miércoles, 17 de octubre de 2018

Trenes


Tomo el tren. Qué fácil
es decirlo así:
subí al tren, ocupé
mi plaza,
la que me corresponde,
tras quitarme el abrigo.

Abro un libro que no voy a leer.
Cierro los ojos. Pienso
en la puntualidad
extraña
de los últimos trenes.

© Pedro Ojeda Escudero, 2018

martes, 16 de octubre de 2018

Desde el tren, con Antonio Machado


Hoy tocaba Antonio Machado en clase y cuando toca Antonio Machado es siempre fiesta. ¡Campos de Castilla! Cómo rehace el autor este poemario desde la primera edición de 1912 hasta la segunda, cuando lo incorpora en sus Poesías completas en 1917. Qué año aquel para el que gustara de la poesía de verdad: Diario de un poeta reciencasado (1916) de Juan Ramón Jiménez y las Poesías completas de Antonio Machado dejan desbrozados y limpios los caminos principales que seguirá la poesía española hasta hoy.

Desde el tren recuerdo los versos que he explicado en clase y los giros que va tomando Campos de Castilla: el proyecto ideológico inicial de reflexión, el golpe emocional del fallecimiento de Leonor y la entrada de lo autobiográfico y la hondura popular del final. Siempre con Unamuno como marco teórico pero jugando con la poesía tradicional, con Garcilaso -al que reta en Allá, en las tierras altas, para adaptarlo a su propio tono y sale victorioso frente a ese monumento de la poesía española que es la Égloga I-, con Rubén Darío, con tantos otros. Pasa por el retoricismo, se carga del lirismo más profundo y sonríe con lo prosaíco, nos lleva y nos trae entre los estilos. Y todo integrado en Machado, fortaleciendo la unidad de un poemario que evoluciona página a página para cerrar un tipo de poesía y abrir otra, la nuestra.

En Campos de Castilla hay varios viajes en tren: el vagón de tercera del poema CX, el viaje del CXXVII. En el tren fecha Recuerdos. Escribo esto en un tren, lleno la cabeza de Machado, con el deseo de haber trasmitido mi pasión a los jóvenes que me escuchaban hablar y detenerme en una palabra como si no pudiera salir de ella.

En el tren, por estos campos: Arlanzón, Arlanza, Pisuerga. Más allá, el Duero y el mar. Chopos, corzos, sembrados y baldíos, valles y cerros, todo pasa. El tren me lleva y, en el tren, Machado.


lunes, 15 de octubre de 2018

Pasó el huracán Leslie


Pasó el huracán Leslie y, a pesar de los daños y de los fallecidos, algunos se han sentido decepcionados ante un huracán convertido en tormenta. Hay quien asiste a la destrucción como espectáculo y si no llega la desolación se sienten insatisfechos.

jueves, 11 de octubre de 2018

Doce años de La Acequia


Tiene el agua corteza
de espejo, densidad
de paisaje y mirada
de misterio
profundo.
Se dice agua y se dice
todo lo que llevamos
en vida.
También lo que no somos.
© Pedro Ojeda Escudero, 2018

Este blog cumple hoy doce años. Vuelvo a daros las gracias a todos vosotros.

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Breve historia de La Acequia (pincha sobre los enlaces para acceder):
Primera entrada (11 de octubre de 2006).
Razón del título del blog (12 de octubre de 2006).
Primer año.
Segundo.
Tercero.
Cuarto.
Quinto.
Sexto.
Séptimo.


miércoles, 10 de octubre de 2018

Dirección obligatoria


Esas señales de dirección obligatoria en un aparcamiento completamente vacío. Y tú, mirándolas, decidiendo.

