lunes, 16 de enero de 2017

No confundamos. Una razón para la necesidad de la crítica literaria y de la enseñanza de la literatura



Aviso previo:

1º.- Este artículo no pretende coartar la libertad para expresarse a través de la escritura o del arte de ninguno de los aficionados. Escribir es una buena cosa. Comunicar emociones, ideas, etc. es un derecho y ser creativo de las mejores cosas que tiene un ser humano. Si escribes porque eres aficionado a la literatura, sigue haciéndolo después de leer las líneas siguientes. Persevera, trabaja, pregunta, fórmate. También puedes no hacerlo si tu pretensión es escribir y publicar para ti y tu círculo próximo. Tienes derecho a escribir y a publicar lo que escribes y siempre contarás con mi aplauso. Este artículo no va contra ti en ningún caso. Si en nuestra sociedad se fomentara más la creatividad todo nos iría mejor.

2º.- Este artículo no es un ataque a los editores independientes de sellos pequeños que luchan día a día por mejorar la calidad de sus libros y sus catálogos, que sacan horas de su vida personal y que arriesgan su dinero. A un editor así hay que defenderlo siempre.

3º.- Este artículo no pretende que los poetas populares o los novelistas a la moda dejen de escribir o publicar. Entre otras cosas, porque no me harán caso y será bueno que no lo hagan. En parte por el aviso anterior, pero también porque, alcanzado cierto renombre y número de ejemplares vendidos, lo que escriben es ya un negocio y el mercado tiene sus propias dinámicas entreveradas con el arte. Eso sí, este artículo sí va, en parte, sobre estos autores porque no comprenderé nunca que la popularidad y el éxito los aleje del juicio crítico.

4º.- Este artículo también alude a aquellos que dan el salto de escribir para un círculo pequeño de amigos y familiares a un empeño mayor. Este paso es sustancial y quienes lo dan deberían comprender que todo arte tiene unas técnicas y unos propósitos. No aludo a un único canon ni a ningún academicismo, quede claro.

5º.- Este artículo defiende la necesidad de una crítica literaria seria y responsable, no sectaria, así como la formación artística que deberían proporcionar, entre otros, los profesores de literatura. No hablo aquí de una crítica despiadada o negativa que siempre es recibida con alborozo por las personas de carácter rencoroso o envidioso y no suele traer nada bueno salvo polémicas estériles y aplauso de sectarios. Como saben los que lean este blog, no suelo hacer críticas negativas sino proponer lecturas que a mí me parecen que deben hacerse.

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Estos días, en la prensa española y en las redes sociales abundan las opiniones sobre los poetas populares, esos que venden sus libros a miles o decenas de miles. Un fenómeno editorial que no puede negarse y que protagoniza las listas de los libros más vendidos en los últimos cuatro o cinco años. Estas semanas, la polémica se ha centrado en la poesía, pero lo mismo ocurre en la novela, aunque la polémica tenga menos intensidad porque en ella hay campo más grande dado que el mercado lo es y la competencia por el público y la visibilidad es menos feroz. En el fondo, es una vieja reedición de los antiguos debates presentes siempre en el mundo del arte pero que se han multiplicado por los avances tecnológicos.

En primer lugar, la posibilidad de aumentar el número de ejemplares impresos de una obra que se produjo en el siglo XIX con las innovaciones en el mundo de la impresión. Se multiplicó el número de imprentas, se usó el papel de celulosa, se desarrolló la mecanización de todo el proceso, que dejó de ser manual. Las leyes sobre la libertad de imprenta y el comercio libre contribuyeron también. Y, por supuesto, la aparición de un nuevo público lector, más amplio, más diverso. Esta realidad se intensificó a lo largo del siglo XX. Desde entonces hay una literatura impresa popular y masiva, que ha movido siempre el mayor número de ventas y lectores pero cuya calidad es escasa, sus innovaciones pocas y no suele traspasar el tiempo en el que fue escrita porque está pegada a las modas, los gustos y algunas circunstancias pasajeras (la biografía de los autores, las cuestiones políticas y sociales, etc.). Campoamor siempre tuvo más lectores que Juan Ramón Jiménez, por ejemplo. Y eso no es un valor en sí mismo más que como resultado contable. La novedad, por lo tanto, no es que la literatura popular venda más porque siempre lo ha hecho sino que ocupe un espacio que antes no le correspondía y que esto comience a preocupar por el estrecho margen que se deja a la que antes se consideraba como literatura de calidad.

