jueves, 9 de septiembre de 2010

Camino de vuelta a casa (2.66)


El gran reto que se le presenta a Cervantes en lo que queda de novela es una cuestión técnica: cómo resolver el regreso al hogar de los protagonistas sin que el lector tenga la sensación extraña de que todo se termina. Como sabemos (y queda demostrado en el título de este capítulo, que hace mención expresa de las formas en las que se divulgaba su obra), Cervantes siempre mantuvo la conciencia de la recepción como eje del éxito de la narrativa. La melancolía de los personajes debe empapar al lector, pero no debe influirle para que pierda el interés por lo que se le narra al abrumarlo o tenga la tentación de abandonar la lectura o saltarse las páginas que restan porque no se le dé nada que lo mantenga atento. De ahí, por ejemplo, que don Quijote aun sueñe -en el anterior capítulo y en este- con el regreso a las armas pasado el año prometido al Caballero de la Blanca Luna, como si todavía hubiera esperanza.

En la mayoría de las novelas, este problema se soluciona con una elipsis: en pocas páginas, don Quijote y Sancho se hubieran plantado en la aldea. Pero Cervantes aun tiene una cuenta pendiente: dado que ha decidido introducir tan al final de la segunda parte la noticia del falso Quijote y no plantear el combate desde el inicio rehaciendo los capítulos y la estructura de su propia continuación desde el principio, no puede cerrar la historia sin agudizar lo que separa su novela de la de Avellaneda, algo en lo que ha insistido desde el momento en que decidiera hacer con esta última motivo novelesco.

Por eso, en lo que resta de novela, Cervantes no tiene prisa por devolver a sus personajes a la aldea, aunque -debido verosímilmente a la promesa y a la propia fatiga de don Quijote- evitará que se detengan en ningún sitio más de lo preciso.

Mientras tanto, en el camino de regreso les irá presentando situaciones que antes hubieran provocado varios capítulos, cruces de historias y relatos, pero que ahora se resuelven rápidamente. Estas situaciones y los diálogos entre amo y escudero intensifican lo que ya sabemos: don Quijote está abatido tanto física como anímicamente y cuando insiste en sus fantasías lo hace por poco tiempo y en una especie de inercia para mantenerse erguido como personaje con las últimas fuerzas que le restan (por ejemplo, en este capítulo, se niega, tras pronunciar unas pocas frases, a continuar la conversación con Tosilos para no verse forzado a continuar su argumentación o reconocer la verdad y por eso prosigue el camino en solitario, dejando a Sancho con el lacayo; pero un poco antes ya había resaltado su dignidad al aceptar su responsabilidad en la derrota); Sancho ha crecido tanto que filosofa de manera que ni su propio amo sabe de dónde le viene la sabiduría y en su diálogo con Tosilos muestra una manera muy distinta de abordar la locura de don Quijote sin traicionarlo, como había hecho en otras ocasiones.

Esta evolución de ambos personajes se intensifica precisamente para separarlos de la continuación de Avellaneda.

El resultado, quizá ni siquiera pensado por Cervantes, es asombrosamente moderno: por una parte, se convierte a don Quijote en un héroe de la derrota, como antes lo había sido de la ensoñación extravagante; por otra, se dota a la relación entre amo y escudero de nuevos matices.

Una parte del regreso consistirá en que los personajes pasen por lugares conocidos y se enfrenten, en su nueva situación, con espacios en los que aun podían soñar con toda la fuerza de la fantasía.

Así, don Quijote y Sancho dialogan sobre la Fortuna en la playa en la que el primero fue derrotado, lo que sirve para afirmar nuevamente una de las bases del pensamiento cervantino, eco del humanismo: cada uno es artífice de su ventura. A esto responde también el encuentro con Tosilos, quien narra el final de su historia (recuerda y mucho a la de Andresillo en la primera parte, pero sin los tonos negativos que ésta tenía cuando el muchacho reaparece: no conviene ahora doblar el sufrimiento del caballero) y pone a don Quijote, como ya hemos dicho, ante la tesitura de terminar la conversación o renunciar a ella para no verse obligado a reconocer la verdad, además de recordarnos la crueldad del Duque, que ahora es mucho más intensa porque nos hace recordar que el mayor momento de esplendor de don Quijote y Sancho sucedió, precisamente, porque se burlaron de ellos.

