viernes, 31 de agosto de 2007

Callejón de verano con pared de ladrillos al fondo.


Tengo la sensación de que alguien me ha robado el verano. Hoy lo he sentido en las tripas mirando a mi hija, mientras hacía su maleta. Recuerdo aquellos tiempos de la infancia en que las vacaciones eran tan largas que hasta se podía pesar el aburrimiento. Pero al final del verano se anunciaban las ferias. Vivía muy cerca de donde se instalaban en aquellos tiempos y con la pandilla del barrio nos acercábamos a ayudar a descargar un camión o limpiar unas piezas. Nos daban fichas para los coches de choque. O una moneda de cinco duros a cada uno. Un tesoro que se gastaba en la primera hora en la que funcionaban las atracciones.
Tengo la sensación de que alguien me ha robado el verano, de que éste se ha huido por un callejón. He entrado persiguiéndolo, pero al final sólo había un muro de ladrillos. Un gran muro de ladrillos.

jueves, 30 de agosto de 2007

Yo también enseño mis pies, con sorpresa gamona final.


Aun no estoy recuperado de estas raras vacaciones. No he ordenado las fotos ni los apuntes tomados, no he planchado la ropa, no he mirado la ciudad, que me aguardaba encogida, preguntándose dónde ha quedado el verano de este año. En un rincón del salón se amontonan varios periódicos sin leer entre los que me ha llamado la atención una contraportada de un ejemplar de El País con un magnífico artículo de Manuel Vicent sobre Faulkner, ilustrado por una fotografía en el que el escritor norteamericano lleva una camisa planchada sólo en el frente y en los puños; y aun no tengo ganas de debatir sobre la pobre Biblioteca Nacional, que desde hace tantos años ha perdido el rumbo, y el difunto Ministerio de Cultura: me aburren Rosa Regás y César Antonio Molina. Si tuviera fuerzas, a ella le pediría un poco de mesura en sus presupuestos y un tanto de humildad, a él un poco más de mano izquierda y que cuide el tono en sus declaraciones públicas. Me ha conmocionado, como a todos, la muerte del joven deportista Antonio Puerta. Me ha llenado de asco, de nuevo, la intención terrorista de conservarse en formol. Veo que el panorama internacional no ha cambiado y que el nacional está congelado. Me sorprende que alguien se alegre de que las cifras macroeconómicas vayan muy bien mientras que el consumo familiar ha caído. Y sube la barra de pan. Y esta meseta sigue como siempre.
Me puse la tarea de no escribir en el blog hasta el 31, pero la muerte de Umbral me hizo cambiar de idea. Estos días los he dedicado a saber dónde estoy y a leer los blogs amigos. Y he visto una epidemia de pies a la que decido sumarme. Mi estimada Isabel mostró los suyos, ibicencos y con pulsera, enredados en su sombra. He de reconocer -y espero que a él no le moleste- que son menos elegantes los de Blogófago, pero siempre originales y atentos al terreno que pisan y como lo mismo hace a la playa que al asfalto ha elegido un calzado todoterreno: ahora bien, habrá de aclararme qué han dicho en el trabajo cuando ha entrado de esa guisa y si lo ha podido justificar aludiendo al síndrome postvacacional. Caelio se ha convertido en fraile peregrino y sus sandalias y pies lo denuncian: cuánto terreno luso le habrán llevado a ver a este gran celtíbero. Ahora ya sabemos dónde se encarama para tener tan fina perspectiva. Por las rendijas asoma el Ucraniano Aniano, que nos recuerda que él ya enseñó sus sandalias pero, como siempre, enigmático e inteligente, sólo nos muestra una y en su bicicleta. Ya me gustaría que, aunque sólo fuera de medio cuerpo presente, accediera a lo que le propuse.
Tanta exhibición me arrastró hacia el no meme puesto que yo soy facilón para estas y otras cosas y muestro mis sandalias Pikolinos al frente de este post. Son regalo de Susana y por eso y porque son cómodas me han acompañado todo el verano a pesar de que desde niño no había vuelto a usar este tipo de calzado. Discretas y con los dedos protegidos, que ya voy para mayor y no tengo costumbre.
Por último, y como me aferro durante unos días a no volver del todo, quiero hacer todo un homenaje a La Voz de Gamonal, que ha descrito en varias ocasiones el traje gamón. A una sugerencia suya, corrí a comprarme unas J´hayber clásicas, unos pocos euros más baratas que las de su fotografía. Para ello deseché otras marcas y otros modelos más modernos. Tengo la esperanza de que el gesto me valga al menos una contestación al correo que les escribí hace semanas. No encontré calcetines blancos altos, así que saqué del fondo del cajón unos viejos tenis. Espero que noten los redactores de La Voz lo nuevecitas que están y que no demoren la respuesta, puesto que me ha advertido el zapatero que el poliuretano del que están hechas se degrada inevitablemente a los cinco años, independientemente del uso.




miércoles, 29 de agosto de 2007

En el umbral de casa.