martes, 9 de octubre de 2018

Un claustro renacentista y la condición humana


Una comunidad de vecinos tiene un claustro renacentista de un antiguo convento que se demolió para construir las viviendas nuevas. Según la normativa, es un espacio privado de uso público durante las horas comerciales, pero la propiedad es de la comunidad de vecinos. Cuando se restauró lucía hermoso y era un ejemplo arquitectónico de cómo era la ciudad hasta que vino la piqueta modernizadora. Han pasado unas décadas. Tampoco tantas. El claustro presenta un aspecto deteriorado: abandonado, sucio, lleno de maleza, algunas partes deterioradas irremediablemente. Se encuentra en uno de los lugares más caros de la ciudad, así que supongo que sus propietarios no andan escasos de recursos y la situación se debe a otra cosa. Si estuviera en mitad de un valle de la meseta, junto a un regato rodeado de chopos, me sentaría en las ruinas a meditar sobre el paso del tiempo y la hermosura de la decadencia de las obras humanas, alabaría la victoria de la naturaleza sobre la soberbia de nuestro carácter y recordaría tantos poemas que tratan de eso. Aquí, en el centro de la ciudad, me hace pensar en la condición humana.

lunes, 8 de octubre de 2018

El palomar del párroco de Tierra de Campos


A las palomas les tiene sin cuidado su mala o buena fama. Es curioso cómo un mismo animal puede ser el símbolo de la paz y un problema, incluso desencadenar una fobia. Conozco personas que no pueden atravesar una plaza llena de palomas y otras que van todos los días a alimentarlas.

El párroco de un pueblo de Tierra de Campos de cuyo nombre no quiero acordarme, puso un palomar en la bóveda de la iglesia parroquial por aquellos tiempos en los que había fuerzas vivas en los pueblos (el alcalde, el boticario y el cura). La iglesia era el único resto de un antiguo convento del siglo XVII, separado del pueblo por la carretera nacional. Hizo cuentas sobre los pichones que podría añadir cada año al arroz cuando se comía arroz con pichones como un manjar digno de los dioses. Incluso echó cálculos sobre los que podría vender cuando hubiera de más según el criterio de su estómago, siempre fiable. Vivos o muertos, porque era un hábil ejecutor de los palomos: con dos dedos y en un solo golpe. Se le fue la cabeza ya mayor y le retiraron de la parroquia también por la sospecha de no sé qué imágenes de santos, vírgenes y angelotes del retablo barroco que un anticuario de la ciudad sacó a subasta. En su lugar, llegó un joven sacerdote sudamericano que procedía de un cercano convento jesuita, un tanto tocado por la teología de la liberación y motivador de reuniones para debatir el evangelio, al que le tocó oficiar en una docena de pueblitos cercanos a lomos de una vespa. Por supuesto, al párroco retirado se le olvidó decirle lo del palomar al nuevo y allí quedó, abandonado en la bóveda de la iglesia. Pasado el tiempo, el peso de la palomina, que durante años también se vendió como abono, afectó al techo del templo, que comenzó a hundirse porque todas las cosas obedecen a la gravedad. Aquí, allá, desconchamientos, humedades, abombamientos, vigas de madera curvadas peligrosamente. El obispado adujo que no tenía recursos propios, abrió suscripción popular para arreglar la parroquia y solicitó una cuantiosa ayuda a la administración, que fue concedida. Aquel viejo cura ya no era cura y andaba en  una localidad cercana, en una residencia para sacerdotes ancianos, perdida del todo la memoria. Quizá recordaba aquel arroz con pichones de los domingos. Es un sabor que jamás se olvida.

domingo, 7 de octubre de 2018

Se empeña mi sombra en seguirme


Hay tantos que dicen saber cómo soy que yo me desconozco.
*
Bajando a Hoya Moros por la ladera nevada se hizo el silencio. Fue así: se hizo. Manolo y yo lo sentimos, callados, durante unos minutos, los que tardó en pasar el grito de un ave. Algo así he necesitado estos días, pero no había nevado y la sierra estaba lejos. El silencio no siempre encuentra la forma de rodearte.
*
Os voy a contar un secreto: en algunos momentos de mi vida me hubiera gustado estar muy lejos de mí.
*
Se empeña mi sombra en seguirme, como si no tuviera mejor cosa que hacer en la vida.
*
A veces el silencio es la luz sobre un color en un jardín interior.


