sábado, 31 de marzo de 2007

Ciudad vaciada



Una buena amiga me pregunta la razón por la que en mis fotografías de Valladolid y Burgos de los últimos días no aparezcan apenas personas, a pesar de que los lugares enfocados no son precisamente solitarios. Me dice que presentan ciudades vaciadas. No lo sé. No sé la razón. Quizá lo sean: ciudades a las que se les ha vaciado el cuerpo o que se han llenado de hombres deshabitados. O quizá todo se deba al viejo tópico romántico de que el alma está concectado por invisibles hilos al paisaje.

Sin embargo, podría jurar que cuando hice la de la escultura de Chillida había una treintena de escolares esperando para entrar en el cercano Museo Nacional de Escultura. ¿Dónde están esos niños que jugaban, corrían y gritaban ante la mirada cansada de sus profesores, que no han salido en la foto?

Me pasa lo mismo con esta de la calle de Santo Domingo de Guzmán, que, según dicen, es la única que mantiene en Valladolid la estructura y sabor de la ciudad que fue Corte y que se llenó de conventos y palacios entre los dedos limosos de la Esgueva. Cuando la hice esta mañana se oían gritos de riña mientras, al fondo de la calle, la campana de las isabelas tocaba a muerto. Ahora, la calle aparece vacía. Ya no podría jurarlo.

viernes, 30 de marzo de 2007

Guillén en Chillida


"Lo profundo es el aire" es un verso de Guillén que explicó en palabras a Eduardo Chillida la coexistencia del vacío y la materia, una de las claves de su producción. Desde principios de los años ochenta glosó el verso casi como obsesión, como en esta escultura de acero de 1982 -en 1981 lo había hecho en hormigón-, que regaló a Valladolid (y que lo lleva grabado en un lateral). Lo tuvo presente, como definición de su propia obra, hasta que las siete sílabas vertebraron el proyecto Tindaya, con el vaciado de la montaña.
Guillén construyó gran parte de sus poemas con sabia intuición plástica y arquitectónica, como correspondía a la vanguardia de la que participaba. Por eso es lógico este encuentro con el escultor vasco. El uno desde la palabra, el otro desde el metal dialogan en un mismo lenguaje con uno de los mejores resultados del arte moderno no sólo español. Se conocieron en 1971, con motivo de un viaje de Chillida a Estados Unidos.

Hubo polémica con la escultura, no gustó a muchos porque consideraban que su precio -sólo el del coste de fabricación- y su lugar de colocación no eran correctos. Recuerdo que la prensa comentó que Chillida se paseó por Valladolid meses antes para buscar la ubicación adecuada y que en principio consideró incrustarla, elevada, en la fachada lateral de San Gregorio (a mí siempre me sonó a leyenda urbana). Luego la bajó, con humildad, al suelo, y eligió el acero con aspecto oxidado como material porque en aquella transición la ciudad se llenó de pintadas y así era más fácil su mantenimiento.


La escultura ocupó su espacio con una pequeña intervención que convirtió aquel rincón olvidado en un jardín-cosmos de piedra, acero y árbol. Hemos de reconocer que es uno de los lugares más hermosos de la ciudad. Si fuéramos de otra pasta, hasta estaríamos orgullosos del feliz encuentro entre dos genios.
Mientras tanto, allí queda el aire jugando con el acero y recordando el primer poema de Cántico ("Más allá"):
(El alma vuelve al cuerpo,
Se dirige a los ojos
Y choca.) -¡Luz! Me invade
Todo mi ser. ¡Asombroso!
Afirmación radical de vida y de existencia, de presente ("Eternidad en vilo") y de la plenitud del ser. Nunca se ha vuelto a escribir como Guillén, es difícil tener esas certezas:
Soy, más, estoy. Respiro.
Lo profundo es el aire.
La realidad me inventa,
Soy su leyenda. ¡Salve!
Es difícil exponerse a esa luz cenital y salir indemne como Guillén y Chillida.

