(Fotografía de Jonathan Tajes para El Día de Valladolid. A Jonathan le debo alguna de las mejores fotografías que me han hecho nunca.)
Este verano,
en la sombra tupida,
cantan los gorriones.
No nos queda mucho tiempo, pero nunca nos vamos del todo.
(Fotografía de Jonathan Tajes para El Día de Valladolid. A Jonathan le debo alguna de las mejores fotografías que me han hecho nunca.)
Este verano,
en la sombra tupida,
cantan los gorriones.
No nos queda mucho tiempo, pero nunca nos vamos del todo.
La metamorfosis de la lila nos explica que la ninfa Siringa, acosada por el dios Pan, pidió el auxilio de los dioses, que no encontraron mejor forma de librarla de Pan que convertirla en el arbusto de las lilas. Pan era mitad cabra y mitad hombre. Hijo de Hermes, habitaba en la Arcadia y provocaba un terror irracional en todo aquel que lo sentía cerca tocando una siringa, una rústica flauta de tubos fabricada por las ramas huecas del arbusto en el que se había trasformado la ninfa. Se había abrazado a él llorando y pudo escuchar el sonido del viento al pasar por el hueco de la planta... ¿Por qué lloraba Pan? El mito griego lo hermosea al decir que lloraba por el amor perdido. Como tantos otros, al llorar regaba la planta y la hacía más grande y fuerte, más hermosa. Todas las primaveras, el olor de las lilas en flor le recordaban la pérdida. La voz de la siringa añade un matiz significativo al denunciar en cada melodía la persecución del macho, la violencia que ejercen todos los que piensan que lo que existe les pertenece sin más, solo por la pasión que despierta en ellos. Especialmente las mujeres. Si dejas de mirar solo a Pan abrazado al arbusto verás un campo entero de lilas.
Tantas veces la vida es adentrarse en un bosque escuchando la melodía de esa flauta. No consuela que otros sufrieran antes el deseo incontrolado de Pan. Bajo el hermoso relato del mito, lleno de los aromas más hermosos, la música más dulce, la primavera eterna de los prados y las fuentes, cuántas experiencias terribles.
El prodigio de este valle lo han hecho las aguas que nutren los arroyuelos que nacen por fuentecillas naturales y escorrentías de los cerros calcáreos del páramo: Prado (que viene de Baltanás), Tojanco (que nace en el paraje de Carrodueñas), Valdemadera, Boquillas... Todos ellos se rinden en el padre Pisuerga, que está ya muy cerca. Es curioso cómo llenan la boca estos términos. Tojanco, que parece venir de las tojas, como se dicen por aquí o decían a las charcas, abundantes en tiempos de lluvia en la zona por las características del terreno, que retiene el agua hasta que se desborda y mana de forma natural en las fuentes o escurre por la pendiente del terreno o hasta que el verano las seca. Me dicen que tojanco en el Cerrato puede significar tozudo. No sé si es cierto, pero algo de obstinados sí tienen estos arroyos que rebajan la tierra para hacerla fértil en la tablada del valle.
Miro el campo, miro los tonos de verde: hojas de los árboles, cereal, hierbas. Arriba, azul, un azul escolar, como el de aquellas pinturas de madera que llevaba en el estuche. Qué torpe fui siempre para pintar, qué torpe para hacer los caminos, los árboles, las casas, el cielo, la vida.
Ya están los almendrucos muy avanzados. Juegan a esconderse entre las hojas, a punto de que los niños se suban a los árboles impacientes. Hace calor estos días, un calor inusual y anticipado que sabe a vacaciones escolares. Debajo de un almendro en flor me besaron. Desde la cuneta, apoyado en el árbol, veo unos corzos saltar entre el cereal aún creciente. Quizá una madre y una cría, que han bajado a beber al arroyo del Prado a pesar de que ya va avanzada la mañana. Desde el valle, el páramo, arriba, aparenta cerros. Toda esta tierra es yeso y brilla como si en la tormenta de ayer hubiera llovido esquirlas de espejos. En las laderas descarnadas brillan a cientos. Puñados de cristales de yeso aventados. Por uno de los caminos de concentración de la Tablada, un jinete trae al trote ligero un hermoso caballo tordo de raza española de gran alzada. Cuando ve venir un automóvil en sentido contrario (una nube de polvo lo anticipa), salta al campo de cereal y lo lleva un rato al galope. Debajo de un almendro en flor me besaron por primera vez. Volaban las hormigas aladas. Al llegar al puentecillo del arroyo, el jinete detiene el caballo y se queda un rato así, mirando hacia mí sin verme.