sábado, 6 de octubre de 2018

He aquí acerolas


He aquí acerolas. Un poco más tarde de lo habitual. Había un cierto temor, ¿si no las encuentro? ¿Si este año será el primero sin acerolas? Pero ahí están, frutos humildes, de niñez de antes, buscando la pared al sol para las mañanas frías: ácidas y frescas, abriendo la puerta al otoño. Compré dos, tres, cuatro, cinco puñados. Más sabrosas que el año pasado, de los mismos árboles -los antiguos, los de hace años, ya no dan frutos, quemados por la erwinia amylovora, la bacteria que los destuye, muerto ya su dueño también-. Poda poco, me dijo el año pasado el que ha tomado el relevo del puesto de la calle de la Mantería, poda poco, no hieras al árbol. Quién sabe si así. Un año más, ahí están, las acerolas. Un poco más tarde, pero ya han alegrado la mesa de la casa y quien entra en ella, sonríe: ¡acerolas, acerolas, como cuando niño y las tardes se acortaban!

Las manos son balanzas: puñados de acerolas. Hay otoño, este año también hay otoño.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Que vengan las nieblas y cieguen todo


Caminamos hacia el otoño, aunque no nos lo parezca. Tengo ganas de que la punta de la nariz se me quede fría y tenga que calentarla alentando al taparla con la manos. Guantes, el cuello subido del abrigo, las nieblas. Que vengan las nieblas y cieguen todo para verlo mejor, más adentro. Los puestos de castañas. Tu cara sonriente y sonrosada por el viento helado, asomando por encima de la bufanda, tus labios antes del beso, el sabor cálido de tu boca en la tarde larga y lenta de noviembre.

martes, 25 de septiembre de 2018

¿Brotarán acerolos en Sevilla?


A estas alturas, el año pasado ya había comido acerolas y caían las bellotas maduras de los robles en la sierra de Béjar, alfombrando los caminos. Este año no he encontrado aún acerolas en los mercados ni en las fruterías de mi tierra y en la sierra las bellotas ni siquiera son perceptibles. En septiembre del año pasado me anunciaron que los acerolos estaban enfermos, que el fuego bacteriano acababa con ellos: los quema. Un contacto sevillano me pidió semillas para intentar aclimatarlas a su tierra y se las mandé. Estoy nervioso, me dijo que necesitarían dos años para germinar. No sé si conseguirán brotar y de alguna manera un acerolo castellano tendrá descendencia andaluza. Quizá el árbol madre ya haya muerto para entonces, quizá ya ha muerto, oscurecido, quemado y seco. Este fin de semana me consolaba mirando los erizos de los castaños, esperando los calbotes de noviembre, asados a la leña de la hoguera, allá en Candelario o en Peñacaballera. ¿Llegarán las noticias de que han brotado acerolos en Sevilla, tardarán un poco las bellotas de los robles en golpear con su ritmo el tambor de la tierra?

lunes, 24 de septiembre de 2018

Quitameriendas


Quitameriendas, robameriendas, lirios de otoño. El prado, junto al refugio, estaba lleno. Al fin pude escaparme para subir, con los amigos, al inicio de la sierra, a celebrar el comienzo de la estación en la dehesa de Candelario. Hubo jolgorio y risas, también comida abundante, buen vino, orujo y su pizca de mezcal mexicano. Se celebraban cosas diversas pero especialmente la vida en todos sus tránsitos y etapas. Tenía yo ganas de sierra, que es como decir tener ganas de los amigos. Fue tal la alegría del reencuentro que el silencio se hizo imposible: se habló de todo para ponernos al día y en la sobremesa del tema serio del día, las relaciones entre el individuo y la sociedad, sobre la consideración de la bondad en ese ámbito y de lo que se debe o no ceder para vivir en grupo. Esperábamos al amigo Rousseau pero Juan Jacobo debió perderse por los caminos que suben a la sierra y bajan al Cuerpo de Hombre y no apareció en todo el día. Al final de la tarde -¡cómo se han acortado ya los días!- recordaba yo los quitameriendas del prado junto al caseto, la elegante manera que tienen de anunciar el otoño sin dar voces, dejando que la vida siga su curso.