Volví el fin de semana de mis vacaciones y me prometí no retomar el blog hasta el último día de agosto para prolongar, con pereza, las vacaciones. Unas vacaciones tan variables e intranquilas como el tiempo de este extraño verano. Pero ayer murió Francisco Umbral y no me he quitado de la cabeza su nombre. Como en la fiebre creativa becqueriana, busco ahora, de madrugada, la tranquilidad al volcar unas líneas apresuradas en La Acequia.
Me recuerdo, de niño, de muy niño, con los ejemplares de El Norte de Castilla en la mesa de la cocina de casa, impresos en aquel gran tamaño y con una letra más elegante que la de los periódicos actuales. El Norte que había consolidado Miguel Delibes y el grupo de periodistas que osaban enfrentarse al gobierno franquista y burlaban como buenamente podían la censura. Y los famosos gatos de El Norte, un recurso divertido para rellenar espacios en blanco a los que algunos querían buscar conclusiones políticas. Es uno de mis recuerdos de aquella cocina, junto a mi padre buscando en el viejo aparato de radio la Pirenaica que se recibía entrecortada, o el olor de la ropa recién planchada por mi madre. En aquel Norte se publicaban los textos de Umbral, que explotaban de creatividad y resaltaban del resto por el estilo, tan personal y atractivo para un niño que ya soñaba con escribir.

Umbral, como personaje, me atrajo siempre poco y perdí toda esperanza de que alguna vez me llegara a gustar en aquellos años en los que se hizo tan popular en televisión. Me parecía un hombre que portaba el miedo al hambre en un hatillo que le pesaba demasiado. Su voz, su gesto, su bufanda, los veía como la pose de quien esconde un trauma de infancia, la soledad del tímido acomplejado que de obligada pasa a ser voluntariamente exhibida como armadura y distinción. Tampoco me gustaron nunca sus bravatas ni sus desafueros y polémicas con otros escritores, aunque le reconocía la inteligencia en el duelo: lo vi siempre demasiado pagado de sí mismo. Él mismo ha recordado en varias ocasiones cómo, considerándose de izquierdas en su juventud, nunca gustó en los círculos progresistas. Dado que siempre quiso vivir de su trabajo como escritor, hubo de acudir a los que le pagaban mejor. Y su estilo le alejaba de lo que marcaban los cánones de los escritores comprometidos de entonces. Explicó esta diferencia en su Trilogía de Madrid:
Bebiendo un porrón en el atardecer de las verbenas comprendí de pronto el problema del socialrealismo literario, que era lo que se llevaba en el año sesenta. Los socialrealistas, que bebían mucho en porrón, por hacer obrerismo, nunca habían tenido la intuición de mirar Madrid a trávés del velo de vino que queda en el culo grueso y como granulado del porrón.
Quiere uno decir, más o menos, que literatura es ver las cosas a través de otra cosa.
Literatura es ver las cosas a través de un vino.
(...)
Los socialrealistas, siendo tan rojos, habían caído en el vicio burgués de imitar la naturaleza para tenerla en casa -cuadros y libros-, que siempre es más cómodo. La novela de la fábrica. Ahí está la fábrica, que de todos modos resulta mejor y más convincente. Si lo que querían era dar testimonio, el testimonio lo da mejor un informe macroeconómico.
Con estas y otras frases tan célebres y celebradas por los que sólo gustan de la polémica y en las que atacaba con fino instinto barroco para el insulto, no se ganó el aprecio de algunos, precisamente.
Cogió, como muchos grandes escritores, un poco de todo lo que le brindaba una línea de tradición española que venía de Quevedo, Torres Villarroel, Valle-Inclán, Ramón, los prosistas de la vanguardia (especialmente los que escribían artículos en los diarios)... Y con ello creó un estilo reconocible. Un sello que le ha permitido pasar a la historia de la literatura española como uno de los grandes autores de columnas periodísticas de la segunda mitad del siglo XX. Y, aunque no lo quieran ver, escritores jóvenes actuales llevan la huella de ese sello.