Aunque no lo parezca, también por esta razón se plantea el juicio que resuelve Sancho sobre el reto entre un gordo y un flaco: como caminamos hacia las tierras de los Duques, Sancho vuelve a tener la oportunidad de responder como hizo durante su etapa como gobernador. Como en aquella ocasión, todo procede de un material folclórico reconocible.

Veremos cómo continúa el camino de regreso el próximo jueves, al comentar el capítulo LXVII.

28 comentarios:

pancho dijo...

DON QUIJOTE DE LA MANCHA. CAPÍTULO 2.66

A mi juicio la principal característica del presente capítulo es la vuelta del protagonismo de DQ y S tras la pasividad mostrada en Barcelona, donde han sido ninguneados y usados como juguetes de los muchachos o fenómenos de circo. En este protagonismo destaca el crecimiento intelectual de S, necesario para que su amo supere el golpe de la derrota, salga del pozo de la tristeza, de los golpes que da la vida, tan fuertes… que abren zanjas oscuras, que dijera César Vallejo, “poeta del dolor descarnado en los tuétanos de la palabra”.

Salen de la ciudad dispuestos a que el año de noviciado se les haga breve. Ensimismados en sus charlas, desandan el camino, pasan el día y otros cuatro más sin nada digno de reseña. Al quinto, entran en un lugar donde les requieren de jueces en un pleito de peso. Después de pasar la noche al raso se topan con Tosilos, correo de a pie, que les invita a un trago que sólo S acepta. Dos encuentros que cuentan con la reacción diferente de amo y criado: en ambos DQ prosigue su camino, como si tuviera prisa en llegar a la aldea o en alejarse. Consciente de que el ejercicio de las armas ha pasado, es S el encargado de tratar con los interlocutores.

También dos gestos, dos actitudes similares marcan el principio y final del relato: en el comienzo es DQ el que da a la ciudad que le ha vapuleado y hundido, todos sus sueños abatidos, el pase del desprecio. Al final es S quien se sacude las migajas de pan antes de coger a su pollino del ramal y alcanzar a su amo que le espera a la sombra de un árbol.
En efecto, desde los altos de las afueras de la ciudad condal, con Barcelona a sus pies, vuelve la mirada DQ hacia la ciudad de la derrota y pronuncia las palabras de la tristeza: “-¡Aquí fue Troya! ¡Aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas glorias; […]; aquí se escurecieron mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para jamás levantarse!”, en semejanza al gesto bíblico de sacudirse el polvo de los pies; pero sin rencor, como le propone S al abandonar la ciudad hostil.
El escudero consuela a su amo, sorprendido éste del crecimiento intelectual de S. DQ encuentra en su fiel escudero el hombro en el que recostarse, el paño de lágrimas que le alivie de su pena. S no duda en acusar de embriaguez y ceguera a la fortuna que caprichosamente los abandona. Para DQ cada cual es “artífice de su suerte” que viene dada por el creador. Parece primero afirmar que la fortuna es providencia de Dios, “que no hay fortuna en el mundo”, para posteriormente decir que sus andaduras le han costado un ojo de la cara (salir al gallarín) (o ando espeso o afirma una cosa y la contraria). Para DQ el éxito en este momento consiste en cumplir la palabra que dio al Caballero de la Blanca Luna, la penitencia de un año de parada en la aldea: el triunfo en la derrota que dijera nuestro coordinador POE.
Cansado de ir andando, S le propone a su amo colgar el armamento y armadura en uno de los árboles, quitando el sitio a uno de los que bailan el vals de los ahorcados. DQ accede en primera instancia, pero se niega en redondo a hacer lo mismo con su Rocinante.

