jueves, 14 de enero de 2010

En eso hay mucho que decir (Cap. 2. 32)


De nuevo un capítulo en el que se cruzan muchas cosas sin que lo parezca. Todo gira en torno a la conversación que mantienen los personajes durante la comida y la sobremesa, pero el diálogo y las acciones que se entrecruzan tienen varios objetivos.

Lo que ocupa inicialmente el diálogo es la respuesta de don Quijote a las acusaciones del eclesiástico, quien no participa de la burla de los Duques tanto por oficio como por carácter y lo dice sin pelos en la lengua. Esto podría hacerle ganar el respeto del lector pero el exceso verbal que comete contra don Quijote al final del capítulo anterior y lo que nos había dicho el narrador sobre él, impide que nos pongamos de su parte. Como le dice don Quijote en su respuesta, no sólo hay que tener razones para criticar sino también contención y proporción en la crítica. No las tiene el eclesiástico y por ello no merece el respeto de los allí presentes -con lo que se cuestiona su función en la Corte de los Duques y se le convierte en un bufón más al servicio de la risa del poderoso-. De ahí que tanto don Quijote como el Duque no lo tengan en consideración puesto que (al igual que los niños y las mujeres) no puede ofender por su condición de eclesiástico. Y de ahí también que el Duque estalle en risa al ver su cólera cuando no acepta la explicación de don Quijote ni la intervención de Sancho ni el juego de sus señores y se marcha sin terminar la comida.

Don Quijote se contiene en la respuesta por consideración a sus anfitriones. Pero eso no le impide jugar con los resortes más bajos de un debate al despreciar a su oponente (lo compara con las mujeres y lo rebaja a estudiante sin vida por lo que no debería opinar sobre la de un caballero andante ni permitirse dar consejos): es su forma de contestarle a los insultos y desprecios con los que se había dirigido a él antes. Cuando comienza su enémisa defensa de la caballería andante, a la que ya nos hemos acostumbrados, Cervantes introduce una novedad. El lector ya se sabe de memoria los argumentos de don Quijote, por lo que el autor hace intervenir a Sancho, quien interrumpe a su amo. De paso, facilita la réplica del eclesiástico:

-¿Por ventura -dijo el eclesiástico- sois vos, hermano, aquel Sancho Panza que dicen, a quien vuestro amo tiene prometida una ínsula?

Ésta es la verdadera función del personaje del eclesiástico en estas páginas: introducir en el diálogo entre los allí presentes el tema de la ínsula y provocar que el Duque no pierda oportunidad de ver un motivo con el que aumentar la diversión al prometer ceder al escudero el gobierno de una ínsula que le sobra. Continuará este motivo más adelante.

Una vez que se ha marchado el eclesiástico, encolerizado al ver cómo se trastoca el mundo con un juego tan cruel de los poderosos y la simplicidad de amo y escudero, el narrador hace salir de la sala también a Sancho y permite que los Duques, como haríamos cualquiera de los lectores en esa situación, preguntemos por alguno de los sucesos ocurridos en la primera parte que no tienen muy claro con la lectura de la obra.

El interés de los Duques se centra en Dulcinea y preguntan a don Quijote sobre su realidad. Las respuestas señalan una tensión argumental: los Duques saben más que él sobre los sucesos de la primera parte, conocen -pero se lo ocultan- que identificó a Dulcinea con Aldonza y que Sancho no entregó la carta; don Quijote pretende demostrar la existencia de Dulcinea por los efectos que en él provoca a partir de su perfección como dama, necesaria para la existencia de un caballero. Don Quijote argumenta con su voluntad de fantasía caballeresca y echa mano de los encantadores, pero hay algo en él que pone en evidencia que conoce las limitaciones de su explicación cuando comprende que no puede mentir sobre el linaje de su amada y, en especial, cuando duda sobre las posibilidades de su criado para cumplir como gobernador.

No es casual que el interés de los Duques se centre en Dulcinea, puesto que será motivo de una de las burlas a las que someten a sus invitados, en especial a partir de la información que don Quijote les facilita ahora sobre su encantamiento.

Pero hay algo más en este capítulo que el lector ha recibido sin ser consciente de ello, puesto que quizá ha prestado únicamente a lo que se arguemta en el diálogo. Es una sensación a la que ha contribuido no poco la burla del lavatorio de las barbas de don Quijote.

Cervantes toma esta anécdota de un suceso real acontecido poco antes de que él escribiera el texto: un embajador portugués sufrió esta broma en la casa del conde de Benavente. Cervantes la pone en práctica con un recurso teatral: la acción doblada que repiten amo y escudero. Y la usa para fomentar una ambigüedad en la recepción: mientras el lector se ríe de la ocurrencia de los criados -la broma, poco a poco, se les ha ido de la mano a los Duques y todo el mundo quiere participar en la burla- y puede llegar a alabar que primero el Duque y luego la Duquesa la interrumpan y protejan a don Quijote y Sancho, estos actúan con tanta bondad que ponen en evidencia el núcleo central del capítulo, ése que quiso denunciar el eclesiástico pero no pudo por su reacción airada.