En la novela fue irregular, mucho. Pero hay tres grandes libros que le reivindican y deben leerse. Muy diversos unos de otros.
Mortal y rosa (1975), un volumen que sorprenderá a quien no lo haya leído porque en él, sin dejar de ser Umbral, se sitúa como un gran autor de la vanguardia narrativa hispana a la altura de los mejores. El título procede de un verso de Pedro Salinas y desde su inicio profundiza en arriesgados giros en los que se mezcla todo con rabia: Cuando me arranco al bosque de los sueños, a la selva oscura del dormir, y me cobro a mí mismo, me voy lentamente completando. Porque he dejado de interesarme por mis sueños. A la mierda con Freud. Las páginas son un diálogo con su hijo muerto tempranamente, a los seis años, de leucemia. De ese desgarro salen párrafos de condensación lírica y explosivas imágenes: Umbral se olvidó de su personaje para escribirlo.
El segundo, la Trilogía de Madrid (1984), en el que, con la base biográfica que impregna casi toda su obra, Umbral reinventa Madrid hasta hacerlo suyo, como también reinventaba su propia biografía hasta creérsela él mismo. Aquí sí está su personaje y en él se halla lo que más atrae y lo que más cansa de su obra.
El tercero, Capital del dolor (1996) -¿a quién dejé mi volumen, que no encuentro ahora para subir la imagen, o en cuál de mis sufridas mudanzas se extravió?-, una novela de aprendizaje sobre la generación de jóvenes que se encontró de golpe con la guerra civil y a la que tanto han seguido, sin reconocerlo, escritores jóvenes de hoy mismo.
Ayer ha muerto uno de los grandes escritores españoles del siglo XX. Del personaje ya no me acuerdo.
Ahora entraré en la casa y abriré las maletas...

miércoles, 15 de agosto de 2007


Cerrado por descanso del personal.

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Puedes seguir haciendo comentarios a las entradas ya colgadas: los publicaré a la vuelta.

martes, 14 de agosto de 2007

Puertas al vacío.

Cuando vacían un edificio, las puertas quedan cerradas para guardar los misterios. Quizá un paseante imprudente empuje para abrirlas y el osado sienta como si le hicieran un hueco dentro, lentamente, con un descorazonador que le va escarbando hasta la piel. Una mano ajena lo rellena, finalmente, de paja. Y los ojos, como puertas viejas, exhiben ya la tristeza del tiempo.

lunes, 13 de agosto de 2007

Yo es que soy de letras.


Como casi todos los padres, durante el verano me siento unos minutos al día con mi hija a repasar los conocimientos del curso anterior. También le pido que haga redacciones breves o que lea. La verdad es que a Elena no le cuesta demasiado ponerse a la tarea, que yo le hago lo más entretenida posible dadas las fechas en las que estamos.
Ahora bien, de vez en cuando debo pensar un rato los problemas de matemáticas. Yo es que soy de letras... Quizá, en breve, acompañando a mi hija, pueda aprender, de una vez por todas, a hacer una raíz cuadrada en condiciones. Lo de despejar incógnitas lo dejaré para ella, que a mí se me amontonan las x y las y cada día.

domingo, 12 de agosto de 2007

Nuevo hurto de Marilyn.


Hace tiempo, robé una Marilyn Monroe a mi muy leída Isabel Núñez, cuyo blog visito con frecuencia. Coincido con ella (con Isabel, digo) en muchas cosas: su estetizada mirada serena, sus planteamientos sobre lo urbano y sobre la condición de nosotros como ciudadanos, sus lecturas e incluso cuando se encrespa y lucha tenaz, como le ha sucedido con su azufaifo. Y, además, me trae recuerdos del mar...
Pero mi primer comentario en su blog (creo) fue para notificarle el hurto de Marilyn. Curiosamente, a ella le gustan unas fotos en las que Marilyn toma gesto de Audrey Hepburn. Una mezcla entre la voluptuosidad y la elegancia. ¿Cuántas capas ocultan a Marilyn y en cuál de ellas estaba? ¿O era todas ellas? ¿O estas imágenes representan cómo la soñaban los ojos de los fotógrafos? Quizá ella misma se perdiera entre tanta diversidad de sí misma. Posiblemente, al igual que su público, haya sido víctima de la tendencia a simplificar lo que se nos traslada sobre los otros, lejanos, a través de la imagen.
Además, Marilyn murió un 5 de agosto... y eso me la aproxima más aun.
Todo esto, sólo para decir que hoy le robo esta otra Marilyn, después de días de intentar contenerme y que es lo único que me saca de esta apatía agosteña. Cleptomanía...

sábado, 11 de agosto de 2007

Más espacio y primer anuncio de las Jornadas de octubre.