Al quinto día de marcha llegan a un mesón donde son requeridos para dar solución a un asunto de hándicap de peso de un gordo y un delgado. A ambos les parece un asunto menor. DQ sigue su camino, sumido como está en el pozo de su tristeza. S provoca el humor al proponerles: “que el gordo desafiador se escamonde, monde, entresaque, pula y atilde, y saque seis arrobas de sus carnes”

Con los cuerpos destemplados por haber pasado noche al raso, se topan con Tosilos que se encamina a Barcelona. Se alegra de la vuelta de DQ al castillo. Les da noticias de La dueña Rodríguez y de su hija y cómo los duques le hicieron apalear. La dueña se volvió a Castilla. Su hija entró a monja. Así acabó una de las aventuras a las que mejor remate dio DQ. También lo hace el relato después de que cartero y escudero den buena cuenta del contenido de las alforjas del correo de a pie.

Abejita de la Vega dijo...

Don Quijote echa una última mirada hacia Barcelona, su Troya. Glorias perdidas, hazañas oscurecidas, revueltas de la fortuna y, al final, esta caída de la que no se levantará.

Sancho, muy horaciano, le aconseja serenidad, en los buenos y en los malos momentos. Se pone a sí mismo como ejemplo, si cuando fue gobernador estaba alegre, ahora, como escudero, no está triste porque todo está en manos de la Fortuna, la cual es mujer, antojadiza, ciega y borracha. ¡Qué reflexiones sobre sí mismo hace este Sancho de la segunda parte!

A don Quijote le extrañan tantas filosofías en boca de Sancho, quién se las habrá enseñado. Y le replica: nada de fortunas, que cada uno es fabricante de su ventura, como él mismo lo ha sido de la suya.

Prudencia es la palabra clave. Debía haber tenido en cuenta que el flaco Rocinante no podría resistir al macizo caballote del de la Blanca Luna. Este no es mi Quijote que me lo han cambiado, ahora ni encantos ni encantadores…

Perdió la honra, mas no perderá la virtud y cumplirá con su palabra. Sancho ha de caminar. Pasarán un año de penitencia en la aldea y volverán renovados a las armas.

Sancho le responde que ir a pie no es gustoso y no permite grandes jornadas. Sugiere descolgar a un ahorcado de su árbol y colgar, en su lugar, las armas. Yendo en el rucio, hará grandes jornadas, imposibles a pie.

Don Quijote le aplaude, con ironía, la idea y va más allá. Colgarán sus armas y grabarán en los árboles la misma advertencia que en las de Roldán, que nadie las mueva si no quiere vérselas con el dueño.

Sancho le sigue la corriente: le parece de perlas e, incluso, apunta la posibilidad de colgar al pobre Rocinante, si no fuera porque el camino sin él…

Replica, muy enfadado, don Quijote que nada de ahorcar armas ni rocines. Que no se hable del mal pago que se da a tan pacientes servidores.

A Sancho le parece muy bien que cada uno cargue con su culpa, que su amo se castigue a sí mismo, si es el culpable. ¿Qué culpa tendrán las armas, el pobre Rocinante tan manso y los maltratados pies del escudero?

Platicando se les pasa aquel día y cuatro más, aburridísimos. Al quinto llegan a la puerta de un mesón, donde hay mucha gente solazándose, que son fiestas…

(Sigue)

Lola dijo...

Siempre manteniendo la esperanza en seguir andando, leyendo en este caso. Una persona inteligente Cervantes a la hora de escribir Don Quijote, mezclando la melancolía por momentos, pero manteniendo la inquietud del lector por seguir sabiendo que pasa después. Besos y buenas noches

Myriam dijo...

Pués si Cervantes quería agudizar la profundidad psicológica de sus personajes para diferenciarse del engendro de Avellaneda, creo que lo reketelogró.

A mi como lectora, me impresiona captar la derrota anímica y física de DQ y la sagacidad e inteligencia de Sancho.

Para mí es un capítulo triste si, pero por la riquesa que despliegan sus persnonajes, muy profundo.

Y no sigo que sino, tengo que ir a buscar el pañuelo para que los lagrimones no me mojen el tablero.

