jueves, 31 de julio de 2008

El relato de la historia de Grisóstomo y Marcela (Cap. 1.12).


De la mano de los pastores, don Quijote y, con él, nosotros los lectores, saltamos un nivel en esta intersección entre la literatura pastoril y la caballeresca. Un mozo, que abastece de provisiones a los cabreros, da la noticia de que ha muerto Grisóstomo, pastor estudiante, de amores por la endiablada Marcela, la hija de Guillermo el rico, aquélla que se anda en hábito de pastora por esos andurriales, y ha dejado su voluntad de ser enterrado en extrañas condiciones para un cristiano:

mandó en su testamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro, y que sea al pie de la peña donde está la fuente del alcornoque; porque, según es fama, y él dicen que lo dijo, aquel lugar es adonde él la vio la vez primera. Y también mandó otras cosas, tales, que los abades del pueblo dicen que no se han de cumplir, ni es bien que se cumplan, porque parecen de gentiles

Pese a todo, un amigo del difunto, Ambrosio, el estudiante, que también se vistió de pastor con él, ha conseguido hacer valer la voluntad del muerto, por lo que se ha despertado gran expectación ante el entierro, que nadie quiere perderse.

No hay mejor forma de introducirnos en la historia de estos dos jóvenes: todo está en germen aquí -el carácter de Grisóstomo y Marcela, su condición de pastores fingidos, la fama de la historia, el apunte de las extrañas condiciones de la muerte del joven, etc.-. Con la noticia que trae el mozo y sus pocas palabras, se despierta un gran interés por conocer los pormenores. Por eso, don Quijote, que tiene la misma información que nosotros, hace de portavoz nuestro y pide a Pedro que explique el asunto. Es frecuente en el Quijote que los personajes principales entren en una historia junto al lector, con la misma información de la que éste dispone y sirviendo como voces autorizadas suyas. Es una sabia técnica para estimular la recepción de la historia.

El resto del capítulo consiste en el relato de Pedro, interrumpido por don Quijote para rectificar las expresiones rústicas del pastor. Con ello no sólo se marca la diferencia entre la forma de hablar de ambos y sus respectivas clases sociales, como ha insistido la crítica con acierto, sino que Cervantes da un paso más: trastorna el relato tradicional de las historias de amor de las novelas pastoriles. El relato de Pedro es -a pesar de las incorrecciones-, escrupulosamente cumplidor con las normas de la retórica clásica y da toda la información para comprender el carácter de Grisóstomo y Marcela y los pormenores de su historia. Las interrupciones de don Quijote para corregirle, vulneran la recepción tradicional -en silenciosa atención- para aproximarlo a la realidad a través de las diferencias lingüísticas. Además, anticipan algunas circunstancias de los próximos diálogos entre don Quijote y Sancho.

La historia de los amores de Grisóstomo por Marcela son, también, una parodia de la novela pastoril: aquí vemos el truco, se nos muestra, como ya hizo en la construcción del personaje de don Quijote. Desde el primer momento se nos informa de que no estamos ante verdaderos pastores y, ni siquiera, ante pastores idílicos propios de esta literatura. Son jóvenes del lugar, cada uno con su historia previa -magníficamente construida: el estudiante de Salamanca que se enamora y se trasforma en personaje literario hasta las últimas consecuencias sin darse cuenta de que la vida tiene unas normas diferentes al arte (junto a él se nos habla de varios jóvenes más que hacen lo mismo); la joven hermosa y rica que decide ser libre y no casarse y vivir la vida según sus principios-, que, en determinado momento, dejan todo para vestirse de pastores y vivir como tales, en una mezcla singular entre las condiciones del pastor literario y el real. Como sabremos a lo largo de las páginas de esta historia y en la Segunda parte, no serán los únicos. Quizá Cervantes reflejara un juego de moda en el que los jóvenes adoptaban el rol de los personajes de ficción que leían en las novelas, pero eso también tendría su miga.

Esta historia, por ahora relatada, nos trae de nuevo la conciencia literaria que rige la escritura cervantina: una parodia de una modalidad idealizada dentro de una parodia de otra modalidad idealizada pero mostrando, en todo momento, el truco para que el lector sea consciente del recurso literario y lo sitúe, en fructífera confrontación, junto al plano del realismo.
De paso, nos sitúa ante una sociedad que huye de la vida real para querer vivir la fantasía artística, quizá más amable: un viejo hidalgo que sale al mundo a defender a los necesitados como si fuera un caballero andante; un labriego que lo acompaña como escudero ante unas promesas tan exageradas que sólo pueden creerse por una mezcla de simplicidad y necesidad de abandonar una vida sin alicientes; un joven hidalgo, estudiante de la Universidad de Salamanca, que sólo ve como salida a la expresión de sus afectos la imitación de la literatura de pastores y un final trágico; una joven que, para vivir en libertad, hace lo mismo, con la idea de que sólo en esa voluntaria fantasía podrá encontrarla.

Qué sabio Cervantes.
Seguimos esta historia, el próximo jueves, con el comentario del capítulo XIII.

domingo, 27 de julio de 2008

sábado, 26 de julio de 2008

El verano y el Quijote y noticias de nuestra lectura.


El tiempo de la narración del Quijote (de las dos partes) trascurre en un verano. Aunque hay ciertas licencias con la coherencia temporal, Cervantes nos lleva de la mano por la geografía española, desde La Mancha hasta Barcelona (y vuelta) en esos meses. El final de la obra será también el final de ese verano (casi como símbolo de la aventura). De hecho, el ocio de la corte de los Duques de la Segunda parte se justifica por esas vacaciones estivales. También las referencias al calor que encontraremos o a otras circunstancias y aventuras. Tengo un amigo, experto en Historia Moderna, que siempre me ha hecho ver ésta circunstancia con las actividades laborales presentes en el Quijote -o ausentes, mejor dicho-, además de ciertas características de la sociedad española del momento.

Por lo tanto, estas semanas son las más adecuadas para comprender algunas de las referencias y situar a don Quijote, cargado con su anacrónica armadura, bajo el sol duro de La Mancha. Aunque el paisaje no era exactamente el actual (había más arbolado que hoy, a pesar de las talas debidas a las aventuras marítimas españolas como la Armada invencible y la inquina que siempre ha tenido el español a todo lo que se parezca a un árbol) y el clima era más suave (se sabe que la llamada Pequeña Edad de Hielo, que duró desde el siglo XIV al XIX, hizo descender las temperaturas medias en verano, aunque no tanto como sugiere el nombre de esa época climática, más notable en sus efectos en invierno), el calor debía notarse por esos caminos.

Así que os animo a llevaros el Quijote en la maleta a los que os vayáis de vacaciones estos días. Y, a los que no, pues un momento fresquito diario para leer nuestro capítulo semanal.

A los que os habéis incorporado recientemente, os recuerdo que hacemos una lectura colectiva y virtual con el comentario semanal de un capítulo del Quijote. Como en La Acequia quedan publicados estos comentarios, siempre podréis incorporaros desde el principio y consultarlos, comentarlos y hacer vuestras aportaciones en vuestros propios blogs -mandándome un correo para que pueda dar cuenta a todos de ello y enlazando vuestras entradas con La Acequia, para poder localizarlas mejor- o enviándome el material para que sea yo quien lo publique. Como sólo llevamos once capítulos más el Prólogo, no creo que sea difícil alcanzarnos.