Desde hace unos días, los más observadores habréis visto, en el margen izquierdo del blog, dos líneas invitando a visitar mi espacio virtual. En él, que también se llama La Acequia y ha sido construido de la forma más sencilla posible, encontraréis información académica relacionada con mi profesión. Es, lo confieso, una forma de ordenar las cosas para tenerlas a mano (es curioso el arrastre de conceptos y expresiones al mundo del ciberespacio: ¿qué es aquí "tenerlas a mano"?) y facilitar su consulta a colegas, alumnos e interesados. No se actualizará con la frecuencia de este blog, ni tiene sus mismas pretensiones, pero cuenta con canales de comunicación. El más importante, por ahora, es el avance de las III Jornadas sobre Lenguaje y Periodismo. MUTANTES. LAS PALABRAS EN LA RED, que se celebrarán en la Universidad de Burgos del 23 al 25 de octubre de 2007. Como veréis al consultar el programa previsto, al mundo de los blogs se le dedicará una sesión completa más alguna ponencia.


Otro de esos vasos comunicantes es la serie de artículos sobre Larra en la era virtual que me ocupa en el mes de agosto y que continuará en los próximos días. Es difícil saber el público con el que uno cuenta y si interesa esto o lo otro. Pero Larra debía estar presente en este formato, o eso creo.


El blog seguirá adelante por muchas cosas, alguna de las cuales confesé en un meme hace unos días. Ahora bien, en agosto...


lunes, 6 de agosto de 2007

De lo que no se debe decir a que me prohíban éste. Con una coda final sobre el caso de "El Jueves" (Larra en la era virtual).




El caso de El Jueves ha vuelto a poner de actualidad en España el debate sobre la censura. También en esto, Larra, como todos los periodistas -publicistas se llamaban- del siglo XIX tiene opinión que nos sirve y demostración clara de que, cuando el ingenio se aguza, la censura no sirve o da unos resultados que el censor no preveía.

Tres son los artículos que quiero citar hoy: El Siglo en blanco (marzo de 1834), Lo que no se puede decir, no se debe decir (octubre de 1834) y La alabanza, o que me prohíban éste (marzo de 1835). Su publicación cubre un año en el que el gobierno del momento ha intentado controlar la opinión pública hasta niveles que hoy consideraríamos mayoritariamente intolerables.

El Siglo en blanco es un artículo en el que Larra se pone de lado de El Siglo, cuyas columnas han debido salir a la calle en blanco, sólo presididas por el título de cada sección, dado que se ha prohíbido el texto. Con mucha ironía, defiende el derecho a opinar:

no es cosa tan fácil como parece enseñar a callar al hombre, el cual nació para hablar, según han creído erróneamente algunos autores mal informados, dejándose deslumbrar sin duda por las apariencias de verosimilitud que le da a esta opinión el don de la palabra, que nos diferencia tan funestamente de los más seres que crió de suyo callados y taciturnos la sabia naturaleza.

Como quizá podríamos recordar muchos españoles de hoy, alude, con el recurso irónico de que Platón enseñaba durante cinco años a callar a sus alumnos antes de que aprendieran otras cosas, a cómo ya hubo un tiempo reciente -la Década Ominosa del reinado funesto de Fernando VII- en el que fue obligado el callar:

De cuánto se pueda callar en cinco años podrase formar una idea aproximada con sólo repasar por la memoria cuanto hemos callado nosotros, mis lectores y yo, en diez años, esto es, en dos cursos completos de Platón que hemos hecho pacientemente desde el año 23 hasta el 33 inclusive, de feliz recuerdo; en los cuales nos sucedía precisamente lo mismo que en la cátedra de Platón, a saber, que sólo hablaba el maestro, y eso para enseñar a callar a los demás, y perdónenos el filósofo griego la comparación. Esto con respecto a dar una idea de lo mucho que se puede callar en cinco o en diez años; ahora bien, con respecto a lo que se puede callar en un solo día, basta para formar una idea leer, si es posible, El Siglo, periódico que no se ofenderá si aseguramos de él que trae cosas que no están escritas; periódico enteramente platónico, pero que no puede haber sacado tanto provecho como honra de su ciencia en el callar.

El segundo, Lo que no se puede decir, no se debe decir, es una burla directa de la censura en la que practica el luego tan extendido recurso de decir las cosas sin decirlas. Para ello, afirma someterse, como buen súbdito a la ley, para que no le prohíban el artículo que quiere escribir:

Empiezo por poner al frente de mi artículo, para que me sirva de eterno recuerdo: «Lo que no se puede decir, no se debe decir». Sentada en el papel esta provechosa verdad, que es la verdadera, abro el reglamento de censura: no me pongo a criticarlo, ¡nada de eso!, no me compete. Sea reglamento o no sea reglamento, cierro los ojos, y venero la ley, y la bendigo, que es más. Y continúo: «Artículo 12. No permitirán los censores que se inserten en los periódicos:

»Primero: artículos en que viertan máximas o doctrinas que conspiren a destruir o alterar la religión, el respeto a los derechos y prerrogativas del trono, el Estatuto Real y demás leyes fundamentales de la Monarquía».