En cuenta regresiva, dejo a dosto sim doslusa.

Señor De la Vega dijo...

Delicioso capítulo como la más deliciosa Dama que en mi corazón declama.

Al pie de la letra interpreto el título porque tengo el permiso de quien lo escribe:

Y este episodio trata de lo que veo: un Real Caballero Don Quijote y su Consejero Sancho.

Ambos llevan consigo sus victorias, escudero discreción con juicio y Don Quijote el ser visto por primera vez ante cualquier lector que lo leyese como caballero andante, aunque nunca lo fuese. Y hete aquí, que renace la auténtica novela de caballería en esta partida, la verdadera la nunca hasta el momento escrita; con personajes reales en mundos conocidos, porque es novela y no crónica y es verdadera en su realismo y no milonga. Eso sí, tendrá corta vida, pero sobre esta piedra, se edificará su iglesia.

Y no recojo perlas del camino porque estará a rebosar el recorrido a casa, no estoy yo hoy para dar migas a un gato, no sea que en lugar de bien le ate un lata.

Saludos con fortuna y siempre Suyo, Z+-----

Merche Pallarés dijo...

¡Cuánta razón tiene Quijo cuando menciona a la diosa Fortuna! La aparición de Tosilos anuncia ¿futuras bromas? Leeremos. Besotes sin fortuna, M.

Cornelivs dijo...

-"¡Aquí fue Troya! ¡Aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas glorias, aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas, aquí se escurecieron mis hazañas, aquí finalmente cayó mi ventura para jamás levantarse!"

Y así será. D. Quijote jamás volverá a ejercer el noble oficio de las armas. La lectura de estas palabras me sigue conmoviendo hoy dia casi tanto como la primera vez que leí la novela, si bien ahora creo entender a D. Quijote mejor que antes, porque me voy acercando a su edad (“frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años”), y ya tiene uno algo de experiencia de la vida como para entender más de una cosa. Me gusta meterme en el pellejo de los personajes de la novela, en el mundo de sus sentimientos y de sus motivaciones personales, que me ha fascinado siempre y en el cual me desenvuelvo muy agusto; me gusta narrar mis impresiones personales, muchas de ellas seguramente no las compartiréis, otras quizás si; pero es lo que a mí me dice el corazón, mi opinión personal, desde la perspectiva de mi tiempo: la actualidad. Otra cosa es la crítica literaria en si, la profesional: esta la dejo a los entendidos.


Cuando yo era joven los ultimos capitulos del Quijote perdieron para mi su sabor: todo se terminaba y D. Quijote vencido ya no era el mismo. Terminé mi trabajo casi maquinalmente, sin ilusión, ya lo dije la entrada anterior. Pero en esta lectura colectiva que estamos haciendo con Pedro Ojeda, le estoy sacando un sabor muy especial a estos últimos capítulos de la obra, capítulos que, en honor a la verdad, jamás me llamaron demasiado la atención, con excepción del último capitulo, el maravilloso y grandioso acto final de la obra.


Indudablemente, D. Quijote está moralmente hundido, no está “ni para dar migas a un gato”. Cuando le expone el problema del gordo y del flaco, responde dejando la cuestión a Sancho. Y es obvio el sentido común del ex gobernador baratario: que el gordo se “...monde, entresaque, pula y atilde, y saque seis arrobas de sus carnes”. (A este gordo me lo traía yo a correr conmigo mis 10 km. diarios y en dos meses se lo devolvía a Sancho preparado para la carrera).

Cornelivs dijo...

Sancho es ahora, que curioso, el paño de lágrimas de D. Quijote. Calma e intenta animar a su amo, mostrando una sagacidad impropia del escudero (“no se quien te lo enseña”, dice D. Quijote). Se me ocurre pensar que como el Sancho de Avellaneda era borracho, glotón y no tenia gracia alguna, quizás Cervantes para marcar diferencias con el otro Sancho adorna al nuestro de estas virtudes; puede ser; aunque no lo se. Todo esto me sabe como a guiso recalentado: no olvidemos que la primera parte Cervantes dijo de Sancho que tenia “muy poca sal en la mollera”. ¿Entonces?


