martes, 30 de septiembre de 2008

Música en el margen.


Del margen, a veces, viene la música. Sorprende doblar una esquina y hallarse envuelto en una melodía. ¿A quién salva esta sorpresa? Quizá pensemos que al que está en el lado invisible: por bohemia, por aventura, por necesidad. Sin embargo, mientras nos alejamos tras arrojar una moneda, hay algo -un regalo- que viene desde ese lado y se queda con nosotros. Aunque sólo sea un instante.

Habrá más entradas de Cuadernos para una gótica.

La mayoría de los que han participado en la última encuesta, se han inclinado porque el paseante de La Acequia publique más entregas de Cuadernos para una gótica.
Un 80% ha respondido que Sí, por supuesto. Un 2% que Ni hablar. La serie no ha dejado ha nadie indiferente (0% dice Ni frío ni calor) y sólo un voto (6%) ha respondido Dejadlo descansar al pobre... He de confesar que este voto era el mío, pero me debo a vosotros, así que habrá más entradas.
Esta serie tendrá, como sustento, un juego intertextual con algunos géneros muy populares y que, normalmente, no son tenidos en cuenta por los críticos a pesar de sus éxitos de venta: novela gótica (misterio, terror, vampiros y aparecidos), novela erótica, etc. Eso sí, en el juego van también determinadas insinuaciones sobre este tipo de novela y la propuesta, al menos, de que vaya escrita con los puntos y las comas en su sitio.
Ya veremos qué sale.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Labios.


El deseo se puede concretar en sed de labios. Cuántas expresiones, en los poetas, cuentan un beso, o lo reclaman a miles: la necesidad de beber en el otro o la otra. Y frente a ellos, siempre, la carnalidad del labio: superior a todo verso. La sensación que nos hace buscar el beso. ¿Cómo describirlo sin literatura?

No es retórica: en ocasiones, mataría por un solo beso de tus labios.

domingo, 28 de septiembre de 2008

La modernidad es pasado.


Para saber donde estamos, conviene echar un vistazo a nuestro pasado.

Gran parte del andamiaje de nuestra sociedad, procede de la época que se ha dado en calificar como Modernidad y que, convencionalmente, podemos establecer en un corte que nos llevaría desde finales del siglo XVII o principios del siglo XVIII hasta mediados del XX.

Al menos, la definición institucional de las dinámicas occidentales, sus principios políticos e ideológicos y sus dinámicas sociales proceden de ella.

La Modernidad es, también, un concepto: ser moderno define una forma de enfrentarse al mundo a partir de unos presupuestos previos. Según esto, soy moderno cuando me comporto como un ilustrado, es decir, como un individuo que, libre y racionalmente, me asocio con otros a través de un pacto por el que constituyo una sociedad en la que todos sus componentes tienen los mismos derechos y deberes, aunque no las mismas funciones. Este pacto, ya lo sabemos, nos lleva a ceder una parte de nuestra autonomía para constituir una estructura comunitaria en la que, continuamente, se tejen relaciones dinámicas -es decir, cambiantes y no fijadas definitivamente por las creencias o por un ser externo a la sociedad que pacta.

Las inercias fundamentales de la Modernidad siguen rigiéndonos: conceptos científicos, democracia parlamentaria, relaciones laborales, ciudadanía, etc.

Sin embargo, como veremos en posteriores entradas, buena parte de todo ello ha sido colonizada por ideologías que o bien proceden de las mismas dinámicas de la Modernidad (por ejemplo, un partido fascista puede ganar unas elecciones democráticas; el sistema económico propio de la modernidad puede alterar sus principios de pacto social cuando tuerce las decisiones de la mayoría por el influjo de la propaganda; la construcción de un mundo laboral industrializado puede provocar su anulación con la lucha de clases) o bien de fuera de ella (una creencia religiosa puede imponer, en determinadas condiciones, sus dinámicas a través de unas elecciones o del control de medios de comunicación, el terrorismo o la manipulación de sectores económicos; la pasividad de los individuos que deben construir la sociedad moderna puede destruir el sistema parlamentario). La conclusión es que todo el andamiaje de la modernidad está oxidado y a punto para la demolición. Y que, aunque aun constituye la estructura de nuestro edificio histórico, ya no es tan reconocible como hace unos decenios. Lo que pueda ser rescatado de la modernidad (hay muchas cosas válidas), debe ser sometido a una limpieza y puesta al día. De esto hablaremos otro día.

Los avances científicos y técnicos (y sus consecuencias sociales) son la principal tarjeta de visita de la época Moderna, y proceden, casi por igual, de una forma de ver el mundo desde el ser humano -es decir, sin la Teología- y de una cierta soberbia ejercida como fe en el progreso.

Gran parte de las ideologías y de los sistemas económicos y sociales de las que todos hemos oído hablar, se construyeron en la Modernidad como forma de explicar el mundo y actuar en él. También la mayor parte de las ideologías políticas, en especial el liberalismo -y sus derivaciones progresistas y conservadoras- y las diferentes formas de socialismo. De la Modernidad también proceden, por fenómenos de acción y reacción -ésta pocas veces tenida en cuenta por los teóricos al construir sus sistemas-, los fascismos y nacionalismos.

La Modernidad pensó el mundo en su globalidad de verdad, por vez primera, y trajo, como consecuencia, el neocolonialismo y la guerra como forma económica de cartografiarlo: los mapas se hacían, sobre todo, con las armas y con la intención de sostener el lugar privilegiado de los sectores económicos de un país determinado.

Aunque podría haber dado otro resultado, la Historia nos ha mostrado por dónde se encaminó: conflicto permanente de las grandes potencias hasta que, en el siglo XX, dos grandes guerras mundiales provocaron millones de muertos y el enfrentamiento de dos grandes ideologías en una política de bloques que ocupaba y dividía, en la práctica, todo el mundo.

La Guerra fría resultó el último producto de la Modernidad tal y como fue -no tal y como la soñaron las utopías dieciochescas-. De nada sirve, por lo tanto, pensar cómo podrían haber ido las cosas, puesto que el resultado histórico es bien cierto. El mero planteamiento de la posibilidad de que el mundo se terminara en una guerra atómica fue uno de los resultados de la evolución de las ideas iniciales, aunque no estuviera previsto.

Una de las paradojas resultantes es que, lo que se había construido sobre el concepto de individuo, en la práctica llevó a su pérdida de peso específico y desorientación puesto que la consecuencia no querida del pacto inicial había construido unas superestructuras que, incluso, estaban por encima de los estados nacionales: de este sentimiento nació gran parte del arte del siglo XX. El individuo no encontraba su hueco en el resultado final de la Modernidad: ni tenía ya creencias ni le era válida la ortodoxia de las grandes ideologías que lo habían llevado hasta allí. Con esto, se anunciaba el paso siguiente.

Sin duda, entender el mundo como conflicto que hay que resolver es el principal error de la Modernidad. El ser humano se explicó lo que le rodeaba como un reto y no vio otra solución que la manipulación del entorno natural, sociológico y psicológico, sin frenarse ni siquiera en la destrucción de cada uno de esos ámbitos puesto que ponía por encima su afán de protagonismo. El progreso, para los habitantes de Occidente, se vio como un conflicto entre civilización y barbarie, en el que barbarie era todo lo que se escapaba a su control y debía ser controlado fuera un grupo social, un país o la naturaleza.

Aquello, ya lo sabemos, terminó con dos grandes potencias partiéndose el mundo y mirándose la una a la otra durante unos cuantos años, en un conflicto en el que ambas entendían que su forma histórica de modernidad era mejor que la del contrario e intentaban imponerla al resto de los países. Hasta que el statu quo hizo aguas.

La ingenuidad de los liberales.

