sábado, 1 de noviembre de 2014

Por la Acequia de Valladolid


- ¿Pescáis renacuajos?
- No, cangrejos.
- ¿Cangrejos?
- Sí, hemos cogido ya más de treinta. Mire. También hay peces muertos. Hemos visto un cangrejo enorme pero se nos ha escapado.
- Llevamos casi dos horas.
- Tened cuidado con el sifón.
- ¿Qué es eso?
- Lo tenéis delante: el agujero.

Me sonreí. Les di las buenas tardes y les desee fortuna en la pesca. Estaba cansado después de veinte quilómetros de caminata, solo y pensativo. Mis padres no me dejaban acercar a la acequia cuando yo era un niño. Era un terreno prohibido por peligroso.

La acequia que da lugar al nombre de ese espacio (podéis leerlo en este enlace) no es esta pero se encontraba muy cerca porque nacía como hija menor de la Acequia de Valladolid, saltaba la carretera de Rueda, regaba la granja Minaya, pasaba por la Cañada Real y moría en Las Villas. El avance de la ciudad la hizo inútil porque sobre los campos que regaba creció el cemento sin piedad y sin memoria. De ella ya no queda nada.

Hoy decidí buscar el otoño siguiendo el curso de la Acequia de Valladolid. Con la construcción del Canal del Duero en 1880 la ciudad buscaba resolver sus viejos problemas de agua potable y de riego. Valladolid se hallaba en el delta del Esgueva, cuyos ramales la atrevasaban creando suciedad, malos olores y enfermedades. Es cierto que también era energía para molinos y fábricas y servía como cloaca. Pero en verano era insufrible y también cuando se desbordaba. En el siglo XIX los avances médicos en la higiene insistieron en lo negativo del curso del río por la ciudad. Sus aguas no eran potables y aumentaron la mortandad de varias epidemias de cólera que sufrió Valladolid. Se decidió, primero, soterrar el río y después desviarlo en un único ramal al norte de la ciudad. Pero la solución implicaba otro problema: la traída de aguas potables a Valladolid, poco abastecida con las fuentes de las Arcas Reales y los pozos de dudosa salubridad. Con tal motivo se construyó el Canal de Duero: un largo y caudaloso brazo que toma el agua del Duero para morir en el Pisuerga. Se aprovechó también para que sus aguas sirvieran para el riego de los campos y huertas próximos a la ciudad y se completó con acequias que nacían en varios puntos del canal. De hecho, el terreno hacia el sur de la ciudad, en el triángulo que va buscando el vértice de la desembocadura del Pisuerga en el Duero, fue fértil y productivo gracias a estas venas de agua. Muchas de ellas, como la mía, ya han desaparecido o se han cerrado y quedan como viejas huellas de lo que una vez fueron todas estas tierras: campos que vieron incrementar su valor por el secreto milagro del agua encauzado por la industria humana.

Desde el barrio de las Delicias hasta el Pisuerga, cerca de las Arcas Reales, la Cañada Real. Jugando siempre con los límites urbanos, en algún momento engullida por ellos, como en su inicio, por donde trascurre soterrada durante cientos de metros.

Acercarse a la acequia en otoño es dejarse atrapar la mirada por la línea de chopos: las hojas verdes, amarillas, marrones. Está hermoso el campo ahora y merece la pena salir a él como quien toma aire para sumergirse en el invierno. La acequia está seca estas semanas, en las que ya no es necesaria su agua por la pausa agrícola, y su cauce queda alfombrado de hojas. Todo es silencioso rumor de hojas: solo la pisada del paseante ve lo suficiente para despertar la infancia.

La ausencia de agua deja desnuda la acequia y nos muestra sus trucos sencillos y eficaces: los sifones con los que salva los caminos, las compuertas que distribuyen el agua en las acequias menores, en las tomas de riego.

Esta acequia muere de forma poco noble: entubada bajo el Camino Viejo de Simancas, como si la ciudad se arrepintiera de sus límites rurales y quisiera sepultarlos. Límites en los que huele a campo, en los que las hojas de los chopos -entremezclados con algunos pinos y sauces- nos recuerdan el canto amarillo del invierno.

He vuelto a casa fatigado del camino, con sensación de otoño y alegrándome por la risa feliz de aquellos niños que rompían sin saberlo la prohibición de todas las madres. Ya no está mi acequia, no sé lo que durará esta que he recorrido exaltado por los recuerdos y por el presente que me ha regalado un hermoso día de otoño. El tiempo, inexorable, gira ya hacia el invierno.











 A la izquierda, nacimiento de la Acequia de Simancas.
 De frente, en un nivel más bajo, la Acequia de Valladolid.











 A la vista, el material y la forma de construir los sifones más antiguos conservados en esta acequia.