En segundo lugar, la aparición de la tecnología digital, que ha abaratado el producto hasta hacer posible que el coste de un libro normal maquetado e impreso sea de uno a tres euros por ejemplar.. Este abaratamiento no solo se debe a los procedimientos informáticos sino también a que cada vez hay más maquetadores aficionados o voluntariosos que no dominan este trabajo y que nadie suele encargarse de revisar de forma profesional el resultado último. Las grandes editoriales, además, han comenzado a imprimir en otros países en los que la mano de obra es barata. Estas empresas no diferencian el libro de la ropa o un componente electrónico. Esto perjudica a los buenos y serios profesionales de la maquetación y a las imprentas locales que siguen los procedimientos tradicionales. Los libros impresos por procedimientos no digitales sufren la dura competencia y poco a poco las ediciones en papel tienen peor calidad física, peor maquetación y una desastrosa calidad de los textos. Son pocos los libros bien impresos, maquetados y revisados convenientemente que hallamos en las mesas de novedades.

Esta digitalización del mundo de la imprenta y el abaratamiento en la producción del libro se suma a la extensión de las redes sociales en las que uno de los fenómenos más evidentes es la escritura creativa libre de toda persona que así lo desee. No sé si es una causa o una consecuencia, pero se extienden los talleres de escritura y los grupos locales en los que leer la poesía de forma abierta. Y esto, antes o después, tenía que pasar al libro en papel. Describo, no valoro. En estos grupos existen personas entregadas y que lo hacen con generosidad para promover la escritura y la lectura creativas en sus localidades y debería reconocerse su esfuerzo porque ganan lectores y dan cauce a las necesidades culturales de muchas personas. Yo procuro hacerlo siempre en este blog, como recordarán los que me lean a menudo.

Que haya tanta gente escribiendo y publicando sin unos conocimientos mínimos previos sobre la escritura literaria, sin haber leído suficientemente y hasta sin la correción ortográfica o sintáctica requerida para una comunicación fluida, no es malo en sí mismo, nunca es malo ni debe ser rechazado. No es el espíritu de estas líneas. Lo peor es que los mecanismos sociales y de mercado en los que se mueven hagan que estos escritores pierdan conciencia de su posición en el campo de la literatura y de lo que les resta por aprender técnicamente para mejorar como escritores, se lamenten de no ganar premios de prestigio, acogidos por las instituciones al mismo nivel que los escritores reconocidos o de no ser publicados por determinadas editoriales y su envanecimiento les haga protagonizar espectáculos deplorables por vanidad y ambición. Son víctimas del aplauso fácil y de su propia ambición. Recuerdo aún un poeta con varios libros publicados que no sabía qué era un endecasílabo y se atrevía a discutir sobre uno que él proponía aunque le faltara claramente una sílaba y un novelista que ignoraba que la técnica que tanto decía usar como si la hubiera inventado se debía, en realidad, a un uso cervantino de la perspectiva múltiple. Cualquier editor responsable podría dar testimonio de cómo le llegan los textos que se le proponen o de las extravagantes conversaciones con algunos escritores.

No es malo que todo el que quiera escriba y publique. Nunca ha sido más fácil y así debe ser. No es malo que se venda y se lea todo tipo de literatura y que algunos libros que yo nunca leería se vendan mucho, muchísimo. Todo lo contrario, aunque yo soy de los escépticos que piensa que raramente la mala literatura o la literatura popular puede llevarnos a la buena o que el lector acostumbrado a la banalidad pueda hacer un esfuerzo para comprender otro tipo de literatura, así como el espectador que ve un programa de telebasura tras otro no podrá disfrutar normalmente de una buena película. El gusto, como tantas otras cosas, también se estropea por el mal uso o no mejora por falta de estímulo. Por eso hay que hacer un esfuerzo diario para superarse como lector o como escritor.