En efecto, el diálogo, las risas contenidas de los señores, las burlas groseras de los criados, provocan que se acentúe el sentimiento de solidaridad con las víctimas -don Quijote y Sancho-, que agradecen la protección de quien es más cruel con ellos, y de rechazo de los culpables: los señores por manejar la vida de todos en aras de su entretenimiento y los criados por su mezquino aprovechamiento de la situación. De esa manera sella Cervantes la definitiva toma de partido del lector.

Mientras tanto, Sancho ha interrumpido su acostumbrada siesta de cuatro o cinco horas para entretener a la Duquesa. Veremos cómo lo hace el próximo jueves, en el capítulo XXXIII.

26 comentarios:

pancho dijo...

La historia de esta semana trascurre con los comensales a la mesa para cuatro, preparada por los duques con toda ceremonia para agasajo de DQ. A los nobles y al Hidalgo se une el pater del palacio, que pronto la abandona, dejando más comida para los restantes. De la abundancia de hechos y palabras vertidas con enjundia podemos dar fe los lectores, no así del contenido y duración de la comida que no merece ni una frase.

DQ, colérico, defiende de manera encendida su profesión de Caballero Andante en la larga contestación al grave eclesiástico que le había aconsejado la vuelta a casa. Le niega autoridad para juzgar caballeros andantes a alguien que no ha visto “más mundo que el que puede contenerse en veinte o treinta leguas de distrito”. Ni aunque fuera el obispo de Roma quien lo mandare abandonaría él su oficio porque: “caballero soy y caballero he de morir”.

La lealtad de S se pone a prueba en la insólita defensa que hace de su amo, algo a poner en el haber de los duques, cuando ya dudábamos de ella: “que ni a él le faltarán imperios que mandar ni a mí ínsulas que gobernar”. El duque, en vista del cariz que toma la farsa, improvisa sobre la marcha y promete la ínsula que S lleva siglos esperando: “yo, en nombre del señor don Quijote, os mando el gobierno de una que tengo de nones, de no pequeña calidad”; donde en realidad el duque se hace siervo del hidalgo.

Hay dos reacciones diferentes a la propuesta del duque: El capellán abandona la mesa para evitar ser cómplice de algo que no desea y DQ que echa el buen provecho al noble mandando sumisión al escudero. El abandono de la voz de la conciencia, deja vía libre a los duques para seguir con la farsa. Le da la razón a DQ en su discurso, ahora ya a sus anchas sin nadie que les reproche nada. Ello da pie a una disertación de DQ sobre las diferencias entre agravio y afrenta.

El maestresala lleva a S a comer a la cocina, mientras la escena principal continúa en la mesa para tres. La duquesa le pide al Caballero Andante que describa a Dulcinea. Aunque mejor le pondría el corazón donde la lleva tatuada, DQ se despacha con algunas de las frases que no desmerecerían en ninguna selección de palabras de amor:
La Duquesa le tira de la lengua: “Si yo pudiera sacar mi corazón y ponerle ante los ojos de vuestra grandeza, aquí, sobre esta mesa y en un plato, quitara el trabajo a mi lengua de decir lo que apenas se puede pensar”

Ellas: “el caballero andante sin dama es como el árbol sin hojas, el edificio sin cimiento y la sombra sin cuerpo de quien se cause.”

Cesión a la nobleza; la belleza es más con linaje: “Dulcinea es hija de sus obras, y que las virtudes adoban la sangre”

pancho dijo...

En vista de que no consigue sacar nada divertido a DQ, intenta enfrentarle con S por haber contado éste que vio a Dulcinea cribando un costal de trigo rubión, lo cual es achacable, según el Hidalgo, a la resistencia que él presenta a los encantamientos, siendo en su lugar sus seres queridos los atacados: “pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos”. A su escudero lo defiende sin fisuras; no lo cambiaría por nadie. Los duques tienen la virtud de unir a la pareja cuando los lazos de unión pasaba por sus horas más bajas. Añade que con unos pequeños retoques haría de él un buen gobernante: “que ya por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador”. No muy complacidos quedarán los políticos de todo tiempo y lugar cuando se topen con esta afirmación, máxime al ser de público conocimiento que recurren a citas del Quijote para apoyar sus discursos hueros.

