Ahora que ya es el mes más cruel, ha florecido el jaramago. Se ha ido el invierno y la primavera ha comenzado variable, pero todo anuncia que subirán las temperaturas como si quisiera ser verano. En las cunetas, andan ya en flor la mostaza silvestre, los dientes de león, margaritas. Basta alejarse un poco de la ciudad o buscar en ella las huellas de las afueras, que mantienen su tozuda condición fronteriza con el campo. No tan lejos: las afueras están siempre en mí. Soy consciente de que todo lo demás es ropa de temporada.
Al salir del portal de mi edificio, me encontré con una vecina a la que hacía tiempo que no veía. La perrilla con la que paseaba de regreso a casa era otra, de color negro y blanco, retozona y animada. Me ha contado que la anterior, una perra ya vieja de hermoso pelo blanco, se le murió en noviembre y que ha pasado unos meses muy malos hasta que se decidió a tener esta otra. Hay nostalgia en sus palabras, pero también curiosidad por la alegría de esta nueva compañera.
En la frutería que regenta el joven peruano, compro cuatro cosillas que necesito y un manojo de cebolletas. Me advierte de que es más cara de lo habitual porque vende muy pocas y las adquiere en otra tienda, no en el mercado. Aquí, en el barrio, no compran muchas cebolletas. No es temporada, le digo, la costumbre es usarlas en las ensaladas refrescantes de verano, pero a mí también me gusta cocinar con ellas. Las tengo veinte céntimos más caras que donde las compro. No importa, veinte céntimos no es nada, pero pueden significar que el próximo mes siga esta frutería abierta.
Cada día, las noticias son más desalentadoras. ¿Se ha quebrado definitivamente el intento de establecer los valores humanos como derechos universales, el horizonte de que la ley nos lleve a ellos antes que a los intereses económicos y a la conducta depredadora que tanto recuerda al neocolonialismo de tiempos pasados? Cuántos acogen estos nuevos valores viejos pensando estar en el lado de los que saldrán triunfantes, conformándose con la migajas de los que comen en la mesa del poder.
Tengo que ordenar mi agenda. Estoy retrasando, no sé por qué, los análisis para mi urólogo y el de la vesícula para mi médica, cortarme el pelo, comprarme unas gafas nuevas, revisar el armario, ordenar las decenas de libros que han llegado a casa en estos meses, arreglar una persiana, escribir un par de cartas que me cuesta redactar, decidir si lo dejo todo ya o aguanto un poco más, darme crema en los nudillos, que me andan un poco resecos.

Vamos, que las cosas no se hacen solas, aguanta. (No puedo creer que ya sea abril)
ResponderEliminarComienza abril y le pedimos que no sea tan vil. Las noticias para qué hablar, el mundo se nos ha vuelto loco. Nos queda refugiarnos en nuestras pequeñas o grandes cosas de cada día. Flores amarillas, cebollas tiernas para cocinar, el perro de la vecina...Y procrastinar, qué verbo tan feo y qué pereza .. A cuidarse. Buenos días y un abrazo, Pedro.
ResponderEliminarEl día a día que nos puede. Con todo y con ello, hay rutinas que dan envidia. ¿Cuándo podré ir a la pelu a cortarme las greñas?
ResponderEliminarAyer por la tarde buena parte de las tiendas de proximidad de mi barrio estaban cerradas ya o se les había acabado el género; el sábado no abren. Afortunadamente quedan abiertas los súper de las grandes cadenas, y luego decimos, y las fruterías servidas mayormente por paquistaníes. Comeremos.
Me gusta esa especie de diario recordatorio o de constancia de pequeñas cosas y relaciones que te vas encontrando por el camino cotidiano.
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