domingo, 23 de noviembre de 2014

Que no encuentren nuestra huella


Saqué el termo con café y dejé la mochila en el suelo, estiré la espalda. En todo camino hay un momento como este. No importa lo que nos depare el horizonte ni de dónde vengamos. Por suerte, el viento y la lluvia de este día habrán borrado ya nuestras huellas. Somos nada. Y disfruto de esa condición tan hermosamente certera tomando a sorbos mi café sin azúcar, que aún guarda el calor de la cafetera de esta mañana.


sábado, 22 de noviembre de 2014

La importancia del patrimonio civil. El viaje de las aguas de las Arcas Reales de Valladolid

Arca número 1, levantada en 1589. Los escudos son de la Corona y de la ciudad de Valladolid. La leyenda de la parte superior dice: "REINANDO LA MAGESTAD DEL REI DON PHILLIPE II NUESTRO SEÑOR ACABO ESTA ARCA. VALLADOLID SIENDO CORREGIDOR DELLA DON GARCIA BUSTO. AÑO DE 1589". El deterioro de la escalinata es evidente.

Estos días documento algunos lugares que me interesan por varias razones y salgo casi siempre preocupado del estado en el que se conserva nuestro patrimonio. No es solo que la crisis económica haya paralizado proyectos o que la gran variedad, calidad y cantidad de nuestro patrimonio haga difícil su consolidación, mantenimiento y puesta en valor. Es algo más puesto que muchos de los males que afectan a esta cuestión ocurrían también en la época de bonanza, cuando se derrochaba dinero en cualquier cosa, cuando todo merecía el calificativo de cultura -hasta las fiestas cuya principal actividad era el botellón- y se gastaban fortunas en obras de arquitectos que han terminado arruinando a instituciones públicas, ciudades y comunidades enteras. Y hoy, en crisis económica, se sigue apostando por otras cuestiones antes que por esta. Y no me refiero, como se puede entender, a las necesidades básicas de los menos favorecidos ni los servicios sociales.

En primer lugar, siempre ha sido difícil convencer a un concejal o a un alcalde para que invierta en patrimonio antes que en festejos o actividades promocionales. Sorprendería ver las cifras destinadas a ferias de pinchos o gastronómicas comparándolas con las destinadas al cuidado de nuestro pasado. El patrimonio nunca ha dado tantos votos como una buena jarana pública con decibelios, parrillas grasientas y vino en vasos de plástico.

En segundo lugar, nunca se han preocupado de verdad nuestros responsables políticos en lanzar una campaña de educación ciudadana que extienda el valor de la conservación del patrimonio heredado. En España se han hecho barbaridades, auténticos delitos patrimoniales, pagadas por las instituciones públicas. Y casi nunca es posible la marcha atrás en estas cuestiones. La falta de una educación extensa en estas materias trae como consecuencia que la mayoría de las personas no valoren los monumentos del pasado. Quizá sí las grandes obras, esas que no necesitan la evidencia de su importancia: una Catedral, un puente romano en uso todavía, el Acueducto de Segovia. A veces solo porque son notables las repercusiones económicas a través del turismo.

Pero en España contamos con miles de monumentos abandonados a su suerte: ermitas, monumentos megalíticos... Y el abandono es llamativo no tanto en el patrimonio religioso como en el patrimonio civil. Se han dejado caer o derribar antiguas lonjas, mercados, fábricas de todo tipo, ingenios industriales que recuerdan que España también tuvo un pasado de innovaciones en este sentido.

He paseado uno de estos lugares que deberían figurar en todas las guías turísticas de interés. El viaje de las aguas desde el pago de Argales hasta la ciudad de Valladolid fue uno de los proyectos de ingeniera hidráulica más importantes concebidos en Europa en el siglo XVI. Se iniciaron las obras en 1586 pero los problemas de financiación y las dificultades técnicas impidieron que se terminara hasta 1622, aunque con posterioridad fue ampliándose la red, que estuvo en servicio hasta el siglo XX (en 1974 se declararon las aguas no potables).

