miércoles, 4 de abril de 2012

Los celos que ciegan


Rodrigo, que ama y no es correspondido, no puede comprenderlo: no acepta el desdén de Inés, simplemente no lo entiende. Lope de Vega le hace expresarse como podría hacerlo un galán culto del momento. Cada época tiene su propia educación sentimental y en la del momento marcaba la retórica del amor cortés en la que amor y muerte van unidos:

Entre la vida y la muerte,
no sé qué medio tener,
pues amor no ha de querer
que con tu favor acierte;
y siendo fuerza quererte,
quiere el amor que te pida
que seas tú mi homicida.

Pero esta Inés de El caballero de Olmedo ya no es mujer de amor cortés y ha dado todos los pasos para recibir a Alonso y no tiene por qué ni dar explicaciones a Rodrigo ni soportarlo -de ahí la modernidad de Lope al plantear a los espectadores una mujer libre a la hora de la elección amorosa-. Lope juega con un doble referente -como se hacía en La Celestina-: por un lado la retórica bella pero trasnochada del amor cortés y por otra la de la expresión directa del amor. Visto así, Rodrigo no tenía nada que hacer: procede de otro libro y ha caído donde no le corresponde, por eso provocará la tragedia. En el fondo, los seres humanos actuamos así en la realidad cuando la educación sentimental que recibimos no es la adecuada, por anticuada o por patológica. Así pues, Rodrigo, haga lo que haga no será comprendido y, por muy hondo que sea su amor, al no aceptar el rechazo de Inés, comete un delito de amor: insistir y no retirarse. No aceptar el rechazo es el error de este tipo de amantes. Una patología: a veces porque piensan que la amada es de su propiedad; en otras, porque su obsesión les ciega el entendimiento y ya no son capaces de razonar con sensatez. El amor, así, se enturbia. Se ama, pero se daña. Rodrigo ya no puede dar un paso atrás ni levantar la cabeza para ver el cuadro en la distancia. De las siguientes decisiones del rechazado dependerá el concepto que tengamos de él. Rodrigo no sabe o no puede dar un paso atrás a tiempo. Y cae en los celos:

Mortal desmayo
cubre mi amor de celos y de enojos.

Y si el amor ciega, los celos no solo ciegan sino que vuelven loco a quien los sufre:

FERNANDO ¡Qué loco estáis!
RODRIGO Amor me desatina.

Además, Alonso lo vence en el torneo: ya no son solo celos, sino el orgullo herido. Mala suma de heridas. Rodrigo ya no verá más: ha de matar a Alonso. Mala suma hacen celos y orgullo.

21 comentarios:

São dijo...

Ah, agora concordo totalmente: os ciúmes cegam e desatinam a pessoa por completo!!

Buena noche, amigo mio

Anónimo dijo...

Los celos no son cosa del amor. Ese es el engaño, la gran mentira de los celos.
Rodrigo solo ansia conseguir, sea como sea, a Inés, aunque ya sabe que ella no lo ama.
Amar es preferir la felicidad del otro, aunque eso suponga cejar en nuestros deseos.

Merche Pallarés dijo...

Sí, muy mala mezcla esa de celos y orgullo. Presiento que todo acabará en tragedia... Sí que Lope de Vega era bastante adelantado para su época. Su "Viuda valenciana" es un claro ejemplo de "modernidad". Besotes galantes, M.

Lola dijo...

Una mezcla explosiva que mata el sentimiento, convirtiendose en posesión.. mal final por un mal empezar. Besos

lichazul...elisa dijo...

los hombres no son la excepción , en la Natura como en el humano , COMPETIR es algo que viene en el adn sea orgánico o el emocional

y bueno es que quienes escriben retraten pasajes y posbles escenarios y personajes con esta característica tan básica y universal

làstima que existen competidores que se polarizan en extremo y toman el juego como algo personal y en muchso casos vemos casos de incidentes de carácter catastrófico tanto para las víctimas como para la sociedad en su conjunto


besitos y buena semana Santa, acá el mundo chilensis atocha las carreteras y los terminales de bus, es una locura, todo por las nubes , hasta los pescados jajaja

Joselu dijo...

Yo dudo que la motivación psicológica de Lope fuera tan moderna al analizar los celos de Rodrigo. Cuando analizamos obras clásicas tendemos a interpretarlas según los valores de nuestro tiempo y mostrar que son modenas según se adecuen a nuestra cosmovisión. Lope escribió centenares de obras dramáiticas. Él jugaba con piezas tipo: el galán, la dama, el rival, el padre, el criado (el gracioso) y las articulaba con brillantez sin profundizar en motivaciones psicológicas. Para esto Shakespeare (si es que es quien escribió Otelo y las demás obras). Lope no era profundo. Le interesaba el juego dramático. Y Rodrigo era necesario para el propósito trágico que pretendía, el crimen en la noche anunciado por diversos vaticinios. Hay un juego trágico, esto es indudable, pero disiento del análisis de los celos en el sentido moderno que se les atriuye. Lope estaba demasiado enamorado de la vida y de las mujeres para ir más allá de motivaciones de juego dramático. Los celos era un tema, y la venganza otro. Piezas articuladas para un propósito en que era esencial la acción y no la profundidad de caracteres.

