sábado, 30 de diciembre de 2006

Hoy

Hoy han ajusticiado, de prisa y corriendo, a Sadam Husein, y las imágenes ya han sido vistas por millones de personas a través de Internet. Internet es lo nuevo de esta noticia.
Qué vieja es la historia del mundo, y cómo fatiga a veces.

miércoles, 27 de diciembre de 2006

La momia del hombre que fumaba marihuana

En el oasis de Turpan. al noroeste de China, se investiga una momia de hace unos 2.800 años. Lo que le hace diferente a otras encontradas en el mismo sitio es que, junto a su cuerpo, se han hallado una hojas de marihuana. Señalan las noticias de las agencias que los científicos no logran explicarse su presencia en ese lugar, puesto que el consumo de marihuana no era conocido allí. Se añade el misterio de que la momia parece presentar rasgos caucásicos.
Aparte de lo anecdótico de una momia colocada, hay una cosa que me llama la atención: la perplejidad de los científicos recogida por la prensa. El oásis de Turpan, uno de los lugares más calurosos de toda China, situado a 150 metros bajo el nivel del mar, en plena ruta de la seda, debió ser un lugar transitado por todo tipo de comerciantes, aventureros y visionarios. Hoy pensamos que los viajes los hemos inventado en la modernidad cuando lo que hacemos nosotros no es viajar, sino trasladarnos cómodamente. Aunque la mayor parte de los habitantes de este planeta no se moverían nunca de su barrio -o de su cueva- si no tuvieran que comer, siempre hay una pequeña proporción de seres humanos que quiere saber qué hay más allá de la siguiente colina. Estos son los que han cartografiado nuestro planeta con las cicatrices de su cuerpo.
El hombre momificado de Turpan tenía unos cuarenta años y procedía de lejos. Quizá buscaba abrir nuevas rutas comerciales o quizá se había lanzado a la aventura de vivir queriendo descubrir el límite del mundo y para ello cargó con una pequeña bolsa de hojas de aquella planta. Consiguió ser reconocido por alguna razón, porque le embalsamaron.
Aquí sí hay una novela.

domingo, 24 de diciembre de 2006

Abrazos gratis

Ayer, en la calle de Santiago de Valladolid, había un grupo de jóvenes que ofrecían, anunciados en grandes carteles, "abrazos gratis". Muchos paseantes huraños, cargados con las bolsas de las últimas compras navideñas, recelaban de la oferta y se alejaban con prisas, temor y suspicacia. Nosotros nos acercamos, sonreímos y nos dejamos abrazar. No sé quiénes eran, ni qué buscaban, ni si su abrazo era sincero o no. Sólo sé que sentí, como no lo había sentido en tantos años, lo que los sentimentales llaman el espíritu navideño. Mi sobrina, de siete años, y mi hija, de nueve, estuvieron el resto de la tarde ofreciendo -y buscando- abrazos gratis. Consiguieron algunos.
[La iniciativa viene de fuera y ha recorrido el mundo gracias a las bondades de Internet. La comunidad se está organizando, véase: http://abrazosgratis.org/. Teclee "Free hugs" en www.youtube.com. A veces hay cosas que merecen la pena y que otros consideran pérdidas de tiempo. El mejor video, sigue siendo el primero, que recoge el comienzo de los abrazos de Juan Mann ("one man"):

sábado, 16 de diciembre de 2006

Treinta y cuatro minutos

Ángel Díaz, condenado a muerte por asesinato, ha sido ejectuado ayer en Florida. Por un error de los médicos encargados de administrarle la dosis letal a través de una inyección, el veneno ha tardado 34 minutos en hacer efecto. Los testigos cuentan que sus manos, atadas a la camilla, se retorcían manifestando el dolor porque, según parece, el calmante que debía neutralizarlo, no llegó a las venas a tiempo.
Treinta y cuatro minutos para morir.

martes, 12 de diciembre de 2006

Suspiros de España






Hace unos días, Susana me preguntó, extrañada, si no tenía alguna canción que me conmoviera. Como no podía hacerle comprender mi incompetencia musical -una de mis grandes limitaciones-, esquivé la pregunta por la perspectiva intelectual: «Más que una canción, le dije, la interpretación de La Marsellesa en Casablanca. Se me humedecen los ojos cada vez que veo la escena». La emoción, a través del arte.

Y es cierto, por mucho que reconozca el momento como efectista y demagógico y que intente prepararme para que no me ocurra cuando vuelvo a ver la película.

Desde entonces no he podido dejar de pensar que no respondí a la pregunta. Primero, porque más que el canto del himno francés, lo que me emociona es lo que pasa en la escena. Segundo, porque me resistía, con ese pecado del intelectual a reconocer sentimientos no explicables racionalmente.

A los pocos días, explotó la respuesta, no sé bien por qué: Suspiros de España. Tras dudar, por temor a incurrir en el tópico fácil, y con miedo a ser acusado de patriotero, se lo dije. Claro, me justifico a mí mismo: Suspiros de España viene ligada a películas que me gustan mucho como Suspiros de España (y Portugal) de José Luis García Sánchez (1994) y la clásica de Benito Perojo con Estrellita Castro rodada en la Alemania nazi (1939). La última, la de David Trueba, Soldados de Salamina (2003), basada en la excelente novela de Javier Cercas. En esta película, casi lo mejor es precisamente la secuencia del soldado bailando esta canción. Y también otros han caído en sus redes, me digo, como Terence Moix. Y que mi admirado Diego "el Cigala" hace de ella una canción íntima y rota que la salva definitvamente de toda circunstancia.
Pero no sé explicarlo bien. Dentro de mí, resuena machacona, mal tocada y con esa letra tan fácil:
Quiso Dios, con su poder,
fundir cuatro rayitos de sol
y hacer con ellos una mujer.

Ahora que no me oye nadie, me reconozco a mí mismo que este pasodoble, que suena a orquesta de pueblo en mi cabeza, me pone la carne de gallina desde antes de ver estas películas, y no sé explicar por qué, ni lo necesito.

viernes, 1 de diciembre de 2006

Un buen par de amigas

Esther y María (o viceversa) quieren salir en mi blog. Dejo constancia de ello. Estuvieron hace unos días en casa. Esther trajo una tortilla de patata y unos bocadillos, María un fiambre. Todo magnífico. Yo puse una ensalada de salmón ahumado. La conversación se hizo agradable, como siempre. Me han aguantado en los malos momentos. También en los buenos, en los que a veces resulto más insoportable. Nos unen muchas cosas. Entre ellas, miles de quilómetros en tren y casi tantas conversaciones. A Esther la conocía desde hacía mucho tiempo, y la reencontré en 1993. A María la conocí más tarde. Dos buenas amigas. De ese tipo de amistad con el que uno se siente seguro y libre. Gracias.