Con la anécdota de las armas, el socarrón de Sancho vuelve a meterse con Rocinante. Ya sabíamos que este “jamelgo” no era sino un saco de huesos; pero eso de decir que “si no fuera por la falta que para el camino nos había de hacer Rocinante, también fuera bien dejarle colgado” me parece un “gravisimo” insulto de Sancho hacia la dignidad del caballo de nuestro héroe; Sancho no se calla ni bajo del agua. Obviamente, D. Quijote responde muy en su lugar.


En cuanto a lo de Tosilos, más de lo mismo: para D. Quijote todo es obra de los encantadores. Me acuerdo de Andrés, el muchacho de la primera parte a quien su amo golpeaba diciéndole: “la lengua queda y los ojos listos”. Mal final tuvo el pobre. Aquí sucede algo parecido. Pero nótese como Cervantes pasa por este suceso como de puntillas: quizás no le interese tanto lo que pasó con este lacayo Tosilos y la hija de la dueñisima, ahora presta más atención a nuestros heroes, a sus sentimientos: quizás no tanto a los sucesos.


Lo que sí está claro es que a D. Quijote le han quitado el ideal de su vida: la caballería. Nunca lo superará.


No se olvide que el final, inexorable final, se está acercando. Y por eso hay algo que me gusta: ese ambiente de tristeza, de melancolía que rodeará estos ultimos capitulos de la novela, es como el final de toda aventura humana: todo comienza y todo termina. La novela se está terminando: ya no hay caballero andante ni escudero andado. Ahora hay dos personas que vuelven a su pueblo, desengañados de tantas cosas…y Cervantes, siempre magistral Cervantes, está rematando su obra maestra poco a poco, con sagacidad, con maestría, con una elegancia inimitable: el final de la obra está siendo precioso.

A D. Quijote le han quitado el ideal de su vida: la caballería. Nunca lo superará.


Y poco a poco, estamos asistiendo al final de la inmortal novela: que curioso, y que paradójico: cuando se pone el sol el cielo adquiere una tonalidad preciosa, quizás mas bella que nunca. No puedo olvidar a Holderling:


"En los juveniles dias, a la mañana sentia regocijo

por la tarde lloraba

y ahora, mientras más viejo soy, dudando empiezo el dia

aunque no obstante, sagrado y apacible es para mi su fin".

Paco Cuesta dijo...

Cervantes resuelve magnificamente lo que en principio se presentaba como un doloroso encuentro con Tosilos.

marga dijo...

- Título precioso: verá el que lea y oirá el que escuche leer, supongo que se referirá a lecturas colectivas.
- El alegato de desdicha de DQ, conmueve
- Tacha a la fortuna de borracha, antojadiza y ciega, ¡que razón tiene!
- Pobre Rocinante, le echan la culpa de la derrota y si se descuida le dejan colgado con las armas, afortunadamente a buen servicio “buen” galardón.
- La discreción de Sancho: vuelve a demostrarla en la carrera de gordo contra flaco.
- Aparece Tosilo, contando el castigo a que fue sometido por desobedecer las sandeces del duque.
- Y siga el camino en paz.

Señor De la Vega dijo...

Por cierto Señor Don Pedro se me olvidó decirle,

Veo que su impaciencia nos supera y decidió anticipar hechos de otros capítulos no leídos, en el presente. :-))

Creí que Usted, mantendría la firmeza que requiere esta lectura de Quijotes, pero mientras el protagonista tiende a la cordura y paz interna, los lectores sin excepciones nos volvemos más nerviosos y se convierte en carrera hacia poniente.

De cualquier modo, como siempre, magnífico comentario voz en off, aunque nos cuchichee en parte la película.
Suyo, Z+-----

São dijo...

Só para te dizer que hoje "estive" em Burgos através da chegada da Vuelta à cidade, que acompanhei pela televisão.

Fuerte abrazo, amigo mio.

BIPOLAR dijo...

