Primera entrada con clave en este cuaderno virtual. Mohín es una vieja palabra que, gracias a ti, se me ha hecho actual entre las manos, casi sin darme cuenta.
lunes, 30 de octubre de 2006
Absentismo universitario
En la sección de Cartas al Director de la edición digital de El País de ayer se publicaba una, de María Jesús de la Puente Muñoz, del Departamento de Álgebra de la Universidad Complutense de Madrid, y catorce firmantes más, en la que se aborda el absentismo en la Universidad pública española. Los firmantes proponen que las autoridades académicas tomen cartas en el asunto, lo que sugiere medidas de control y sanciones disciplinarias. Absentismo en la Universidad ha habido siempre. En mi época de estudiante eran famosas las timbas organizadas en las cafeterías. Algunos recordamos con placer los primeros calores primaverales que incitaban a no entrar en las clases o la melancolía otoñal que provocaba refugiarse en los bares de las cercanías con los compañeros. En otras ocasiones, se regularizaban las ausencias: fiestas universitarias, huelgas por cualquier motivo, reuniones asamblearias para decidir el lugar del viaje del Paso del Ecuador, puentes… Algunos compañeros trabajaban y no podían asistir con regularidad a clase. Otros tenían el domicilio familiar fuera y no se incorporaban hasta finales de octubre o noviembre. La diferencia es que ahora hay menos alumnos en las aulas y se nota más. Lo que no comentan los firmantes es el absentismo del docente, que también ha sido más habitual de lo justificable y que ése sí debería controlarse con más rigor. Antiguamente, muchos grandes nombres –o que pretendían serlo- de la Universidad no iban a clase a diario y mandaban a sus Ayudantes o Adjuntos. De algunos relevantes profesores se cuentan anécdotas que, si no son verdad, lo parecen. Hoy, de una forma u otra, es también frecuente la ausencia del profesor titular de la asignatura, aunque debe reconocerse que no es lo mayoritario. Un Rector de una de las Universidades más antiguas de España llegó a presumir hace unos años de que su institución era una de las que más profesores tenían en el extranjero en visitas de investigación, sin llegar a aclarar quién daba sus clases, no siempre cubiertas de la mejor manera. Si un alumno decide no entrar en clase no se va a conseguir nada obligándole a ir con normas restrictivas. El que no pueda ir y encuentre muchos obstáculos se matriculará en la UNED o llegará a acuerdos con los profesores, o presentará los certificados oportunos que se le requieran. Todos conocemos la puerta de atrás. Es un absurdo obligar a un alumno mayor de edad a ir a clase, no lo es tanto valorar en la nota final su trabajo activo en ella en las prácticas. A un alumno se le motiva para acudir dando buenas clases y enseñando actitudes que no va a encontrar en los manuales. Ése es el mayor problema. Son demasiados los profesores universitarios que aun hoy no salen de lo que dice un manual no siempre actualizado. Quizá por moda o comodidad, nacen como ahora las setas los profesores que confunden su función y pretenden que el alumno se exprese sin formarle previamente, fomentando sus habilidades por encima de los contenidos o el uso crítico de las fuentes. Un porcentaje más o menos alto, que dependerá de cuántos alumnos se hayan matriculado y de otras circunstancias sociales (el cada vez más frecuente caso del estudiante que también trabaja), seguirá sin ir a clase de forma regular, pero al menos estaremos estimulando a los otros para que aprovechen su tiempo y que no se sientan empujados a dejar de ir a la Facultad porque en quince minutos de lectura pueden tener lo que mal dicta en una hora el profesor. Algunos creen que la reforma del sistema universitario de acuerdo al Marco Europeo de Titulaciones solucionará la cuestión al tener menos docencia presencial y más trabajo personal de los alumnos. Desde mi punto de vista, puede agravarlo si no se tiene control en el sistema de tutorías y trabajos, tan importantes en el futuro como las clases, pero ése es un tema para otro día.