Esto dice la ley. Ahora bien: doy el caso que me ocurra una idea que conspira a destruir la religión. La callo, no la escribo, me la como. Éste es el modo.


Por lo tanto, no dirá nada de los derechos y prerrogativas del trono, el Estatuto. Será un escritor sumiso: Los escritores, por otra parte, debemos dar el ejemplo de la sumisión. O es ley, o no es ley. ¡Mal haya los descontentadizos! ¡Mal haya esa funesta oposición! ¿No es buena manía la de oponerse a todo, la de querer escribirlo todo?

Si no se pueden escribir sátiras e invectivas, pues no las escribirá, si tampoco pueden disfrazarse con alusiones ni alegorías, pues no se disfrazan, cosa ya de por sí difícil para un escritor.

En buen hora; voy a escribir ya; pero llego a este párrafo y no escribo. Que no es injurioso, que no es libelo, que no pongo anagrama. No importa; puede convencerse el censor de que se alude, aunque no se aluda. ¿Cómo haré, pues, que el censor no se convenza? Gran trabajo: no escribo nada; mejor para mí; mejor para él; mejor para el Gobierno: que encuentre alusiones en lo que no escribo. He aquí, he aquí el sistema. He aquí la gran dificultad por tierra. Desengañémonos: nada más fácil que obedecer. Pues entonces, ¿en qué se fundan las quejas? ¡Miserables que somos!

Finalmente, puede contemplar con agrado de buen ciudadano su trabajo:

Hecho mi examen de la ley, voy a ver mi artículo; con el reglamento de censura a la vista, con la intención que me asiste, no puedo haberlo infringido. Examino mi papel; no he escrito nada, no he hecho artículo, es verdad. Pero en cambio he cumplido con la ley. Este será eternamente mi sistema; buen ciudadano, respetaré el látigo que me gobierna, y concluiré siempre diciendo: «Lo que no se puede decir, no se debe decir».

Debe observarse cómo ha criticado la ley defendiéndola y sin que ningún censor que quiera cumplirarla pueda porhibirle el resultado.

El tercer artículo, La alabanza, o que me prohíban éste es la culminación del camino. Si no se puede opinar de nada con el riesgo de que te prohíban el texto, se debe hacer lo único que te garantizará directamente la aprobación del censor. Comienza con una interesante disquisición sobre si se escribe para sí mismo o para otros. Concluye que todos los escritores lo hacen para sí mismos:

Los autores han dicho siempre en sus prólogos, y se lo han llegado a creer ellos mismos, que escriben para el público; no sería malo que se desengañasen de este error. Los no leídos y los silbados escriben evidentemente para sí; los aplaudidos y celebrados escriben por su interés, alguna vez por su gloria, pero siempre para sí.

Entonces, ¿quién escribe para otro? Quien escribe para el censor. Claro, él nunca ha escrito para este otro porque: Bien determinado como estoy a no escribir jamás para el censor, he tratado siempre de no escribir sino la verdad, porque al fin, he dicho para mí, ¿qué censor había de prohibir la verdad, y qué Gobierno ilustrado, como el nuestro, no la había de querer oír? Así es, que si en el reglamento de censura se prohíbe hablar contra la religión, contra las autoridades, contra los gobiernos y los soberanos extranjeros, y contra otra porción de materias, es porque se ha presumido, con mucha razón, que era imposible hablar mal de esas cosas, diciendo verdad. Y para mentir más vale no escribir. Todo esto es claro; es más que claro; casi es justo.

Para demostrarlo, está decidido a alabar todos los logros de los gobernantes:

¡Maldicientes! Lo mismo que el entusiasmo. Mil veces he oído decir que han apagado el entusiasmo. ¿Y qué? Pongamos que sea cierto. ¿No se acaba de decidir ahora que se haga entusiasmo nuevo? ¿No se va a escribir a todos los señores gobernadores que fomenten el espíritu público y que hagan entusiasmo a toda prisa? ¿Y no lo harán por ventura? Y excelente y de la mejor calidad. El año pasado no hacía falta el entusiasmo; como que la facción era poca y el peligro ninguno, nos íbamos pandeando sin entusiasmo y sin espíritu público; y luego, que entonces estaba la anarquía cosida siempre a los autos del entusiasmo, y ahora ya no. Y el entusiasmo de ahora ha de ser un entusiasmo moderado, un entusiasmo frío y racional, un entusiasmo que mate facciosos, pero nada más; entusiasmo, señor, de quita y pon; y entusiasmo, en una palabra, sordomudo de nacimiento; entusiasmo que no cante, que no alborote el cotarro; que no se vuelva la casa un gallinero. Y éste es el bueno, el verdadero entusiasmo. No, sino volvamos a las canciones patrióticas. ¿Qué trajo la ruina del sistema? Unas veces dicen que fue la libertad de imprenta, otras que fue... No, señor, hoy estamos de acuerdo en que fueron las canciones. ¿Y esto no será de alabar?

