martes, 30 de septiembre de 2014

Cataluña debe votar


Antes o después, de una forma o de otra, los catalanes votarán si quieren o no la separación del resto del territorio español. Desde hace más de un siglo el sentimiento nacionalista e independentista ha crecido considerablemente y se expresa de manera constante, abierta y cada vez ejerce mayor presión sobre los no independentistas. Tras el colapso histórico que supuso la dictadura del general Franco -que contó con significativos apoyos en la burguesía acomodada catalana-, este crecimiento ha sido exponencial. A este movimiento se han sumado, en la última década, sectores poco dados a la independencia hasta ahora, incluso sectores económicos y sociales que abominaban del nacionalismo y veían tradicionalmente lo que hoy se denomina identidad catalana como sinónimo de provinciano y popular. No es conveniente negar esta realidad: ahora quiere la independencia una parte de los que controlan el poder financiero, comercial y político de Cataluña y que hasta ahora no la quería. Lo que no sabemos aún es el porcentaje y cualquier cifra que se aventure será siempre una mera conjetura.

Antes o después se producirá una votación: por un referéndum convocado legalmente o por lo que ahora se denomina elecciones plebiscitarias, concepto no válido legalmente para apoyar un movimiento independentista pero que significará un paso más en la expresión de la voluntad de este sector creciente de catalanes independentistas y en el aprovechamiento del río revuelto por los pescadores que aparecen siempre en estas situaciones. Recordemos que en España se proclamó una República tras unas votaciones municipales.

Si esta votación no se produce porque se impide legalmente o no se lleva a cabo con todos los condicionantes legales y procedimentales democráticos porque se opta por esa falsificación del voto que supondrían una elecciones plebiscitarias o un referéndum forzado sin la autorización del Estado, no servirá más que para aumentar el ruido e incrementar la tensión. Pero para llegar a esta votación, que debe darse en formato de referéndum localizado exclusivamente en el ámbito catalán y de ninguna manera en todo el ámbito nacional, deben darse varios pasos que hasta ahora no se han dado. El primero de ellos la reforma constitucional o el consenso generalizado entre los grandes partidos de respetar una consulta popular que no cumpla los requisitos constitucionales en cuanto al ámbito de votación pero obtenga el suficiente respaldo en el parlamento catalán y en el nacional. Ambas cosas, hoy, son imposibles. La situación política lo impide y la falta de altura histórica de los políticos nacionales y catalanes, también. No habrá consulta con una razonable validez legal en los próximos años, por desgracia. Con lo cual, la situación se tensará mucho más porque la solución no será la que se produjo con la amortización del plan Ibarretxe y porque después de Cataluña vendrá una demanda similar del País Vasco.

Por lo tanto, estamos en una situación de colapso histórico al que nos han traído los intereses últimos de CiU, hasta ahora mayoritario en Cataluña, y la ceguera política de los gobernantes del Partido Popular. Ambos han jugado pésimamente sus cartas para conseguir desbloquear la situación porque a ninguno le interesaba, en verdad, hacerlo. CIU lleva años en una estrategia electoralista y en una huida hacia adelante para esconder la corrupción interna y la política brutal de recortes. El PP se ha obstinado durante demasiado tiempo en una política de enfrentamiento frontal contra las demandas catalanas para conseguir votos en el resto de España.

Desde hace más de cinco años a ninguno de estos dos partidos le ha interesado de verdad una política de entendimiento y consenso sobre esta cuestión, la más grave que tiene España hoy como Estado. Ninguno de sus líderes políticos ha estado a la altura ni es esperable que lo estén en un futuro próximo. Y es a ellos, por su peso electoral, a los que les correspondía esta tarea.

Pero las inercias históricas son imparables en el corto plazo. Sobre todo en un momento como el actual: desprestigio de las instituciones democráticas españolas; crisis económica, moral y social; descrédito de todo lo construido en la Transición, incluida la Constitución española, necesitada de una profunda reforma y actualización siempre postergada porque parece que nunca hemos tenido tiempo. No hay en el presente ningún motor ilusionador que corrija esa inercia hacia la independencia en la que muchos quieren ver la solución a todos los males que afligen hoy a Cataluña y ninguno de los riesgos que se corren en una transición de este tipo.

Los catalanes -solo los catalanes, no todos los españoles- deben votar si quieren o no quieren independencia, pero esta consulta debe hacerse en un ambiente muy diferente al actual y con toda las garantías jurídicas y democráticas. Y tras una reforma constitucional. Y esto no puede producirse el 9 de noviembre ni en unas elecciones plebiscitarias.