Dentro de unos días publicaré en mi otro espacio un índice de esta lectura para facilitar mejor la consulta.

Noticias de nuestro Quijote

Mi amigo Francisco O. Campillo, el autor de ese excelente y necesario blog, Caminando en el desierto, parte de nuestra lectura y sus recuerdos personales para realizar una oportuna meditación sobre la estancia de Cervantes en Argel y su anterior participación como soldado en los tercios españoles. Falta poco para llegar al episodio del cautivo, pero os recomiendo vivamente la lectura de su entrada El prisionero de Argel.

Euphorbia titula su entrada La panacea porque salta del bálsamo de Fierabrás a un hongo y de ahí a una divertida anécdota personal. No desvelo más, para que tengáis que ir a su texto para saberlo todo. Eso sí: id todos menos su amiga de los años 80.

Juan Luis titula su entrada con el comentario del capítulo VIII Porque estaba allí. En ella encontraréis un enfoque peculiar de la aventura de los molinos de viento que se unen a la conquista del Everest: deberíamos ver más las cosas con la perspectiva de nuestros sueños y nuestra voluntad.
Juan Luis también ha publicado su comentario al capítulo IX, con el título de Traspapelado. Se hace una pregunta muy inteligente a partir del recurso cervantino del manuscrito encontrado: ¿qué sentiría el lector que se aproximara por primera vez al Quijote sin saber nada de él? Tiene razón: todos hemos leído el libro conociendo demasiadas cosas de su historia. Cierra su entrada con una divertida lista de orejas cortadas en la Historia.

Javier García Riobó sigue asombrándome. Como sabéis, se comprometió a hacer un comentario ilustrado del Quijote que nos acompañara en nuestra lectura. Para los que no lo sepáis, os comento que las imágenes se toman en los escaparates comerciales: de ahí gran parte de esa dificultad, de la que sale con tanta excelencia. Podéis comprobarlo en su entrada sobre el capítulo XI.

Manuel titula su entrada de esta semana El Quijote y la música. La dedica, con motivo de la canción del cabrero Antonio, a la inspiración que han encontrado en la obra muchos cantantes. Me han llamado la atención el rap y y la balada protesta, que no conocía. Ilustra la entrada su hija Inés, con un divertido dibujo de don Quijote tocando la batería, con unas gafas de sol muy apropiadas.

jueves, 24 de julio de 2008

Un caballero andante entre pastores o el desnivel paródico como excelencia narrativa (1.11).


En este capítulo, da comienzo una aventura de don Quijote diferente a las anteriores: ahora no se trata de que lo veamos hacer extravagancias al querer vivir como caballero andante novelesco en el mundo real. Cervantes introduce a su caballero paródico en otro de los mundos narrativos más populares desde el siglo XV: el pastoril. Esta modalidad, que había abordado en su primera novela, La Galatea (1585), ejerce en Cervantes una atracción permanente puesto que tuvo intención siempre de hacer la segunda parte de aquella novela primeriza, lo abordó en La gitanilla desde una perspectiva original y será una constante de El Quijote desde este capítulo hasta el final de la novela, como veremos. En todas las ocasiones mencionadas, Cervantes toma la modalidad para llevarla más allá de sus límites, convertirla en algo nuevo y jugar con sus intersecciones con otras modalidades narrativas y con la realidad.

En esta ocasión, veremos cómo los protagonistas se encuentran, sucesivamente, con dos tipos de pastores: los cabreros de este capítulo y los pastores fingidos de los siguientes. Así resultará una narración entreverada en la que están presentes varias modalidades sin que ninguna sea, propiamente, ortodoxa según los cánones que las definían hasta ese momento. Además, se sitúan en el mismo plano personajes y sucesos de diferentes orígenes literarios consiguiendo que funcione la mixtura enseñándonos el truco artístico que no se esconde, sino que se pone en primer plano, como gustaba en esas décadas iniciales del siglo XVII: hacerlo tan evidente quizá sea la mejor forma de ocultarlo a los lectores que se dejan atrapar por la trama.

Ya hemos dicho en entradas anteriores que, en gran medida, la Primera parte del Quijote es un muestrario de las fórmulas narrativas del siglo XVI sometidas a un tratamiento paródico que las modifica para hacerlas más apropiadas a la novela nacida tras el Lazarillo, sobre todo con su sometimiento al realismo (o quizá mejor, con un juego de espejos con él).

Veamos: un caballero que no lo es, pero que vive en un mundo construido a la manera del real como si fuera un héroe de los que ha leído en las páginas de sus libros -con tal evidente desnivel entre lo que dice ser y lo que es que a todos les resulta evidente su locura-, acompañado de un escudero que tampoco lo es y que no ve el mundo con los ojos de su amo pero le gustaría porque eso supondría su medro personal, se encuentran en un ambiente pastoril que a los lectores podría recordarles la literatura de pastores -idealizada, estática, premoderna y, por lo tanto, contraria al realismo- en el que viven cabreros cuya caracterización parte del realismo para ir adelgazando su condición hasta dejarles en un ambiente muy cargado de literatura en las siguientes páginas.

No vayamos tan lejos por ahora. Quedémonos entre estas cabañas a las que llegan don Quijote y Sancho y que están habitadas por cabreros que no saben nada de caballeros andantes literarios. Ambos son acogidos por los pastores, que comparten con ellos su cena.

Hay un momento muy significativo: don Quijote quiere tener un gesto con Sancho y le invita a sentarse con él. Como Sancho rehúsa, puesto que se encuentra más a gusto a solas, don Quijote le fuerza a hacerlo. Este gesto anula la cortesía del hidalgo y hace ver la diferencia social entre ambos que quería aminorar don Quijote.

Tras la cena, ante las bellotas avellanadas que se ofrecen de postre, Don Quijote pronuncia su famoso discurso sobre la Edad dorada, que tantas páginas de interpretación ha hecho correr. En principio, el discurso está construido de una forma perfecta y pretende demostrar la necesidad del oficio del caballero andante en un mundo tan alejado de aquella edad y que está dominado por las desigualdades, la violencia -sobre todo contra las doncellas- y un sentido equivocado de la propiedad privada. No es que Cervantes plantee una utopía socialista, como algunos han querido leer: parte de un tópico literario muy antiguo, presente en los mismos genes de la novela de caballerías. El caballero andante es el encargado de intentar corregir los desórdenes e injusticias provocados por la degradación del trascurso de los tiempos. Como éste caballero andante que se sienta con los cabreros no parece ser el más apropiado para hacerlo, todo el discurso queda negado pero no así la evidencia de que no hay nadie que ayude a los necesitados del mundo moderno. Necesitados que no existían en el principio de los tiempos.

Dije que, en principio, el discurso es perfecto. Pero no lo es: falla en un elemento esencial de toda palabra pública puesto que no se ajusta a sus receptores. Ninguno de los que le oyen está capacitado para comprenderlo. Es, por lo tanto, estéril y se convierte en un mero ejercicio retórico en el que don Quijote manifiesta su confusión ante los planos real y fantástico. Es un adorno literario de un personaje que no comprende lo que tiene a su alrededor.

