jueves, 17 de junio de 2010

Ricote y Sancho (Cap. 2.54)


Antes de comentar el núcleo del capítulo debemos hablar sobre la argucia cervantina para hacernos pasar estas páginas como otras anteriores, sin serlo en absoluto porque contienen un giro en la novela que vuelve a enriquecerla.

En primer lugar, el título (Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra alguna) podría parecernos una broma paródica más al estilo de títulos semejantes de otros capítulos. Pero no lo es: sabedor Cervantes del interés que despertará en sus lectores la presentación del morisco Ricote, juega con el potencial peligroso del argumento para hacerlo pasar como inocente.

En segundo lugar, los párrafos iniciales parecen llevarnos otra vez a la alternacia de espacios que ha venido sucediendo en los últimos capítulos. Pero no es así: en realidad, termina con ella. Rápidamente, nos anuncia que los Duques siguen burlándose no sólo de Don Quijote y Sancho sino de las mismas normas caballerescas y de la justicia, incluso la que ellos deberían proteger en sus propias tierras en cumplimiento de las normas de la sociedad a la que pertenecen y gobiernan. En estos dos parrafos, los Duques llevan al máximo nivel la destrucción de su propia autoridad: ni siquiera son capaces de que el duelo tan solemnemente aceptado se mantenga de la forma correcta y suplantanrán al mozo burlador que tanto protegen (no ahorra Cervantes un chiste sobre suegras al mencionar que el joven anda huido en Flandes por escapar de doña Rodríguez) por un lacayo suyo, Tosilos. Para dar lugar a preparar suficientemente la nueva burla, fijan un plazo de varios días que el narrador aprovecha para volver a Sancho.

Y es aquí en donde comienzan algunas de las páginas más memorables de la segunda parte de la novela.

Observemos que el encuentro con Ricote se produce en un momento determinado, tras haber puesto en evidencia la indole de la alta aristocracia española y de buena parte de la sociedad española que la secunda; tras unos pasajes -toda la estancia de don Quijote y Sancho en tierras de los Duques- en los que todo ha sido fabulación y burla con trazas de parodia caballeresca y fiesta carnavalesca para diversión de una sociedad cortesana y embrutecida; tras anunciársenos a los lectores que en breve se reanudará el camino en busca de aventuras de ambos protagonistas; y, finalmente, tras la renuncia de Sancho al gobierno de la ínsula con una actitud digna y moral que nos habla de un Sancho más sabio, más consciente de sus actos y de sus consecuencias. Justo en ese momento, Cervantes introduce, por primera vez (veremos que el personaje reaparece) a Ricote quien protagonizará, junto a Sancho, una aventura en la que no está presente don Quijote ni sus grandes sueños caballerescos, sino tan sólo dos amigos y vecinos, cada uno con su historia personal a cuestas.

Tanto por lo dicho, como por las circunstancias en las que tiene lugar el encuentro entre Ricote y Sancho -éste más consciente de sí mismo que nunca; aquél disfrazado en una curiosa tropa de peregrinos (que Cervantes toma de la realidad de la época) como forma de volver a España-, debemos tener muy claro que el autor ha preparado la escena con gran atención a cada una de sus palabras.

Ricote es un morisco desterrado a consecuencia de los edictos de expulsión que se dieron desde 1609 hasta 1613 en los diferentes territorios de la Corona (se calcula que fueron más de 300.000 personas las que sufrieron las consecuencias de estos edictos, aunque irregularmente repartida por el territorio español). Por lo tanto, Cervantes introduce un hecho real, de gran actualidad tanto por lo que significó como por sus consecuencias demográficas y económicas, aun debatido en el momento de redactar este capítulo y con gran repercusión en la mentalidad de la época. Es el primero de varios que irá introduciendo en el resto de la novela, en la que la realidad de la época irá ganando terreno a lo costumbrista. El hecho ha sido estudiado repetidamente por los cervantistas porque, en primer lugar, nos refleja una realidad; en segundo lugar, porque posiblemente aquí esté buena parte del pensamiento de Cervantes sobre cuestiones candentes de la alta política española.

Observemos que Cervantes escoge, con intención, un morisco que no es un firme defensor de la religión musulmana: es un practicante tibio (con esa misma intención hace que beba tanto vino como Sancho, cristiano viejo), con muchas trazas de cristiano nuevo y con una familia -su mujer, su hija-, ya declaradamente cristianas, aunque otros familiares suyos sean decididamente musulmanes (por ejemplo, su cuñado). Todo ello no es invención de Cervantes: hay documentos que prueban que muchos de los moriscos expulsados no practicaban su religión e incluso habían pasado a ser cristianos más o menos firmes en sus convicciones (de hecho, muchos de ellos sufrieron el rechazo de los territorios del norte de África en los que se refugiaron, cuyas poblaciones siempre los miraron con recelo), habían abandonado el uso del árabe por el castellano, habían perdido gran parte de las señas de identidad (costumbres, forma de vestirse,) etc. Buena parte de ello había sido fruto de las duras leyes que se aplicaron en todo el siglo XVI y, especialmente, a partir de la rebelión de las Alpujarras. Incluso hay pruebas documentales de moriscos expulsados que lograron volver a España y conseguir la autorización real para residir en sus antiguos pueblos.