Los catalanes deben votar, entre otras cosas, porque lo demanda una parte importante de la población tal y como se expresa en su Parlamento y porque negarles esta demanda sería aumentar las razones para el sentimiento independentista. No se puede aplicar aquí el derecho a la autodeterminación pero sí el sentido democrático cuando un Estado detecta una situación como esta que no tiene otra solución a corto plazo. Como esta votación tardará en producirse con todas las garantías hay tiempo para negociar cómo debe hacerse, cuándo y con qué pregunta -las preguntas del referéndum convocado por el gobierno catalán son un fraude demagógico y una trampa de mal tahúr y las exigencias de sus socios parlamentarios una locura sin verdadero sentido de la legalidad ni de la legitimidad-. Pero me temo que en el ámbito nacional tampoco tenemos políticos capaces de gestionar con eficacia la cuestión catalana. El horizonte electoral próximo impedirá el diálogo sosegado, marcado por cálculos demoscópicos.

La inercia histórica nos lleva inexorablemente a que Cataluña vote antes o después si quiere o no la independencia. Pero la inercia histórica no tiene por qué llevarnos a la independencia de Cataluña de forma inexorable. Mañana intentaré explicar mis razones.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Otra vez España



En 1922, Ortega y Gasset publicó uno de sus libros más importantes: España invertebrada, en parte procedente de artículos anteriores. Desde una perspectiva del liberalismo moderado de corte parlamentario y con una metodología de pensamiento germánica, Ortega analizó la cuestión española tal y como se planteaba en su época. Su análisis es más riguroso y moderno que el propuesto por Unamuno y otros pensadores finiseculares previos, pero todos ellos partían de una realidad: el surgimiento de lo que hoy llamamos nacionalismos y que entonces se denominaban regionalismos, sus demandas de identidad y autonomía, el agotamiento del proyecto español de la Restauración borbónica y las tensiones políticas y sociales que todo ello provocaba. La formación europeísta de Ortega y su lucha por instalar definitivamente a España en un Occidente modernizador hacen que este libro sea, también, una reflexión sobre la misma constitución europea y la definición de su esencia. En gran medida, además, anticipa buena parte de La rebelión de las masas. Ortega, en aquellos años, se encontraba en plena madurez de pensamiento y escribía los trabajos fundamentales que construirían su pensamiento y que polarizarían buena parte de las discusiones políticas y culturales españolas y la teorización liberal sobre las posibles respuestas a las grandes cuestiones planteadas. Hoy quizá no lo parezca, pero el pensamiento de Ortega fue predominante durante décadas incluso para polemizar contra él.

Podemos no estar de acuerdo con el pensamiento de origen de Ortega y discutir algunas de sus soluciones, pero no podemos negar nunca su capacidad para construir imágenes que expliquen felizmente la raíz del problema: la idea de España como un ser invertebrado es una de las mejores que salieron de su cabeza. Ortega veía dos raíces del problema: la tendencia al separatismo que invadía las unidades históricas tradicionales por aquellos tiempos y la falta de altura de las minorías intelectuales para resolver eficazmente las cuestiones planteadas.

La primera se debía fundamentalmente a que se había perdido el impulso generador de unidad. España había detenido el motor que provocó la federación de Coronas en el siglo XV con los Reyes Católicos (ojo: federación, no integración de una en otra, una unión pactada con igualdad por ambas partes y en las que ambas mantenían su identidad en todo para sumarse a un proyecto común) y que sirvió para mantener la unidad durante más de dos siglos. Tampoco había conseguido digerir definitivamente la tendencia centralizadora instalada con los Borbón en el siglo XVIII entre otras cosas porque se habían mantenido excesivos derechos forales como agradecimiento por el apoyo de determinados territorios a esta dinastía en la Guerra de Sucesión. El siglo XIX no terminó de arreglar todo esto: las inercias provocadas por la pérdida de las posesiones de Ultramar y el progresivo deterioro de la monarquía parlamentaria, sumado al fracaso estrepitoso de la Gloriosa y la I República y de la clase burguesa que debería haber modernizado el país, terminaron de socavar todos los proyectos nacionales. Ni siquiera el intento un tanto grandilocuente y de imitación de lo francés de O'Donnell sirvió para nada, aunque de aquellos años de la guerra de África data el discurso un tanto hueco del patriotismo y patrioterismo que aúna las regiones españolas en las intervenciones militares fuera de las fronteras y que serviría sobre todo para fundamentar un ejército español chato y demasiado proclive a participar en la vida pública del país.

En la época de Ortega se había consolidado con fuerza una burguesía comercial e industrial catalana que comenzaba a mirar con recelo la falta de dinamismo del resto de la Península y un sueño nacionalista vasco que reinventaba la historia a partir de un romanticismo casi místico pero que tenía también profundas raíces tradicionalistas y económicas. Esto se sumaba a la aparición con fuerza en toda Europa de los que hoy llamamos nacionalismos. Recordemos que, en buena parte, detrás de todo esto están las razones de la I Guerra Mundial.

