jueves, 22 de febrero de 2007

Los asteriscos

Curioso signo éste del asterisco:

1. m. Signo ortográfico (*) empleado para llamada a notas, u otros usos convencionales.
2. m. Ling. U. para indicar que una forma, palabra o frase es hipotética, incorrecta o agramatical.

(DRAE)

Cuando en un análisis de sangre se encuentran varios, quizá la persona se ha convertido ya en hipotética, incorrecta o agramatical. O su vida.

martes, 20 de febrero de 2007

Mi perdida excursión a San Millán


El viernes no estaba restablecido, así que no pude ir a la excursión que programaron mis alumnos de la Universidad de la Experiencia. Hoy me la han contado. Y han hecho más: compraron el libro que el Padre Joaquín Peña Lerena escribió sobre San Millán de la Cogolla (Monasterio de Yuso, San Millán de la Cogolla, 1994) y me lo dedicaron. Un buen recuerdo. Gracias.




Hoy en mi última clase con ellos, les he hablado de «Clarín» y de La Regenta. Una de mis alumnas quiere dejar constancia de que no ha habido un Fermín de Pas como Carmelo Gómez. Por mi parte, dejo dicho que, aunque no por la ingenuidad de su personaje, no ha habido Anita Ozores como Aitana Sánchez-Gijón.

lunes, 19 de febrero de 2007

Una noche de cinco horas

-Perdone, pero no le encuentro las venas.
-Le juro a usted que, al venir para aquí, yo las traía. Eso sí, no sé bien con cuánta sangre.
La enfermera se afanaba con la aguja.
-Pues no tengo yo muy buen día.
Era frase repetida: la pronunció por primera vez cuando no consiguió hacer funcionar correctamente el mecanismo automático que hacía subir parcialmente la cama con el fin de que le doliera menos el pecho al respirar y le pidió que se cambiara a la otra que había en la habitación.
-Si quiere vuelvo otro día.
Ella le miró pero comprendió que en su frase no había malicia ni crítica. Sólo un intento de humor.
-Llevo desde las once sin parar. Y tres partos seguidos.
Por prudencia, él se calló la fácil gracia que podía provocar la afirmación. Por prudencia, y porque arreciaba el dolor.
Finalmente, consiguió, después de tres intentos, introducir la vía para conectar el suero y un analgésico. La veía hacer, con paciencia y hasta comprensión porque le doblaba la edad y siempre había pensado que a los jóvenes había que darles todas las oportunidades. Había ingresado en urgencias algo más de una hora antes y le habían hecho ya todo tipo de pruebas. Poco después, la misma enfermera le comunicaría que los primeros resultados de las pruebas de sangre no valían porque se había coagulado la muestra, que debería volver a picarle para proceder a otra extracción. Él volvió a tranquilizarla, ya tuteándola:
-Puedes llevarte toda la que te haga falta. Eso sí, antes daban un bocadillo de calamares.
-Pues a los donantes siguen dándolo, y hasta zumos.
-Siento no poder sonreírte, me duele mucho cuando lo hago. Si hay calamares, no podré comérmelos.
Con el electrocardiograma, también se sonrió -con dolor- ante otra frase de disculpa y hubo que repetir la prueba. Le hacía cierta gracia verse así. Unas horas antes, al encontrarse con un compañero de carrera, había pensado que el tiempo no pasaba por él. Y en ese momento estaba conectado por varios cables a una máquina para determinar, quizá, si la noche se prolongaría más allá de las cinco horas que llevaba allí.
-Al retirarte las ventosas te haré algo de daño.
-Qué se le va a hacer.
También le habían paseado por la planta baja en silla de ruedas, para hacerle dos radiografías del torax.
-Es la primera vez que me hacen un electro, la primera que me pasean en silla de ruedas, la primera que me ponen una vía.
A ella se le escapó:
-Espero que no sea la última.
Él quiso entender la buena intención de la frase, pero tampoco pudo sonreír sin dolor.
Inmóvil, en la cama, recordó cuántas cosas debía hacer al día siguiente.
-Qué demonios.
Cerró los ojos y, solo en esa habitación de la sección de urgencias del hospital, esperó a que el calmante diera resultado.