Observo una cierta tendencia a leer las obras de otro tiempo como si hubierans salido de la última factoriía de ficción.

pluvisca dijo...

Los celos siempre salen junto al amor en muchas obras y pienso que nada tienen que ver ocn el amor y si con la posesion

Besos

Merche Pallarés dijo...

JOSELU, no estoy de acuerdo en que los lectores seamos tan "sacrílegos" por interpretar a los clásicos con los ojos de hoy en día. No tenemos otros y si los clásicos se han mantenido hasta nuestros días es justamente porque cada generación los han interpretado a su manera y dentro de su época. Esa es su grandeza. Que sus historias supieran llegar a todas estas generaciones. Saludos, M.

Myriam dijo...

Me parece algo fascinante develar las diferencias de la Educación sentimental a lo largo de las épocas y a través de su expresión en la Literatura.

Me encanta esto que dices del doble referente con que juega Lope, el genial y muy travieso.

Un Beso
PD- Como supondrás bien, ya estoy Leyendo EL Caballero de Olmedo, gracias por el enlace.

El Gaucho Santillán dijo...

Ayer y hoy, los celos no son otra cosa que falta de confianza en sì mismo.

Un abrazo.

Joselu dijo...

Merche Pallarés, hubo otros tiempos antes del nuestro que tenían otras coordenadas morales, sociales y psicológicas. Si queremos convertir toda obra clásica acorde con el llamado pensamiento correcto o las creencias y valores que ahora son dominantes perdemos el sabor profundo que significó en el tiempo en que fue producida. Entiendo que los clásicos deben acercarse a nuestra cosmovisión, pero no descoocer que el autor probablemente nunca quiso decir lo que nosotros nos empeñamos que diga. Y la tendencia es buscar signos de modernidad o censurar actitudes que responden a otros códigos de conducta de un tiempo que no es el nuestro.

Cuando observo una catedral me cuesta saber qué significa para mí aquello que veo porque hace referencia a un mundo que no es el mío, a una fe, a unas imágenes, a unas historias que me son lejanas. Pero se convierte en fascinante cuando me doy cuenta de que aquello sí significaba para otros hombres que probablemente fueran analfabetos pero sentían como suyo propio un mundo trascendente que se mostraba a través de símbolos.

Creo que a un autor hay que leerlo de acuerdo al código de su tiempo. Si no, se dicen muchas cosas no fundamentadas más propias de una tertulia de la rebotica de la esquina.

Saludos.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

JOSELU: Estoy de acuerdo contigo en que Lope escribía sus obras a partir del esquema prefijado que le había llevado a triunfar en la escena, solo así pudo escribir tanto como le demandaba su bolsillo.
Sin embargo, hay una veintena de obras de Lope en las que alcanza mayor altura, individualizadas del resto. No se te escapa que El caballero de Olmedo es una de ellas.
El tema de los celos, en esta pieza -y en el resto de Lope- nunca es el motor del conflicto, como en Otelo: de ahí la grandeza de Shakespeare. Pero que en ellas se aborda el tema de los celos y que estos son condenados es evidente: la textualidad de las palabras lo dice. De hecho, hay una tirada de versos en los que Rodrigo y Fernando los mencionan y analizan como no se hace en ninguna otra obra de Lope.
En todas las obras de Lope en las que salen los celos, son condenados, pero la resolución de ellos es diferente según estemos en finales cómicos o finales trágicos.
También estoy de acuerdo contigo en las diferencias de valoración moral entre aquella época y esta: los celos no se condenaban de la misma manera que hoy. Pero, curiosamente, en El Caballero de Olmedo se vuelve a singularizar: la libertad de amar de Inés es indiscutiblemente sostenida de forma muy diferente al resto de sus obras: precisamente por el final trágico, que imposibilita la convencional doble boda que resuelve el tema en otras piezas. Evidentemente, Lope no era ningún feminista -de hecho, así lo he escrito en este blog en algún momento anterior y quizá vuelva sobre esto a partir de tu intervención- como pretenden muchos directores de escena hoy: pero ponía en escena un tipo de mujer que atraía por igual a los hombres y mujeres que acudían al teatro, un tipo de mujer que no existía en la sociedad pero que gracias a la literatura obtuvo carta de naturaleza por la educación sentimental que se propone. No era un feminista, pero sabía cómo tocar el ánimo de sus espectadores para captar su atención. Quizá por ese espíritu trágico de la obra resulte tan moderna Inés: porque no puede solucionar su ruptura de las convenciones sociales con la boda.
Eso sí, los celos son tratados convencionalmente en cada época de una manera, pero han existido siempre y han tenido similares efectos.
También estoy de acuerdo en que hay que analizar las obras en su contexto: pero dejarlas ahí es hacerlas incomprensibles para la mayoría de los lectores. Los clásicos lo son porque permiten la relectura desde las claves de la recepción, no de la época en la que fueron producidos. En este caso no serían clásicos sino arqueología. Como historiador de la literatura disfruto de la arqueología, pero no puedo pedir lo mismo al resto de los lectores. A no ser, claro, que pretenda que la literatura antigua quede solo para unos pocos escogidos, dueños de todos los secretos... Interesante tema para una entrada, prometo publicarla estos días próximos. Gracias por el debate.

