconvierte en una novela en la línea de Pablo y Virginia de Jacques-Henri Bernardin de Saint-Pierre (1787). En ella vuelca una serie de recursos típicos de esta literatura cuando se populariza, que oscilan entre la novela de aventuras, la novela gótica y la novela sentimental. Y, sobre todo esto, introduce una temática que también procede del siglo XVIII por vía directa de Robinson Crusoe de Daniel Defoe y Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift (el encuentro con civilizaciones diferentes en islas apartadas del mundo conocido). De esta manera, El subterráneo habitado se convierte en una síntesis de los géneros narrativos más populares entre los lectores europeos. A la altura de 1830, aún estaba gestándose la novela histórica romántica, que no entra en el horizonte de Manuel Benito Aguirre. Sin embargo, con su afán de hacerla entretenida y variada, el autor jamás se olvida de la intención última: la demostración de la utilidad de una enseñanza natural y moral. Quienes la reciben, por muy convulsa que sea su vida, reciben el merecido premio al final.

Las oportunas ilustraciones de Lau Oreja nos devuelven también a la ingenuidad de los grabados que acompañaban a estos libros hasta tiempos no tan lejanos. Es un acierto que la artista haya optado por continuar este estilo: contextualiza la novela y despierta una nostalgia lectora que contribuye a una experiencia lectora agradable que nos devuelve a la juventud.

En definitiva, una recuperación de interés, no solo para los estudiosos del siglo XIX, sino también para el público en general. Aquí dejo el enlace para ver la grabación de la presentación de la novela dentro del programa Valladolid Letraherido de la Fundación Municipal de Cultura de Valladolid, almacenada en la página de Facebook de la Casa Museo de José Zorrilla.

martes, 21 de mayo de 2024

La persistencia del gesto en la memoria

 


Figura en terracota de la cultura Djenné (Mali, siglos X-XVI).
Fundación Alberto Jiménez-Arellano Alonso. Universidad de Valladolid.


Qué vulnerable todo lo humano. Sin embargo, la persistencia del gesto en la memoria y el relato de los susurros en las voces.

Posó los dedos sobre el tallo de la flor y la arrancó. Me mostró la flor antes de aplastarla cerrando la mano: así todo. No se dio cuenta de que la fragancia de la flor se hizo más intensa.




lunes, 20 de mayo de 2024

Necesidad de cambio

 


En la vida, la rutina salva y la rutina mata. Entre esos opuestos vivimos. Cuando todo parece estar hecho, necesitamos un cambio; cuando vivimos en el caos, añoramos los hábitos cotidianos que no podemos mantener ya. Echamos de menos aquel bar que nos acogía en el café de media mañana hasta que lo cerraron o cambiamos de barrio. A veces lo cotidiano ahoga y nos deja sin aire; a veces pasamos por los lugares percibiendo el vacío de lo que ya no está y se nos encoge el estómago.

Las serpientes mudan la piel cada cierto tiempo. La piel vieja, que las protege, les impide vivir. Los seres humanos también cambiamos de piel cada mes, pero sin darnos cuenta. De hecho, lo que creemos polvo en el suelo de nuestra casa tiene un alto porcentaje de nosotros: piel, cabello, sueños, decisiones no tomadas.

En esas ando ahora, calculando el peso de la piel que pierdo, fijándome en la terra ignota de los mapas y en esos letreros de las autovías que anuncian lugares inverosímiles como en los mapas antiguos se escribía hic sunt dracones, aquí hay dragones, para los ojos ávidos de los exploradores.

*

Hay dos momentos que me gustan especialmente en el Quijote, como les he comentado a mis alumnos hoy. No me refiero ahora a lo que ocurre en esos episodios, sino a la razón literaria por la que ocurren.

