Al final, todos los viajes se funden en uno solo: el más cierto.
miércoles, 31 de diciembre de 2008
martes, 30 de diciembre de 2008
Ventana en invierno
lunes, 29 de diciembre de 2008
mantener el equilibrio
mantener el equilibrio unos segundos es lo que puedo pedir no caerme no caerme no tropezar y caerme de nuevo me he caído ya demasiadas veces siempre me he levantado hasta ahora siempre me he levantado pero cada vez me ha costado más a veces dan ganas de quedarse así tirado sobre el frío suelo y decir hasta aquí no puedo más pero hay un punto de orgullo que me ha hecho siempre levantarme quizá la próxima sea la definitiva mira esa mujer no es atractiva pero se esfuerza en deslizarse mientras vigila a su hija pero cada uno tiene un mundo dentro de sí cuántos caerán contigo cuántos de ellos podrán levantarse a veces no depende de las fuerzas de uno ni de su voluntad y ánimo apoyar la rodilla y las manos e incorporarse para volver a intentarlo a veces alguien te ha empujado y ya estás listo para siempre por eso deslizarse sobre los patines y esquivar los grupos buscar las zonas libres los espacios que a uno le dejen girar a gusto o caerse si eso es lo que le apetece
domingo, 28 de diciembre de 2008
Ver patinar es mirar el aire con la sonrisa escarchada
ver patinar es mirar el aire con la sonrisa escarchada ayer ayudé a montar el billar que mi cuñada regala a su hijo para que se lo encontrara montado a su llegada a casa el lunes como un gran regalo de Navidad y la tarde se alargó en conversación mientras comenzaba la helada en el exterior ha muerto hace unos días Harold Pinter dramaturgo valiente que se atrevió a pedir el enjuiciamiento de los políticos que declararon una guerra ilegal en una época en la que parecía que todas las leyes del mundo podían torcerse y cuyo carácter de final o de comienzo marcará los próximos años el juego del billar es pura física en la que el azar lo pone el error humano quizá no seamos más que eso errores en la exactitud física de las cosas que funcionarían mejor sin nosotros Israel ha decidido una vez más vengarse de una organización que usa del terror castigando indiscriminadamente a todo una población cuando el terror y la represalia brutal y generalizada se instaura como forma de gobierno ya sea como norma de política interior o de relaciones internacionales uno llora porque el siglo XXI haya comenzado tan mal repitiendo los errores del pasado como si la Historia diera vueltas aun sobre sí misma como estos patinadores que observo en la pista que al toque de silbato de pronto cambian el sentido del giro y siempre sorprenden a alguien con el paso cambiado por rebeldía inconsciencia o despiste ayer fue una buena tarde las niñas disfrutaron mucho y los mayores merendamos con gana después de montar el billar que venía con los tornillos exactos las arandelas justas para que nada sobrara y para que nada faltara ahora sólo debemos ensayar las cabriolas hacer que las bolas se golpeen con precisión empujadas por el taco para dirigirse al agujero que les hemos predestinado como si no fuéramos humanos mientras tanto sé que en la pista siguen girando los patinadores ágiles o torpes alegres o pensativos y fuera las cosas han recibido la primera capa de hielo de la noche
sábado, 27 de diciembre de 2008
Hoy, descanso.
Una cuestión familiar me lleva a descansar hoy.
Como ayer publiqué dos entradas (una correspondiente al comentario del capítulo semanal del Quijote), os dejo lectura pendiente: Poca cosa e Inicio del curioso impertinente. Habréis visto que, estos días, no puedo visitar vuestros blogs como suelo hacerlo, ni contestar a vuestro correos. Prometo ponerme al día lo antes posible, así como responder a los comentarios que me habéis dejado en las entradas anteriores.
Acumulo las noticias de nuestra lectura del Quijote, que debería publicar hoy, con las de la próxima semana.
viernes, 26 de diciembre de 2008
Inicio de El curioso impertinente y primera demostración de que un trío nunca funciona (Cap. 1.33)
De guardia contra Papá Noel.La introducción de la novela intercalada titulada El Curioso impertinente en el Quijote ha sido una de las cuestiones más debatidas por la crítica.
El mismo Cervantes, consciente del efecto que había causado en los lectores tras la primera edición, habló de ello en la Segunda parte, como veremos. Ni siquiera habrá que esperar a esta continuación, porque ya se mencionan ciertas cosas al respecto cuando el ventero da cuenta de que en la maleta olvidada por un viajero hay un manuscrito con el texto de esta historia (todos los que han podido leerla han gustado de ella y el cura y Cardenio quedan atrapados sólo con unas pocas líneas) y se dará una primera recepción al final de la lectura.
También se ha discutido si esta novela ya la tenía escrita Cervantes (como otros fragmentos, ya comentados) y la reutilizó aquí o si la redactó expresamente para intercalarla. En cualquiera de los dos casos, pensemos en el interés que tuvo para introducirla aquí y en el sentido que quiso dar a estas páginas.
En todo caso, Cervantes sabe cómo atrapar previamente nuestra atención a algo que nos va a hacer desviarnos totalmente de la trama principal: nos anticipa que nos va a gustar y, al menos, consigue intrigarnos para que no rechacemos como extraño el material.
Desde el primer momento se ha polemizado sobre la verdadera función de la Novela del curioso impertinente.
Se han propuesto varias, todas ellas posibles:
- en primer lugar, esta historia intercalada, tan ajena a la narración principal que se separa radicalmente de las otras introducidas en el Quijote, puesto que sus personajes no se incorporan a la historia del hidalgo, busca un público de la época que gusta de este tipo de añadidos (alejados del gusto del lector medio hoy en día), como sabemos a través de la historia editorial del siglo XVI;
- en segundo lugar, completa tanto por esta forma en la que es intercalada en la trama principal como por el género al que remite (la novela breve italiana renacentista), la gama presentada de modalidades narrativas (recordemos que hemos visto en el Quijote un afán de compendio de los tipos de narración más importantes conocidos hasta ese momento);
- en tercer lugar, sirve de paréntesis narrativo, de un cierto descanso del lector de la complicación a la que ha llevado la historia central y las de los personajes que se han ido encontrando en la sierra y, a la vez, provocando el deseo de ese mismo lector de saber el final de todas las tramas cruzadas.
El resultado, entonces y ahora, resulta aproximadamente el mismo, aunque entonces se estaba más acostumbrado a estos juegos por los que se detenía la acción: el lector no sabe si enojarse con el autor, saltarse las páginas para saber más de don Quijote, o dejarse llevar por la nueva historia. Cervantes pudo jugar con otro elemento no siempre resaltado por la crítica: como ha acostumbrado al lector a retomar a los personajes de las historias intercaladas, muchos esperan ver aparecer a Anselmo o a Lotario por la puerta de la venta.
Pero no pueden aparecer porque ya están en ella, en aquella maleta tan celosamente guardada por el ventero como un arca que contiene los secretos del verdadero entretenimiento: el que nos abre las puertas del mundo de la imaginación.
Vemos a personajes de novela leyendo una novela, porque hay un guiño inteligente de Cervantes que no todos los críticos han sabido ver: si quiere construir una historia de una verosimilitud realista, debe buscar la manera de fomentar la distancia de sus personajes con otros que indudablemente pensemos de ficción.
Por lo tanto, la función esencial de esta historia intercalada no es otra que construirse como una historia indudablemente novelesca, apartada lo más posible de aquellos personajes que asisten a su lectura en voz alta: con ello, el cura, el barbero, el ventero y toda los que se hallan en la venta, incluido el mismo don Quijote, que duerme, son más reales ante el receptor. De ahí que el estilo sea diferente: más cuidado, con un tono y un ritmo diferentes a los que nos ha acostumbrado Cervantes hasta ahora.
E incluso la forma de tratar el tema. Desde el principio, hasta el lector menos experimentado reconoce la materia.
Anselmo y Lotario son dos jóvenes amigos. Anselmo se casa y se ve consumido por celos del todo punto injustificados. Por eso, le pide a Lotario que ponga a prueba a su esposa. Tras mucho hacerse de rogar, Lotario se ve forzado a aceptar la propuesta, pero acabará enamorado de la mujer de su amigo.
La historia es vieja: hay narraciones similares en la literatura anterior, especialmente en la italiana. El formato inicial, la ambientación en Florencia, el diseño de los personajes, el estilo, es de Boccaccio; el motivo de la prueba de fidelidad y la amistad es también de raíz italiana. Ya veremos cómo Cervantes, con estos mimbres, construye una cesta nueva, como siempre.