Estos días de abril hace mucho calor y, por la tarde, se forman tormentas, como antes ocurría en verano. Si ahora mismo levanto la mirada del ordenador, veo por la ventana abierta una nube negra que se avecina sobre la ciudad silenciada. Truena a lo lejos. Cuando comienza a llover, llueve sobre todos sin preguntarnos de dónde hemos venido. Un perro ladra en el parque, se escucha una sirena de bomberos. Llueve sobre todos, pero no de la misma manera. Llueve más sobre el que nada tiene, sobre el que camina por el mundo echado de su tierra.
Y ahora es la malva la que embellece las cunetas y los solares. Cinco pétalos abiertos al sol y al mundo, asilvestrados y orgullosos. Crecen sobre el olvido, sobre la tierra entera, en los lugares más humildes y abandonados. A un lado y otro del camino, sin preguntarnos de dónde venimos ni adónde vamos.
Ningún muro protege, todos encierran.
Con una ramita seca de una mata de tomillo, por el parque, apresuro el paso porque amenaza tormenta. Esta mañana el sol picaba como en esos veranos en los que el calor chupa la humedad de la tierra. No tardan en aparecer algunos relámpagos y unos truenos, poca agua, pero me pongo a resguardo debajo de una cornisa, junto a un grupo de jóvenes. Dicen que hay tardeo en Poniente. Se van abriendo las nubes. ¿Entonces?
¿De dónde venía yo antes de atajar por el parque? De mis soledades, me respondo, y no puedo dejar de sonreírme al citar a Lope de Vega. No me gusta especialmente este poema suyo, que me parece, como mucho de lo suyo, magníficamente escrito, pero escrito por alguien muy pagado de sí mismo, pero en él una gran verdad: No puede durar el mundo, / porque dicen, y lo creo, que suena a vidrio quebrado y que ha de romperse presto. El poema parece escrito a lo que saliere, pero cuando retomo el paso hacia mi casa, con la rama de tomillo en la mano, cada paso suena a vidrio quebrado. Esquinitas de cristales que hieren solo de verlas.
Es curioso cómo insisten los medios de comunicación en ese vidrio quebrado. La manera ya no es información, es provocar la alarma. Vivir en un estado de alarma continuo nos lleva al miedo, un temor constante de que ya nada tiene arreglo y el cielo se nos caerá encima, un miedo que no nos deja ver la belleza de la malva.
Pasé por Labradores para hacer unos recados en el barrio en donde viví hace unos años, pero antes me tomé un café en una terraza del barrio de las Delicias. Últimamente, este café de media mañana se me convierte en una estrategia de supervivencia. No solo necesito la cafeína, es la pausa y contemplar las cosas. La terraza, vacía cuando llegué se fue llenando, quizá por esa costumbre de sentarnos en donde ya hay otras personas y huir de los lugares en los que no hay nadie. Junto a mí, unos jóvenes rumanos, una familia marroquí con un par de niños que desayunaban unas tostadas, dos hombres peruanos, unos abuelos con un nieto en un coche de niños. La camarera era una hermosa joven mexicana. Se hablaba en rumano, español, árabe. Una pareja de novios se inclinaban el uno sobre el otro enlazando sobre la mesa sus dedos. Todos hacíamos lo mismo en esta pausa, tomábamos café, abríamos la bolsita de plástico de la pequeña madalena que venía de obsequio, algunos la mojábamos antes de morderla. La mayoría echaban azúcar en el café, yo no, hace tiempo que dejé de hacerlo. Contemplar las cosas, no pensar. La sonrisa de la camarera, la rabieta de uno de los niños, la complicidad de los amigos, el leve estremecimiento de las hojas de los plátanos. Anoche, ya oscuro, relampagueó hacia el páramo. Por aquí no cayó una gota.
Desde que yo vivía por San Andrés, hay un edificio abandonado como tantos que se levantaron a finales del siglo XIX en Valladolid. Tres alturas, ladrillo cara vista, ventanas con rejería. Una cierta elegancia para la pequeña burguesía de la época o los empleados de sus comercios. Había dos iguales, en realidad, pero uno fue demolido por la propiedad, creo que contra la normativa de entonces (recuerdo que hablé de aquello en este blog). Este que sobrevive estuvo un tiempo ocupado, pero ahora parece completamente vacío. La madera de las contraventanas ha envejecido, pero siempre me gusta apreciar lo bien que estaban hechas. Algunos fragmentos de anuncios, en ellas, son mensajes que cobran ahora un significado diferente, de un tiempo en el que las personas escribían a mano.