De nuevo el contraste cervantino tras la defensa. Aparece S, asustado, con toda la gente menuda del castillo corriendo detrás de él con la intención de lavarle las barbas con agua de fregar. De la misma forma que no toleró discriminación de trato para su burro, tampoco le gusta la diferenciación con su amo en asunto de barbas: “que estas tales ceremonias y jabonaduras más parecen burlas que gasajos de huéspedes”. Interviene la duquesa para reprender a la chusma y que dejen tranquilo a S, que no duda en ponerse a las órdenes de su salvadora. Ella corresponde al servilismo con adulación a él mismo y a su amo: “por norte de la andante caballería; y el otro, por estrella de la escuderil fidelidad”. Asimismo, promete no perderle el ojo a la cuestión de la ínsula.

DQ se retira a sus aposentos, con el relajo del deber cumplido. A S, muy a su pesar, no le queda más remedio que perdonar la siesta de pijama y orinal por dar satisfacción a la señora que sigue con el juego al requerir al escudero. No quiere que se descubra la chanza, las bromas sólo las hacen ellos. Ella sabe cómo tener a S de la mano porque ha leído la primera parte y conoce su ambición.

Cosmo dijo...

Llego con la lectura muy avanzada,pero a mí lo que más me llamó la atención es la crítica solapada,inteligente de don Quijote sobre el eclesiástico.Abrazos

Silvi (reikijai) dijo...

Aqui dejo mi aporte...lo tome de La revista Medica.Besitos.
Cuando el joven don Lorenzo de Miranda le pregunta si “ha cursado las escuelas, ¿qué ciencias ha oído?”, (II – XVIII – 682) responde don Quijote con apasionada descripción de la caballería andante como “una ciencia que encierra en sí todas o las más ciencias del mundo” y afirma que el caballero andante debe ser jurisperito, teólogo, astrólogo, matemático, ha de estar adornado de todas las virtudes teologales y cardinales y “ha de ser médico, y principalmente herbolario, para conocer en mitad de los despoblados y desiertos las yerbas que tienen virtud de sanar las heridas”. La duquesa encarece las cualidades del discurrir quijotesco (II – XXXII – 801) con la frase “cuanto vuestra merced dice va con pie de plomo y, como suele decirse, con la sonda en la mano”, porque el médico al sondear una herida lo debía hacer con gran cuidado y suavidad; tiene sentido similar la respuesta de Sancho a la duquesa, cuando acepta que “ese escrúpulo (el de dar al escudero autoridad para que gobierne a otros, cuando no se sabe gobernar a sí mismo) viene con parto derecho” (II – XXXIII – 808); también el llamar al sol “médico” (II – XLIV – 887) porque en él se personificaba a Apolo, deidad de la medicina en el Olimpo griego.

Mónica dijo...

Hola profe! ¿Cómo comenzó tu año? Espero que bien... perdón por no leer esta vez, pero ando con un poquito de desgano y no sé bien porqué es.

La próxima sin duda. Bsss

Cornelivs dijo...

Magnifico Pedro. Un abrazo...!

marga dijo...

- !Vaya por dios! religiosos, mujeres y niños "totus revolutus". Eso si, sólo por considerarnos débiles. Se supone que esto impide que se enfrenten a nosotros directamente. Seguro que esa teoria libró de alguna que otra paliza a los curas, pero no a las mujeres.
- Dígamos en elogio del cura que por lo menos no entra en la burla generalizada, no sé si por falta de información (no ha leido el libro) o por vergüenza ajena.
- Diferencia entre agravio y afrenta: el agravio parecese referirse a un mal físico recibido mientras que la afrenta que parece que tiene más que ver con la vergüenza o el honor.
- Los encantamientos: nuestra bondadosa amiga la duquesa informa a DQ de que su escudero le ha mentido, afortunadamente hay un modo de explicarlo. Ya no es el encantado, si no D, eso justifica que todos la vean como una campesina.

Merche Pallarés dijo...

Muy interesante este capítulo donde entran tantos argumentos: la diferencia entre agravio y afrenta; el lavado de barbas (¿Sancho tenía barba?); la exaltación de Dulcinea; defensa de Sancho como el mejor de los escuderos..."cuando pienso que se va a despeñar por tonto, sale con unas discreciones que le levantan al cielo."; crítica de los gobernadores..."no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saben leer, y gobiernan como unos gerifaltes..." (¡Cuán actual!); pronto se dan cuenta que están siendo víctimas de burlas "Tomen mi consejo y déjenle porque ni él ni yo sabemos de achaque de burlas...".
Seguiremos con el XXXIII. Besotes sin sorna, M.

Alatriste dijo...

Me llamó la atención el tema de la distinción entre la afrenta y el agravio, pues ya Cervantes lo trató en el capítulo 15 de la primera parte después del apaleamiento de los yangüeses, tal vez para el autor sea importante este asunto.