En la primera parte, cuando don Quijote libera a los galeotes (1, XXII). Por mucha que fuera la variedad de asuntos tratados antes en la novela, estos se resumían en que don Quijote demostrara su comportamiento ante diferentes testigos y cómo reaccionaban estos. Ya los sabemos: don Quijote arremete contra los molinos diciendo que son gigantes y Sancho le dice que son molinos. La realidad se termina imponiendo siempre, pero al hidalgo aún le restan fuerzas para seguir en el juego en el que, poco a poco, se va implicando el labrador por una mezcla de interés, lealtad -que se trasformará en amistad en la segunda parte- y deseo de vivir una aventura radicalmente opuesta a su existencia cotidiana. Con más o menos éxito para don Quijote, la novela ha consistido sobre todo en eso y Cervantes percibe que puede agotarse el ánimo del lector con la repetición de la estrategia. De ahí la importancia del episodio de los galeotes, que cambia todo lo que viene después: don Quijote comete un grave delito -libera a unos presos que son propiedad del rey-. Es tan importante el cambio, que saca al hidalgo y al escudero del Camino Real y lo lleva a la sierra para refugiarse. Todo lo que ocurre a partir de ahí es diferente. La novela se ha trasformado definitivamente.

En la segunda parte, cuando Cervantes introduce en la novela el personaje de Roque Guinart (2, LX). Con la intensidad de lo ocurrido en el palacio de los Duques, toda la trama sobre la parodia de las caballerías necesita refrescarse. Ya lo sabemos, allí se ha producido la culminación de ella: don Quijote y Sancho Panza reciben su recompensa, lo que inicialmente parece un premio. El primero, es tratado como verdadero caballero y el segundo es nombrado gobernador, pero todo sucede con un coste muy alto: pierden el control de la ficción en la que quieren vivir y son tratados como bufones (de ahí el elogio a la libertad que don Quijote pronuncia nada más salir del palacio). La novela necesita un giro radical y este se produce cuando aparece la aventura real, la que procede del mundo real. De ahí que Cervantes eche mano de un nuevo personaje (Roque Guinart era el popular bandolero Perot Rocaguinarda, acogido a un indulto y vivo aún cuando se publicó la novela, que pudo leer). De su mano viene la primera muerte en la novela. Cervantes abre definitivamente el portillo de la realidad y esta se impone necesariamente a don Quijote, cada vez más desconcertado y cansado. El autor es consciente de que no podía seguir exprimiendo el juego caballeresco del hidalgo sin agotarlo y empobrecerlo y decide confrontarlo con esa realidad, con la historia de su tiempo (los bandoleros de Barcelona, la aventura marítima, el final del episodio del morisco Ricote). Don Quijote sale perdiendo: lo sabemos los lectores y lo sabe el personaje.

La genialidad de Cervantes se mide por muchas cosas, por este instinto de conocer cuándo la historia debe dar un giro, también, para que no vuelva a ser la misma.

miércoles, 15 de mayo de 2024

De un voleo. Pensamientos y aforismos de mediados de mayo

 


autoesti(g)ma. 1.f. Valoración (generalmente positiva) de sí mismo.

No hay mayor mentira que la autobiográfica.

Rompió los espejos porque no se encontraba en ellos.

Vida: Circunstancia ajena a la muerte.

Mentía tanto sobre sí mismo que un día se olvidó de llevarse consigo. Se dio cuenta al regresar a casa y verse sentado en el sofá del salón.

Hay quien se empeña en ver en nosotros sus defectos.

Es curioso cuánto sabemos de los demás y qué poco de nosotros mismos.

mismidad: 1.f. Condición de fingirse uno mismo.

influencer: residuo de filósofo tras un selfi.


martes, 14 de mayo de 2024

lunes, 13 de mayo de 2024

Recompensa de luz

 

(Presa de Armiñán, febrero de 2024)

Recompensa de luz,
paisaje.
Quien espera paciente.
El tiempo
se cumple.

Tu mano dice: mira.
Como si no existiera
el mundo,
nace en ese momento.

