miércoles, 12 de octubre de 2016

Siempre nos quedará la belleza de una rosa o cómo hablar de literatura en un jardín


Siempre nos quedará la belleza de una rosa. Sé que muchos no estarán de acuerdo, pero la belleza siempre salva y la belleza puede hallarse en cualquier lugar y en cualquier tiempo, en los lugares más pequeños, en los diminutos giros de los pétalos de una flor, por ejemplo. La belleza inesperada de una rosa.

El martes, cuando llegué a clase, les pedí a mis alumnos que se pusieran los abrigos. Salimos a pasear -a explorar, casi- el jardín central del antiguo Hospital Militar convertido ahora en Facultad universitaria. Tras unos años de cierto abandono, han comenzado algunas intervenciones para mejorarlo, pero no sé si eso le vendrá bien a este espacio. A mí me gusta esa sensación de jardín casi olvidado en el que los rosales crecen más allá de lo que suelen dejarlos las tijeras de podar, se encuentran piñas caídas en la pasada temporada, la fuente seca y algo desvencijada, la tierra de pinar en algunas zonas y las acículas que cubren una parte del césped: las agujas espirituales de los pinos.

Dimos un paseo y fui contándoles la historia del lugar y las diferentes especies que en él se hallan (castaños de indias, pinos, cedros, acacias, sauces, rosales...) y alguna más singular y extraña por estas tierras como el árbol del amor que en estas fechas parece haber sufrido una ruptura sentimental y está lánguido y macilento. Les hice reparar en los muchos gordolobos de las zonas no ajardinadas, algo tan frecuente que suele pasar desapercibido y que tiene toda la paciencia para ir ganando esbeltez desde la roseta basal inicial hasta las delicadas y maravillosas flores amarillas de su tallo, les hablé también de todos los usos que las personas han dado a esta planta tan común en nuestras tierras y tan hermosa. Ante el lauro recordé la costumbre de coronar de laurel a los poetas como si fueran antiguos héroes de las Olimpiadas y un humilde rosal silvestre me sirvió para hablarles del escaramujo y sus propiedades.

Como no podemos juzgar los espacios ni la historia solo por nuestro presente, comenté que espacios como ese supusieron un salto cualitativo en la medicina militar y en la atención a los enfermos, cosas que luego se aplicarían a la medicina civil. La misma concepción de un hospital como aquel hablaba de un tiempo en el que los arquitectos quisieron dotar de un espacio amable, natural, al complejo hospitalario. Tan diferente a lo que ocurrió con los hospitales de los años sesenta, torres con escasa calidad humana, o con los más modernos y eficaces actuales que se inventan ridículos jardines zen como mera decoración que nunca son pisados por los enfermos. Como si a los arquitectos -mejor, a los políticos que los contratan-, se les hubiera olvidado que el ser humano debe estar siempre en contacto con la naturaleza.

Cuando los pinos del jardín fueron plantados eran jóvenes los escritores modernistas, con los que hemos comenzado el curso y España andaba con esa cosa que nos llevó a una guerra con los Estados Unidos de América. Quizá algunos de los enfermos o los médicos, en sus ratos de ocio, leyeron a Antonio Machado sentados en los bancos del parque. O eso quiero yo imaginar. Ya eran un poco más grandes cuando Juan Ramón Jiménez modificó para siempre la poesía contemporánea española tras su viaje de recién casado. Y mucho más -aunque no tanto como ahora- cuando todo cambió hacia la sublevación militar y la guerra civil española, testimoniada en el jardín por la lápida de piedra a un soldado alemán fallecido en un accidente aéreo en los años de conflicto. ¿Llegaron hasta allí los ecos del último gesto de libertad de don Miguel de Unamuno, cuando pronunció, hace hoy ochenta años su famosa frase ante el alarde de violencia y sinrazón de los fascitas que ocupaban el claustro de la Universidad de Salamanca? Venceréis, pero no convenceréis.