Mi Señor don Quijote "lamió el pliego de las cartas, sólo porque olía a queso". No le quedaba nada más en las alforjas, pues allá en la dehesa de su vida hizo "escamonde, monde, entresaque, pulido y atildó" con esmero la cuajada de su locura.

Y tú lector y crítico, que afirmas que “cada uno es artífice de su ventura”, dime, colmada la velocidad ¿qué le espera al rayo, sino la muerte?

Manuel de la Rosa -tuccitano- dijo...

Es de artista poco común prever que el lector puede dejar de leer si no se da un giro a la obra...aunque ya el giro se lo da desde que que comenzamos a leer la segunda parte...saludos

Pd: esta vez me despiste de día...el trabajo me asume y me consume...esto es así..

BIPOLAR dijo...

Mi gozo en un pozo

Señor De la Vega dijo...

Uf, mi Señora Bipolar, ¡qué intensa!

Al rayo, no sé lo qué le espera, pero al que esté cerca sino le pilla la electrostática descarga a tierra, le aseguro que una larga vida y un intenso recuerdo de ver la muerte cerca.

Si su gozo está en un pozo y no es reflejo de la luna, ¿por qué no prueba y baja?
Suyo, Z+-----

Abejita de la Vega dijo...

Se acercan y un labrador les pide su opinión, como parte inocente, en una apuesta.

Don Quijote acepta y el hombre le cuenta la historia de un vecino muy gordo, once arrobas, que desafió a correr a otro muy flaco, cinco arrobas. La carrera había de ser de cien pasos con pesos iguales. Preguntan al desafiador como igualarían los pesos y propone que el desafiado, el de cinco arrobas, se ponga seis de hierro a cuestas.

A Sancho esto le suena, parece un caso como los que propusieron al gobernador de Barataria. No le parece bien lo de cargar con hierro al flaco y contesta antes de que lo haga su señor. Les dice que él dará su parecer, puesto que fue gobernador y juez, pocos días ha.

Don Quijote se siente sin ánimo, no está ni para dar migas a un gatito, y le da licencia.

Los labradores, con la boca abierta, esperan su sentencia.

Sancho opina que no es justo lo que el gordo pide porque el peso añadido le impediría vencer. Y su veredicto es que el gordo “se escamonde, monde, entresaque, pula y atilde”. ¡Cómo me gustan estos verbos! En conclusión, que saque de su cuerpo seis arrobas de carne, como desee. ¿Dieta, ejercicio o rebanando algún pedazo? Los dos con cinco arrobas y a correr.

Uno de los labradores compara a Sancho con un bendito y con un canónigo, pero está seguro de que el gordo no ha de querer.

Otro da la solución final: que no corran, el flaco no se muela, el gordo no se descarne, echen la mitad de la apuesta en vino y lleven a la taberna a “estos señores”. En conclusión, que les importa una higa la apuesta y el vino es el que ha de correr.

Don Quijote lo agradece pero no puede detenerse, pasa adelante y los deja admirados de su extraña figura y la discreción de Sancho.

Uno de ellos comenta que si el criado es tan discreto, el amo lo será más. Y apuesta que, si van a estudiar a Salamanca, pronto serán alcaldes de corte. ¿Estudiantes don Quijote y Sancho? Si que ha debido correr el vino en estas fiestas…

Amo y mozo pasan la noche en mitad del campo, a cielo descubierto.
(Sigue)

.

Asun dijo...

Creo que, por mucho que Cervantes se empeñe, es inevitable tener la sensación de que la aventura llega a su fin. El ver a DQ tan abatido tras la derrota hace presagiar que le será difícil remontar.

Besos

lemaki dijo...

«Pensar que en esta vida las cosas de ella han de durar siempre en un estado es pensar lo excusado -erróneamente-, antes parece que ella anda todo en redondo, digo, a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua; solo la vida humana corre a su fin ligera más que el viento, sin esperar renovarse si no es en la otra, que no tiene términos que la limiten».

Don Quijote de la Mancha. Segunda Parte Capítulo LIII2.

saludos (interesante su visión).

Antonio Aguilera dijo...