Valladolid, a pesar de tener dos ríos que la atravesaban (el Pisuerga y el Esgueva, este con varios ramales en su trayecto final) y multitud de pozos y manantiales, tenía serios problemas para el abastecimiento de aguas de calidad. El Esgueva, con sus inundaciones, su fuerte período de estiaje en verano y la costumbre de servir de lugar para el vertido de todas las basuras urbanas, pronto demostró ser insalubre y causa de malos olores y enfermedades. El rey Juan II de Castilla, muy vinculado a la ciudad, donó en 1440 a los monjes del monasterio de San Benito el pago de Argales, en donde se encontraban varios manantiales famosos por la pureza de sus aguas. Los monjes construyeron una primitiva tubería de barro cocido que recorría los casi seis quilómetros desde el manantial hasta su monasterio, uno de los más importantes de la Corte. La conducción, terminada en 1443, demostró ser insuficiente -no elevaron las aguas como se conseguiría con las arcas y el caudal era muy irregular- y necesitaba continuas y costosas obras de mantemiento a las que no podían hacer frente. Esto, sumado a las necesidad de agua potable de la ciudad, llevó en 1586 a un acuerdo de cesión al Ayuntamiento de la traída de las aguas desde Argales hasta el centro de la ciudad, con la condición de que también se abasteciera al monasterio.

El proyecto presentaba una gran dificultad no tanto por la longitud como por el mínimo desnivel que existe entre los manantiales y la ciudad. Lo acometió Juan de Herrera, el gran arquitecto del momento, que contaba con la protección de Felipe II, quien amparó e impulsó la obra. Por aquellos tiempos, Herrera había comenzado los trabajos de la Catedral de la ciudad. Llamado por Felipe II para levantar El Escorial, las obras las ejecutaron inicialmente Juan de Nates y Diego de Praves: 32 arcas que servían para recoger el agua de los manantiales y canalizarla de tal manera que la filtraban y controlaban su caudal, salvando el desnivel del terreno (de todas ellas solo se conservan 9 reconocibles y restos de otras cinco), el acueducto (en su primer tramo aéreo, luego enterrado) y ocho fuentes de las que se abastecerían los aguadores, que tenían licencia municipal para venderla trasportándola en carros, mulas o burros por las calles.

Todo aquello supuso un enorme esfuerzo de técnicos especializados en el tratamiento del agua, su captura y conducción y la inversión de fuertes sumas municipales para ejecutar unas obras necesarias para el abastecimiento urbano. Y el fruto fue un agua alabada por su calidad para el consumo desde el siglo XVI hasta el siglo XX.

Es fácil de seguir el viaje de las aguas: basta con tomar un plano de la ciudad y buscar la calle del Arca Real y seguir la línea que iba recogiendo las aguas de los manantiales hasta las fuentes urbanas para terminar en San Benito. La primera de las arcas, la más monumental, se levanta fuera del caso urbano, en un espacio que todos los que tenemos cierta edad recordamos como merendero y lugar de esparcimiento y que las familias maltrataban depositando desperdicios, lavando vehículos o dejando que los niños y jóvenes destrozaran las piedras del acueducto aéreo. En los años noventa del pasado siglo, tras su declaración como Monumento nacional histórico-artístico por Real Decreto del 2 de abril de 1982, el Ayuntamiento hizo un esfuerzo por la consolidación de todo el lugar. Fue, como muchos, un espejismo, un empujón circunstancial que no tuvo continuidad ni se puso en verdadero valor para que se apreciara como merece: es llamativo que no exista ni un solo cartel explicativo de lo que se puede apreciar, ni un solo mapa ni una sola indicación de su importancia histórica. Tras acabar la limpieza y consolidación, se abandonó y en pocos años el deterioro es evidente: la basura se almacena dentro de las arcas, la vegetación se come algunas de ellas, las pintadas ensucian las paredes, han desaparecido algunas piedras, de las primitivas fuentes apenas queda el recuerdo, etc. 

