jueves, 7 de mayo de 2015

Sefarad de Muñoz Molina como novela de testimonios y noticias de nuestras lecturas.


Como no podía ser de otra forma, el hecho de que Muñoz Molina manejara en Sefarad algunas biografías y hechos históricos ha levantado desde su publicación una polémica a la hora de interpretar  histórica e ideológicamente la novela. Tratar de acontecimientos tan sustanciales para la historia contemporánea europea como el nazismo, el stalinismo o la II Guerra mundial trae, como consecuencia, dejar sectores ideológicos descontentos. Ser igualmente crítico con unos y con otros, con el franquismo o con el capitalismo que implica la emigración económica y destruye el natural tejido de relaciones humanas, siempre provocará ofendidos. Abordar en una novela figuras como la de Willi Müzenberg -activista comunista que terminaría enfrentándose con Stalin y que murió en extrañas circunstancias y que también tuvo protagonismo en la Guerra civil española- supone, para algunos, cruzar una línea que no debe ser franqueada.

A esto se suma la animadversión que ha despertado siempre Muñoz Molina por igual desde sectores de la derecha y de la izquierda españolas que no le perdonarán nunca ni su éxito de crítica y público ni su aceptación de honores como la dirección del Instituto Cervantes de Nueva York, su condición de académico o el Premio Jerusalén. Aquellos no le perdonan su claro posicionamiento contrario al franquismo y su perpetuación en muchos aspectos de la democracia nacida en 1978, así como la defensa de la herencia civil de la II República española; estos que se desmarcara pronto de la ortodoxia de izquierda y se convirtiera en un defensor del camino hacia la socialdemocracia abandonando el marxismo. Un cuento suyo de la primera etapa cuenta (como si estuviéramos en una película de serie b) cómo todos los antiguos militantes de izquierda que siguen manteniendo la fidelidad a los pensamientos prosoviéticos se han convertido en muertos vivientes en una localidad fantasma a la que regresa el protagonista. En las reseñas críticas sobre estos aspectos de Sefarad siempre he detectado, tanto en las que provienen de un sector como en las que provienen de otro, cierto apriorismo ideológico que impide, lógicamente, que el que así se manifiesta pueda disfrutar de una sola línea de la novela.

Muñoz Molina pertenece a esa primera raíz de la postmodernidad que critica las grandes ideologías políticas y las creencias religiosas entendidas todas ellas como verdad única. Para comprender esta raíz nos debemos situar en una época en la que el mundo se había colapsado precisamente por el enfrentamiento entre todas estas verdades y ante ellas el individuo había quedado desarbolado, su condición destruida y su memoria liquidada. De hecho, esta misma condición que alerta contra verdades únicas es la que le ha llevado a escribir, recientemente, Todo lo que era sólido, que ya hemos comentado en este club, contrario al capitalismo financiero salvaje que nos ha conducido a la última gran crisis global y ha fomentado la corrupción.

En Sefarad Antonio Muñoz Molina no escribe un tratado histórico ni un ensayo sino una novela pero aún así no quiere renunciar a la verdad de lo narrado: da pereza o desgana inventar, rebajarse a una falsificación inevitablemente zurcida de literatura. Los hechos de la realidad dibujan tramas inesperadas a las que no puede atreverse la ficción. Pero el lector no debe engañarse por estas palabras. Estamos en el terreno de una novela -volveremos sobre esta cuestión técnica en otra entrada- en la que se entrecruzan varias voces narradoras y unas usan a otras no con la clave histórica que exigen muchos a Sefarad sino con otra. Más aún cuando los mismos hechos pueden ser interpretables y de hecho lo son por diferentes historiadores -¿Münzenberg se suicidó como afirmaba el gobierno de Vichy, fue asesinado por los nazis o por lo enviados de Stalin?, ¿fue de verdad un comunista convencido durante toda su trayectoria como activista, fue un espía doble, fue un traidor o una víctima, cuál fue su verdadero papel en la movilización en apoyo del bando republicano en la Guerra civil española?-. Siempre me ha resultado curioso que algunos historiadores exijan que un novelista cumpla lo que ellos interpretan que es la verdad cuando no hay un consenso mínimo entre los especialistas.

