jueves, 13 de diciembre de 2018

Un autor de éxito con una vida intensa y noticias de nuestras lecturas.


Hay pocos autores en la literatura española como Vicente Blasco Ibáñez (Valencia, 1867 - Menton, Francia, 1928). Sin duda alguna, vivió la vida siempre con intensidad en todo lo que hizo. Fue político y agitador de masas, periodista y editor, promotor de proyectos colonizadores, escritor de fama internacional. En vida gozó de una gran popularidad, fue admirado por muchos y temido por otros tantos, perseguido por sus ideas y acciones -lo que le llevó a exiliarse en varias ocasiones-, dio nombre a una forma de activismo republicano y antimonárquico, pero también decidió asociarse con la industria naciente de la cinematografía para hacerse millonario, puso la escritura al servicio de sus ideas, pero cuando quiso o lo necesitó puso en práctica las técnicas comerciales de la literatura para ganar dinero en el mercado internacional. Desorientó y mucho a los críticos, que aún andan perdidos en eso: todos alaban el vitalismo de su obra, la fuerza y la energía de sus propuestas literarias, pero suele criticarse que subordinaba la calidad a la eficacia narrativa. Por decirlo de algún modo, Blasco Ibáñez no se paraba en chiquitas a la hora de resolver un argumento y hacerse entender por el lector común.

A la altura de 1919, cuando se publicó Los cuatro jinetes del Apocalipsis, gozaba de una larga trayectoria como novelista, incluyendo un puñado de obras que, por una u otra razón, permanecen hoy en día: Arroz y tartana (1894), La barraca (1898), Entre naranjos (1900), Cañas y barro (1902), etc. Con Sangre y arena (1908), una novela llena de tópicos, contraria a su forma de pensar sobre la tauromaquia, pero enormemente eficaz en la narración para un público amplio, alcanzó su primer éxito internacional. Por entonces ya llevaba un tiempo alejado del activismo político y dedicado íntegramente a su carrera como escritor (no retornaría a la primera línea política hasta la dictadura de Primo de Rivera) y la vida le había llevado también Argentina (Blasco había viajado a Francia, Italia, no era un escritor local en absoluto). También se había arruinado por los proyectos colonizadores en América y necesitaba dinero.

Cuando se desató la guerra mundial en julio de 1914 vio su oportunidad. Por una parte, era un ferviente aliadófilo y desde el primer momento escribió a favor de Francia y en contra de Alemania, cuando pocos se atrevían a salirse de la línea marcada por esta en la política internacional y en España abundaban los germanófilos a pesar de la neutralidad oficial. Era la ocasión de manifestar su forma de pensar ante un conflicto en el que se enfrentaban las grandes potencias mundiales y sus diferentes formas de entender las relaciones del poder con los individuos. Por otra, su instinto le dijo que dar testimonio de la guerra como periodista y novelista era la ocasión para consolidar su carrera como escritor internacional y tener éxito. No dudó en trasladarse a París, en donde residió los cuatro años de guerra, incluso cuando el frente estaba tan próximo que bastaba una hora en automóvil para estar junto a las trincheras alemanas. Y allí escribió Los cuatro jinetes del Apocalipsis, con la que consiguió fama mundial. La novela se convirtió en la más vendida en los Estados Unidos en 1919 y le abrió las puertas de Hollywood (de la novela se han hecho dos versiones exitosas en el cine: 1921, protagonizada por Rodolfo Valentino, y 1962, con Glenn Ford). Le hizo rico también.

Hasta mediados de enero dedicaremos nuestro club de lectura a esta novela en la que se nos cuenta la gran guerra desde una historia en la que dos ramas de una misma familia se enfrentan. Un placer para la lectura, que nos ayuda también a reflexionar sobre aquella guerra y sobre la misma construcción de literaria que tenía Blasco Ibáñez, un tipo de escritor poco común en el panorama de las letras españolas.

Los cuatro jinetes del Apocalipsis está disponible en varias ediciones en papel, algunas muy asequibles en precio. También en internet. Recomiendo la edición de la Biblioteca Cervantes Virtual, que puede leerse en este enlace.