Es triste que no valoremos nuestro patrimonio. Sobre todo aquel por el que parece no velar nadie: el que nos habla de los esfuerzos técnicos de un país que nunca se han distinguido en promocionar el valor de sus científicos, ingenieros e industriales. Este patrimonio merece tanto esfuerzo como el artístico. Si no nos lo creemos, nos estamos definiendo como país. Un país que parece descubrir que existe la ciencia y la técnica una vez cada siglo. Así nos va.






Las diferentes fachadas del Arca 1 


Restos del acueducto aéreo que conducía las aguas entre las dos primeras arcas. 


Arqueta entre las dos primera arcas. 









Arcas conservadas. Faltan en el reportaje las que se encuentran en la zona de Zambrana, de acceso no muy seguro y en lamentable estado. En las fotografiadas puede observarse el preocupante estado del conjunto: vegetación que las cubre, techumbres caídas, abandono, suciedad y pintadas de todo tipo. 


Fuente de la calle de la Estación en la que se conservan trazas de la antigua Arca. 


Lugar en el que se levantaba una de las fuentes con las aguas de Argales en uno de los barrios populosos del casco antiguo de Valladolid, que dio nombre a la plaza: Plaza del Caño Argales.


Actual fuente  de la Plaza de la Fuente Dorada, uno de los principales lugares de abastecimiento de agua para los aguadores de la ciudad. El nombre primitivo de la plaza era el de Gallinería Vieja y era el centro comercial de Valladolid. Parece ser que la primitiva fuente estaba rematada con una bola dorada, que fue desmantelada en el siglo XVIII. A pesar de eso, el nombre permaneció en la memoria de los habitantes.


Actual fuente de la Plaza de la Rinconada, detrás del edificio del Ayuntamiento. En este lugar estaba una de las primeras fuentes construidas para las aguas de Argales. Al fondo, el antiguo monasterio de San Benito, final del trayecto de la canalización de las aguas de Argales.

viernes, 21 de noviembre de 2014

La difícil certeza del retrato. Pintura de Hermenegildo Lomas Fernández de la Cuesta


Retratar a una persona, sea cual sea la técnica o la rama artística -literatura, pintura, fotografía, escultura- es todo un reto. A veces gana el retratado, a veces el artista. En pocas ocasiones, ambos. La pose, que predomina en la mayor parte de la historia del arte, es un ejemplo de cómo la época muestra la manera en la que el retratado debe pasar a la posteridad. La pose manda tanto que en algunas épocas los rostros eran intercambiables sobre el resto del retrato. En pocas ocasiones la naturalidad ganaba al posado. Incluso cuando aparece la fotografía, la mayor parte de los retratos son poses, conscientes, aprendidas. Es difícil quitarnos la tendencia a la pose cuando nos retratan o, ahora que con las cámaras de los teléfonos móviles inundamos Internet de autorretatos, nos retratamos. Es divertido ver a un niño posando desde muy pequeño para una cámara de fotos: divertidamente triste, si lo pensamos bien. La sociedad del espectáculo ha matado la espontaneidad o va en camino de hacerlo. Lo que llamamos espontaneidad hoy no es más que una naturalidad aprendida. Por eso cobra importancia cuando un artista sabe sacar eso que llevamos tan dentro y que aparece en nosotros cuando no posamos: somos más ciertos porque ese gesto corresponde, arruga a arruga, centímetro a centímetro, a lo que nos define ante la mirada habitual del otro.

No se ha prodigado Hermenegildo Lomas en exposiciones. De ahí el interés de esta muestra en la Sala de exposiciones del Arco de Santa María de Burgos (hasta el 23 de noviembre). Ocupado en su trabajo relacionado con el urbanismo, su producción artística ha girado en encargos privados y aficiones personales. Son tres los núcleos principales de sus obras: bodegones, paisajes y retratos. Con una mirada clásica, influida por los grandes maestros y, especialmente, por Velázquez -de ahí el autorretrato que ocupa el cartel de la exposición-, trabaja con soltura el dibujo, el óleo, el pastel, el acrílico y la acuarela. Destaca en Lomas el dibujo, el trazo minucioso de las características anatómicas y psicológicas del personaje. Su clasicismo es menor del que aparenta y me gusta mucho la mezcla de técnicas en algunas obras, el carácter de obra inacabada de otras, el tratamiento de los fondos o de la parte no esencial del retrato que intenta contextualizar sin llamar la atención, el juego con el color y el blanco y negro. Y la luz, la luz que llena casi todo lo que se muestra en la Sala del Arco de Santa María.

