jueves, 10 de octubre de 2013

El espacio en Intemperie de Jesús Carrasco y noticias de nuestras lecturas.


En Intemperie, el espacio se hace simbólico. Aunque podamos identificarlo con algunos paisajes concretos españoles (singularmente el vinculado biográficamente al autor), este en el que trascurre la historia de la novela se trasforma en el símbolo que da título al libro. Las claves estilísticas que lo permiten parten de la cuidadosa elección de los términos, muchos de los cuales nos llevan a un mundo rural -de ahí las mencionadas referencias a Delibes- en el que la naturaleza es la protagonista frente al mundo urbanizado -el pueblo del que huye el muchacho, los restos del castillo, el poblachón abandonado en el que se encuentra el establecimiento de otro de los personajes, alguna frágil edificación-. Por un esforzado trabajo de condensación, el paisaje es parco y solo permite sobrevivir en él a quien lo conoce y respeta. Todos los otros irrumpen provocando disturbios que acaban pasándoles factura -como los habitantes de los pueblos que finalmente deben emigrar vencidos por la tierra, el alguacil y su motocicleta que introduce una extraña modernidad en el ámbito natural-. El niño tendrá la suerte de encontrar un guía propicio. El pastor es un hombre hecho para ese paisaje, que puede mantenerse en él porque no le pide más de lo que puede darle.

Así, el paisaje se trasforma en un símbolo y en un personaje más de la novela. En contra de lo que pueda parecer en una primera lectura, no se mantiene al margen del conflicto de los seres humanos, sino que participa en él seleccionándolos. La esencialidad de este paisaje no le convierte en un ente abstracto en el que ocurren las cosas sino en un motor de ellas, como si tuviera -desde el silencio- sus propios planes. Las pruebas son continuas: la sed, el hambre, el sol implacable. Hay algunas alusiones a Dios en la novela de Jesús Carrasco que apartan del naturalismo la historia. Tanto en la estatua con la que se topan como en la frase final de la novela se podría percibir una espiritualización de ese paisaje. Un Dios implacable, que no da explicaciones de sus actos -de ahí quizá la lectura de la Biblia-, pero que somete a los seres humanos a las pruebas que marcarán su destino último.

Noticias de nuestras lecturas


Paco Cuesta nos ofrece un inicio de lectura excepcional a la hora de abordar el parecido a Delibes del autor para después situarnos en el ritmo de escritura, que mantiene la tensión desde su inicio.

Luz del Olmo recrea las emociones que provoca en el lector uno de los episodios más duros del libro: humo y fuego. 

Mª Ángeles Merino adopta la voz del niño y cuenta la historia desde dentro hasta el encuentro con el pastor: nos hace más cercana la emoción y el miedo.

Pancho comenta los primeros momentos del niño con el cabrero, no se olvida de algunas de las claves más misteriosas de la novela y lo ilustra todo de forma excelente.

Mimosa aporta una de las más llamativas labores de esta novela: la del vocabulario, trabajado en contra de las líneas simplificadoras de la narrativa española actual.

Si me he olvidado de alguien hacédmelo saber. Incorporo cada jueves las entradas que se hayan publicado hasta el miércoles anterior.

9 comentarios:

elisa lichazul dijo...

la verdad es que esta lectura no la sigo, pero me parece muy bien como enfocas al lector con tus apreciaciones sobre esta novela y la haces más "fácil" si se quiere , para su comprensión y análisis

besos

Myriam dijo...

Estoy leyendo, aunque sigo estando de viaje, los valiosos aportes de mis laboriosos compañeros de lectura.

Besos a ti y abrazos a todos

Aldabra dijo...

ya he ido a visitar el blog de Mimosa, ya sabes cuánto me gusta eso de buscar en el diccionario.

biquiños,

José Luis Ríos Gabás dijo...

Voy por la mitad, cuando se ha parado un poco la historia, después del episodio del humo en el torreón. Me está gustando esa manera de escribir, y de describir, tan meticulosa y detallada, y el vocabulario, del que desconozco algunas de las palabras. Me gusta algo menos que los personajes no hablen como gente rural, de campo, creo que ninguno de ellos hasta ahora ha empleado ese vocabulario. Tampoco que ese campo parezca, casi, el desierto de Atacama, pongamos por caso, si olvidamos algunos detalles que da en la novela de sus características. Creo que el autor habla de un western, y eso, también, es lo que me está pareciendo, sobre todo porque los malos son muy malos y característicos, y este tipo de historia la he visto en algunas películas. Espero y deseo no estar adivinando el final. Pero en conjunto me está gustando, y quizás tendría, yo, más criterio si hubiera leído a Delibes en sus novelas campestres, algo que haré pronto.

Un abrazo

pancho dijo...

El espacio en Intemperie lo conforman las tierras para el águila de Machado en Tierras de España. La sequía hace la tierra inhóspita y selecciona los habitantes, como lo hace el desierto. Sobreviven los que se adaptan, como Kevin Costner en Waterworld, al que le salen branquias. El paisaje es triste y cenizo, carece de colores. Quizás sea porque bastantes cosas de la novela pasan de noche, a la luz de la luna en cuarto creciente. El día provoca insolación y peligro de ser descubiertos.
La materia narrativa se organiza en torno a la huida del chico, por eso las penalidades del camino, como aprendizaje también tiene su importancia. Ahí cuenta con la ayuda del cabrero que al final es una estatua, un Cristo con cuervos y aves carroñeras a la espera. Es misterioso el papel de este pastor salvador y vengativo, pero justo, implacable en la justicia con los malvados.
Excelente la interpretación que le das al personaje del pastor.

Abejita de la Vega dijo...

El ser humano solo y desnudo frente a una naturaleza inclemente. El sol inclemente, la sed, el hambre y el peor enemigo: el depredador humano.

Me resulta más fácil siempre la primera persona, más fácil y más ameno. Y además es un niño, todos tenemos algo de niños, todos fuimos niños, nos metemos en su piel...

De tu mano, vamos desentrañando esta extraña novela seca como el esparto pero pródiga en imágenes y metáforas audaces.

Un abrazo, Pedro.

MIMOSA dijo...

Evidentemente, la acción queda limitada a ese intrínseco espacio que es tan protagonista como lo son el niño y el pastor, envuelto en un amplio y pensado léxico con sabor a campo.
Incluso esa aridez nos envuelve haciendo una composición artística en sí misma, dejándonos llevar por ese inhóspito lugar sin tiempo.

Quiero agradecer tu enlace a mi pequeña aportación y tus palabras. Llevo tiempo siguiendo vuestras lecturas en silencio, y por fin decidí lanzarme al ruedo, je,je,je...¡menos mal que no pones nota, profe!

Besos!!

PENELOPE-GELU dijo...

Buenas noches, profesor Ojeda:

En el libro, cómo se destaca la importancia del agua...
En el secarral extenso que se había transformado el lugar, ¡qué riqueza suponía para las gentes tener un pozo!

Saludos

Paco Cuesta dijo...

El espacio se agranda por virtud del narrador, contagia el concepto de soledad al lector hasta hacerlo casi insoportable.
Un abrazo