Noticias de nuestras lecturas

De París a Argentina y de Argentina a París nos lleva el inicio de la novela. Y fija las premisas tal y como señala Carmen Ugarte en este primer comentario del libro de Blasco Ibáñez.

Cambios en el listado de lecturas del presente curso

Como a la ocasión la pintan calva, los miembros del club de lectura nos sumamos al proyectado viaje de Alumni UBU a Sevilla con motivo de la exposición que conmemora a Bartolomé Esteban Murillo en el Museo de Bellas Artes de aquella ciudad.

Por esta razón, en el mes de febrero leeremos la novela El color de los ángeles de Eva Díaz Pérez (Planeta, 2017), que recrea la vida del pintor y la Sevilla de su tiempo. El resto de las lecturas continuará de la siguiente manera:

- Marzo: Los amores equivocados, de Cristina Peri Rossi.
- Abril: Concierto barroco, de Alejo Carpentier.
- Mayo: Tea Rooms, de Luisa Carnés.
- Junio: La Tesis de Nancy, de Ramón J. Sender.
Recojo en estas noticias las entradas que hasta el miércoles hayan publicado los blogs amigos. Entrada del Club de lectura cada jueves, en este blog, Información sobre el presente curso en el club en este enlace.

ADVERTENCIA: Las entradas de La Acequia tienen licencia Creative Commons 4.0 y están registradas como propiedad intelectual de Pedro Ojeda Escudero. Pueden ser usadas y reproducidas sin alterar, sin copias derivadas, citando la referencia y sin ánimo de lucro.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Niebla


En la paramera, puedes ver llegar la niebla desde quilómetros de distancia, pero cuando dudas de si estás o no dentro de ella hace tiempo que te ha envuelto.

Por la noche se echó la niebla. No amaneció durante años, de tal manera que cuando volvió el sol, muchos habían muerto.

El fío húmedo de la niebla se te mete en los huesos y no te lo sacas fácilmente: está debajo de la piel, donde no hay abrigo.

Tiene tantos nombres la niebla: violencia, sinrazón, nacionalismo, xenofobia, dictadura. Cuando te preguntas si ya estás dentro, hace tiempo que salió del río, acechó las esquinas y mató la luz del sol. Y se te metió en los huesos.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Feliz Navidad y paparruchas





Como muchos, tengo una relación complicada con la Navidad. A veces me he convertido en Ebenezer Scrooge, el protagonista de Canción de Navidad, de Charles Dickens, y he ido gruñendo por todos los lados, paparruchas. Los argumentos son los conocidos: es una fiesta cristiana nacida de una visión falseada del nacimiento de Cristo asumida sin complejos por el mundo capitalista para hacernos comprar lo que no necesitamos. Paparruchas. Así, entramos en contradicción permanente con el significado verdadero que debería regir estas fechas: familia, paz, armonía, buenos deseos. He usado todos: somos hipócritas, el espíritu de la Navidad debería implantarse todos los días y no solo ahora; la Navidad se apropia de tradiciones anteriores y las reconduce en un sentido único. Incluso algún año, por diferentes circunstancias personales, rechacé todas las invitaciones y celebré las fechas más significativas solo en casa y no pasó nada. Paparruchas. ¿Cómo podemos celebrar la Navidad si hay tanta necesidad, dolor e injusticia en el mundo?

Y sin embargo, ahí está la Navidad y sea como sea, merece la pena siempre acogerse a los amigos, salir a la calle a ver a la gente, reunirse con la familia, pensar un poco en cómo somos y cómo queremos ser, dedicar un tiempo a mirar el mundo y repasar las cosas que deben cambiarse y las cosas que merecen ser celebradas, que son muchas más que nuestra forma de enfocar en exclusiva lo negativo suele dejarnos ver. ¿Que deberíamos hacerlo todos los días? Claro. ¿Que deberíamos ser menos hipócitas? Claro. ¿Qué deberíamos echar una mano siempre para solucionar las desigualdades y las injusticias? Claro. Por qué no hacerlo desde hoy aprovechando que estos días de invierno son para encontrarse.

