-Perdone, pero no le encuentro las venas.
-Le juro a usted que, al venir para aquí, yo las traía. Eso sí, no sé bien con cuánta sangre.
La enfermera se afanaba con la aguja.
-Pues no tengo yo muy buen día.
Era frase repetida: la pronunció por primera vez cuando no consiguió hacer funcionar correctamente el mecanismo automático que hacía subir parcialmente la cama con el fin de que le doliera menos el pecho al respirar y le pidió que se cambiara a la otra que había en la habitación.
-Si quiere vuelvo otro día.
Ella le miró pero comprendió que en su frase no había malicia ni crítica. Sólo un intento de humor.
-Llevo desde las once sin parar. Y tres partos seguidos.
Por prudencia, él se calló la fácil gracia que podía provocar la afirmación. Por prudencia, y porque arreciaba el dolor.
Finalmente, consiguió, después de tres intentos, introducir la vía para conectar el suero y un analgésico. La veía hacer, con paciencia y hasta comprensión porque le doblaba la edad y siempre había pensado que a los jóvenes había que darles todas las oportunidades. Había ingresado en urgencias algo más de una hora antes y le habían hecho ya todo tipo de pruebas. Poco después, la misma enfermera le comunicaría que los primeros resultados de las pruebas de sangre no valían porque se había coagulado la muestra, que debería volver a picarle para proceder a otra extracción. Él volvió a tranquilizarla, ya tuteándola:
-Puedes llevarte toda la que te haga falta. Eso sí, antes daban un bocadillo de calamares.
-Pues a los donantes siguen dándolo, y hasta zumos.
-Siento no poder sonreírte, me duele mucho cuando lo hago. Si hay calamares, no podré comérmelos.
Con el electrocardiograma, también se sonrió -con dolor- ante otra frase de disculpa y hubo que repetir la prueba. Le hacía cierta gracia verse así. Unas horas antes, al encontrarse con un compañero de carrera, había pensado que el tiempo no pasaba por él. Y en ese momento estaba conectado por varios cables a una máquina para determinar, quizá, si la noche se prolongaría más allá de las cinco horas que llevaba allí.
-Al retirarte las ventosas te haré algo de daño.
-Qué se le va a hacer.
También le habían paseado por la planta baja en silla de ruedas, para hacerle dos radiografías del torax.
-Es la primera vez que me hacen un electro, la primera que me pasean en silla de ruedas, la primera que me ponen una vía.
A ella se le escapó:
-Espero que no sea la última.
Él quiso entender la buena intención de la frase, pero tampoco pudo sonreír sin dolor.
Inmóvil, en la cama, recordó cuántas cosas debía hacer al día siguiente.
-Qué demonios.
Cerró los ojos y, solo en esa habitación de la sección de urgencias del hospital, esperó a que el calmante diera resultado.