Luis Antonio dijo...

Si uno ha de morir a manos de otro, ¿cabe mejor homicida que la mujer a quien se ama?

Joselu dijo...

Cuando leo El caballero de Olmedo asisto a la superioridad moral y personal de Alonso respecto a Rodrigo. No solo le vence en el amor sino que lo humilla en la plaza, no porque busque humillarle sino porque es sencillamente mejor torero. Si le sumas el fracaso en el amor y el rencor que le produce que sea Alonso quien le salve en la plaza, ello forma un cóctel expliosivo que lleva a Rodrigo a la venganza en esas misteriosas y tan sugerentes escenas nocturnas en que sombras y augurios advierten a Alonso de su maldición. Pero éste, con arreglo a su papel de galán y héroe que no puede retroceder, sigue adelante hasta que se encuentra con su destino que ya es conocido por el público puesto que conocía la copla que vertebraba la obra. Es una tragedia anunciada como la de García Márquez. Todos saben el final pero falta el cuándo y el cómo. Y Lope es capaz de articular maravillosamente el ritmo dramático que lleva al desenlace. Inés es libre en su elección. El amor en el teratro barroco es una fuerza irrefrenable. En esto no es nuevo El caballero de Olmedo. Pero sí que hay que considerar el tema de honor que no pertenece a nuestro tiempo y que el lector que quiera modernizar la obra no entenderá. El honor de Rodrigo está herido, no puede haber caído más bajo. No solo una mujer le rechaza, contando con la aquiescencia del padre, sino que el héroe le vence en la plaza rebajándolo. El factor honor requiere una explciación para advertir que es también uno de los motores de la obra. En todo caso, es una pieza magnífica que sigue totalmente viva. Un saludo.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Esa es la clave, JOSELU: el mal sentido del honor. Los teóricos de la época -y los dramaturgos con ellos- denunciaban ese mal sentido del honor, tan popular y arraigado. Picarse de honor era un mal hispano.
Curiosamente, los celos y el orgullo herido llevan a Rodrigo a matar por honor. Pero Alonso no muere por deshonrar a Rodrigo, porque no lo hace, sino por su propia ceguera, que le lleva a no comprender nada de lo que le ocurre en Medina puesto que todos sus sentidos están puestos en un único objeto. A causa del amor: no enaltece Lope el amor en esta obra, precisamente, aunque resulte más atractivo que su contrario, por supuesto. La única obra que construye con un espíritu verdaderamente trágico.

pancho dijo...

Con estas entradas dedicadas al teatro estás haciendo por él más que todos los lamentos por la pérdida de ayudas públicas de los profesionales dedicados a ello.
Éste debe ser el camino, la explicación a través del lenguaje que entienden los jóvenes que son el futuro.

Las administraciones están más secas que la mojama. Hay que convencer para sacar a la gente de casa y pagar por algo que hace poco se daba casi gratis porque lo habías pagado antes.

Los celos son un efecto secundario del desamor. Nadie los echa de menos para vivir.

Es un placer leer tus reflexiones y comentarios. También aquí abajo, en la Cueva de Montesinos.

Abejita de la Vega dijo...

El mayor demonio...

Aldabra dijo...

ay, el amor, cuantas desdichas puede llegar a provocar... en todos los tiempos, nunca cambiará.

biquiños,

elena clásica dijo...

El peor dolor de Rodrigo era deberle la vida a su contrincante. ¿Qué vida le debe si él le ha robado su encanto?

Don Alonso es un intruso en una historia predefinida. La mujer, sin duda, en un alarde de modernidad extraordinaria, quiere echar los dados en el juego de la novedad. Aun si el perdedor atrae la simpatía de la concurrencia, este ha de demostrar sus valores. No es el caso, los valores de Rodrigo son tan mezquinos que se convierte en perdedor por derecho propio.

Qué obra tan hermosa, llena de presagios y de simbolismos, tan celestinesca.

Besazos.

Paco Cuesta dijo...

Joselu. Pedro.

Os declaro culpables de obligarme a releer ahora mismo El caballero de Olmedo.
¡He dicho!

LA ZARZAMORA dijo...

Esos celos nunca dejarán de ser un cáncer...

Besos, Pedro.