domingo, 11 de enero de 2015

El silencio, en Hoya Moros.



Descorchamos el benjamín de cava y lo repartimos en dos vasos. Manolo y yo brindamos por su cumpleaños mirando hacia el círculo de Hoya Moros. A nuestra espalda, La Ceja y delante el Paso del Diablo y los Dos Hermanitos, un poco a la derecha Peña Negra, jugando con el pantano. Habíamos acampado para comer en unas peñas libres de nieve en el suave descenso hacia Hoya Moros, tras llegar allí desde El Calvitero. Cumplimos todos los ritos, sobre todo el que manda brindar por nosotros, por los presentes, para celebrar la vida cuando se disfruta. Porque todo lo otro se quedó abajo, en los primeros pasos del ascenso.

Manolo abrió varias de las rutas de escalada en aquella zona hace años, con amigos suyos, y me fue desgranando los nombres de cada una de las peñas y accidentes y las anécdotas que vivió en esos lugares. No conozco más fiel memoria que las de los montañeros auténticos, que no suelen inventarse nada ni agrandar lo vivido. Todo lo contrario, suelen quitar importancia a sus logros, como haber sido los primeros en trepar por una de aquellas peñas que nos rodeaban cuando no había materiales de escalada como los que ahora usamos. Las montañas nos dan la dimensión exacta de lo que somos porque ellas seguirán cuando de nosotros no quede memoria.

- Por allí se baja a la Dehesa de Candelario. Aquellas últimas estribaciones del fondo ya son Portugal.

Pero Manolo, que me ha enseñado casi todo lo que sé de montaña, y yo comprendemos que a la sierra no le importa un pimiento que aquello sea Portugal ni esto España. Y que estará allí cuando no quede recuerdo de los nombres de estas fronteras.

Yo venía de la niebla. Mi ciudad llevaba varios días bajo ella y el humor se me había agriado. Pero ese día vi amanecer dos veces. Abajo, al salir al encuentro con Manolo, y cuando el sol se levantó por la peña del Travieso, rápido, como si le urgiera indicarnos el camino. Ya en la segunda plataforma se me había vuelto la sonrisa al rostro.

En Hoya Moros hubo un momento en el que el viento se paró y se impuso el silencio. Quien lo ha vivido sabe de lo que hablo. Son segundos en los que la extrañeza inicial da paso a una mirada recogida hacia adentro, hacia muy adentro: a la línea del horizonte en el que se juntan los territorios donde tú no estás ni podrás estar nunca aunque lo anheles y el campo en el que tú solo has podido entrar tras tirar abajo todos tus tabiques, a veces a patadas, a veces con ese dolor tan profundo que parece que va a matarte, a veces con la suavidad de una caricia. Cuando consigues salir del ensimismamiento, comprendes exactamente que todo se ha hecho presente y que allá arriba ya solo deben preocuparte tres cosas: no olvidar nada de lo que trajiste, no ser un lastre para tu compañero y no dejar nunca desamparado a quien subió contigo.

El sol, al ponerse, cerraba un día en el que nos había brindado algunos de los secretos más fáciles de comprender  y que, precisamente por eso, a veces no vemos.










Estas cinco últimas fotos son de Manolo Casadiego
Nadie mejor que él para fotografiar una puesta de sol en esas montañas.

11 comentarios:

mojadopapel dijo...

La montaña, el reto,el silencio y la compañía, buen cóctel para un buen día.

Caminante dijo...

En la montaña se pone en marcha automáticamente, casi, la frase de actualidad hoy en día, una de ellas, vivir el aquí y el ahora, el carpe diem de toda la vida, en lo mejor de su acepción.
Como bien dices, comprendes cuales son las prioridades, lo demás desaparece, temporalmente.
Felicidades: PAQUITA

Gelu dijo...

Buenas noches, profesor Ojeda:

..."Yo venía de la niebla"..."ese día vi amanecer dos veces"..."Ya en la segunda plataforma se me había vuelto la sonrisa al rostro."
Felicidades a Manuel Casadiego.
Y un brindis, por él, y por nosotros que lo contamos entre los amigos.

Abrazos.

P.D.: Las fotos, diferentes, con los sellos de ambos.

Caminante dijo...

He puesto un enlace aquí, en mi crónica de verano 2011, al final

http://paqquita.blogspot.com.es/2001/08/calvitero-ceja-dos-hermanitos-hoya.html

Emilio Manuel dijo...

Nosotros también tenemos por aquí una Hoya pero es de la Mora, e igual que la vuestra nieva y nos deja aislado temporalmente con el norte de la provincia y el levante.

Saludos

José Núñez de Cela dijo...

Conozco ese silencio. Sobrecogedor, necesario, insustituible.

Preciosa ascensión. se nota que la disfrutasteis. Enhorabuena!

Edurne dijo...

Así, bote pronto, se me vienen a las mientes muchas sensaciones de las que una casi sueña (no sé si dormida o despierta)...
Y es que la soledad, el silencio dela montaña, disipa todas nuestras nieblas, y sí, amanece dos, tres y todas las veces que haga falta...
¡Sublime! ¿Será esa la palabra que mejor lo defina?
Estas intimidades compartidas, las de los miedos y las certezas,las de la vida de a diario son las que nos humanizan y nos ponen en nuetro suelo, ya esté a 1000 o 3000 metros de altura.

¡Un brindis por la vida!
Las fotos son magníficas.
Tengo añoranza de mis años de montaña...

Un beso soleado!
;)
Y gracias por estas realidades que nos regalas

José Luis Ríos Gabás dijo...

Precioso todo lo que escribes, el cómo, contenido a duras penas, y el qué. Te envidio, en estas ocasiones. Soy pesado, pero vuelvo a recomendarte (ya perdonarás, es como si a mí me recomiendan según qué músicas) el libro "Naturaleza virgen".

http://www.elboomeran.com/blog-post/1/3912/felix-de-azua/huir-del-campo-de-concentracion/

Un abrazo

LA ZARZAMORA dijo...

Qué paz!!!
:)
Con lo que me gustan a mí ese tipo de paseítos...
Las fotos son sublimes, felicito al autor.
Besos, Pedro.

Paco Cuesta dijo...

En la soledad de una cumbre se encuentra uno consigo mismo.
Un abrazo

dafd dijo...

Snif, qué bonito