jueves, 1 de julio de 2010

Amor a primera vista (Cap. 2.56)


Es hora ya de terminar la estancia de don Quijote y Sancho en la Corte de los Duques: no conviene dilatarla más y, por eso, Cervantes se apresura a cerrar las tramas abiertas. Lo hace con soltura de oficio y sin afanarse demasiado en ellas, porque lo que todos esperamos es el regreso al camino de los protagonistas.

El capítulo es una parodia de los lances caballerescos: todo responde a una lid según los principios de la caballería, menos lo esencial, claro, de ahí la graciosa broma que supone el título. Ya sabemos que el ofensor ha sido sustituido por Tosilos, un lacayo de los Duques, sin reparo alguno (como tampoco se muestran los Duques arrepentidos de las bromas gastadas a Sancho en la ínsula). Démonos cuenta de que, en realidad -por mucho que nos duela en el caso de don Quijote-, ninguno de los combatientes es caballero y, por lo tanto, no deberían participar en este combate que, además, de darse de verdad hubiera puesto en apuros al mismo Duque al contravenir los edictos del Concilio de Trento. Por otra parte, Tosilos ha sido aleccionado por el Duque para que no se ensañe con don Quijote. También procura el Duque que las heridas que pudieran procurarse no sean de gravedad.

Pero el Duque ve de nuevo su diversión aguada. Cervantes actuará de forma burlona en este capítulo: lo cerrará con una boda convencionalmente para que no atente contra la estructura social -ya había sido suficientemente arriesgada la crítica hacia la inacción del Duque en un caso que le correspondía juzgar- pero contra lo deseado por el Duque. Con una comicidad muy barroca hace que Tosilos caiga en las manos de Cupido y se enamore de la hija de doña Rodríguez a primera vista. El lacayo se atreve a desobedecer a su amo y detiene un espectáculo tan cuidadosamente preparado. Se adivina la sonrisa de Cervantes: sobre el corazón no se manda. La argucia literaria sirve, de nuevo, para negar la autoridad del Duque.

También por la risa se desarme la cólera del Duque. No sabemos bien si sabiendo o no lo que dice, don Quijote responde a la indignación de las mujeres tras comprobar que el rival de su defensor es un lacayo en vez del verdadero ofensor, echando la culpa a los encantadores que le persiguen y pronunciando una frase que podemos tomar por un índice de la cordura del hidalgo: casaos con él, que sin duda es el mismo que desáis alcanzar por esposo.

El Duque se ríe quizá pensando que de la boca de un loco sale el único consejo cierto, pero sabe que en las palabras de don Quijote está la solución perfecta para el problema planteado de imposible resolución pacífica que contente a todos los afectados y que, además, le deje a él en buen lugar. Aun así, castiga a su lacayo a quince días de encierro por contravenir su órdenes.

No sólo es la única solución posible según las convenciones de época. En efecto, a la manera del teatro barroco en el que las bodas son ordenadas en la última escena, incluso contra el desarrollo de los argumentos hasta ese momento, todo se sanciona con un matrimonio inesperado: doña Rodríguez y su hija terminan por aceptar al novio inesperado porque también ellas saben que es la única posibilidad que les queda.

Hay por lo tanto, un hábil tejido dentro de las convenciones literarias y sociales del momento para que todo se reconduzca y don Quijote dé por terminada una aventura que se podría haber complicado demasiado si hubiera sido de otra manera: ni el Quijote y ni el género ni la época hubieran permitido otra cosa. Ya se había llegado al límite de lo posible.

Veremos si el próximo jueves, al comentar el capítulo LVII, don Quijote y Sancho consiguen abandonar la Corte de los Duques.

28 comentarios:

elisa...lichazul dijo...

con ese look de todas maneras!!

besitos de luz Profe
tenga un excelentissimo fin de semana:)

Marina dijo...