Aunque no nos lo parezca en una primera lectura, la historia tiene puntos de relación con el resto del libro. En primer lugar, como hemos dicho, es una muestra más de modalidad novelesca. En segundo lugar, es una exposición más de una forma de amar -como desarrollo inevitable de las modalidades narrativas hay también un muestrario de formas de amar en don Quijote, Sancho, Grisóstomo, Marcela, el ventero y su mujer, Maritornes, el arriero, Cardenio y Dorotea-.
Pero de la historia del celoso Anselmo y su amigo Lotario hablaremos el próximo viernes, cuando comentemos el capítulo XXXIV, que ahora el narrador nos la deja sin terminar, en un punto más que interesante, con Lotario sintiéndose culpable por amar a Camila, la mujer de su amigo.
Antes de que juzguéis a Cervantes con parámetros modernos sobre su intención de intercalar la historia o sobre la temática que desarrolla este trío de personajes y de que le acuséis de ningunear a la mujer, os pido que dejéis que termine la historia y la pongáis en relación con todo lo que he dicho en esta entrada, además de ver que allí, asistiendo a la lectura, están también nuestra Dorotea, la ventera, su hija y Maritornes. Camila es el personaje literario.
jueves, 25 de diciembre de 2008
Hay que mantener algunas tradiciones
A petición de alguno de vosotros, la entrada semanal sobre El Quijote no se publicará el Día de Navidad ni el de Año Nuevo: se trasladan a los viernes 26 de diciembre y 2 de enero.
Estos días, en consideración a una vieja tradición de la prensa española, no se publicará La Acequia.
Disfrutad, no comáis en exceso y si bebéis, no conduzcáis. Sed lo más felices posible.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
martes, 23 de diciembre de 2008
lunes, 22 de diciembre de 2008
domingo, 21 de diciembre de 2008
Los hilos del Diario. Sobre Razón y desencanto de Diego Fernández Magdaleno

Ayer sábado, a las siete de la tarde, tuvo lugar el acto de presentación del nuevo libro de Diego Fernández Magdaleno en el Patio Herreriano de Valladolid. Además del autor, hablamos Amador Sánchez y yo mismo.
Os copio aquí el texto que leí, para que sirva de carta de presentación de Razón y desencanto, el segundo diario publicado por el autor, tras El tiempo incinerado (2004), del que también hablé aquí en su día.
Diego Fernández Magdaleno es un gran músico y escritor (podéis verlo en su blog, Las palabras del agua) y cualquier cosa que hace la lleva a cabo con honestidad, calidad y bonhomía.
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PRESENTACIÓN DE RAZÓN Y DESENCANTO, DE DIEGO FERNÁNDEZ MAGDALENO
Un diario es un hilo que, desde el presente, tiramos hacia el pasado reciente, tan reciente que aún podemos pulsarlo, con la intención de explicárnoslo y de que nos explique. Este hilo parte de un yo narrador íntimo que se busca como primer interlocutor: en el diario, el que lo escribe asiste, sorprendido, a la primera recepción de su propia vida. Cuando ve la luz, impreso, resulta curioso comprobar cómo ese hilo se cruza con el del lector y depara sorpresas.
Por ejemplo, como autor de mi propio diario, yo no sabía, cuando a mediados de los años ochenta tomaba el coche de línea para investigar la vida del escritor riosecano Ventura García Escobar que, años después, el padre de Diego Fernández Magdaleno se encargaría de restaurar el panteón en el que el romántico está enterrado. No sabía que su padre se iba a convertir en la esencia de la memoria reciente de su hijo ni que provocaría páginas que yo devoraría como lector apasionado años después.
Yo no sabía, cuando recibí el encargo del Ayuntamiento de Valladolid de seleccionar fragmentos del Romancero de Cristóbal Colón, de García Escobar, con destino a un oratorio profano del maestro Blas Emilio Atehortúa (estrenado en la Plaza Mayor de Valladolid el 20 de mayo de 2006), que el actor que se iba a encargar de declamarlos, Emilio Gutiérrez Caba, terminaría ensayándolos con el acompañamiento y asesoramiento musical de Diego Fernández Magdaleno.
Yo no sabía, cuando conocí a su hermano Pablo, que se había matriculado en un Curso Superior de Filología Hispánica que organicé, junto a la profesora Irene Vallejo, para la Universidad de Valladolid, que años después lo reencontraría de la mano de Diego.
Yo no sabía que iba a volver a tener noticias de un amigo perdido en el tiempo, Luis Ángel Lobato, compañero de estudios universitarios, poeta excepcional y casi inédito, gracias a las páginas escritas por Diego.
Yo no sabía, cuando tomé el coche de línea en compañía de mi amigo y artista Javier García Riobó para conocer en persona a Luis Felipe Comendador, al que tanto había leído y con el que ya mantenía cierta correspondencia virtual, que Luis Felipe terminaría siendo el editor de este libro de Diego que hoy presentamos.
Yo no sabía, cuando puse nombre a mi blog cultural, La Acequia, que, en Medina de Rioseco, Diego meditaba bautizar el suyo como Las palabras del agua y que el agua, llena de emociones y palabras y pensamientos, nos iba a unir a partir de que él dejara su primer comentario en el mío.
No lo sabía, como mi hija, aquí presente, ignoraba todo esto cuando se sentó junto a mí en el estreno del oratorio sobre Colón y vino conmigo a un concierto de Diego y desconoce hoy, entre el público, a sus once años, que comienza a escribir las líneas de su propio diario, en el que estamos nosotros pero también todos aquellos que en el futuro crucen los hilos de su vida con ella y que deberá ser ella quien los ordene.
No lo sabía pero hoy todo se ha aclarado gracias a este volumen de Diego Fernández Magdaleno, Razón y desencanto, que ha ordenado el mundo, le ha dado sentido de forma esencial, descubriendo la raíz de todo, condensándolo en palabras.
Un diario es una gran mentira que se transforma, precisamente por eso mismo, en la única verdad posible: el diario nos explica la vida, nos construye por dentro para que podamos apuntalar la débil existencia de nuestro presente. Rasguñar con palabras la vida propia para dotarla de sentido o para indagar si lo hay o todo es incierto. Por eso, cada diario refleja a su autor y es único.
Diego Fernández Magdaleno, en este segundo diario, selecciona su vida de los años 2005 y 2006 para explicársela y nos deja su yo literario abierto para que todos podamos verlo. Su calidad literaria es tal que aquellos que lo lean sin saber quién es Diego, dónde está Rioseco o Valladolid, encontrarán en sus páginas hilos que ayuden a explicarse su propia vida, a pesar de que todos los aquí presentes ya estemos muertos desde hace años.
Hay muchas formas posibles de recepción de un texto como éste. Aquellos que conocemos a Diego vemos, en primer lugar, los avatares de su vida y sus ideas y sus emociones. En el futuro, los investigadores que indaguen en la vida de Diego como músico y escritor buscarán a quién conoce, con quién se hablaba, dónde estaba en determinados momentos de su existencia y cómo pensaba o por qué se relacionó con Alfonso Guerra. El lector general se empapará de palabras que le ayuden a comprender su propia vida.
De 2005 a 2006, la vida de Diego se ordena desde poco antes de la muerte de su padre hasta poco después del nacimiento de su hijo. El Diario, que es la vida condensada, esencial y sin adjetivos, se hace en este volumen luz en el ciclo de la vida, la continua sucesión callada e inevitable de la muerte y de la vida. Ambas no existen si no hay alguien para recordarlas, para contarlas y transmitirlas. Nada somos sin una voz narradora y lo somos todos según nos quiera narrar esa voz.
Y la de Diego es excepcional. Lo primero que llama la atención es su mirada y su expresión: es una voz pausada, reflexiva que, hasta en las cosas que le molestan o le duelen muy adentro o le entusiasman, guarda el tono que la construye en una voz que nos habla al oído sosegadamente, como esas conversaciones que echamos de menos, ante un café, sin prisas, para que todo vuelva a tener sentido en esta locura de vida. Diego, en estas páginas, conversa consigo mismo frente al papel, y conversa con nosotros, lectores, convertido en yo narrador.
Y esta voz transita por los días de estos años condensando las preocupaciones de cada día y sacando las conclusiones a veces en una página, a veces en una línea densa y con alta reflexión filosófica. Y todo comienza, como debe ser, con el paso artificial del tiempo:
Sábado, 1 de enero de 2005: Iniciado el ritual del calendario: las promesas dispuestas a dar sentido a un número y hacerlo perdurable o pasajero.