Ahora, en medio de la crisis provocada por la carrera hacia el abismo al que nos ha llevado la especulación y el desenfreno de los últimos años, los defensores del liberalismo nos dicen que no ha fallado el mercado sino los hombres que lo gobiernan. Es, sin duda alguna, verdad. Como los hombres siempre tenemos pasiones y cometemos errores antes o después, esta ideología tiene un grave problema.
Por caricatura, entonces, el liberalismo sólo podría funcionar en un mercado sin personas que tomen decisiones. Para estos teóricos liberales, todo marcharía mejor si la realidad no saliera de los libros y artículos en los que defienden sus propuestas o de los simuladores informáticos de sus tesis.
Esto me recuerda que hoy debería escribir una entrada para pensar en el mundo del siglo XXI.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Ha muerto Paul Newman

Ha muerto Paul Newman. Podríamos hablar de muchas cosas, pero hoy sólo quiero recordar que nunca ha habido una sonrisa en el cine como la del indomable.
Que la tierra le sea leve.

El verdadero rostro de Cervantes es el de Johnny Depp y noticias del Quijote

Traigo aquí estos artesanales marcapáginas, con motivos quijotescos, que Bipolar me regaló hace unos días. El elegante papel del fondo pertenece a un envío de mi querida Isabel Huete, del que daré cuenta en breve. Bipolar me escribió también un correo que continúa con la polémica sobre el rostro de Cervantes, que tanto juego nos ha dado en las últimas entradas de nuestra lectura -y sobre lo que seguiremos hablando-. Ella lo ve como "un hombre atractivo, delgado, triste e infeliz". Hace unos días, me escribió con la sugerencia de que su don Quijote cinematográfico adecuado sería Johnny Depp. Ante mi extrañeza, siguió indagando hasta dar con una referencia que yo conocía pero tenía sepultada en el olvido. Y le agradezo que me la recuerde. Se trata de la participación de Depp en una locura quijotesca fracasada -no es la única, ya veremos más-, de la que podéis encontrar sus restos en el documental Perdido en la Mancha.

Puede que se retome el proyecto inicial de Terry Gilliam, que se llamó El hombre que mató a don Quijote, así que no desesperes, Bipolar.

Aunque su Depp no hace ni de Cervantes ni de don Quijote en la película, supongo que me propone, siguiendo la vieja idea de que don Quijote es un alter ego cervantino, que el rostro de don Miguel sea el de Depp. Hablándolo con una conocida, también se mostró entusiasmada y me propuso que, si fallara Depp, pueda sugerirle una serie de fotografías en La Acequia a Viggo Mortensen caracterizado de ambos. Ay, que me temo que esto se nos va a ir de las manos.



Noticias de nuestro Quijote



Gracias a Antònia, he tenido conocimiento de la entrada que Bilbo, autor del interesante blog Nunca estarán solos, dedica a nuestra locura colectiva, Seguid adelante. Se las agradezco en nombre de todos, invitando a que os paséis a leerlas. A él pertenece la ilustración que pongo aquí, dedicada a todos nosotros. Gracias.


Manuel Tuccitano nos ilustra, en su entrada El Quijote y la lectura, con los datos imprescindibles para comprender la alusión a Catón en el capítulo de esta semana. Oportuna, amena e informativa entrada que debéis leer para entender el porqué de la presencia de este nombre.

Javier continúa su magistral ilustración en imágenes del Quijote. Como sabéis, sus fotografías suelen proceder de escaparates comerciales. De ahí la dificultad de su empeño: doble, pues resalta las claves que él ve en cada capítulo y juega, irónico, como si fuera un Cervantes urbano y moderno. No os perdáis las excelentes imágenes con las que comenta el capítulo XX.

La Abejita de la Vega da cuenta de su comentario y mi respuesta en su blog, y titula una entrada de forma tan graciosa que en sí mismo este título explica buena parte del capítulo XIX. No os perdáis, tampoco, su comentario del capítulo XX en Este es un batán y estas sus consecuencias (¡qué título más gráfico!) y sus ilustraciones: la primera, muy divertida.

Juan Luis, en Flaquear, analiza el capítulo XVIII, reflexiona a partir de las dudas que le entran a Sancho sobre si merece o no la pena continuar junto a su amo tras tantas desgracias. Todos tenemos esos momentos de incertidumbre, y, como dice Juan Luis, si los superamos suelen venir los grandes logros.

Doy cuenta aquí también de una iniciativa que lanzó Kety en su blog, aunque no está relacionada con nuestra lectura: traer a nuestra época a los personajes del Quijote. Podéis ver el desarrollo en Don Alonso Quijano: siglo XXI.

Incombustible, que aunque no participa en nuestra lectura colectiva se deja caer por aquí de vez en cuando, ha dedicado una entrada a un cervantismo que siempre me ha llamado la atención, por lo popular y sincero: el de la ciudad mejicana de Guanajuato.

Desplazados al paraíso da cuenta de un Quijote nada despreciable. Habrá que probarlo, si nos llega el sueldo: Don Quijote: plato exquisito para el paladar.


Si me he olvidado de alguien, hacédmelo saber y lo subsanaré. Os ruego que, para encontrar mejor vuestras entradas, las enlacéis con La Acequia.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Noticias de gente a la que quiero: Alicia, Carmen y Miguel.


Alicia me escribe, desde los EE.UU., para decirme que se ha instalado bien, dispuesta a disfrutar de su estancia allí, que tiene motivos académicos. Alicia fue alumna mía y es un ejemplo de estos jóvenes de hoy, bien formados, con gran iniciativa y un currículum brillante. Ya ha pasado largas temporadas en otros países y, en Burgos, ha obtenido varias becas. Pertenece a una magnífica promoción de estudios humanísticos a los que dediqué un Discurso cuando me eligieron su padrino: en este tipo de jóvenes está el futuro de unos conocimientos que, ahora, para mal del mundo, parecen no estar de moda. Me envía fotografías que tomó hace un tiempo, no sé si por aquí, y de las que se ha acordado al leer desde su nuevo lugar de residencia, mi entrada Primavera y vida. Publico una de ellas, al frente de estas palabras, que anticipa, a la vez, el invierno -por esta Meseta el invierno viene pronto y es largo- y la primavera. Junta, en su imagen, el reposo de la naturaleza y su feliz rebrote. Buena suerte, querida Alicia.

Estos jóvenes de ahora viven en el mundo: no todos desperdician su vida como insisten en decirnos los medios de comunicación, especialmente interesados en sacar sólo lo que vende. Su horizonte se ha extendido. Los mejores de ellos saben no sólo que son ciudadanos del mundo, sino que pueden y deben ejercer ese derecho que es, sobre todo, la concreción de lo mejor de nuestra Historia como seres humanos. Cuántas pesadillas nos ahorraríamos si comprendiéramos que todo ha de moverse ya lejos del concepto de frontera, no sólo el dinero.

De ello es también ejemplo otra antigua alumna mía, Carmen, que me escribe también para decirme que se marcha a Serbia a trabajar. Salió de Burgos para irse a vivir a Francia. Después de visitar medio mundo, me escribió para contarme que estaba en Italia. Ella no lo sabe, pero la descripción que hizo de su lugar de residencia me llenó de viejos sueños míos. Siempre que me escribe noto su energía, que no pierde ni en los peores momentos, y sus ganas de hacer cosas. Me envía también lo último que ha escrito, que leeré con calma, porque me gusta mucho lo que hace. Cuando la escriba mi próximo correo electrónico, supongo que lo recibirá en su nuevo destino. Tendrá suerte allí, seguro.

Estas cosas son las que a uno le reconcilian con su profesión, tan fea, a menudo, por las batallas burocráticas y los clanes académicos.

Por último, Miguel Vivanco, que tantas huellas deja en La Acequia con sus comentarios, palabras y enlaces oportunos (cuando veáis un comentario suyo, seguid siempre el enlace con el que firma), me cuenta en su correo que, el día que hablé de su piedra, estaba de viaje en Italia. Y entre guiños inteligentes en su texto, me envía varias fotografías. Una me ha gustado especialmente: máscara entre máscaras, en Venecia. Confía en que sabré sacar partido de ella. Querido Miguel: andamos todos enmascarados, ya lo sabes. Pero, tras la tuya, se adivina la sonrisa inteligente.

jueves, 25 de septiembre de 2008

De fantasmas a batanes, con Sancho desatado (Cap. 1.20).