Por otra parte, Ricote es, ante todo, español: curiosamente, es en su boca en la que pone Cervantes la mayor afirmación patriótica de la novela (Doquiera que estamos lloramos por España: observemos que el patriotismo de Ricote aúna los territorios de toda aquella suma de reinos, cada uno con sus peculiaridades y leyes, en una perspectiva superior a la de muchos de los habitantes cristianos del momento) y una de las más respetuosas aceptaciones de decisiones reales contrarias al interés de quien habla. Para rematar su retrato, es un buen esposo y mejor padre. Y un hombre al que dota Cervantes de una capacidad de análisis y raciocinio de las circunstancias muy superior a la de casi todos los personajes que han pasado por la novela: comprende que muchos de los moriscos podían implicarse en la conspiración contra los cristianos que finalmente justificó su expulsión (había un gran miedo en la población cristiana ante una posible alianza entre los moriscos y los turcos que facilitara una invasión, miedo alentado por la jerarquía religiosa y la aristocracia para provocar, con otros intereses más terrenales, la expulsión de los moriscos); y pronuncia una de las frases más significativas de la novela, cuando alaba la libertad de conciencia de un país en el que triunfó la reforma religiosa protestante: Pasé a Italia y llegué a Alemania, y allí me pareció que se podía vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia.

Con ser mucho lo comentado, Cervantes añade una nota más que levanta estas páginas a una altura no alcanzada por ninguno de sus contemporáneos.

Sancho, cristiano viejo y respetuoso de las leyes, temeroso por las consecuencias que sobre su persona pueda acarrear cualquier osadía, no denuncia a su vecino (aunque no se atreve a acompañarlo de vuelta a su aldea): lo abraza, comparte con él la comida y la bebida y conversan durante un buen rato para ponerse al día de las historias mutuas. En esta conversación -en la que se introducen elementos novelescos como la historia de amores entre la hermosa hija de Ricote y un mayorazgo puesto que Cervantes asimila la historia de Ricote a la materia narrativa del Quijote-, en la que Sancho afirma no ser el único del pueblo que lloró la marcha de sus vecinos moriscos, está mucho de lo que podría haber sido España y no pudo ser: la convivencia entre dos hombres que, a pesar de sus muchas diferencias -Ricote es rico, Sancho no; Ricote tiene una familia hermosa, Sancho no; Ricote es morisco, Sancho cristiano viejo; Ricote se ha convertido en delincuente al cruzar la frontera- son capaces de hablar sosegadamente sobre política, religión o de cómo les ha ido en la vida y guardarse las confidencias. Siempre he pesando que en este hermanamiento entre Ricote y Sancho está gran parte del pensamiento cervantino.

Veremos qué ocurre el próximo jueves, cuando comentemos el capítulo LV.

23 comentarios:

Cornelivs dijo...

En este capitulo 2.54, los duques deciden seguir con su diversión hasta el final, de modo que ordenan que el desafío de D. Quijote al burlador de la hija de Dª Rodríguez siga adelante. No me sorprende que el “frustrado” yerno de Dª Rodríguez se hubiera ido a Flandes huyendo de su suegra, lo cual indirectamente nos informa de que esta mujer tuvo que ser “de armas tomar”, como suele decirse. Ante la ausencia del causante del agravio, los duques piensan en dar el cambiazo, sustituyendo al huido externo por un lacayo gascón: un tal Tosilos. Total, con echarle luego la culpa a los encantadores, todos contentos, no seria difícil convencer a D. Quijote. Ya lo sabemos por experiencia (Maritornes a quien D. Quijote toma por princesa, el encantamiento de Dulcinea, la “mutación” del rostro del caballero de los espejos, etc.)

Sancho Panza muestra mucho sentido común: ha aceptado y asumido su destino. Durante toda la novela tenía “encajado en los cascos” su obsesión por la ínsula: solo la experiencia le ha hecho madurar y le ha desengañado. Ahora ya acepta que él no es bueno para gobernar, “si no es un hato de ganado, y que las riquezas que se ganan en los tales gobiernos son a costa de perder el descanso y el sueño, y aun el sustento…”

Y nos lleva Cervantes de la mano hacia una tragedia social de aquella época: la expulsión de los moriscos. Sancho se encuentra con Ricote, un tendero morisco de su mismo lugar, que tuvo que partir.