A todo ello buscaba soluciones Ortega, desde la idea de un parlamentarismo liberal moderado y occidentalizador. Quería un nuevo motor para España, que buscó en la nueva política. Ortega, ya lo sabemos, acogió con entusiasmo la idea de una República liberal, aunque se desilusionara pronto. Veía en ella y en el surgimiento de ideas nuevas, modernas, en la recuperación material de España, en un proyecto educador y abierto a las nuevas realidades científicas y técnicas la oportundad de generar una nueva forma de España. Para ello se necesitaban estadistas de gran presencia intelectual y fuerte personalidad pública capaces de llevar a cabo las reformas.

Casi un siglo después de Ortega estamos en las mismas circunstancias. No, peores: las heridas provocadas por el régimen franquista, la parálisis del proyecto ilusionador creado en la Transición española hacia la democracia debida a la corrupción del sistema provocada por los grandes partidos gobernantes en el Estado y en las autonomías y el brusco parón de la construcción de Europa provocado por la crisis económica y los intereses financieros globalizadores son tres elementos más que inciden en la nueva fiebre de invertebración de España. Por acumulación, un siglo después la cuestión es mucho más candente porque en estos momentos parece no haber en el horizonte nada que pueda servir de motor vertebrador, nada que ilusione a los desilusionados y que genere una fuerza que contrarreste democráticamente las fuerzas separatistas porque a estas alturas de nada sirve aplicar la ley como salida exclusiva. Sin ilusión no hay proyecto común posible, por mucho que echemos mano del Tribunal Constitucional. Como en la época de Ortega nos encontramos también con fuertes tendencias separatistas no solo en España y con una clamorosa falta de altura intelectual de los políticos españoles para resolver las cuestiones planteadas.

Seguimos mañana.

domingo, 28 de septiembre de 2014

España como escombrera


Con la humedad de estos primeros días de otoño, tengo la extraña sensación de que España está a medio terminar. Por la noche, a escondidas, los españoles han tirado los escombros en las cunetas hasta que ya no se puede circular por las carreteras. Es lo que tiene un país como este, que hay que rehacerlo cada cincuenta años y nunca termina de obtener la cédula de habitabilidad.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Soñaba con llegar a Petra



Luis Antonio, con un ejemplar de Echo al fuego los restos del naufragio en Petra

Soñaba con llegar a Petra un amanecer solitario, con llegar a Petra sin mochila para no buscar en ella nada que no pudiera llevar en mí. Soñaba con llegar a Petra, con que un día pudiera llegar a Petra para presentarme ante mí mismo, que me estaría aguardando con una sonrisa en la boca preguntándome por qué había tardado tanto si toda la historia se remansaba allí desde hacía siglos, por qué se me había hecho tan largo el viaje, por qué me había costado tanto atravesar la garganta de las cosas. Soñaba con llegar a Petra tras haber escrito mi biografía en las arenas de todos los desiertos. Llegar allí y charlar el tiempo de un té largo conmigo mismo antes de proseguir el camino, cada uno de mis dobles por su lado después de haberse puesto al día y reconciliado, para contar historias del otro en los nuevos senderos.

Gracias a Luis Antonio, que lo ha hecho posible mucho antes de lo que yo mismo me esperaba. Os invito a visitar su excelente blog, que tanto se ha hermanado con La Acequia desde hace tiempo.

Quiero que esta entrada sirva también para agradecer su gesto a todas las personas que me habéis enviado fotografías de mi libro, que habéis seleccionado uno u otro texto como el que preferís. A todos los que habéis adquirido un ejemplar para contribuir a los fines solidarios de esta edición.

Echo al fuego los restos del naufragio, mi diario poético para una crisis ha sido publicado, con fotografías de Javier García Riobó, por SBQ Solidario dentro de la colección El brut de los corazones solidarios. Lo recaudado se destinará a los proyectos de la ONG SBQ como donación (información sobre sus actividades, en este enlace). Con las donaciones recaudadas con este libro ya se ha adquirido un carrito pollero con el que se mantiene una familia entera en una barriada peruana y se ha contribuido a otras actividades sociales de esta organización.

Quedan muy pocos ejemplares disponibles.

Para hacerte con un ejemplar del libro y que te lo remitamos por correo postal debes notificarlo, como hasta ahora, en la página de Facebook (en este enlace) creada para el proyecto, enviarme un mensaje privado en mi perfil de Facebook (en este enlace) o un correo electrónico a la dirección: pedro.ojeda.escudero[arroba]gmail.com. 