Por eso, hay días llenos de preocupación por la salud de su padre o de otros familiares o amigos, días en los que una llamada de teléfono lo llena todo, días en los que todo se explica por la lectura de un libro:
Lunes, 3 de enero de 2005: La noche en unas páginas de Marguerite Duras. Descender hasta allí para salvarse.
o la lectura del periódico, o por una escena o un tipo vistos en una cafetería, mientras se espera a un amigo, días en los que ha dolido tanto la ausencia del padre que la mente no ha podido ver más cosas. Días en los que la espera del hijo augura el futuro.
Todo esto se vuelve en reflexiones sobre la política, sobre la música (desde entradas extensas hasta condensación de la greguería ramoniana: Tentación de la música: su materia de olvido, Lunes 28 de febrero de 2005; El dolor de la música que he tocado esta tarde: un espejo en la soledad del escenario, Martes, 24 de mayo de 2005), sobre su propia condición de escritor:
Domingo, 6 de marzo de 2005: No muestro mis poemas ni a las personas más cercanas. ¿Por qué ocultar lo que llevo haciendo desde siempre?
o reflexión de alta intención metaliteraria sobre el género:
Lunes, 21 de marzo de 2005: La mayoría de las anotaciones de mi agenda se refieren a lo menos importante de la vida: pequeñas señales de compromisos incómodos y reuniones inútiles. Las horas memorables, los instantes más nuestros, aparecen en blanco.
la sociedad, la vida, su vida (como cuando nos cuenta que acepta ser presidente en España de la Asociación Europea de Maestros de Piano, EPTA, o cuando anota: La enfermedad de mi padre parecía darnos una tregua, pero sólo ha durado un mes: nuevos medicamentos para aplacar el dolor y más visitas al hospital, Sábado 12 de marzo; Un silencio nuevo se extiende por la casa, Viernes, 1 de abril de 2005). A veces, se gira hacia el microrrelato –pero no lo es, en virtud del pacto de lo autobiográfico, el relato se hace huella de vida:
Lunes, 29 de agosto de 2005: Me despierto a las cuatro de la madrugada con náuseas, dolor de cabeza y una intensa sensación de cansancio en todo el cuerpo. La primera imagen: mi padre y su vitalidad después de cada sesión de quimioterapia, su arrojo y determinación frente al cáncer. Por eso, cuando voy a quejarme en un primer impulso, me calmo y recuerdo sus manos porque tengo frío.
Sábado, 17 de diciembre de 2005: Las cinco de la madrugada. Tere tampoco duerme. Se levanta a calentar leche. Pienso en mi padre. Cómo estará su cuerpo. Junto a la cama tengo tres libros a punto de terminar. Son los diarios de José-Carlos Llop, Andrés Sánchyez Robayna y Luis-Javier Moreno. La lectura es un lugar sin geografía, pero ninguno de estos textos me lleva hasta allí. Es demasiado tarde para el viaje.
A veces, hacia la condensación de vida en una sola línea, o de una emoción (Sé que mi padre ha muerto. Pero esta certeza, tan profundamente física, aún no forma parte de mi vida, Domingo, 31 de julio).
Un diario es una aventura frágil para el que lo lee porque todo depende de que la voz narradora logre que el hilo de lo contado se cruce con el suyo propio para que sea algo más que cosas que le pasan al autor. El Diario, como género, es la condensación de la dificultad artística en su más alto nivel porque todo, lo lírico, lo descriptivo, lo narrativo, debe ser aceptado por el que lo lee como vida. Incluso aunque el lector sea sólo el propio autor.
Por suerte, este volumen nos llega porque tiene altura de emoción y grandeza literaria, se nos cruza con los hilos de nuestras vidas y nos ayuda a explicárnosla con sus reflexiones, con sus anécdotas, con sus lecturas, nos emociona, reconocemos esa vida en la nuestra: es la textura que cada día percibimos muy dentro de nosotros al cepillarnos los dientes para irnos a la cama, al dar un beso a nuestro hijo antes de apagar la luz de su habitación, al abrazar el cuerpo de nuestra pareja, si la tenemos y nos puede salvar del abismo de la soledad, antes de sumirnos en la noche y esperar que el hilo de nuestra vida siga tejiéndose con el de otros al día siguiente.
sábado, 20 de diciembre de 2008
Elogio de los lectores, autorretrato quijotesco de Fernando Portillo, lector con fondo de cuadros y noticias de nuestra lectura

El capítulo de esta semana nos señala un rasgo de la modernidad de Cervantes y del Quijote. Ya sabíamos que la novela es un elogio al lector (el protagonista decide salir al mundo a imitar los protagonistas de sus novelas favoritas) y, en gran medida, una parodia del objeto-libro que se publicaba a principios del siglo XVII (desde el prólogo, la ficción de los poemas dedicados hasta la conclusión, que veremos).
También hemos visto cómo en ella se recopilan las modalidades narrativas más importantes existentes (caballeresca, picaresca, pastoril, folklórica, etc.), aunque siempre giradas por el autor, que les añade un punto especial.
Sabemos también que muchos de sus personajes se declaran lectores fervorosos (no sólo don Quijote, también el cura, el barbero, Dorotea).
Pero este capítulo que hemos comentado el jueves pasado es algo más: es el elogio de la multiplicidad de formas de recibir una obra literaria, desde la de un analfabeto hasta la de un sacerdote; desde la de un hombre sensato que procura no dar que hablar, hasta la del que no sabe distinguir la realidad de la ficción y le importa una higa hacerlo; desde la que sabe leer sólo para entretener los ratos de ocio hasta la de la muchacha que tiene ensoñaciones sentimentales con los protagonistas.
Y todas ellas están puestas al mismo nivel porque todas son válidas y parte esencial de la literatura. Cervantes, a pesar de que algún crítico ha querido poner el acento en la perspectiva del cura como si fuera portavoz exclusivo de sus ideas, nos viene a decir que todas estas formas son válidas porque nos hacen disfrutar de la literatura. Mejor si somos capaces de aunarlas todas.
No dejemos, por lo tanto, que corten nuestro acercamiento al texto. No dejéis que nadie os ponga tantas barreras para acercaros al Quijote que os hagan verlo de lejos y con tanta reverencia que lo consideréis un mausoleo de palabras muertas.
Autorretrato de Fernando Portillo, lector con cuadros
Fernando Portillo, hace unos días, con motivo de una entrada mía sobre el arte contemporáneo, me remitió este autorretrato (el segundo suyo, lo que demuestra que se puede repetir y no hace daño) con Quijote para mostrar parte de los cuadros que adornan las paredes de su casa. Hoy nos viene al pelo: es un autorretrato de lector, que es el tema de la semana. No os perdáis el volumen en el que lee esta novela. Gracias, Fernando.
Recordad que todos podéis haceros uno en el que se os reconozca o no. La única condición es que aparezca un volumen de la obra o estéis en actitud quijotesca. Mandádmelo por correo electrónico para publicarlo. Será un buen testimonio de esta locura colectiva y pensaremos qué hacer después con todo este material tan interesante.
Noticias de nuestro Quijote.
Juan Luis reaparece con gran fuerza en nuestras noticias. Su comentario del capítulo XX, Sentir miedo, corta el aliento. Y la foto que lo acompaña. No os lo perdáis.
Manuel nos regala una entrada que, tras enfocar correctamente el capítulo XXXII como un homenaje al lector, se centra en un esquema de las novelas de caballerías según ciclos y técnicas. No os perdáis ni el cuadro que publica ni su autorretrato paseante.
Javier sigue adelante con la publicación de su comentario en imágenes de cada capítulo. En el correspondiente al XXXII, las tres imágenes corresponden con el amor al libro, al lector y al texto que aun no es volumen pero lo contiene ya todo dentro. Una serie de fotos en las que uno desearía poder tocar los objetos.
Abejita de la Vega ha publicado su comentario del capítulo semanal con una acertada visión de todo el grupo de la venta como receptores, en diferente nivel, de la ficción caballeresca y la visión de que hoy esa función corresponde a la televisión y a los bestseller. No os lo perdáis.
Antonio Aguilera sigue con la publicación, desde la gracia "repulsiva" de los comentarios. El de esta semana es divertidísimo e incide en cuestiones esenciales: chistes sexuales y qué ocupa hoy el lugar de esas lecturas colectivas de las que habla Cervantes. No os perdáis la imagen de la venta, con las tres gracias.