martes, 27 de marzo de 2007

Guillén en la calle de la Constitución

Luis Santiago también es el autor del relieve que retrata a Jorge Guillén en la fachada de la que fue su casa en la Calle de la Constitución de Valladolid, como lo es del conjunto escultórico del Parque del Poniente. La placa se colocó conmemorando el centenario del nacimiento del poeta, el 18 de enero de 1993. Menos lucida, retrata mejor tanto el aspecto como el gesto de Guillén en sus años finales.
Ahora, que ya no se lee a don Jorge, quizá es tiempo de recuperarlo. Trabajó su obra (esencialmente Aire nuestro) en la rigurosa exigencia de la poesía moderna, y contiene en ella una voz original dentro de la vanguardia, a pesar de que muchos se empeñaron en negársela.
Pasó de la luz geométrica y exaltada de Cántico a la conciencia reflexiva de Clamor. En este volumen hay un poema que casi lo resume: Luzbel desconcertado y que debería encontrarse en toda antología de la poesía española del siglo XX.
La voz de Luzbel toma conciencia de sí mismo ("Yo, yo"), ironizando sobre su nacimiento, sobre Dios y sobre los hombres:
Yo amanezco también
Con este sol, que sólo anuncia el gallo,
Como nadie sospecha mi llegada,
Un gallo es suficiente.
¡Estúpidos rincones soñolientos!
También ahí las calles se confían,
Se abandonan durmiendo a los contornos
Vigilados por alguien. ¿Él quizá?
Pero ¿le importa a Él
Que esas desventuradas bestias - hombres
Y gallos-
Descansen, cacareen?
Le bastará la adulación rezada.
¡Ay, vanidad de Dios!
Que me acusen de orgullo: lo prefiero.
Luzbel critica la creación divina ("Niebla boba") y le recrimina no haberse conformado con los ángeles y el cielo y haber creado a la humanidad caótica ("¿Puede tener buen gusto un creador?"). Y afirma que su pecado es haber visto claro el verdadero móvil de la vanidad de Dios. En sus palabras, acusa al delirio de Dios la falta de armonía del ser humano, cuyo infierno es la incomunicación y la guerra. De la masa se distingue un solitario en una ventana:
Se vuelve hacia luz y ve un vacío
Tan absoluto que se ahoga, tiembla.
Visión del gran vacío. Puro el éxtasis.
Acaba, con lógica, arrojándose por la ventana ("Saeta hacia lo oscuro"):
Ese suicida, noble,
Tiene tanta razón como un gran loco.
En presencia del Músico sin par,
¡Cómo va fracasando la Armonía!
Rezad, rezad a Dios. Es su consuelo.
Sigue el largo poema, como epopeya del artista enfrentado al clamor de un armonía resquebrajada. Y el sol se pone:
La luz de este modesto sol poniente
Se extingue por las calles
De la ciudad, caótica sin trampa.
(Curioso:
Esas primeras iluminaciones,
Fantasías eléctricas,
Oponiéndose adornan el crepúsculo.)
Venus está. Se anuncia el orfeón
De estrellas, las tan fieles, que proclaman
La gloria de Quien es.
Venús, adiós.
¿La gloria?
No. La niego.
No, no.
Luzbel envidia la armonía divina, por eso la niega, aunque no debe hacer demasiado para que se destruya, puesto que el ser humano es un colaborador voluntarioso y avezado. En el fondo, Luzbel, como el ser humano, se desorienta ante la soledad. Poema complejo, con una lectura ortodoxa, que permite ver el impacto del tiempo histórico en el poeta y jugar con lecturas parciales. Pide ya mismo, de algún postmoderno, una glosa que lo invierta o lo actualice.
[Guillén, tan pulcro con la arquitectura física del poema, a la que consideraba con lógica parte integrante del mismo, se enfadaría con el sangrado de los tres últimos versos citados, pero no logro que la técnica lo ampare.]

viernes, 23 de marzo de 2007

Jorge Guillén en el Poniente


El conjunto escultórico Jorge Guillén y niños botando barcos de papel (1998), situado en el estanque central de la Plaza del Poniente de Valladolid, es obra del escultor Luis Santiago (1962). Ocupa sabiamente el espacio, sin intentar monopolizarlo. Tienes que mirarlo detenidamente para saber que está allí. De gran perfección técnica, juega con la línea realista de las esculturas del poeta y los dos niños y la simbólica del conjunto, materializada en los tres barcos de papel metálico botados en el agua (con los nombres de los poemarios del autor), lo que no sé si le gustaría a Guillén. Los niños que juegan en el Poniente, parque que todos los que hemos crecido en la ciudad recordamos a pesar de sus continuas trasformaciones, se suben a las esculturas y caminan por el borde del estanquillo. Los padres se asustan ante la osadía de los más pequeños y les suelen contar, con voz misteriosa, que un niño se ahogó allí en un tiempo de leyenda, para impedir un chapuzón a destiempo. Quedan así, las dos esculturas de los muchachos, alejadas de la claridad de Cántico y se convierten en espectros de los ahogados, retenidos por el tiempo cincelado en los gestos previos a su muerte. De noche quizá cobran vida y se susurran el uno al otro las ensoñaciones de las vidas cortadas. El poeta, girado en escorzo, no las hace mucho caso, y prefiere mirar más allá, quizá hacia el mar de Málaga, porque no sabe bien qué hace en una tierra a la que no quiso volver.
Cuando estudiábamos Hispánicas, un amigo, Ramiro F. Mayo, y yo le felicitamos a Guillén uno de sus últimos cumpleaños. Le remitimos, desde la Oficina Central de Correos, un telegrama. Quizá ande ahora entre los papeles del poeta, tan ambicionados en su día por alguno y sobre los que ha caído el olvido. Quizá por allí también se encuentre la copia de unos espantosos poemas adolescentes que le mandé años antes. Me contestó con esa amabilidad suya no exenta de fina ironía, remitiéndome dedicado el volumen de una antología publicada por Plaza & Janés en 1975 (que le solicitaba), con selección y prólogo de Manuel Mantero. En las páginas en blanco del libro venían unas palabras de ánimo. Cuánto tiempo hace ya de aquello.

