sábado, 17 de diciembre de 2016

Miguel de Cervantes en el cuarto centenario de su muerte. Sobre mi conferencia en el Círculo Mercantil e Industrial de Sevilla.

 

Me gusta este Miguel de Cervantes que se nos presenta después de las investigaciones de los últimos años y los hallazgos de archiveros y bibliotecarios. Por fin se está consiguiendo trabajar con profesionalidad antes que con ideología y juicios preconcebidos. No sólo se descubren nuevos documentos sino que se recuperan otros que la mayoría de los cervantistas habían consultado exclusivamente a través de copias y traslados, en demasiadas ocasiones sin el contexto de los papeles y los archivos en los que aparecieron. En otros casos, se daba por buena la interpretación simplemente porque coincidía en la línea ideológica que de Cervantes tenía cada cual, sin ir al documento directamente. La digitalización y difusión en red de estos documentos es tarea necesaria. El apoyo al trabajo en archivos, imprescindible. Con él se pone a disposición de todos un material que nos ayuda a revisar mucho de lo que se ha venido diciendo sobre Cervantes. Ojalá pronto tengamos a libre disposición en internet todos los documentos cervantinos -incluso los falsos y dudosos.

Lejos de la repetida afirmación de que sobre Cervantes desconocemos gran parte de su vida, que ha llevado a rellenar con suposiciones -algunas veces, peregrinas- las lagunas, hoy en día podemos afirmar que tenemos documentada gran parte de su biografía. O, al menos, que la tenemos documentada mucho más que para otros escritores de su época. También es cierto que sobre otros sabemos más, pero eso depende de la vida pública que tuviera cada uno y de sus orígenes familiares. La vida particular, los deseos, el pensamiento, etc., es otra cosa. Cervantes mantuvo -por lo que tenemos constatado hasta ahora- una discreción que no podemos reprocharle por mucho que a los investigadores nos gustaría tener un diario escrito por su puño y letra. Hay etapas de la vida de Cervantes en las que tenemos documentada su actividad y lugar de residencia en cada año. En concreto, los documentos descubiertos o rescatadados en archivos de su larga estancia en tierras andaluzas nos dan un registro muy interesante de su actividad como comisario encargado de abastecer la Armada Invencible, sus viajes por aquellas tierras y sus problemas con la justicia y algunas de sus relaciones personales. Como es lógico, cuando Cervantes ocupa puestos administrativos aumenta la documentación, así como cuando solicita mercedes por servicios al rey o puestos vacantes para pasar a las Indias.

Entre los documentos aparecidos en los últimos días, me han parecido de suma relevancia las noticias de la recuperación y difusión completa de la lista de heridos tras la batalla de Lepanto en un hospital de Mesina en marzo de 1572 en la que se encuentran dos personas con el nombre de Miguel de Cervantes y el hallazgo de la documentación de un juicio en Valencia en el que Cervantes participó como testigo. A la espera del debate que suscite entre los cervantistas en los próximos meses (de la segunda apenas se ha difundido la noticia y falta un mayor estudio en detalle), completan un panorama interesante. El primero de ellos puede aclarar algunas disfunciones percibidas en la biografía de Cervantes. El hecho de que se cruzara -una o varias veces- con otra persona con su mismo nombre puede ayudarnos a cribar mejor los varios documentos en los que aparece un segundo Miguel de Cervantes (como el que habla de una persona con esa nombre participando como cautivo en la construcción de una mezquita en Estambul), que no sería ya el autor del Quijote (por lo tanto, ya no tienen por qué ser falsificaciones sino documentos que se refieren a otra persona), colocar en su sitio algunas leyendas que en algún momento tuvieron cierta fuerza -como la visita de don Juan de Austria a un Miguel de Cervantes que sería ya el otro y no el nuestro- y dar nuevas pistas para interpretar tanto la historia del cautivo de la primera parte del Quijote como la forma en la que juega con el doble de su personaje en la segunda parte haciendo, incluso, que se certifique mediante acta ante escribano quién es el original y quién la copia. Puede ayudar a comprender la adopción de Saavedra como segundo apellido en su firma a partir de un deteminado momento, tras la vuelta de Argel. También me parece de relevancia el segundo documento (a falta de que se divulgue completamente). Nos habla de un Cervantes que presta testimonio en un juicio a los pocos días de su llegada a Valencia tras su rescate y que habla sobre cuestiones y relaciones referidas a su período como cautivo.