Hay más cosas en este capítulo de las que aparecen en una lectura rápida. Veamos.

Su estructura parece repetir la del anterior para llegar, por ampliación, a propuestas diferentes. Cervantes consigue volver a sorprender al lector y enriquecer la narración.

En el capítulo XIX, lo que comenzaba como aventura misteriosa de fantasmas terminaba en una cena con lo robado a los eclesiásticos, tras desvelarse su rango nada fantástico. Aquí sucede lo mismo: la aventura también es nocturna y se presenta, en mitad del bosque, producto de algo que bien podría ser tan sobrenatural como una procesión de aparecidos.

Cuando don Quijote y Sancho buscan agua para saciar la sed provocada por la cena, oyen un ruido que los sobrecoge. La reacción de ambos es idéntica a la del capítulo anterior: mientras Sancho teme -su miedo lo vuelve a llevar más allá de la realidad-, a don Quijote lo salva del miedo el valor que le inspira su locura caballeresca y pronuncia esas palabras rotundas:

-Sancho amigo, has de saber que yo nací, por querer del cielo, en esta nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como suele llamarse. Yo soy aquél para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos.

Tras las palabras del amo, el capítulo comienza a diferenciarse del anterior, para no repetir sino, como hemos dicho, ampliar la narración, llevándola a nuevos terrenos que serán muy provechosos posteriormente. Este giro se debe a Sancho. Cervantes da el paso definitivo en la construcción de este personaje: centra sobre él la acción del resto del capítulo y determina que el final de esta aventura, tras descubrirse que el ruido procede de unos batanes, ya no sea como cuando se nos dice, en el anterior, que los encamisados son hombres de iglesia desarmados.

A Sancho, el miedo le desata la imaginación, la inventiva y la lengua (y, luego, el vientre). Como sabemos, ata las manos de Rocinante, se abraza al muslo de su amo y lo intenta retener con un cuento que procede del folklore y, tan popular, que ha llegado, con variantes, hasta hoy. Este cuento también es parte de ese muestrario de formas narrativas posibles que se halla en la Primera parte del Quijote. Además, este cuento es, en sí mismo, parodia de historias amorosas y pastoriles.

Cuando don Quijote, cansado, pierde la cuenta de las cabras del pastor Lope Ruiz, Sancho interrumpe la narración que, como sabemos, no tiene final verdadero. Y el desnivel de la acción provocada por el criado, con respecto a lo que había sucedido en el capítulo anterior, se concreta en la escena escatológica -ya hemos visto que no es la única de la novela, lo que confirma la intencionalidad de Cervantes quien, con toda seguridad, deseaba jugar a todos los contrastes- en la que Sancho hace sus necesidades y es afeado por su amo.

Al amanecer, descubren, como decía, la verdadera fuente del ruido. La vergüenza que ambos sienten de su miedo no tiene más salida que la risa, franca y sanadora. Estallan en carcajadas puesto que es tan enorme la diferencia entre lo temido y lo encontrado que ni don Quijote tiene la suficiente fuerza para trasformarlo a su manera.

Tras la risa, sucede algo de enorme importancia para el resto del libro: don Quijote se pica, como hidalgo que es, de las burlas del criado (quien parodia las palabras del amo, mofándose), lo golpea y, para completar su distanciamiento, le prohíbe dirigirse a él con tanta confianza como hasta ese momento.

Veremos que esta prohibición acaba por explotar en Sancho, quien necesita ya la palabra y el diálogo con su amo y, además, le enseña a relacionarse de otra manera con él. Pura dinámica social de un mundo jerarquizado. Ambas cosas: la necesidad del diálogo entre los dos y la evolución de su relación, constituyen gran parte de la novela.

Este capítulo es, de nuevo, una soberbia muestra de cómo montar el armazón de una novela para hacerla avanzar.

Anotaremos las consecuencias de todo ello en los próximos capítulos. El jueves, el XXI.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Anticipo de Cuadernos para una gótica. (Ejercicio de estilo.)




-Quien ha probado la carne humana nunca olvida su sabor.

Sois una especie desmemoriada. Así habláis de lo que desconocéis, para darle misterio a cosas que tenéis bien adentro y os repugna confesar en voz alta, para lo que habéis fabricado una ficción sobre vuestro pasado.

No queréis recordar, en verdad, que lleváis más tiempo comiéndoos que respetando el cuerpo del otro y cuando, en las excavaciones arqueológicas, alguien documenta un acto de canibalismo, os sorprendéis, a pesar de que ese ritual de devorar al vencido está en vuestra memoria más primitiva y en los gestos repetidos de vuestras magias.

Ahora habéis olvidado ya el sabor de la carne humana y, para acallar los demonios de la conciencia, lo habéis convertido en arte. Abro un libro de los que lleváis para leer en este tiempo estúpido que perdéis para ir al trabajo y que ni siquiera tiene la sintaxis ni la puntuación suficiente para poder pronunciar las frases. No son más que unas líneas tópicas:

-Cuando la sangre sale a borbotones de su cuerpo me satisface contemplarla durante unos segundos antes de morder la herida y beber el líquido rojo mientras le quito la vida.

Qué equivocados estáis.

Os he seguido durante tanto tiempo para alimentarme, que os conozco en todas vuestras debilidades. Y la primera es la exactitud de vuestra hipocresía cuando pensáis eso que se llama Historia.

Ya ni siquiera recordáis a qué sabe vuestra sangre y vuestra carne. Quizá porque preferís otros rituales de dominio sobre el otro que os hagan aparentar más civilizados, pero que tienen tanta crueldad como el más primitivo: o más, puesto que nacen de la creencia de que vivís en un mundo mejor y la ceguera que os impide verlo.

He recorrido tantas veces los túneles que excaváis bajo las ciudades, que sé sus rincones más escondidos: en el fondo son el mapa de vuestra mente.

No soy diferente a vosotros, sino que estoy dentro de cada uno.
Yo soy la memoria que te hará recordar a qué sabe la carne y la sangre humana: no tiene nada que ver con sensaciones físicas, sino con lo que se refleja en la mirada del que muere. Y, cuando llegue el momento exacto de que lo pruebes, sé que no podrás luchar contra mí, porque ya eres mía desde que aceptaste dejar que recorriera tu espalda con aquella caricia. Te enseñaré a cazar, puesto que eso es lo que quieres.
Elige víctima y no te confundas. Algunas no saben más que a aburrimiento y cansancio y te producirán vacío y sensación de tiempo perdido. Las que más me gustan son las que saben a mirada de entrega apasionada a la última de vuestras luchas. Después, todo se calma.

martes, 23 de septiembre de 2008

El margen es una caja de cartón


El margen se convierte en caja de cartón, que alberga nuestro cuerpo en las noches del invierno o guarda la esperanza de comer una sopa caliente. Hay mil razones que nos han empujado hacia donde sólo unos pocos quieren estar, mil enfermedades, mil adicciones. El azar o la quiebra del ánimo. Qué más da cuando ya hemos llegado. Quizá la caja de cartón se convierta, entonces, en una cuna en la que queremos renacer; un hogar que decorar con nuestras utopías o rencores. O, simplemente, la mortaja anticipada de nuestro cuerpo. Los demás, no suelen verla, porque ya somos invisibles.

lunes, 22 de septiembre de 2008

El juego del deseo.



El deseo vehemente genera, en ocasiones, un exceso de confianza. En determinadas circunstancias, sólo por desear, nos creemos más atractivos y apetecibles y pensamos que también somos deseados, y no sólo por quien es objeto de nuestra querencia. Y entonces, paseamos engallados por una calle de escaparates ante los que nos exhibimos: Miradme, soy yo. Os muestro lo que tanto deseáis. Este engreimiento genera un exceso de confianza en uno mismo que acabamos pagando: con la realidad de las cosas, que suele venir adornada de espejo y desengaño. Sabemos que desear provoca cambios físicos en nosotros y que luzcamos nuestras mejores artes y eso puede hacer que haya más que nos presten atención. Pero, ay, unos meses después volvemos a pasar ante los mismos escaparates y los ojos se vuelven hacia otro.