Y por si fuera poco, algunos amigos llaman a la puerta en estas fechas: Mónica, año tras año, nos congrega en una postal a un grupo de amigos desde su blog y el gran José Luis Rúa nos recuerda que en el bajo Guadiana se nos espera cada año. Ambos dedican su tiempo para que todo sea mejor cada año ¡Gracias a todos!

domingo, 9 de diciembre de 2018

Mi padre nunca tuvo tierra propia


Mi padre nunca tuvo tierra propia, pero siempre que pudo se hizo un jardín o un huerto que labraba con amor, sin importarle la propiedad del pedazo de terreno. Recuerdo el jardín junto a la casa de la infancia, haber olido todos los veranos la hierbabuena recién regada y las rosas escogidas para el ramillete que mi madre ponía en el salón de la casa; recuerdo el huerto junto a su lugar de trabajo, el sabor de los tomates nada más arrancarlos de la mata como premio del tiempo dedicado junto a él a entresacar las zanahorias o abrir los surcos con la azada para que circulara el agua de riego y antes, la cuidadosa tarea de sembrar en los caballones; recuerdo cómo me contaba los tiempos en los que fue niño en la huerta que mi abuelo tenía rentada en las tapias del cementerio de Valladolid y las noches en las que oía las ráfagas de disparos, las mañanas frescas aquel tiempo, cuando las familias acudían a reconocer los cadáveres, la mula dando vueltas a la noria para sacar el agua del pozo, mi abuelo trabajando la tierra con los pantalones de pana.

viernes, 7 de diciembre de 2018

La casa


He sentido a mi padre en el jardín
podando los rosales como si fuera marzo.
Bajé a verlo cuidar la hierbabuena,
echar tierra de encina para esponjar la dura
porque el invierno ha sido largo y seco
y hay que mullirla para el tibio estiércol
(luego vendrán las lluvias y las horas de luz
jugando con las hojas del gran chopo).
A ratos se paraba, apoyado en la azada,
las botas de faena hundidas en la tierra,
y me miraba sin saberse muerto.

© Pedro Ojeda Escudero, 2018



jueves, 6 de diciembre de 2018

Los límites de la novela: Sobre Filek. El estafador que engañó a Franco y noticias de nuestras lecturas.



Albert von Filek aseguraba poder fabricar carburante a partir del agua del río Jarama mezclada con unas cuantas sustancias vegetales. Decía ser químico y austríaco, había pasado por la cárcel en tiempos de la república. Todo ello inspira confianza en la España de los primeros meses de la posguerra y recibe el apoyo del ministerio de industria y comercio para levantar una fábrica y comenzar la producción. Aquella España de 1939, recién terminada la guerra, estaba arruinada en todos los sentidos pero principalmente en lo moral y en ella alguien con la habilidad suficiente y pocos escrúpulos podía hacer fortuna. Ignacio Martínez de Pisón se había encontrado al personaje mencionado en apenas unas líneas de Franco, caudillo de España, la biografía del dictador redactada por Paul Preston, y detectó en él una historia que había que contar.

En Filek hallamos el relato biográfico de un personaje singular que llegó a engañar a todo un gobierno en la mayor de sus estafas, pero también el cuadro de costumbres de una sociedad en la que se cruzaban la modernidad y el atraso social, la ignorancia más soberbia y la pretensión de grandeza y la realidad más gris. Un caldo de cultivo muy apropiado para que aparezca gente como Filek, más que un estafador un timador que puede ser todo lo que finge ser precisamente porque sus víctimas lo necesitan, en su ambición. El tipo, con los cambios oportunos según los tiempos, lo encontramos en todas las épocas históricas, incluso hoy.

