He dejado pasar unos días para hacer esta reseña y la escribo aún sin saber bien cómo afrontarla. La Sala Municipal de Exposciones de San Benito de Valladolid -que es una de las mejores de España en cuanto a la programación de exposiciones de fotografía- ofrece una de las muestras más esperadas por los aficionados a la fotografía: Vivian Maier. Street Photographer (hasta el 8 de julio). Aquí hemos comentado en varias ocasiones los muchos problemas que tiene esta sala por la forma de iluminar y montar lo que se expone en ella, lo que provoca molestos reflejos en los que el visitante se ve a sí mismo y a la pared opuesta antes que lo enmarcado delante de sus ojos. Curiosamente, en esta muestra se ha reducido el problema hasta hacerlo casi inapreciable, lo que es de agradecer y espero que se continúe por este camino.
La conmoción que supuso el descubrimiento reciente del trabajo fotográfico de Vivian Maier y el impacto mediático y las polémicas suscitadas a partir de él han llenado cientos de páginas en la prensa de todo el mundo y, especialmente, en la especializada. Todo ello hace aún más necesario visitar esta exposición y habla bien del interés de los programadores de San Benito por ofrecer lo que está de actualidad.
Me he pensado la reseña durante una semana porque quería saber si yo mismo era víctima de la leyenda que se ha creado sobre Vivian Maier. Esta mujer fue una artista oculta toda su vida, según se nos cuenta. En el año 2007, John Maloof, en el curso de una investigación para un libro sobre Chicago, adquirió en una subasta de un guardamuebles un archivo fotográfico por 300 dólares sin saber muy bien qué contenía. La propietaria -ya muy mayor y enferma- había dejado de pagar el alquiler y el dueño del guardamuebles, en una acción tan típica de la vida norteamericana que incluso ha generado varios programas de televisión de éxito en los canales de cable, subastó lo que allí se había depositado. No tardó Maloof en darse cuenta de lo que había comprado pero cuando quiso ponerse en contacto con Maier, esta acababa de fallecer y comenzó a vender parte de lo que encontró a través de Internet. Los consejos de Allan Sekula, crítico e historiador de la fotografía norteamericana, le hicieron replantear esta opción y conservar íntegro su legado.
Maier será víctima siempre de esta leyenda para bien o para mal: se conservan más de 100.000 negativos, buena parte de ellos jamás revelados por la autora -ni siquiera los procesaba ella misma, sino que los entregaba en una tienda especializada como las que abundaban en todas las ciudades antes del predominio de lo digital- y algunas películas grabadas con un tomavistas común, una parte de todo el conjunto aún sin revelar; escondió siempre la dimensión de su afición y ni siquiera las familias para las que trabajaba como niñera supieron nunca de ella; fue una autodidacta aunque de joven tuvo contacto durante un tiempo con una fotógrafa profesional y se sabe que leía y compraba libros de fotografía; bien por dinero bien por una mera opción personal parece que se conformaba con tomar las imágenes y no necesitaba ni mostrarlas ni revelarlas como si el trabajo ya estuviera hecho solo con la mirada; murió pobre y en sus últimos años le pagaron el alquiler de su vivienda y las atenciones médicas finales algunas de las personas a las que había cuidado de niños; una parte de los negativos iban a ser arrojados a la basura tras su muerte y se salvó en el último momento de este destino; su fallecimiento se produjo en 2009, solo dos días antes de que Maloof pudiera dar con ella.
Todo ello es atractivo y está tan bien contado que parece mentira: una niñera que durante décadas hace fotografías de calidad de forma obsesiva sin que nadie lo sepa y que tras su muerte se convierte en un nombre de referencia gracias a una necesaria e inteligente forma de divulgar su obra. Y por eso ha supuesto también una polémica tan interesante como su producción. Algunos expertos han querido reducir su interés. Es evidente que, en la forma en la que se ha presentado al mundo del arte, hay mucho de interesada comercialización del legado de Maier y para ello no se ha dudado en crear la leyenda de la niñera fotógrafa. Supongo que todo esto se irá aclarando con el tiempo, especialmente cuando se dé a conocer el resto de las imágenes y conozcamos algo más de la artista.
Incluso aunque quitáramos de los 100.000 negativos aquellos que llaman la atención hoy solo por la poderosa nostalgia que provocan las fotografías antiguas -especialmente en blanco y negro- que retratan tipos y ambientes de hace décadas, como sucede con muchas que todos consevamos en nuestras casas y que no tienen ningún valor artístico, lo que hace Maier tiene un enorme interés para la historia de la fotografía: por lo que experimenta como artista pero también por el significado que corrobora muchas de las teorías que subyacen en la base de la postmodernidad como etapa histórica y la definición del artista que aporta.
