
La creación del personaje de Sansón Carrasco es uno de los grandes hallazgos de la Segunda parte.
Este personaje, magníficamente caracterizado desde antes de aparecer, tendrá una función significativamente relevante en el resto de la novela, puesto que sumará sus esfuerzos a los del cura y el barbero para hacer volver a don Quijote tras su nueva salida. Y lo hará con la misma estrategia que ellos adoptaron en la Primera: participar de la ficción del hidalgo para hacerlo regresar a la aldea desde dentro del mundo caballeresco.
Pero eso está fuera del capítulo de esta semana. Éste, con el anterior y el siguiente, pertenece a un segmento narrativo en el que el relato da un salto cualitativo de enorme trascendencia para la historia de la novela moderna. En él, el propio relato se hace parte sustancial de la escritura. En el capítulo de la semana pasada lo vimos cuando Sancho daba cuenta de la fama popular en la aldea. Ahora Sansón Carrasco viene a dar cuenta de una sorprendente noticia: en el mes trascurrido entre el regreso de don Quijote y su recuperación, se ha escrito y publicado un libro que cuenta sus hazañas. Este volumen ha tenido un enorme éxito, corre de mano en mano, se ha reimpreso en varios lugares y se ha traducido a varios idiomas, hasta el punto de que Sansón Carrasco puede afirmar que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzga.
Para dar lugar a la entrada verosímil del bachiller, usa de un recurso escénico del momento: el monólogo de don Quijote, inquieto por lo que haya podido contar de él el autor de la narración, la imposibilidad de que todo se haya podido dar en tan breve tiempo puesto que aún no estaba enjuta en la cuchilla de su espada la sangre de los enemigos que había muerto (con esta exageración ya nos propone Cervantes una mirada irónica a la inverosimilitud del tratamiento temporal puesto que no hemos de olvidar que la narración se plantea como parodia de los relatos caballerescos), sus dudas sobre la veracidad de lo relatado al ser moro el autor y, en especial, la forma de tratar sus amores con Dulcinea.
Uno de los problemas que ha tenido la crítica a la hora de comprender con exactitud las palabras del bachiller se debe a la caracterización de este personaje. Se ha debatido en exceso sobre lo que afirma en este capítulo -en especial sobre la existencia de algunas ediciones citadas de las que no hay ninguna constancia, pero también sobre el resto de sus afirmaciones-, sin tener en consideración que Sansón Carrasco es un bachiller de Salamanca, recién llegado de la Universidad a sus 24 años y que no demuestra tomarse la vida demasiado en serio.
Cervantes construye este personaje sobre el tópico literario del estudiante y lo hace desde la descripción física y moral. No es, por lo tanto, ni un modelo de comportamiento ni aplicación de los conocimientos adquiridos en sus estudios para mejorar la sociedad en la que vive. Más adelante lo veremos picado en su orgullo. Aquí, desde el inicio, plantea pasar un día divertido en casa del loco famoso de su aldea y no para de argumentar para jugar tanto con el hidalgo como con Sancho Panza. De ahí que a Don Quijote le salude por este nombre desde su inicio y no pare de reforzarle su fantasía: es un motivo más para impulsarlo a una nueva salida.
Además, Cervantes lo utiliza como un elemento externo a la narración de la Primera parte y, por lo tanto, apropiado tanto para repasar las principales aventuras como para cuestionar aspectos que él sólo puede conocer por la lectura de la novela:
-No se le quedó nada -respondió Sansón- al sabio en el tintero: todo lo dice y todo lo apunta, hasta lo de las cabriolas que el buen Sancho hizo en la manta.
Como ha asistido al éxito del libro, puede aportar datos a la curiosidad de sus interlocutores desde la popularidad del libro hasta el cuestionamiento de algunos aspectos de la narración: el exceso de golpes recibidos por don Quijote, la fragilidad de la motivación de Sancho Panza para seguir a su amo (la promesa de una ínsula) y la incorporación de una novela completamente ajena a la narración (El curioso impertinente).
A todo ello dan respuesta en el diálogo, pero hemos de observar cómo estas críticas son participadas por el propio Cervantes, que cuida mucho de no volver a caer en estos elementos cuestionados en su época (los golpes recibidos se reducen notablemente, el gobierno de la ínsula se hará realidad y de él se extraerá toda una lección moral y desaparecerán los relatos insertados a la manera de El Curioso impertinente).
Sin duda, Cervantes meditó mucho sobre estos aspectos, comprendiendo que representaban elementos frágiles de la novela. Su sagacidad hizo que convirtiera la polémica en materia narrativa y que, en el caso concreto de la introducción de la novelita, la recusara explícitamente a través del hidalgo como algo no propio de la materia novelada (ahora bien, recordemos que don Quijote estaba dormido cuando se leyó y, por lo tanto, para él esa parte de la historia no existió, con lo que Cervantes, para salir de la polémica, realiza un juego teórico excelente y novedoso).
Pero también, el bachiller, como lector del libro, sabe cosas que se calla para no estropear la diversión, como que don Quijote no es, en realidad, un caballero andante, que Sancho no entregó la carta, que el cura y el barbero trajeron a su vecino engañado, etc. No es -no lo olvidemos- un moralista, sino un estudiantón que se divierte.
Gracias a esta función del personaje, Cervantes puede abordar algunos de los defectos que contenía la primera edición y, en especial, dos: el hurto del rucio de Sancho y el destino de los cien escudos hallados en la sierra.
Como el capítulo se alarga, Cervantes recurre al desfallecimiento físico de Sancho, que necesita comer y beber para poder continuar la narración. Y Sansón Carrasco también, que no se hace de rogar para quedarse a comer y echar la siesta en casa del hidalgo.
Veremos qué pasa después de la siesta el próximo jueves, al comentar
el capítulo IV.