Es bueno que las personas vean el resultado impreso de su creatividad o de su necesidad de comunicar emociones. El mundo es mejor cuando así se hace y la vida de las personas se mejora porque alcanzan objetivos que hasta hace poco estaban fuera de la mayoría. Aunque solo tuviera una razón mercantil como el que tienen la mayoría de las editoriales  profesionales que han surgido al calor del la impresión digital y que tratan los deseos de muchos de ver publicados sus textos como un mero negocio (no incluyo aquí las de los grupos locales que se convierten en organizaciones sin ánimo de lucro o culturales que quieren promover la literatura en su zona y se esfuerzan cada día por hacerlo acogiendo con generosidad a quienes llegan a visitarlos desde otros lugares, con lo que se produce una interesante red escasamente jerarquizada que siempre es agradable encontrar por toda la geografía del país). Abundan las estafas y las mentiras en este sector, sobre las que convendría alertar. Con cierta frecuencia tengo noticia de escándalos porque determinados editores sin escrúpulos engañan a grupos enteros de poetas locales aprovechándose de este entusiasmo prometiendo editar libros individuales o antologías de conjunto con unas condiciones que no se cumplen nunca. O editores que promueven concursos que esconden, en realidad, un fraude porque al final los premiados deben pagar la edición o comprometerse a comprar un número de libros que la hacen rentable como condición para ver impresos sus textos premiados sin ninguna criba de calidad previa. Uno de los engaños publicitarios más recurrentes -a veces por mera ignorancia- es denominar segunda o tercera edición a lo que no es más que una reimpresión digital a demanda con un número de ejemplares muy pequeño. España se ha llenado de reediciones de libros escasamente vendidos. Otro, más doloroso, es aprovecharse de los deseos de quienes quieren publicar para vender los cien ejemplares de un primer libro que puede colocar cualquiera que lo haga a amigos, conocidos y familiares.

Pero no hay que confundir todo esto con la literatura o con el arte. La mayor parte de estos libros, que todo el mundo tiene derecho a escribir, publicar y vender (y que, repito, es bueno que así se haga), son tan solo un producto comercial pasajero, objeto para regalo e intercambio entre amigos o mera comunicación de las emociones y las ideas propias para un círculo pequeño de personas. Los textos de estos libros no pasan de las vagas líneas sentimentales que antes se vendían en las postales que uno podía comprar en la estación de tren o en el estanco, frases típicas de la pseudofilosofía de los libros de autoayuda, chistes ocasionales más o menos brillantes y audaces, compromisos sociales impostados para tranquilizar conciencias, exabruptos de bar, todo ello sin ninguna técnica más que la expresión directa de las cosas con mejor o peor redacción. Su escritura es facilísima y tópica (es algo en lo que coinciden la línea de poesía realista con la sentimental, que tan mal se llevan entre sí), muy pegada a modelos a los que no supera sino rebaja y algunas pretendendidas innovaciones llevan cien años o más inventadas. De hecho, en la mayor parte de estos libros lo que uno detecta primero es la mala calidad de la escritura (incluso en la sintaxis o en la ortografía) y lo segundo es la insinceridad, como si nos vendieran el ejercicio de estilo de un taller literario local o casero y no el poema, pero eso es otra cuestión. Lo tercero es la máquina de hacer textos como churros.

De vez en cuando un autor o un editor encuentra la fórmula de éxito que durante un tiempo le permite vender mucho. Me alegra sinceramente este éxito comercial, pero no esperen que me alegren sus logros literarios porque casi nunca aparecen en sus páginas. Son éxitos de comunicación y publicidad, no estéticos y, como tales, no aportan nada a la literatura y ni siquiera sirven de verdad para sostener editoriales como ocurría con la referida colección del Libro de Bolsillo de Alianza Editorial en la que el recetario de Simone Ortega pagaba excelentes ediciones de libros y antologías de poesía. Aunque cuando se juntan ambas cosas, qué placer para la lectura.

Aparecen autores que han coleccionado fotos con escritores famosos y hecho acopio de amigos en Facebook, se han creado un personaje más o menos bohemio, contracultural, espiritual o del tipo que sea y, con poco más que este bagaje, han vendido libros por encima de lo habitual. Parecen haber aprendido la técnica antes en un curso de ventas dirigido a la mediana empresa que en un taller de literatura o leyendo y se aprovechan de cierta ingenuidad emocional e ideológica de los lectores no formados (este tipo de lectores son terreno abonado para el engaño). Un bluff literario que no suele durar mucho tiempo porque no viene acompañado de una obra consistente y sincera y suelen recurrir a la evidente imitación de modelos ya existentes con cierto prestigio, calcos estilísticos y hasta plagios (hemos tenido algunos sonados escándalos en los últimos tiempos). El mundo de las redes sociales y la velocidad de nuestro tiempo hace que uno de estos autores sustituya a otro en cuestión de meses y aunque algunos parezcan tener la habilidad suficiente como para sobrevivir, terminan cayendo víctimas de las mismas inercias que los auparon. Se les suele detectar por el intercambio de favores o el halago fácil de quien le pueda llevar hasta sus objetivos, su ansiedad para conseguir todo rápidamente aunque casi no hayan publicado, la necesidad de venderse sin interactuar con otros y la inmediata promoción de sus obras sin nada más que decir, ni siquiera opinar sobre literatura para no entrar en polémicas.