Tanto el discurso como la cena y las referencias bíblicas que se dejan caer en varias ocasiones del capítulo, han tenido muchas interpretaciones. Incluso hubo una corriente esotérica que creía ver la escena como una referencia velada a la última cena de Jesucristo en el Monte de los Olivos. No hay que dudar de cierto interés de Cervantes en el uso de frases y motivos bíblicos, pero no pienso que haya llegar tan lejos como para ver a un nuevo Cristo en don Quijote: posiblemente pretendiera un cierto juego con algunos valores teológicos de las corrientes contrarreformistas dominantes en España. Así, el mito de la Edad dorada (que, en un contexto con referencias bíblicas choca puesto que no puede encajar con el principio del pecado original, lo que nos llevaría, de nuevo, a ciertas corrientes de pensamiento heterodoxas del siglo XVI), en el que se insertaban estas alusiones a pasajes de la Biblia queda rebajado por no real: don Quijote que, no olvidemos, ha forzado a Sancho a sentarse y compartir lo que él no quería compartir, dignifica algo que sus oyentes ni entienden ni buscan con una argumentación, cuanto menos, cuestionable y que procede de un tipo de literatura que, con esta novela, queda superada (el mismo narrador califica el discurso de escusable e inútil). Esta escena aun dará que hablar, y mucho, a los que la lean en el futuro porque, en buena parte, hemos perdido el contexto de alusiones a debates ideológicos del momento de su redacción.

Tras la rústica cena, regalan a don Quijote con el canto de Antonio, un joven cabrero, compuesto por un tío suyo y en el que, a imitación de la literatura folclórica de corte más vulgar, expresa el amor de un zagal en un tono más que coloquial. En realidad, el canto entronca en una doble tradición: por una parte la de la poesía oral de expresión popular de amores que no deja de lado el humor, incluso zafio; por otra -y es la que trae aquí Cervantes, sobre todo-, la corriente de poesía culta que imita la primera y que tiene un gran cultivo en la literatura española desde la Edad Media hasta nuestros días. Tendríamos, por lo tanto, la imitación de un canto rústico de pastores en una parodia de la literatura pastoril. Como vemos, nuestro autor no se conforma sólo con una de las posibilidades, sino que construye todo un juego de niveles interrelacionados.

Termina el capítulo con dos elementos que nos devuelven al sentido de la realidad: Sancho, que ha estado comiendo y bebiendo todo lo que ha podido, reclama descanso para los cabreros -y para él- porque no son pastores literarios sino reales, que se pasan el día trabajando y necesitan dormir y no pueden andar, como en las novelas, cantando penas sin más; finalmente, a don Quijote, se le realiza una cura de la oreja con remedios caseros: romero, saliva y sal.

Repasemos: una parodia de la literatura pastoril a partir de la introducción del realismo de los cabreros dentro de una parodia de la novela de caballerías. De aquélla proceden los recursos técnicos con los que se juega: estatismo de la acción, discurso e introducción de canto. De ésta, el elogio de la función de los caballeros andantes en una edad que dista tanto de la dorada. De su tratamiento con las dosis de realismo: la comida rústica y las referencias al vino bebido; el que los cabreros, como tales, no puedan entender a don Quijote, necesiten dormir y sepan remedios tradicionales de cura tan alejados del fantasioso bálsamo de Fierabrás. Y, por el camino, las referencias bíblicas, la imitación de la retórica del discurso, la incorporación de la canción popular.

Todo ello, sin violentar la acción, con un encaje de naturalidad asombrosa y como anticipo de la siguiente vuelta de tuerca a la literatura pastoril. Lo veremos en el comentario del capítulo XII, el jueves de la semana próxima.

lunes, 21 de julio de 2008

Cuore


Cuando el corazón se nos hace puerta de atrás y busca los márgenes del deseo, construye su propia destrucción. O recoge las hilachas de su supervivencia.

sábado, 19 de julio de 2008

La violencia en el Quijote y noticias de nuestra lectura.

Varios de los comentaristas de La Acequia me han manifestado su sorpresa por la violencia que se refleja en el Quijote. No es sólo en estos primeros capítulos: su presencia es continua, aunque no siempre con el mismo nivel de intensidad ni la misma intención de uso. En especial, se modifica en la Segunda parte. Hay varios artículos académicos publicados al respecto.

En efecto, en el Quijote hay mucha violencia: los golpes que recibe y da don Quijote, los que se llevan otros personajes por diferentes motivos, amenazas... En la Segunda parte, además, habrá muertes y cadáveres de ejecutados colgados de los árboles.

Sin embargo, me intriga la sorpresa de muchos: la violencia está presente en el arte desde siempre, incluso hoy la tenemos a diario en películas, series de televisión, novelas y obras de teatro. No sé bien por qué el Quijote debería verse libre de ella: no es un libro amable, en absoluto, aunque la visión edulcorada que se ha pretendido dar de los dos protagonistas en muchas versiones hayan fijado cierta idea ñoña de lo que es esta novela.

En primer lugar, hemos de aclarar que la violencia cotidiana era mucho más frecuente en aquella época que en ésta y estaba presente en todos los ámbitos porque era más visible: en el doméstico, en las relaciones personales, en la escuela, en los negocios, en la forma de gobernar, etc. Y era más tolerada que hoy puesto que, aunque las voces civilizadoras reclamaban otras soluciones, no estaba ni tan perseguida por las leyes ni tan mal vista por la sociedad.

Es curioso que la primera acción de don Quijote sea la de librar de los azotes a Andrés, el mozo al que golpeaba su amo y que la consecuencia sea la de mayor castigo físico al muchacho. Don Quijote, como ensoñado caballero andante, sólo ve bien la violencia contra un igual que pueda defenderse, pero ya veremos cómo también se traiciona.
Una buena parte de esta violencia nace del género parodiado: la novela de caballerías es relato de batallas, de caballeros que viven armados de forma permanente. De ahí muchas de las frases en las que, en juego irónico con los originales, se afirma que si hubiera acertado con tal o cual golpe se hubiera partido por la mitad al contrario. Las heridas que reciben no son de ese calibre: contusiones, heridas, un trozo de oreja menos... Es decir: heridas más reales que, en la figura de don Quijote, tienen el efecto de ir deteriorando su figura.


Veremos más casos de violencia en el Quijote que proceden de las modalidades aquí vertidas: historias de bandoleros, novela bizantina, etc. No hay que menospreciar tampoco, sino todo lo contrario, el efecto humorístico de los golpes recibidos por don Quijote, aunque ahora ya no hagan tanta gracia como hasta hace bien poco.

No olvidemos, que Cervantes es un viejo soldado, que ha visto todo tipo de golpes y heridas reales en la batalla: él mismo recibió varias. La más significativa, el arcabuzazo que le atrofió la mano (no se la cortó: no era manco en sentido estricto). Y también buen observador de cómo se solucionaban muchos conflictos en su época. A pesar de ello, es constante en su obra la alabanza de la solución pacífica usando el sentido común, la justicia y las virtudes ciudadanas; de tal manera es así, que veremos cómo muchos de los personajes con comportamientos más nobles de la obra responden a esta vía.

Hay también toda una teorización sobre la violencia como forma legítima de actuación en el Discurso sobre las Armas y la Letras, pero esto nos tocará tratarlo en su día y lo dejamos para ese momento.

Noticias de nuestro Quijote


Euphorbia ha publicado una brillante entrada en la que, a partir del morisco aljamiado que aparece en el capítulo IX, nos lleva de la expulsión de los moriscos de España hasta Dagoll Dagom. Me ha gustado mucho cómo ha hilado todas las citas y os recomiendo pasaros por La expulsión de los moriscos.