Filek es una obra sugerente que es y no es lo que parece. Tiene parte de biografía, ensayo, cuadro de costumbres... pero no debe escapársenos algo más que es también: ficción. Quizá esto extrañe mucho a quien la haya leído y tomado por una biografía tradicional o hasta un ensayo y haya buscado información sobre el protagonista y todos los personajes y datos históricos que desfilan por las páginas. Incluso se puede acceder a la página de internet del Boletín Oficial del Estado del 5 de enero de 1940 y descargar el Decreto de 15 de diciembre de 1939 disponiendo la declaración de urgentes a las obras de instalación de la Fábrica de Carburante Nacional, del que es inventor don Alberto Elder von Filek. De forma muy sutil, Martínez de Pisón nos lleva a la ficción en todas las ocasiones en las que hay que rellenar los huecos biográficos, situándose como narrador frustrado en muchas ocasiones. Suele hacerlo mediante preguntas más o menos retóricas, con lo que conduce a quien lee a construir un relato propio de aquel extraño personaje: es posible salir de la lectura del texto con diferentes imágenes mentales de quién fue el personaje. Esta habilidad encaja en la ampliación de los márgenes de la novela en el campo de la literatura de no ficción y es una de las claves de lectura del texto. De hecho, las dudas manifestadas por Martínez de Pisón nos dejan hueco suficiente a la imaginación. ¿Era Filek un vulgar estafador que se aprovechó de la mediocridad de los gobernantes o un espía nazi? ¿Era austríaco o alemán? ¿Cuál fue realmente su  origen o su final? Cualquiera de las respuestas que demos a los enigmas sobre su vida abren nuevas puertas a la interpretación de lo real pero también a la ficción.

En el fondo, lo que se nos presenta de Filek es un bosquejo de vida. Sobre cualquiera de nosotros hay datos, dejamos rastros oficiales de nuestras vidas aquí y allá y aparecemos en registros oficiales o en los boletines de la administración. Pero Martínez de Pisón, sabiamente, nos lleva más allá: ¿somos realmente lo que los datos dicen de nosotros, la interpretación rigurosamente histórica de nuestros registros de vida nos dan una visión completa de una vida? Y más preguntas inquietantes: ¿hasta dónde es posible construirnos una vida fingiendo continuamente nuestros datos? Pasado el tiempo, con los mismos datos, alguien puede contarnos para que seamos una cosa u otra: esa es la tarea de la ficción narrativa basada en datos reales.

Noticias de nuestras lecturas

Pancho da en la diana en su lectura inicial de la obra: el autor como cazador de historias interesantes que sorprenderán al lector. Y no os perdáis en el final de su entrada a Sabina, claro...

No os perdáis la primera entrada de Mª Ángeles Merino sobre esta obra: su encuentro con un anciano caballero le lleva a comentar agudamente con él algunas de las características de la construcción de la historia por Martínez de Pisón.

El pasado martes 27 de noviembre tuvimos la reunión de la sección presencial de nuestro Club de lectura. Resultó una sesión amena e interesante. Mª Ángeles Merino publica la reseña del acto. Su trabajo es más loable que nunca teniendo en cuenta que este título no le gustó demasiado.



Pancho continúa con el comentario de Cien años de soledad, que nos ocupó hasta hace unas semanas. En esta entrada suya de ahora se puede apreciar cómo los personajes pueden desarrollar cambios en sus vidas que podrían contradecir el hecho de que todo esté escrito. Y termina con Jorge Cafrune, con lo que ya podéis acudir rápidamente a leer la entrada.

Cambios en el listado de lecturas del presente curso

Como a la ocasión la pintan calva, los miembros del club de lectura nos sumamos al proyectado viaje de Alumni UBU a Sevilla con motivo de la exposición que conmemora a Bartolomé Esteban Murillo en el Museo de Bellas Artes de aquella ciudad.

Por esta razón, en el mes de febrero leeremos la novela El color de los ángeles de Eva Díaz Pérez (Planeta, 2017), que recrea la vida del pintor y la Sevilla de su tiempo. El resto de las lecturas continuará de la siguiente manera:

- Marzo: Los amores equivocados, de Cristina Peri Rossi.
- Abril: Concierto barroco, de Alejo Carpentier.
- Mayo: Tea Rooms, de Luisa Carnés.
- Junio: La Tesis de Nancy, de Ramón J. Sender.