¿Eres capaz de leer el Quijote con esas, con lo que sea que sea que llevas en los ojos? Habría que inventar un primer premio y dártelo.
Un beso vacacional.

Cornelivs dijo...

Comienza este capitulo 56 de la Segunda Parte con los duques disfrutando cuando su mayordomo les cuenta muy por extenso todos los dichos y hechos del gran Sancho Panza en la ínsula Barataria. Bueno, menos mal que estamos asistiendo a los últimos actos burlescos de los duques para con nuestros protagonistas. Estos duques de pacotilla lo preparan todo bien, y el duque advierte especialmente a Tosilos “… una y muy muchas veces …cómo se había de avenir con don Quijote para vencerle sin matarle ni herirle”, y cuando un duque ordena hay que obedecer, y más si eres un lacayo suyo. Cervantes lo repite de nuevo: “Venia el valeroso combatiente bien informado del duque su señor de cómo se había de portar con el valeroso don Quijote de la Mancha, advertido que en ninguna manera le matase”.

Como estamos en la Edad Moderna, y se trataba de imitar a un combate de la Edad Media, con razón nos dice nuestro insigne novelista que la gente del pueblo, y aun de los vecinos, estaba asombrada: “…que nunca otra tal no habían visto ni oído decir en aquella tierra los que vivían ni los que habían muerto”, y lo recalca luego: “infinita gente que esperaba ver el riguroso trance nunca visto”, gente a la cual, por cierto, luego llama “turba”, con lo cual la ironía vuelve a salir al aire; de ahí el titulo del capitulo: “nunca vista batalla”.

Es un auténtico gusto leer los preparativos del combate y como se engrasa la maquinaria de la burla, por cierto, más que chabacana, lo cual es muy propio de estos tontisimos duques que siempre tienen que cometer errores y descuidos: el caballo de Tosilos, muy lanudo, no parece ser el más apropiado para un torneo.

Estos duques no querían matar a D. Quijote, sino reirse de él. Por eso, para evitar percances indeseables le quitan los hierros a las lanzas, con pretexto de no desafiar al Santo Concilio (¿Trento?). Son crueles y mezquinos de corazón de principio a fin estos duques tan asquerosamente impresentables.

Pero a los duques "le sale el tiro por la culata", como suele decirse. La hija de Dª Rodríguez debia de ser muy guapa, porque el buen mozo Tosilos se enamora de ella al primer golpe de vista, dándose por vencido y, atención, bajo el influjo del amoroso hechizo osa desobedecer las expresas y muy precisas órdenes del duque, ahora quiere casarse con la muchacha de la cual se ha enamorado. Fin del asunto. Y ahora ¿qué?

Cervantes nos dice que el duque se enfadó enormemente. Aquello no es lo que los duques esperaban, y menos aún la “turba”, la cual quedó triste y melancólica “…de ver que no se habían hecho pedazos los tan esperados combatientes, bien así como los muchachos quedan tristes cuando no sale el ahorcado que esperan porque le ha perdonado o la parte o la justicia”.

Creo que Cervantes se alegra enormemente de este inesperado final. Es como un corte de mangas de nuestro novelista a estos “duques” y, de paso, a la expectante “turba”.

Un abrazo

Alimontero dijo...

perdone que interrumpa y lo distraiga maestro, pero es que con ese look suyo la pobre Dulcinea del Toboso...caerá rendida...!!

Buen fin de semana!

Ali

Manuel de la Rosa -tuccitano- dijo...

A mi también me llamó la atención la prisa con que Cervantes cierra estos episodios en casa de los duques, y a demás dañando la imagen noble...saludos

Merche Pallarés dijo...

Sí que es un capítulo gracioso especialmente con la aparición de Cupido aseteando a Tosilos con flechas.
¿Tienes colección de gafas? En ésta pareces un piloto de los años '20... Besotes sin gafas pero con lentes, M.

Abejita de la Vega dijo...