Documentémonos un poco. Los moriscos fueron expulsados de España en el periodo de tiempo que oscila entre la aparición de la 1ª Parte (1605) y la de la 2ª Parte que estamos leyendo (1.615). El acuerdo de expulsión lo votó por unanimidad el Consejo de Estado el 30 de enero de 1608, y aunque en un primer momento sólo se aplicó a los moriscos valencianos, el 9 de abril de 1609 el Duque de Lerma firma el Decreto por el cual la expulsión se hacia extensiva a todos los reinos de España.

La población morisca, según la wikipedia, consistía en unas 325.000 personas en un país donde habia entonces unos 8,5 millones de habitantes. Estaban concentrados en los reinos de Aragón, en el que constituían un 20% de la población, y de Valencia, donde representaban un 33% del total de habitantes. A esto hay que añadir que el crecimiento de la población morisca era bastante superior al de la cristiana. Las tierras ricas y los centros urbanos de esos reinos eran mayormente cristianos, mientras que los moriscos ocupaban la mayor parte de las tierras pobres y se concentraban en los suburbios de las ciudades. Pero en Castilla la situación era muy distinta: de una población de 6 millones de personas, entre moriscos y mudéjares sólo juntaban unos 100.000 habitantes. Debido a este mucho menor porcentaje de población y a la positiva experiencia con los antiguos mudéjares, los cuales llevaban siglos conviviendo con la población cristiana, el resentimiento hacia los moriscos en la corona de Castilla era menor al de la población cristiana de la corona de Aragón. Parece que hacían mejores migas con los cristianos en Castilla que en Aragón y Valencia.

Por ello vemos a Sancho francamente agusto y relajado con la buena compañía de su amigo Ricote y sus compañeros: comen frugalmente y beben de las botas. Finalmente todos se duermen, excepto Ricote y Sancho, “que han comido mas y bebido menos”, y se cuentan los pormenores de sus vidas: Ricote relata como salio de España y las circunstancias de la salida y Sancho le informa de como ha abandonado el oficio de gobernador.

Cornelivs dijo...

Un capitulo muy interesante, especialmente los detalles que ofrece Ricote sobre su salida de España. Pero esta expulsión escondía en la mayor parte de las ocasiones, auténticos dramas humanos. Cervantes, contemporáneo de los hechos, y testigo excepcional de estos acontecimientos, nos informa de primera mano. Y por cierto: ¿Qué pensaría nuestro insigne novelista de la expulsión de los moriscos?

Me inclino a pensar que Cervantes, al decir que la expulsión fue una “gallarda resolución” y opinar que entre los moriscos “algunos había cristianos firmes y verdaderos, pero eran tan pocos, que no se podían oponer a los que no lo eran, y no era bien criar la sierpe en el seno” alaba, o al menos comprende y/o justifica tal expulsión.

Pero acto seguido vemos su faceta humana, tiene muy en cuenta la tragedia que tuvieron que sufrir miles y miles de familias; lo veo enternecerse hablando de lo que los moriscos expulsados añoran a España, su patria, y nos conmueve magistralmente relatándonos el sufrimiento de los moriscos expulsados. Leamos al morisco Ricote:

“…Doquiera que estamos lloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura desea, y en Berbería y en todas las partes de África donde esperábamos ser recebidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden y maltratan. No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido; y es el deseo tan grande que casi todos tenemos de volver a España, que los más de aquellos, y son muchos, que saben la lengua, como yo, se vuelven a ella y dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que la tienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse, que es dulce el amor de la patria..."

Y también nos confirma que muchos expulsados eran cristianos, y que quizás pagaron justos por pecadores, escuchemos a Ricote: “…mi hija y Francisca Ricota mi mujer son católicas cristianas, y aunque yo no lo soy tanto, todavía tengo más de cristiano que de moro, y ruego siempre a Dios me abra los ojos del entendimiento y me dé a conocer cómo le tengo de servir”.

En resumen (y a salvo los expertos infinitamente más autorizados que yo) mi humilde opinión es que Cervantes está de acuerdo con la expulsión, pero no deja de comprender que fue una tragedia social, y quizás, leyendo entre lineas, nos quiera decir D. Miguel que fue una decisión demasiado dura; si no en el fondo, al menos en la forma en que se ejecutó.
Saludos.

pancho dijo...