Juan Luis, en El derecho de fuga, ve con acierto, las salidas de don Quijote -y, ahora, también de Sancho-, como parte de la libertad de vivir de los personajes: una libertad ejercida de forma voluntaria que les lleva a huir de la vida que llevan. Muy recomendable.


Antònia, en Hablando se entiende la gente, se centra en un hecho de esta obra: el diálogo hace avanzar la acción y el carácter de los personajes porque es un intercambio de ideas y opiniones que enriquece a los dos interlocutores, sin anularlos. Sugiere también una interesante comparación con una versión moderna del mito de Pigmalión.

Javier ilustra el capítulo X con su mirada sobre los escaparates y sus reflejos. ¿Qué pensaría Sancho de los precios de las frutas secas que nos retrata en su entrada del viernes?

Manuel dedica su entrada a El Quijote y la Santa Hermandad, recogiendo lo que era esta institución y la sensatez de Sancho. Lo ilustra su hija Inés con un buen y divertido dibujo (¡qué gracioso el vizcaíno!).

Si me he olvidado de alguien, le ruego que me lo haga saber para corregirlo en las próximas noticias.

Os agradezco que sigáis colaborando en esta lectura colectiva y virtual, sobre todo en estas fechas veraniegas.

Vale.

jueves, 17 de julio de 2008

El diálogo, de camino. (Cap. 1.10)


¡Qué maravilla de capítulos estos en los que no pasa nada! Acostumbrados, como estamos hoy, a que en la narración -novelesca, fílmica- sucedan muchas cosas sin apenas reflexión, el lector actual debe enfrentarse, en estos capítulos del Quijote, al puro diálogo de dos personajes en mitad de un camino sin destino cierto: es la palabra en sí misma como acción.

Don Quijote y Sancho hablan, comentan los últimos acontecimientos de su aventura, dialogan manteniendo el carácter de la personalidad que les ha dado el autor y proyectan sus deseos. A través de sus palabras los vemos igual o mejor que a través de sus acciones. Pero, como ya no estamos acostumbrados al virtuosismo de estos diálogos, debemos prestar más atención para evitar que se nos escapen las sutilezas.

Sancho se recupera de los golpes recibidos y asiste a los últimos lances de la batalla que su amo sostiene con el vizcaíno, ilusionado con la idea de ganar el gobierno de la ínsula prometida. Pero acepta -en esta ocasión, ya veremos lo que sucede cuando la historia avance-la explicación de que esta es una aventura de encrucijada en la que sólo hay golpes sin beneficio y que ya llegará el momento de obtener la recompensa adecuada. Después, ambos montan y, sin mirar atrás, retoman el camino.

Aquí es en donde apreciamos la creación del escudero en lo que vale: don Quijote necesita hablar porque la omnisciencia del narrador de esta novela no es la misma que la de la narrativa caballeresca que se parodia -y de la del resto de modalidades de relatos sometidas aquí a la criba cervantina-, en las que el narrador nos decía lo que debíamos ver, como si fuéramos lectores inmaduros, incapaces de participar en la lectura como parte esencial de la obra literaria.

Y de esa necesidad surge un intercambio de palabras con apenas intervención del narrador en las que los personajes se nos manifiestan a los lectores como son, no como alguien nos dice que sean:

- Sancho tiene miedo de la Santa Hermandad, a la que seguro habrán dado cuenta de la acción de su amo y comenzará a perseguirlos, por lo que propone acogerse a sagrado, pero don Quijote dice no temerla porque él, como caballero andante, no está sometido a su jurisdicción;

- don Quijote, vanidoso, quiere que Sancho confirme que no ha leído de ningún caballero tan valiente como él, lo que a Sancho no le cuesta ratificar, porque es analfabeto;

- ante el dolor de la herida en la oreja, don Quijote alaba las virtudes del bálsamo de Fierabrás, de efectos milagrosos y curación instantánea de cualquier herida, lo que Sancho pone en valor económico y aprecia más que cualquier gobierno de ínsula alguna, sobre todo al conocer lo barato de su fabricación;

- al ver rota su celada, don Quijote jura no comer a manteles, no folgar con mujer y otras cosas de las que ni se acuerda, a la manera del marqués de Mantua, cosa que le parece exagerada y fuera de todo sentido a Sancho;

- don Quijote, al sentir hambre, pide de comer y se conforma con la escasa y rústica comida que lleva su escudero en las alforjas, pero éste sólo tiene una cebolla, queso y unos mendrugos de pan.

Si analizamos todos los puntos de este diálogo, veremos que, en ellos, se dibujan, con ironía, los caracteres de los protagonistas, además de muchas referencias intertextuales. Por otra parte, nos remiten a episodios futuros, para los que preparan la mente de los lectores, en un tejido de hilos que permiten unir todos los capítulos de esta difícil obra en la que tantas cosas se suman, traen y llevan de forma continua.

Así, esta primera referencia a la Santa Hermandad nos prepara para la siguiente, tras la liberación de los galeotes y para su aparición en la venta. No era frecuente, en absoluto, el tratamiento literario de esta institución que, a nivel folklórico, sí era irónicamente aludida. Por ahora, nos sirve para diferenciar el sentido común de Sancho, que sabe que han cometido un delito perseguible por la autoridad, frente a la altivez de don Quijote que, según su ensoñación caballeresca, se cree libre. Sin embargo, obsérvese la sutileza de Cervantes: don Quijote no admite que pueda someterse a la autoridad civil, pero se encamina a un lugar retirado -bosque, monte-. En consecuencia, no encuentran un pueblo en el que pasar la noche, sino un lugar habitado por cabreros: nos deja el capítulo a las puertas del tratamiento paródico de la novela pastoril en un juego de cajas chinas (una modalidad parodiada dentro de otra modalidad parodiada).

El analfabetismo de Sancho nos sirve para caracterizarlo y para jugar al contraste con su amo: la cultura libresca junto a la cultura tradicional. El mundo literario fingido por don Quijote junto al popular, en contraste y fricción permanente, influyéndose ambos y creando nuevas propuestas. Es toda una lección literaria de Cervantes. Por otra parte, será un apoyo fundamental para el divertido proceso del encantamiento de Dulcinea que nos encontraremos en la segunda parte.

Las referencias al bálsamo de Fierabrás retrotraen al lector a las novelas caballerescas, de las que procede. Pero en un contexto realista: a don Quijote le duele más de lo que debería la oreja cortada y, como no tiene a mano el tal bálsamo, se deja curar por su escudero como se hace en la vida real. Por otra parte, Sancho en seguida ve su utilidad crematística: es un producto milagroso que podría darle una fortuna con la que no necesitaría ser gobernador de ninguna ínsula. La referencia al bálsamo prepara su reaparición unos capítulos más adelante. Lo mismo sucederá con el yelmo de Mambrino, aquí también aludido.

El juramento de don Quijote proviene también de la literatura caballeresca, pero también puesto en un contexto que denuncia su exageración fantástica: Sancho sabe qué difícil será cumplirlo por aquellos caminos por los que no trascurren las aventuras, sino gente normal que va a sus ocupaciones. También tendrá consecuencias posteriores.