Estos duques son insaciables, no se cansan de tanta burla. Aquel día apareció el fiel mayordomo a contarles, con pelos y señales, todo las palabras y acciones del pobre Sancho, en Barataria. Con qué gusto escuchan lo del asalto a la ínsula y el miedo de Sancho, bien adobado y encarecido por este… ¿Cómo llamaban, en el XVII, a pelotas y lameculos? Por cierto, no se te ocurra aparecer por aquí, mayordomo…

Llega el día de la batalla. El duque está muy puesto en esto, es la única “ciencia” que conoce un señor feudal. Advierte a Tosilos como ha de avenirse para vencerle, sin matarle ni herirle. ¡Menos mal! Las lanzas irán sin hierros, el Santo Concilio no permite batallas con peligro de la vida, así se le ha de advertir al andante caballero. Se le da campo franco, eso sí.

Don Quijote, sumiso, manifiesta su total conformidad con lo que mande su excelencia.

Llega el día, jueces y dueñas demandantes se instalan en un cadahalso, qué palabra tan siniestra . Acude mucha gente deseosa de asistir a espectáculos novedosos, si hay sangre mejor. Nadie había visto algo semejante a la batalla entre Tosilos y don Quijote, ni había memoria de ello.

Entra el maestro de ceremonias, revisa el campo por si hay algún engaño o cosa en que tropezar. Entran, tapadas hasta los ojos, dueña y dueñita, mostrando gran pesar.

Don Quijote espera en la estacada. Tutú, tutú, suenan las trompetas y asoma Tosilos, sobre un caballote frisón de patas lanudas, más apto para el arado que para un torneo. La visera lleva calada y las armas relucientes.

Vaya, mi ordenador ya está haciendo tonterías, espero que no sea el mayordomo rastrero. A ver, no...¿Quién eres?

Me presento: me llamo Tosilos y soy lacayo de mi señor, el duque. Acabo de despistar a ese mayordomo que vuestra merced acaba de citar. Le he dicho que su excelencia preguntaba por él y ha salido a toda priesa.

Bien me ha informado mi amo. Soy un "valeroso combatiente", tanto que he de huir al primer encuentro porque en ninguna manera he de matar a don Quijote.

Llego donde está la Rodríguez y echo un vistazo a esa que me pide por esposo. Una mocosa tan melindrosa como su gruñona madre.Esto...¿qué veo? Se le cae el manto. ¡Cómo ha empollinado la creatura! ¡Ay, que me mata con esa mirada! ¡Qué boquita de fresa! ¡Ay, la blancura de su tez!

(Sigo mañana, que estoy en Vandalia...)

Abejita de la Vega dijo...

Estos duques son insaciables, no se cansan de tanta burla. Aquel día apareció el fiel mayordomo a contarles, con pelos y señales, todo las palabras y acciones del pobre Sancho, en Barataria. Con qué gusto escuchan lo del asalto a la ínsula y el miedo de Sancho, bien adobado y encarecido por este… ¿Cómo llamaban, en el XVII, a pelotas y lameculos? Por cierto, no se te ocurra aparecer por aquí, mayordomo…

Llega el día de la batalla. El duque está muy puesto en esto, es la única “ciencia” que conoce un señor feudal. Advierte a Tosilos como ha de avenirse para vencerle, sin matarle ni herirle. ¡Menos mal! Las lanzas irán sin hierros, el Santo Concilio no permite batallas con peligro de la vida, así se le ha de advertir al andante caballero. Se le da campo franco, eso sí.

Don Quijote, sumiso, manifiesta su total conformidad con lo que mande su excelencia.

Llega el día, jueces y dueñas demandantes se instalan en un cadahalso, qué palabra tan siniestra . Acude mucha gente deseosa de asistir a espectáculos novedosos, si hay sangre mejor. Nadie había visto algo semejante a la batalla entre Tosilos y don Quijote, ni había memoria de ello.