Los cuatro jinetes del Apocalipsis nos acompañan esta Navidad


Esta novela de Vicente Blasco Ibáñez nos acompaña estas próximas semanas. Una lectura apasionante que sorprenderá a muchos. Para demostrarlo, Paco Cuesta ya ha comenzado por donde debe: hablándonos de la apasionante personalidad del autor. No te pierdas esta entrada suya.

Cerraremos la lectura al regreso de las vacaciones de Navidad, dada su extensión. En la versión presencial del club la comentaremos en una sesión conjunta con los alumnos del curso sobre la primera guerra mundial y sus consecuencias, organizado por Alumni UBU.

Recojo en estas noticias las entradas que hasta el miércoles hayan publicado los blogs amigos. Entrada del Club de lectura cada jueves, en este blog, Información sobre el presente curso en el club en este enlace.

ADVERTENCIA: Las entradas de La Acequia tienen licencia Creative Commons 4.0 y están registradas como propiedad intelectual de Pedro Ojeda Escudero. Pueden ser usadas y reproducidas sin alterar, sin copias derivadas, citando la referencia y sin ánimo de lucro.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Silbo en silvas del terror


El 28 de julio de 1936, Ildefonso Manuel Gil es encarcelado en el Seminario de Teruel por republicano. Permanecerá prisionero hasta el mes de marzo de 1937. Durante ese tiempo, sufrió la dureza de la prisión y el asesinato de muchos de sus compañeros en las sacas diarias, junto al lógico temor de ser incluido en una de ellas. Se libró, pero después de su excarcelación fue depurado de su puesto por las autoridades franquistas y tuvo que ganarse la vida durante años en el estrecho margen que le permitía el nuevo régimen. Hasta la apertura gradual de los años cincuenta, no pudo consolidar un puesto de trabajo y, en cuanto le fue posible, marchó a los Estados Unidos en los años sesenta como profesor universitario para escapar de la continua vigilancia a la que era sometido por su pasado.

En su obra literaria revive en varias ocasiones su experiencia como preso en el Seminario de Teruel. Partidario de llevar a la escritura la conciencia de la dignidad humana, de la unión de vida y literatura y de la autenticidad del poema, eleva también la necesidad del compromiso en una época en la que esto podía suponer graves riesgos personales.

Como decía en mi entrada de ayer, en su segundo poemario tras la guerra civil, El corazón en los labios (Valladolid, Halcón, 1947), figura uno de los poemas claves en el testimonio de la primera postguerra, Silbo en silvas del terror, dedicado al poeta canario afincado en Valladolid Fernando González (catedrático de lengua y literatura depurado y apartado de su cátedra, era director de la revista Halcón). De hecho, el poema constituye la sección última del libro y lo cierra perfectamente, como piedra angular del mismo título.

Por razones evidentes, en el poema se alude a lo vivido en Teruel sin entrar en detalles concretos: hubiera sido imposible publicarlo de otra manera, pero en él se dan los suficientes datos para que el lector comprenda la razón de la escritura:

Pronto serán diez años. Todavía
hay un eco reciente,
un sentir el momento de agonía
en sacudida hiriente
de los nervios tensados duramente.
Aun se acongoja el alma con el ruido
candente del cerrojo
por alevosa mano descorrido.
Aun se cierran los ojos 
para hurtar a la muerte sus antojos.

El terror vivido se presenta físicamente en el poema (venas, garganta, llanto, manos), hasta culminar en una imagen que procede la poesía clásica, lo que permite alejar la sensación de dolor sin ocultarla, elevando la intensidad del tiempo:

Como una garza herida
que va sembrando el aire de su duelo,
y su único consuelo
es retardar un punto su caída,
buscábamos la suerte
de retrasar un día nuestra muerte.

Un día era un inmenso
camino abierto a pura lejanía,
un vivir tan intenso
que con la eternidad se confundía.

La elección de la silva como estrofa también permite oscilar al autor entre la presencia constante de la muerte en el recuerdo y el distanciamiento provocado por la construcción literaria:

El alma se curvaba
sobre su débil tallo de amapola,
en tanto que sonaba
con un rumor de ola
el paso de la muerte que avanzaba.