Y con respecto a lo de Dulcinea y su linaje Cervantes hace una crítica a los Duques en boca de don Quijote pues cuando la Duquesa dice sobre Dulcinea : -"en lo de alteza del linaje no corre parejas con las Orianas, con las Alastrajareas.." don Quijote responde: - "Dulcinea es hija de sus obras...y que en más se ha de estimar y tener un humilde virtuoso que un vicioso levantado..." En definitiva Cervantes afirma que el linaje consiste en virtud frente a los nobles por herencia que pueden ser bajos por sus actos, es decir los propios Duques, y toda esa clase ociosa.

Myr dijo...

Qué lección que nos da Cervantes:

SER uno mismo y mantener el color de sus ideales (en este caso los del Caballero Andante) más allá de cualquier ambición soberbia, adulación servil, hipocresía engañosa o burla desaforada y ruin venga de quien viviere:

"Caballero SOY y Caballero he de morir, si place al Altísimo"

Y, yo soy la que soy... paseando por mi barrio lo recordé.

Myr dijo...

PD: Venga de quien viniere, dice Vale.

Aldabra dijo...

Es muy interesante saber siempre el contexto histórico de la obra y comprobar (que como nos cuentas) algunos de los hechos acontecidos en la novela, sucedieron igual o parecido en la vida real porque así las cosas adquieren otra medida.

A mí como personajes en sí mismos, me han dado un poco de pena, todos riéndose a sus espaldas. El triunfo de los ricos-pícaros sobre los pobres-tontos.

Pero bueno, así son los personajes. Dentro del papel que les ha otorgado Cervantes exprimen al máximo todos los recursos oportunos para salir, a pesar de todo, airosos.

biquiños,

Paco Cuesta dijo...

Como si de un buen profesional del derecho se tratara ejerce D. Quijote de abogado magistral defendiendo sus principios, su amada y sus ideas, ante oponentes que trabajan con ventaja y en su terreno.

Judit Esteban dijo...

Pedro...no sé dónde ha ido a parar tu comentario en mi blog...apenas me ha dado tiempo a verlo...
Un saludo¡¡y gracias por visitarme¡¡

DESPLAZADOS AL PARAISO dijo...

Esta semana voooooy tardeeeee!!! Todavía no me he leído el capítulo.
¡Si es que no tengo arreglo!
Voy volando, digo corriendo, digoooo, bueno, que no me enrollo más y me voy a leer.
Un besote, muackkkks!!!

Asun dijo...

Hola Pedro.
El tema del Quijote es una de mis asignaturas pendientes.

Viendo algunas de las entradas en los blogs de Myr y de Cornelivs, hace un tiempo que me viene llamando la atención. La forma como lo estais haciendo me parece muy interesante.

Lo que me frena un poco a engancharme al carro es que ya vais muy avanzados y tengo dudas de si sería capaz de seguiros. Voy a madurarlo un poco más (aunque no demasiado, el tiempo juega en contra).

Un abrazo

Antonio Aguilera dijo...

CAP. 2.32

Con dificultad, temblando, invadido por el irrefrenable ritmo del Baile de San Vito, se puso don Quijote de pie para dar respuesta a los insultos que le había proferido el clérigo: a él y a la andante y sagrada caballería; que de haberlo escuchado Amadís o cualquier otro histórico y famoso caballero, de buen seguro le hubieran rebaneado el pescuezo a ese grajo negro. De esta forma le habló don Quijote al clérigo: “las armas de los togados son las mesmas que las de la mujer, que son la lengua, entraré con la mía en igual batalla con vuesa merced, de quien se debía esperar antes buenos consejos que infames vituperios”. Añadiendo a continuación el siguiente trabalenguas:” Las reprehensiones santas y bien intencionadas otras circunstancias requieren y otros puntos piden: a lo menos, el haberme reprehendido en público y tan ásperamente ha pasado todos los límites de la buena reprehensión” (Yo había escuchado ese de: “el cielo está entelarañado, quien lo desentelarañará . . ; ahora aprendemos ese de: don Quijote está reprehendido, quien lo desenreprehenderá . . .).

Vemos como don Quijote “reprehende” ahora al eclesiástico y le presenta batalla de igual a igual: blandiendo la lengua de comunicarse con la lengua de besar, comer. . . De esta forma repite de nuevo, nuestro hidalgo favorito al vestido de negro, el discurso completo sobre los principios y fines que rigen la andante caballería; añadiendo que un estudiante lego en la materia caballeresca no debería de meterse “de rondón” donde no le llaman ni en lo que no entiende. Pues Él, caballero es y caballero ha de morir, si place al Altísimo. Porque eligió “la angosta senda de la caballería andante”, y que por angosto, ni su amada Dulcinea tenía queja sobre su comportamiento conyugal (o tal vez sí, por tan prolongado celibato), casto, puro y virgen el Hombre, aún a su edad: “yo soy enamorado, no más de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean; y, siéndolo, no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes”.