En esta exposición destacan los retratos: ocupan la mayor parte del espacio con razón. El resto queda como muestra -prescindible en esta ocasión- de las otras facetas del pintor. Excepto un cuadro que es, en realidad, un retrato coral, el de los Danzantes, personajes bien conocidos por aquellos que hayan visto las fiestas locales burgalesas. El tratamiento del color, del movimiento y de la sensación de grupo por encima de cualquier individualidad es un acierto.

Es difícil captar la singularidad de una persona, pero Hermenegildo Lomas lo consigue: su mirada queda en la mente del espectador, certera, dejándonos una imagen imborrable del retratado, lo conozca o no. Busca el instante en el retrato, ese instante en el que el gesto inadvertido, la postura habitual no corregida por el posado (es de suponer que en algunas ocasiones trabaja a partir de un soporte fotográfico con el que capta esa instantánea), dejan ver a la persona que es aquel a quien se retrata.

Su autorretrato tiene un pulso e inteligencia y asume el reto de enfrentarse y dialogar con Velázquez. Los que dedica al ámbito familiar son la mejor expresión del estudio de las emociones -las del propio pintor-. Pero en la muestra hay uno, en el que retrata a Ignacio del Río, otro pintor burgalés (posiblemente el más influyente hoy y el de más relevancia), que quedará como uno de las imágenes permanentes de este: en la técnica y en el gesto. Lomas y del Río unidos por el arte permanecerán fijados en ese sugerente juego de miradas para el futuro. De este tipo de cosas deberían estar llenas las redes culturales de nuestro país.


jueves, 20 de noviembre de 2014

¿Tienes miedo? El inicio de Nada de Carmen Laforet y noticias de nuestras lecturas.


La pregunta que le hace Gloria Andrea al inicio de la novela (¿Tienes miedo?) resume el punto de partida de Nada. Pocas veces una novela nos introduce con tanto acierto en un ambiente como ocurre en el primer capítulo de esta narración.

Andrea es una joven que llega a Barcelona para estudiar Letras en la Universidad. La energía de la juventud, la decisión personal de salir de su lugar -en el que se comporta de forma rebelde para imponer su firme planteamiento de que la manden a estudiar a Barcelona- para ir a la gran ciudad y sentirse libre, la emoción de la llegada, le impide en los primeros momentos comprender dónde se encuentra: el tren ha llegado con tres horas de retraso, la ciudad no se presenta amable ante sus ojos, pronto se hace referencia a la guerra civil tan reciente y sus consecuencias, su abrigo es viejo y la maleta no es la adecuada. No importa, ella lleva su impulso personal dentro y el recuerdo de una Barcelona que conoció de niña, llena de gente alegre, anchas calles y tranvías.

Pero le basta el primer vistazo desde la puerta a la casa de la calle Aribau donde vive su familia, la que la acogerá en su estancia en Barcelona y a la que apenas conoce, para que todo se desmorone. El ambiente de aquella casa es asfixiante: apenas hay luz, todo está sucio, sus familiares tienen extraños comportamientos, hasta los animales que viven allí -un gato, un loro, un perro- se comportan con rareza. Las primeras conversaciones, los rostros, la manera en la que aparecen poco a poco cada uno de los habitantes, la experiencia de la ducha, todo incrementa la angustia en Andrea. Sí, llega a tener miedo. Sin duda intuye que el infierno puede estar en su propia casa, en aquel hogar que conoció mejores tiempos y ahora es un caos lleno de muebles amontonados, en el que las cosas en su desorden y suciedad -como le dice Román- parecen provocar los gritos. El pasillo oscuro que se abre ante la mirada de Andrea es un pozo hacia la tristeza. De ahí que los momentos que vive fuera de la cadena del hogar y de la familia sean tan liberadores.