Qué cosas tiene nuestro deseo, que nos eleva para dejarnos caer más tarde.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Pensar el mundo a principios de siglo (2). Notas sobre la herramienta colectiva.


Hasta hace unas décadas, si un científico encontraba una teoría con la que no estaba de acuerdo o en la que detectaba algún error, el proceso para dar a conocer a la comunidad científica su opinión era lento: podía escribir cartas a otros científicos o a las principales asociaciones, dar conferencias, escribir un artículo o un libro. En definitiva, desde que la teoría que pretendía refutar se divulgaba hasta que lo hacía la suya propia pasaban meses o años. Esto, independientemente de que consiguiera hacer oír su voz, bien por el cauce elegido para dar a conocer sus opiniones, por el idioma o porque algo impidiera que se difundiera suficientemente. Quizá tuviera éxito, pero si su crítica a la teoría primera también estuviera equivocada, otro científico iniciaría de nuevo el ciclo para rebatirla.

Toda teoría científica es cuestionable: en sus principios, en su definición o en sus aplicaciones. Esto salvaguarda un principio en el que se basa la ciencia: nada es intocable, ni una teoría ni una autoridad.

Hoy disponemos de una herramienta que reduce considerablemente el tiempo del proceso. Una teoría puede ser refutada en cuestión de segundos a través de Internet. Por supuesto, para poderlo hacer en un tiempo tan breve, debemos tener los conocimientos previos sobre la materia tratada. Es decir, que la divulgación de la teoría contra la que reaccionamos, nos pille trabajando. Por supuesto, tendremos parte de las mismas circunstancias que sucedían antes: debemos encontrar el cauce adecuado para divulgarla y puede ser rebatida con la misma rapidez con la que hemos actuado contra la teoría inicial.

Por ahora, el miedo de muchos a la fragilidad de Internet y al archivo virtual de los documentos, no se ha concretado. Todo lo contrario: hoy es más fácil y rápido encontrar y encargar una copia de lo que buscamos con la suficiente solvencia en la red que en una biblioteca, por muy grande y bien organizada que esté. Por supuesto, es necesario la conservación, gestión y divulgación en papel: ni a todos los lugares llega Internet, ni el reposo de muchas lecturas se ajusta bien con la pantalla del ordenador. Por no hablar, del calor del libro.

Hay más factores que avalan el uso de Internet y sus múltiples posibilidades (desde las bibliotecas virtuales hasta el blog). Hoy es posible pensar en una gran enciclopedia virtual, en continuo proceso de elaboración, debate y corrección. Una aproximación es la popular Wikipedia. En ella encontraremos entradas atrasadas, poco fiables o poco relevantes, como en cualquier enciclopedia en papel. Pero puedo abrir un debate en línea sobre ellas, corregirlas o ampliarlas en muy poco tiempo. Ha tenido éxito porque es un producto que se adapta a la perfección a los momentos que vivimos y por eso, comienza a ser imitada. Esto mismo ya sucede con otros ámbitos del conocimiento y en la ciencia más avanzada. El caos de Internet es sólo aparente: en poco tiempo puedo hallar las direcciones que más se ajustan a mi búsqueda.

El conocimiento cada vez es menos individual. El exceso de información, la multiplicación de los procesos para cualquier acción humana relacionada con él (desde construir un automóvil hasta investigar un período histórico) nos lleva hacia el trabajo en equipo. En el fondo, siempre ha sido así. Los filósofos no pensaban en el vacío, sino sobre las ideas de los que les precedieron y contrastaban sus ideas paseando con sus alumnos o con otros filósofos, impartiendo conferencias o escribiendo libros y leyendo las reseñas o los libros que los refutaban (no hay nada peor para un filósofo que el éxito y la adulación).

El esfuerzo de pensar -no es tan natural en el hombre como se piensa-, debe ser hoy colectivo. Yo no sé qué ha sucedido realmente en Georgia porque nunca he estado allí y sólo conozco el problema por los medios de comunicación, que tienen sus propios intereses. Pero puedo reflexionar, a través de Internet, con otras personas que sí conozcan esos acontecimientos, asesorarme con las fuentes que me inspiren más confianza y usar sus aportaciones para elaborar mi opinión. Todo ello en muy poco tiempo: mucho menos que antes. Y con un caudal de fuentes más abundante y de rápido y fácil acceso.

Ahora bien, para esto, debemos basarnos en algo que sí es general en los procesos técnicos pero no tanto en los grandes pensadores: la humildad de reconocer que el otro puede aportarme algo. Y que el otro, aunque no tenga el título de Doctor, puede ser un conocedor perfecto de lo que yo sólo conozco a medias. Nunca como hoy ha habido en la historia de la Humanidad, tanta gente con tantos conocimientos, diversos, heterogéneos y pertinentes. Quizá muchos no sepan estructurar de la mejor manera lo que saben, pero facilitan el testimonio, su reflexión y primer balance. El conocimiento y la tarea de pensar es más que nunca algo colectivo. En el fondo, es recuperar en un modelo mejorado, el foro público de debate de la Antigüedad grecolatina. En esta tarea no todas las piezas deben tener el mismo color y algunas pueden ser imperfectas. Esta imperfección es parte del avance del conocimiento: algo que no encaja pero es necesario, hace repensar cualquier sistema e incluso puede subvertirlo.

Comenzar a pensar en el mundo de hoy es aceptar que las conclusiones se construyen entre muchos: unos tenderán las líneas generales, otros sabrán hallar el hilo que desenrede una madeja concreta y otros aportarán chispazos aclaratorios o anécdotas personales que ilustren el discurso o lo contradigan. Y supone también que no habrá unas conclusiones aceptables para todos en todos sus aspectos porque ahora los que pueden pensar, divulgar sus ideas y mostrar sus divergencias es un número muy superior al que representaba la comunidad científica hasta mediados del siglo XX. Sin embargo, debemos saber en qué lugar de este pensamiento se conserva y afirma la individualidad, tan esencial para cada uno y para los logros finales y tan amenazada: a esto dedicaremos más de un texto en el futuro.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Gracias.

Ya he hablado, en muchas ocasiones, de cómo el mundo de los blogs y sus redes sociales son una de las cosas más gratificantes que me han sucedido en los últimos dos años. En este mundo virtual hay muchas formas de expresar afectos y hoy traigo aquí algunas.
Quiero dar las gracias a Rafa, del excelente blog Hoy dice el periódico, por las cariñosas palabras que me dedicó hace unos días.
Y a mi DianNa, por el premio que me concedió. Y a Esther, que me concede otro.

Mamma mia!

Ayer fui a ver Mamma mia! con mi hija Elena. La eligió ella, prefiriéndola a la más previsible Viaje al centro de la Tierra. No es una gran película, pero qué demonios, qué bien me lo pasé.

El busto de Cervantes y noticias de nuestro Quijote


Es curioso que tengamos tantas lagunas en la biografía del hombre que escribió la mejor novela de la historia de la literatura y algunos otros textos que, por sí solos, hablan de su entidad. Ni siquiera sabemos su verdadero rostro, más allá de la descripción que él mismo hizo en su autorretrato en el Prólogo al lector de Las novelas ejemplares, que muchos se han tomado tan en serio que parecen no recordar que Cervantes construyó su personaje y lo mostró, sobre todo, en sus prólogos.

Esto ha hecho que los artistas hayan creado una imagen soñada de Cervantes en la que se nos suele mostrar, casi siempre de la misma manera. Lo mismo ha sucedido con los historiadores y filólogos, pero, en este caso, las divergencias son mayores. Revolucionario y heterodoxo hasta la médula para unos; contrarreformista a machacamartillo y español de pro para otros. En lo físico, se nos muestra casi invariable, como un viejo de aspecto un tanto demacrado, con barba gris y manco -como si no supiéramos que no perdió su brazo, sino que se le atrofió la mano-. Es decir, como don Quijote, en un divertido juego de espejos. Parece que Cervantes nunca hubiera sido lo que sabemos que fue: un joven que vivió aventuras en una Europa convulsa, que fue soldado y cautivo durante muchos años y que no siempre pudo presumir de una vida intachable. Cervantes, de saberlo, hubiera hecho una divertida novela con todo ello. ¿O ya lo hizo en el Quijote?