Entra el maestro de ceremonias, revisa el campo por si hay algún engaño o cosa en que tropezar. Entran, tapadas hasta los ojos, dueña y dueñita, mostrando gran pesar.

Don Quijote espera en la estacada. Tutú, tutú, suenan las trompetas y asoma Tosilos, sobre un caballote frisón de patas lanudas, más apto para el arado que para un torneo. La visera lleva calada y las armas relucientes.

Vaya, mi ordenador ya está haciendo tonterías, espero que no sea el mayordomo rastrero. A ver, no...¿Quién eres?

Me presento: me llamo Tosilos y soy lacayo de mi señor, el duque. Acabo de despistar a ese mayordomo que vuestra merced acaba de citar. Le he dicho que su excelencia preguntaba por él y ha salido a toda priesa.

Bien me ha informado mi amo. Soy un "valeroso combatiente", tanto que he de huir al primer encuentro porque en ninguna manera he de matar a don Quijote.

Llego donde está la Rodríguez y echo un vistazo a esa que me pide por esposo. Una mocosa tan melindrosa como su gruñona madre.Esto...¿qué veo? Se le cae el manto. ¡Cómo ha empollinado la creatura! ¡Ay, que me mata con esa mirada! ¡Qué boquita de fresa! ¡Ay, la blancura de su tez!

(Sigo mañana, que estoy en Vandalia...)

marga dijo...

- El título: Empieza sarcástico, cuándo califica la batalla de "nunca vista", natural teniendo en cuenta que núnca se celebró.
- ¿NO os sorprenden los carteles de "pesca sin muerte", el asnto consiste en divertirse pescando el pez para luego devolverle al rio para que siga su camino, eso pretenden los duques "batalla incruenta"
- Quién ganó esta batalla? ¿DQ? ¿El lacayo? nooooooooo, la ganón cupido y Cervantes hace una preciosa descripción del flechazo.

Kety dijo...

Amor a primera vista ¡Hummmmmmm!
Has querido disimular tu mirada con las gafas... ¿De bucear?

Un abrazo

Mi opinion sobre el comentario la conoces.

Paco Cuesta dijo...

Es muy interesante el giro en la obra para dejar en evidencia al duque.

Myriam dijo...

Me gusta mucho esto que dices de que "se había llegado al límite de lo posible". A lo largo de mi lectura del Quijote, me ha sorprendido mucho la forma en que Cervantes, en el S XVII y sus convenciones y con el Tribunal de La "Santa" Inquisición encima, consigue -sin violar los límites de lo posible- tensarlos al máximo.

Como tus gafas a viva voz lo gritan en la foto con la que nos ilustras este capítulo, el amor a primera vista no existe e "intuyo" (porque más bien me lo estás mostrando en la foto) que Cervantes era partidario de la belleza profunda del alma, más allá de lo exterior ¿o me equivoco?

Por otro lado, que bien se rie Cervantes del duque que es derrotado, porque AMOR (no importa el tipo) vincit omnia.

Abrazos a todos

Asun dijo...

Veo que te has tomado en serio lo de las vacaciones, no te quitas las gafas de nadar ni para leer jajajajaja. ¿O es que estás parodiando "al niño ceguezuelo"?

Cervantes empieza el capítulo, como dice MARGA, con guasa cuando lo titula "De la descomunal y nunca vista batalla". El resto del capítulo también muy sorprendente por lo inesperado, porque la aparición de Cupido haciendo de las suyas, yo por lo menos, no me la esperaba.

Besos

Aldabra dijo...

La verdad es que da mucho gusto leer los capítulos, tus explicaciones y los comentarios de los demás lectores. Ahora puede permitirme ese lujo.

biquiños,

p.d.: y que se aparten ya todas las sirenas de las piscinas de Burgos que va Don Pedro, presto y veloz a lanzarse al agua.

:-)

Lola dijo...