Hay editoriales de cierto prestigio que se han sumado al fenómeno como forma de obtener ganancias económicas. Venden estos libros como las camisetas o las tazas con la fotografía impresa de un famoso y por eso debemos tratarlas con mayor vigilancia que aquellas que dan a conocer el esfuerzo personal de quienes no tienen más pretensión que ver sus obras publicadas. No sé si con esto se editarán luego autores menos populares como se procuraba con las recetas de Simone Ortega. Lo dudo mucho porque no lo veo en sus catálogos editoriales como sí se apreciaba en Alianza. El círculo para los poetas que no siguen estas modas y estas costumbres cada vez es más estrecho y en breve deberán refugiarse en la edición independiente y en unas pocas colecciones de las comerciales de alcance nacional. Y el que escribe de verdad una obra personal de altura casi debe hacerlo ahora de forma vergonzante y pidiendo perdón. No exagero.

Uno de los fenómenos que recorren el arte de las últimas décadas es el desprestigio de la función del crítico literario y la destrucción de los modelos literarios. El encorsetamiento, la estrechez estética, moral e ideológica y la rigidez de muchos lo provocaron. Esto comienza a pasar también en la enseñanza de la literatura. Hay profesores de esta materia en España que no se han leído a los clásicos o que los han leído insuficientemente y comienzan a apostar por estas nuevas formas populares no por verdadero convencimiento sino porque es casi lo único que leen y para ellos resulta también un esfuerzo insalvable abordar un texto de Góngora o de Juan Ramón Jiménez o de Poeta en Nueva York. Comenzó hace tiempo. Muchos profesores de literatura española ni se han adentrado en el Quijote ni piensan que deban hacerlo para hablar de narrativa. Pero hoy es cada vez más necesario el buen crítico literario o el buen profesor de literatura. Porque no es lo mismo leer a Campoamor que a Juan Ramón Jiménez, no es lo mismo leer a Fernández y González que leer a Clarín, no es lo mismo leer a Corín Tellado que a García Márquez, no es lo mismo leer a cualquiera de estos escritores tan vendidos hoy que a Claudio Rodríguez. Y esto no tiene nada que ver con una posición academicista o excluyente de lo que se consideraba antes como un canon sacralizado. Nunca he creído en un canon así.

Se da otro fenómeno curioso. Como decía al inicio, muchos de los que afirman que todos tienen derecho a escribir y publicar niegan el derecho a la crítica: ¿Quién eres tú para decirme lo que es o no poesía o explicar las razones por las que te gusta o no de forma técnica y sin limitarte a lo emocional o a lo ideológico? Afirman que la poesía es solo o prioritariamente sentimiento o ideología, según sus intenciones, que basta siempre con la expresión directa y que no debe explicarse ni enseñarse como si emanara misteriosamente de algo mágico e incontrolable no sometido a ninguna técnica... Supongo que hay cierto temor en ellos porque, entre otras cosas, los textos de los que hablamos no resisten un análilsis medianamente profesional y se ven enseguida sus cosidos mal rematados, su simplicidad o la burda manipulación emocional o ideológica a la que someten al lector. Pertenecen más a la sociología o a la psicología que a la literatura y deben ir al cajón correspondiente de la socioliteratura. Como si cualquiera pudiera tocar una guitarra sin conocimiento alguno de cómo hacerlo y todos deberíamos respetárselo en público y aún pagar por escucharlo, subvencionarlo y auparlo a la fama o soportar pésimos actores en una obra teatral por la que hemos tenido que pagar como si fueran profesionales con el único razonamiento que todos tienen el mismo derecho. Qué error, qué gran error en el que están. Esos son los argumentos de quien no quiere hacer ningún esfuerzo y desea perderse uno de los mayores placeres que puede tener el ser humano o solo disfrutarlo en los preliminares. Yo, al menos, no pienso perdérmelo de ninguna de las maneras, con toda la intensidad de que sea capaz. Entre otras cosas porque leer de verdad, superar la lectura insuficiente con esfuerzo y constancia, nos hace mejores, menos manipulables, evita que nos engañen vendiéndonos como novedad cosas que ya son viejas, estropeadas y malas. Defender la lectura insuficiente o la escritura insuficiente es defender una sociedad anestesiada y mediocre, que no ve la necesidad de hacer esfuerzo alguno para escribir o para leer y que, por lo tanto, nunca tendrá acceso masivo a los textos clásicos. Sería defender que los derechos democráticos nos obligaran a renunciar a la mejor parte de nuestra cultura artística. Un absurdo. Curiosamente esta parte de nuestras mejores manifestaciones culturales está ahí mismo, gratis, al alcance de todos más que nunca, en internet. A la distancia de un gesto con el dedo pero tan lejos que parecen otro planeta que ni siquiera tenemos la conciencia de deber explorar. Esta brecha cultural se acentúa con nuestro consentimiento en una época en la que resulta más fácil que nunca superarla a poco esfuerzo y dedicación que pongan tanto los escritores como sus lectores.