Traigo aquí uno de esos rostros y publicaré más en lo sucesivo. Una fotografía del busto que se encuentra en el Paseo de la Isla de Burgos, que me ha enviado generosamente mi colega y amigo Raúl Urbina. Este busto sale en alguno de los relatos de Óscar Esquivias.

Noticias de nuestro Quijote

Antes de nada, los que os hayáis perdido la entrada del último jueves o la hayáis leído antes de la segunda intervención de Pancho en los comentarios, os recomiendo que no os perdáis su inteligente pregunta, que me hizo ver con sagacidad algo que se me había pasado. Es todo un ejemplo de lectura colectiva.

Antònia, en Churras con merinas, su excelente aportación al comentario del capítulo XVIII, documenta e ilustra la importancia de los grandes rebaños de ovejas en la historia de España. Incluye un oportuno mapa de las principales cañadas españolas. También ha dedicado otra entrada al capítulo XIX, titulada De fantasmas y aparecidos, sobre dos motivos con relación popular en el texto: la procesión misteriosa en medio de la noche y los apodos. Tiene razón Antònia al enlazarlo con la cultura popular, que tantas veces llevó Cervantes a sus textos, aunque no siempre para elogiarla. Hoy, en España, ya sólo quedan vestigios de aquello que llenó horas de relato oral de antaño.

Juan Luis, que ha estrenado paternidad hace unos días, dedica su entrada al bálsamo de Fierabrás y sus consecuencias, advirtiéndonos de los riesgos de la automedicación. Ilustra su entrada, El bálsamo, con una anécdota de la que no os voy a contar nada para que os sorprenda oportunamente al leerla.

Javier, en su comentario en imágenes del Quijote ha colgado su entrada sobre el capítulo XIX. Contiene una dosis alta de humor e ironía que le hubiera encantado a Cervantes. Tanto en la primera imagen, con fantasmas a caballo, como a un caballero de la Triste figura que no nos parecería loco aunque lo encontrásemos en medio de la noche. Por muy loco que estuviera.

Manuel, ya sin las ilustraciones de su hija Inés, dedicada a sus deberes escolares, ha dedicado suu entrada, El Quijote y la Santa Compaña, a documentar, con acierto, la referencia concreta que se esconde detrás de la procesión de encamisados del capítulo XIX. No os lo perdáis.

Os recuerdo que, si se me ha pasado alguna aportación, me lo hagáis saber.

Vale.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Teatro de calle.


He de reconocer que, a veces, me ha parecido el teatro de calle la modalidad más pura del arte escénico y el único reducto que podría salvarse en momentos de crisis. El artista se la juega ante la cercanía del público y la sinceridad o falsedad del espectáculo se esconden menos que en un local cerrado.

Se ha puesto de moda el teatro de calle. Desde hace unos años, todas las ciudades tienen su encuentro o festival con espectáculos de este género: muchas veces es mera emulación de la localidad vecina sin sentido propio. La calle da para mucho y los políticos han descubiero que les gusta que se llene de gente pasándoselo bien: se tiende, ahora, a convertirla en parque temático de tantas cosas, que uno piensa, en ocasiones, que los gobernantes quieren ocultárnosla con trampantojos. Sin duda, la función más directa del artista de calle es entretener a su público. A fin de cuentas, vive de eso. Sin embargo, el teatro en la calle siempre ha tenido algo de subversivo y peligroso para la autoridad y esto corre el riesgo de perderse cuando todo está reglado y subvencionado.

La mejor de las utilizaciones de la calle es el espectáculo callejero: ése que va desde una estatua humana hasta el más complicado técnicamente. De todos ellos, prefiero los más cercanos y sencillos, me parecen más auténticos, aunque duren sólo unos pocos minutos. Esos que pueden ver apenas unas decenas de personas, haciendo círculo ante el cómico que, al terminar, levanta sus cuatro elementos escénicos y marcha unos cientos de metros más allá. O a otra ciudad.

El teatro de calle se define, sobre todo, por el espacio y su ocupación por parte de los que actúan y del público y de esa interrelación entre espacio, actor y público pueden surgir muchas variantes, sorpresas y toda una práctica teatral con hondo significado.

Cuando veáis un espectáculo de estos en vuestras calles, pensad que asistís a uno de los ritos más antiguos del mundo, que más necesitamos y que más significados tiene. Paraos un momento y no huyáis cuando pidan vuestra aportación económica. Sed todo lo generosos que permita vuestro bolsillo.

Este fin de semana se celebra uno de estos encuentros en Burgos, EnClave de calle, ya consolidado y siempre interesante.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Un misterio nocturno (Cap. 1.19).

Qué más quisieran algunos.

Cervantes sabe que no puede seguir apaleando a sus personajes de la misma manera y que, si quiere mantener la atención del lector, debe variar el tono de sus aventuras. Es curioso que todo esto suceda después de la aparición, por primera vez, del concepto "capítulo" al final del texto del anterior (vuelve a usarse al final de éste). Cervantes, que había estructurado la novela por "partes" para parodiar la división tradicional de los libros de caballerías, tenía muy en cuenta la división en capítulos: hemos visto ya cómo deja algunos finales en suspense para obligarnos a comenzar el siguiente capítulo; también cómo en muchos se repite la misma estructura, que consiste en un diálogo que cierra la aventura anterior, la narración de la nueva y el avance de la que sigue, con lo que se despierta el mismo interés por seguir leyendo. En fin, Cervantes conoce la importancia de la recepción de la obra y juega con el lector y sus expectativas: algo que se ha dejado de lado erróneamente en gran parte de la novela moderna para evitar ser confundida con la literatura popular.

Entre estos recursos, tras un número de capítulos en los que se ha repetido un mismo tipo de estructura y temática, debe sorprender al lector dándole amenidad y variedad. Por ello, ésta aventura del capítulo XIX no tiene nada que ver con las que hemos visto estos jueves pasados: aventura nocturna en espacio abierto, ante una amenaza cierta que cualquiera de nosotros comprendería en medio de un descampado y sin luz; con recursos propios de la cultura popular -las apariciones de procesiones fantasmales- mezclados con el claro referente libresco que parodia -los encuentros de los caballeros andantes con cuerpos muertos-. Además, ni don Quijote ni Sancho salen lastimados.

Debemos darnos cuenta de que Cervantes juega con el lector también en otra cuestión. Acostumbrado éste, por las historias de caballerías y otras en las que se introducen elementos mágicos y sobrenaturales, puede pensar que la historia va a derivar por ahí. Pero Cervantes no está dispuesto: su historia es verosímil, construida según un realismo que le permite obrar en su mundo y parodiar los textos de referencia. Por eso, lo que se inicia como una historia de aparecidos termina con don Quijote y Sancho comiendo abundantemente en un prado la comida robada a los clérigos.

Observemos, además, que Sancho no recrimina a su amo lo que hace: porque, sin duda, en esta ocasión, él ve mucho más allá que su amo. El encuentro con los caballeros encamisados y una litera en la que va un muerto en mitad de la noche, les provoca temor a ambos, pero sólo Sancho se ve paralizado. A don Quijote le salva del miedo su locura caballeresca, como en otras ocasiones le apartara de la realidad: por eso se atreve a pedir explicaciones al bachiller y acomete, picado de orgullo y asaltado de deseo de aventura al resto. Por supuesto, el hecho de que los acometidos sean eclesiásticos sin armas, ayuda al éxito. Sancho, en vez de recriminar a su amo o advertirlo, como en anteriores ocasiones, lo admira: Sin duda este mi amo es tan valiente y esforzado como él dice. Una vez conseguido el triunfo, que lo reconcilia con el mundo caballeresco, no duda en asaltar las provisiones de los vencidos como derecho de conquista.
Hay más cosas en este capítulo.

El diálogo inicial tiene la función de recuperar motivos anteriores, darles una nueva función y prepararlos para su reaparición posterior: el incumplimiento de la promesa de don Quijote, de la que ya se había olvidado, explicaría los golpes de la venta.