En estas primeras páginas ya tenemos planteado uno de los temas centrales de Nada: la posibilidad de libertad y felicidad de un individuo -más aún si este es mujer- en un ambiente hostil y su capacidad de supervivencia como tal, como individuo con derecho a la libertad y la felicidad. La calle Aribau condensa lo peor del ambiente denso e irrespirable de la España de los años cuarenta.

Noticias de nuestras lecturas

Coro Entreaguas retoma sus colaboraciones con este Club y, de forma certera, nos muestra una de las virtudes del libro de Carmen Laforet: la capacidad de explicar vidas de varias generaciones.

Mª Ángeles Merino nos cuenta el resultado de su cita a té y literatura con Andrea... y nos ayuda a comprender Nada desde dentro del personaje.

Paco Cuesta pasea el otoño para comprender Nada y aborda en su propio monólogo la concepción de herramienta para conocer la sociedad del momento que es la novela en manos de Carmen Laforet. Una entrada muy inteligente.


Pancho continúa su caminar junto a don Quijote y es capaz de juntar a los Beatles con Avellaneda con tanta habilidad como suele. Llega al núcleo ideológico de la novela con esta oportuna entrada.

Ya sabéis que recojo en estas noticias las entradas que hayáis publicado hasta el miércoles anterior. Si me he olvidado de alguna, os agradezco que me lo comuniquéis.

Podéis consultar el listado con los títulos del presente curso y las condiciones de participación en este enlace.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

El mar no asoma en los picos más altos


Sentí nostalgia de mar y anochecía. Quizá la tibieza de tu piel y la locura de tus labios. Pero esta tierra es ya inverniza y el mar no asoma en los picos más altos.

lunes, 17 de noviembre de 2014

El punto moral exacto del infierno


El infierno está en el punto moral exacto en el que alguien te convence de que renunciar a tus sueños puede darte la felicidad.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Por el camino de sirga del Canal de Castilla, entre Dueñas y Valladolid


Por el camino de sirga del Canal de Castilla al paseante le da tiempo a pensar muchas cosas. Desde el puente de las Candelas de Dueñas hasta la dársena de Valladolid hay sus buenos 30 kilómetros que me dispongo a recorrer con la calma del que no tiene prisa por llegar. Amenaza lluvia a primera hora de la mañana, que caerá con insistencia desde Palazuelos pero el refugio está en el mismo camino, en querer seguir hacia adelante para acompasar el ritmo de los pies al de la mente. En este mes de noviembre que ya gira hacia el invierno no hay riesgo de cruzarse en un día lluvioso con muchos excursionistas. Quizá algunos que van o vuelven en bicicleta para hacer deporte o dos mujeres con grandes paraguas cerca de Aguilarejo que caminan serias y hablándose con frases cortantes y gestos enérgicos. El resto del camino es solitario y yo soy el único con mochila a la espalda. En la mochila, lo esencial: un bocadillo, agua y un termo de café caliente. Y dos bombones con licor de premio para mitad del camino.