DON QUIJOTE DE LA MANCHA. CAPÍTULO 2.54
Cervantes decide dar por terminadas las idas y venidas de los últimos capítulos acompañando a DQ y S en su separación. Aquí seguimos al ya ex gobernador, de nuevo por los caminos; también a DQ en capilla, contando los días de un tiempo que se le alarga, en contraste con la imagen de la redondez del tiempo de S en la ínsula, “que se deshizo como en sombra y humo”. No se quedó solo el escudero al abandonar el gobierno; lejos de su casa sin la ínsula, contó con el apoyo de su asno y DQ en el horizonte de su huida. El encuentro de S con unos peregrinos tudescos le da pie a mostrar su orgullo de cristiano viejo. Entre los caminantes va Ricote, víctima directa de la intolerancia de la época. Cervantes utiliza a S como testigo del trauma que para la sociedad española supuso la expulsión de los moriscos, narrada aquí desde la doble perspectiva de un afectado directo y de un testigo, todo ello adornado con el concepto de amistad auténtica que S demuestra.

Cumpliendo con el compromiso que el duque había acordado con DQ de evitarle la búsqueda del contrincante agraviador, resolvió el conflicto de realidades que se le planteaban a la novela al estar la dueña Rodríguez en un plano diferente al resto de participantes en la farsa del castillo. Como el mozo había “tomado las de Flandes” después de la ofensa, que es un sitio demasiado alejado para Rocinante, a trasmano de donde nos encontramos, no lejos de la ribera del Ebro, le dice a DQ que Tosilos, uno de sus sirvientes, estará en el castillo en cuatro días. En este campo de batalla, en casa para el hidalgo, podrán dirimir sus diferencias.

Mientras esto ocurre en el castillo de DQ, S desanda el camino que le había llevado a la ínsula una semana antes. Se topa con seis peregrinos, todos jóvenes menos uno, que le piden limosna cantando en lengua extraña, demanda que S no puede satisfacer aunque quisiera. Uno de ellos, el más entrado en años, de nombre Ricote, lo reconoce. Era el tendero de la aldea, morisco de los expulsados.

Se retiran todos a comer de las alforjas bien surtidas, con la yerba de mantel. No faltaron las botas que fueron las que más corrieron: “Cuatro veces dieron lugar las botas para ser empinadas; pero la quinta no fue posible, porque ya estaban más enjutas y secas que un esparto”. Con tragos desengañados se quedan dormidos, todos menos S y Ricote que bebieron menos profundo. El morisco le cuenta a su paisano que cuando la expulsión él salió primero de la aldea para buscar casa para la familia. Justifica el destierro provocado por la rebelión de algunos de los suyos. Se lamenta de lo mal que se recibe al recién llegado cuando es avalancha: “Doquiera que estamos lloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural”. Ricote le dice que cruzó Francia, se estableció en Augsburgo y ahora vuelve en busca del tesoro que dejó escondido para mandarlo a Berbería y que su mujer e hija, más cristianas que él, puedan reencontrarse con él en Francia.
Ricote le pide ayuda a S, le ofrece doscientos escudos, el doble del contenido de la maleta de Sierra Morena. El escudero de la ambición y codicia perdida no acepta : ni por cuatrocientos traicionaría a su rey ayudando a enemigos. Insiste Ricote que no entiende que su paisano haya rechazado riquezas y gobierno. S no le ofrece más que su amistad, de la buena, para no delatarle, a pesar de los castigos a los encubridores. Cuando le cuenta cómo dejaron el pueblo su mujer y su hija siguiendo a su cuñado Juan Tíopieyo, moro fino, y la desaparición simultánea de Pedro Gregorio, enamorado de su hija, los restantes cinco peregrinos comenzaban a rebullir y a S se le hacía tarde para llegar al castillo donde DQ concentrado le espera, contando las horas que le restan para el combate con Tosilos.

Asun dijo...

Este capítulo me ha gustado especialmente por varios motivos:

1- Porque dejan descansar un poco de tanta broma pesada a DQ y a S,

2- Porque, como muy bien explicas en tu entrada, da muchísima información de la actualidad de la época.

3- Y porque refleja esa camaradería entre un morisco y un cristiano, que a pesar de tener creencias distintas son capaces de compartir la comida, la bebida, las confidencias y se despiden con un abrazo como dos buenos amigos.

Mucho que aprender de todo esto.

Un beso

Myriam dijo...

Es sin lugar a dudas, un capítulo muuuuuuuy profundo.

A mí me llamó la atención y me emocionó leer como Sancho y Ricote podían compartir tanto a pesar de las diferencias.

Dos amigos capaces, como bien dices, de converger en lo que tienen en común, respetando las diferencias. Toda una lección de humanismo y de espíritu Erasmista.

Y, con mayor razón a la luz de los acontecimientos históricos que nos relatas en esta clase.