Enlace con el grupo en Facebook, aquí. (Este grupo no sustituye a la lectura en este blog y no estáis obligados a uniros: lo usamos sólo como complemento, para informarnos, preguntar y debatir.)
Enlace con la entrada en la que encontraréis sugerencias si os incorporáis con la lectura ya iniciada, aquí.
Si me he olvidado de alguien, hacédmelo saber y lo subsanaré. Recordad enlazar vuestras entradas con La Acequia, para poder encontrarlas.
Vale.
viernes, 19 de diciembre de 2008
Disolución de arena solidaria para caminar por el desierto
Mi amigo Francisco O. Campillo ha publicado un libro con una selección de entradas de su blog Caminando en el desierto, que puede adquirse a través de Internet.
Cuando el régimen de Franco, en su final de opereta bufa (si no bastara la tragedia de esos años de dictadura, nos hallamos con la ridiculez grisácea de los años últimos), dejó abandonada a su suerte a la población saharaui, consiguió aunar el sentimiento de gente de ideología diversa y hasta contradictoria sobre la situación en la que quedaban los habitantes de la antigua provincia norteafricana: España había fallado, en carrera vergonzosa, a un pueblo que estimaba la herencia cultural y lingüística española. De hecho, Fran y yo hemos cruzado comentarios en su blog sobre este amor de los saharauis por el idioma español a pesar de todo: a pesar del injustificable abandono institucional desde la descolonización hasta hoy mismo.
Tampoco han sido bien tratados nunca los saharauis por los gobiernos democráticos desde la Transición española a la democracia tras la muerte de Franco, que han oscilado entre la mala conciencia de una deuda pendiente y la política de no enfrentamiento con Marruecos, el gran aliado occidental del Norte de África, que ha sabido rentabilizar ese apoyo a través de sus contactos con los gobiernos de los EE.UU. y de Francia.
Sin embargo, desde el principio y desde puntos ideológicos muy diversos, como decía, los españoles han tenido una atención constante por la causa saharaui, sus avatares y su evolución, desde la lucha armada hasta la actual resistencia en mitad del desierto confiando en las resoluciones internacionales y en que la justicia se impondrá con el tiempo.
A mí siempre me ha emocionado, por heroica, su defensa de la herencia española y el amor a nuestro idioma como parte de su cultura. Por eso, entre otras cosas, todos los veranos nos envían a lo mejor que tienen, sus hijos, para que pasen unas semanas con familias españolas.
En Internet, los blogs españoles que tratan la causa saharaui son ya numerosos, muy activos y con información cultural, política y humana de alto nivel. Entre ellos se encuentra Caminando en el desierto, uno de los pocos blogs necesarios que conozco. Quien quiera leer con calma todo lo que ha escrito en estos años tiene ahora este libro para constatar mucho de lo que sus seguidores sabemos desde hace tiempo: Fran es un hombre entregado a esta causa con toda la honestidad y el coraje de su persona.
Además, está bien escrito. Fran ama el español, es un lector apasionado y sus referencias literarias -entre las que se encuentra el Quijote, que cita a menudo- contribuyen a dar amenidad a sus textos. Como es un tipo muy humano y familiar, la mirada al desierto se le llena de elementos de su presente: de cosas cotidianas en las que sabe señalar tanto la injusticia como la emoción; de sus hijas, con las que arranca el libro.
Éste sí sería un buen regalo para encontrarse debajo del árbol de Navidad.
jueves, 18 de diciembre de 2008
De nuevo en la venta del Zurdo (Cap. 1.32).

Para disgusto de Sancho, la comitiva llega a la venta de Juan Palomeque, el Zurdo, en la que sucedió el manteo que tanto ha querido ocultar. Recordemos que la novela va de recogida desde hace unas páginas y que, por lo tanto, transitaremos por lugares conocidos para que nos ocurran cosas diferentes.
Sorprendentemente, don Quijote, que llega cansado de sus últimas aventuras y, sobre todo, corrido y puesto en evidencia de forma cruel en el capítulo anterior tanto por Sancho como por Andrés, no tiene gana de proyectar su personaje en la realidad que ve: no discute que sea venta o castillo ni la necesidad de pagar para disponer de mejor cama que la vez anterior. Una nueva demostración de que su locura es cuestionable y de que se debe a un juego actoral de un hombre que se siente mayor y no renuncia a salir al mundo a verlo de otra manera, como última oportunidad de hacer algo más que vivir la vida que le estaba reservada. Además, como veremos, el argumento lo necesita dormido.
Tras un breve juego de palabras de la mujer del ventero, que quiere recuperar para su uso habitual las barbas postizas prestadas al cura y el barbero y que remiten a un chiste sexual sobre la virilidad de su esposo (chiste fácil pero efectivo, que se enraíza en las figuras folklóricas del posadero y la posadera), asistimos a un diálogo sorprendente, hábilmente trenzado por Cervantes a partir de unos libros olvidados en una maleta por algún huésped de la posada (las cosas que nos olvidamos en los hoteles son para escribir un libro si no lo hubiera hecho ya Cervantes aquí).
Varias veces se discute en el libro sobre las bondades de la literatura caballeresca, pero nunca como ahora, con tanta pluralidad de formas y niveles de recepción.
Por un lado, el cura y el barbero quisieran ejercer de nuevo su papel de censores y quemar las novelas de caballería que se guardan en la maleta y salvar las dos historias de personas reales: el Gran Capitán y Diego García de Paredes. Sus argumentos son los mismos que ya dijeron cuando el escrutinio de la biblioteca de don Quijote.
Frente a ellos, los habitantes de la venta, a los que Cervantes caracteriza como analfabetos. No han leído las novelas, sino que las han escuchado para entretener ratos de ocio. Nos da aquí Cervantes testimonio (se ha discutido mucho sobre su verdad) de una forma de difusión de la narrativa: la lectura colectiva relacionada con momentos de esparcimiento.
Observemos, pues, que enfrenta el autor, al mismo nivel (aquí no tiene ninguna autoridad el cura, como sí la tuvo en casa de don Quijote) a iletrados con gente culta. Y que la cuestión viene a zanjarla el dueño de la casa, el posadero, que prefiere las novelas fantásticas, que afirma verídicas: ¡Dos higas para el Gran Capitán y para ese Diego García que dice!
Pero da un paso más: entre los presentes sabemos que hay diferentes niveles de recepción. Por una parte, los que gustan de ellas como una mera forma de entretenimiento y los que piensan que en ellas hay algo más y que las toman por verdaderas; los hombres, que prefieren los hechos de armas; las mujeres, que prefieren los pasajes sentimentales (aunque parezcan más carnales en Maritornes, la hija de los venteros, doncella, termina por acoger -eso sí, con boda de por medio- al dolorido caballero). No olvidemos a la esposa del ventero, que también disfruta de la lectura porque es el único momento en el que su marido la deja en paz.
Separados de ese grupo aparecen, por diferentes causas, Dorotea, Cardenio y Sancho.
Dorotea y Cardenio se piensan superiores a los moradores de la venta: ellos, se dicen, conocen que esa literatura es mero entretenimiento y no verdad. He aquí, de nuevo, la sutil ironía de Cervantes: incluso estos, que quieren tener una posición diferente, se engañan puesto que, recordemos, se andaban por la sierra imitando sus libros y han aceptado participar en un engaño libresco a un lector loco.
Finalmente, Sancho ha oído lo suficiente para temer por toda la aventura de su amo y, como ha apostado demasiado por la verdad del asunto, decide mantener su criterio en suspenso hasta ver en qué para el asunto de la princesa Micomicona.
Excepcional malla la que teje Cervantes en este capítulo, toda una reflexión sobre los juegos de recepción en los que nos vemos atrapados los lectores de una novela.
Y, por si fuera poco, da un paso más allá: todos ellos se verán unidos, como demostración práctica de lo hasta aquí debatido, al escuchar la lectura colectiva de El Curioso impertinente. Cervantes, propone la salida al conflicto planteado entre literatura caballeresca e historia novelada con la forma narrativa a la que se adscribe este texto. No excluye a ningún lector, por lo tanto, sino que los integra.
Pero eso lo veremos en el capítulo XXXIII, el próximo jueves.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Tanto la he mirado que veo borroso
Hoy, al entrar en la Facultad, a las ocho de la mañana, charlé un rato con los alumnos que se han encerrado en ella para protestar contra Bolonia. Me gustan estos jóvenes: dan muestras de estar vivos.