Yo alabaré siempre; yo defenderé; reniego de la oposición. ¿Qué quiere decir la oposición?

He aquí un artículo escrito para todos, menos para el censor. La ALABANZA, en una palabra: ¡QUE ME PROHÍBAN ÉSTE!

Coda final.

Algunos pensarán que prometer una coda final ha sido un truco para hacer tragar la píldora de los párrafos anteriores. ¿Recurrir a truco tan bajo? No, por cierto. Aquí va lo prometido.
España está muy lejos de ser un país con censura. De eso, los que tenemos una edad sabemos algo. Por lo tanto, no hablamos de censura más que por extensión y miedo de volver hacia atrás. Estos miedos instalados en el ser de todo español y que hacen a veces que actuemos de formas extrañas en nuestra vida: desde educar sin disciplina hasta pensar que ninguna ley está por encima de nuestro libre voluntad. O de que algunos, en cuanto ejercen cualquier grado de autoridad, saquen tan fácilmente comportamientos exageradamente marciales.
La actuación judicial contra la portada de El Jueves no ha gustado a casi nadie, a mí tampoco. Pero es cierto que cumple la ley. ¿Por qué no se ha cumplido la ley en ocasiones anteriores? Vaya usted a saber. ¿Por qué se ha cumplido precisamente ahora? Larra me da un golpecito en el hombro, y contesta: "Lo que no se puede decir, no se debe decir, así que calla o alaba". Pues eso.
La portada inicial no me gustó. En cambio, me gustó mucho más y me pareció más satírica la portada rectificada: demuestra más ingenio. Yo fui lector asiduo de esta publicación. Dejé de serlo, no sé si por edad o por estética. Por eso, espero no tener que volver a comprarla, cosa que solo haría si comienza a salir en blanco. ¡Exagero! Pues claro. Pero es que uno empieza a cumplir la ley y no sabe dónde terminar. Y no critico la ley, que nos ampara y vela por nosotros, por supuesto. El Jueves en blanco...

Ahora, bien, en el mundo de Internet, ¿qué sentido tiene esto?
(Continuará)

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viernes, 3 de agosto de 2007

La muerte del Bachiller (Larra en la era virtual).


Después de pasar revista satírica a la sociedad madrileña del momento, como cualquier blogger actual que se precie, Larra decide terminar la publicación de El pobrecito hablador y así lo anuncia en el número 13 (marzo de 1833):

Trece números y diez meses va a hacer que, acosados del enemigo malo que nos inducía a hablar, dimos principio a nuestras habladurías. -¿Qué? ¿No queda más que hablar?, nos dirán.- Mucho nos falta efectivamente que decir, pero acabamos de entrar en cuenta con nosotros mismos, y hecha abstracción de lo que no se debe, de lo que no se quiere, o de lo que no se puede decir, que para nosotros es lo más, podemos asegurar a nuestros lectores que dejamos el puesto humildemente a quien quiera iluminar la parte del cuadro que nuestro pobre pincel ha dejado oscura.

En los doce números anteriores ha dejado un retrato social crítico, alguno de cuyos tipos aun permanecen en el imaginario colectivo y muchas de cuyas técnicas se usan hoy en el ciberespacio, como veremos en otro post:

-Sátira contra la Corte.
-¿No se lee porque no se escribe, no se escribe porque no se lee? (Artículo enteramente nuestro).
-Empeños y desempeños (Artículo parecido a otro.).
-¿Qué cosa es por acá el autor de una comedia? (Artículo nuestro.)
-Sátira contra los malos versos de circunstancias.
-¿Quién es por acá el autor de una comedia? Artículo segundo: El derecho de propiedad.
-Carta segunda escrita a Andrés por el mismo Bachiller.
-Manía de citas y de epígrafes.
-El casarse pronto y mal. (Artículo del Bachiller.)
-El castellano viejo.
-Robos decentes.
-Reflexiones acerca del modo de resucitar el teatro español.
-Carta de Andrés Niporesas al Bachiller.
-Vuelva usted mañana. (Artículo del Bachiller.)
-El mundo todo es máscaras: todo el año es Carnaval (Artículo del Bachiller.)
-Carta última de Andrés Niporesas al Bachiller Don Juan Pérez de Munguía.