Sale Sancho en defensa y aprobación del discurso realizado por su amo en la mejor forma que sabe, tirando de refranes: “júntate a los buenos y serás uno dellos», y soy yo de aquellos «no con quien naces, sino con quien paces», y de los «quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija;”. ¡Y qué vigencia tienen aún en nuestros días estos refranes!!.

El de negro (o “tiznao”) pregunta a Sancho si él es aquel escudero a quien su amo tiene prometida una ínsula; contesta afirmativo el escudero, y, entonces, tirando el Duque de imaginación más que de generosidad, concede a Sancho “el gobierno de una que tengo de nones, de no pequeña calidad”. Don Quijote manda a Sancho arrodillarse ante el Duque y besarle los pies por la merced que le ha hecho: “Hízolo así Sancho; lo cual visto por el eclesiástico, se levantó de la mesa, mohíno además, diciendo: -Por el hábito que tengo, que estoy por decir que es tan sandio Vuestra Excelencia como estos pecadores. ¡Mirad si no han de ser ellos locos, pues los cuerdos canonizan sus locuras! Quédese Vuestra Excelencia con ellos; que, en tanto que estuvieren en casa, me estaré yo en la mía, y me escusaré de reprehender lo que no puedo remediar.Y, sin decir más ni comer más, se fue,"

SIGUE...

Antonio Aguilera dijo...

LLEGA...

“¡Mirad si no han de ser ellos locos, pues los cuerdos canonizan sus locuras!”. Aquí están todos locos y loco acabaré yo como siga con ellos: estos fueron los pensamientos que hicieron al clérigo abandonar la mesa sin tomar segundo plato ni postre. Seguro que el Duque celebró “la levantada” del de luto, pues de otra forma hubiera descubierto los, también oscuros, planes burlescos que para nuestra entrañable pareja tenía reservado el muy bellaco aristócrata.

En levantándose los manteles llegaron cuatro doncellas con diversos artículos de toilette: palangana, aguamanil, jabón, toallas. Se acercaron a don Quijote y le pusieron el recipiente bajo las barbas, echándole agua sobre ellas y dándole jabón. Se las manosearon las barbas bien manoseadas (parece ser que esto era considerado como una gran burla hacia el barbado). No digamos que no le hiciera falta este fregado de barbas, que el resto del cuerpo añoraría, a pesar del chapuzón del Ebro. Pero…, y he aquí, el patético cuadro, resulta que de pronto se acaba el agua y las barbas de don Quijote están aún más que espumosas: si alguien ha visto a un peludo gato de Angora recién salido del baño puede imaginarse al hidalgo: “Mirábanle todos los que presentes estaban, que eran muchos, y como le veían con media vara de cuello, más que medianamente moreno, los ojos cerrados y las barbas llenas de jabón, fue gran maravilla y mucha discreción poder disimular la risa; las doncellas de la burla tenían los ojos bajos, sin osar mirar a sus señores; a ellos les retozaba la cólera y la risa en el cuerpo”. Media vara de cuello ennegrecido por el sol de La Mancha y el sufrimiento de la caballeresca vida, siempre de encantador a burlador.

Para restar sospechas por el lavado de las barbas de don Quijote, el duque ordenó que se las lavasen a él también; lo que visto por Sancho, dijo que si en aquel lugar era costumbre lavar las barbas en vez de las manos al acabar de comer, él no quería ser menos, que “salcochasen” también las suyas. A lo que la duquesa contestó que si era su deseo incluso podían ponerle en colada. Pero esto, por lo que se ve, ya debería ser demasiada higienización para Sancho. Al momento vemos a Sancho corriendo por los pasillos de palacio perseguido por una troupe de sirvientas, pero no huía porque temiera que ellas manosearan sus barbas, sino porque querían lavárselas con el agua sucia de la fregona (o de haber lavado los platos).