Vuelve a jugar el capítulo, de nuevo, con las referencias a la comida. Mal que le pese a don Quijote, tiene hambre porque él no es un caballero libresco sino real y necesita comer (recordemos cómo se alabó Tirante el Blanco porque en él los caballeros sentían necesidades normales como ésta). El hecho de tener que comer de unos manjares tan rústicos entre los que hay unos mendrugos de pan nos llevan, por vía directa, al pasaje del Lazarillo en el que Lázaro debe dar de comer a su amo.

Como vemos, el capítulo está construido con el diálogo pero tejido de hilos que nos llevan a otros lugares del libro, en una sabia preparación al lector, con cuya recepción se juega de forma continua.

En cuanto al título del capítulo, ya hemos hablado en varias ocasiones de las vicisitudes editoriales de la Primera parte. La mayor parte de los críticos piensa que hubo una primera redacción en la que este capítulo trataba de lo aludido en él, pero la redistribución del material narrativo para darle equilibrio según la división en partes comentada en mi última entrada hizo que el título no correspondiera a lo tratado. El hecho de que no se cambiara el título se suele atribuir a un descuido cervantino por las prisas en los últimos meses de preparación del volumen en la que quizá ni pudiera participar el mismo autor en todo momento. Ahí quedó la incongruencia, que ha dado pie a muchas páginas de interpretación. Yo soy de los que piensa que no fue a propósito, pero quién sabe. Hay, incluso quien ha propuesto que estos títulos que parecen erróneos señalan los capítulos prescindibles en una lectura rápida. Os ruego que no hagáis caso.

Qué recomendables y necesarios estos capítulos que nos llevan de una aventura a otra y en los que sólo se oyen las voces de los protagonistas.

El próximo jueves, el capítulo XI.

lunes, 14 de julio de 2008

El Quijote como parodia de libro (sobre las dos segundas partes) y noticias de nuestro Quijote


Habréis visto, antes del título de este capítulo IX, otro que alude a que aquí comienza la Segunda Parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Con una mera lectura del índice podréis comprobar que lo que nosotros hoy llamamos Primera parte está dividida en cuatro:

-Primera parte, correspondiente a los capítulos I a VIII.
-Segunda parte, correspondiente a los capítulos IX a XIV.
-Tercera parte, correspondiente a los capítulos XV a XXVII.
-Cuarta parte, correspondiente a los capítulos XXVIII a LII.

Quizá Cervantes, al entregar el libro, tuviera la intención de continuarlo, pero sabía que eso podía estar fuera de su voluntad. Él dio a su editor un volumen completo, que tituló El ingenioso hidalgo de la Mancha, tal y como comentamos aquí a partir de los recientes descubrimientos: entregó un libro, no una Primera parte, aunque en su mente -y en el texto- se prometiera la continuación (de hecho, él mismo tenía la experiencia de La Galatea, de la que nunca llegó a imprimirse la segunda parte prometida).

Hemos dicho también que no sólo la historia central es una parodia de los libros de caballería, sino que toda la confección del libro es una parodia de los libros del momento. De ahí, el Prólogo, los poemas preliminares y tantas cosas, como las que hemos comentado en el capítulo IX referidas al concepto de autoría y de narrador. Por eso mismo, El ingenioso hidalgo de la Mancha se estructura en cuatro partes, cada una de ellas asociada a una línea temática y argumental, a la manera de los libros parodiados por él: presentación de los personajes y primeras aventuras; historia pastoril; historias cruzadas en la venta; finalización de las historias intercaladas y vuelta a casa. La partición no supone que no haya líneas de continuidad entre las historias de las diferentes partes.

De hecho, algunas circunstancias que comentaremos con respecto al título del capítulo X y de cuestiones que afectan a la disposición de las historias intercaladas se verán afectadas por esta división. Cervantes, de hecho, decidirá, como veremos en su momento, algún cambio de lugar de ciertos pasajes para equilibrar la estructura y lograr una disposición narrativa apropiada de todo el material.

De todos estos cambios han quedado huellas en el texto que siempre han traído de cabeza a los editores y a los lectores. Algunas de estas huellas se corresponden con los famosos descuidos de Cervantes. Los hubo: debió trabajar con cierta aceleración en las últimas semanas puesto que se quería distribuir el libro lo antes posible, casi a pie de imprenta, como han sugerido algunos investigadores. Las consecuencias fueron que se le olvidaran -o no pudo, simplemente por falta de tiempo- borrar las huellas de esos cambios: títulos incorrectos que aluden a cosas que no pasan hasta más adelante o que ya han pasado; el famoso robo del asno de Sancho, etc.

Lo curioso es que Cervantes, cuando puede hacerlo porque el libro ya ha sido un éxito, no trabaja una segunda edición corrigiendo y limpiando estos descuidos, proponiendo un texto canónico sin ellos, sino que los integra como parte de la narración y hace que los propios protagonistas los comenten al inicio de la Segunda parte de 1615, con lo que de un error saca un filón de oro narratológico. Lo veremos.

Por esta misma razón, las Cuatro partes del volumen correspondiente al Ingenioso hidalgo quedan integradas, sin corrección en la denominación de los epígrafes, en la Primera parte del texto final. La segunda será la del Ingenioso caballero, como titulará a la que publicará en 1615 y que todos conocemos como Segunda parte. Entre el hidalgo del volumen de 1605 y el caballero del correspondiente a 1615 está toda la evolución que el mismo Cervantes sufre al escribir la Primera parte y la meditación, en los años siguientes, de lo que ha logrado con ella, lo que le hace proponer una continuación que no es repetición de lo conseguido, sino su crecimiento y maduración: de ahí que, en la Segunda parte, ya no haya divisiones internas pero sí conserve las que decidió en la Primera parte, sencillamente porque ambas corresponden a dos momentos en su interpretación del género novela que no se anulan puesto que la segunda nace de la primera. Ésta es un muestrario completo de formas narrativas del momento subordinadas a la narración realista. Aquélla es la prueba de madurez de este tipo de narración, que consigue integrar a las otras, asimilándolas, para construir el camino de la novela moderna.

Os pido que, si no he sido muy claro en esta explicación, me hagáis llegar vuestras dudas. Comprendo que algunas cuestiones son demasiado académicas, pero intento hacerlas asequibles.


Noticias de nuestro Quijote


Alatriste, el autor de un excelente blog en el que se aúna el debate ideológico y la difusión de la historia y la realidad de las tierras castellanas, La Comunidad del Castillo, difunde la iniciativa inventándose un logo que copio aquí y que le agradezco. Hace unos días dedicó una interesante entrada a un paisaje propio de estas páginas iniciales del Quijote: Los molinos de Don Quijote vuelven a girar.

Mi admirado Diego Fernández Magdaleno dedica unas elogiosas palabras al proyecto, que le agradezco con todo el corazón en su magnífico blog Las palabras del agua. Y a él le dedicaré una entrada sobre la música en el Quijote (que la hay) y sobre el Quijote (que también). Un abrazo, amigo.

Aldabra ha subido a su blog dos enlaces musicales con relación a nuestro Quijote, para poner banda sonora a la lectura, que cada uno escoja. Puede verse en la columna de la izquierda de su recomendable blog Congo y yo.