En ellas encontrarán los autores de los blogs actuales los modelos básicos del retrato de costumbres, de tipos, el periodismo de denuncia (Vuelva usted mañana debería ser lectura obligada), el chascarrillo. Difiere el formato, claro. Y la extensión.
Para terminar con la publicación, a Larra se le ocurre, a la manera cervantina, matar a su personaje haciéndole volver al redil social de las buenas costumbres-es decir, a lo políticamente correcto-. Así nos lo cuenta Andrés Niporesas, personaje encargado de la redacción del último número de El Pobrecito hablador, el 14 (acordémonos de la posibilidad que nos da Internet para crear varios pseudónimos, cada uno con su personalidad):

El Bachiller... ¡ha muerto! ¿Alguna alevosa pulmonía? No; no era un soplo de aire quien había de matar a un hablador. ¿Una apoplegía fulminante? ¡Ah! Un pobrecito no muere de apoplegía. ¿Murió de tener razón? ¿Murió de la verdad? ¿Murió de alguna paliza? Pero, ¡ay!, era su estrella dar palos y no recibirlos. ¿Dio con alguno más hablador que él? ¿Murió de algún atragantón de palabras?


No es la recuperación de la cordura lo que provoca su rehabilitación, sino el miedo. El personaje creado por Larra no ha tenido la precaución de refugiarse en el anonimato (obsérvese la ironía tras la que se esconde el propio autor) y sufre las consecuencias -aprendan los bloggers satíricos. Se retracta de todas las sátiras publicadas y dice sus últimas palabras, que conocemos gracias al escrito que el antiguo escribiente del Bachiller envía a Andrés Niporesas:

Ea pues, hijos, yo me muero todo: tomad para vos este escarmiento: antes de hablar, mirad lo que vais a decir; ved las consecuencias de las habladurías. Si apego tenéis a vuestra tranquilidad, olvidad lo que sepáis; pasad por todo, adulad de firme, que ni en eso cabe demasía, ni por ello prendieron nunca a nadie: no se os dé un bledo de cómo vayan o vengan las cosas; amad a todo el mundo con gran cordialidad, o a lo menos fingidlo si no os saliere de corazón, con lo cual pasaréis por personas de muy buena índole, y no como yo, que muero en olor de malicioso porque he querido dar a entender que de algunos países nunca puede salir nada bueno... en fin... muero.. a Dios... hijos... ¡de miedo!

Como el médico que le atiende no se fía de la muerte cierta del hablador, para comprobarla, le grita al oído que el mundo está lleno aun de todos aquellos a los que había satirizado. Como no reacciona, hace una comprobación extrema, sabiendo, como les pasa hoy a la mayoría de los autores de blogs, que el hablador odia a los periódicos establecidos y desconfía de ellos:

Entonces, haciendo el último esfuerzo, cogió algunos periódicos españoles, púsoselos sobre la cara, y esperó un momento; pero no rebullendo mi amo, el doctor exclamó con la mayor pena, dejando caer la ropa sobre el difunto: "Muerto está; cuando nada dice a todo esto, ni un soplo de vida le queda. En paz descanse."


Hágase la prueba con cualquier blogger actual.

El próximo de la serie, sobre Larra y la censura (con alusiones al caso de El Jueves, no tratado aun en La Acequia).

(Continuará)
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miércoles, 1 de agosto de 2007

Dos palabras (Larra en la era virtual).

[Mariano José de Larra. Grabado de mi propiedad.]

Hace unas semanas, mi querido Blogófago, tras tomarnos un café, cogió al vuelo una alusión mía a Mariano José de Larra y, acertadamente, trascribió las líneas iniciales del primer artículo de El pobrecito hablador. Revista satírica de costumbres, etc., etc. Por el bachiller D. Juan Pérez de Munguía (1832-1833). Lo introdujo tan oportunamente que remito a él en este caso. El artículo lleva por título "¿Quién es el público, y dónde se le encuentra?" y es una ingeniosa entradilla de la publicación que Larra culmina con una NOTA. El pobrecito hablador, por no dejar meter baza a nadie, no admite ni da contestaciones.


Antes, Larra había redactado unos párrafos, a modo de propaganda y editorial, en los que diseñaba las características de la nueva publicación. El texto tenía como título Dos palabras y, mutatis mutandi, nos depara sorpresas si lo comparamos con el mundo de los blogs.