Los cervantistas, desde que Mayans y Siscar publicara la primera biografía de Cervantes redactada por encargo para la edición del Quijote (Londres, 1738), han solido oscilar entre la interpretación de los datos disponibles en cada momento y una visión muy sesgada de ideología sobre el autor y su obra. Eso ha provocado que desde posiciones contrarias se denostara a Cervantes o se forzara una visión contraria. Hemos tenido un Cervantes contrarreformista, uno judeoconverso, un ortodoxo a machacamartillo y otro heterodoxo altamente consciente de serlo en todo desde bien joven. Hemos tenido un Cervantes que sabía muy bien su posición en el mundo a temprana edad y otro que no sabía ni por qué había escrito el Quijote. Es tan amplio el abanico de Cervantes que había para todos los gustos y para no ponerse de acuerdo nunca. Entre otras cosas porque lo que no se había documentado se interpretaba o se inventaba según el criterio de cada biógrafo, de cada cervantista y de cada lector.

De hecho, la mayor parte de nosotros hemos caído en algún momento en la trampa que nos tendió el propio Cervantes, que fue el primero en construir su propia imagen como si se tratara de un personaje más de su invención. Estoy por decir que esta construcción de una identidad es la mejor de las obras de Cervantes y el mayor de sus juegos entre la realidad y la ficción, como le gustaba hacer en sus narraciones. Y lo hizo en documentos oficiales y en sus trabajos literarios. En este sentido, Cervantes se demuestra radicalmente moderno -a la vez que muy contemporáneo de una época en la que la apariencia era un valor social- y nos presenta a una persona con una necesidad de fabulación tanto por cuestiones biográficas como por la construcción de una imagen que le sobreviviera para la fama posterior. Cervantes, a partir de un momento en su vida, pensó en sí mismo tras la muerte y se afanó por dejarnos una visión mejorada de sí mismo en la que situó todo lo que le hubiera gustado ser. En gran medida, aquello que era pero las circunstancias personales y la época no le permitieron completar. Eso es lo que hace en los prólogos de sus obras y en los juegos metaliterarios de la narración del Quijote. Cervantes fue muy consciente del poder de la imprenta.

No pienso que Cervantes fuera un hipócrita fabulador. Tan solo lo veo como un superviviente a su tiempo y sus avatares biográficos que se imaginó poder ser de otra manera y quiso siempre tener una vida muy diferente a la que tenía. Eso es, en gran medida, el Quijote. En este sentido, quien mejor ha sabido interpretar todos los datos modernos sobre Cervantes sin fabular una construcción ideológica que los torciera, es José Manuel Lucía Megías, quien ya ha publicado dos partes de la biografía Cervantes -la juventud y la madurez- y está a punto de publicar la tercera. Lucía Megías se pega a los datos conocidos y construye un Cervantes real, aunque quizá se exceda en alguna interpretación personal, como cuando considera que no pensó hasta muy mayor en la literatura más que como una forma de ganar posiciones personales de cara a una carrera como letrado (pienso que hay mucho de esto, pero que Cervantes siempre valoró la literatura en sí misma). Antes que él, Jean Canavaggio había marcado ya el camino.