Antònia continúa su interesante labor de ver al Quijote en otros libros y en su entrada Cervantes, nos deja un poema de Leopoldo Cano y Masas que ha encontrado en el libro Páginas selectas. Promete, además, dar cuenta de la vida de Diego Vargas, Machuca, citado en el Quijote, a través de otro libro de lecturas escolares, Frases célebres. Es una labor de búsqueda llena de acierto y cariño. Antònia ha seguido colaborando activamente estos días en nuestra lectura colectiva y virtual. Ha colgado dos entradas muy cervantinas sobre el espíritu del Quijote en el pueblo saharaui. En la primera, El espíritu de don Quijote, copia un texto de Zahra Hasnaui (de Generación de la amistad) que actualiza el inicio del Primer capítulo a la situación del Sáhara, con glosario aclaratorio que también publicó en imágenes. Continuó el texto de Zahra Hasnaui en otra entrada, ya menos cervantina pero oportunamente reivindicativa. Me gusta mucho lo que dice en su entrada Como hierba cuajada de rocío, en la que subraya alguna las frases cervantinas más elocuentes del capítulo IX sobre el tiempo y la Historia. Una mirada muy acertada a estas perlas que Cervantes deja caer con tanta frecuencia en el texto y de las que puede hacerse un ensayo completo.
Juan Luis comenta el capítulo VI viendo la quema de libros entre el temor y la parodia, como es, añadiendo un recuerdo personal y poniéndonos ante una situación normal para un lector: salvar o condenar un libro, animándonos a hacer de cura y barbero por un día. Puede verse en su entrada El denso humo.

Mi querida Bipolar, que ya ha aportado cosas de sustancia a nuestras Noticias del Quijote, se decide a colgar una entrada en su blog -que tan recomendable es para los que gusten del género de micorrelatos-, Alonso y yo. En él hallaréis un divertido y cervantino cuento en el que una nueva Aldonza Lorenzo seduce en tanga a un juglar quijotesco. Muy recomendable.

DiaNna se ha puesto musical, en medio de sus problemas técnicos, y sube video y letra del Mago de Oz cantando Molinos de viento en su entrada del miércoles pasado, con el diálogo que ocurre después de esta aventura del Quijote, una lectura en la que triunfa la fantasía.
Javier prosigue su mirada en imágenes a los capítulos comentados, con su entrada sobre el capítulo IX. Aquí se centra en tres, de las que quiero reseñar la primera, con el autor ante su escrito y la última, con damas a a las que es lógico que don Quijote no negara nada. Hablaremos de por qué estas damas no desentonan en el Quijote.

Manuel ha preferido hablar esta vez de uno de los pensamientos más atractivos del Quijote en su entrada El Quijote y la diversidad, esta vez ilustrado por su hijo. Alude en ella a la presencia de lo judío y morisco en este capítulo IX.

Como siempre os digo, si he omitido alguna aportación, hacédmelo saber para corregirlo. Y no dejéis de enlazar vuestras entradas correspondientes a esta lectura virtual y colectiva del Quijote con La Acequia, para poderlas encontrar con mayor facilidad.

Vale.

jueves, 10 de julio de 2008

El autor del Quijote, un traductor y el personaje Cervantes, mientras don Quijote pierde parte de su oreja y gana una batalla (1.9).


Éste es uno de esos capítulos que no comprenderemos bien si no hemos leído el Prólogo, como aquí recomendamos en contra de una costumbre, tan arraigada entre los lectores del Quijote, que proceden a saltárselo o a no darlo importancia.

Si hemos comenzado el libro en la famosa frase En un lugar de la Mancha, pensaremos que el narrador tiene algunas incertidumbres -no nos informa del lugar de origen del protagonista, no sabe bien cómo se llama don Alonso, etc.-, que podrían ser achacables a las crónicas e historias que dice usar. Pero, llegados al final del capítulo anterior, nos encontraremos de golpe con que confiesa no saber la continuación de la historia porque, sencillamente, se ha terminado el manuscrito que le sirve de guía: se confiesa segundo autor.

No así nos pasará a nosotros, que ya desde el Prólogo estábamos advertidos de que su hijo era hijastro y que el autor llamado Cervantes se había convertido en personaje de su propia obra, de la que no estaba muy seguro. Analicemos esto.

En primer lugar, sustituyamos el concepto de autor por el de narrador para ser más actuales y comprender mejor lo que pasa en este capítulo noveno, aunque no perdamos de vista que el guiño de Cervantes cuestiona también la propia autoría: Miguel de Cervantes es el autor del Quijote pero el narrador de la historia no es él sino un personaje llamado Miguel de Cervantes que se ha construido, genialmente, en las páginas preliminares y, hasta este momento, en algunas apariciones sueltas (de cuyo lugar no quiero acordarme, por ejemplo).

Dejemos al bueno del primer Cervantes y vayamos con la construcción literaria del segundo, que se nos ha presentado desde el primer momento como poco fiable (incluso desconoce el nombre exacto de sus protagonistas), lleno de trampas (hace caso de lo propuesto por su amigo y falsifica los poemas iniciales, por ejemplo) y ahora como un osado al que podríamos pedir responsabilidades los lectores: ha comenzado una narración de la que no tiene el final. Como nos ha presentado su historia como crónica -es decir, como hecho cierto, ocurrido y constatable- y, por lo tanto, de la que se pueden sacar testimonios, confiesa francamente no estar preocupado y confiar en que deben andar por algún lugar los escritos de tan famoso caballero y, si no, mantenerse en la memoria de las gentes. Y aquí hay una segunda vuelta de tuerca: no sólo es crónica sino crónica de acontecimientos cercanos -ya lo intuíamos con la presencia de ciertos títulos en la biblioteca del hidalgo, entre los que se encuentra incluso La Galatea-. De paso, cuestiona la verdad de los géneros históricos, no sólo de las novelas de caballerías.

Cervantes juega con los dos elementos nutrientes más importantes de cualquier narración: la figura del narrador y el tiempo de lo narrado. Y lo hace con la frescura sin complejos del que sabe que está provocando un terremoto en un género que ya no podrá volver a ser el mismo tras estas palabras. Bien es cierto que algunos procedimientos no son originales suyos, pero nunca como aquí se habían sumado para llevar al límite todas las posibilidades.

En cuanto al narrador, a partir de este capítulo sabremos que, al menos, hay tres:

1º.- Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo y, por lo tanto, poco fiable para las aventuras de un caballero cristiano (su mismo nombre ya es toda una afirmación de carácter). De él es el texto que sigue el narrador Cervantes a partir de ahora. Sin embargo, queda sin aclararse a quién se debe lo narrado con anterioridad, aunque se ha afirmado que saca los testimonios de ciertas crónicas.

2º.- El traductor que encuentra en Toledo y al que el personaje Cervantes encierra durante unas semanas en su casa para que complete el trabajo a cambio de dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo. Resultará un morisco aljamiado. ¿Era tan improbable encontrar en el Toledo de entre siglos un morisco aljamiado como afirma la crítica o Cervantes sabe de lo que habla? No es el único personaje que no debe estar donde está que hallamos en el libro. En las mismas líneas se afirma que podrían encontrarse conocedores de otras lenguas más antiguas, en clara alusión al hebreo. Sea como sea, este traductor, como tal, inspira desconfianza: primero, porque no es profesional de la traducción, es un personaje anónimo y no podremos pedirle responsabilidades; segundo, porque debe andar medio oculto en la sociedad española del momento; tercero, sencillamente, porque es traductor y, como tal, traiciona el libro, según viejo refrán popular.