Los ejemplares solicitados hasta ahora ya están siendo distribuidos. Si ya lo has encargado te llegará en los próximos días. Si quieres saber el estado de tu envío, ponte en contacto con nosotros de la forma mencionada en el párrafo anterior.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Dos diferencias entre Avellaneda y Cervantes y noticias de nuestras lecturas.



Es inevitable la comparación permanente entre las dos continuaciones del Quijote de 1605: porque Avellaneda parte de una velada admiración por la creación cervantina y porque Cervantes va mucho más allá de ser un autor enojado con quien quiere robarle la obra. Cervantes mismo se pone a rivalizar con Avellaneda para destrozarlo. No hay color, evidentemente. Avellaneda escribe una buena novela muy de su época, Cervantes una obra maestra. Por eso no quiero dedicar más entradas de las necesarias a la comparación, en la que siempre saldrá perdiendo Avellaneda. No quiero porque eso nos puede impedir disfrutar con la lectura de este Quijote apócrifo y esto tampoco es justo.

Desde el inicio de esta segunda parte, el lector avisado comprende varias cosas que la diferencia con la cervantina, incluso con la primera parte de Cervantes. 

En primer lugar, la presencia de lo moral. Hay una clara intención moralizante en Avellaneda. Incluso cuando integra a don Quijote en donde no lo integró Cervantes. Avellaneda hace que Cervantes vaya a misa. Es una más que interesante diferencia. El tono festivo cervantino se convierte en Avellaneda en ironía moralizadora. El núcleo estético que guía a Cervantes se deja aquí a esta moral ortodoxa. De hecho, como se apunta ya desde el primer capítulo, la amenaza de ingresar en un manicomio está presente. La sociedad no tolerará a un loco como don Quijote por los caminos. Es demasiado desestabilizador para el sistema. Por eso, este Quijote apócrifo acabará ingresado en Toledo.

En segundo lugar, Avellaneda es un lector a la antigua del Quijote. Siempre he pensado que hay una sutil ironía cervantina cuando decide hacer evolucionar sus personajes a partir de lo que ya estaba potencialmente apuntado en la primera parte. Como comentamos en nuestra guía de lectura de la segunda parte de Cervantes, allí los personajes que conocen la obra se dividen en dos: lectores a la antigua, que no dejan evolucionar a don Quijote y Sancho y esperan y exigen de ellos un comportamiento similar al que se les atribuye en una lectura rápida de la parte de 1605; lectores a la moderna, lectores creados por el mismo Cervantes -con el antecedente del Lazarillo-, que permiten la evolución de los personajes, la aceptan. Avellaneda es un lector a la antigua: toma a los personajes de la primera parte y les hace ir hasta la profundidad de sus lados más evidentes. Don Quijote es un loco y Sancho un simple.

Dos diferencias no menores. Pero no insistiré más, porque la intención a partir de ahora es disfrutar de la lectura del Quijote apócrifo. Aunque sea solo para disfrutar más de la de la segunda parte cervantina...

Hay suficientes ediciones en el mercado, muchas fiables: Cátedra y Poliedro, por ejemplo. Se puede tener una buena copia digital gratuita en este enlace


El Quijote de Avellaneda nos acompañará en el Club de lectura de La Acequia durante los meses de septiembre y octubre.

Esta lectura es un complemento de la que dio origen a este Club de lectura, la primera experiencia de lectura colectiva completa de la novela de Cervantes en la que se usaban todas las herramientas de la web 2.0. que ha quedado como la única guía de lectura de este tipo de esta obra. Recomiendo consultarla en este enlace, en especial lo que se dijo de los últimos capítulos del Quijote cervantino.

Leer a Avellaneda nos servirá para preparar las actividades que haremos el próximo curso, con motivo del cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote de Cervantes.


Noticias de nuestras lecturas

Paco Cuesta inicia inteligentemente su lectura de la novela de Avellaneda por donde debe hacerse: más allá de cuestionamientos filológicos, disfrutar de ella. Y engancha. Después escribe una entrada en la que nos da una clave: no pudo haber lector más interesado y apasionado de Avellaneda que el mismo Cervantes...

Luz del Olmo nos regala la vuelta del Sanchico para dar cera a Avellaneda. Este muchacho no cambia, no..., solo por eso merecía la pena leer a Avellaneda.

La entrada de Mª del Carmen Ugarte nos pone de relieve una diferencia no menor de Avellaneda y Cervantes: el tratamiento de la mujer en ambos.

Gelu sigue con su selección de frases, momentos y enlaces de la obra de Avellaneda: basta un vistazo para comprender que no es Cervantes.

Las cosas entre Cide Hamete y Alisolán siguen poniéndose tensas. No sé cómo terminarán si no media Mª Ángeles Merino, que de esta forma nos deja ver lo que va de segunda a segunda parte.