lunes, 23 de octubre de 2006
Pomelos
Conocí a Manuel Vicent, uno de los mejores columnistas españoles de la actualidad, en Málaga. Recuerdo que le oí una sugerente intervención en un Congreso sobre Literatura y Periodismo en la que no rehuyó las preguntas más comprometedoras, incluso sobre el periódico en el que está en nómina. Después, nos fuimos a tomar una cerveza con él. Me encontraba en el pequeño grupo de los favorecidos con su palabra, junto a Irene Vallejo y Amparo Quiles. En la barra de una cafetería del Campus de Teatinos de la Universidad de Málaga, nos habló con palabras que eran imágenes, olores y colores. Allí nos contó que, para construir sus columnas dominicales de El País, se imponía la disciplina de no pensar en ellas hasta el sábado anterior. Y ese día escribía a partir de un motivo que le salía al paso. De no hacerlo así, temía obsesionarse durante toda la semana, darle mil vueltas al tema y acabar amanerando el resultado. O de bloquearse ante la página en blanco. Nos dijo que su muy reconocida columna de poco antes sobre unos pomelos la escribió cuando el sábado abrió el frigorífico y se encontró con dos piezas de esa fruta. Desde allí completó las líneas de su artículo. Después le acompañamos, en el coche de Amparo, al aeropuerto. Cuento esto porque esta mañana, al abrir mi nevera para hacerme un zumo, no tenía pomelos.
viernes, 20 de octubre de 2006
Deslealtad
La condición de los desleales es la traición. Suelen trabajar junto a otras personas de las que se fingen buenos compañeros o incluso amigos. Las personas de buena fe les suelen dar varias oportunidades, negándose a aceptar las evidencias que delatan sus actos. Y ellos, en vez de aceptar la mano tendida, vuelven a cometer una nueva agresión. Conozco algunos de estos personajes. Probablemente en muchos de ellos su condición deriva en patología. Y, para justificarse, piensan que todos son iguales. Piensa el ladrón que todos son de su condición, dice el refrán popular. No me duelen los desleales profesionales, esos canallas que toman la traición como su forma habitual de comportamiento. Suelen ser siervos del poder porque quieren ser parte de ese poder y llegar a repartir prebendas, puestos de trabajo o migajas de su botín. Pronto consiguen una corte de acólitos que juegan a ser leales a la deslealtad, rompen con todo y matan al padre en cuanto pueden para acceder directamente ellos a la fuente de riqueza. Algunos de estos desleales de profesión son toscos, otros practican la estocada florentina. Suelen matarse entre sí o, si el enemigo es muy poderoso, se alían con él hasta que encuentran su debilidad. En mi vida profesional he visto demasiados casos de estos, algunos hasta parecen inmortales. Duelen más los desleales de baja estofa, esos que por un cuarto de hora de éxito traicionan una amistad de años. Piensan que los demás no se dan cuenta, pero cuando es evidente su mal acto ya es inevitable la ruptura de la cariñosa confianza que se había depositado en ellos. Últimamente he tenido conocimiento de un caso de estos, una persona que por escribir un artículo ha entrado a saco en un tema que trabajaban unos compañeros suyos, que habían cometido la enorme imprudencia de confiar en su amistad y comentar las líneas más importantes de ese tema, prestarle las fuentes de información y dar las suficientes pistas para completar un puñado de páginas antes de que ellos terminaran su trabajo. El desleal es prudente y suspicaz, y hasta que no ha consumado la traición ha guardado reserva absoluta. La deslealtad es mala cosa, pero abunda tanto en estos tiempos que ya pienso que viene a ser la categoría positiva para la sociedad, mientras que su raíz, la lealtad, es especie a extinguir. A veces dan ganas de borrarse.