En ese momento, el poema gira del recuerdo al testimonio gracias a la introducción de la voz del poeta, que da fe:

Puedo decir y digo
el horror de una voz que va nombrando
a la muerte sus frutos.
Llevo ya tanto tiempo recordando
el adiós tembloroso del amigo,
que ya no estoy conmigo,
pues me pierdo en la noche de mis lutos.

Y de esa memoria nace la construcción de una poética que acompañará a Ildefonso Manuel Gil en el resto de su caminar literario:

Vigilias del espanto, atormentadas
vivencias sin olvido,
estáis en mi memoria tan guardadas
que apenas ha salido
de mi verso una voz que no haya sido
por vuestro silbo agudo modulada.

¿Cómo podemos olvidar a autores como Ildefonso Manuel Gil que, en tiempos como aquellos, supusieron el necesario puente que impidiera la ruptura de la memoria, de la conciencia y del testimonio, que contribuyeron también a conectar con la cultura anterior a la guerra? Si algunos leyeran más y escribieran y hablaran menos o con más humildad...

martes, 4 de diciembre de 2018

Un poema de amor o cómo hoy me reencuentro con Ildefonso Manuel Gil

 

Hoy, un impulso me ha llevado a la estantería en donde conservo, como un secreto placer, los libros de Halcón, la colección de poesía del Valladolid de la postguerra que compré en la venerable librería Relieve, con sacrificio económico, en mi época de estudiante universitario. Halcón nació como revista en la tertulia que sostenían Luis López Anglada y Manuel Alonso Alcalde en el desaparecido Café Bar y Restaurante Cantábrico (calle Santiago, esquina Plaza Mayor), a los que se sumó pronto Arcadio Pardo por iniciativa de Narciso Alonso Cortés, catedrático de lengua y literatura del Instituto Zorrilla en el que estudiaba. Cuatro nombres que asombran vistos dese hoy, a los que se incorporaron otro catedrático de literatura, Fernando González, purgado por el régimen de Franco por ser republicano, y Miguel Delibes, que se limitó a poner a disposición de la revista lanzada por sus amigos el recién obtenido carnet de prensa, precepto legal para que se pudiera publicar. Los trece números de la revista vieron la luz desde 1945 hasta 1949. Antonio Merino fue el autor del extraordinario dibujo del halcón que figuraba al frente de cada número. Este halcón se encontraba también en la portada de la colección de libros de poesía, que se publicó desde 1946 hasta 1950. Fueron un total de dieciocho títulos, todos ellos memorables, de autores como Rafael Montesinos, Luis López Anglada, Rafael Morales, Arcadio Pardo, Gabriel Celaya, Manuel Alonso Alcalde, Victoriano Crémer, etc. Solo la desidia que impera en las cuestiones culturales de este país puede haber hecho que muchos de ellos hayan caído en el olvido en las últimas décadas y que sean absolutos desconocidos para tantos poetas jóvenes actuales (tan viejos ya) que deberían sentirlos como afines en tantos sentidos. Muchos deberían hablar y escribir menos -o hacerlo con más humildad- y leer más: se sorprenderían de lo que es compromiso en tiempos difíciles y encontrarían en aquellos versos cosas cuyo hallazgo se adjudican por ignorancia. Incluso por las mismas calles que conocieron los promotores de Halcón. Cuánta soberbia hay en la ignorancia.

La mano me llevó hacia el número 9 de la colección, El corazón en los labios (1947), del zaragozano Ildefonso Manuel Gil (1912-2003), también represaliado por la dictadura franquista. Tuvo que marchar al exilio en 1960 y no regresó definitivamente hasta 1983. El libro se estructura en seis partes: Homenaje a los románticos (este largo poema ya había sido publicado en la revista Literatura, que dirigiera el propio poeta y al reproducirlo en el libro vuelve a dedicarlo, significativamente, "al gran poeta ausente", Juan Ramón Jiménez), Cinco poemas de amor (dedicados a su esposa, Pilar Carasol), Juegos (sobre la necesidad del juego en el ser humano y la retórica como juego poético), Presencia (a su madre muerta), La soledad esperanzada (dedicado a su amigo, Ricardo Gullón) y Silbo en silvas del terror (esta última compuesta por un solo poema, dedicado al poeta Fernando González, en el que recuerda la experiencia trágica de la prisión en el Seminario de Teruel y la muerte de los compañeros, del que hablaré otro día puesto que es uno de los poemas más valientes publicados en la primera postguerra: buscábamos la suerte / de retrasar un día nuestra muerte). 