jueves, 22 de marzo de 2007

Nieve

Estos días ha nevado. Que nieve por San José no es extraño en estas tierras, pero siempre provoca sorpresa. La nieve ha caído intensamente, con rachas de viento frío, y se ha congelado con las fuertes heladas nocturnas. En algún momento, ha nevado blandamente, como en una postal navideña. Y como siempre, en los momentos de calma, todo parecía nuevo, incluso el sonido de las cosas.

Pero la nevada de estos días ha caído sobre un paisaje ferroso. Con su insistencia, parecía querer cubrir las manchas oxidadas de los metales. A pesar de su voluntariosa labor, sobre la blancura sobresalían los picos rojizos de herramientas y máquinas.
Hoy ya no nieva, pero qué paisaje más sordo y dolorido amanece.

domingo, 18 de marzo de 2007

Una mañana de domingo


Esta mañana me he lanzado a la calle. Salí pronto: quería ver desperezarse a esta vieja ciudad provinciana, antes de que se borraran de los rincones los rastros de mis recuerdos y se hicieran evidentes los cambios que la trasforman cada día. Quería pasearla un domingo por la mañana, tomar un café en una terraza entretenido con la lectura de los periódicos y sus suplementos, visitar alguna exposición. Me acerqué a la ribera del río y allí, entre las flores de los setos se alocaban unos abejorros. En la playa, jugaban un par de niños perseguidos por un perro. Una pareja madura, sentados en el césped, iniciaban ritualmente una extraña gimnasia oriental. Parecían felices.

Recorrí antes las calles sin prisas, observando las fachadas de las casas restauradas del centro, que lucen ahora bellezas insospechadas. La plazuela del Salvador, qué hermosa. Evité a propósito la Plaza Mayor, en la que ya han montado parte de las gradas para la Semana Santa, y que nunca me gustaron.

En el patio del Palacio de la Diputación expone sus obras el colectivo Bocallave, que tiene su corazón en Ciguñuela, con el título genérico de Para abrir boca.



Reconozco que no tenía más información sobre ellos que algún suelto en el periódico y una divertida entrevista en una emisora de radio el pasado sábado. Todas las piezas deben incluir la palabra bocallave, con cuyo sentido se juega en la exposición en diferentes niveles. La propuesta, que suma artes diversas como la música, la pintura y la escultura y que nos lleva desde el lienzo hasta la instalación -ya no nos debería sorprender- es interesante, aunque irregular. Me atrajo, por inquietante, el óleo de Lourdes G. de Nicolás titulado precisamente Bocallave. La exposición se completa con un DVD y una magnífica revista-libro en la que, además de fotografías de las piezas expuestas, se encuentran colaboraciones de otros autores. En sí misma ya es todo un manifiesto. Me sorprendió. Me agradó. Ojalá cuaje la Asociación Bocallave.
En mi paseo topé con una modesta exposición fotográfica en la Sala Cultural Caja España que evitó un matrimonio que caminaba delante de mí (-Mira, fotografías viejas, ¿entramos? -Si quiero ver fotos viejas te miro a ti). Dentro, comprendí que la modestia del blanco y negro me trasmitía toda una época a través de Unamuno: Don Miguel de Unamuno. Una vida en fotografías. Mirándolas me di cuenta de la conciencia de sí mismo que tenía don Miguel. Pero él podía permitírselo. Hay fotos familiares, semipúblicas y públicas: Unamuno con su familia, orlas universitarias, actos públicos, tertulias, posando para un retrato de cuerpo entero, leyendo en la cama... Entre todas ellas volvió a golpearme una que ya conocía, en la que se le ve entre la multitud, a la salida del famoso enfrentamiento con Millán Astray en 1936. Unamuno, que acaba de exponer su vida a la furia sangrienta de aquellos fascistas que daban vivas a la muerte y mueras a la inteligencia, sale un tanto aturdido pero erguido y reconocible por el medio de aquel estrecho paso ocupado por hombres con el brazo en alto. Poco después moriría. También habrán muertos todos los otros retratados, pero don Miguel sí merece nuestro recuerdo. Más allá de la extravagante figura legendaria, vemos a Unamuno comprometido: desterrado, participando de la proclamación de la II República y de sus actos oficiales, enfrentándose a una multitud hostil...
Quizá para recuperarme, acudí al Patio Herreriano, a ver de nuevo algunas de mis piezas favoritas de la exposición permanente del Museo de Arte Contemporáneo Español. Quise buscar la pureza de la vanguardia para olvidar aquella fotografía. Y fui derecho a la magnífica escultura titulada Homenaje a Blume, de Moisés Villèlia (1954). El autor talló con amor la madera de pino hasta conseguir este resultado que resume todo el movimiento del atleta, suspendido en el aire. Pero el placer ya era amargo.
Salí a la calle de nuevo. Necesitaba sol. Y la ciudad también. Adiviné, en una lejana nube que cruzaba, la silueta de Blume, girando sobre sí mismo, pero siempre impulsado hacia adelante.

