martes, 25 de octubre de 2016

Dando patadas a las castañas locas


Para hacer esta fotografía pisé un montón de hojas. Al salir de clase me fijé en la tapia del Parral. Sobre ella caía esa rama como un flequillo despeinado. El otoño se ha quedado calmo. Camino del restaurante donde suelo comer, pisaba yo las hojas caídas. De vez en cuando daba patadas a las castañas locas. Hoy vamos a disfrutar, les he dicho a mis alumnos, vamos a asistir al nacimiento de la modernidad poética en la literatura española, así, como quien no quiere la cosa. Tocaba comenzar con Diario de un poeta recién casado (1916). Ya estaba todo: Rubén Darío había releído a Bécquer y entreveraba la tradición española, la clásica y lo francés con gotas americanas. Antonio Machado había entrado en juego y llegaba Juan Ramón Jiménez a buena hora con este diario poético que no me canso de releer cada año para preparar mis clases. Qué año 1917: Antonio Machado publica sus Poesías completas y Juan Ramón Jiménez el Diario de un poeta recién casado. Me hubiera gustado ser un joven poeta en ese año y abrir esos dos libros por vez primera, con su olor a papel y tinta. Estaba ya todo y estaba también este otoño, limpio después de las lluvias de los últimos días. Caminaba yo junto a la tapia del Parral, pisando las hojas caídas, dando patadas a las castañas locas. Había dejado unos minutos antes a Juan Ramón preparando el viaje a América -qué meter en esos baúles, qué libros- tras hablar por teléfono con Zenobia, entusiasmado ante el viaje en el que hallaría su voz lírica, a punto de regalarnos el broche de la modernidad. Y yo con las manos en los bolsillos, mirando el espectáculo de los árboles y los colores -verdes, marrones oscuros, marrones claros- de las hojas caídas en el suelo y el azul nítido del cielo. Dando, de vez en cuando, patadas a los frutos de los erizos abiertos de los castaños de indias. Como si el mundo acabara de limpiarse con las lluvias.

7 comentarios:

JL Ríos dijo...

En cierta manera cada año volvemos a estrenarlo todo, volvemos a ser jóvenes a ratos. Bueno, eso nos gustaría.

Emilio Manuel dijo...

Comentando simplemente el título, diré que uno de los privilegios del jubilado es la de poder andar, pasear o hacer senderismo cuando el campo está más solitario, ayer pude dar patadas a castañas que creo que no estaban nada de locas, nueces e incluso alguna algarroba que otra, por cierto, hablando de este fruto, en un mercado ecológico de mi barrio he podido ver pan, ¿chocolate? y otros productos procesados con algarroba, si mis padres y abuelos levantaran la cabeza pensarían que han vuelto a los tiempos del racionamiento, pueden que en otros capítulos no se equivoquen.

Saludos

Abejita de la Vega dijo...

El flequillo amarillo.

LA ZARZAMORA dijo...

La luminosidad y los contrastes que lograste, son maravillosos.
Aún ha llover...

Besos, Pedro.

Abejita de la Vega dijo...

del árbol de las pilongas.

XuanRata dijo...

No son los colores, que en realidad sabemos que no existen, sino la luz y su longitud diversa que, de vez en cuando, nos alcanza.

São dijo...

Estar aposentada(jubilada) é muito bom, pois nos dá liberdade e assim podemos ir sem destino gozando o Outono , a Primavera , o que quisermos e pensando em António Machado, Torga, Rafael Santos...

Em certa media é voltar a sermos jovens de novo.

Buenos dias , amigo mio, besos