Finalizados los referidos lavatorios, la duquesa pidió a don Quijote le “delinease y describiese” a Dulcinea, pero el hidalgo le contestó, con discurso no exento de retórico argumento, que “más estoy para llorarla que para describirla”. Recordemos pocos capítulos atrás, como por culpa de diversos encantadores, don Quijote llegó a pronunciar la vencida exclamación: “Yo no puedo más”. Y ahora, al recordar a Dulcinea convertida en fea labriega, más le pide el cuerpo llorarla que describirla, como queda dicho. Ahora bien, la prístina imagen de su amada la lleva impresa en su alma, tal como recuerda el soneto V de Garcilaso: “Escrito está en mi alma vuestro gesto…” (Nota de F. Rico). Hermosa y cierta frase pronuncia don Quijote como colofón a las virtudes de su amada: “Dulcinea es hija de sus obras, y que las virtudes adoban la sangre, y que en más se ha de estimar y tener un humilde virtuoso que un vicioso levantado”

Finaliza este luengo y enjundioso capítulo con el cese de la plática de sobremesa, “don Quijote se fue a reposar la siesta, y la duquesa pidió a sancho que, si no tenía mucha gana de dormir, viniese a pasar la tarde con ella y sus doncellas”. Con fastidio aceptó Sancho la invitación de la duquesa, porque la cosa no está para perdonar cuatro o cinco horas de siesta, que son las que él acostumbraba a dormir en las épocas estivales. Se iría pues a una estancia fresquita con aquella pandilla de féminas: ¡anda que si viera su Teresa Panza el éxito que tiene con las chicas!!!

Abejita de la Vega dijo...

Don Quijote tiembla de pies a cabeza y se le traba la lengua. Ha de dar la réplica a su grave y eclesiástico reprehensor, con todos los respetos, los pasados y los presentes, a la sacratísima institución que representa. Y con todos los acatamientos hacia el lugar en que se halla, un palacio propiedad de la más alta nobleza. Ante estos dos estamentos, no nos extrañe la tiritona y la lengua impedida.

Los “togados”, al igual que las mujeres, no empuñan más arma que la lengua. Con ella entrará don Quijote en batalla, en justa reciprocidad. No es un arma tan inofensiva, puede ser de doble filo…

El primer disparo: “de un religioso antes se esperan buenos consejos que infames vituperios”. A continuación le recuerda, es de suponer que no lo ignora, que las reprehensiones “santas y bien intencionadas” han de realizarse en privado y teniendo conocimiento del “pecado” por el que se reprehende, asentándose mejor sobre blandura que aspereza. Ninguna de estos tres “puntos” fueron cumplidos por el severo religioso que le llamó públicamente, “sin más ni más”, mentecato y tonto.

Tres circunstancias, por cierto, que debieran tenerlas en cuenta todos los educadores que , en este mundo, son y serán. Nunca en público , con conocimiento de la falta y mejor sobre blandura que aspereza. ¿Figuran estas palabras de don Quijote en algún cursillo, curso, cursazo , mastercillo, máster o masterazo de esos que capacitan pedagógicamente a profesores? Debieran …aunque parezcan obvias.

Don Quijote quiere saber por cuál de sus “mentecaterías” se le vitupera, mandándole a su casa a gobernar casa, mujer e hijos. ¿Mujer e hijos? ¿Por qué no pregunta primero si los tiene o los deja de tener?

Nuestro caballero no puede sufrir a este "togado" que se mete, sin consideración alguna, como quien tiene el derecho, en las vidas ajenas. Y se atreve a dar leyes a los caballeros andantes, él, el que no ha andado más allá de treinta leguas.

¿Y le parece mal buscar las asperezas del mundo para ganarse un asiento en la inmortalidad? Es lo que predican sus colegas en los púlpitos.

Tonto, le ha llamado tonto. Sería una afrenta que le tuvieran por sandio “los caballeros, los magníficos, los generosos, los altamente nacidos”. Escuche bien el de la sotana: ni magnifico, ni generoso ni altamente nacido. ¿En qué categoría lo incluye? En la de los estudiantes, esos “criados en estrecho pupilaje” que jamás han pisado las sendas de la caballería. No le concede don Quijote una categoría superior a la de bisoño estudiantillo. Y eso, a pesar de que el grave eclesiástico debe tener una grave edad…

Apunte, apunte el severo religioso. “Ambición soberbia”, “adulación servil”, “hipocresía engañosa”...esos caminos siguen algunos. ¿Todos? No, menos mal, algunos van “por el de la verdadera religión”.

Mas don Quijote, inclinado de su estrella, va “por la angosta senda de la caballería andante”, acrecentando su honra y no su hacienda. Agravios, tuertos, insolencias, gigantes, vestiglos…con todo eso ha cumplido.

Y enamorado porque “es forzoso que los caballeros andantes lo sean”. ¡Ay Dulcinea! Ahora resulta que se enamora de ti porque de alguien se tenía que enamorar, que era obligatorio. Y frío como un pez, nada de vicio…Platónico y continente. Menos mal, tobosina, que no existes porque un enamorado así…

Y nuestro caballero andante concluye la réplica. Sus intenciones siempre han sido” hacer bien a todos y mal a ninguno”. El que obra así no merece ser llamado bobo. De todas maneras, si fuera así, díganlo los excelentes duque y duquesa. Como son tan excelentes pueden decir incluso que la noche es día.
(Continúa)

Abejita de la Vega dijo...