Que escriban todos, que publiquen todos, que todo se venda, que todo se lea, que quien pueda gane dinero con la literatura y que quien solo quiera emocionarse o distraerse un rato lo haga, por supuesto. Es bueno leer, es bueno escribir, es bueno que las personas comuniquen sus emociones, ideas y sentimientos y que algunos hagan negocio con ello y creen puestos de trabajo. Me alegraré por todos ellos sinceramente y contarán con mi colaboración cuando me la soliciten, mi amistad y mi entusiasmo. Pero no confundamos. Para no hacerlo necesitamos el convencimiento personal de que debemos hacer el esfuerzo de mejorar nuestro acceso a la cultura y críticos literarios en los que podamos confiar, guías en la selva de los títulos que se publican en un año, sin paternalismos pero adaptados a cada nivel de lectura, que no dependan de intereses de escuela o editoriales y mejores profesores de literatura en todos los niveles del ejercicio de aprendizaje. Y hasta alguien que vaya advirtiendo a los ingenuos de las trampas del mercado, de los aprovechados y de los sectarismos literarios. No hablo, por supuesto de una crítica literaria o una enseñanza monolítica, sectaria moral o ideológica ni de escuela. Por suerte, esos tiempos se acabaron hace mucho y no volverán. La literatura y la cultura de nuestro país saldría beneficiada. La sociedad entera. Hagamos el esfuerzo y no confundamos, merece la pena.

6 comentarios:

DORCA´S LIBRARY dijo...

Con la literatura y la buena elección en la lectura, ocurre como con la comida. La manera de formar un buen paladar es a base de probar alimentos de calidad, bien elaborados, bien presentados.
La manera de desarrollar el gusto por la buena literatura es a base de leer a buenos escritores y sus buenas obras. Los clásicos, en mi caso, son la eterna asignatura pendiente. Los leo de vez en cuando, pero me falta la tenacidad para poder formar ese buen gusto, ese buen "paladar". Sigo teniendo pendiente la lectura completa de El Quijote.
El que escriba y publique cualquiera que lo desee, aunque no tenga formación, no nos obliga a leerle. Otra cosa es que haya editores que estén dispuestos a "vendernos" cualquier cosa. No sólo engañan al lector-comprador, engañan al autor engordando su ego.
Me ha parecido muy interesante tu entrada, Pedro. Una clase de calidad.
Saludos.

Doctor Krapp dijo...

Habrá que ir anglicismo, son tiempos de fast writing.
Un artículo demoledor y esclarecedor.

Bertha dijo...

La destrucción de los modelos literarios y el desprestigio del crítico literario.Es lo que posiblemente haya facilitado, las estafas y esa picaresca en vender humo.

También hace falta educar al lector y sobre todo desde las aulas.Hoy en día, como bien indicas se vende mucho más por una imagen y una introducción hecha con un solo fin, generar más ventas.

Un abrazo.

JL Ríos dijo...

Una entrada magnífica y valiente. Es la cultura la que nos forma el criterio, algo en lo que se tarda tiempo. Hay que leer esta entrada más de dos veces. Muchas gracias.

Un abrazo

Gloria Rivas Muriel dijo...

Sobresaliente tu reflexión.

Paco Cuesta dijo...

Querido Pedro:
El problema comienza en la cuna: como bien sabes y sufres -soy testigo de ello- resulta difícil, ya en el ámbito universitario, conseguir que se lean los clásicos a pesar de los esfuerzos docentes, el "corta y pega" viene a ser el pan nuestro de cada día en los trabajos; las bibliotecas salvo en los días previos a los exámenes están vacías. Si esto ocurre en las facultades ¿que esperar en otro entorno? Me sumo a tu desahogo.
Un abrazo