martes, 13 de febrero de 2007

El futbolín

De niño quise ser un buen jugador de futbolín, lograr aquellas carambolas y efectos que algunos de la pandilla conseguían, mover de tal manera la muñeca que la bola adquiriera la velocidad de la invisibilidad. Varias generaciones de niños hemos crecido con ese deseo. Todos recordamos el ruido característico de las salas en donde se jugaba al futbolín. A veces era un rincón de un bar del barrio -apenas una tosca taberna-, en donde nos concentrábamos los chavales para jugar o para ver cómo lo hacían otros. Alrededor de un futbolín siempre había público.
Si me esfuerzo un poco todavía puedo oír los golpes de la bola contra los jugadores metálicos o contra las paredes de madera o, inconfundible, el ruido que hacía al entrar en la portería. Como puedo oír el bullicio del bar, que los domingos por la mañana olía a gambas a la plancha.
Desde hace años, el ruido de aquellos juegos se ha ido sustituyendo por la música electrónica de las tragaperras o de máquinas de videojuegos más perfeccionados. Ante ellas, los chavales prueban su pericia o miran la de otros. Pero los mayores sabemos que nada podrá sustituir el contacto de la mano con la goma protectora de la barra o el gesto del jugador que sacaba la bola al principio de la partida o tras un gol. Los mayores, en el fondo, sabemos que ya somos de otra época cuando miramos el rincón del bar y no vemos la silueta del futbolín. A veces, como rescatado del tiempo, en algún lugar de veraneo encontramos uno algo desvencijado y adoptamos de nuevo aquellas posturas para enseñarles a jugar a nuestros hijos e intentar trasmitirles, inutilmente, nuestra pasión.
Alejandro Finisterre, inventor del futbolín, ha muerto.

lunes, 12 de febrero de 2007

Vivir un poco peor

Deberíamos vivir un poco peor. Prescindir de los vehículos particulares cuando no son absolutamente necesarios -es decir, casi siempre-, de la exagerada calefacción que te permite ir medio desnudo por casa cuando fuera arrecia el invierno, del aire acondicionado que marca temperaturas polares en plena canícula, de los viajes turísticos sin sentido, de tantos gastos en cosas que no nos aportan nada.
Nos irritan los inmigrantes aun cuando ya no podamos ni siquiera decir que vienen a quitarnos nuestros trabajos, desoímos los avisos de los expertos sobre los efectos destructivos que nuestra manera de concebir la civilización tiene sobre el planeta.
Y todos sabemos la forma de solucionar gran parte de estas cuestiones: vivir un poco peor. Sin demagogias. Quizá podamos ganar vida para todos.

martes, 6 de febrero de 2007

La ciudad que sonríe


Te debo un poema desde Cádiz. “La ciudad que sonríe”, la llaman. Abierta al mar, desfila hacia la tierra dejándose ver. Qué sonrisa, tu boca. Y tus ojos, entre el fresco desgaire de tu flequillo.
Vi tus ojos, en medio de la bahía. Y olía, el aire de mar, a tu risa.

Francesc Bargadà Subirats

A veces los trabajos te deparan sorpresas agradables. Sucedió con el encargo de editar los textos dramáticos galardonados en los años 1964 y 1965 en el Premio Lope de Vega. Aparecen en el número 7 de una colección que a tal fin se creó en la Asociación de Directores de Escena de España. Recuerdo aquel trabajo con satisfacción, porque me ayudó, en un mal momento, a preocuparme de otras cosas. Relato en la Introducción la investigación de forma pormenorizada para dar cuenta de algunas de las dificultades que los estudiosos de la literatura tenemos a veces. Es interesante, para el lector no experto, conocer estas circunstancias que hablan de la escasa vigilancia que sobre nuestro patrimonio cultural se tiene en este país. De los cuatro textos de los que me encargué, sólo uno era conocido previamente por ser el autor, Agustín Gómez-Arcos, famoso y de continuada trayectoria literaria. Además, Queridos míos, es preciso contaros ciertas cosas, ya había sido publicada con anterioridad con motivo de su estreno. Encontrar los otros tres fue una apasionante labor detectivesca. Al final, uno de ellos -La puerta del paraíso, de los López Ruiz-, ha quedado fuera del volumen al haberse frustrado todas las pesquisas. Sin embargo, los otros dos sí aparecen. Uno por la cariñosa atención de la familia de su autor, muerto hace años, Salvador Ferrer C. Maura: El Condestable. El otro, El rey malo, me deparó esa sorpresa de la que hablo: conocer personalmente a su autor.
Los tres autores del volumen son un perfecto ejemplo de lo que sucedía en el mundillo teatral de la postguerra con los autores que, por unas u otras razones, no lograban encajar en el engranaje comercial a pesar de tener tanta o más calidad que los que estrenaban con regularidad. A uno de ellos, Gómez-Arcos, perseguido por la censura y la actuación de los comisarios políticos que tanto abundaban en el mundo cultural de entonces, se le acabó quedando España muy estrecha. Emigrado a Francia, allí continuó su carrera literaria. Pronto abandonó el teatro y consiguió hacerse un nombre reconocido en la novela. Otro, mayor y con otras miras personales, Salvador Ferrer C. Maura, insistía en sus producciones más como apuesta personal y ética que para obtener renombre. El tercero, Bargadà, con una indudable calidad literaria, hubiera tenido una proyección notable si el teatro español hubiera tenido otras condiciones. Digo en la Introducción que su texto es el mejor de los tres.
Francesc Bargadà Subirats es apasionante, en su persona y en su obra. Vital, con gran sentido del humor y un concepto muy elevado de la amistad. Desde mi encuentro con él tengo un amigo más en Barcelona, de lo que me alegro.