sábado, 16 de diciembre de 2006

Treinta y cuatro minutos

Ángel Díaz, condenado a muerte por asesinato, ha sido ejectuado ayer en Florida. Por un error de los médicos encargados de administrarle la dosis letal a través de una inyección, el veneno ha tardado 34 minutos en hacer efecto. Los testigos cuentan que sus manos, atadas a la camilla, se retorcían manifestando el dolor porque, según parece, el calmante que debía neutralizarlo, no llegó a las venas a tiempo.
Treinta y cuatro minutos para morir.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Ese misma día estaba yo charlando con un grupo de escritores al que
pertenezco sobre un relato del grandioso Kafka: "En la colonia
penitenciaria". Kafka nos presenta una máquina que ejerce justicia sobre un condenado quien no sabe que le va a condenar, por qué le condenan y que no ha tenido defensa previa. Sufre durante doce largas horas el castigo: inscribir sobre su piel el dogma que debería haber cumplido.
Es un relato demasiado horrendo, no sé si porque lo que te hace sentir es demasiado hondo o porque lo que dice contiene demasidas verdades.
Enohorabuena por tu blog Pedro y gracias por compartir esta sabiduria y tus pensamientos.

Piluca.

Y recomiendo a Kafka fervientemente.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Gracias, Piluca. Me alegra saber de ti. ¡Qué actuales siguen siendo algunas lecturas!Siempre hay que arrostrar el sufrimiento aunque sea demasiado hondo o tan cargado de verdades que duela. Para anestesiarnos ya están los gobiernos.

Juan Luis dijo...

Qué terrible. La muerte que debía de ser aquí el castigo, acaba convirtiéndose en una bendición.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

JUAN LUIS: y una tortura horriblemente administrada. Gracias por comentar una entrada de hace tanto y tiempo. Sabes la ilusión que hace.