Con varios de ellos he hablado estos días por extenso y les he comentado mi opinión, que expongo desde hace unas semanas en La Acequia, casi siempre los miércoles. Seguiré haciéndolo, porque hasta ahora he analizado el pasado y presente de la Universidad española y me falta el futuro, precisamente lo que tanto les inquieta.
Los estudiantes que en toda España se movilizan contra el nuevo sistema universitario tienen razón en muchas de sus reclamaciones y no la tienen en otras, a mi juicio. Bolonia no es sólo lo que ellos ven como negativo, sino muchas otras cosas positivas y necesarias, que ya he señalado en varios lugares.
Es más, algunas de las cuestiones que ellos critican no son parte esencial de Bolonia, sino de la aplicación de las administraciones políticas y universitarias de cada país, que han decidido no pagar toda la factura generada por el mantenimiento del sistema universitario. Es aquí en donde hay que estar vigilantes, porque si no se planifican con tiempo unos niveles correctores del nuevo sistema que contribuyan a facilitar el acceso a la Universidad a cualquier estudiante, sea cual sea su nivel económico, como sucede hoy en la Universidad española, y una conciencia de la necesidad de determinados estudios no rentables económicamente pero sí social y académicamente, la aplicación del Espacio Europeo de Educación Superior, fracasará en este país. Como el sistema ya ha sido ensayado en otros lugares, es fácil encontrar estas medidas correctoras, que existen, son posibles y suficientes: si hay interés.
La Universidad española actual, como ya he expresado, es una institución con demasiadas carencias y lastres, desajustes graves que la hacen inadecuada, en general, para nuestro mundo y necesita una modificación radical en la línea de la esencia de lo expresado en el documento de Bolonia, porque, entre otras cosas, España ha optado por ser parte de Europa desde la firma de entrada en el Mercado Común. Otra cosa es que el Gobierno nacional, las administraciones autonómicas, el tejido social del entorno de cada Universidad y los regidores académicos de éstas, sepan nivelar determinadas cuestiones que se nos vienen encima y que son la esencia de las demandas más acertadas de nuestros estudiantes. Los problemas serán numerosos en la fase de adaptación porque, mientras que los cambios se han visto desde hace tiempo, las soluciones a los problemas de la transición no se han querido abordar suficientemente ni por las instituciones afectadas ni por los profesionales universitarios ni por la sociedad. Parece que nadie creía que se fueran a cumplir los planes, acostumbrados a retrasos, parches y vías indirectas. O que a nadie le ha importado nada hasta que ya es inevitable, porque la sociedad ha dejado de pensar en la necesidad de una Universidad sólida.
Ojala estos jóvenes sean el anticipo de una sociedad española más preocupada por su Universidad, más atenta a sus necesidades y más exigente con su control. La Universidad necesita el aliento de la sociedad pero también su mirada vigilante. Por eso apoyo sus movilizaciones, aunque no suscriba todos los puntos de sus documentos.
Después, he dedicado toda la mañana a mis clases (he saltado de Los pazos de Ulloa a La tierra de Alvargonzález para recalar finalmente en los romances sobre el conde Fernán González), recibir a mis alumnos en tutorías, resolver los trámites administrativos de última hora -todo el mundo se ha dado cuenta esta semana de que llega la Navidad y quieren resolver las cuestiones de forma urgente- y a mirar, melancólico, mi situación personal actual. Tanto la he mirado, que la he comenzado a ver borrosa: quizá yo mismo también esté en tramitación apresurada y urgente.
martes, 16 de diciembre de 2008
A la espera
Es curioso cómo asociamos estas fechas con la espera: esperamos las comidas familiares, de amigos y de empresa; esperamos los días de descanso o las vacaciones para disfrutar del tiempo libre; esperamos esos acontecimientos claves, sobre todo de niños, en los que las calles y las casas se transforman en espacios mágicos; esperamos el año nuevo y hacemos todo tipo de propósitos.
Cuando uno crece, sabe que nada iguala a esa sensación de espera de la infancia, de promesas, que todo transcurre con la dureza cierta de lo cotidiano y que cambiar de calendario y de agenda sólo representa pasar las anotaciones de un lado a otro y comprobar qué teléfonos no volveremos a marcar; que las reuniones familiares no son como las deseábamos y que los días de descanso se convierten en ajetreo frenético y nervios.
Hace mucho tiempo que decidí tomarme todo esto con calma.
A pesar de todo, que vuestras esperanzas se cumplan.
lunes, 15 de diciembre de 2008
Un poco de política local, pero no sólo.
Ayer se inauguró la nueva estación ferroviaria de Burgos. Este hecho ha causado una viva polémica en la ciudad.
Por una parte, se encuentran los que se felicitan por contar con una nueva infraestructura pública en la ciudad y por el hecho de que hayan desaparecido las vías del centro de la ciudad.
Por otro, aquellos que lamentan el emplazamiento de la nueva estación, alejada no sólo del centro sino del casco urbano de la ciudad: los edificios más cercanos están a más de un quilómetro. Es cierto que el barrio más poblado de la ciudad, Gamonal, está un poco más cerca de esta nueva estación de la vieja: pero sólo un poco y, para llegar al tren, no es recomendable ir andando por un descampado con el clima burgalés, especialmente a la caída de la tarde, con lo que los habitantes de este barrio deberán seguir usando sus vehículos particulares o los medios de transporte públicos para llegar a la nueva estación. Ahora, toda la ciudad deberá desplazarse en automóvil privado, en taxi o en autobús urbano a la ciudad: antes, esto no sucedía.
Por otra parte, los turistas que llegaban antes a Burgos -y Burgos es una ciudad con un gran turismo de día y un potencial de desarrollo enorme en esta cuestión con su gran interés cultural y económico-, podían, en diez minutos andando, estar en el centro de la ciudad: en quince se podían hacer una fotografía ante la Catedral. Ahora no: deberán tomar un taxi o un autobús, si pueden. Los estudiantes de fuera de la ciudad que se desplazaban a Burgos a estudiar a la Universidad, podían entrar en sus clases tras un paseo de media ahora: ahora no.
No son los únicos problemas: la estación está mal comunicada. Hay pocos taxis y sólo una línea de autobuses, cada hora, que acerca a los viajeros al centro de la ciudad. Y los fines de semana no da servicio. A partir de enero, habrá una sola línea de autobuses cada 20 minutos, que recorrerá de un lado a otro la ciudad: debería tener menor frecuencia porque es la línea que vertebrará la ciudad y no debería ser la única.
Una de las cosas que más me llamó la atención a mi llegada a Burgos -en el 93-, fue la dependencia del automóvil en esta ciudad: para la densidad de población, las distancias son excesivamente largas. Hace tiempo, oí a un político de la oposición criticar que para comprar un litro de leche había que gastar otro de gasolina. En Burgos hay pocos supermercados de proximidad.
Burgos es una ciudad hermosa a la que amo. Cuenta con un potencial de desarrollo enorme, especialmente ligado a los campos humanísticos: el español como lengua extranjera, la potenciación del patrimonio como bien turístico, su enclave en el Camino de Santiago, la riqueza artística y paisajística de toda la provincia, etc. Por eso me duele que no se sepan cuidar estos aspectos que contribuirían a dinamizarla y que, hasta los menos avezados, deberían comprender como aspecto de modernidad y fuente de riqueza.
Hace unas semanas, la autora de una columna periódica en un diario de la ciudad se felicitaba porque al fin se perdían de vista las vías: esta felicitación define una parte del error. Perder de vista las vías del tren no es bueno. Delata que no se piensa en el ten como forma eficaz de comunicar una ciudad con el resto en el siglo XXI.
Hay muchas formas de evitar las molestias ocasionadas por el tren a su paso por una ciudad. El desvío fuera del caso urbano no es, nunca, la mejor.
Pero esto ya es inevitable porque ya está cometido el error: ahora lo que hay que demandar es que se acaben cuanto antes los accesos, que el Ayuntamiento ponga más líneas de autobuses con una frecuencia menor y presione a los taxistas para que den mejor servicio a la estación, etc.
