Posiblemente,
el acuerdo sobre las pensiones alcanzado en España hace unos días es el mejor de los posibles en un contexto en el que ningún país se gobierna a sí mismo en lo económico. Cabe pensar qué pactos se hubieran alcanzado con otros en el gobierno nacional.
Pero eso no quiere decir que la población no se sienta traicionada y con una gran carga de frustración, sobre todo porque desde hace ya muchos meses ve peligrar gran parte de los logros del llamado estado de bienestar alcanzado en los países desarrollados, como ha visto esfumarse la ilusión de riqueza y seguridad conseguidas a partir de un progreso basado en la pura especulación insostenible y no en los valores personales y en la productividad real. Muchos se emborracharon de alegría cuando les hicieron creer que eran ricos y disfrutaron de una vida que parecía un parque temático de vacaciones sin demasiado esfuerzo laboral o, al menos, no tanto como en países similares: parecíamos progresar hacia la riqueza sin fin en el llamado milagro español que convirtió a España en una de las primeras economías del mundo y, aunque todos oíamos las voces que alertaban de los riesgos (tanto económicos como medioambientales o éticos), nadie hizo caso, lo que hace a cada uno corresponsable de la crisis actual en el nivel correspondiente. La información y el sentido común parecieron no importar.
No hay nada más que ver cómo hoy nadie se siente culpable y abominamos de los bancos que nos daban hipotecas sin que tuviéramos nóminas equivalentes al préstamo o de los políticos a los que votábamos alegremente a pesar de conocer que la corrupción que se extendió en España atenazaba el sistema. No nos importaba que se diera por sentado el tanto por ciento que se llevaba por cada obra el partido de turno o el concejal de nuestra ciudad si, a cambio, el engranaje de fabricación de riqueza estaba bien engrasado y nos repartía nuestra parte de los beneficios directamente en forma de puesto de trabajo, ingresos para nuestro comercio, adoquinado nuevo para nuestras calles o festivales culturales que servían para una superficial diversión. Incluso reclamamos mano de obra barata para que los inmigrantes realizaran los trabajos más penosos o cuidaran a nuestros familiares pagándoles sueldos muy inferiores a los nuestros y aceptando que muchos de ellos no tuvieran los papeles en regla conviritiéndolos en invisibles. Mirábamos el tamaño del pastel y había para todos, como si el reparto cuando se redujera el tamaño fuera a obedecer a los mismos porcentajes o el trozo que nos correspondiera fuera a ser siempre suficiente.
Es lo que tienen las borracheras, que hasta que uno no despierta al día siguiente con una fuerte resaca no es consciente de que la alegría era falsa y tiene el hígado tocado. El riesgo es el mismo del alcohol: optar por emborracharse de nuevo a la primera oportunidad para volver a sentir esa misma emoción por mucho que racionalmente sepamos que solo se alcanza con la anestesia de la inteligencia y una futura cirrosis. Es lo que tiene la abundancia de dinero: que nadie pregunta de dónde viene y, cuando falta, nunca reconoceremos que participamos en el festín sino que o bien demandaremos que el festín siga o bien culparemos siempre a otros porque, a fin de cuentas, nosotros solo somos ciudadanos individuales que cerramos los ojos y nos tapamos los oídos para no saber nada porque qué podemos hacer para cambiar las cosas.
Lo peor de la corrupción es cuando se instala en la moral de un país: en España, los políticos acusados de corrupción -incluso condenados- obtienen más votos en las siguientes elecciones si el ciudadano detecta que con ellos las cosas funcionarán. Pero las cosas nunca funcionan mucho tiempo así: una sociedad sin valores terminará derrumbándose. Siempre habrá alguien que sepa sacar beneficio de ello o alguien que decida que ya no merecemos la pena porque nuestra economía está sobrevalorada al basarse en burbujas de aire.