Hasta Dueñas hay tren y después solo queda seguir la margen izquierda del ramal sur del Canal de Castilla por el camino de sirga, el que usaban las mulas para tirar de las barcazas cargadas de cereal que subían hacia Alar del Rey. Es imponente el esfuerzo que supuso la construcción del Canal y no debería pasarnos desapercibido. Bastaría con imaginarnos estos páramos de la llanura castellana sin él y sin lo que supuso. Primero, su preparación. Se hablaba de este canal desde el siglo XVI pero no fue hasta el siglo XVIII cuando se inició el proyecto, con el esfuerzo de los ilustrados por modernizar España y acompasarla a los ritmos europeos e intentando compensar un retraso de dos siglos en estos empeños necesarios. Al marqués de la Ensenada se debe el lanzar la idea definitiva y las obras se iniciaron el 16 de julio de 1753 para detenerse al año siguiente y no retomarse hasta 1759. Así es la historia de España, tan desgraciada. La obra sufrió retrasos por falta de recursos económicos y conflictos bélicos, como la guerra de la Independencia. También hubo sus corruptelas, que no faltan nunca en este país cuando se trata de obra pública. Y desde 1804 hasta 1831 se abandonó. Finalmente, sería una concesión a una empresa privada a cambio de la cesión de su gestión por setenta años lo que dio el impulso definitivo al Canal. Este ramal que recorro, el Sur, se puso en funcionamiento en 1835 y el de Campos, con final en Medina de Rioseco, en 1849. Aquellos primeros años fueron venturosos y sacaron del aislamiento a la economía castellana: se pusieron en cultivo más tierras y el excedente podía comercializarse fuera de Castilla, fuera de España, incluso, subiéndolo hasta Reinosa y de allí a Santander embarcándolo hacia el Reino Unido o hacia Holanda.

Pero no fue solo el mundo agrícola el que se vio beneficiado. El Canal significaba la visualización de la modernidad necesaria, una ventana al mundo por el que hasta los más reacios podían ver las novedades en ingeniería e industria y la importancia de las profesiones que las desarrollaban. Junto a las profesiones venían nuevas ideas. También un nuevo tipo de obrero especializado en el cuidado de las esclusas y el mantenimiento del Canal, en la conducción de las barcazas cargadas de cereal, obreros de carga y descarga en las dársenas de embarque, comerciantes que ajustaban los precios y cuidaban de la organización del trasporte.

A su vez, la fuerza motriz del agua fue usada para desarrollar una industria harinera que ha sobrevivido hasta tiempos recientes, en los que ni el trigo de Castilla parece ser ya competitivo en un mundo globalizado ni las harinas de estas tierras soportan la entrada en el mercado nacional de harinas de otros lugares, más baratas aunque casi nunca mejores. Una tras otra, las fábricas de harina surgidas a lo largo del Canal de Castilla han cerrado y los edificios abandonados marcan hitos de mejores tiempos.

Todo parecía feliz pero como suele ocurrir en España el Canal se había construido varios siglos después de lo que debiera. Se puso en funcionamiento en tiempos en los que la modernidad giraba hacia el vapor y el Canal no podía soportar la navegación de barcos con motor ni competir con el ferrocarril que fue creciendo a su lado. Todo el esfuerzo intelectual, económico y humano apenas duró unas pocas décadas y el canal pasó a tener una única función, el riego de las tierras de la zona por las que trascurre.

La importancia de este Canal es grande. Primero, porque es parte del patrimonio histórico de la ingeniería industrial -por lo tanto, de la cultura-, al que solemos dar escaso valor como país que cuida solo a empujones su historia: su importancia como testimonio de un esfuerzo de ingeniería es evidente. Por eso mismo, urge recuperar las fábricas de harina abandonadas y ponerlas en uso a la manera de la fábrica de harinas San Antonio de la dársena de Medina de Rioseco (que yo pude ver en funcionamiento en la década de los ochenta del siglo pasado guiado por el que entonces era su dueño gracias a una historia que contaré algún día) o como las del tramo final del ramal Sur. Segundo, porque aparte de su función para el riego, tiene una importancia enorme por su valor ecológico. El Canal ha creado su propio ecosistema, permite la pesca y el senderismo con interés en el deporte, la naturaleza y la cultura. Las filtraciones han creado humedales visitados por aves migratorias y el milagro del agua ha llenado sus márgenes de chopos, álamos, olmos, sauces y todo tipo de arbustos silvestres.

No todo es negativo. El Canal y el camino de sirga están bien cuidados por la Confederación Hidrógráfica del Duero, es accesible, ha sabido conservar su esencia rural y en sus tramos urbanos se ha ajardinado casi siempre con acierto recuperándolo como entorno de esparcimiento.