© Pedro Ojeda Escudero, 2024.

domingo, 12 de mayo de 2024

De farolitos chinos y Miguel de Cervantes

 


El farolito chino que se cultiva en algunos jardines refinados europeos en realidad viene de América. Su nombre popular es una metáfora que habla de una mirada hacia lo exótico, el científico (abutilon megapotamicum) deriva del árabe y del griego. La parte árabe parece decir malva del Índico y la parte griega hace referencia a Río Grande, la región del Brasil. Esta flor de aquí me la encontré en el jardín de El Capricho, el edificio que el catalán Gaudí levantó en Comillas para el indiano Máximo Díaz de Quijano, por lo que la decisión del paisajista o del jardinero, encaja bien con el propósito del arquitecto: realizar un edificio de inspiración oriental. Llenó la fachada de girasoles cerámicos, supongo que en referencia al doble -o triple- significado simbólico de esta planta. Así, el edificio remitía a Oriente, al mundo en el que había hecho fortuna el propietario y a cierta extravagancia de la arquitectura inglesa de aquellos tiempos que interesaba al arquitecto y a una cierto grupo de enriquecidos comerciantes esnobs de su tiempo, que buscaban singularizarse, pero también a gustos e identidades y una cierta afirmación de la diferencia. Así que este farolito chino cántabro es un poco de todos los lugares.

*

Estos días, en la prensa se ha debatido sobre el origen de Miguel de Cervantes. José de Contreras y Saro, en una conferencia impartida en el Ateneo de Sevilla, afirmó que Cervantes nació en Córdoba a partir de la lectura de un documento datado el 4 de junio de 1593, en el que el autor afirma tal cosa en su declaración a favor de su amigo Tomás Gutiérrez, que había demandado a la Cofradía y Hermandad del Santísimo Sacramento del Sagrario de la Sata Iglesia Mayor de la ciudad por expulsarlo.

Dos graves errores comete Contreras en la argumentación, por entusiasmo y por ingenuidad académica (pensémoslo así). En primer lugar, dar la impresión de que el documento, conocido, debatido y desechado en cuanto al lugar de nacimiento en 1914, desapareció desde este año hasta que él pudo consultarlo en los archivos de la Universidad de Sevilla hace unos meses, cuando el documento ya fue redescubierto y estudiado de nuevo en 2016 y nuevamente desechado en cuanto al nacimiento de Cervantes (el documento es muy interesante como testimonio de a la relación de Cervantes con el teatro). En segundo lugar, dejarse llevar por el entusiasmo y construir una teoría por la que el Miguel de Cervantes autor del Quijote es el cordobés y el de Alcalá de Henares sería un familiar suyo, proponiendo, a partir de ahí, una curiosa interpretación que ha resultado fácil de desmontar. Que Cervantes tiene raíces familiares en Córdoba era ya muy conocido y que también pudo estar en varias ocasiones en la ciudad. Quizá le haya pesado al conferenciante su poco de orgullo local y su tanto de vanidad investigadora. Por el camino, alguien de la Junta de Andalucía, reclama el documento para estudiarlo, no vaya a ser que Cervantes fuera andaluz y se pudiera relocalizar al bueno de don Miguel, supongo que para sacar el provecho adecuado de todo eso. La prensa -no solo los portales digitales que buscan impacto de visualizaciones, también la prensa seria- enloqueció como solo pasa ahora, dando la noticia sin contrastar. 

Fue tal el revuelo en pocas horas -la marca Cervantes es siempre popular- y el camino de las elucubraciones, que los estudiosos debieron reaccionar pronto, al igual que tuvo que hacerlo Francisco Rodríguez Marín en 1914, para explicar lo que declaró Cervantes en 1593 y por qué lo hizo. Y así han intervenido José Solís de los Santos, Alfredo MartínezRogelio Reyes y José Manuel Lucía Megías. En definitiva, la declaración de Cervantes en 1593 no significa que afirmara que naciera en Córdoba, sino que podía sentirse propiamente de la ciudad o llevar hasta la mentira su testimonio con la idea de favorecer en todo a Tomás Gutiérrez afirmando su raíz cordobesa, que nadie iba a comprobar, por supuesto. Ni era la primera vez que mentía Cervantes ni sería la última: lo hace en documentos oficiales y en lo que relata de sí mismo en su obra, mentiras que tantas veces han confundido al cervantismo aficionado y han sido utilizadas sin pudor por intereses (locales e ideológicos) de otros. 