Ahora bien (y éste es el verdadero tema de esta entrada) todo esto es un ejemplo de cómo se puede conducir a la opinión pública. Se recogieron las quejas ante las molestias ocasionadas por el tren, se magnificaron las muertes ocasionadas por las imprudencias o por decisiones personales (páginas completas y portadas en los periódicos: lo que no sucede en ninguna ciudad). En lugar de promover soluciones reales a esos problemas -que existen en todas las ciudades en las que pasa el tren-, como impermeabilizar las vías, controlar el acceso de las personas, suprimir los pasos a nivel, adecentar su paso por la ciudad, construir dignos pasos inferiores y superiores para cruzarlas, promover pantallas contra el ruido con instalaciones culturales, artísticas y deportivas, da la impresión de que se pensó más en el negocio en una época en la que todo, en este país (desde los clubs de fútbol hasta la financiación de los ayuntamientos), pasaba por la urbanización desmedida y la construcción: en lo que se iba a construir junto a las nuevas vías -están preparados los terrenos y sólo la crisis económica ha impedido que ya se saltaran de nuevo las vías, provocando los mismos problemas que se querían solucionar-, en la promoción de suelo con su consiguiente beneficio en las arcas municipales y en las cuentas de los dueños de los terrenos y los constructores y en lo que se iba a obtener al poder edificar masivamente en el entorno de las antiguas vías.
Cualquiera que se moleste un poquito, podría descubrir, en las hemerotecas y en los archivos audiovisuales de los medios de comunicación locales, este proceso en los últimos años y podrá estar al tanto de cómo se van a ignorar todos los problemas ocasionados por la decisión, los próximos muertos en el nuevo trazado ferroviario y los ruidos y accidentes y atropellos ocasionados por la vía de circulación -que llaman bulevar pero no lo será- que se construirá encima del antiguo trazado ferroviario. Me gustaría equivocarme y, si se me demuestra lo contrario, publicaré mi rectificación en este mismo lugar.
Estas decisiones las toman quienes se desplazan a todos los sitios en coche oficial y quienes hace demasiados años que no usan el transporte público más que para las inauguraciones: los que ayer se hicieron la foto juntos. Y son aplaudidas por aquellos que dejan manipular con facilidad sus emociones.
domingo, 14 de diciembre de 2008
Sin duda, Pedro, debes irte a la cama
Sin duda, debo irme a la cama, como sugería un comentarista anónimo de una de mis últimas entradas: estoy hecho una piltrafa. Tomarme algo caliente con algún medicamento para evitar que me suba la fiebre, cepillarme los dientes. Leer quince minutos o así, si puedo. Apagar la luz y embozarme. Porque a los sueños uno debe ir siempre embozado, para evitar que le reconozcan demasiado pronto los fantasmas. Últimamente, no sé por qué, sueño con una ventana abierta a un páramo nevado.
sábado, 13 de diciembre de 2008
Cómo componer un personaje con matices y lección de narrativa, autorretrato de Carmensabes, que se funde con don Quijote y noticias de nuestra lectura

Hay muchas formas de afrontar la composición de un personaje.
En contra de lo que nos parece, Cervantes se distancia de don Quijote para mirarlo desde muchas perspectivas y no todas son amables, por eso, nos da los datos suficientes como para recibirlo tal y como es: un personaje complejo.
La ambigüedad en su tratamiento y la recepción limitada que solemos hacer empujados bien por una tradición crítica excesivamente orientada bien por nuestra forma de afrontar el tema central de la novela, nos hacen pensar que don Quijote es de una u otra manera en exclusiva. De eso, repito, tienen mucha culpa los que nos han dicho cómo leer el Quijote en cada época. Leámoslo sin orejeras.
El capítulo de esta semana nos sirve para abrir los ojos. En él podemos ver un don Quijote loco rematado o un don Quijote que se empeña en construir su sueño para no matar su ficción; el que se vanagloria de sus hechos y el que es humillado por la realidad; el que es suave y lírico y razonable y el que, por el contrario, no duda en usar la violencia contra los débiles e inferiores (su criado, un muchacho).
Cervantes no quiso esconder toda esta pluralidad porque, en primer lugar, era parte sustancial de su caracterización y, en segundo lugar, porque sabía que estaba construyendo un personaje de acuerdo con unas bases reales y no idealizadoras como sucedía en los géneros que parodiaba.
Por eso mismo, hemos asistido a otra maravillosa lección en este capítulo: la del recuperado Andrés. Este muchacho, débil y desvalido en los primeros capítulos, que se acoge ingenuo a la ensoñación de la justicia que le presta don Quijote, ha aprendido una dura experiencia de vida. Y de ese aprendizaje surge su madurez y su decisión de encontrar su lugar en el mundo: irá a Sevilla, en una velada alusión a la picaresca -su forma de elogiar para luego criticar, su forma de dar pena para conseguir comida, su despedida precipitada tras los insultos, el guiño con el lugar en el que sucede su Rinconete y Cortadillo-.
Andrés sabe que él no puede jugar a las caballerías, que a él le queda por delante la dura vida de un muchacho sin recursos en la España del momento. En los días que han transcurrido desde que se encontró por primera vez con don Quijote ha aprendido de su experiencia y tomado el mando sobre su vida. Aunque le hemos cogido cariño a don Quijote, comprendemos a Andrés.
Qué forma más inteligente de mostrar una lección vital y otra literaria por parte de Cervantes.
Carmensabes se funde con don Quijote
Carmensabes ha decidido unirse a nuestro mural de autorretratos y lo hace fundiéndose, en un juego irónico y artístico muy inteligente, con don Quijote. Aquí queda una mirada, la suya, en la que hay toda una reflexión sobre cómo nos vemos en este personaje, en sus propios sueños y en el proyecto loco y apasionante, de mejorar el mundo. ¡Gracias!
Recordad que todos podéis haceros uno en el que se os reconozca o no. La única condición es que aparezca un volumen de la obra o estéis en actitud quijotesca. Mandádmelo por correo electrónico para publicarlo. Será un buen testimonio de esta locura colectiva y pensaremos qué hacer después con todo este material tan interesante.
Noticias de nuestro Quijote.
Abejita de la Vega ha copiado el texto intercalado por Cervantes para explicar la recuperación del burro de Sancho. Todos aquellos que tengáis el texto de la primera edición sin notas a pie de página que lo aclaren, podéis verlo en su entrada. También ha comentado el capítulo de esta semana: me gustan las vueltas y revueltas de su comentario y sus ilustraciones. No os lo perdáis.
El Ente continúa con la publicación de su apasionante novela bibliotecario-quijotesca. No os lo perdáis y, si tenéis jóvenes en la casa, recomendádsela leer y que dejen de lado a Harry Potter: tercera entrega de La Biblioteca. Aventuras de Félix y Nuria.
Manuel presta atención esta semana a las ventas en la época de Cervantes, a las que debíamos una entrada porque son un espacio literaturizado en el Quijote que presta, además, verosimilitud a los encuentros. Por esa razón, esta entrada es muy oportuna: El Quijote y las ventas. Además, contiene una ilustración de su Dulcinea particular.
Antonio Aguilera centra su comentario del capítulo XXXI en un elemento básico: el diálogo. Este recurso es dominado por Cervantes de tal manera que su uso no ha sido mejorado con posterioridad. ¡No os perdáis la imagen que lo ilustra y su pie de foto, todo un juego irónico con el capítulo!
Javier continúa con su extraordinario comentario en imágenes de los capítulos del Quijote. Sigo sorprendido de la selección de la frase comentada y del hallazgo de las imágenes que, en el capítulo de esta semana juegan con lo corpóreo de los alimentos y la simbología de otros elementos. No os perdáis al zagal Andrés, el pobrecillo.
.
No os perdáis el comentario que el Señor de la Vega ha dejado en mi última entrada sobre la Universidad: una sutil e inteligente reutilización paródica del Quijote para abordar esta cuestión tan en boga actualmente.
Enlace con el índice de nuestra lectura, elaborado por Raúl, aquí.
Enlace con el grupo en Facebook, aquí. (Este grupo no sustituye a la lectura en este blog y no estáis obligados a uniros: lo usamos sólo como complemento, para informarnos, preguntar y debatir.)
Enlace con la entrada en la que encontraréis sugerencias si os incorporáis con la lectura ya iniciada, aquí.
Si me he olvidado de alguien, hacédmelo saber y lo subsanaré. Recordad enlazar vuestras entradas con La Acequia, para poder encontrarlas.
Vale.
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viernes, 12 de diciembre de 2008
El tiempo metálico
jueves, 11 de diciembre de 2008
Un encuentro que no existió y un joven que aprende y va para pícaro (1.31)
Este capítulo nos cuenta dos cosas en las que no sale bien parado moralmente nuestro caballero. La consecuencia es que queda a merced de su propio escudero y en evidencia delante de todos.