Ya sabéis que recojo en estas entradas de los jueves los comentarios que los seguidores del Club de lectura hacen en sus blogs hasta el miércoles y aquellos que me dé tiempo del mismo jueves. Si me he olvidado de alguno, os agradecería que me lo hicierais saber.

Si quieres saber cómo sumarte al Club de lectura, en este enlace tienes las instrucciones.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

La dimisión del Ministro de Justicia y el panorama actual español


La decisión del Presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy, de retirar la proyectada reforma de la Ley del aborto y la dimisión del Ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, como consecuencia, ponen en evidencia de nuevo una de las características más mediocres del neoliberalismo populista español. Desde que el Partido Popular manifestara una frontal oposición a la actual Ley que regula el aborto aprobada por el gabinete del socialista Rodríguez Zapatero y presentara un recurso -aún pendiente de resolución- ante el Tribunal Constitucional contra ella, firmado entre otros por el mismo Rajoy, usó de este posicionamiento ideológico para alentar a las bases más conservadoras de su electorado, atar alianzas con la jerarquía de la Iglesia católica y ganarse a las organizaciones contrarias al aborto. De hecho, es fácil encontrar en las hemerotecas las manifestaciones de muchos de los líderes del PP e incluso sus fotografías en las manifestaciones convocadas contra la reforma de Zapatero.

El incumplimiento de la promesa electoral del Partido Popular que supone esta decisión tiene una dimensión diferente a la de otros incumplimientos del programa con el que ganó las últimas elecciones generales. En las subidas de impuestos o en los recortes del estado de bienestar, siempre puede recurrir fácilmente a la herencia de Zapatero o a la situación económica derivada de la crisis financiera, como si ellos no supieran nada de todo esto y desconocieran la realidad española que había. Siempre habrá quienes les crean, aunque la insistencia machacona en el argumento acaba convirtiéndolo en una rutina ineficaz incluso como consigna.

Este incumplimiento es diferente: no puede explicarse achacando la culpa a otros o a una coyuntura internacional. La razón es demoscópica: los datos de las encuestas revelan que seguir con el proyecto de ley supone una sangría de votos en un momento en el que el PP teme que perderá la mayoría absoluta que le permite gobernar tanto en España como en la mayoría de los gobiernos autonómicos y corporaciones municipales. De paso, Rajoy se quita peso muerto. Gallardón era uno de los ministros más quemados de su gabinete y siempre un problema interno por sus ambiciones personales. La forma en la que ha salido del Gobierno y, sobre todo, el caos generado en la Justicia española por la toma de decisiones poco consensuadas, muchas de las cuales deja a medias, parecen apartarlo definitivamente de la vida política, aunque en España nunca se sabe.

Este incumplimiento no tendrá la finalidad buscada por el presidente, es demasiado evidente lo que ha ocurrido. Lo único que le permite es ganar sosiego en el debate interno que comenzaba a afectar al nerviosismo con el que los candidatos a las elecciones autonómicas y locales afrontan el futuro próximo. También ha dejado muy descontento a la parte de la base electoral que buscaba una reforma que limitara el aborto. Aunque no estoy muy seguro de que esto le suponga una resta de votos -es un electorado muy fiel tradicionalmente al PP a pesar de todo, incluso de los escándalos de corrupción-, sí supone una caída en la credibilidad del presidente que, en la situación actual, le pone en una situación muy peligrosa sobre todo si la economía no da claras muestras de recuperación. El dinero parece que lo tapa todo cuando circula, incluso los valores ideológicos de muchos que afirman ir por la vida con los valores por delante.

Me temo que el Gobierno ha comenzado a pensar en clave electoral. En realidad lleva tiempo haciéndolo. Después de unos primeros tiempos en los que la situación de depresión nacional en la que nos encontrábamos le permitió, con escasa contestación social, tomar medidas contrarias a los derechos sociales y laborales alcanzados en las décadas anteriores, lleva tiempo jugando con el cálculo electoral próximo. Su actitud ante el nacionalismo independentista catalán es otro asunto en el que se percibe de forma burda el juego que se tienen entre manos el gobierno del PP y el gobierno de CIU para desviar la atención sobre el desmantelamiento del estado de bienestar. De aquí a las próximas convocatorias electorales veremos poner todo esto en juego y las decisiones serán tomadas por los expertos en demoscopia. Las encuestas mandan. Mientras tanto, los problemas reales de este país siguen aparcados y se nos intentará crear un espejismo. El problema es que la situación ya no se puede esconder fácilmente debajo de la alfombra para simular que la casa está limpia, por lo que aumentarán las consignas del miedo ante las ambiciones idependentistas catalanas -o en Cataluña ante el centralismo madrileño-, o contra los populismos rivales o la exageración de los resultados positivos de unas medidas económicas que han causado mucho dolor y recortes en materias sociales. Puro juego de artificios de comunicación. Lo único que falta por saber es si la población española dejará de estar en el parque temático y se convertirá en ciudadanos de una vez por todas o no.