3º.- El personaje Cervantes, tan bien construido en el Prólogo y en este capítulo y del que ya hemos afirmado su escasa fiabilidad, que se aumenta aquí si seguimos su propia argumentación: para hablar de un caballero cristiano de un tiempo próximo al de la escritura sigue un texto de un historiador arábigo traducido por un morisco aljamiado. Por otra parte, volviendo al concepto de autoría: ¿cómo queda tras este vapuleo si sólo se ha limitado a darle estilo y algún comentario personal? Aunque en la época no reinaba nuestro mismo concepto de originalidad, si todo es de otros, dónde está la raíz de la obra propia.

Brillante lección la del autor: consigue anular definitivamente al autor omnisciente e incuestionable de la narrativa anterior, exigiendo del lector la participación activa puesto que debe recordar todo esto para reinterpretar todo el texto de forma correcta. Como esto se alarga demasiado, sólo quiero anunciaros que la figura del narrador se irá problematizando más aun a lo largo del libro y, en especial, al inicio de la Segunda parte.

El juego con el tiempo de lo narrado será otra de las cuestiones básicas de la narrativa que dinamite Cervantes aquí: nos narra la historia de un contemporáneo cuyas hazañas ya andan escritas por historiadores. El narrador Cervantes pierde semanas en hacerse traducir el texto. Y, sin embargo, lo narrado es sólo la parte de las aventuras vividas por don Quijote y Sancho en un verano concreto. No quiero anticipar más, pero todo esto se convertirá en irónica mirada cervantina sobre el género narrativo también en la Segunda parte. Queden ambas cosas, por lo tanto, para ser resueltas en ese momento.

Para hacernos entretenida esta lección magistral, Cervantes juega con varias cartas: en primer lugar, la misma inercia del lector, que desea conocer qué pasa con la batalla suspendida; en segundo lugar, con la recreación de una calle toledana bulliciosa, llena de vida en un retrato costumbrista impagable, no exento de fina crítica ante la uniformidad pretendida por los gobernantes, que acabarán (o habían acabado ya) con la mezcla que se adivina entre líneas; en tercer lugar, con los motes, cuando no insultos tópicos, de los moros y judíos -esto ya ha perdido vigencia, por suerte-; en cuarto lugar, la misma figura del personaje Cervantes, apasionado por la lectura y caminante por calles bulliciosas; en quinto lugar, bromas de humor fino o burdo, como la de las doncellas vírgenes de ochenta años a no ser que se encontraran por el camino con gigantes, follones o villanos.

Finalmente, la historia central puede continuar: don Quijote, tras recibir un golpe del vizcaíno que le arranca la mitad de su oreja izquierda -lo que intensifica la caracterización física del hidalgo-, le asesta otro que lo deja medio muerto. Al vizcaíno sólo lo salvan, curiosamente, las normas de la caballería puesto que por él interceden las damas presentes.

He aquí una gran victoria de nuestro protagonista: no todo van a ser derrotas humillantes.
El próximo jueves, el Capítulo X.

domingo, 6 de julio de 2008

Días acumulados


Los días se acumulan y, de pronto, ha pasado un año o veinte y te das cuenta de que no has paseado lo suficiente, no has mirado a los ojos de quienes amas tanto como debieras y no has sabido encontrar la dulce sensación de perder el tiempo. Necesito unos días, unos días sin sentido, para saber qué hacer con los que han pasado o los que me aguardan, para sopesar cada uno y ver sus imperfecciones, amar sus astillas y dejar que todo tenga sentido. O que no lo tenga. Qué más da lo que hay a la vuelta de la esquina: debemos andarlo con ganas.
La Acequia cierra por vacaciones de la redacción, sin día fijo de vuelta. Seguirá publicándose, los jueves, el comentario del capítulo semanal del Quijote y también la entrada con las noticias sobre nuestra lectura colectiva. Quizá alguna entrada más. Mis visitas a vuestros blogs también sufrirán de este alejamiento del ordenador, pero os iré a ver de vez en cuando.

sábado, 5 de julio de 2008

Cervantes y la narración en tiempo presente, con noticias de nuestro Quijote

Una de las cosas que más nos atrapan en el Quijote es el dominio que tiene Cervantes sobre el tiempo narrativo y su uso para avanzar, detener o retroceder en la historia. Veremos ejemplos de historias pasadas relatadas por sus protagonistas en un paréntesis de la historia principal que, además, se irán engarzando con otros relatos que las completan. Veremos también historias en las que todo parece detenerse, como si el tiempo se suspendiera. Pero todas ellas están subordinadas a la magia del relato que se hace al mismo tiempo que lo lee el lector. Los diálogos nos van descubriendo la acción a la vez que a los que hablan y por eso en el Quijote se dialoga con profusión. La narración juega continuamente con el tiempo sin que parezca que pese, porque esta es otra virtud del Quijote: es una narración sin prisa, mal que le pese a muchos que arrancarían hojas del libro para terminarlo antes. Hemos llegado a un momento en el que todo se ha detenido porque al narrador se le ha acabado la obra sobre la que se basaba y, aunque pesamos el volumen y sabemos, por lo tanto, que continuará, en nuestra primera lectura nos sentimos burlados: ¿por qué meterse a narrar una historia si no se sabe cómo continúa? Además de las técnicas narrativas a las que haremos mención en nuestro comentario del próximo capítulo, la razón es ésta que traigo hoy: porque se nos quiere dar la impresión de ir descubriéndola junto a ese narrador que tan poco sabe de sus héroes.
Noticias de nuestro Quijote
Juan Luis comenta, en su entrada titulada La soledad de don Qujiote, el Capítulo V a través de la intimidad del héroe en su soledad, porque los suyos, su círculo familiar, no le comprenden ni comparte su impulso. A veces, somos los peores enemigos para los nuestros. Veremos cómo, al final del libro, cuando este círculo de familiares y amigos se sale con la suya, don Quijote muere: lo rescatan para la muerte.

Euphorbia dedica su entrada, Los molinos de la Mancha, a un minucioso repaso sobre las singularidades de esta innovación técnica de los años de Cervantes. Habría que recordar aquí que algunos han visto en esta aventura una especie de lucha del hombre espiritual frente al progreso técnico que suponían estos molinos que, no lo olvidemos, eran un invento de alto desarrollo tecnológico que no tardó en extenderse por la zona. En su blog se ha colado un gusiluz desde hace unos días, que ha vivido, quizá producto del consumo de alguna sustancia extraña, una aventura cervantina, podéis verlo en El nen bombilla en La Mancha.

Merche Pallarés, que desde hace tanto tiempo me visita cariñosa e ibicenca, y que se unió a la lectura desde el principio, dejando sus comentarios, dedica una entrada a la iniciativa con el título de Don Quijote - Don Quixote (su blog se publica en español e inglés) ayudando a difundirla. ¡Gracias, Merche!

Dianna, en Hoy toca Quijote (Cap. VIII), resume alguna de las claves del capítulo citado y se hace algunas preguntas de interés, valorando acertadamente el suspense narrativo. Lo ilustra todo con un molino cercano a su casa.


Manuel publica una interesante reflexión sobre El Quijote y sus gigantes y alude a un hecho sobre el que debemos reflexionar: ahora, lo que menos nos mueve a risa del libro es precisamente esos golpes que tanto gustaron cuando se publicó.


Josegura cita a nuestros personajes en una entrada en la que defiende la diversidad, tan del gusto de Cervantes en aquellos tiempos de unificación, podéis verlo en Mixtura: pan hecho con distintas semillas...