Con los documentos redescubiertos y hallados en las últimas décadas, la imagen de Cervantes se resitúa. Los avatares biográficos esenciales no cambian pero debemos reinterpretarlos: nace en Alcalá de Henares y muere en Madrid; no hay aval documental de su procedencia judeoconversa, ni de estudios regulares de ningún tipo; su vida -y la de su familia- está llena de choques con la justicia; tras una primera etapa en la que se forma de manera autodidacta y con la guía de López de Hoyos y otras personas que pudo tratar en academias literarias, marcha a Italia y se enrola en los tercios españoles y combate en Lepanto y otras batallas posteriores. Es apresado por el corso (con toda seguridad, no cuando quiere abandonar el servicio en el ejército sino cuando acude a la corte para solicitar el puesto de capitán) y llevado a Argel. Tras regresar a la Península, dedica buena parte de su vida a labores al servicio de la Corona (viaje a Orán y Lisboa, cargos como comisario y recaudador de impuestos en Andalucía) y a un intento de ganar dinero y nombre con la literatura, consiguiendo un cierto éxito en el teatro. Después, Cervantes se aleja de los cargos públicos y se dedica a negocios privados y al servicio de diferentes señores (el duque de Béjar, el conde de Lemos), que no siempre se comportaron con él como esperaba. Y en esta última etapa se vuelca en la literatura con la fiebre del que es consciente de que se le termina el tiempo. Comprende, al fin, que es el lugar en el que todo depende exclusivamente de su capacidad para inventar un mundo que corrija, en buena medida, lo que ha vivido, incluida su propia biografía. Esa biografía que él mismo viene reinventando en documentos oficiales desde que pidiera su carta de servicios para regresar a España. Por eso, en su obra está el poso de una vida plena y muy consciente de la realidad de su época. No debemos olvidar que Cervantes, en contra de lo que era habitual en su tiempo, viaja mucho, participa en batallas, comparte tertulias con algunos de los mejores escritores españoles e italianos, es cautivo en Argel, tiene ocupaciones administrativas, pasa varias veces por la carcel, ve cómo su familia se arruina y endeuda para sacarlos a él y a su hermano del cautiverio, cómo varias mujeres de su familia tienen que dedicarse a vender su afecto para vivir, conoce el éxito literario y su marginación frente a los autores más jóvenes, está en contacto con los círculos del poder pero nunca puede sacar el suficiente provecho para vivir sin sobresaltos, etc. Algunas personas podrían haber vivido una parte de todo esto, pero es difícil encontrar muchas con un abanico de circunstancias tan completo y variopinto. Y, además, los documentos nos presentan uno o varios cruces biográficos con alguien que se llamaba como él y tenía una vida, en parte, paralela.

Se nos presenta Cervantes como una persona que intentó integrarse en los círculos próximos del poder para asegurarse una estabilidad, que se reinventó varias veces para sobrevivir a los avatares personales y que nunca perdió la esperanza ni la confianza en sí mismo. No es un Cervantes tan amable como se nos presenta en su obra ni tan positivo como lo han visto los cervantistas más progresistas (yo mismo fui un apasionado de la perspectiva judeoconversa, que no puede sostenerse en documentación frente a la ya demostrada para Teresa de Jesús o Fernando de Rojas), pero sí un Cervantes vivo, un superviviente en tiempos difíciles, una persona muy inteligente y crítica con su tiempo.

Su biografía y personalidad tiene unos lados oscuros que lo alejan de la santidad, la visión imperialista o la tensión exigente de la heterodoxia permanente y lo hacen muy reconociblemente humano: ni su comportamiento en Lepanto fue heroico -no era más que un soldado inexperto que tuvo la fortuna de sobrevivir a las heridas recibidas-, ni su actitud en Argel fue ejemplar -siempre estuvo del lado de los presos más importantes y poderosos para establecer relaciones de cara a su regreso a la Península y salvar mejor su vida en aquella dura experiencia-, ni su comportamiento como Comisario y recaudador ni su vida personal resultarían hoy modelos aceptables a seguir según lo que solemos interpretar por corrección.

Los documentos nos dibujan a Cervantes como una persona con formación letrada adquirida con esfuerzo fuera de los estudios regulares, que intentó siempre ganarse la vida dentro de un sistema muy difícil para los que carecían de fortuna personal, que procuró la proximidad de quien le pudiera ayudar en sus aspiraciones para estabilizar económicamente la vida, que vivió cosas de tanto impacto personal como batallas cruentas -Lepanto fue una carnicería inútil-, un cautiverio lejos de su tierra, estancias en prisión, etc. Lo más interesante es que Cervantes sacó de ello nutriente para su literatura y que por eso esta siempre se nos presenta viva y realista.