Somos testigos del crecimiento (y engorde?) de Sancho: esto ayuda también a que el lector no pierda interés por contimuar la lectura.
Me ha gustado mucho tu explicación de cómo Cervantes puso toda la carne en el asador por mantener la atención de los lectores: era mucho lo que se jugaba, y Avellaneda lo dejó "malferido" sicológicamnete; el desquite era urgente.

Don Quijote, el cabecilla de los antihéroes. El primero para los que no consideramos a los héroes de uso masivo.

Empiezo a redactar mis impresiones, a ver si en dos horillas; estoy vaguillo hoy.

Antonio Aguilera dijo...

Me ha costado tres intentos publicar mi comentario anterior, no sé si alguien más tuvo incidencias

Antonio Aguilera dijo...

Me ha costado tres intentos publicar mi comentario anterior, no sé si alguien más tuvo incidencias

Antonio Aguilera dijo...

Me ha costado tres intentos publicar mi comentario anterior, no sé si alguien más tuvo incidencias

Antonio Aguilera dijo...

sin palabras

Abejita de la Vega dijo...

Al día siguiente, siguen su camino y ven que viene hacia ellos un hombre con alforjas y chuzo, como era propio de los correos de a pie.

Vaya, mi ordenador ya está haciendo tonterías, algún personaje secundario otra vez. Tal vez sea aquella intrépida muchacha enamorada, la vestida de arráez, o aquel galeote de la capitana. A ver, no...¿Quién eres?

Me presento, aunque vuestra merced ya tiene el gusto de conocerme. Soy Tosilos, lacayo de mi señor, el duque. Acabo de despistar a esa bella mujer que vuestra merced acaba de citar. Le he dicho que su don Gregorio preguntaba por ella y ha salido a toda priesa.

Soy aquel "valeroso combatiente", el que no quiso pelear con don Quijote sobre el casamiento de la hija de doña Rodríguez. Debía vencerle, según instrucciones de mi señor, sin matarle ni herirle, mas no quise.

Y ocurrió desta manera porque el niño cegato, ése que llaman Amor, o Cupido, atravesó mi corazón, con una de sus flechas. La Rodriguita ya no era la mocosa estirada que yo conocía. Ay, qué ojos, ay qué boquita de fresa. Caí rendido al amor y ésa fue mi falta.

Dos meses después, me envía mi amo a Barcelona, a llevar un pliego de cartas al virrey, como cartero pedestre, con chuzo y alforjas. Voy por el camino y, para mi sorpresa, veo venir, en sentido contrario, al loco de don Quijote de la Mancha con su Sancho Panza.

Me acerco, le abrazo por el muslo y le muestro la gran alegría que me da el verlo. Pienso que, tal vez ,regrese al castillo del duque, mi señor. Le expreso el mucho contento que tendrá al verlo de nuevo y así lo manifiesto. Con esta noticia,sueño, tal vez recupere el favor de mi amo.

Abejita de la Vega dijo...

Don Quijote no sabe quién soy, he de decírselo. Me presento y le recuerdo que me negué a pelear sobre el casamiento de la hija de aquella dueña. Muestra su asombro y me pregunta si es posible que sea aquel que los encantadores transformaron en lacayo, para despojarle de la honra de la batalla ganada.

¿Encantadores? ¿Sigue creyendo en encantamientos? Le replico que no hubo encanto, ni mudanza de rostro ninguna, sino que entré en la estacada como lacayo Tosilos y como tal salí.

La moza me pareció bien y pensé casarme sin pelear. Todo sucedió al revés. Recordará vuestra merced que me enviaron al calabozo, a ver si se me pasaba el “encantamiento”.

Pero no terminó ahí el castigo infligido , bueno es mi señor para tolerar que alguien contravenga sus ordenanzas. Todavía tengo el cuerpo dolorido de los cien palos que me dieron,con una gruesa vara, en cuanto don Quijote salió del castillo.