En en la avenida de la Estación de Medina del Campo comenzaban a florecer las falsas acacias. Percibí su olor antes de ver los racimos de las flores y no pude resistir la tentación de comer algunas mientras caminaba hacia la plaza Mayor. Aquellas cuatro acacias del camino al colegio en mi infancia que anunciaban ya el final del curso y abrían los minutos de aroma a verano...
También trajinaban ya las hormigas abriendo la boca de los hormigueros entre las baldosas. Este calor tan repentino de abril se ha saltado la primavera. Me quedé embobado un rato, mirándolas, como de niño, antes de seguir camino.
Me tomé un café en una terraza de la plaza Mayor de Medina del Campo, para ordenar un poco las ideas y descansar algo la fatiga que arrastro desde hace unos días. Vino a mi encuentro José Ignacio García, que dirige la Feria del Libro de Medina del Campo desde hace unos años. Mejor que dirigirla, se la ha inventado con esfuerzo y mucha generosidad, como suele. Los amigos, a su llamada, no podemos dejar de acudir. Ha tenido a bien invitarme al diálogo inicial con el pregonero de esta edición, Adolfo García Ortega, uno de los mejores novelistas españoles desde hace décadas. De los que ha labrado una trayectoria personal y sólida fuera del ruido comercial de las editoriales. Cuando uno se adentra en cualquiera de sus obras (novela, ensayo, poesía), sabe que ha entrado en el terreno de la gran literatura desde el primer párrafo. Sus novelas jamás pasarán de moda porque están escritas con el pulso auténtico de esa literatura que nos lleva a comprender al ser humano como si nos embarcáramos en un gran viaje del que nunca saldremos igual que entramos. De eso hablamos y del compromiso ético de su literatura, antes de abordar su última novela, Madre mujer muerta, una historia ambientada a finales del siglo XIX con alguna vinculación con su historia familiar, pero con el pulso narrativo de esas grandes historias de la literatura universal. Una excelente novela.
En el tren, de regreso a casa, anochecía en rojos y naranjas. Hacía calor, un calor desusado, pero al que parece que tendremos que acostumbrarnos.
¿Habrán florecido ya las lunarias en los sombríos del bosque? Aquí y allá, entre la luz y la sombra, atreviéndose a ser, que es lo más complicado de la vida. La lunaria va del verde al morado y luego se hace nácar puro, reclamando algo de concha marina en la subida a los montes de castaños. Elegante y discreta siempre.
¿Fue así el mundo antes? Tan desnudo de elegancia en la boca del poderoso. No solo: gran parte del arte se ha hecho grosero y basto, así también la comunicación entre todos. Si todos gritan, difaman, mienten, ofenden, ¿a quién se escucha?
El grito de las víctimas sepultado por el grito de los victimarios. Toda una definición de nuestro tiempo. El grito como estrategia para ocultar el daño que causamos.
Esta mañana, al amanecer, he recordado los montes que he recorrido. En ellos, el sonido nunca perturbaba ni ocultaba otros. La elegancia de la flor de la lunaria, el canto lejano de la abubilla, el repiqueteo sordo del picapinos.
El silencio es la primera actitud del que quiere ser.
De pronto, una fila de seis cerezos japoneses en flor embellecen una calle anodina llena de automóviles aparcados y contenedores de residuos. El asombro en lo cotidiano, un leve rastro de belleza durante unos días en los que todo son historias tristes. Sakura, prunus serrulata, una variedad que viene del Japón y se planta especialmente como ornamental en las ciudades. Aunque no tuviera otra función, la floración de estas semanas vale una vida. Los japoneses tienen una palabra para explicarlo, hanami, literalmente, la contemplación de la flor de los cerezos. Las de estos árboles son de un rosa elegante, limpio de todo el ruido y el polvo de la ciudad. A veces es solo eso, pero hay que levantar la cabeza del suelo y dejarse sorprender. El cerezo está, pero no basta: hay que mirarlo y dejarse llenar por dentro de su belleza. El necesario pulso de las cosas.
Hablamos por teléfono. Estás ahora en paisajes que tanto hemos disfrutado juntos y puedo seguir tu paseo mientras conversamos: la mimosa derribada por una borrasca hace años que sigue viva y floreciendo, las matas de romero, el acebuche de la puesta de sol, las chumberas. Un poco más abajo, la marisma, Portugal tan cerca. Aquí aún es de día, me dices; aquí ya atardece.
Y este atardecer de hoy anaranjado de calima. Lento y preciso, como si no pudiera hacerse otra cosa ahora mismo que no fuera atardecer.