La mano es sabia, claro, y me llevó hasta un poema de amor de los cinco que dedica a su esposa. ¿Cuánto hacía que no leía este poema?  ¿Veinte años? Qué sorpresa encontrarlo hoy, tan recién hecho. Qué hermosura más sencilla la de la pareja de amantes paseando en el pinar:

Caminaré a tu lado por la verde
vereda del deseo, entre los pinos
recién mojados por la suave lluvia
que cuelga de la tarde sus tapices
sutilmente tejidos de alegría.

   El monte nos dará sus claridades
bajo cuya verdad las cosas tienen
el gozo de sentirse entre sus límites
exactos y seguros.
                              Hondo aliento
de la vieja ternura de la sangre,
latiendo sobre un mundo sólo de ella,
que es todo para ella, razón última
de su existir sereno y luminoso.

Para después sorprender la armonía entre el ser humano y el paisaje:

   En el paisaje que la lluvia afina
hay un candor humano, una pureza
desprendida del hombre, abandonada,
sin que ellos lo supieran, por algunos
que durmieron su sueño sobre el césped
dejándose caer hacia la tierra,
cansados de sí mismos, traspasados
de un amor repentino por las cosas,
por el mundo de afuera, tan preciso.

Y la reacción de los amantes ante tanta belleza sencilla (Nuestros dedos / quieren coger un pájaro / una nube, responder al latido de una piedra, / descifrar el mensaje de la brisa.), para comprender que es imposible atraparla pero queda la llamada del deseo, el impulso para nuevas cosas:

Pájaro, piedra, nube, césped, brisa,
todo eso vive aparte de nosotros,
pero nos llama a abrirnos al deseo
con la misma pureza que la tierra
abre su entraña al beso de la lluvia.

El amor como salvación, como unión con la naturaleza del mundo abierto en herida trágica. Me quedaré un rato más entre las páginas de este libro, que hay que leer entero para comprender bien su ritmo y cada poema. Que venga la noche, mientras tanto.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Qué tienes que tienes nada


Y ahora qué tienes,
que tienes nada,
que ni el recuerdo
en la piel conservas
del aire bajo el almendro,
qué tienes que tienes nada
de aquellos soles de infancia.

© Pedro Ojeda Escudero, 2018

domingo, 2 de diciembre de 2018

Una gota de agua


No pudo hacerme mejor regalo antes de marcharse unos días: una gota de agua sobre la hoja. Mira, sonreía. Lleva unos meses intentando salvar esta planta. Mira, como cuando me mostró el mar como si lo hiciera nuevo. Así ando yo ahora, procurando que no caiga la gota. ¿Cómo conseguir de nuevo ese momento cuando regrese?

lunes, 26 de noviembre de 2018

Pinares en niebla


Y a fin de cuentas, qué somos, qué soy
en las mañanas frías de este otoño,
caminando en los pinares en niebla.

© Pedro Ojeda Escudero, 2018

domingo, 25 de noviembre de 2018

El canto de plano


Calculé la distancia y tiré el canto. Una, dos, tres, antes de hundirse en el agua. La charca se llenó de ondas. Recuerdo la sensación aún y que no había nadie junto a mí. ¿Existió aquel prodigio que no repetí o lo imaginé como soñaba regates en el campo de fútbol improvisado en el barrio? Para un niño algo torpe y retraído no estaba mal, tres saltos nerviosos y certeros sobre la superficie de la charca. La piedra se sumergió después, guardando el logro en el barro.