Quizá si el panorama resultante de las próximas elecciones les parece ingobernable a los candidatos de los grandes partidos comencemos a hacer política de verdad y no tanto política de salón y camarilla.

martes, 23 de septiembre de 2014

A veces quisiera ser de Plutón


A veces quisiera ser de Plutón y tener justificación para no comprenderlos. Pero qué va, soy del barrio de La Cañada de Puente Duero y comprendo muy bien por qué lo hacen, por qué dimiten y por qué permanecen en sus cargos, por qué juegan a dejar caer a unos y mantener a otros, por qué pueden atropellar la ley o jugar con las tripas y los sentimientos de la gente para encubrir sus corrupciones mientras se envuelven en banderas e himnos, por qué usan de la chulería o por qué amenazan con las siete plagas de Egipto o con el Diluvio universal. Me gustaría ser de Plutón para redactar un informe a mi regreso y decir que no los comprendo, pero qué va, cómo los comprendo y sé cuál es su juego. 

lunes, 22 de septiembre de 2014

Cruzar la calle


¿Cuántos pasos se necesitan para cruzar una calle que no quieres cruzar y por qué te empeñas en obedecer las consignas que te obligan a hacerlo?

domingo, 21 de septiembre de 2014

Escenarios para un beso


Hay escenarios propicios para un beso. Como si alguien hubiera pasado horas preparándolos. Hasta la luz, filtrada en un día lluvioso inclinado ya hacia el otoño. La cortina de lluvia moja sus rostros, se encuentran al doblar la esquina, se miran y reconocen. Ninguno de los dos lleva paraguas. Él viene de tomar café en el Bolís y leer en el periódico las mentiras y la agenda de la semana, ella de unas gestiones de última hora. Atardece. No les importa mojarse. Cuánto tiempo, dice él. Tanto como todos los otoños del mundo cantados en un tango, dice ella. No pueden evitarlo, ambos están llenos de películas en blanco y negro. Quizá un bolero. Él se ha acercado lo suficiente como para sentir el olor reconocible de su piel y el temblor de su mirada. Qué importa. Se acerca un poco más. Ella se pone un poco de puntillas -tampoco él es tan alto- y le besa suavemente en los labios. Él la atrae hacia su cuerpo, con la mano en la espalda, y hace el beso más profundo, intenso y largo. Sigue lloviendo.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Goya. Sus grandes series


Recomiendo que se vaya sin prisas a la exposición Goya. Sus grandes series, en la Sala Municipal del Museo de la Pasión de Valladolid hasta el 2 de noviembre, a pesar de que su contenido ya es fácil y cómodamente accesible a través de Internet. En ella se encuentra los más de doscientos grabados de Los caprichos (1799), Los desastres de la guerra (1810-1820), La Tauromaquia (1814-1816) y Los disparates (1815-1824), las grandes series de grabados en las que trabajó Francisco de Goya.

Goya se incorporó a la popularización del grabado que se dio a finales del siglo XVIII y que creció gracias a la demanda de las clases medias que buscaban alimentar su cultura por una parte y decorar las paredes de sus casas con objetos de lujo como se consideraban estos trabajos. Antes de sus grandes series ya había trabajado en una Huida a Egipto y, sobre todo, en una serie de grabados sobre la obra de Velázquez en la que introduce sutiles cambios y reinterpretaciones. De hecho, muchas personas conocieron a Velázquez a través de esta interpretación de Goya a la vez que este estudiaba y hacía suya la técnica pictórica del maestro barroco.

Pero será en estas cuatro series en donde estará el Goya más personal, el menos preocupado por la perfección de la técnica del grabado y al que le interesaba más el contenido crítico, documental, satírico o ideológico de su producción. Goya, ilustrado al fin y al cabo, comprendió pronto la ventaja de la imagen grabada y reproducida como herramienta de difusión de unas ideas y de su crítica visión de la España de su época. Este es el gran valor -aún vivo- de las series de los grabados de Goya, desde el primero hasta el último, el más personal de todos, cuando Goya ya había roto las amarras con una España que le había defraudado completamente.