En este tráeme acá los huesos de Cervantes -que siguen sin identificar a pesar del dineral gastado hace unos años por el ayuntamiento de Madrid para localizarlos en el lugar que todos los investigadores saben que están-, varias conclusiones. En primer lugar, que don Miguel sigue vivo y es un valor seguro; en segundo, que la prensa ha dado al olvido el verdadero periodismo cultural; en tercero, que a muchos les sigue pasando lo que le ocurría a don Quijote, no distinguir la realidad de la ficción; en cuarto, que los localismos y los nacionalismos casan siempre mal con la razón científica, puesto que tienen su origen en la ficción. Caben mejor en una novela que en un ensayo.

*

A fin de cuentas, nacer es el azar mayor de cada existencia que no depende de nosotros.

miércoles, 8 de mayo de 2024

Almendrucos

 


Atisbar el almendruco más escondido entre las hojas del árbol como si se tratara de la fruta bíblica. En las leyendas, en los mitos, en los textos sagrados, hay personajes que observan a otros en secreto, que contemplan sus actos, el movimiento de sus manos, la posición del cuerpo. Suelen ser hombres que miran a jóvenes mujeres preparándose para el baño en un río, en una laguna. El significado sexual es evidente y casi siempre evidencia el deseo insano de posesión del hombre sobre la mujer, en algunos casos evidencia el despertar de la sexualidad, pero a veces se eleva: es la contemplación de la belleza que no se quiere alterar, como si el más leve ruido que denunciara la presencia rompiera ese momento mágico en el que todo es tan perfecto que el mundo se detiene y parece que estamos a punto de encontrar la razón que nos explique. Quien observa contiene la respiración y es incapaz de nada más que de mirar, tal es su asombro.

No es el caso. En el paseo, me he quedado un tiempo contemplando este almendruco, el más oculto. Recuerdo que, de niños, en la barriada, subíamos a los almendros en este tiempo que camina hacia el verano para arrancarlos de las ramas. Con las uñas, abríamos las capas exteriores del fruto (seguro que no recordábamos ya las lecciones sobre el mesocarpio y el endocarpio del colegio) para llegar a la semilla: explorar el mundo, impacientes, incapaces de esperar que el tiempo hiciera su labor. A veces tan solo queríamos fabricar pitos. Embobado por su belleza, he alargado la mano para acariciar la piel solo por saber que está ahí. Quizá tenía miedo de que la infancia haya sido solo un sueño.

martes, 7 de mayo de 2024

Mirar atrás, de Elías Moro

 



En el mundo editorial, de vez en cuando, se produce la feliz coyuntura de un movimiento que va contracorriente, una pequeña grieta por la que aparecen impresos textos alejados de lo que convencionalmente llenan las mesas de novedades de las librerías y ocupan las páginas de los suplementos de los periódicos y las revistas especializadas. El lector interesado debe estar muy atento a estas novedades, que no son fácilmente accesibles puesto que nadie informa de ellas. No me refiero tanto a la rareza de un autor o de un tipo de poesía o de novela que pueda ir aparentemente contracorriente. Al fin y al cabo, estos libros tienen su colocación convencional en la estantería correspondiente. Hay algunos tipos de literatura difícilmente clasificables, géneros enteros. Sin embargo, una vez leído el texto que producen, el lector queda atrapado. En la historia de la literatura se producen fenómenos así, la aparición de una forma de decir diferente, textos que inventan géneros: las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, la nueva configuración del aforismo, el microrrelato...

Mirar atrás de Elías Moro (Newcastle ediciones, 2023) se acoge al género del I Remember (1970) del norteamericano Joe Brainard (1942-1994), llevado a canon genérico por el francés Georges Perec (1936-1982) en Je me souviens: Les choses communes (1978). El escritor Elías Moro (Madrid, 1959, pero residente en Mérida desde 1982) ya se había acercado al género en Me acuerdo (Calambur, 2009).