En primer lugar, como continuación del capítulo anterior, Sancho nos relata una mentira en un diálogo con don Quijote que demuestra la habilidad de Cervantes en el uso de los diálogos como forma activa de la narración.
Como sabemos, Sancho no cumplió el encargo de acudir al Toboso y entrevistarse con Dulcinea, tal y como le pidió su amo. El cura, además, le dijo que mintiera a don Quijote al respecto. Y, además, esa mentira le puede reportar un beneficio si del asunto que se traen entre manos sale la boda del caballero con la princesa Micomicona. De todo esto, Sancho saca la necesidad de fingir el encuentro. Ante las preguntas concretas de su amo sobre cómo recibió la doncella la carta, debe dar detalles. De la necesidad, hace virtud: insiste en la condición rústica de Dulcinea, a la que retrata en actividades manuales (con lo que ello significa en la época), analfabeta y con olor hombruno. Una contrafigura de lo que le había dicho su amo y que él ya había anticipado cuando supo que se trataba de Aldonza Lorenzo. Su intención es evidente: rebajar el valor de Dulcinea para, como hace acto seguido, insistir en las ventajas de la princesa.
Y aquí es en donde el pobre caballero debe hacer gala de toda la fuerza de su ficción. Curiosamente, no recurre a la violencia, como en otras ocasiones, para acallar o contradecir a su escudero. No puede hacerlo porque sabe que la descripción de Sancho es más próxima a la realidad que la suya propia. Por eso, no le queda más remedio que trasformar casi (en este casi hay todo un mundo que explica, con cierta tristeza, a don Quijote) toda la información para hacerla digna de su ensoñación caballeresca.
Esta doble versión se concreta en un debate sobre la geografía real y la mítica. Don Quijote alude a la distancia exacta que les separa con el Toboso (más de treinta leguas) y a la imposibilidad de que Sancho haya podido recorrer ese trayecto de ida y vuelta en tres días. Como debe darse una respuesta coherente con lo que acaba de hacer trasformando a Dulcinea, sólo puede recurrir a la magia, presente en la literatura caballeresca. La presencia de esta cuestión aquí tiene una explicación teórico-literaria: marcar la diferencia entre el realismo del relato cervantino y el tratamiento mítico del espacio y el tiempo en las novelas de referencia.
Veremos que esta mentira tendrá grandes consecuencias en la Segunda parte. Ya estamos acostumbrados a que Cervantes retome los motivos continuamente.
Tras esta conversación, hacen un descanso y don Quijote recibe un nuevo embate a su fantasía caballeresca. Ya sabemos, desde hace unos capítulos, que la novela gira hacia el final y por eso encontraremos motivos del camino de ida tratados ahora de forma diferente. Eso pasa con el encuentro con Andrés, el joven al que su amo maltrataba en las primeras aventuras de don Quijote.
Ante el cariñoso reconocimiento del muchacho, don Quijote quiere vanagloriarse de la importancia de la labor de los caballeros andantes, pero la realidad le contradice: Andrés fue maltratado brutalmente tras su intervención y le pide que no vuelva a ayudarle nunca más si se lo encuentra. Ha aprendido la lección: no debe buscar ayuda para solucionar sus problemas, sino que debe aprender de su experiencia y obrar en consecuencia. Cervantes, magistralmente, nos hace un breve relato y justificación de otra fórmula narrativa: Andrés ha decidido marchar a Sevilla, como un pícaro que sabe que sólo él mismo puede solucionar su vida.
La picaresca, en esta ocasión, ha ganado a los relatos caballerescos: la vida es dura y no es una novela de ficción utópica en la que podamos jugar a ser caballeros.
Veremos qué pasa en el capítulo XXXII el próximo jueves.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
La falacia de enfrentar Universidad vieja a Universidad nueva (4)
Recapitulemos para avanzar.
En primer lugar, la Universidad debe ser una institución en la que la sociedad se vea representada. Los centros universitarios no deben encontrarse separados de su contexto puesto que deben dar respuestas a sus necesidades en el nivel superior de la educación y en la investigación que hace avanzar los conocimientos y el mundo tecnológico. La Universidad no es un cementerio de sabios, sino el lugar en el que se forman graduados de alto nivel.
Es más, cabe exigir a la Universidad que cumpla esa función puesto que sus recursos económicos proceden de ese contexto social y la misión que justifica su misma existencia le obliga a elevar al bien común titulados bien formados, que sean capaces de dar frutos académicos de alto nivel, profesionales e investigadores en todos los campos del conocimiento.
La Universidad pública no se autofinancia -utopía no deseable más que para las Universidades privadas, puesto que la pública debe cubrir campos del saber que no garantizan una rentabilidad económica directa y tiene que permitir el acceso a sus aulas de estudiantes que no pueden pagarse, por cuestiones socioeconómicas, estudios en centros privados-, pero este hecho no la exime de un control por parte de la sociedad que la paga y este control tiene sus contrapartidas: la autonomía de la Universidad pública tiene este límite, bueno y necesario para evitar que se separe tanto de su contexto social que no importe lo que haga dentro de sus aulas, ni si los estudios que ofertan tienen o no alumnos, cuentan con déficit económico no justificable por la rentabilidad académica y científica.
Este es uno de los problemas que hallamos en el núcleo de las deficiencias de la Universidad pública española actual: en realidad, a nadie le importaba porque nadie, fuera de las instituciones universitarias, se sentía comprometido a reclamar este control. Y escasamente dentro. Por eso, la Universidad española actual lleva demasiados años fabricando titulados alejados de las necesidades sociales, con una plantilla de profesorado desajustada con la realidad del número de alumnos de su aulas, que favorece situaciones esperpénticas de profesores sin alumnos suficientes en un pasillo y alumnos sin profesores suficientes en otro, y con unos niveles de investigación y desarrollo que, aunque han mejorado, no son equiparables con el progreso del país: la Universidad española debe mucho a la sociedad española de las últimas décadas.
Además, la Universidad española no se ajusta al contexto internacional en el que se mueve España. Yo, hace mucho que dejé de pensar que todo el mundo estaba equivocado menos nosotros.
Por otra parte, el aumento de los centros universitarios, de las plantillas tanto de profesorado como de personal de administración y servicio y otra serie de gastos fijos, ha llevado a una situación insostenible en lo económico. No tanto porque no pueda sostenerse en la octava potencia económica mundial, sino porque se ha decidido que ya no se va a sostener más que los niveles básicos del sistema universitario. Y esta decisión la ha tomado, no nos engañemos, la sociedad, que ya no ve en la Universidad la meta de toda su excelencia.
Esta decisión, que muchos achacarán a engañifa de los políticos (a los que yo no defenderé aquí, pero que, en este caso, no han actuado más que como corifeos de una realidad constatable), viene dada, por un lado, por un cambio de mentalidad en España -que ya no es la de la Transición y hoy no se ve en las aulas universitarias el camino de todo joven- y, por otro, porque la Universidad no ha sabido explicar su función ni justificar su rentabilidad -ahora no hablo exclusivamente de la económica: la Universidad no ha llegado donde debería haber llegado para justificar que la sociedad siguiera financiándola en su totalidad con los ojos cerrados, como ha sucedido hasta ahora.
En cierta manera, es lógico: España ha dado tal salto en lo económico y en lo social en los últimos treinta años, que es un país que no se rige por los mismos criterios y demanda control y rentabilidad en todas estas cuestiones. Una de las consecuencias del bienestar económico ha sido que ya no todo deba financiarlo el estado, puesto que el desarrollo por el que hemos optado ha sido el del mercado libre, del que yo no soy entusiasta. Pero es nuestra realidad.
De ahí la necesidad imperiosa de cambio. Y ese cambio, en los momentos actuales, sólo puede tener un horizonte europeo. De los pros y los contras hablaremos en las próximas entregas.
martes, 9 de diciembre de 2008
El amor existe xq recorre cada gota de sangre de mi cuerpo
lunes, 8 de diciembre de 2008
Los roles del deseo
Decía Gustavo Adolfo Bécquer que no importaba el deseo de la amada. Él, como casi todos los poetas hasta el siglo XX, buscaban la acción del que desea en el yo poético y no importaba la acción del que es deseado, porque así veían el impulso de la poesía: un camino hacia la creación que pocas veces llegaba con bien a término y, cuando lo hacía, era imposible de expresar.