Besos a tí y
saludos al grupo.

Jesús Garrido dijo...

En este caso muy bien la foto, la estantería me ha confundido, me parecía que no era la tuya.

Manuel de la Rosa -tuccitano- dijo...

Me llamó mucho la atención las intenciones de Cervantes de dejar constancia de su pensamiento de hechos que están aconteciendo a su alrededor... y sobre todo la madurez alcanzada por Sancho... saludos

Merche Pallarés dijo...

Muy interesante este capítulo y tu análisis del mismo. Me identifiqué mucho con Ricote, no por haber sido expulsada de España, sino por mi experiencia como hija de emigrantes y el dolor de haber tenido que dejar el país. Besotes ricotes, M.
¿Qué llevas colgando de la boca?

Hernando dijo...

A mí como a Merche, pienso que son 500 años que escribió sobre el tema Cervantes, expulsión, inmigración, y el tema sigue de actualidad. Creo que es Stefan Zweig, en una novela corta, hace que la protagonista emigre a Dinamarca y al cabo del tiempo se encuentre con sus amigas húngaras de siempre, se reúnen en una bar y ella pide una copa de vino, mientras que sus amigas piden el té de siempre, y le hacen la observación de lo mucho que ha cambiado y lo extraña que es para ellas, lo cual se llega a la conclusión que ésta buena señora es extranjera en Dinamarca y será extranjera en su lugar de nacimiento. Una vez que se pierde espacio, tiempo y lugar, se andará desorientado la mayor parte de las veces. Como he dicho al principio, en 500 años todavía hemos avanzado muy poco sobre el tema.
Análisis perfecto Pedro, y cada día aprendemos cosas nuevas, en este lugar que es la Acequia.

Lola dijo...

Luego cuelgo mi entrada del diario pero quería decirte que, como dicen en mi tierra TE LA HAS CUAJADO CON FOTO jejejejejeje

marga dijo...

El título al que seguramente sesudos especialistas sacaran mucho jugo, es a mi juicio un "hablar por no callar"
Alimentos que llaman a la sed??? Supongo que quiere decir que invitan a tomar vino, fantástico sistema para que beban más los parroquianos en las tabernas. Solo tiene una peguilla el alto precio de los despertadores de colambres (incluso cavial)
Imagen: Es tan viva la explicación, que podemos oler el vino, me recuerda a algún grabado de Goya. Por cierto, ¿Por qué beben todos a la vez?
Extraño morisco que viendose expulsado considera que el destierro fue justo pese a haberle privado de su tierra, sus bienes y su familia, ya veremos.

Paco Cuesta dijo...

Dos cosas me atraen especialmente en el capítulo: La sumisión y aceptación de Ricote al bando de expulsión y la fidelidad -quizas por precaución- de Sancho hacia el rey, rechazando un dinero que cubriría muchas de sus necesidades.

São dijo...

Cáfico esperando.

Abrazos.

Abejita de la Vega dijo...

Comienza el capítulo con un título “tomadura de pelo”. Nos anuncia que “trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra alguna”. Socarronerías cervantinas. Leedlo y veréis de qué trata, parece decirnos.

“Resolviéronse” y el desafío pasará adelante. El auténtico desafiado está en Flandes, el quinto pino vamos, huyendo de la suegra Rodríguez. Hay que suplantarlo y se sirven de un lacayo gascón llamado Tosilos. Se le industria bien industriado y adelante. El mayordomo echará una mano...

El duque anuncia a don Quijote que, dentro de cuatro días, se presentará su rival armado caballerescamente y defenderá que la pequeña Rodríguez miente por mitad de la barba o por barba entera, porque él nunca, nunca dio palabra de casamiento. Ni loco. Con una barbuda menos, je, je.

Don Quijote está en su caballeresca salsa, qué ganas tiene de lucir el valor de su esforzado brazo. Espera, alborozado, que llegue el día y cuán larga se le hace la espera. Cuatro días como cuatrocientos siglos…los dejamos pasar y nos vamos con Sancho que viene caminando sobre el rucio, en busca de su amo. ¡Ay, como añora su compañía!”

Ahí queda, no muy lejos, la ínsula, ciudad, villa o lugar…qué más da. Por el camino vienen seis peregrinos con sus altos bordones, de esos que piden cantando. Un poco lejos queda Compostela...

Llegan a Sancho y le cantan, en lengua desconocida; aunque pronuncian claramente la palabra limosna, la principal. Y como el ex gobernador es caritativo, o asustadizo, les da todo el queso y todo el pan que le dieron, allá en Barataria. Les dice por señas que no tiene otra cosa que darles.