Sancho aplaude, con un ¡Bien, por Dios!, las palabras de su señor. Le pide que no insista más, que si el reprehensor niega que haya caballeros andantes…qué va a saber.

Y, entonces, repara el estirado eclesiástico en la presencia del escudero. Le pregunta si es el tal Sancho Panza, al que su amo tiene prometida una ínsula. Él, siguiendo sus refranes, se arrima a un buen señor y será como él. Y junto a él, no le faltarán ínsulas que gobernar.

El duque ve llegado el momento de seguir con la broma y, ¡faltaría más!, le ordena el gobierno de una ínsula que le sobra por ahí, una de las buenas...

Don Quijote le ordena hincarse de rodillas y besar los pies al duque, por la merced concedida. Sancho lo hace así y el grave eclesiástico no puede más, se levante mohíno de la mesa. Está por decir, pero no lo dice, que es tan sandio “Vuestra Excelencia” como los dos “pecadores”, amo y señor. Y amonesta a la pareja ducal por canonizar las locuras de los locos, siendo ellos cuerdos. Ya no come más y se va a su casa, así no tendrá que reprehender en vano. No consiguen detenerle los ruegos. Pocos ruegos los del duque, puesto que la risa se lo impedía.

(Continúa)

BIPOLAR dijo...

Pues yo sigo apoyando la actitud del clérigo en este punto. Tuvo el coraje del niño que abrió los ojos cuando gritó en alto que el emperador iba desnudo.

Pensé que el clérigo introducía el tema de la ínsula y no deja de asombrarme cómo los personajes más variopintos son nexos de las situaciones más pintorescas. Qué facilidad para empalmar. Cervantes fue un gran fontanero.

Lo del suceso real es muy curioso y de muy mal gusto. Supongo que se romperían las relaciones diplomáticas.

Este capítulo me ha parecido pesado en su escritura. El primer párrafo de respuesta de DQ al clérigo me lo he tenido que leer varias veces hasta poder sortearlo.

Abejita de la Vega dijo...

El duque acaba ya su larga risa y se dirige al de los Leones, ya ha aprendido su nuevo apelativo, para dar por cerrada la confrontación con el eclesiástico. Su respuesta ha sido “altísima” y completa, para un agravio sólo aparente que, al igual que las mujeres, no agravian los eclesiásticos. ¡Otra vez con lo mismo!

Y don Quijote responde que así es: mujeres, niños y eclesiásticos no pueden defenderse, aunque sean ofendidos, por lo tanto no pueden ser afrentados. Parece ser que, entre el agravio y la afrenta, hay una diferencia que nos ha de explicar con sesudos y bien traídos ejemplos. A estas alturas, el lector se pregunta cuándo dejará, nuestro querido hidalgo, el asunto éste de las afrentas. Menos mal que no se siente agraviado en su persona “porque quien no puede recebir afrenta, menos la puede dar”. Eso sí, quisiera haberle podido sacado del error garrafal en que se encuentra, pensando que no han existido ni existen los caballeros andantes. Mal lo hubiera pasado el sermoneador si se entera Amadís u otro de su linaje.

El escudero confirma lo que dice su señor, especificando lo que hubiera hecho un Amadís o similar: rajarle como a una granada o melón. Buenos son esos para aguantar “semejantes cosquillas”. Y si lo oye Reinaldos de Montalbán, la que se arma. Pero Sancho… ¿cómo sabes tanto de libros de caballerías? ¿No eras labriego, analfabeto y con poca sal en la mollera? También es verdad que has hecho un curso intensivo, al lado de tu señor.

La duquesa “perece” de la risa y su favorito es el escudero, al que tiene por más gracioso y más loco que su señor. Su parecer es compartido por “muchos”… ¿Quiénes son esos “muchos”?

Al fin de la comida, el de los Leones se sosiega. Ya no ruge, digo ya no tiembla ni se le enreda la lengua. Cuatro doncellas llevan lo necesario para lavar las manos. La fuente y el aguamanil es de plata, las toallas son blanquísimas y riquísimas, el jabón redondo y napolitano. La de la fuente, muy desenvuelta ella, la encaja debajo de la barba de don Quijote y éste, un hidalgo de aldea al fin y al cabo, supone que será usanza de la tierra el lavar las barbas, en vez de las manos. Tiende la suya todo lo que puede, llueve del aguamanil y la doncella del jabón le manosea las barbas. Se las enjabona con rapidez, formando mucha espuma. No sólo las barbas, enjabona también la cara y los ojos. Tanto jabón le entra en éstos que le obligan a cerrarlos.

Los duques esperan en qué ha de pagar el extraño lavatorio, no saben nada de ello. La “doncella barbera” finge que se le ha acabado el agua y manda por ella. Deja a don Quijote cegado por el jabón.