Es interesante recordar que algunos estudiosos han propuesto, con gran acierto, que tras este traslado del muerto de Baeza a Segovia, se esconde una alusión al traslado de los restos de San Juan de la Cruz de Úbeda a Segovia en 1593, suceso muy comentado en aquellos años y cuya utilización aquí, sin duda, tuvo una oculta intención por Cervantes.

El bachiller Alonso López, que les cuenta la verdad de la historia -tras una inicial mentira al hacerse pasar por licenciado-, es otro de esos magníficos secundarios de la novela, personajes caracterizados con maestría por el autor que, tras su desaparición, nos dejan con la sensación de que podrían ser los protagonistas de su propio relato: con ciertos toques pícaros, bromista y hábil con las palabras, y rencoroso en el asunto de la descomunión (que don Quijote salva con un recurso de juego casi infantil: él no lo tocó con la mano, sino con la lanza). A este asunto de la descomunión se le ha dado demasiadas vueltas y quizá no merezca tantas: aparece en muchos textos y era más frecuente en la historia de lo que nos parece hoy. Sí es oportuno señalar cómo el respeto a ser intocable -que, amparado por la ley, reclama el bachiller-, para don Quijote debe ganarse con el comportamiento individual más que corporativo.

Por último, aparece otro motivo clave del capítulo: Sacho nombra a su amo como el Caballero de la Triste figura, sin saber que se remonta a una tradición de la literatura caballeresca. Hay una sutil ironía en esto, porque, a diferencia de lo que sucedía con otros caballeros, el nombre aquí no se refiere a un valor espiritual del así nombrado, sino a la degradación física evidente a la que le han conducido los golpes y la pérdida de las muelas y dientes, lo que acentúa el patetismo, la comicidad del rostro y la parodia de las andanzas caballerescas.

Sancho aconseja, con sentido común, apartarse del lugar. Tras ello, se dan un suculento banquete con la comida de los clérigos que, como señala con chiste e intención Cervantes, pocas veces se dejan mal pasar.
Con el estómago lleno, podrán afrontar mejor lo que les viene en el capítulo XX. Lo veremos el próximo jueves.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

El esfuerzo por salir del margen.


Como sabemos, la vida puede empujarnos al margen de las cosas de muchas maneras. Suele hacerlo con los años o la enfermedad. De pronto, percibimos que el cuerpo parece no respondernos. Llega un momento en el que nuestros músculos y huesos no tienen la velocidad del pensamiento. Podemos disimular con cirugía tantas cosas, que nos hacemos inexpresivos para negar que el tiempo pasa cada día por delante de nuestra puerta. Pero esto no podemos disfrazarlo. Será decisión nuestra la actitud con la que afrontemos esa hora inevitable. Todas las opciones son respetables, por humanas.

martes, 16 de septiembre de 2008

El deseo al final del verano.


El deseo, en verano, suele ser fugaz y veleta. El calor y la desnudez, los días alargados y una cierta pausa en los quehaceres nos llevan, a hombres y mujeres, a descubrirnos como si no hubiéramos estado ahí. Cuando las noches refrescan y aparecen los primeros síntomas de que el calor se nos va, el deseo muta y parece serenarse. Es más selectivo y pausado. O más traicionero, porque no lo vemos venir y lo descubrimos cuando ya hace de nosotros lo que quiere.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Pensar el mundo a principios de siglo (1). Prospecto.


Basta con abrir el ojo de la mirilla.

Voy a iniciar otra serie. Considerad esta entrada como el prospecto, a la manera de como se presentaban ante la opinión pública las empresas periodísticas del siglo XIX.

Desde hace unos años tengo el convencimiento de que la época que surgió en la segunda mitad de la década de los sesenta del siglo pasado, ha terminado. A falta de nombre mejor, los pensadores han dado por llamar postmodernidad la etapa histórica de las cinco últimas décadas. Aun no sabemos cómo se denominará la que comienza.

Lo que sí es cierto es que se detecta un pulso diferente: novedades que ya no encajan bien en lo que hemos experimentado hasta ahora. A los que vivimos estos cambios nos pasa como a los que percibieron el cambio de la modernidad a la postmodernidad: hay cosas reconocibles y cosas que no; situaciones en las que sabemos cómo orientarnos y otras que nos desconciertan. En algunas nos encontraremos más a gusto, más seguros, más nosotros; otras, en cambio, nos desasosiegan porque ya no es nuestra forma de enfocar el mundo. También sucede que los mayores, aquellos que ya tenían una vida consciente hace cincuenta o sesenta años, se sorprenden reconociendo cosas ya vividas entonces en las novedades de ahora: les parece que todo vuelve. No es así exactamente, pero la historia del ser humano tiene estas cosas.

Sé que esta serie tiene cierto riesgo en este medio de expresión, pero pienso que sólo aquí podré compartir, corregir y debatir como nunca se ha hecho hasta ahora: la comunidad que se establece con una red social a través de un blog es muy superior en número, heterogeneidad e inmediatez a cualquier tertulia, publicación o debate del pasado. Es más, procuraré que mis referencias se hallen en Internet y usaré, por lo tanto, las técnicas de expresión y enlace de este medio a partir de las características de la web 2.0.

No soy más que uno que escribe un blog, que expresará sus opiniones sobre el mundo en el que vive y que espera las vuestras para enriquecer las suyas propias.

La Acequia, por supuesto, tendrá también todas las otras cosas que la han caracterizado hasta aquí.

Fragilidad del peral


El humilde y sabio peral de Humanidades, del que ya hemos hablado aquí en tantas ocasiones, ha cerrado, de nuevo, su ciclo vital. Nunca ha sido un árbol que atrape la mirada por lo llamativo de su hermosura a primera vista, lo sabemos. Pero este año nos ofrece pocas ramas y sus frutos no son tantos como en otras ocasiones. No es culpa de esta promoción de alumnos: un tiempo extraño se ha instalado por estas latitudes. Quizá se deba más a cierta desorientación de la Universidad española, inmersa en un cambio a trompicones en el que debería soltar el lastre de lo peor que ha dado en las últimas décadas para quedarse sólo con el abono adecuado que permita mejores frutos sin perder su capacidad crítica. No es tarde, pero tampoco hay ya tiempo que perder.

domingo, 14 de septiembre de 2008

La vida llena de proyectos.

Javier, en el albero del Campo Grande.

Una de las circunstancias que más me definen es que me gusta tener una agenda cargada de cosas. Para recordarlas porque desde hace unos años mi memoria no funciona como antes, para cumplirlas o para tener la satisfacción, algunas veces, de no cumplirlas: hoy no me da la gana porque quiero pasear junto al río. Desde hace mucho, tengo una o dos agendas. Y me gusta, aunque sé que se me criticará porque no es moderno ni lo hallamos en las revistas de decoración, tener un gran calendario en la cocina con los días colonizados de colores y símbolos para que no me sean inhóspitos. Tuve que aprender (y me costó) cómo todo ese afán por anotar las cosas no me supusiera angustia y, a veces, me quedo mirando un evento futuro con la sonrisa malévola del que sabe que ya no le importa lo allí anotado.

Muchas de esas anotaciones se refieren a proyectos. Supongo que me gusta tenerlos, entre otras cosas, para obligarme y para alejarme de cierta tendencia mía a la melancolía. Javier G. Riobò y yo estamos ahora con uno al que le damos mil vueltas. No sabemos en qué terminará al fin, pero podría ser suficiente con esos encuentros que nos llevan a cafés, libros y fotos y dar vueltas a las cosas para que surjan las ideas. Pocas cosas hay mejores para llenar la vida que andar pensando con un amigo.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Una tapa de yogur, las frases de Cervantes y noticias de nuestro Quijote.