Muy buena la foto, leerte me recuerda que tengo que poner mi entrada. Al final acabo loquita jejejeje

SAUVIGNONA dijo...

saludos pedro!


lindas gafas...

besos
SAU

Antonio Aguilera dijo...

No le sirvieron de nada a don Quijote los entrenamientos previos y las horas de gimnasio para ponerse “cachas”, por el inminente duelo para cambio de estado civil, que iba a mantener con el usurpador de la honra de la hija de La Rodri. Ya nos advierte desde un principio, el verdadero autor de esta obra, de que algo inusual, atípico y fuera de toda lógica iba a suceder en el trascurso de la acción: de una descomunal batalla que no se celebrará por repentino enamoramiento.

Como ya vimos en el cap. de marras, el usurpador original de “la cosa” de la niña de La Rodri huyó a acompañar (o, a lo mejor, a cantar) flamenco-s; flamenco que era el “gachó”, como guerra y lata dieron los de Flandes. Más la identidad de este usurpador fue usurpada para poder enfrentarse con don Quijote por el Grande Lacayo Tosilos: designado directamente para tal empresa por los duques, que por nada del mundo se querían perder un duelo en el que participara el hidalgo manchego. Burlas y bufonadas de circo; humillaciones, distracciones y entretenimientos varios, a costa de nuestro caballero y escudero respectivo, no le faltaron a los duques:¡ qué aburrida será la vida en el castillo ducal cuando nuestra pareja falte!.

Previo a la salida al campo de batalla de los contendientes, los duques habían dado algunas instrucciones a su Gran Lacayo Tosilos, referente a los modos en los que debía embestir a don Quijote. Los duques no querían un gran derrame de sangre, todo lo más unos rasguños y magulladuras al más puro estilo gatuno, tal como ya recibiera don Quijote en días pasados.

Llega la hora de la verdad. Por una parte del campo aparece el Grande Lacayo Tosilos montado en un también grande caballo frisón que rondaba la tonelada de peso (qué manantial de chuletas para aquellos tiempos...e, incluso, para los de ahora). Tenía el frisón del Tosilos una arroba de lana en los bajos de cada extremidad, lo que dejaba dudas en cuanto si sería dañino en caso de ser embestido por ellas, o provocaría al sujeto pasivo una muerte tierna y algodonada.

En el otro extremo del campo estaba situado don Quijote; quien, una vez encomendado a su señora Dulcinea y a la madre que la parió (o, al dios que la creó) se lanzó a la carrera en busca del Tosilos; pero éste se había quedado inmóvil, prendado de la hermosura de la niña de La Rodri. Flechazo en el acto (bueno, antes del “acto”). Ahora él lucharía para casarse con ella, no para rechazarla; por lo que dice: “alto parao”, deténgase el duelo. Llama a voces al maese de campo y le comunica que se da por vencido. Cupido había hecho estragos en su corazón al ver la moza, ahora necesitaba masajes cardíacos de ella.

Al duque no le gustó el repentino cambio de opinión del lacayo, pues él lo que buscaba era diversión, no ver cómo nace un romance. Tampoco fue del agrado de don Quijote aquella decisión pro-apareamiento: con la de horas que había dedicado al gimnasio…, como para que ahora sólo pueda ser útil como testigo de boda.

La Rodri y su niña, al principio, se sintieron estafadas, al no reconocer en aquel lacayo al "flamenquín", pero luego pensaron: “más vale pájaro en mano que ciento volando” y, “pájaro que vuela a la cazuela”; aquel Tosilos quizás no hiciese mal caldo. Lo chungo en aquel tiempo era “quedarse compuesta y sin novio” o “quedarse para vestir santos”.

Cervantes nos retrata la triste realidad de las chicas “desfloreadas” por algún chico, a las que luego no se acercaba ningún (o, ¿ninguno?) otro, por culpa de la maledicencia de la sociedad. No hace tantos años que aún se pensaba así en España. Algunos, incluso, las reservaban desde preadolescentes con tal de asegurarse el “desfloramiento original”.

