La abrumadora realidad de la
globalización ha provocado una disparidad de formas de reaccionar contra ella o, al menos, contra sus efectos más negativos. Aunque la más popular son los llamados
movimientos antiglobalización (debería siempre usarse el plural), no es sobre esto de lo que tratará mi entrada de hoy, sino sobre algo más extendido: la creencia de que el refugio en lo local, regional o nacional salvará de los muchos ángulos perversos de la globalización.
Junto a la inevitable extensión de
lo global -porque es un componente más del fenómeno- ha aparecido lo local como concepto relacionado y/o enfrentado. No es una revisión, como piensan algunos, de la vieja dualidad corte/aldea, aunque rescata alguno de sus principios.
No todas las personas pueden resistir el vértigo de vivir en una
aldea global: psicológica y sociológicamente aun no estamos preparados, en especial aquellos a los que, por edad o por lugar de nacimiento, les ha sobrevenido la situación y han saltado de los solares urbanos en los que jugaban a los grandes centros comerciales en los que hallan el ocio sus hijos o de un pueblo en el que todos eran como él a una ciudad multicultural. Incluso aunque su lugar de residencia no se haya alterado mucho en las últimas décadas, todo es diferente por el efecto de la globalización.
Parece una paradoja, pero allá donde más se ha extendido la globalización, más fuerza han adquirido las comunidades pequeñas, la información local (de la ciudad, de la comarca en la que se vive) y más se ha procurado cuidar un cierto sentido de la vida tradicional. Una lectura superficial puede llevar a la conclusión de que es una reacción de oposición, pero estudiando detenidamente el fenómeno se puede apreciar que no es así, dado a que no hay dique lo suficientemente alto que contenga la globalización. La vuelta a lo local es algo complementario y ya no puede tener la misma definición que en el siglo XIX y ni siquiera se trata de un retorno a hace cincuenta o sesenta años.
Algunos teóricos ven en este camino una contestación al peligro de la globalización. Sin embargo, no es más que un elemento propio de lo global. A la globalización no le afecta que la información que se consuma sea fundamentalmente local o que se conserven las tradiciones o se reinventen (que es lo que sucede más a menudo): siempre se hará sobre un paisaje en el que cualquier fotografía recoja un anuncio de una cadena de comida rápida o una marca de ropa cuya franquicia encontramos igual en cualquier parte del mundo y el medio de comunicación que nos lo trasmita pertenecerá a una empresa
de fuera. A veces, lo local está patrocinado por una multinacional que fabrica un refresco, con el impacto que esto tiene. Es más, en gran medida, el refugio en las realidades de sociabilidad pequeñas es un fuerte aliado de la globalización, como veremos en otra entrada, tanto por la debilidad para enfrentarse a ella como porque no hay nada que facilite más la extensión de lo global que la fragmentación, por muy extraño que parezca.
Suele ocurrir, además, que los mayores en edad, que son los únicos que pueden recordar las viejas tradiciones tal y como eran, sueñen su recuperación al verlas reaparecer con más fuerza que hace unos años. En casos así aparecen los guardianes de la tradición, como si ésta les perteneciera o como si las tradiciones hubieran sido siempre de una manera determinada y no se vieran influidas en su formato por el paso del tiempo o la fragilidad de la memoria de quien las recuerda. No hay nada más mentiroso que la fijación de una tradición como algo inamovible.
Sin embargo, estas tradiciones recuperadas o fortalecidas ya no son, no pueden ser, las que conocieron de jóvenes (tampoco la memoria individual o de grupo garantiza que la tradición deba entenderse de una sola manera): la sociedad es otra, menos homogénea y más conocedora de lo que se hace fuera de la tradición, más poliédrica y menos dada a aceptar las cosas porque sí. Querer recuperar o mantener una tradición tal y como era en estas condiciones es un imposible.
En gran medida, en la recuperación de las tradiciones, aparte de un componente ideológico interesadamente fomentado para conseguir una rentabilidad política y económica construida sobre la emotividad de los que vivieron aquello que ahora vuelven a ver, hay mucho de parque temático y trampantojo. Suele ocurrir que estas tradiciones pasan de inmediato a ser un reclamo turístico de la localidad, que ven desbordadas sus calles con una afluencia exterior que destruye cualquier posibilidad de vivir la tradición en su esencia. Hasta el punto que en muchas fiestas los que menos participan son los naturales de la localidad, que huyen del alboroto. En ocasiones se percibe también una instrumentalización de los sentimientos en cuyas estrategias coinciden, curiosamente, ideologías enfrentadas en el espectro político.
Por otra parte, también ocurre que aquella tradición debe adaptarse a la nueva sensibilidad, como siempre ha sucedido: hacerse menos tosca, más
presentable, actualizarla, aunque luego se intente vender que es la tradición
de siempre. Y en esta recuperación se contamina de las nuevas ideas, enfoques sociales y perspectivas políticas: aparece entonces la tradición como dogma y como consigna a partir de la cual discriminar, de forma maniquea, a los que son o no son buenos amantes de la localidad, región o nación.
Una de las mejores formas de recibir la recuperación de las tradiciones o su fomento, si no han desaparecido, es la prevención: hasta la más inocente de ellas se convierte en arma ideológica. Si las asumimos, que no sea sin darnos cuenta. En algunos lugares, no participar de esta fiebre por lo tradicional supone convertirse en un apestado.
Este fervor tradicionalista suele implicar la crítica a las tradiciones de
los otros: no admitimos que se critiquen nuestras tradiciones porque son las que nos definen pero criticamos abiertamente las de otros, que nos parecen extravagantes cuando no bárbaras. Y cuando estos otros están en nuestro barrio, en
nuestra ciudad, en
nuestra comarca, los percibimos como peligrosos: es lo que sucede con los emigrantes, a los que aceptamos como mano de obra en los oficios que nos sobran o que consideramos indignos pero no permitimos que alteren
nuestras tradiciones con las suyas, ni toleramos cuando manifiestan las suyas en
nuestras plazas o parques: exigimos que aquellos que trabajan en
nuestros viñedos, en
nuestras fábricas, cuidando de
nuestros mayores se adapten a
nuestras tradiciones,
nuestras costumbres,
nuestra lengua,
nuestra religión porque para eso están aquí, en
nuestro territorio. Y, si no lo hacen, que conserven su identidad pero sin molestar demasiado: y que nunca aspiren, en esas condiciones a ser parte de nuestra historia, con lo que se convierten en una realidad oculta, como si no estuvieran compartiendo las mismas calles que nosotros. Inventamos un argumento falaz: no quieren integrarse. Es una nueva forma de esclavitud en la que quien la sufre tiene todos los derechos en el papel pero, a pesar de contribuir a la economía del lugar que lo recibe, no puede ejercerlos en su totalidad ni se cuenta con él como sujeto histórico.
Recuperar una tradición como seña de identidad de un lugar es un sueño reconfortante, una emoción indescriptible para muchos y una seña de identidad para los que buscan la comodidad de la certeza en la vida, pero no afecta, en absoluto, a la globalización sino que la fortalece. Y el fervor por mantener las tradiciones impide casi siempre tener los ojos abiertos a las nuevas realidades. Lo local, que es una parte esencial del ser humano, debe entenderse de otra manera para que sea efectivo y nos ayude a combatir los efectos negativos de la globalización: la sociedad actual es diferente a la de hace un siglo.
Seguiremos con este tema.