Pero en mi caminar, quizá por la lluvia constante y el cielo oscuro, predomina ese sinsabor de un país que solo parece desarrollarse a empujones, sin constancia, entorpecer los proyectos de futuro para desarrollarlos cuando están a punto de quedarse antiguos superados por nuevas vías de desarrollo, usarlos siempre rodeados de sospechas de corrupción y fraude y abandonar su patrimonio para redescubrirlo solo cuando ya es una ruina.

Será que es otoño y llueve.



Esclusa 39, a la altura de Cubillas de Santa Marta.



Leguario del ramal Sur del Canal indicando la distancia a cada localidad. En el lado frontal, distancia en leguas a Rioseco; en el lado sur, distancia a Alar (en este caso, 22); en el lado norte, distancia a Valladolid (en este caso, 3 y 1/4).








Fotos de la esclusa 40, cerca de Palazuelos. El edificio corresponde a la antigua fábrica de harinas César Yllera (también conocida como de Las Luisas), en lamentable estado de ruina. Todavía se conserva parte de la maquinaria antigua y moderna, como la noria del molino. Comenzó a funcionar en 1840 y se abandonó a finales del XX.


Puente de Cabezón sobre el Canal de Castilla.



Esclusa 41. 
En la actualidad se ha construido un restaurante en el edificio del molino de harina primitivo.


Esclusa 42, recientemente restaurada para dependencias del Centro de Control de la Cuenca del Duero de la Confederación Hidrográfica del Duero. Esta esclusa de navegación es la única que conserva las compuertas originales del siglo XIX. Las esclusas rectangulares de este tramo del Canal, diseñadas por la empresa privada que se hizo cargo de terminar la obra, aunque permitían el paso solo de una barcaza, supusieron una ventaja con respecto a las ovaladas de otros porque permitían una velocidad mayor en llenado y vaciado para saltar las diferencias de nivel.





Fotos correspondientes a la dársena de Valladolid, en el barrio de la Victoria junto a la carretera de Gijón, en donde todavía se conservan algunas edificaciones correspondientes a almacenes, administración y vivienda de los trabajadores, así como diversa maquinaria tanto para el control hidráulico del canal como para proceder a la carga y descarga de las barcazas.


Aliviadero de la dársena de Valladolid


Parte final del canalillo de desagüe del Canal camino del río Pisuerga. La fuerza del agua se aprovechó para instalar sobre él la fábrica de harinas la Perla en 1840 (en funcionamiento hasta los primeros años del siglo XXI), restaurada recientemente como Hotel Marqués de la Ensenada. El nombre se puso como homenaje al impulsor de la construcción del Canal de Castilla en el siglo XVIII, el político reformista ilustrado.


Salida final al río Pisuerga del agua del aliviadero del Canal, junto al Puente Mayor de Valladolid.

sábado, 15 de noviembre de 2014

La naturaleza en otoño



Hoy me he echado al campo como quien sale a respirar tras una semana enfermo. Está hermoso el campo en este mes de noviembre. Y no el campo de los grandes bosques o de las riberas, no el campo de la montaña ni el de los valles. El campo este, el de la llanada que traza horizontes en quilómetros sin freno y al que hay que salir sorteando aburridas urbanizaciones y asfixiantes cinturones industriales y de polígonos. El campo este, el que tenemos a mano hoy, tan cerca, y que apenas miramos porque nos parece monótono y conocido. 

Un otoño extraño se nos hizo verano hasta que ha comenzado a ser invernizo y nos ha privado por estas tierras de algunas tonalidades que visten las hojas de los árboles de la mirada febril de un pintor. Pero no importa: ahí está el otoño  y las bayas y los pomos explotan sus rojos silvestres (¡qué fiera certeza por su hermosura el color del fruto del escaramujo o el del espino blanco o del espino de fuego!) y las hojas amarillas que llenan las miradas. Ahí está, al fin, el otoño, fiel para quien lo desea. La luz es más cierta: no ciega ni oculta. Bienvenido sea este otoño que ha desnudado el campo de aquello que nos reclama como engaño. Solo hay que disponerse -sin resistencia- a aceptar este don en el que la forma esencial es tan hermosa.