Manuel-Tuccitano me ha remitido, después de mi entrada sobre el tebeo que Ibáñez dedicó al Quijote, un recuerdo de hace años: la tapa de un yogur con nuestro héroe, que publico como ilustración de ésta de hoy. Certifica cómo la figura de nuestro caballero se ha incrustado en la imaginería popular y hasta los niños crecen con ella. Si rebuscáis en vuestras cajas de tesoros y en vuestra memoria, recordaréis todas esas cosas que, al fin y al cabo, contribuyeron a fijar la imagen en la mentalidad de una generación. No es lo mismo crecer con los grabados con los que Gustavo Doré ilustró el texto que con la amable versión que aquí traemos, más acorde a nuestro tiempo, que lo dulcifica todo para hacerlo más amable. Así sucedió con la serie televisiva que varios de vosotros habéis citado en vuestros comentarios y en vuestros blogs y cuyo enlace -¡todo está en Internet!- me remite Bipolar.

Cómo me gusta que esta lectura la hagamos entre todos. Habrá más sorpresas las próximas semanas. Gracias, Manuel. Gracias, Bipolar.

Las frases cervantinas.

Deberían figurar también en las tapas de los yogures las frases cervantinas que son sentencias rotundas. Muchas de ellas son producto de la genialidad cervantina aplicada al tema, pero la mayoría no las hubiera escrito el autor sin su edad y sus experiencias. A don Miguel de Cervantes le debemos en La Acequia varias entradas, que llegarán en su día. Hoy basta con señalar que fue un hombre con una vida intensa y llena de sinsabores. Seguro que tuvo alegrías, pero nos constan menos que sus desgracias. Las circunstancias por las que pasó no le cegaron el ánimo ni evitaron que en él, cuya escritura se decanta hacia el barroco, se conserven los brillos renacentistas que creían en el ser humano y que comenzaban a definirlo en sí mismo y en su relación con los otros, sin tanto peso teológico como en otras épocas. De sus experiencias, pasadas por la literaturización de un loco paródico, nacen gran parte de esas frases que deja caer en casi todos los capítulos. Conozco gente que se las sabe de memoria, puesto que sirven para explicar verdades.

En otras entradas ya hemos señalado, entre todos, algunas. En el capítulo de esta semana tenemos tres que quiero indicar. Una, que pasa inadvertida, es la afirmación de Sancho, quien, por condición social, sabe que cualquiera puede verse arrastrado a una guerra, porque las guerras reales no se hacen sólo entre caballeros. Don Quijote le dice: "para entrar en batallas semejantes, no se requiere ser armado caballero", a lo que contesta Sancho: "Bien se me alcanza eso". Hay toda una explicación sociológica en esas cinco palabras de expresión lacónica. Una frase llena de muchas cosas.

De otra manera son dos frases pronunciadas aquí por don Quijote y que resumen herencias filosóficas y morales cuya raíz llega a la antigüedad y que deberían hacernos pensar. La primera: Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro. Tales palabras y su explicación, no pueden menos que provocar en Sancho la afirmación de que su amo está más hecho para predicador que para caballero andante. Y de ahí, en unas frases que engarzan con gran naturalidad la una con la otra, proviene la segunda que quiero citar: nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza. Cervantes, que había sido un gran soldado, aun vive en la admiración del héroe renacentista, esa persona completa que domina por igual la cultura y las artes militares.

Sin embargo, estas frases, que tantas veces hemos oído después como sentencias magistrales, sacadas de contexto pueden perder parte de su intención: ¿Cervantes afirmaba lo que dicen literalmente o las negaba al provenir de boca de un loco y en un contexto paródico con un argumento determinado? ¿O utilizaba al loco para pronunciarlas? Aunque el autor estuviera de acuerdo, quizá nos decía que el mundo iba por otro lado.

Sigamos paladeando las sentencias cervantinas, pero tengamos la mosca detrás de la oreja.

Otra cosa son algunas frases del Quijote tan conocidas que ni siquiera están el Quijote, las veremos.

Noticias de nuestro Quijote.

Javier García Riobò nos da otra lección de maestría en su comentario en imagénes del capítulo XVIII, con larga ironía cervantina: toda una ilustración modernizada que debéis ver.

Manuel Tuccitano ha dedicado su entrada de esta semana a algo que ya habían señalado algunos comentaristas: la importancia que Cervantes da en el relato a la dentadura de los personajes. Su entrada, El Quijote y la odontología, es muy aclaratoria y nos permite comprender esta cuestión a la perfección, por lo que os la recomiendo. La ilustra un excelente dibujo de su hija Inés, con don Quijote explicando las claves de la caballería a Sancho, lo que es todo un acierto.

Aunque no son parte de nuestra lectura colectiva, me gustaría señalar aquí el blog La Arañita campeña, en el que participa una comentarista que se ha incorporado recientemente a ella, La Abejita de la Vega. Desde hace un tiempo, los que colaboran en el blog redactan, por capítulos, una interesante y divertida historia de la familia de Sancho Panza. Últimamente, han tenido correspondencia de un respondón Sanchico.

También os recomiendo una entrada muy borgiana titulada El sueño de Pedro Menárdez, del blog La menor idea, que me ha dado a conocer Rafa, En ella se juega con el relato de Borges sobre un autor que quería reescribir el Quijote, cuento que ya hemos citado aquí en alguna ocasión y que es una obra maestra de intertextualidad.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Por qué sigo escribiendo en La Acequia



Dentro de pocas fechas, La Acequia cumplirá dos años. Como ya he dicho en varias ocasiones, comencé el blog con la idea de estudiar y comprobar por mí mismo qué era este nuevo medio de comunicación creativa y en qué consistía una red social establecida a partir de él. En principio, pues, el motor de arranque fue académico. Todo eso tenía la finalidad de preparar las sesiones de las III Jornadas sobre lenguaje y periodismo, que se titularon significativamente Mutantes. Las palabras en la red. Aún os debo la publicación de las conclusiones finales de aquellas jornadas y lo cumpliré en breve.

También he dicho aquí que el blog me pareció la mejor manera de publicar mis reflexiones y escritos, así como una excelente herramienta para la docencia. Por una parte, me permitía recuperar la escritura como una parte esencial de mi día a día y practicarla a diario y de cara al público. Por otra, dejaba aquí algunas entradas con claves para mis alumnos. Poco a poco, comprendí que no sólo para mis alumnos.
Además, empujado por la condición visual del blog, redescubrí mi afición a la fotografía. Poco he hablado de esto aquí, pero algún día lo haré. Como sabéis, excepto las portadas de los libros que comento, los folletos de las exposiciones que reseño y pocas imágenes más, las fotografías son mías. Decidí que eso debía ser una seña de identidad de La Acequia.

Gracias al blog he conocido en persona a muchos compañeros de aventura virtual, que han agrandado mi horizonte cuando parecía ya limitado para siempre. He compartido café y conversación con personas excelentes que me han enriquecido con su forma de ser, sus ideas, sus inquietudes que les han llevado a explorar nuevas técnicas y lenguajes. De algunos de ellos hoy me puedo calificar de amigo. Buena parte se agrupan en la plataforma Burgosfera 2.0, pero no todos.

A otros autores de blogs con los que me relaciono y a los comentaristas habituales de este espacio sin blog propio, no les he podido conocer personalmente, aunque no descarto hacerlo. De hecho, con algunos he mantenido correspondencia intentando fijar citas que no se han podido lograr aun.

Todas estas relaciones me han aportado mucho y me han ayudado a comprender algunas herramientas de Internet como una forma excelente de comunicación personal y de publicación y difusión de denuncias, debates, ideas, acciones culturales y artísticas.

Dos años después, sigo escribiendo La Acequia por todas estas razones acumuladas. Algunos de los blogs con los que mantuve relación han desaparecido o han dejado de actualizarse por cansancio, por problemas personales o familiares, por razones de trabajo. Algunos autores, sin embargo, han ampliado admirablemente sus actividades con otros blogs y otros formatos (radio en internet, fotoblogs, videoblogs, etc.).

Antes de La Acequia escribía todos los días: en cuadernos, en folios, en el ordenador. Para escribir no hay otro misterio que escribir a diario. Ahora ya casi no uso el papel, excepto para la poesía. Escribo porque la escritura es, en buena medida, una característica de mi forma de ser. Una parte de ello viene aquí y se enriquece con vuestro contacto.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Las razones de la locura (Cap. 1.18).