jueves, 19 de octubre de 2006
La pareja en el portal
Hoy no estaban. Desde hace unos días, cuando salgo de casa a las siete menos cuarto de la mañana, me encuentro con una pareja de jóvenes despidiéndose en el portal. Se afanan por aparentar normalidad cuando me oyen llegar, pero en la viveza de los ojos y el sonrosado de las mejillas de ella (vecina de mi edificio) se nota que acaban de romper su apasionado abrazo. El primer día se sorprendieron, el segundo me sonrieron, el tercero ya me esperaban y apuntaron un tímido saludo antes de que yo les diera los buenos días. No sé si en otros países los jóvenes se despiden en los portales como en España, después de una noche juntos en los lugares de moda. Aquí se hace desde siempre. El tópico habla de rejas, de zaguanes en penumbra y, después, de portales en los que se deja apagar la luz eléctrica. ¿Cuántas veces se pulsa el interruptor hasta que se deja la escena a oscuras? Ese número de veces indica la pasión, la intimidad o el grado que alcanza el enfado momentáneo. También la alegría de la reconciliación. A los jóvenes enamorados siempre les ha gustado pelar la pava de noche y dejar que llegue el alba sin darse cuenta de la hora, un momento en el que se encuentran los trasnochadores con los que madrugan para acudir al trabajo. En gran medida, el tránsito a la madurez nos viene dado por el grupo en el que nos hallamos de esos dos. Algunos de los mejores o peores momentos que todos los que tenemos cierta edad recordamos se encuentran ligados a esos portales de nuestra juventud. Creía que ya no se daba esta circunstancia, quizá atrapado en mis años y en la creencia de que la sociedad había cambiado. Pero me equivocaba, y no sé si alegrarme o entristecerme. Se les veía felices. Espero que su ausencia de hoy no signifique que ya no se sonreirán más con los ojos el uno al otro, cómplices de su amor.
miércoles, 18 de octubre de 2006
Bases para un Proyecto de Ley del Teatro
Acabo de recibir por correo un folleto con las Bases para un Proyecto de Ley del Teatro que ha elaborado y editado la Asociación de Directores de Escena de España (ADE). El contenido de la publicación consta de un completo Proyecto de Ley y una introducción programática y justificativa firmada por los dos miembros de la ADE a los que se debe fundamentalmente el Proyecto, Juan Antonio Hormigón (Catedrático de Dirección de Escena de la Real Escuela Superior de Arte Dramático) y Manuel F. Vieites (Director de la Escuela Superior de Arte Dramático de Galicia). El texto ya había sido anunciado en el Congreso que la ADE celebró en Valladolid en el año 2002 y presentado y debatido en el XIII Congreso que acaba de tener lugar en el Pazo de Mariñán (A Coruña). La ADE es una asociación profesional que trasciende los límites estrictos de lo que son habitualmente estas asociaciones. La calidad y oportunidad de su línea de publicaciones, la magnífica revista ADE Teatro, los premios anuales que otorga, las relaciones institucionales que mantiene y la larga lista de actividades que programa a lo largo del año, la convierten sin duda en un exponente de lo que debe ser este tipo de organizaciones. Además, no renuncia a su labor cultural y a intervenir activamente en el debate social y político. Sin duda, continúa la mejor tradición de las asociaciones profesionales que se fundaron en España en el siglo XIX y que reunían, junto a la defensa de los intereses de su sector, el espíritu de cooperación activa con la sociedad. El texto de la Ley es impecable desde el campo profesional. Articulado en nueve títulos (De las políticas teatrales, De la formación teatral, De la creación teatral, De la difusión teatral, De la recepción teatral, De la investigación, De la animación teatral, Del ejercicio profesional, De las disposiciones comunes) más uno Preliminar y una Exposición de motivos, aborda todas las cuestiones básicas que afectan al mundo del teatro y cuya regulación ha sido demanda por el sector desde hace tiempo. Se abre ahora el período de debate, que presumo largo y complicado. Los intereses políticos, las peculiaridades de las diferentes Comunidades Autónomas, más los celos y rivalidades típicas de la cultura española se me representan como los grandes obstáculos. Pero el primer trabajo está hecho, y bien hecho. Espero que todo lo que venga a partir de ahora sean planteamientos que mejoren el texto y que no impidan el resultado final: una Ley del Teatro. El tesón de la ADE y de la comisión que ha elaborado este texto no puede ignorarse. No debe ignorarse. Al mundo cultural español y a las profesiones que se dedican al espectáculo teatral se les ha regalado un excelente trabajo con la intención de hacer ver la necesidad de esta Ley y de establecer sus bases fundamentales. Iniciativas como estas son las que nos hacen creer que estamos en una Democracia. Espero que nuestros representantes políticos sepan verlo también.
