
Este jueves comentábamos cómo Cervantes, jugando con los recursos literarios, modificaba las modalidades narrativas del Quijote. Lo hace desde el comienzo del libro -desde el prólogo, quizá desde antes-, pero en este capítulo introduce algo especial, que nos acompañará también en la historia del cautivo. Tanto el discurso sobre las armas y las letras como la historia del cautiverio en Argel tienen precedentes literarios, pero Cervantes los supera al introducir el autobiografismo. Sabe de lo que habla al mencionar la dura vida del soldado y del prisionero por los piratas berberiscos puesto que lo vivió en sus propias carnes. Y esa experiencia, traducida en literatura, aleja ambos textos -el discurso y el relato- de sus precedentes. Percibimos, desde el principio, ese juego.
Cervantes, en un pasaje de su vida no del todo aclarado, abandona sus estudios en España y, posteriormente, su trabajo entre papeles para enrolarse como soldado en los famosos Tercios españoles. Como tal, durante años, conoce la vida dura del soldado de la época, la holganza en los momentos más tranquilos y la violencia de la guerra -sufre heridas graves, tiene un comportamiento heroico-. Aquellos soldados españoles -o los mercenarios que para el Imperio trabajaban-, participan victoriosos en los escenarios principales de las luchas europeas. Durante décadas se convierten en el ejército mejor preparado, con mayor capacidad técnica. Son una herramienta perfecta para el mantenimiento de la presencia española en territorios cada vez más hostiles e implantar la política diseñada por la Corte de los monarcas españoles del XVI y del XVII. Estos reyes empujaron a la Corona española a un Imperio que queda muy bien en los libros de Historia pero contribuyó a desangrar España hasta el punto de que su máximo esplendor fue la base de su posterior decadencia.
Los jóvenes españoles tenían muchos motivos para alistarse en los Tercios: una combinación de sueños de gloria, sentimiento de orgullo colectivo en una empresa común del país, huir de la miseria económica y conseguir una pequeña fortuna -económica y personal- que les permitiera mejorar o lavar una mancha o un crimen en su pasado. No sabemos bien qué le llevó a Cervantes a apuntarse. Hay teorías que lo hacen un convencido contrarreformista, otras le hacen joven aventurero. Es muy posible que tuviera algo que ver su salida precipitada de España y la intención de saldar lo que la hubiera provocado. O quizá una mezcla de todo, casi seguro.
Cuando Cervantes pudo regresar a España tras su cautiverio, se encontró como muchos otros excombatientes de todos los tiempos. De aquellos jóvenes que volvían heridos, mutilados o simplemente envejecidos, pocos o nadie se ocupaban. Si no habían tenido suerte con sus pagas o con los botines de guerra, volvían con poco más que con sus hojas de servicio. Algunos consiguieron ejercerlas como cartas de recomendación, pero la mayoría no. Las calles de las ciudades españolas se llenaron de estos hombres que marcharon hacia la gloria y que dejaron su sangre y la de sus compañeros por media Europa.
El golpe que recibiera Cervantes debió ser brutal porque, además, él no pudo volver directamente para sacar provecho de su participación directa en algunas de las acciones más recordadas por la historia. Después de unos años, a pocos importó lo que decía aquel hombre y tuvo que intentar otros medios para ganarse la vida. Siempre se mostró orgulloso de su pasado militar, pero no dejó de manifestar en su obra lo poco que importaba aquello en esa España que, de tanto crecer, se había vaciado.
Un autorretrato con mano y anillo acariciando un ejemplar del Quijote.

Selma, autora del cálido, comprometido y acertado blog Desde mi jaima, me envió, susurrando en el correo, este autorretrato en el que acaricia un ejemplar del Quijote. El anillo contiene secretos de amatista que sólo los iniciados podrán conocer y la mano que roza el libro arranca todas las certezas de una mirada. Gracias, querida Selma.
Próximos autorretratos: Jan Puerta y Pancho.
Recordad que todos podéis haceros un autorretrato en el que se os reconozca o no. La única condición es que aparezca un volumen de la obra o estéis en actitud quijotesca. Mandádmelo por correo electrónico para publicarlo. Será un buen testimonio de esta locura colectiva y pensaremos qué hacer después con todo este material tan interesante.
Noticias de nuestro Quijote
Manuel hace un comentario muy oportuno del capítulo de esta semana, con una pregunta muy inteligente sobre la dualidad permanente en la obra entre las armas y las letras, que sabe encuadrar muy bien en el contexto histórico en el que vivió Cervantes. También, después del éxito del Manifiesto por la solidaridad, nos retorna a la locura de nuestro empeño publicando una imagen que une los dos empeños.
Javier G. Riobó ilustra el capítulo de esta semana con tres imágenes extraordinarias, que lo resumen y amplían, en un juego de miradas actual sobre la propuesta cervantina, hasta llegar a los demonios finales. No os la perdáis.
Antonio Aguilera ha podido recuperarse, por suerte para todos, y nos regala una perla en compañía de Ojito saltón al comentar el capítulo XXXVI: entre bromas y veras, como siempre hace en su comentario, singulariza al Quijote por su estilo de todos los fáciles imitadores. La foto es impagable.
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