Casi te hago caso y no salgo en la foto.



No hay día sin aventura. Cervantes se ha propuesto no dar descanso, en estos capítulos, a sus personajes y, cuando el lector piensa que ya nada más les puede ocurrir, los entrega a una nueva situación, aún más extravagante que la anterior. Por acumulación, el maltrato de don Quijote y Sancho, que podría resultar divertido, al lector moderno le acerca a la reacción que encontramos al final de este capítulo: la ternura del que ya quiere a estos dos pobres hombres echados al camino. Esta empatía es una de los recursos técnicos por los que el autor consigue que sigamos leyendo.

Comienza el capítulo con un diálogo que cierra la aventura de la venta y abre la siguiente, en una técnica de enlace de acontecimientos que Cervantes practica con maestría. Aunque todos los diálogos de la novela son perfectas piezas literarias en sí mismos, algunos, como éste, nos llevan de un lugar a otro: gracias a ellos trascurre el tiempo y el espacio y la acción que precede y la que sigue quedan engarzadas sin saltos en el vacío.

Don Quijote, que, como sabemos, está loco, ma non troppo, necesita justificar que no auxiliara a su escudero. No puede reconocer que su cuerpo dolorido le impidiera apearse del caballo y saltar la tapia de la venta, puesto que eso le rebajaría como caballero y refutaría los efectos del milagroso bálsamo. Por ello, recurre, como siempre, a sus libros de caballerías para transformar la realidad: estaba encantado, lo que le retrotrae, necesariamente, a volver a dudar de si aquel lugar es venta o castillo, a pesar de que ya hubo de reconocer la realidad venteril y salir sin abonar el pago de la noche. Estas idas y vueltas reflejan claramente la situación mental del personaje, al que le viene y va la locura producto, muchas veces, de la necesidad de vivir como si fuera caballero y el mundo se rigiera por la fantasía.

Sus palabras y las respuestas de Sancho dudando de la oportunidad de su salida del pueblo, llevan la conversación, de nuevo, a la razón del ser del mundo de los caballeros que, como sabemos, en don Quijote es libresca. Así las cosas, don Quijote necesita que pase algo y que pase lo antes posible para justificarse y convencer a su compañero. Y su razón trastornada encuentra un motivo en las nubes de polvo que levantan dos rebaños de ovejas (hemos de recordar aquí que estos grandes rebaños, una de las más importantes fuentes de riqueza del centro de la Península, no tienen nada que ver con los pequeños que se pueden encontrar hoy mirando pasar los coches o el tren). El caballero ha encontrado ya algo a lo que agarrarse y su emoción le lleva al disparate: describe a la perfección los dos ejércitos y sus principales combatientes. Incluso la razón de sus querellas. Todo ello en un alarde paródico de las batallas entre ejércitos de caballeros de las novelas de referencia.

Ya sabemos que Sancho ve la realidad e intenta, como en la aventura de los molinos, convencer a su amo, con el mismo resultado: ni los balidos, ni la indudable presencia de ovejas y carneros cambia la necesidad de aventura de don Quijote (ni el hecho de tener que agacharse para matarlos más de lo que debería hacer con unos caballeros).

La aventura acaba con don Quijote apedreado por los pastores quien, dándole por muerto, huyen. Sancho se acerca a prestarle ayuda y acaban los dos, en otra escena escatológica producto del bálsamo, vomitándose el uno al otro. La locura acaba anulada por el realismo más brutal: Cervantes aterriza la acción de golpe. Aun así, don Qujote insiste, porque ya ha encontrado el motivo que lo justifica todo: un encantador ha trasformado a los caballeros en ovejas y bastaría seguirlos para verlos recuperar su ser.

Sancho se olvida de sus quejas expuestas al inicio del capítulo e incluso del dolor que le causa ver que ha perdido las alforjas (robadas por el ventero) y auxilia a su amo, al que cuenta los dientes y muelas que han salido indemnes de la pedrea, e intenta consolarlo. En los pocos días que lleva con él, ya siente el suficiente cariño por ese viejo loco que lo ha sacado a trotar por los caminos.

Veremos qué les depara Cervantes en el capítulo XIX. El próximo jueves.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Ya estamos todos de regreso.


Qué estúpido. Qué estúpido he sido al creer que era la muerte la que estaba debajo de esos carteles encolados. Limpié con ansiedad de misterio desvelado la superficie y me engañé con su fantasma blanco, que aparecía fácil como un cebo. Qué estúpido: si eres tú, viejo monstruo el que está ahí. Ahora he vuelto a mirar la imagen y veo tu rostro, insinuantemente femenino hoy, aunque sé la facilidad con la que cambias de forma. Ya estamos todos de regreso, puede comenzar el baile.

martes, 9 de septiembre de 2008

Las Misiones pedagógicas (1931-1936).


Hubo un tiempo en el que este país, orgulloso hoy de su posición entre las primeras potencias, tenía el tercer mundo dentro de sus propias fronteras. Y no deberíamos olvidarlo con tanta facilidad. Un tiempo en el que el analfabetismo, la incultura, la miseria, ocupaba buena parte de España en las primeras décadas del tan moderno siglo XX. Un puñado de intelectuales quiso actuar para corregir esa situación y movilizaron instituciones y apoyos individuales hasta conseguir que el Estado se decidiera a moverse y comenzara a programar actividades para solucionarla. Pero no esperaron a que todo estuviera subvencionado y organizado, porque se lanzaron a la acción en un primer compromiso cívico y humano de una de las mejores generaciones de pensadores y creadores que ha dado España, aquella que va desde la década de los ochenta del siglo XIX hasta los años treinta del siglo XX.

Buena parte de aquellos compromisos tuvieron como causa y consecuencia la creencia firme en que la educación de las clases y las zonas más desfavorecidas era un primer paso hacia la ruptura de su penosa situación. Sin duda, no hay mejor forma de cambiar un atraso o una injusticia que la educación. Aunque, a veces, el ver que hay otro mundo es doloroso porque no podremos alcanzarlo: no importa, ese dolor nos hace más libres y dueños de nuestro propio destino. Por eso, en las primeras décadas del siglo XX, tomó fuerza la necesidad de difundir la instrucción. Por una parte, se dignificó al maestro rural: nunca se ha hecho una campaña de prestigio de esta figura más importante que en aquella época. Por otra, se programaron cientos de acciones complementarias que intentaban llevar bibliotecas con amplias colecciones de textos, teatro y títeres, reproducciones de los mejores cuadros del Museo del Prado, música, cine (en gran parte de España, fue entonces cuando se vio la primera película), a lugares en donde no había existido antes nada de esto y tardaría en volver.

Gran parte de esa labor tiene detrás el sello de la Institución Libre de Enseñanza y de los hombres que la constituyeron y ayudaron a crecer. Un proyecto de la Fundación Francisco Giner de los Ríos nos ha recordado todo lo que cristalizó en las Misiones Pedagógicas y ahora se expone por varias localidades una síntesis que resume, con sencillez, todo aquello que contribuyó a hacer la vida de mucha gente un poco mejor y que se viene conmemorando desde hace un par de años.

La Guerra Civil española de 1936 a 1939 cortó de raíz mucho de lo conseguido, que sólo podía crecer por acumulación. De aquel parón hemos tardado demasiado en recobrarnos. Y hay vacíos que son difíciles de rellenar porque siempre nos faltará lo que pudo ser.

Quede aquí mi más sincero homenaje a tanta gente que dedicó muchos días de su vida a viajar por lugares a los que no llegaba la luz, ni el agua corriente, ni otra cultura que la tradicional y oral, abriendo bibliotecas públicas en lugares en los que un libro era un lujo, proyectando cine en sitios en los que no había luz eléctrica, exponiendo y comentando los lienzos de los grandes pintores, divirtiendo con representaciones teatrales en donde jamás se había visto representar una obra.

Sin duda, también aquellos jóvenes intelectuales y artistas, muy modernos, embarcados en la aventura aprendieron muchas cosas. Entre ellas, la verdadera realidad de su país.