Bienvenida la comida, pero algo de “guelte” estaría mejor. Es una palabra extranjera desconocida para Sancho. Pero mostrar una bolsa vacía es un idioma universal, dineros es lo que quieren; mas sin blanca está el honrado gobernador , el cual se abre paso entre ellos. Uno de los peregrinos le echa los brazos a la cintura. ¡Lo conoce! ¡Habla en alto y en castellano, algo muy castellano!

¿Quién es este franchote que le abraza? El desconocido declara tener en sus brazos a su “buen vecino Sancho Panza”. Éste lo mira mejor y lo reconoce, al fin. Es su vecino Ricote, el morisco, un tendero de su aldea. Desdichada, su nación.

Es difícil reconocerlo, vestido de peregrino. Además, es un gran atrevimiento volver a España, tras el decreto de expulsión de los moriscos. Ricote conoce a Sancho y se ve que confía en él, lo invita a apartarse del camino, para comer y descansar bajo los álamos. Va a contarle reposadamente lo sucedido, desde que partió para obedecer el riguroso bando de Su Majestad.

(Sigue)

moriscos del valle del Jalón dijo...

Una exposición en la Biblioteca Nacional descubre los manuscritos originales de los últimos musulmanes españoles y su particular escritura aljamiada

castellano puro y duro dijo...

Un sentimiento profundamente castellano, escrito en letras árabes

Antonio Aguilera dijo...

Ya vimos en el cap anterior cómo n don Quijote prometió a la dueña Rodríguez que obligaría con la fuerza de su brazo al joven secuestra-inocencias para que cumpliese la palabra de matrimonio dada a su “ingenua” hija. Pero he aquí, que el joven labriego, cuando se enteró de que don Quijote le retaba a singular duelo, huyó a Flandes; y no porque le desagradara la joven “facilona”, sino porque le tenía pánico a la futura suegra: “puesto que el mozo estaba en Flandes, adonde se había ido huyendo, por no tener por suegra a doña Rodríguez” (¡Hay que ver el susto que se le tiene a la suegra!, yo más le temo a la hija….). Enterados los duques de la precipitada fuga del mozo, buscaron un sustituto para que se batiera con don Quijote: de ninguna manera pensaban ellos renunciar a tan extraordinario espectáculo.

Mientras estos asuntos se maquinaban, venía Sancho a lomos de su rucio en busca del castillo de los duques para reencontrarse con don Quijote, pues es lo que más deseaba tras el reencuentro con su rucio: veremos a ver si al hidalgo manchego le abraza Sancho del cuello y le besa la frente con el mismo cariño que a su jumento (hubo un tiempo… en el cual…,en la España profunda..., los rústicos tuvieron un cariño especial por las jumentas).

Coincide Sancho por el camino con media docena de peregrinos los cuales iban cantando en un raro lenguaje. Se dirigen al ya pretérito gobernador, éste piensa que le piden limosna, pues los peregrinos tienen fama de pedigüeños; Sancho les ofrece su mayor tesoro después del rucio, “el papeo” que le dieran sus falsos exinsulanos, el medio pan y el medio queso. Los peregrinos parece que no tienen hambre, de todas formas agradecen a Sancho el detalle-penitencia. Es que este Sancho nuestro es un dechado de virtudes: Constantemente demuestra su desprendimiento, sencillez y humanidad (¡Es más güeno…!).

SIGUE....

Antonio Aguilera dijo...

Uno de los peregrinos quedó admirado de la fisonomía de Sancho:” habiéndole estado mirando uno dellos con mucha atención, arremetió a él, echándole los brazos por la cintura; en voz alta y muy castellana, dijo: -¡Válame Dios! ¿Qué es lo que veo? ¿Es posible que tengo en mis brazos al mi caro amigo, al mi buen vecino Sancho Panza? Sí tengo, sin duda, porque yo ni duermo, ni estoy ahora borracho”.

Sancho miró de arriba abajo al que aseguraba ser su vecino, pero no le reconocía; el peregrino insistió de nuevo: “-¿Cómo, y es posible, Sancho Panza hermano, que no conoces a tu vecino Ricote el morisco, tendero de tu lugar?” Vuelve Sancho a mirar con más detalle a aquel personaje, y ahora ya sí le reconoció, aunque no sin cierta dificultad por los estrafalarios ropajes que el tal fulano vestía: ” -¿Quién diablos te había de conocer, Ricote, en ese traje de moharracho que traes? Dime: ¿quién te ha hecho franchote, y cómo tienes atrevimiento de volver a España, donde si te cogen y conocen tendrás harta mala ventura?” Ricote, quien hacía honor a su nombre (escondía, incluso un tesoro), al contrario que Sancho, que sería “pobrote” o “pobrete” en bienes materiales, aunque no d´espíritu de lo que sí es bastante rico (lástima que de esto no se coma). Ricote, rico comerciante morisco, tuvo que coger las maletas y poner pies en polvorosa a causa de los edictos de expulsión de los moriscos que el rey de España promulgó poco tiempo antes de que Cervantes escribiera el capítulo que nos ocupa. Hechos reales son los que se narran; historia reciente de las dos primeras décadas del S.XVII: “novela histórica” la llamamos con la perspectiva del tiempo trascurrido; crónica de sociedad o actualidad en el momento en que Cervantes la escribió.