Recomiendo pasear con calma por esta exposición, sin prisas y dispuestos a echar mucho tiempo en ella. Quizá no es tan buena idea como parece ofrecer todas las series completas puesto que pueden abrumar al espectador normal de estas exposiciones, quizá hubiera sido mejor aligerar lo expuesto para ganar en didactismo y en trabajo museístico de divulgación. De hecho, por algo será que nunca se habían expuesto juntas las cuatro series. No sé si debe colgarse todo porque se tiene todo, opino que no. Pero Goya es siempre Goya y siempre es oportuno en una España que aún está falta de su propia revolución ideológica en la que las reflexiones de Goya siempre deben tenerse en cuenta por actuales, así que no voy a discutir esto más allá de la mera duda sobre su oportunidad: el propio visitante puede hacer sus selección o ver la exposición fragmentada.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Acerolas


Sé que todo ha girado ya hacia el otoño. Hoy ha llovido y me recordó aquellos días de la infancia en los que, de pronto, te calzabas para ir al colegio y las manos te olían a goma de borrar y libro nuevo. Y comenzaba a llover de una forma que ya negaba el verano. Es tiempo de coger un puñado de acerolas y comerlas por la calle para comprobar que el mundo sigue teniendo su consistencia con un punto agradable de acidez y la delicada y humilde forma que solo sabe apreciar el que se ha criado lejos del plástico de los invernaderos. Como cuando te rozabas las piernas para trepar a la rugosa rama de los frutales.

Primera entrada en La Acequia sobre las acerolas, aquí. Segunda, aquí.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Reconstruir al lector de Avellaneda que aún no conoce a Cervantes o a don Miguel comiéndose las uñas y noticias de nuestras lecturas.


Según algunos investigadores, Cervantes no leyó la segunda parte del Quijote de Avellaneda hasta los últimos días de julio de 1614. Esto viene a contradecir una teoría según la cual el apócrifo circuló de forma manuscrita al menos desde 1610 y Cervantes pudo leerlo de esa manera mucho antes de la impresión. Desentrañarlo tiene más interés del que parece puesto que este asunto es clave para conocer cómo se planteaba su propia continuación Cervantes y las razones de algunos cambios con respecto a la primera. Si conocía la obra de Avellaneda, suena muy extraño que Cervantes no dijera nada al respecto en la Dedicatoria al Conde de Lemos de las Novelas ejemplares, fechada el 14 de julio de 1613. También resulta extraño que no la mencionara en la Adjunta al Parnaso, redactada el 22 de julio de 1614. Vista la reacción de Cervantes en su segunda parte del Quijote, no parece ser de los que callaran para esperar la ocasión oportuna. Esto también sirve, al contrario, para poner nueva fecha de redacción al Quijote de Avellaneda. Ya no hablaríamos de una continuación tan cercana a la primera parte, sino de una redacción a partir de 1613, cuando Cervantes insiste públicamente en querer proseguir su obra.

Con esta horquilla temporal, Avellaneda comenzó a redactar en algún momento en 1613 y Cervantes no pudo conocer su texto hasta finales de julio de 1614. La primera fecha es interesante puesto que convertiría a Avellaneda no solo en alguien que continúa una novela porque la admira sino un intencionado e interesado continuador que conoce los planes de Cervantes de redactar y dar a la imprenta la segunda parte. Sin duda, quiso adelantarse a él, robarle parte de la gloria y causarle un cierto daño, de ahí las acusaciones que le lanza Cervantes: siente que no es solo admiración o ganas de insultarle en el prólogo por venganza sino intento de robarle el producto de su ingenio. También pudiera ser que estas intenciones, si admitimos la teoría de que uno fue quien redactó la obra de Avellaneda y otro quien la terminó, prologó y mandó imprimir, fueran de este segundo, que se encontrara con el material de su venganza ya escrito. Pero sigue resultando raro que no tengamos datos ciertos de esa circulación manuscrita y que Cervantes no dijera nada sobre ella pudiéndolo haber dicho en 1613 y 1614.

La segunda fecha -finales de julio de 1614- también nos importa. Según una hipótesis muy aceptada, Cervantes redactaba su continuación del Quijote de un tirón y solo cuando tuvo noticias de la de Avellaneda reaccionó en la famosa escena de la posada en la que su personaje tiene noticia de un rival falso. Según esta antigua teoría, Cervantes,  sin modificar nada de lo anterior, cambió su plan en ese momento haciendo que su personaje se dirigiera a Barcelona y no a Zaragoza y tras redactar la novela incluyó la conocida referencia en el Prólogo. Sin embargo, también esto resulta raro puesto que la segunda parte cervantina manifiesta un cuidado estructural y una conciencia de novelista mucho mayores que las puestas en la primera. Resulta extraño que pudiendo conocer la obra desde finales de julio de 1614 y trabajando la suya hasta octubre de 1615 no se planteara más que un giro argumental en un momento dado y en los ataques a partir del episodio de la venta en la que don Quijote sabe que tiene un doble falso.