Comienza por afirmar que no quiere redactar un periódico tradicional porque no se cree capacitado para ello y no le gusta adoptar sujeciones: la misma libertad que cualquier blogger desea para sí mismo. Estas sujeciones deben entenderse no sólo desde el punto de vista ideológico, sino también del formato:


Emitir nuestras ideas tales cuales se nos ocurran, o las de otros, tales cuales las encontremos para divertir al público, en folletos sueltos de poco volumen y de menos precio, este sí es nuestro objeto; porque en cuanto a aquello de instruirle, como suelen decir arrogantemente los que escriben de profesión o por casualidad para el público, ni tenemos la presunción de creer saber más que él, ni estamos muy seguros de que él lea con ese objeto cuando lee. No siendo nuestra intención sino divertirle, no seremos escrupulosos en la elección de los medios, siempre que estos no puedan acarrear perjuicio nuestro, ni de tercero, siempre que sean lícitos, honrados y decorosos.

Claro, en época de Larra, y más en el formato impreso por el que opta -otra cosa eran los libelos anónimos plagados de insultos o grabados obscenos y caricaturizadores, o las hojas manuscritas que circulaban a cientos-, no sólo no era legal, como ahora, entrar en ofensas personales, sino que tampoco era muy recomendable atentar contra las instituciones. De ahí que afirme que su sátira no será nunca individual y concreta -lo que puede significar también ponerse la venda antes de la herida. Ya le llegarán tiempos mejores a Larra, en los que sí que caerá en el retrato durísimo de personalidades de su tiempo, especialmente de aquellos que le defrauden, como Martínez de la Rosa.

Afirma después otra característica que sigue vigente en el mundo de los blogs (es la esencia de gran parte de ellos):

Siendo nuestro objeto divertir por cualquier medio, cuando no se le ocurra a nuestra pobre imaginación nada que nos parezca suficiente o satisfactorio, declaramos francamente que robaremos donde podamos nuestros materiales, publicándolos íntegros o mutilados, traducidos, arreglados o refundidos, citando la fuente, o apropiándonoslos descaradamente, porque como pobres habladores hablamos lo nuestro y lo ajeno, seguros de que al público lo que le importa en lo que se le da impreso no es el nombre del escritor, sino la calidad del escrito, y de que vale más divertir con cosas ajenas que fastidiar con las propias. Concurriremos a las obras de otros como los faltos de ropa a los bailes del Carnaval pasado: llevaremos nuestro miserable ingenio, le cambiaremos por el bueno de los demás, y con ribetes distintos lo prohijaremos, como lo hacen muchos sin decirlo, de modo que habrá artículos que sean una capa ajena con embozos nuevos.

Aviso a navegantes: Larra no plagia, sino que se inspira en otros con descaro y desparpajo. Y supera a sus modelos con el ingenio y la profundidad de la mirada. Y aquí se burla ingeniosamente de cualquier ley sobre la propiedad intelectual, como si supiera que en la futura Internet nada será de nadie:

Además, ¿quién nos podrá negar que semejantes artículos nos pertenezcan después de que los hayamos robado? Nuestros serán indudablemente por derecho de conquista. Habralos también sin embargo enteramente nuestros.

Y, en cuanto a un avance de materias a tratar, se declara incapaz de hacerlo, porque el trancurrir de El Pobrecito hablador será abierto:

Siguiendo este sistema no podemos fijar los materiales de que hablaremos; sabemos poco, y aun sabemos menos lo que se nos podrá ocurrir, o lo que nos podemos encontrar. Reírnos de las ridiculeces, esta es nuestra divisa; ser leído, este es nuestro objeto; decir la verdad, este es nuestro medio.

Larra, que era un jovencísimo escritor en esa época, nos da muchas claves de este mundo virtual de ahora. A ellas hay que añadir el pseudónimo frecuente en las publicaciones periódicas de su tiempo-nick, lo llamamos ahora-: pobrecito hablador, bachiller Juan Pérez de Munguía (a los que añadirá otros en años sucesivos, hasta su más famoso: Fígaro), o lo que afirma en las líneas finales:


Aunque nos damos tratamiento de nos, bueno es advertir que no somos más que uno, es decir, que no somos lo que parecemos; pero no presumimos tampoco ser más ni menos que nuestros escritores de la época.

¿Algún blogger es capaz de dar más y expresarlo mejor? Lo que Larra no pudo vivir es la inmediata comunicación con los lectores. Pero incluso el periódico era un avance considerable en esto con respecto a los formatos anteriores.

Uno de los males actuales es que pensamos haberlo inventado todo.

(Continuará.)
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Durante el mes de agosto la actualización del blog no será diaria.
Estamos en verano, no me pidáis constancia.
Tantos mis comentarios como la publicación de los vuestros sufrirán del estío.