Este curso que imparto arranca con los modernistas, con el impulso creciente hacia una nueva España más moderna, más abierta hacia el mundo, mejor, en definitiva. Pasa por las tensiones políticas y sociales que recorrieron toda Europa. Y termina con aquel espantoso baño de sangre que cerró de un portazo el mejor período de la moderna historia española. Por eso mismo, ahí están las rosas, la belleza de las rosas que siempre salva. Como cantaba Rubén Darío, botón de pensamiento que quiere ser la rosa. Haber tocado el poema hasta la rosa, decía Juan Ramón para explicar su no le toques ya más, que así es la rosa. La belleza insospechada de la rosa, buscada pero insospechada siempre cuando aparece, porque no por perseguirla se consigue. Como en estos días de octubre, en los que ha cambiado el tiempo y ya hace frío y hay que buscar el sol en las horas centrales del día pero ahí están los rosales llenos de botones, de rosas que se abren, de rosas ya deshojándose. Pero siempre bellas.

Volvimos al aula y allí, en vez de encender el ordenador y conectarlo a internet, como suelo, tomé un libro de una alumna y comentamos juntos la Sonata de otoño de Valle Inclán, esa sonata que ya vimos aquí hace tiempo y en la que Valle se juega el tipo con un magistral uso del lenguaje, parodiando inteligentemente la novela galante, la novela histórica, el género de las memorias y construye un monumento literario como hay pocos en nuestra literatura, en el que somos capaces de quedar atrapados por una persona tan poco recomendable como su protagonista. Qué grande Valle jugando con las palabras y resolviendo el complicado reto de que el protagonista diga una cosa y sus acciones vayan por otro sentido bien diferente y el lector asista a todo ello paladeando cada palabra.

10 comentarios:

Gelu dijo...

Buenas noches, profesor Ojeda:

Precioso el texto y las rosas de la fotografía. Sus alumnos no olvidarán sus clases.
Dejo el enlace de una escena de película, con recitado (traducido) …“La belleza siempre subsiste en el recuerdo...” del poeta romántico inglés.

Un abrazo
P.D.: No sabía qué eran gordolobos.

Kety dijo...

Buenos días, maestro.
Magistral clase de naturaleza, historia y literatura.
Un abrazo

Abejita de la Vega dijo...

Leía tu entrada y pensaba que de un momento a otro ibas a pasear bajo los mirtos seculares. Te pusiste a leer la Sonata de Otoño. Acerté.
Una rosa, un jardín un poco dejado y una buena lectura, todo ya pleno.

Martine dijo...

Sin duda alguna alguien muy querido y añorado por ti estaba presente en este paseo..alguien que te enseñó a conocer, a amar las flores..y de qué manera!
Y qué suerte tienen estos estudiantes, y nosotros de que lo compartas con ellos, con nosotros..
Gracias Pedro..un recorrido lleno de añoranzas, de enseñanza..
Un beso.

mojadopapel dijo...

Preciosa entrada Pedro....tocas todo lo importante.

La seña Carmen dijo...

Yo creía que impartías Lengua o Literatura, no Botánica. Sorpresas que da la vida.

Fackel dijo...

Oye, dan ganas de apuntarse a ese curso que impartes. En mis tiempos no nos enseñaban ni de la misa la media, que se dice. Ni de plantas ni flores ni de naturaleza diversa. De historia, ¿qué decir? Burdo y falso todo, exaltaciones épicas mentirosas entonces. Que tú les cuentes a tus alumnos la anécdota impresionante de Unamuno frente a la agresión verbal dice mucho de tu manera de enfocar. Y que leías alguna Sonata de Valle ya es el no va más. Te felicito.

dafd dijo...

No puedo dejar de imaginar a Unamuno como don Quijote, solo pero esforzado, en plena carga contra gigantes. Alguno diría que el choque lo lanzaría al barro, pero Cyrano que "a las estrellas".

JL Ríos dijo...

Muchas gracias por esta entrada, Pedro. Supongo que también por allí queda algún edificio de escuela pública de la segunda república, en general amplios, techos altos, grandes, comparándolos con los de ahora. Pero esto casi es una anécdota. Me ha gustado mucho lo que has escrito. Un abrazo.

LA ZARZAMORA dijo...

Siempre nos quedará la rosa, y su carpe diem...
Y que en nuestros jardines, pese a las ya marchitas, siga el jardinero regando el carmín y frescor de las porvenir.

Besos, Pedro.