De todo esto hablé ayer en mi conferencia en el Círculo Mercantil e Industrial y Sevilla, pronunciada en el curso de los actos que conmemoran el IV Centenario de la muerte de Cervantes. Después centré mi intervención en cómo esta nueva interpretación a partir de los documentos arrojaba luz a las relaciones de Cervantes con Sevilla y la presencia de esta en su obra. Presencia que se debe al conocimiento profundo de la ciudad que alcanzó por la estancia en sus calles tras una vida tan azarosa anterior, justo cuando acaba de adoptar el apellido Saavedra, con todo lo que esto podría significar para reinventarse una de las varias veces que tuvo que hacerlo. Sevilla es una ciudad clave para la biografía cervantina y para su imagiario literario. Incluso para su afición y dedicación al teatro (su recuerdo de Lope de Rueda, por ejemplo, o su trato con comediantes en la ciudad). Singularmente -pero no solo-, esta Sevilla está presente en Rinconete y Cortadillo, en donde mejor observamos cómo Cervantes cuenta la historia de la España imperial desde los de abajo, una parte imprescindible para el engranaje social de un mundo inmerso en la hipocresía moral y en la construcción de unos valores que no regían en las calles de una gran ciudad como Sevilla, en donde podía hallarse lo mejor y lo peor de la España de su tiempo pero todo ello mezclado, sin ningún impulso superior -salvo los escrúpulos de Rinconete mencionados al final del relato-, un impulso que sí encontró en el Quijote, por ejemplo. Quizá porque aquí hay un personaje -loco, extravagante o soñador- que juega a la posibilidad de que se pueda cambiar el curso del mundo con la acción individual como ejemplo.

Agradezco a la Junta directiva del Círculo Mercantil e Industrial (una institución central en las actividades culturales sevillanas) la posibilidad de hablar de Cervantes en plena calle Sierpes, un lugar bien cervantino, por cierto. Un recuerdo que no olvidaré nunca.



5 comentarios:

mojadopapel dijo...

Fue interesantísimo todo lo que expusiste sobre Cervantes. Me encantó.

la seña Carmen dijo...

Me has hecho recordar aquel curso de la carrera en el que, a falta de mejor material que llevarnos a la boca, tratábamos de escudriñar los rincones del Quijote tratando de encontrar pistas sobre su vida.

pancho dijo...

Los datos nuevos y los viejos sobre Cervantes ahí están para todos, lo que procede es la correcta interpretación. Los eruditos pacientes y trabajadores ratones de biblioteca también son necesarios siempre que acudan a las fuentes originales. Aunque sean por naturaleza ladronzuelos, son necesarios como decía don Paparrigopoulos.
Con Cervantes nunca se sabe, siempre con las orejas tiesas como los perros de caza. La más alta ocasión que vieron los siglos es una fina ironía, pura ambigüedad cervantina.
No me extraña nada la legión de estudiosos de su obra y biografía en vista del fascinante recorrido de este soldadón de los tercios, tan fanfarrón. Medio mutilado espadachín, recaudador de impuestos. Al mismo tiempo dinamitador de la narrativa desde dentro.¿Puede haber algo más contradictorio?
Gracias por compartir esta magnífica intervención, mezcla de erudición e interpretación.

Myriam dijo...

¡Qué interesante, Pedro!

Gracias desde Israel por esta reseña de tu conferencia tan jugosa.

Besos


Abejita de la Vega dijo...

Una entrada para guardarla y tenerla a mano. Porque todo lo que sepamos sobre Cervantes puede enriquecer la lectura de sus obras. Un ser humano complejo que siempre nos sorprende. Un escritor para toda la vida de un lector.
Gracias por tu trabajo, Pedro.