miércoles, 14 de marzo de 2007

miércoles, 7 de marzo de 2007

ismos

Llego a casa con un tesoro bajo el brazo: la oportuna reedición del Diccionario de los ismos de Juan Eduardo Cirlot (Madrid, Siruela, 2006). Este útil diccionario, cuya primera edición se publicó en Barcelona en 1949 ha sido libro de obligada consulta desde entonces. Le acompañan ahora un Prólogo titulado "Todos los fuegos (Con algunas curiosidades de ismología)", de Ángel González García y unos Apéndices con una carta de Guillermo de Torre a Cirlot y dos reseñas de la primera edición. Estos materiales añadidos contribuyen a hacernos comprender la excelencia del trabajo ahora reeditado. Con precisión, Cirlot define todos estos movimientos que llenaron las primeras décadas del siglo XX. No hay que decir más sino que debe figurar en toda biblioteca que quiera entender la cultura de aquella etapa.
No es época ya de -ismos. ¿O sí? Leamos a Cirlot en el prólogo a la segunda edición (1956): "el arte no constituye un compartimento estanco, con solución de continuidad frente a los problemas del pensamiento puro. Por el contrario, se ve sujeto a las mismas alternativas, preso dentro de idéntico cuidado existencial y, tanto más apasionada y obscuramente emitirá sus mensajes expresivos, cuanta mayor sea su incapacidad para decir concretamente los motivos de su angustia o de su éxtasis". Pobre época aquella en la que no exista esta incapacidad. Sin -ismos no hay arte, pero tampoco auténtica vida.

martes, 6 de marzo de 2007

Resumen apresurado de doce días


He procurado recuperarme, aunque no he hecho mucho caso al médico puesto que no he faltado a mis clases. Y es que, según parece, necesito reposo para cortar esto.

Doce días.


He dedicado buena parte del tiempo a la lectura en el sofá. Devoré los libros que me faltaban por leer de la docena de títulos seleccionados para la fase final del V Premio de la Crítica de Castilla y León. Y entre los últimos, saltó la sorpresa: Autómata, de Adolfo García Ortega (Barcelona, Bruguera, 2006), que ya tenía en el montón de pendientes antes de que me llegara la lista definitiva.
Los miembros del Jurado nos reunimos en el Teatro Liceo de Salamanca el pasado viernes, día 2 de marzo. Y la mayoría coincidimos. Autómata es una magnífica novela que crecerá con el tiempo -se prepara ya su traducción al inglés-. El autor juega con diferentes niveles de narración. La historia, plagada de referencias literarias, se deja leer con apasionamiento en su ropaje de novela de aventuras que surca varios siglos. No desvelaré más sorpresas, porque animo a leerla. Y más cuando este tipo de literatura no es nada frecuente en este país. Enhorabuena a Adolfo García Ortega.

Entre los finalistas, quiero resaltar Calle del Paraíso, de Gustavo Martín Garzo, que se lee con placer. Y Leyendo las piedras, de Antonio Colinas: novela entreverada de relatos breves, o colección de relatos con consistencia de novela.

El año 2006 ha sido una buena cosecha para la literatura.

Por cierto: Salamanca, bellísima. Hace tiempo que no la visitaba (antes era casi obligada cita anual) y me reencontré con una ciudad que siempre me gustó.

Mi libro de cabecera no es novedad sino una novela de Vargas Llosa que se me pasó en su día: Historia de Mayta. Voy a saltos de cuarto de hora, así que tardaré en terminarla.

Fatigado del tren, del mismo cansancio y de mi cuerpo, he pasado estos días. Gracias a los amigos que se han preocupado. Y perdón a aquellos a los que no he podido dar debida cuenta de los trabajos pendientes. Los plazos de entrega incumplidos pesan sobre mi cabeza. Pero no doy más de mí (por ahora).