En realidad no hay ninguna polémica general sobre la interpretación de Sefarad, sino algunas voces que reaccionan contra la novela exigiéndole condición de ensayo histórico e interpretación según una u otra ideología recubierta de método científico. Hay que aclarar, también, que Sefarad no es una novela histórica. Entre otras cosas, porque está escrita en el presente del narrador principal que busca integrar en él el valor testimonial de lo acontecido en esa gran tragedia del siglo XX europeo en el que se enfrentaron los individuos desarmados contra la maquinaria totalitaria de ideologías diversas y que cubrió el continente -y el resto del mundo- de millones de víctimas -heridos, muertos, emigrantes, desplazados-. Ese narrador se convierte, así, en portavoz de esos testimonios concretos que selecciona y pone en orden para presentárnoslos no tanto porque esté de acuerdo con todos y cada uno de ellos sino porque se identifica con ellos en su condición de víctima, de desplazado, de indefenso ante las rigideces ideológicas, religiosas o morales sobre las que nos previene puesto que su presencia sigue siendo una tentación presente. No es, por lo tanto, objetivo ni lo pretende: trabaja desde la conciencia de que las ideologías totalitarias, los pensamientos únicos, las formas tan estrictas de regir nuestras vidas, han destruido a los individuos y han regado la historia del siglo XX de muertos y afectados de todo tipo. Y siguen haciéndolo.

No es la historia tradicional lo que predomina en Sefarad ni lo que busca el autor sino el valor testimonial de la voz del individuo que ha sido víctima suya. Sea este un emigrante andaluz a Madrid por motivos económicos y sociológicos, un joven fascista español alistado en la División Azul que comienza a cuestionarse la razón de su presencia en Rusia, un judío sefardí que se salvó de los campos de concentración o la viuda de un activista comunista caído en desgracia después de haber sido culpable por alimentar el monstruo que termina devorándolo. Y el testimonio de la víctima, por lo tanto, no tiene la misma razón que la certeza histórica sino otra, de raíz ética. Si no se es capaz de comprender este rasgo de la novela, no se podrá comprender nada de Sefarad y solo se la criticará desde la trinchera ideológica.


Noticias de nuestras lecturas

Mª del Carmen Ugarte García nos lleva hacia la historia de la Hispanic Society y sabe enlazarla -en la entrada y no os perdáis sus respuetas en los comentarios- con un núcleo esencial de la novela de Muñoz Molina.

Myriam Goldenberg presta atención en su entrada a la historia de la monja y el zapatero: estereotipos propios de un cuento tradicional español que termina convirtiéndose en un relato del país y de unos individuos en los que la libertad y la esclavitud no son siempre como pensamos.

Mª Ángeles Merino nos lleva, de la voz de sus personajes comentaristas, a varias historias -de Rusia al zapatero-, pero quiero resaltar cómo consigue, a través del diálogo de ambas, conectar con esa forma "liosa" de contar las historias de esta novela.

Luz del Olmo escribe una epístola a Igor -ella podrá aclarar si real o fingida- para emocionarnos al conectar las historias de Muñoz Molina con historias que nos llevan a la realidad de lo vivido.



Pancho llega a su acertadísima lectura de la novela de Martín Gaite con una entrada en la que remata las conclusiones de una historia que parece condenar a -casi- todos sus personajes a una vida en círculos. No os la perdáis.

Recojo en estas noticias las entradas que hayáis publicado hasta el miércoles anterior. Si me he olvidado de alguna, os agradezco que me lo comuniquéis. Podéis consultar el listado con los títulos del presente curso y las condiciones de participación en este enlace.

3 comentarios:

La seña Carmen dijo...

Es difícil ante un pesonaje como Muñoz Molina dejar a un lado su ideología, o mejor sus acciones ideológicas, para enfrentarse sin ningún prejuicio a sus novelas.

Por otro lado, ¿por qué habríamos de hacerlo? No creo que el autor lo deseara, además.

Abejita de la Vega dijo...

Si nos paseamos por la red, comprobamos los "amigos" que tiene a uno y otro lado. Muñoz Molina dice su verdad y se queda tan ancho. No le gusta el capitalismo salvaje que nos ha llevado a donde estamos. No le gustan los fantasmas marxistas que huelen ya a naftalina. No le gustaba el Zapatero de "hay dinero y va a haber mucho más". Y lo expresa en buena prosa. ¿Prejuicios? Ninguno.

Gracia y Justina, mis comentaristas, lo han leído encantadas, después de superar el lío.

Besos, feliz fin de semana.

JL Ríos dijo...

Voy muy retrasado, con tu blog y con la novela, pero lo que he leído, apenas un capítulo, me está gustando mucho. Muñoz Molina me cae bien, desde siempre, y le perdono sus imperfecciones como escritor. Me parece mejor articulista que novelista pero en esta novela la calidad. el tono, me parece alto, y me está gustando. Continuaré, claro, con tu blog y con la novela.

Un abrazo