martes, 17 de octubre de 2006
Otoño
Hoy, en Burgos, es el primer día de verdadero otoño. Hasta ahora habíamos tenido una prolongación del verano, circunstancia que sorprendía a los habitantes de esta ciudad, acostumbrados a veranos muy cortos. El cielo está totalmente cubierto, y llueve. Las personas que andan por la calle ya van vestidas de invierno y miran desde ojos oscurecidos tras los paraguas. El ánimo acompaña al tiempo. Recuerdo un poema de uno de los mejores poetas españoles del siglo XX, Claudio Rodríguez, en el que habla de la delicadeza de la lluvia. En otro cantaba su efecto positivo: lavaba al sorprendido viandante y le hacía nuevo. Aquel hombre se refugiaba nerviosamente en un portal porque no podía comprender ese don que viene del cielo, como diría el añorado Claudio. Conocí al poeta en otro otoño lluvioso, en Valladolid. El artista puede permitirse girar los conceptos comunes a través del símbolo. Pero esta realidad es tozuda: llueve, es otoño desatado y las caras se han entristecido. Y tal y como está el campo de esta vieja región tan maltratada por sus hijos, ya ni queda el consuelo de que sea "pan para Castilla". Es sólo monotonía de lluvia tras los cristales, como dijera el otro Poeta. Lo siento, pero hoy sólo tengo ganas de ver cómo llueve.
lunes, 16 de octubre de 2006
Premio Planeta 2006
A mucha gente le irrita el Premio Planeta. Algunos escritores lo denigran porque nunca lo han ganado. Otros lo detestan con la hipócrita acusación de que ya está dado de antemano. Y lo dicen como si hicieran un gran descubrimiento sólo difundido entre iniciados o como si no fuera lo habitual en este tipo de premios. Bien es cierto que gran parte de los premios literarios -de los cientos de premios- que hay en España no se dan por encargo. No es así, pero las presiones que reciben los miembros de los Jurados, para los que las plicas son tan evidentes como el nombre, apellidos y DNI de los escritores, son incontables -por su número y por lo que se llega a intrigar en estos casos- y condicionan la mayoría de los fallos. El Premio Planeta del año 2006 se ha vuelto a conocer días antes de que se resolviera. Pero este año sí se ha premiado a un buen escritor, Álvaro Pombo. De la novela no hablo aun, porque no la he leído. Los resultados de estos premios son variopintos: pésimas narraciones como la que produjo la indignación de Marsé el año pasado (supongo que Marsé conocía cómo funciona el Planeta, así que su reacción debió ser más porque se hubiera aceptado como resultado final tan mala obra); escándalos aun mal resueltos, como el de Cela; magníficas novelas -no exentas de defectos quizá debidos a premuras finales por el plazo de entrega- como el Jinete Polaco de Muñoz Molina. Sin embargo, y a pesar de todo, bien sea el Planeta en cualquier caso, si con él se habla de literatura y promueve la lectura. Si, además, un buen escritor puede no agobiarse durante un tiempo gracias al dinero conseguido y crear con más calma, mejor. Lo que me gustaría que alguien, discretamente, me explicara es qué hacen las más de 400 novelas presentadas al Premio. ¿Ingenuidad o méritos? Conocí a un escritor con fama local que, entre los méritos de su currículum enumeraba las obras presentadas a concursos, resaltando detalladamente la importancia de cada uno de los Premios, sin que hubiera obtenido ninguno. Pero eso es otra historia.