 Salto de nivel casi al final del recorrido.



16 comentarios:

María dijo...

Recuerdos de tu niñez que permanecen en tu memoria y en tu corazón, Pedro, y aunque no esté tu acequia, tienes ésta, que es preciosa.

Me han encantado las imágenes.

Un beso.

Cuspedepita dijo...

Hermoso paseo el que has dado, por lo que veo en las fotos.
El otoño se presta para que nos asalten los recuerdos de la infancia.
Los niños y niñas de antes teníamos muchas más prohibiciones de las madres que los de ahora, pero es que también andábamos más libres y supongo que corríamos mayores peligros y mayores aventuras...

Saludos

Pamisola dijo...

Un buen recorrido por nuestra querida ciudad que está claro es pura emoción para el caminante. Yo recuerdo una acequia cerca de Las Delicias y la zona creo, se llamaba Repiso, alguna vez fuimos de merienda y también a coger moras, con la consiguiente prohibición de materna de meternos en ella. No sé si tendrá que ver con alguna parte del recorrido que tu nos cuentas, porque mis recuerdos son bastante vagos, de todas formas gracias por contarlo.

Besos

São dijo...

Gostei das fotos, ainda mais do texto e das memórias que contém.

Quando visitei Valladolid estavam preparando uma praia fluvial...

Meu querido Pedro, te desejo um óptimo Novembro :)

PENELOPE-GELU dijo...

Buenas noches, profesor Ojeda:

Después de cinco años, la fuente.
En este paseo -en día especial-, un puñado de moras, y el recuerdo para Agustín García Calvo.
Ay, las espinas, la espina, “aguda espina dorada”...
Y al final "Minaya" ...y Jorge Guillén.

Un abrazo

Neogéminis Mónica Frau dijo...

Gracias, por traernos estas preciosas fotos... y tus recuerdos.
=)

pancho dijo...

El miedo ancestral de las madres a que la tierra engulla a sus vástagos antes de tiempo, los sifones.Categoría de los relatos de terror
Avanzamos hacia el invierno como un ladrón de los colores ocres del otoño, hojas quietas en el suelo, enfermas de la ictericia del otoño.
Un placer de dominguero, disfrutar de esta explosión de colores y tonos literarios.

Anabel Rodríguez dijo...

Me ha gustado mucho el texto en el que recorres infancia y presente, pero lo que me ha enloquecido, sin duda, son las fotos. Me encantan. Creo que yo me olvidé de las acequias y los caminos por el campo... máldición me volví provinciana y urbanita. Besos

Abejita de la Vega dijo...

La acequia está en ti y llevará siempre agua.

José Luis Ríos Gabás dijo...

Me ha gustado lo que has escrito, y el paseo que te has dado. Las fotos también me han gustado, y el "te quiero" en el bidón también. Quieras o no suena a rural, lo que cuentas. Un abrazo

carmen nefer dijo...

Todas las fotos son preciosas Pedro,están impregnadas de la belleza del Otoño y has dejado todo un documento real del paso del agua por ellas, de su forma, material y sus secretos que seguirán vivos gracias a ti.

XuanRata dijo...

Gracias, Pedro, por permitir que te acompañemos, por darnos esta oportunidad de ser corriente en esa acequia que siempre fue camino aunque solo ahora en el otoño lo parezca.
Un abrazo.

Edurne dijo...

Me gusta mucho cuando nos llevas de paseo por tus acequias, las de dentro y las que recorren tus paisajes de infancia, juventud y madurez...
Me gustan esos recuerdos que afloran del cauce activo o del olvidado...
Gracias por tus recuerdos, tus reflexiones, tus paseos, tus fotos...

Abrazo y beso otoñal, hoy con un día más ventoso de lo habitual (lo habitual en estos últimos tiempos, revueltos y alocados, que no se sabe si es verano, si es otoño...)
;)

Ele Bergón dijo...

Me hermano contigo en este recorrido que haces por la acequia en el otoño y nos lo muestras en esta Acequia.

No es una acequia la que yo suelo visitar por otros parajes también castellanos, pero el sentimiento es el mismo.

Me parece exquisito ese "canto amarillo de invierno"

Supongo que esta entrada quedará escrita en tu próximo libro

Las fotos también respiran poesía.

Un abrazo otoñal

Luz

dafd dijo...

Bonitas fotos.
Mejor que el viaje a secas, el viaje con una explicación. El goce es mayor. Tal vez seamos seres curiosos por naturaleza, de ahí el placer de saber, de conocer los porqués de algo, las causas de lo que vemos.

JC VQ dijo...

La acequia que describes fue un lugar especial para mi, yo vivi en Minaya hasta los 16 años y los recuerdos que tengo de ese lugar son especiales.

un saludo

Juan Carlos Vecino