Por una parte, hay un grupo de fotografías en los que intenta copiar los cánones y las composiciones que pudo estudiar en las fotografías que vio en libros o exposiciones. Para mí, son las menos interesantes, aunque consiga copiar esas técnicas: suele ocurrir que los que pagan por asistir a un curso de fotografía jamás van más allá y reproducen mecánicamente las técnicas diseñadas por los maestros de la fotografía. Hay muchas personas que ganan dinero con cursos de fotografía que nunca enseñan a mirar de forma personal. Es un error: cualquier cosa que podamos hacer de esta manera siempre habrá otro que lo haga mejor, aunque solo sea porque cuenta con una cámara más cara o más habilidad para jugar con las luces o, ahora, con los programas que procesan la fotografía digital.
Maier hace otro tipo de fotografía que hoy conserva toda su actualidad. Retrata con mirada propia lo que ocurre delante de sus ojos: la ciudad. Y lo hace fijándose en pequeños detalles que son los que dan de verdad vida e interés artístico a estas fotografías. Tomemos, como ejemplo, algunos de sus autorretratos: varios de ellos intentan jugar al autorretato de estudio y copia las ténicas que ha aprendido. Son buenos, pero no podrán competir nunca con los de los grandes fotógrafos que cuentan mejores medios para iluminar la escena o cámaras más potentes. Tienen el encanto de época y la habilidad de quien sabe imitar las técnicas. Sin embargo, hay otros, tomados en los reflejos de espejos o escaparates que le salen al paso en la calle, en los que la artista se integra en el mundo urbano que sucede a su alrededor: fotografías que hay que ver antes de tomarlas y que revelan una mirada propia. Ocurre lo mismo con las fotografías en los que toma fragmentos de la gente (no las personas completas) con la que se encuentra en la calle o parcelas de este mismo mundo urbano que suelen pasar desapercibidas al fotógrafo que busca la intensidad dramática o la visión profesonalizada y comercial. Es esta mirada la que hace a Maier una gran fotógrafa.
Y otra cuestión que hace que muchos profesionales desprecien a Maier: ella se dio cuenta del potencial que la tecnología pone al servicio de cualquiera con una cierta sensibilidad y de que la diferencia de calidad no está en las reglas de la fotografía o el precio de la cámara, sino en la mirada del fotógrafo.
Por otra parte, lo que me sigue intrigando es qué pasaba por la cabeza de esta mujer que tuvo la voluntad y la constancia de hacer decenas de miles de fotografías y guardarlas para sí misma. Si solo un diez por ciento de los negativos responden a la calidad de las que se muestran en esta exposición, ya tiene más obra que muchos fotógrafos de fama.
No se pierdan, tampoco, los videos en los que se muestran algunas de las películas que hizo con su tomavistas. Revelan una constante necesidad de experimentar con la imagen a la altura de lo que se hacía en los años sesenta y setenta con mucho cine experimental de vanguardia.
Me he pensado la reseña durante una semana porque quería saber si yo mismo era víctima de la leyenda que se ha creado sobre Vivian Maier. Esta mujer fue una artista oculta toda su vida, según se nos cuenta. En el año 2007, John Maloof, en el curso de una investigación para un libro sobre Chicago, adquirió en una subasta de un guardamuebles un archivo fotográfico por 300 dólares sin saber muy bien qué contenía. La propietaria -ya muy mayor y enferma- había dejado de pagar el alquiler y el dueño del guardamuebles, en una acción tan típica de la vida norteamericana que incluso ha generado varios programas de televisión de éxito en los canales de cable, subastó lo que allí se había depositado. No tardó Maloof en darse cuenta de lo que había comprado pero cuando quiso ponerse en contacto con Maier, esta acababa de fallecer y comenzó a vender parte de lo que encontró a través de Internet. Los consejos de Allan Sekula, crítico e historiador de la fotografía norteamericana, le hicieron replantear esta opción y conservar íntegro su legado.
Maier será víctima siempre de esta leyenda para bien o para mal: se conservan más de 100.000 negativos, buena parte de ellos jamás revelados por la autora -ni siquiera los procesaba ella misma, sino que los entregaba en una tienda especializada como las que abundaban en todas las ciudades antes del predominio de lo digital- y algunas películas grabadas con un tomavistas común, una parte de todo el conjunto aún sin revelar; escondió siempre la dimensión de su afición y ni siquiera las familias para las que trabajaba como niñera supieron nunca de ella; fue una autodidacta aunque de joven tuvo contacto durante un tiempo con una fotógrafa profesional y se sabe que leía y compraba libros de fotografía; bien por dinero bien por una mera opción personal parece que se conformaba con tomar las imágenes y no necesitaba ni mostrarlas ni revelarlas como si el trabajo ya estuviera hecho solo con la mirada; murió pobre y en sus últimos años le pagaron el alquiler de su vivienda y las atenciones médicas finales algunas de las personas a las que había cuidado de niños; una parte de los negativos iban a ser arrojados a la basura tras su muerte y se salvó en el último momento de este destino; su fallecimiento se produjo en 2009, solo dos días antes de que Maloof pudiera dar con ella.