Por ahora, se acabó la fiesta. Tanto es así, que peligraba el sistema público de pensiones del Estado español tal y como estaba planteado (cosa que, por otra parte, ya se sabía desde hacía más de una década). No el presente, sino el futuro, al que llegarán los nacidos en los años sesenta y setenta del pasado siglo, varias generaciones de españoles que han sido corresponsables de lo acontecido y que pensaron que ya eran ricos porque cualquier banco les daba préstamos para vivir por encima de sus posibilidades reales y abandonaron comportamientos ciudadanos muy necesarios en un país como este cuya modernización y democratización mental aun no es completa, que prefirieron la acumulación de riqueza material antes que reclamar una mejor educación o sanidad o cultura, que se comportaron de forma muy egoista con el medio ambiente y que han sostenido un sistema político en el que los dos grandes partidos optaron por la urbanización del país entero como forma de progreso económico con la colaboración de pequeños partidos conservadores embarcados en un vértigo nacionalista que terminaba derivando el discurso estatal hacia focos que se han demostrado estériles cuando han llegado las vacas flacas.
Tan ocupados estaban los ciudadanos españoles en lo suyo que el resultado es un país con la tasa de natalidad más baja de los países desarrollados, con una pirámide de la población que no podrá sostener las jubilaciones dentro de unas décadas, con una economía poco competitiva para el tipo de vida que se quiere llevar y, sobre todo, muy frágil.
Tan ocupados estaban en lo suyo que no han visto que si querían vivir como las clases medias de los países más neoliberales (eso sí, con la peculiaridad de que somos españoles y no vamos a trabajar tanto como los alemanes cuyo nivel de vida envidiamos teniendo sol y bares donde alternar con los amigos a cualquier hora del día o de la noche), deberían producir como estas clases medias y deberían corresponsabilizarse como ellas de sus planes de pensiones. Es curioso que en España queramos vivir en el siglo XXI con un tipo de estado de bienestar pensado en la dictadura de Franco: una contradicción bien profunda. En el fondo, la mayor parte de la población quiere ser neoliberal solo para lo bueno pero añora el calor paternal de la dictadura para los malos tiempos. O, sin llegar a tanto, muchos quieren vivir como lo hacen los jubilados del norte de Europa que vienen a la costa española a pasar sus últimos años de vida, pero sin haber trabajado con el mismo nivel de eficacia y productividad que ellos en su vida laboral. Y el sistema neoliberal en el que se ha instalado España es implacable y no admite estas cosas.
La literatura utópica da respuestas para las grandes cuestiones del presente antes que fijar proyecciones para el futuro. Muchas de las utopías artísticas son inversión paródica del sistema político del momento o de las costumbres sociales, para conseguir corregir los malas o, al menos, ponerlas en evidencia. Todos los textos apocalípticos del mundo claman por soluciones a problemas que parecen irresolubles por medios razonables; así como los textos que proyectan un futuro esperanzador en el que nadie tenga que trabajar porque las máquinas lo harán todo y el ser humano se dedicará en exclusiva al ocio parecen hechos para situaciones como las que hemos vivido desde los años sesenta, de borrachera intelectual, un estado en el que no atendemos las señales de alerta y nuestra guardia está tan baja que terminamos cediendo la elección de nuestro mismo sueño a las empresas de publicidad.
Si las utopías apocalípticas consiguen alarmarnos tanto que terminamos buscando soluciones a no ser que las despreciemos por exageradas o inverosímiles (de ahí la importancia de que estén bien escritas), lo malo de las utopías felices es que nos anestesian hasta que no nos damos cuenta de que estamos dejando que alguien nos chupe más sangre de la que figuraba en el contrato inicial que tan alegremente firmamos sin mirar la letra pequeña. Por ejemplo, que gran parte de la feliz jubilación que nos prometían y nosotros decidimos creernos ya la hemos malgastado. De nosotros dependerá si queremos vivir de nuevo en un estado de inconsciencia feliz o en el de la realidad. Porque los parásitos suelen inocular un anéstesico tan fuerte que solo cuando nos han dejado de chupar la sangre percibimos que lo han hecho.