Antonio Aguilera dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Antonio Aguilera dijo...
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Abejita de la Vega dijo...

El maese de campo , ante mi presencia y la de caballero andante , pregunta a la madre y a la hija si consienten que el de la Mancha vuelva por su derecho. Ellas dicen que sí, que dan todo por válido.

Los duques están acompañados por una ruidosa multitud, la cual espera la victoria de uno de los dos combatientes. Si venzo quedo libre del casorio, si vence don Quijote me he de casar con la mochacha, lo cual ahora que la he visto bien vista…

El de las ceremonias nos parte el sol y nos coloca, a cada uno, en nuestro puesto. Retumban tambores y trompetas, la tierra tiembla a nuestros pies , los corazones en suspenso…Don Quijote encomendándose a Dios y a esa Dulcinea del Toboso que siempre tiene en la boca, espera la señal para atacar.

Nada de arremetidas, en lo que pienso es en mi enemiga, la más hermosa del mundo entero. El niño cegato, ése que llaman Amor, o Cupido, ha debido espetar mi corazón, con una de sus lanzas. ¿Es locura o es amor?

No suena la trompeta o es que yo no la oigo ; pero Don Quijote arremete y, corriendo todo lo que le permite su caballejo, parte contra mí. Su escudero Sancho dice no sé que de natas y de flores y le desea la victoria. Yo no me muevo, aunque viene a por mí.

Llamo a voces al maese de campo y le pregunto si la batalla es porque yo me case o no me case con la señora, allí presente. Me lo confirma y declaro, ante el asombro de todos, que no puedo seguir con la batalla porque yo… ¡yo me quiero casar con ella!

(Sigue)

Alatriste dijo...

En este capítulo ha triunfado el Amor con mayúsculas.

Un final que contenta a todos, a don Quijote, por conseguir que su contrario se case, la hija por encontrar esposo y los Duques, por dar por bueno el desenlace, aunque castigando, como bien dices, al lacayo por su osadía.

Veamos cómo se despide la pareja de estos Duques.

Por cierto Pedro, tan solo te falta el gorro playero XD

Abejita de la Vega dijo...

Admirado y mudo queda el maese, buen sabidor de todas las ducales maquinaciones. Don Quijote se para en seco, al ver que no le ataco. El duque no entiende, el maese le cuenta y su mirada mata, cual si fuera un basilisco.

Pero yo, ni caso. Me acerco a doña Rodríguez y declaro, a voces, que quiero casarme con su hija, sin “pleitos ni contiendas”.

Al “valeroso” don Quijote le parece de perlas que nos casemos, así todo queda arreglado. Por ahí viene el duque, la que me va a caer va a ser suave.

Se dirige a mí como “caballero” y quiere que le confirme si, dándome por vencido y azuzado por mi conciencia, me quiero casar con la doncella. Respondo afirmativamente y el escudero me dice que hago bien con un refrán que no entiendo.

Me va faltando el aire y pido que me ayuden a desenlazarme la celada. Me la quitan apriesa y todos ven mi rostro de pobre lacayo. Doña Rodríguez y su hija montan en cólera. Dan grandes voces proclamando el engaño, han puesto a Tosilos en lugar del verdadero esposo. Sí, a ése que le echen unos galgos…

Piden justicia por la malicia o bellaquería: mas don Quijote les dice que ni lo uno ni lo otro, ni el duque tiene nada que ver. ¡Han sido no sé qué encantadores que desean quitarle la gloria de vencer! Ellos han trocado el rostro de aquel que dio palabra de casamiento y han puesto la mía. Se le ha debido secar el celebro a este loco.

A pesar de los encantadores, el loco le aconseja que se case conmigo, que sin duda soy yo con quien desea casarse esta mochacha. ¡En esto el loco habla con sensatez!