Todo ello es atractivo y está tan bien contado que parece mentira: una niñera que durante décadas hace fotografías de calidad de forma obsesiva sin que nadie lo sepa y que tras su muerte se convierte en un nombre de referencia gracias a una necesaria e inteligente forma de divulgar su obra. Y por eso ha supuesto también una polémica tan interesante como su producción. Algunos expertos han querido reducir su interés. Es evidente que, en la forma en la que se ha presentado al mundo del arte, hay mucho de interesada comercialización del legado de Maier y para ello no se ha dudado en crear la leyenda de la niñera fotógrafa. Supongo que todo esto se irá aclarando con el tiempo, especialmente cuando se dé a conocer el resto de las imágenes y conozcamos algo más de la artista.
Incluso aunque quitáramos de los 100.000 negativos aquellos que llaman la atención hoy solo por la poderosa nostalgia que provocan las fotografías antiguas -especialmente en blanco y negro- que retratan tipos y ambientes de hace décadas, como sucede con muchas que todos consevamos en nuestras casas y que no tienen ningún valor artístico, lo que hace Maier tiene un enorme interés para la historia de la fotografía: por lo que experimenta como artista pero también por el significado que corrobora muchas de las teorías que subyacen en la base de la postmodernidad como etapa histórica y la definición del artista que aporta.
Por una parte, hay un grupo de fotografías en los que intenta copiar los cánones y las composiciones que pudo estudiar en las fotografías que vio en libros o exposiciones. Para mí, son las menos interesantes, aunque consiga copiar esas técnicas: suele ocurrir que los que pagan por asistir a un curso de fotografía jamás van más allá y reproducen mecánicamente las técnicas diseñadas por los maestros de la fotografía. Hay muchas personas que ganan dinero con cursos de fotografía que nunca enseñan a mirar de forma personal. Es un error: cualquier cosa que podamos hacer de esta manera siempre habrá otro que lo haga mejor, aunque solo sea porque cuenta con una cámara más cara o más habilidad para jugar con las luces o, ahora, con los programas que procesan la fotografía digital.
Maier hace otro tipo de fotografía que hoy conserva toda su actualidad. Retrata con mirada propia lo que ocurre delante de sus ojos: la ciudad. Y lo hace fijándose en pequeños detalles que son los que dan de verdad vida e interés artístico a estas fotografías. Tomemos, como ejemplo, algunos de sus autorretratos: varios de ellos intentan jugar al autorretato de estudio y copia las ténicas que ha aprendido. Son buenos, pero no podrán competir nunca con los de los grandes fotógrafos que cuentan mejores medios para iluminar la escena o cámaras más potentes. Tienen el encanto de época y la habilidad de quien sabe imitar las técnicas. Sin embargo, hay otros, tomados en los reflejos de espejos o escaparates que le salen al paso en la calle, en los que la artista se integra en el mundo urbano que sucede a su alrededor: fotografías que hay que ver antes de tomarlas y que revelan una mirada propia. Ocurre lo mismo con las fotografías en los que toma fragmentos de la gente (no las personas completas) con la que se encuentra en la calle o parcelas de este mismo mundo urbano que suelen pasar desapercibidas al fotógrafo que busca la intensidad dramática o la visión profesonalizada y comercial. Es esta mirada la que hace a Maier una gran fotógrafa.
Y otra cuestión que hace que muchos profesionales desprecien a Maier: ella se dio cuenta del potencial que la tecnología pone al servicio de cualquiera con una cierta sensibilidad y de que la diferencia de calidad no está en las reglas de la fotografía o el precio de la cámara, sino en la mirada del fotógrafo.
Por otra parte, lo que me sigue intrigando es qué pasaba por la cabeza de esta mujer que tuvo la voluntad y la constancia de hacer decenas de miles de fotografías y guardarlas para sí misma. Si solo un diez por ciento de los negativos responden a la calidad de las que se muestran en esta exposición, ya tiene más obra que muchos fotógrafos de fama.
No se pierdan, tampoco, los videos en los que se muestran algunas de las películas que hizo con su tomavistas. Revelan una constante necesidad de experimentar con la imagen a la altura de lo que se hacía en los años sesenta y setenta con mucho cine experimental de vanguardia.










