Durante el sorteo de la Lotería Nacional
del 22 de diciembre, en el centro de la mesa del comedor aparecía una bandeja
llena de polvorones, peladillas y cocadas. Era mi madre la que se ocupaba de
sacar de aquel gran armario de cocina blanco la bandeja de duralex ámbar y
colocaba sobre ella una servilleta grande amarilla que había bordado de niña; eran
las manos de mi madre las que iban depositando los dulces uno a uno de forma
generosa y elegante. De sus manos, nacía así la Navidad mientras los niños
cantaban los últimos números de la pedrea, que era la verdadera esperanza de
todos nosotros. Hubo un año en el que me senté ante el televisor con papel y
lapicero para copiar uno a uno los números de la lotería que los niños cantaban,
con la ilusión de anotar entre ellos el que permitiera a mis padres comprarse
una casa. Lo dejé pasado un ratito, como si hubiera sabido de golpe que la vida
es así y que cada número anotado agotaba la ilusión y daba testimonio fijo e
inquebrantable de la realidad.
Cuando mi madre pasaba de la bandeja a la decoración navideña de la casa -el árbol con sus luces y campanas rojas y blancas coronado por una estrella de purpurina plateada-, era el momento de reptar con sigilo hasta la bandeja y robar con todo el disimulo posible una cocada, dos. Con cuidado, juntaba el resto para que no se percibiera el hurto, y salía de la sala para jugar en el pasillo o en la cocina. No era tiempo todavía de comenzar a hacer los deberes de las vacaciones, recién estrenadas. En los siguientes días todo era así: escapadas al salón, cuando creía que nadie me veía, para seguir tomando a escondidas aquellos dulces de coco, que a mí me parecían tan exóticos. Uno, dos y recolocar los restantes para que no se notara. Sonreía satisfecho y culpable: parecía que siempre había el mismo número de cocadas.
Poco a poco, sobre el mueble bar, surgía el nacimiento: lago de espejo, serrín y musgo, casitas y pastores, un puentecito con un pescador con caña e hilo del que colgaba un pez, un soldado romano gigante ante un desmesurado castillo de Herodes sobre la roña del fondo del belén, el misterio con un niño pequeñito en su cunita de paja y Melchor, Gaspar y Baltasar sobre sus dromedarios que se iban acercando después de cada noche, misteriosamente, hacia el portal.
Había días que no era solo una vez el hurto, sino varias. Con mucho cuidado volvía a colocar las cocadas para que no se notara que había tomado una, dos. Siempre se producía la magia de que el montoncito de dulces no pareciera disminuir y que nadie percibiera mis asaltos. Mi madre, mientras tanto, preparaba con sus manos el besugo con limón para la cena de Nochebuena o cortaba rebanadas de pan blanco para el chocolate de la tarde, un candeal de cuatro canteros.
Después de Reyes, mi madre recogía minuciosamente toda la decoración navideña en una caja de cartón que se guardaba en un altillo del cuarto de baño cerrado con una cortinilla y la bandeja ámbar regresaba al gran armario blanco de la cocina.
(Publicado en ¡Aleluya! Revista de la Asociación Belenista de Valladolid. Navidad 2025. Nº 20.)

3 comentarios:
Atesoremos esos recuerdos como lo que verdaderamente son, registros acaramelados de nuestra época inocente. Afortunadamente también tengo los míos 🤗
¡Qué tendrá el coco, que tanto nos gusta a los castellanos! No hay celebración popular si no hay unas buenas "galletas del coco".
Viajamos contigo por squel tiempo de belenes con musgo de monte y papel de plata de chocolatina. Con tus recuerdos de ladronzuelo de galletas de coco, en bandeja de duralex ámbar y las manos más queridas. La memoria abre la cortinilla estos días, nunca se cierra del todo. Feliz día de Reyes, Pedro
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