Ricote volvió para recuperar un tesoro que dejó enterrado en el momento de su apresurada fuga, ofreciendo a Sancho una buena cantidad de dineros para que le ayudara a exhumar el tesoro. Nuestro Sancho no acepta el dinero, ni mucho ni poco, arguyendo que él no es nada codicioso, y que va con prisa en busca de su amo.

Es curioso como Ricote, por la pluma de Cervantes, declara estar de acuerdo con el edicto de expulsión de los suyos, alabanzas incluidas al rey de España. Los motivos: por lo visto la gran cantidad de maleantes que entre los moriscos había; la ayuda que prestaban a los enemigos de la patria como los piratas argelinos para secuestrar embarcaciones españolas y, parece ser que eran muy ahorradores, con la consiguiente falta de inversión y tributación a las arcas del Estado

Abejita de la Vega dijo...

Los seis se quedan en mangas de camisa. Caen al suelo bordones, esclavinas y mucetas. Fuera los disfraces. Al quedarse en mangas de camisa, Sancho ve que todos son más jóvenes y de mejor posición social que su viejo vecino.

Las alforjas están bien provistas, sobre todo de lo que da mucha sed. Las hierbas hacen de mantel. Llaman la atención de Sancho unas extrañas huevas negras que llaman “cavial”. El hueso mondo de jamón cumple su papel, no es moro el que lo chupa. Pero las grandes protagonistas son las seis botas de vino, la de Ricote es la más grande.

Comen despacio, tomando pequeños bocados con el cuchillo. Y, todos a una, levantan brazos y botas. Los ojos clavados en el cielo, el líquido rojo haciendo puntería en las bocas, las cabezas oscilando a uno y otro lado. ¡Placentero trasiego! Sancho no va a ser menos, pide la bota y demuestra tener tanta puntería, o más, que los falsos romeros.

El quinto empinamiento fue imposible, las botas secas ponen mustios a sus levantadores. De vez en cuando, alguno junta su mano derecha con la de Sancho y le dice en “lingua franca “ eso de españoles y tudescos, buenos compañeros.

El ex gobernador responde afirmativamente y se le dispara una larguísima risa. Bajo los efectos de la comida y del vino, no hay cuidados, se le han borrado las burlas, los molimientos, la recia dieta, el abandono de su cargo, el encuentro con su amo...

Todos duermen el sueño de Baco, sólo Ricote y Sancho, más comedores y menos bebedores, quedan alerta. Al pie de un haya, el morisco le da sus razones.
(Sigue)

☼El Rincón del Relax☼ *Beatriz* dijo...

voy poniéndome al día.. siempre gracias por tus aportaciones y escritos tan importantes.

Gracias por compartir!! Recibe un relajante y cálido abrazo de luz para tu ser.

Beatriz

Antonio Aguilera dijo...

MORISCOS DEL VALLE DEL JALÓN:
Hace tiempo vi en TVE2 un muy interesante documental sobre los documentos que los moriscos llevaron consigo al exilio.
El reportaje estaba centrado en el norte de África, pero también en la zona negra subsahariana, esto me llamó la atención: rularon mucho los moriscos y, como dice Ricote, en muchos lados fueron maltratados.

Excelentes enlaces

Abejita de la Vega dijo...

La conversación entre los dos vecinos no tiene desperdicio. Ricote es prudente y vela por la comodidad de su familia, yéndose fuera él solo, mucho antes de que se cumpla el plazo, para buscarles acomodo. Se toma en serio el bando, sabiendo que es ley y no amenaza. Y las palabras de este discreto morisco nos sorprenden. Gallarda resolución la de Felipe III, inspirada por Dios porque los cristianos firmes y verdaderos eran pocos. Y, claro, Su Majestad no ha de criar la sierpe en casa. El castigo del destierro es justo, aunque terrible.

¿No son palabras imposibles en quien ha de perder casa y tierra? ¿Qué nos ha querido decir Cervantes? Seguramente no lo ve ni todo blanco ni todo negro. La patria de estos expulsados es España, a pesar de todo, y por ella lloran. En Berbería son ofendidos y maltratados, como extranjeros. Su deseo de volver es tan grande que muchos vuelven, abandonando mujer e hijos.