Mi señor, a punto de reventar de risa, disimula y dice que, para casarnos, habrá que esperar quince días. ¡Ay, que me tendrán encerrado ese tiempo, por ver si vuelvo a mi estado original! Se les pasará el rencor, en ese plazo, a los encantadores.

Sancho no está de acuerdo, que esos malandrines tienen costumbre de mudar las cosas. Que a un caballero con espejos lo cambiaron por un bachiller de su pueblo. Y que su señora Dulcinea del Toboso es ahora una rústica labradora. Y, que así, me quedaré en lacayo toda la vida. En eso, no anda desacertado, no.

Por fin habla la hija de Rodríguez, qué voz tan dulce la suya. Y proclama que, sea quien sea yo, me lo agradece y más desea ser la mujer de un lacayo que no la burlada de un caballero que no lo es. ¡Así se habla!

En resolución, me encierran hasta ver en qué me transformo. ¡Qué gracioso el duque! Aclaman a don Quijote y muchos quedan decepcionados porque no nos hemos despedazado.

Mi futura esposa y mi futura suegra quedan contentísimas. Por una vía u otra, hay boda. Y yo en este lóbrego calabozo. Paciencia, Tosilos, paciencia.

Un abrazo de María Ángeles Merino

blogochentaburgos dijo...

Impresionante Pedro

Dos Culturas 2010 dijo...

LA EDUCACIÓN: EL CAMBIO NECESARIO

El pasado año 2009, coincidiendo con que se cumplían 50 años de la conferencia Las dos culturas pronunciada por el físico y novelista inglés Charles Percy Snow en la Rede Lecture de la Universidad de Cambridge, celebramos el primer encuentro de Las Dos Culturas en el que debatimos en la ciudad de Cádiz acerca de la indeseable separación existente en la actualidad entre ciencias y humanidades (las "dos culturas", según Snow), que tan negativas consecuencias está teniendo para nuestra sociedad.
Una vez planteado el problema procede, pues, tratar de encontrar remedios al mismo. Y el lugar por el que comenzar es, sin lugar a duda, la educación, la educación más adecuada que dar a nuestros jóvenes. En la edición 2010 del encuentro Las Dos Culturas reuniremos a intelectuales de la ciencia y de las humanidades y a partir de sus exposiciones iniciaremos un debate en un ambiente crítico, de total libertad y en ausencia argumentos políticos partidistas, como corresponde al espíritu de la Universidad.

Además de las sesiones inicial y de clausura, el encuentro constará de otras tres sesiones. En la primera de ellas trataremos de aquello que en rigor puede afirmarse de los procesos de aprendizaje desde la neurociencia, así como en que medida los cerebros de los niños y jóvenes están preparados para afrontar la situación actual caracterizada por un aflujo masivo de información, experiencias virtuales, etc. y, también, las disfuncionalidades que ello podría provocar. La segunda sesión (Familias, normas y sanciones) estará dedicada a la educación en el seno familiar y la tercera (Teorías del aprendizaje) al aprendizaje en el centro de enseñanza.

Le sugerimos consulte el programa de Las Dos Culturas 2010, pulsando la pestaña que se encuentra en la parte superior.

aniki dijo...

Yo creo en el amor a primera vista, pero con esas gafas, no. Me has hecho sonreír, en cuanto al post casi no lo he leído, voy a decir algo un pelín feo, el Quijote nunca me ha gustado (ya sé que es imperdonable, pero prefiero otras obras de Cervantes que ésta tan universal).

Besos, Pedro.

moderato_Dos_josef dijo...

HOla Pedro.
estás leyendo el Quijote o nadando en la piscina que no me aclaro jajaja.
abrazos!

BIPOLAR dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
BIPOLAR dijo...

¿Profiláctico ocular?

Amor a primera vista y amor ciego. ¡Qué contradicción!

Amor en yuxtaposición a consuelo y desesperación.

¿La vida misma?

¿No sería mejor descubrirse y guiñar los ojos?