En resumen, el género consiste en textos muy breves que parten de una misma estructura sintáctica repetida al inicio de cada uno de ellos (me acuerdo...). En ellos, la voz narradora recuerda cosas banales -emociones, anécdotas, personajes, costumbres, imágenes, libros, películas, noticias-, ninguna de ellas de gran relevancia histórica. La acumulación de recuerdos de la memoria individual tiene la virtud de trasformar el libro en una memoria colectiva de hechos comunes a todos o casi todos los lectores. De ahí que se hayan considerado los libros de Brainard o Perec como memoria generacional. Las diferencias con el microrrelato o el aforismo son radicales, aunque, en algunos casos, los me acuerdo puedan tender a lo lírico y, en otros, a lo aforístico. Sobre la autobiografía, tiene la ventaja de la desconexión entre los textos que así pueden introducirse en una gran variedad de cuestiones, también que no pretende explicar una vida desde ningún lugar de llegada sino desde la impresión por  acumulación de los recuerdos en sí misma.

Elías Moro sigue esa convención del género, pero la adapta a su propia memoria y circunstancia: su memoria es, en gran medida, la de todos los que nacimos en los últimos años del franquismo, aunque la fuerza evocadora de algunas imágenes no dejen de ser universales y válidas para generaciones anteriores y posteriores. Sin dejar de ser memoria individual -es una de las esencias del género que nunca debe perderse-, se trasforma, por la comunidad de vivencias, en recuerdo colectivo. De hecho, es quien mejor ha abordado esta literatura en España.

Los recuerdos que disparan la memoria a veces son imágenes que llevan al autor a recuperar también olores o texturas: Me acuerdo del enloquecido ballet de las sábanas húmedas secándose al viento y al sol en balcones y terrazas, de su olor a nieve y sal, de su dulce y blanca tersura. También vivencias o circunstancias personales en las que todos podemos reconocernos: Me acuerdo de cuando me enamoraba a cada poco porque ninguna de aquellas muchachas objeto de mi deseo me hacía el menor caso; Me acuerdo de que nunca he sido capaz de hacer el pino; Me acuerdo de no haber visto nunca llorar a mi padre. Inevitablemente, surge la nostalgia de un tiempo perdido, muchas veces asociado a una marca comercial: Me acuerdo de El Lobo, qué gran turrón. Muchos de los recuerdos provienen de una foto fija de las películas vistas, de las series de televisión antiguas o de los libros leídos que, sumados, son la biblioteca emocional generacional. A veces el motivo es una palabra: Me acuerdo de que el macho de la abeja se llama zángano, una palabra que siempre me ha gustado mucho. Muchos de los recuerdos no provienen estrictamente de vivencias personales al suceder antes de que al autor naciera, sino de cosas que se han leído o sabido en algún momento y que se han instalado en el olvido hasta el momento adecuado en el que retornan para acumularse con los otros recuerdos y formar una capa profunda que nos explica: Me acuerdo de la oreja mutilada de Vicent Van Gogh... En ocasiones, el texto se desborda hacia el presente y dota al recuerdo de una interesante continuación temporal: Me acuerdo de que el horizonte nunca estaba donde esperábamos encontrarlo. / Y que sigue sin estarlo. También de una frustración ante la vida que no pudimos ser o de la caída de ídolos o esperanzas. Sin embargo, no hay un resentimiento con la vida ni con el pasado en los recuerdos de Elías Moro. De ahí el uso frecuente del humor, la ironía o la ternura. A veces es suficiente con aflorar el recuerdo para que el lector se instale en su propio pasado.

Elías Moro también utiliza el género para posicionarse ante nuestra sociedad (el recuerdo de la revolución de los claveles en Portugal, de la contaminación del aceite de colza que produjo tantas víctimas, de las ruinas tras la explosión nuclear en Hiroshima, la condición asesina de casi todas las ideologías y religiones): Me acuerdo de que todos los días mueren de hambre miles y miles de personas sin que a casi nadie parezca importarle

Al pasar las páginas de Mirar atrás y leer los textos, el lector se reconoce en los recuerdos del autor, que le da también tiempo para recuperar los propios, matizar los leídos o ampliarlos. Elías Moro ha escrito un libro mayor con textos que no lo parecen, con un exquisito tratamiento del lenguaje -algo característico en su literatura-. A través de estos recuerdos comunes, sin aparente importancia, de la acumulación de imágenes, noticias, referencias a películas y libros, personajes populares, Elías Moro se adentra en su propia memoria para contarnos la nuestra. Y el lector lo agradece, como si en estas 100 páginas se hallara, en gran medida, el tesoro más auténtico de su propia biografía.