Y me quedé sin esposa, que la muchacha fue enviada a un monasterio y ya es monja, con una enorme vocación religiosa. La dueña Rodríguez, muy contrariada, volvió a su castellana aldea. Y, en cuanto a mi persona, ahora sirvo al duque como correo. Gozo así de más libertad y entretenimiento que como lacayo, no falta gente en el camino…


Ofrezco a don Quijote un traguito de vino de lo caro y unas rajitas de queso de Tronchón, para despertar la sed. El escudero se adelanta y me pide que escancie, les parezca o no les parezca bien a los encantadores. Su amo le llama glotón e ignorante porque no se persuade de la falsedad de un Tosilos encantado. Le anima a que se quede conmigo un rato y se harte, mientras él se va adelante, muy despacito, esperándole.

Me río mucho con él, bebemos el vino y comemos pan con queso, sobre la verde hierba. Acabamos con el repuesto de las alforjas, nos sabe tan bueno que lamemos el pliego de las cartas porque huele a queso.

Sugiero al amigo Sancho que su amo “debe de ser un loco”. Me contesta, con gran discreción, que no debe nada a nadie, “que todo lo paga, y más cuando la moneda es locura”. Bien se lo advierte él, pero de nada sirve. Ahora, al parecer, va más loco que nunca, que ha sido vencido por un caballero llamado no sé qué de la Luna.

Le pido que me lo cuente, mas no quiere hacer esperar a su amo. Otro día, no sé cuándo, me lo contará. Se sacude las migas y me deja con mi curiosidad no satisfecha. Me dice “a Dios” y alcanza a su amo.

Yo también me despido. Quede con Dios vuestra merced.

Desaparece y ya sólo me queda decir lo del título, un tanto perogrullesco:
“LO VERÁ EL QUE LO LEYERE O LO OIRÁ EL QUE LO ESCUCHARE LEER”

Un abrazo para todos de María Ángeles Merino

Antonio Aguilera dijo...

Al salir de Barcelona miró don Quijote el sitio donde cayó vencido y empezó a lamentarse por su mala suerte, mala ventura o mala Fortuna. Sancho le respondió a su amo que la tal Fortuna era una mujer beoda y caprichosa, pero sobre todo ciega; que sin pasar por oculista, “no ve lo que hace, ni a quien derriba ni a quien ensalza”.

Quedó don Quijote admirado de la inteligente elocuencia de su escudero, por ello le habló en estos términos: -Muy filósofo estás, Sancho -respondió don Quijote-, muy a lo discreto hablas: no sé quién te lo enseña. Lo que te sé decir es que no hay fortuna en el mundo, ni las cosas que en él suceden, buenas o malas que sean, vienen acaso, sino por particular providencia de los cielos, y de aquí viene lo que suele decirse: que cada uno es artífice de su ventura".

Tratamiento de filósofo dio don Quijote a Sancho, como persona que sabe y ama el saber. A pesar de decirle, con cierto menosprecio, al final del capítulo, cuando Sancho acepta la invitación de Tosilos a degustar unas “rajas” de Tronchón y beber unos tragos de “lo caro” (buen vino) que, “tú eres, Sancho, el mayor glotón del mundo y el mayor ignorante de la tierra, pues no te persuades que este correo es encantado, y este Tosilos contrahecho. Quédate con él y hártate, que yo me iré adelante poco a poco, esperándote a que vengas”.

¿Cómo puede Sancho ser un buen filósofo y, al mismo tiempo ser el mayor glotón del mundo, sin contradecir las leyes "rocinantinas" y de Caballería? Don Quijote, por ese motivo, no comía pan a manteles (no olvidemos que antes de ser ordenado Caballero Andante, según se nos cuenta en el capítulo 1.1, gozaba de un menú semanal variado: “ Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos”) ni sin manteles, mayormente no por la disponibilidad de manteles, sino por la ausencia de condumio.

Finalmente, y después de saciar los apetitos carnales culinarios a costa de las alforjas de Tosilos, éste continuó su viaje a Barcelona donde los duques de correo lo habían mandado, y Sancho se reunió con su amo que en ayuno pertinaz, a la sombra de un árbol le estaba esperando

Antonio Aguilera dijo...
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