Como no contamos con más datos ciertos que los citados, cabría aventurar la hipótesis de un Cervantes que, sea cual sea el momento en el que lee el texto de Avellaneda a partir de finales de 1614, contando con la base de lo que llevara redactado desde 1613, volviera sobre sus pasos para dejarnos los suficientes detalles propios de su inteligencia y de la fina venganza que perpetra contra quien apunta como autor del Quijote apócrifo. Ya Martín de Riquer se puso en la mente de Cervantes: para este no cabría otro continuador que Jerónimo de Pasamonte, su Ginés de Pasamonte, el galeote de la primera parte. De ahí que, en vez de hacerlo desaparecer como a todos los otros personajes de la primera parte lo recupere para agraviarlo aún más. Si cruzamos este dato con lo afirmado en el Prólogo de Avellaneda, todo cuadra: "si bien en los medios diferenciamos, pues él tomó por tales el ofender a mí [es decir, Pasamonte, puesto como galeote], y particularmente a quien tan justamente celebran las naciones más extranjeras [Lope de Vega]". Basta con ver cómo aparece Pasamonte en la segunda parte cervantina para comprender la sutil venganza literaria y personal de Cervantes. Sin citarlo directamente apunta al objetivo para darle una ración mayor de la misma medicina de la primera parte.

Quizá sea este volver sobre sus pasos lo que hizo que don Miguel, comiéndose las uñas de rabia pero con serena inteligencia y con pleno dominio ya de la técnica narrativa moderna, duplicara sus esfuerzos para que don Quijote y Sancho evolucionaran como personajes desde el primer capítulo de su continuación y su novela fuera aún mucho más revolucionaria que en la primera parte. Nunca sabremos hasta qué punto Avellaneda consiguió estimular el ingenio de Cervantes para hacerlo crecer como novelista pero yo soy de los que piensan que a quien se escondiera bajo ese pseudónimo le debemos mucho como espoleta que exprimió toda la capacidad cervantina.

Lo que me gustaría es un imposible, jugar a la historia ficción y ponerme en la piel del lector de novelas de la época que lee en 1614 el Quijote de Avellaneda antes de la continuación cervantina y que luego va corriendo a su librero para adquirir, a finales de 1615, la que Cervantes imprime. Un lector que con toda seguridad oye los rumores -o quizá certezas- que correrían de boca en boca sobre la identidad de Avellaneda. Y que disfruta también -por qué no- con que Avellaneda le llame viejo y tonto a Cervantes y este disfrute negándole su verdadero nombre al del seudónimo pero convirtiéndolo en ladrón de burros y titiritero y engañador con mono. Una doble ración de placer de la lectura en la que el mejor avisado asiste, en primera fila y sin que nadie deba explicárselo, al espectáculo de un grande superándose a sí mismo para abrir caminos no conocidos antes.

Hay suficientes ediciones en el mercado, muchas fiables: Cátedra y Poliedro, por ejemplo. Se puede tener una buena copia digital gratuita en este enlace


El Quijote de Avellaneda nos acompañará en el Club de lectura de La Acequia durante los meses de septiembre y octubre.

Esta lectura es un complemento de la que dio origen a este Club de lectura, la primera experiencia de lectura colectiva completa de la novela de Cervantes en la que se usaban todas las herramientas de la web 2.0. que ha quedado como la única guía de lectura de este tipo de esta obra. Recomiendo consultarla en este enlace, en especial lo que se dijo de los últimos capítulos del Quijote cervantino.

Leer a Avellaneda nos servirá para preparar las actividades que haremos el próximo curso, con motivo del cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote de Cervantes.


Noticias de nuestras lecturas

Pancho camina para mostrarnos la velocidad de los acontecimientos del delirante Quijote y el interesado Sancho en su viaje a Zaragoza...

María del Carmen Ugarte dedica su oportuna galbana del lunes a comentar el inicio del Quijote apócrifo y plantear algunas cosas de interés: el recurso a la traducción, la admiración-continuación de Cervantes por Avellaneda y la cuestión morisca.

El ordenador de Mª Ángeles Merino vuelve a dejarse poseer por los secundarios, que tan oportunamente le han llenado páginas de nuestras lecturas, y aquí nos aparece nada menos que el sabio Alisolán para desentrañar lo que pasa al inicio de la novela, pero el muy ladino no suelta prenda de la identidad de su creador... Eso sí, no deja de protestar el bueno de Cide Hamete.

Gelu se lanza con bríos a por la novela de Avellaneda, con su ya conocida y útil manera de seleccionar frases y enlaces para enriquecerla.



Gelu continúa con su lectura y antología de textos, enlaces e imágenes correspondientes a El río que nos lleva. Aquí, con la despedida de un amor imposible.

Ya sabéis que recojo en estas entradas de los jueves los comentarios que los seguidores del Club de lectura hacen en sus blogs hasta el miércoles y aquellos que me dé tiempo del mismo jueves. Si me he olvidado de alguno, os agradecería que me lo hicierais saber.

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