domingo, 31 de mayo de 2020

Los centauros también envejecen



 A la pradera acuden los centauros
en largas galopadas. Son espléndidos
ejemplares sin freno. No conocen
más ley que su pasión. En su soberbia
ignoran que también el tiempo pasa
para ellos y muy pocos llegarán
al umbral de las nieves en la sierra.
 © Pedro Ojeda Escudero, 2020

Qué espléndida es la vista de la sierra desde el camino de Llano alto al arroyo de la Paloma. Allá se distinguen los picos más altos y el cielo, todo el cielo.

sábado, 30 de mayo de 2020

El sol se pone sobre la Peña de Francia



Hay días que atardece
con todas las palabras
en un matiz del rojo.
Me limito a anotarlo
aquí. Sobra el poeta.

 © Pedro Ojeda Escudero, 2020

viernes, 29 de mayo de 2020

Cuánta soberbia la del poeta


Al contemplar la flor
qué poema no sobra.

De Llano alto al arroyo de la Paloma, la vista se ensancha hacia las cumbres: el Calvitero, la Ceja, los Hermanitos. A los lados del camino, el espliego y la sorpresa de la chicoria andaluza, púrpura y amarilla.

¡Qué poema no sobra! Cómo llegar con palabras a ser flor al lado de un camino. Cuánta soberbia la del poeta.

jueves, 28 de mayo de 2020

Pon cuanto eres en lo mínimo que hagas


Cuántas cosas en lo más pequeño. Pon cuanto eres en lo mínimo que hagas, decía Fernando Pessoa como Ricardo Reis. Añado: respeta lo que te encuentres hecho antes por mano ajena en la labor diaria. Deja a quien te siga el ejemplo de eso tan pequeño y borra tu nombre. No eres el primero, no eres el último, no eres el más grande. Y si lo eres, qué importancia puede tener.

A veces recuerdo a alguien por la levedad de su sonrisa o el amor con el que acariciaba la madera recién barnizada.

miércoles, 27 de mayo de 2020

Las espinas del cardo


Una de las flores más hermosas es la del cardo. Ahora que ando más suelto he podido verla por el campo. Todo en el cardo es pura belleza en primavera: su condición aérea y el color de la flor. Tiene espinas, como todo lo bello.

martes, 26 de mayo de 2020

¿Cómo seguimos?


Si ahora todo ha terminado, ¿cómo seguimos?
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Decidme dónde vais a guardar los buenos deseos, por si se os olvida.
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Recuerdo una tarde de primavera echando migas de pan a las palomas de la Piazza San Marco. Un hombre solo frente a los dinosaurios.
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Si llegas a un lugar en el que no tienes asiento, quizá aún no hayas llegado.
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Hizo una antología de poesía sin pedir permisos de autor a los antologados, no buscaba cumplir con ellos, solo quería su propaganda y alabanza.
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Era un antólogo de poesía riguroso con sus principios estéticos y metodológicos: dejó fuera del volumen a todos los que le habían hecho lo mismo en ocasiones anteriores, excepto aquellos que le aseguraron plaza en la próxima antología que coordinaran.
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Una antología de los mejores aforismos españoles de todos los tiempos debe caber en la palma de la mano.
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Cuando enviaba su semblanza a la prensa no olvidaba nunca llamarse poeta, por si los periodistas no lo recordaban.
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Al finalizar de escribir su libro puso debajo del título: aforismos. Por si nadie se daba cuenta.
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Se decía aforista, pero en realidad carecía de argumentos y sintaxis.
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Durante el confinamiento, echó de menos a amigos cuyo número de teléfono había borrado, a antiguas relaciones con las que hacía años no se hablaba y a una infancia que se le perdió por el camino.
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Cuando nos confinaron aprendimos a vivir con tan pocas cosas que ahora buscamos llenar los armarios de todo lo que no necesitamos.

lunes, 25 de mayo de 2020

El ruido de la vida. (Final de este diario del confinamiento.)


Hoy hemos entrado en la fase 1. Como he anunciado, dejaré de publicar en este blog como un diario del confinamiento para recuperar el sentido normal que tenía antes. No quiero decir que no vuelva a publicar aquí mis impresiones o dar cuenta de mi día porque en el fondo eso es en lo que consiste un blog, pero la recuperación de cierta normalidad cambia la necesidad de escribir de  la misma manera que estas semanas pasadas. No tendría ya mucho sentido porque la libertad de movimiento avanza rápidamente con el descenso del número de casos de contagiados y muertes, que parece ha llegado a ese punto en el que nos parece asumible sin crear alarma. Lo que parecía estar muy lejano se acerca y los plazos para pasar de fase se acortarán porque el número de afectados por el virus desciende. Sin embargo, no deberíamos confiarnos porque sigue entre nosotros y esperará su momento para rebrotar con fuerza si no conservamos las medidas de protección e higiene que hagan más difícil su capacidad de propagación, reduciéndolo al mínimo hasta la llegada de la vacuna. Parece ser que hay posibilidades de controlarlo de esta manera si nos acostumbramos a las recomendaciones sanitarias, sin que tengamos que sufrir en otoño otra ola de la importancia de esta que aún circula por todo el mundo, aunque los científicos no tienen un consenso sobre esto.