En realidad, cuando hablaban de deseo o de amor, por mucho argumento sentimental que pusieran al asunto, reflexionaban sobre la creación poética y el poema: lo inasible de aquella y lo imperfecto de éste. En algunos, como el mismo Bécquer, Rubén Darío o Juan Ramón Jiménez, esta imperfección se convirtió en obsesión y reescribían esa reflexión en uno y otro poema, en casi todos sus poemarios. Es una de las líneas esenciales de la poesía.
Como debían expresarlo con historias -la abstracción comenzó a trabajarla Juan Ramón y facilitó a los poetas la posibilidad de hablar de la creación poética sin la metáfora amorosa que desviaba la lectura de muchos hacia la anécdota sentimental- muchos releen ahora sus poemas y los critican por no ser ideológicamente correctos para nuestro presente. Es cierto, pero esta carencia está más en el que lee que en el leído: es decir, en el deseo del lector presente de que todo se ajuste a sus principios ideológicos, lo que le frustra el placer de la recepción. Suele pasarnos en casi todos los aspectos de la vida si vamos con el deseo como dogma y prejuicio.
Ahora bien, dicen los psicólogos que solemos adoptar esos roles en el deseo: deseante y deseado. Aunque tendemos más a uno que a otro, a lo largo de la vida, cambiamos o deberíamos cambiar. Suele pasar que, cuando un deseante recalcitrante se encuentra con un no menos recalcitrante deseado, la pareja funciona para siempre, sea o no sano para ellos y para los que los rodean.
Lo malo (o lo bueno) es cuando la costumbre o la comodidad nos impiden el cambio y sólo uno de los dos evoluciona. Y, por ejemplo, el deseante se cansa de su rol, se lo quita, como se quita una chaqueta, y espera convertirse en deseado. Es como si se hubiera roto un contrato: tú estás obligado a ser deseante siempre, se le recrimina, ya no me quieres como antes. Ese día se vuelve hacia lo que tanto deseaba y lo ve pasivo. Quizá, entonces, debe cambiar de estética: pasar del neoplatonismo a la poesía de la experiencia o la conversacional, que le permiten tratar las cosas a pie de calle y con un distanciamiento irónico.
Entonces, donde vio un hermoso desmayo ve sólo comodidad y flojera. También puede suceder al contrario: el deseado se quita su hábito inmóvil y estira sus músculos. No te reconozco, me descolocas, ya no eres la misma persona, no me dejas quererte. Todo eso parte del dogmatismo y prejuicio con el que miramos, casi siempre, al otro, al que hemos etiquetado para aceptarlo. Es difícil encontrarse en el mismo nivel de deseo porque solemos afrontarlo con inmadurez, como casi todo lo de puertas a dentro.
Hablo de poesía, por supuesto.
Hablo de poesía, por supuesto.
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[A todo esto, la foto está tomada en un escaparate con la imagen promocional del perfume Jasmin Noir. Lo más gracioso es que la imagen original es en blanco y negro y a mí me salió en azul: el color no fue buscado, el reflejo que lo atenúa, sí. Será cosa del deseo.]
domingo, 7 de diciembre de 2008
Llueve como sólo puede llover un domingo
Llueve como sólo puede llover un domingo. Llueve con mansedumbre e insistencia, lavando la cara de la ciudad. El tiempo es más lento y hay melancolía en cada esquina, que salta sobre el paseante cuando las dobla en su camino, para recordarle su biografía, su soledad y su conciencia. Debería llover más, para lavarnos por dentro.
sábado, 6 de diciembre de 2008
De nuevo sobre el rucio, un autorretrato de Dianna, que envidiaría la misma Dorotea y noticias de nuestro Quijote.
Salir con bien del lío del burro del asno tras el desaguisado de la primera edición era imposible. Si Cervantes suprimió conscientemente el robo tras el cambio de lugar de algunos pasajes para reestructurar la obra y darle un mayor equilibrio y no pudo -por error o por precipitación- revisar bien todo el texto para que no apareciera ninguna alusión a él, como han sugerido algunos críticos, es lógico que no se metiera en más problemas y el burro no tuviera apenas presencia en el resto de la Primera parte.Pero, una vez montado el lío, a partir de la segunda edición hubo de explicarse (él solo o con la colaboración del editor) y reintroducir el robo del asno. Con ello, también, hacerlo reaparecer. Y por eso, para no crear más despiste al lector y no llamar más la atención sobre el error, lo hace en pocas líneas pero significativas, tal y como hemos visto el jueves pasado: Sancho recupera su rucio, al que dedica unas emotivas palabras, amén de besos y caricias; Ginés reaparece vestido de gitano, hablando varias lenguas, para darse a la fuga. Lo que queda sin aclarar es cuándo Ginés le robó la espada, tal y como dice don Quijote en la primera edición puesto que en ningún momento, ni en el texto trastocado de la primera edición ni en el corregido de la segunda, se explica.
Cualquier otro autor hubiera dejado aquí las cosas, para que no se notara más el defecto. Pero Cervantes, como veremos, lo retomará con gran inteligencia, gracia y utilidad narratológica, en la Segunda parte. Así que, os pido, no olvidéis ni al burro ni a Ginés.
Un autorretrato de Dianna que envidiaría la misma Dorotea

DianNa, que tantas cosas buenas y divertidas ha aportado a esta lectura -además de su labor difusora, que tanto agradezco-, ha decidido autorretratarse de forma quijotesca. Para ello, le sugerí que enseñara los pies en un arroyuelo, a la manera de la presentación de Dorotea en el capítulo XXVIII, pero, como estamos en invierno y anda medio griposa, ha decidido darse un buen baño en casa. El vapor -no me extraña-, ha velado las imágenes de los pies. Así que, donde faltan pies, pueden servir un buen par de piernas. Gracias, querida Dianna.
Recordad que todos podéis haceros uno en el que se os reconozca o no. La única condición es que aparezca un volumen de la obra o estéis en actitud quijotesca. Mandádmelo por correo electrónico para publicarlo. Será un buen testimonio de esta locura colectiva y pensaremos qué hacer después con todo este material tan interesante.
Noticias de nuestro Quijote
Abejita de la Vega publica su comentario sobre el capítulo XXIX con el significativo título de El cura echa un rapapolvo a don Quijote, que se pone colorado y se hace el sueco. Las mujeres que leen, como Dorotea, son peligrosas. En efecto, estas son algunas de las claves de este capítulo. No os lo perdáis. También ha publicado su comentario sobre el capítulo XXX, Miémbresele es del verbo miembrar. Tras tan original y divertido título hay una visión acertada de todo lo que sucede, incluido lo de la espada y el título del capítulo. A los títulos les dedicaremos, algún día, una entrada. Remata el trabajo con una entrada, con ilustración alusiva: Los impresores del Quijote viendo los gazapos de don Miguel.
Manuel Tuccitano, al hilo del comentario del capítulo de esta semana, continúa detallando oportunamente los valores del caballero andante que sostienen el sueño de don Quijote. Acompaña su entrada de la segunda ilustración click-jotiana obra de su hijo, Jesús: El Quijote y los principios de la caballería.
Javier García Riobó, en su excelente propuesta de comentario en imágenes, nos trae esta semana, al gigante Pandafilando, el lunar de don Quijote y una bendición. No os lo perdáis.
El Señor de la Vega, tan amante de la palabra y la estocada con arte y sentido, ha dedicado una relectura a la historia de la princesa Micomicona que merece ser leída con calma. Dorotea es la voz de los que piden ayuda desde hace mucho tiempo a las tierras del Norte y no encuentran caballeros como don Quijote: Cólera de gigantes en reynos africanos. Un soberbio, inteligente y crítico relato.
Antonio Aguilera publica su comentario al capítulo XXX fijándose, sobre todo, en la pendencia entre amo y escudero. Divertidísima la ilustración de cómo Dorotea asiste a la pelea entre don Quijote y Sancho.
Enlace con el grupo en Facebook, aquí. (Este grupo no sustituye a la lectura en este blog y no estáis obligados a uniros: lo usamos sólo como complemento, para informarnos, preguntar y debatir.)
Enlace con la entrada en la que encontraréis sugerencias si os incorporáis con la lectura ya iniciada, aquí.
Si me he olvidado de alguien, hacédmelo saber y lo subsanaré. Recordad enlazar vuestras entradas con La Acequia, para poder encontrarlas.
Vale.
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