sábado, 30 de agosto de 2025

Leer en verano

 


Sé por qué eran más felices mis veranos de antes: porque era el tiempo de lectura. Lectura de los libros de la pequeña biblioteca de mis padres, que a mí me parecía inmensa; lectura de los tebeos y libros del puesto de lectura público de los Jardines de la Rubia; lectura de los libros que fui comprando con mi paga o que en casa fueron comprando para los hijos. Recuerdo especialmente el verano en el que cumplí catorce años y mi voracidad lectora de ese año que no se detuvo en los siguientes. Lecturas desordenadas de novelas, filosofía, historia y poesía, clásicos como El Quijote o de moda como Papillon junto El Jabato o Hazañas bélicas, todo lo que podía de la vieja Austral o las obras de Nietzsche publicadas en el libro de bolsillo de Alianza Editorial. Libros que me acompañaban gran parte de las horas de calor, en los que no había nadie en la calle, y que yo leía a la sombra del chopo plantado por mi padre o tirado en el suelo, en la frescura del portal de entrada de la casa. Quizá no tenga razón y era más feliz porque era un niño y todavía no tenía responsabilidades, pero el caso es que yo leía mucho y era feliz leyendo. No sé bien cuándo he dejado de leer así, con tanta voracidad. Extrañará que diga esto porque sigo leyendo mucho. Por razones de trabajo y de compromiso, por la gestión cultural que realizo, por estar al día. Leo, pero ya no leo como entonces: embarcándome en un mar inagotable que era mucho más amplio que la vida. Y ya no soy feliz. Miro ahora mi biblioteca, que desborda las posibilidades de mi casa y sé que es ahí donde podré hallar consuelo a tantas cosas.

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