jueves, 12 de octubre de 2006
La acequia
La acequia es una conducción de agua humilde, pero que da vida a las tierras que recorre. Hasta su nombre árabe, acequia, guarda recónditos ecos de esa extraña vitalidad que suma el esfuerzo técnico del hombre a la magia de los ciclos naturales. Y una sugestiva atracción fonética. Cuando yo era niño vivía cerca de una de estas venas de agua. Era algo prohibido: los más pequeños no podíamos acercarnos a ella. Las madres nos trasmitieron el temor de ahogarnos o que nos picaran mosquitos o tábanos, quizá extrañas arañas que vivían en la abundante vegetación que la flanqueaba. Además, cerca de uno de sus límites se encontraba uno de esos clubs que todas las ciudades españolas de los años sesenta tenían en las afueras, consentidos por las mismas hipócritas autoridades que los negaban. Fui creciendo y me acerqué a ella, como a todo lo prohibido. En verano era un paseo agradable, algunos amigos se bañaban en sus turbias aguas, sin miedo a ser tragados por los sifones con los que se salvaban los caminos o las carreteras o a enlodarse en las épocas en las que estaba más sucia. Al final de agosto, las zarzas que crecían a sus lados se llenaban de moras. Recuerdo las manos cruzadas por los arañazos al cogerlas. Y su sabor. Mi madre las preparaba con leche y azúcar. Tuve un perro que se aficionó a ellas y las comía directamente de la zarza, abriendo todo lo que podía los labios y sacando los dientes para no picarse con las espinas. Sin embargo, a pesar de que terminé recorriéndola y conociéndola en toda su extensión, viéndola seca cuando desde el canal principal cortaban el agua, para mí, aquella acequia sigue guardando el misterio de mi infancia.
Escuela Superior de Arte Dramático de Castilla y León
El pasado martes día 10, se inauguró oficialmente el curso de la nueva Escuela Superior de Arte Dramático de Castilla y León. La lección corrió a cargo del dramaturgo y profesor de la RESAD José Luis Alonso de Santos. Nadie mejor que él. Es vallisoletano, y recoge las múltiples facetas que pretende abarcar la Escuela Superior: es un profesional del teatro, un dramaturgo de reconocido prestigio y, además, como docente, sabe lo que es el esfuerzo de dar sentido académico a unas enseñanzas artísticas que fueron durante tanto tiempo denostadas precisamente por considerarlas más vocacionales o propias de características innatas que de un proceso de aprendizaje y trabajo. Así le ha ido al teatro español, condenado cada poco tiempo a redescubrirse e inventarse. La lección inaugural fue brillante. Alonso de Santos explica con imágenes y se hace entender, y supo dirigirse por igual a los políticos presentes, al mundo académico, al profesional y a los alumnos que empiezan con ganas estos estudios. Me gustaron sus alusiones al cultivo del esfuerzo y la humildad. Vino a decir que al teatro hay que acercarse para servirle, no para sacar provecho de él. Tras el acto, los presentes pudimos disfrutar de una visita guiada al edificio que albergará el Auditorio de Valladolid, el nuevo teatro y las Escuelas de Arte Dramático y Danza y el Conservatorio. No tengo más que elogios. Creo que la Junta de Castilla y León está haciendo bien esta labor. Que continúe.
miércoles, 11 de octubre de 2006
Incertidumbre
Si digo que la vida es incierta no afirmo más que la condición del ser humano. El único animal consciente de que su existencia está llena de preguntas -de que su vida entera se basa exclusivamente en preguntas- es este engreído homínido. Vivir es no saber. Quizá la condición de la felicidad sea ignorar este no saber y engañarse con la certeza. Sin embargo, la especie humana -los grupos dirigentes de la especie-, para eliminar las incertidumbres ha decidido provocar la mayor de la certezas con el objetivo de conseguir su felicidad: la destrucción sistemática del planeta en el que vive. Es la paradoja del sentido técnico que le hemos dado al progreso. Hemos pasado de la búsqueda de la felicidad según la definían los primeros filósofos griegos a este bienestar de andar por casa, es decir, de microondas, automóvil y aire acondicionado. Prefiero no tener ese tipo de felicidad. Como salvaguardia de la especie, la naturaleza nos ha dotado de estímulos que nos ayudan a superar la incertidumbre: la vida gregaria y el valor. No siempre coinciden. No considero aparte de estos dos la creencia religiosa, puesto que se nutre de nuestra condición social. Sin grupo, no hay religión posible. Esto viene a cuento de que hoy pesan demasido en mí las incertidumbres y muy poco la vida gregaria. De valor, voy tirando.
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