Ricote no se va a tierra de moros sino que se dirige hacia el Norte y llega hasta Alemania, donde cada uno vive “con libertad de conciencia”. ¡Qué atrevimiento escribir esto en la España de la Inquisición! Pero Cervantes se atreve a dejarlo caer...

En tierra libre, en la ciudad de Augsburgo, Ricote deja tomada una casa y, para volver a España, se une a unos peregrinos que toman el peregrinaje a los santuarios españoles, no como una devoción sino como un oficio. Recorren casi toda España, no sólo Compostela, y en todos los pueblos hay gente devota que los alimenta y les da buenos dineros. Pasan a su tierra con el oro camuflado en sus bordones o en sus esclavinas. Peregrinos profesionales y devoción santurrona que choca con el cristianismo erasmista de Cervantes, el cual se las apaña para asomar, muy tímidamente, un poco de lo que predicó el maestro de Rotterdam.

Ricote tiene enterradas sus riquezas cerca de la aldea, la suya y la de Sancho. Desea volver para desenterrarlas, después irá en busca de su mujer y su hija, católicas cristianas. Él no lo es tanto, tiene un poco de moro todavía; pero Dios abrirá su entendimiento. Lo que no entiende es por qué su mujer no tomó el camino de Francia, donde podría vivir como cristiana.

Un abrazo de María Ángeles Merino Moya
Terminaré este capítulo cuando me sea posible. Curry sigue luchando…

Abejita de la Vega dijo...

Ricote enterró sus riquezas cerca de la aldea, la suya y la de Sancho. Desea volver para desenterrarlas; después irá en busca de su mujer y su hija, católicas cristianas. Él no lo es tanto, reconoce que tiene un poco de moro todavía; pero confía en que Dios abra su entendimiento. Lo que no entiende es por qué su mujer no tomó el camino de Francia, donde podría vivir como cristiana.

Sancho le da noticias. Ricota no fue hacia el norte porque se la llevó su hermano, un “fino” moro. En su cultura,en la cristiana de entonces también, siempre hay un hombre que decide sobre la mujer; ya sea padre, marido o hermano.

En cuanto a lo de las riquezas enterradas, es en balde porque en la aldea todo se sabe. Y se comenta largamente que quitaron oro y perlas al susodicho cuñado.

No, Ricote está seguro de que lo suyo está a salvo, tan en secreto lo llevó. Si le ayuda a sacarlo y encubrirlo, recibirá doscientos escudos, para cubrir necesidades. Ricote es rico y conoce la pobreza de Sancho.
Atónito se queda ante la respuesta. Acaba de dejar un oficio con el que emparedaría su casa de oro y comería en vajilla de plata. No, no es nada codicioso. Y, además, nunca traicionaría a su rey. Ni doscientos ni cuatrocientos…

El morisco pregunta qué oficio es ése y cuando le contesta que ha sido gobernador de una ínsula, considera que el buenazo de su vecino se ha vuelto loco.

A dos leguas, se llama Barataria, la ínsula está en tierra firme, ha ganado el saber que no sirve para gobernar…y ni descanso, ni sueño, ni sustento.

¡Qué sarta de disparates! ¿Dar una ínsula a Panza? ¿Faltan gobernadores más hábiles que él? Le pide que calle, que vuelva en sí y le ayude con su tesoro escondido. Se le ha debido secar el celebro.

Sancho se niega , ha de contentarse Ricote con no ser descubierto. Cada uno siga su camino. El morisco no insiste pero desea saber si se hallaba en la aldea cuando partieron su mujer, su hija y su cuñado.

¡Qué bien le va a pintar la despedida de su hermosa hija! Salen a verla todos y todos dicen de su belleza. Llora y abraza a sus amigas. A todas pide la encomienden a Dios y a la Virgen. Todos derraman lágrimas, incluso los no llorones, como Sancho.

Alguno tiene la tentación de esconder a la bella morisca pero los detiene el miedo, no es sensato ir contra una orden real.

Don Pedro Gregorio, un mancebo mayorazgo rico, ha desaparecido del lugar. Todos piensan que va tras ella, para robarla. ¡Quién lo sabe!

Ricote siempre sospechó de ese caballero, pero confiaba en el valor de su hija; porque las moriscas no se enamoran de cristianos viejos, así como así.

Sancho tampoco es partidario de esa unión, mal para los dos. Y pide a su amigo que le deje partir, para reunirse pronto con su señor don Quijote.

Ambos han de seguir su camino. Ya despiertan los borrachines…Dos buenos amigos se abrazan y se apartan.

Un abrazo de María Ángeles Merino, en un difícil día.