Y Javier García Riobó sigue con su arriesgado y magnífico comentario de cada capítulo en imágenes. Sólo por comprobar cómo sale de cada reto semanal merece la pena la visita obligada. En su comentario del Capítulo VIII hace toda una actualización de las páginas cervantinas.

Os vuelvo a pedir que aquellos que colguéis comentarios en vuestros blogs los enlacéis con la sección Para una lectura del Quijote de La Acequia, porque si no se me complica su localización para dar cuenta aquí. Y si se me ha pasado alguien, que me escriba para subsanar la omisión.

Pensad que la trama del Quijote sucede durante el verano, así que no desfallezcáis por el calor. Vale.

viernes, 4 de julio de 2008

La casa de la esquina


No juzgues. No juzgues y no serás juzgado. No mires. No te vuelvas a mirar, sigue adelante. Ella sabrá por qué está allí, en el suelo, descalza, exhibiendo su miseria en el centro de la ciudad. Ella sabrá por qué ha traído su margen hasta nuestro centro. Ella ha tenido su camino, nosotros el nuestro. Siempre estaremos a tiempo de quitarnos los zapatos y buscar nuestra propia esquina. Aunque ahora nos parezca el suelo demasiado lejano.

jueves, 3 de julio de 2008

De cómo Cervantes, de un plumazo, pasa de escribir una obra maestra a la mejor novela de todos los tiempos (1.8).

El Capítulo VIII de la Primera Parte es prodigioso. En todos los sentidos. Podría decirse que es el núcleo que impulsa la novela hacia adelante. Cervantes consigue, en estos párrafos asombrosos -que algunos dejarán de valorar por tan conocidos-, dar un salto de calidad que parecía difícil tras la altura alcanzada: ya no estamos sólo ante una parodia sino ante una novela divertida, actual y con una ampliación de la lección de cómo escribir un relato moderno.

Se compone de varios elementos engarzados: la aventura de los molinos de viento; la noche en la que sustituye su lanza rota por una rama; el encuentro con un grupo de viajeros heterogéneos entre los que cabe resaltar a dos monjes, una dama y un vizcaíno y, por último, la suspensión del relato porque al narrador se le ha acabado la historia.

La primera decisión de Cervantes es acumular todos estos sucesos en un capítulo, con lo que consigue calar en el lector inundándole con su historia y dejarle en su mente, bien señaladas, algunas de las cuestiones claves que se propone:

1º.- Poner en evidencia las diferencias entre sus dos personajes protagonistas, avanzando enormemente en su caracterización y fijando definitivamente su imagen en la mente del que lee.

2º.- Entretenerle, de tal manera que quede atrapado por las locuras de este hidalgo loco. Irremediablemente atrapado: la acumulación de sucesos en los que don Quijote deja clara su extravagancia termina de agarrar la atención de quien lo lee.

3º.- Ponerle, de golpe y por si no hubiera estado claro, en una España real, reconocible tanto en sus caminos y topónimos como en sus personajes, costumbres y tópicos (por ejemplo, el del vizcaíno).

4º.- Suspender su ánimo para profundizar en toda la apuesta narratológica sobre el cuestionamiento del narrador.

Como esto se hace dejando inconcluso el relato, el lector queda atrapado y con ganas de continuar la narración.

Veamos tan sólo algunos apuntes, puesto que estas aventuras son bien conocidas y no es necesario mayor comentario.

Cuando don Quijote y Sancho se topan con los molinos, Cervantes pone de relieve la diferencia inicial, de base, entre ambos: don Quijote ve gigantes, como en sus libros de caballerías y siente que debe batirse con ellos; Sancho ve sólo molinos y así los describe, con precisión, incapaz de doblar la realidad en fantasía, como su amo. Ambos conocían bien estos ingenios, porque eran una de las innovaciones más importantes del momento y habían llamado la atención desde que comenzaron a usarse poco tiempo antes. De hecho, algunos han interpretado el pasaje como un enfrentamiento del espíritu humano que ve en la técnica un enemigo. La derrota los diferencia en un primer momento: don Quijote, alentado por la desaparición misteriosa de su biblioteca, la achaca a su encantador enemigo, con lo que queda demostrado que los que quisieron ayudarle no hicieron más que alentar su locura; Sancho, tras una primera recriminación, no insiste y termina dando la razón a su amo, vencido por sus palabras más que por sus hechos.

El intermedio que sigue, profundiza en las diferencias entre ambos: don Quijote no se queja de sus magulladuras, piensa como un caballero de sus novelas (imita su arcaica forma de hablar durante todo el capítulo) y no come ni duerme; Sancho no renunciará a quejarse si tiene dolor, manifiesta que no se batirá contra nadie salvo que su vida esté en juego y come y duerme sin que nada turbe ni su apetito ni su sueño. Además, con el arreglo de la lanza con una rama, don Quijote termina por dar un aspecto carnavalesco a su indumentaria. Al relatar la historia de Diego Pérez de Vargas, personaje histórico al que pone a la misma altura que a sus caballeros novelescos, evidencia de nuevo que la raíz de su locura consiste en la falta de distinción entre realidad y ficción.

Cuando don Quijote arremete contra el grupo expedicionario con el que se encuentran camino de Puerto Lápice, la extravagancia de su comportamiento no viene tanto de imaginarse seres extraordinarios sino de hacerse la idea de una aventura caballeresca por la que tiene que rescatar a una supuesta princesa en medio de un paisaje tan reconocible. Es un pasaje divertidísimo: hace de dos monjes de San Benito unos bultos negros sospechosos y entabla una descomunal batalla contra un vizcaíno picado de honor al verse insultado y que se defiende con una almohada. En estos párrafos, que aceleran la narración para cortarla en seco, debe retenerse cómo Sancho quiere hacer valer el derecho de conquista y comienza a despojar al fraile -con lo que se hace evidente el que es, a estas alturas, su motivo más importante al unirse a don Quijote-, con lo que recibe su bautismo de golpes, y la caracterización del vizcaíno al estilo de los personajes tópicos que podemos hallar en la narrativa y el teatro barroco, en especial a través de la fabla -Cervantes era un maestro en este tipo de recurso literario- y su reacción cuando se ve acusado como no caballero.

De la lección sobre el narrador que contiene el final del capítulo, hablaremos el próximo jueves, en el comentario del Capítulo IX.

miércoles, 2 de julio de 2008

La casa a cuestas


Todo lo que necesitamos lo llevamos encima: lo demás nos sobrecarga de necesidades y recuerdos. Los objetos que acumulamos son fetiches de nuestra inseguridad, incluso la mayor parte de nuestra biografía, tan inútil y prescindible. De eso nos damos cuenta cuando la vorágine propia o ajena nos empuja al margen y aquello en lo que consiste nuestra existencia cabe en una pequeña bolsa sobre la que reposamos la cabeza, cansados, en cualquier lugar, en cualquier tiempo que nos lleva a otros iguales. Desde allí ya sólo miramos hacia dentro: tú soy yo. Ya nada sobra, sólo la vida. O ni eso.

martes, 1 de julio de 2008

La casa llagada


Los pies llagados descansan mejor desnudos, sobre el suelo frío de una estación de autobuses. Nos han llevado aquí, como a cualquier otro lugar. Y les damos un breve descanso antes de proseguir. La vida es eso: siempre un camino, aunque no veamos el horizonte.