domingo, 9 de diciembre de 2018

Mi padre nunca tuvo tierra propia


Mi padre nunca tuvo tierra propia, pero siempre que pudo se hizo un jardín o un huerto que labraba con amor, sin importarle la propiedad del pedazo de terreno. Recuerdo el jardín junto a la casa de la infancia, haber olido todos los veranos la hierbabuena recién regada y las rosas escogidas para el ramillete que mi madre ponía en el salón de la casa; recuerdo el huerto junto a su lugar de trabajo, el sabor de los tomates nada más arrancarlos de la mata como premio del tiempo dedicado junto a él a entresacar las zanahorias o abrir los surcos con la azada para que circulara el agua de riego y antes, la cuidadosa tarea de sembrar en los caballones; recuerdo cómo me contaba los tiempos en los que fue niño en la huerta que mi abuelo tenía rentada en las tapias del cementerio de Valladolid y las noches en las que oía las ráfagas de disparos, las mañanas frescas aquel tiempo, cuando las familias acudían a reconocer los cadáveres, la mula dando vueltas a la noria para sacar el agua del pozo, mi abuelo trabajando la tierra con los pantalones de pana.

13 comentarios:

LA ZARZAMORA dijo...

Tu padre y el mío, hubiesen pasado horas y horas en silencio, mirándose sin mediar palabra, de tan cansados de contar todo aquello que callaban para adentro, y que nadie quería ni quiso oírles en sus tardes, de labor, de memoria, y recuerdos truculentos, que se llevó sus cenizas... y ay, del por qué aún se preguntan algunos porqué nos encarnizamos en rescatar parte de todo aquel sufrimiento que sus ojos vivieron y hoy sigue sepultado en las cunetas.

Abrazo, Pedro.

Andandos dijo...

Un abrazo.

José A. García dijo...

Tradiciones, como quien dice, fusilar a los enemigos por las noches, no hacerse cargo de los problemas, sostener la propiedad privada, seguir adelante pese a todo...

Saludos,

J.

Neogéminis Mónica Frau dijo...

Historias de sangre y tiempo. Merecido homenaje a su memoria.

Emilio Manuel dijo...

Mi infancia son recuerdos de un patio de (Sevilla), o Valladolid, o Granada, o..
Antonio Machado.

Sor Austringiliana dijo...

Vida y muerte,tierra.

Sor Austringiliana dijo...

Amor y odio, tierra.

impersonem dijo...

Hay páginas de la memoria clavadas en el tiempo... que emergen de vez en cuando, o siempre, para volverlas a pasar por el corazón... son importantes para nosotros porque al recordarlas traemos al tiempo presente a los que ya no están y son tan importantes para nosotros...

Yo soy de Tierra de Campos... me gusta el terruño... y en mi memoria habitan ingentes recuerdos de campo, labor y camaradería labriega... convivencia de viña y de era...

Los tiempos han cambiado mucho, también en el terruño... pero cada cual administra su memoria según su buen parecer y sentir para traer al presente los recuerdos que le son propios ...

De las ráfagas de ese tiempo que citas prefiero no hablar... porque duelen en el pecho... ¡hay cosas que nunca deberían haber sucedido!

Abrazo.

Fackel dijo...

A veces uno piensa cuánto de agua hay regando el subsuelo y cuánto de sangre. Una historia análoga podría contarte pero ubicada en los Torozos, cuyo páramo sabe mucho de rebaños, de frío y de disparos de madrugada.

losreyesgodos doce arroba dijo...

Precioso jardín el de tu padre que le perseguía en su corazón.
Precioso escrito, Pedro!

XuanRata dijo...

Estremecedores recuerdos. La única tierra propia es la que finalmente nos acoge, y para algunos ni esa siquiera.

Ele Bergón dijo...

Con los pantalones de pana y supongo que las abarcas, o albarcas, los piales, la camisa de cuadros , al igual que el moquero, tu abuelo, tu padre y mi padre están en nuestros recuerdos, trabajando el huerto. Es una imagen que nunca se pierde.

Besos

Campurriana Campu dijo...

'Las desiertas abarcas' de Miguel Hernández.

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraba los días
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.