Abejita de la Vega dijo...

Los presentes disimulan, con gran esfuerzo, la risa. Las doncellas de la burla tenían los ojos bajos, no se atreven a mirar a sus señores. La cólera y la risa libran una batalla en el cuerpo de estos odiosos duques. No saben si castigar el atrevimiento de las muchachas o premiarlas, por haberles hecho reír tantísimo.

Por fin, la del aguamanil aparece con el agua y aclara las barbas y la cara a don Quijote, devolviéndole el sentido de la vista. Le limpian y le secan despacio, muy despacio; que así es más divertido. No acaba ahí la burla, falta una grande y profunda reverencia para retirarse.

Pero el duque no quiere que el enjabonado caiga en la burla, llama a la de la fuente y le ordena que también a él le lave las barbas; pero que no se le acabe el agua.

Así lo hace la “aguda y diligente” doncella. Lava, enjabona la ducal barba y se retira con reverencias. El duque hubiera castigado “su desenvoltura”, menudo era el duque…
(Continúa)

Abejita de la Vega dijo...

Sancho mira atónito los lavatorios y piensa, como su señor, que será usanza de la tierra. En Dios y en su ánima que lo ha de menester, una buena jabonadura y si se las rapasen, miel sobre hojuelas. Pero, al muy pardillo, se le ocurre decir, en voz alta, que pasar por un lavatorio así “antes es gusto que trabajo”.

La duquesa, qué más quiere. Está dispuesta a ordenar que lo laven y que le metan en colada. Sancho, de momento, se contenta con las barbas, más adelante…

El maestresala se lleva a Sancho, quedándose en la mesa los duques y don Quijote, hablando de diversas cosas. Es el momento de tirar de la lengua al caballero respecto a su Dulcinea…

Están con su coloquio en torno a la del Toboso cuando se oyen voces y ruido. Entra Sancho asustado, con un trapo sucio, a manera de babero. Tras él, una comparsa de pícaros de cocina y gente menuda. Uno trae una artesa pequeña llena de agua de fregar, grasienta y maloliente. Persigue al escudero y pretende encajarle la batea debajo de la barba. Otro se la quiere lavar.

La duquesa pregunta con sorna qué quieren con ese buen hombre, si no consideran “que está electo gobernador”. El pícaro barbero contesta que no quiere dejarse lavar como lo hizo el señor duque y el señor su amo.

Sancho, colérico, contesta que querría sí, pero con toallas limpias, lejía clara y manos menos sucias. Que tanta diferencia no hay de él a su amo, que a él le laven con “agua de ángeles” y a él con “lejía de diablos”. Él tiene las barbas limpias y está dispuesto a dar un puñetazo a quien le toque un pelo. Menudos agasajos los de este palacio…

La duquesa no puede más de risa de oír a Sancho; pero don Quijote viendo tan mal aliñado a su criado, sale en su defensa. Hace una profunda reverencia a los duques y, con voz reposada, pide a la comparsa del sucio lavatorio que le dejen y se vuelvan, que su escudero limpio es. Y “ni él ni yo sabemos de achaques de burlas”.


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Abejita de la Vega dijo...

Sancho manifiesta que no aguantan más burlas, que traigan un peine y le almohacen la barba y que le trasquilen, si sacan alguna cosa…Debe referirse a aquellos bichillos que emigraban al llegar al ecuador. ¿Os acordáis de lo que se extrajo del muslo, a orillas del Ebro?

La duquesa, riéndose, le da la razón y “reprende” a los de la artesa guarra, “ministros de la limpieza”. Han sido descuidados, en vez de traer fuentes y aguamaniles de oro puro con toallas alemanas, han usado artesas, dornajos…Les dice que son malos y mal nacidos, son unos malandrines que no saben disimular la ojeriza que tienen a los escuderos de los caballeros andantes.

Los apicarados y el maestresala creen que la señora habla de veras y se retiran, confusos y avergonzados.

Sancho se arrodilla, agradecido, ante la duquesa. La gran merced que la gran señora le ha hecho no podría pagarse sino con desear verse armado ¡caballero andante! Así podría dedicarse a servir a tan gran señora. Quijotizado del todo está nuestro escudero. Aunque, a continuación, descienda a la realidad y declara ser labrador, casado, con hijos y escudero. Mande la señora lo que quiera, que él tardará menos en obedecer que ella en mandar.

Un abrazo de María Ángeles Merino Moya

Asun dijo...

Veo mi comentario anterior, de hace menos de dos meses y no me lo puedo creer. Dudaba entonces de entrar en esta locura y de poder seguiros, y hoy estoy aquí siguiéndoos de cerca.

Besos