miércoles, 1 de abril de 2026

En el mes más cruel, ha florecido el jaramago

 


Ahora que ya es el mes más cruel, ha florecido el jaramago. Se ha ido el invierno y la primavera ha comenzado variable, pero todo parece adivinar que subirán las temperaturas como si quisiera ser verano. En las cunetas andan ya en flor la mostaza silvestre, las grandes flores de los dientes de león, margaritas. Basta alejarse un poco de la ciudad o buscar en ella las huellas de las afueras, que mantienen su tozuda condición fronteriza con el campo. No tan lejos: las afueras están siempre en mí. Soy consciente de que todo lo demás es ropa de temporada.

Al salir del portal de mi edificio me encontré con una vecina a la que hacía tiempo que no veía. La perrilla con la que paseaba de regreso a casa era otra, de color negro y blanco, retozona y animada. Me ha contado que la anterior, una perra ya vieja de pelo blanco, se le murió en noviembre y que ha pasado unos meses muy malos hasta que se decidió a tener esta otra. Hay nostalgia en sus palabras, pero también curiosidad por la alegría de esta nueva.

En la frutería que regenta el joven peruano compro cuatro cosillas que necesito y un manojo de cebolletas. Me advierte de que es más cara de lo habitual porque compra muy pocas y las trae de otra tienda. Aquí no compran muchas cebolletas. No es temporada, la costumbre es usarla en las ensaladas refrescantes de verano, pero a mí también me gusta cocinar con ellas. Las tengo veinte céntimos más caras que donde las compro. No importa, veinte céntimos no es nada, pero pueden significar que el próximo mes siga esta frutería abierta.

Cada día, las noticias son más desalentadoras. ¿Se ha quebrado definitivamente el intento de establecer los valores humanos como derechos universales, el horizonte de que la ley nos lleve a ellos antes que a los intereses económicos y a la conducta depredadora que tanto recuerda al neocolonialismo de tiempos pasados? Cuántos acogen estos nuevos valores viejos pensando estar en el lado de los que saldrán triunfantes.

Tengo que ordenar mi agenda. Estoy retrasando, no sé por qué, los análisis para mi urólogo y mi médica, cortarme el pelo, comprarme unas gafas nuevas, revisar el armario, ordenar las decenas de libros que han llegado a casa en estos meses, arreglar una persiana, escribir un par de cartas que me cuesta redactar, decidir si lo dejo todo ya o aguanto un poco más, darme crema en los nudillos, que me andan un poco resecos.

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