domingo, 23 de diciembre de 2007

Árbol y cielo.


El invierno es tiempo de recogerse. La naturaleza parece hacer una pausa necesaria para retomar el pulso de la vida. Antiguamente, en el hogar de las casas, se narraban historias al chisporroteo de la leña que se consumía y el olor a ceniza y calma inundaba la estancia. Las manos se apoyaban en la mesa de la cocina, en reposo, y los ojos se teñían de nostalgia e incertidumbre ante el nuevo año.
Hoy he paseado junto a los árboles y he visto sus ramas desnudas extendiéndose en el cielo como si fueran los nervios de una neurona agonizante. El cielo se había teñido de sombras. Y todo me empuja dentro, muy adentro, sin saber el camino cierto por entre las paredes de mi casa.

3 comentarios:

pancho dijo...

Espectacular, novedosa manera de mirar al reino vegetal (amigo que nunca falla y siempre corresponde si lo has tratado con respeto) en su letargo, semejando los nervios de una neurona semiactiva o vasos del cuerpo humano repartiendo la savia por todos sus miembros.

En los 60s, cuando aun la TV en B/N no había llegado a sustraer el tiempo mágico de la charla alrededor de la lumbre en las largas tardes de invierno y tan solo una vieja radio, llena de ruidos e interferencias, rompía la calma necesaria para transmitir las historias y leyendas de padres a hijos, había tiempo de leer las historias del Capitán Trueno y El Jabato, que se compraban envueltas en un sobre con los pocos céntimos o pesetas que se tenían, verdaderos introductores en el mundo de la lectura a los niños de entonces, cadena que creo se ha roto en este momento. De esto hace ya 40 años. ¡Como hemos cambiado!

jg riobò dijo...

A mí las historias me las contaba la "criada" al lado de la cocina bilbaina, con su sabiduría de pueblo; luego había que atravesar el pasillo largo y oscuro hasta la cama, toda una aventura.
Estupenda foto invernal. Qué cielo, de algodón, lechoso y esa neurona... Perfecto.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

PANCHO: ¡qué recuerdos! En efecto, cómo hemos cambiado. Un abrazo.

JAVIER. Gracias por tus palabras. Y me has recordado esa sensación del temor antes de irnos a la cama: la penumbra de la casa, el pasillo y lo que podía haber debajo de la cama.

Gracias a los dos por pasaros por aquí en estas fechas.