Este verano se ha reavivado el ya viejo debate sobre la posición del periodismo en la red.
Alguno de los grandes empresarios de la comunicación ha insistido en que el periodismo no es viable en Internet sin cobrar por acceder a los contenidos. Por una parte, planteando un serio conflicto con los buscadores y otras grandes plataformas para que no puedan redifundir lo publicado por sus medios de comunciación sin pagar por ello; por otra, reafirmándose en que los usuarios deben pagar por acceder a ellos tanto puntualmente como por medio de subscripciones. En contra de los datos, siguen pensando en que hay un suficiente sector de la población que prefiere pagar por recibir contenidos elaborados por esos medios de comunicación que se autodenominan de calidad.
Este segundo camino ya se intentó hace unos años, cuando casi todos los grandes medios de comunicación, recién llegados a Internet, cerraron sus contenidos al acceso gratuito y fracasaron: no sólo no rentabilizaron sus páginas sino que favorecieron las de los competidores que ofrecieron contenidos en abierto.
Este aspecto del problema es permanente: si no todos los medios de comunicación blindan los contenidos, siempre saldrá ganando aquel que ofrezca los suyos gratis. Incluso se crearán nuevos medios de comunicación electrónicos gratuitos que ocuparán los huecos dejados por los de pago. De hecho, los grandes empresarios del sector de la comunicación -especialmente los de ideología conservadora, pero también algunos progresistas- están detrás de las presiones que reciben los gobiernos para que promuevan leyes y normas que restrinjan la libertad en Internet.
En cuanto al primer aspecto, parece que sí se están logrando acuerdos con los grandes buscadores: ambas partes están interesadas y, a diferencia con lo que suecede con las pequeñas páginas con contenidos tomados de otras que surgen a cientos a diario en Internet, son fácilmente denunciables ante los tribunales.
Pero también, a raíz de la publicación de documentos sobre la guerra de Afganistán por Wikileaks se ha abierto un interesante debate sobre qué es o no periodismo, sobre el mismo concepto de periodista, y los límites éticos de la profesión.
El tema ha sido abordado desde diferentes ángulos, porque tiene en sí mismo una forma poliédrica. Pero lo que es innegable es que el acceso a las grandes fuentes de información y su divulgación ya no es un derecho corporativo de los medios de comunicación tradicionales -en papel, radio, televisión o Intenet-, si es que alguna vez lo fue tal y como lo manifiestan ahora los empresarios que suscitan un debate ético como si bajo las alfombras de cualquier empresario del sector no se encuentran tantos cadáveres profesionales asesinados en aras del interés empresarial o político -casi siempre es redundante lo emrpesarial y lo político- o como si los medios de comunicación no llevarán décadas jugando con el amarillismo, el sensacionalismo, la ruptura de todas las normas de la autorregulación o la defensa interesada de decisiones tomadas en los ámbitos del poder.
Por otra parte, lo que evidencia el debate es que una buena parte de ese periodismo tradicional ha dejado de hacer su trabajo y que, como ocurre con los huecos dejados en Internet por los medios que cierran el acceso gratuito a sus contenidos, la demanda de información que hay en la sociedad es alimentada por otros informadores sin que por ello se les pueda acusar de intrusismo ni de faltar a la ética de una profesión que hace mucho que la perdió, por mucho que algunos periodistas aun la mantengan y se enseñe en las Facultades de Ciencias de la Información. Los empresarios del sector deberían pensar que hoy hay mucha gente preparada para difundir información -algunos formados en las escuelas de periodismo pero otros fuera de ellas- y más gente todavía con ganas de ser informada de una forma inteligente y que no se conforma ni con el tipo ni con el modo de la información que se suministra a través de los canales tradicionales, cuya implicación en las guerras políticas locales o internacionales les está haciendo perder prestigio ante un sector de la opinión pública cada vez más amplio con la suficiente formación como para sacar sus propias conclusiones.
Un tema para seguir en sus múltiples facetas. Huid de las formulaciones fáciles para resolverlo.




