Lo peor es que el virus puede casi desaparecer de los países más avanzados gracias a la extensión de los servicios públicos, agua corriente, productos de higiene y fármacos, quedándose como epidemia crónica en los países más pobres. Esto implicaría que tenderíamos a restarle importancia, como tantos virus y enfermedades que vemos hoy desde lejos, como quien asiste a una película documental que no tiene nada que ver con nuestra realidad.

Me llama la atención la incongruencia de muchos que pedían esta libertad de movimiento desde hace semanas y ahora que la tienen comienzan a circular ideas sobre las oscuras intenciones del gobierno que, según ellos, pretende acelerar los contagios para justificar un nuevo confinamiento en breve. Analizar sociológicamente estas contradicciones del pensamiento de algunos sectores de la población durante estos meses de pandemia, los canales por las que se propagan y las intenciones de quienes las producen, es una de las tareas más interesantes para un teórico del pensamiento colectivo. No es nuevo, claro, pero siempre sorprende que ocurra en el presente, con toda la información a disposición de cualquiera. Es más, sorprende su eco en una parte de la población que a priori tiene una formación y capacidad para informarse superior a la media.

¿Qué ha sido diferente en esta pandemia con respecto a otras anteriores de las que tenemos noticia? Hay unas cuantas respuestas que corresponden a la vida del ser humano hoy.

Por primera vez, la velocidad de extensión del virus ha correspondido al mundo global en el que vivimos. Desde que aparece el paciente 0 en China a mediados de noviembre hasta ahora han transcurrido solo seis meses. En este período tan breve, se ha convertido en una epidemia generalizada en el mundo con un cómputo de cinco millones y medio de contagiados y trescientos cincuenta mil muertos. Como las cifras no son fiables y deben multiplicarse en todos los países, pero sobre todo en aquellos que tienen un sistema sanitario y administrativo peor, la estadística nos dirá dentro un tiempo los números reales. Quienes los lean, en el futuro, conocerán el impacto real y podrán cotejarlos con epidemias similares del pasado. Es casi seguro que el número de afectados y fallecidos será menor que en otros casos parecidos, lo que afirma que el mundo ha mejorado, pero también que no tanto como nos creíamos, indicándonos por dónde caminar. De la misma manera, poniendo en relación las cifras y la rápida circulación del virus con el sentido inevitable de la globalización del mundo, se podrían prevenir mejor futuras pandemias y hacerlas menos agresivas. Habrá otras y los especialistas anuncian una de origen bacteriano por el abuso de los antibióticos que ojalá nunca ocurra. Solo se podrá lograr con inversión en sanidad y en investigación científica y una legislación mundial sobre medidas de higiene, mejora de las condiciones sanitarias en los desplazamientos masivos y regulación sobre las patentes.

La comparación con pandemias similares del pasado nos traerá también la sorpresa de que muchas de las cosas han sucedido igual, desde la tibieza inicial en la actuación por parte de la administración hasta el negacionismo conspiranoico de algunos. También la profusión de mensajes que provocan la desinformación y la actuación poco ejemplar de una parte de la sociedad. En esta ocasión lo hemos vivido en primera persona y en tiempo real por el uso masivo de las redes sociales y la extensión de los medios de comunicación, pero la sociedad ha actuado sorprendentemente igual que en otros momentos históricos, cuando había menos información y capacidad para reproducir un mensaje.

Una tendencia recurrente del ser humano es la arrogancia cuando mira hacia el pasado y con nuestro comportamiento hemos comprobado que hay un porcentaje de la población con un pensamiento mítico y no científico, fácil de captar por mensajes manipuladores. También que una parte de la población está dispuesta siempre a saltarse el bien general porque entienden vivir en sociedad solo como un derecho constante, pero nunca como un deber.

Medito sobre todo esto mientras anochece, también sobre mí mismo y cómo he vivido estas semanas pasadas. Quizá sea más estricto en el balance conmigo que con la sociedad.

Durante la jornada, la ciudad ha manifestado más vida y ruido que en días pasados, el ruido de la vida cotidiana. Podría tomar este lunes como un día normal de verano de este tipo de ciudades pequeñas del interior de la península. Hablando con unos y con otros me informo de cómo se reabren todos los negocios y las casas comienzan a recibir visitas. Armando nos ha contado esta mañana que abrirá la terraza de su restaurante El abrasador, en la plaza mayor, para el fin de semana y es casi seguro que iremos a tomarnos algo. En cuanto podamos, los amigos nos juntaremos prudentemente en la primera salida al campo. Iremos también a visitar a los familiares y amigos que viven en la provincia de Salamanca. Más adelante podremos movernos dentro de la comunidad y para junio viajar por toda España, quizá para comprobar la mezcla de recelo y necesidad con la que se recibirá al forastero. Recelo ante el temor de extender el contagio, necesidad porque hay que reactivar la vida y la economía.

Miro por última vez la calle mayor de Sánchez Ocaña con los ojos con los que la he visto estas semanas pasadas. Parece ya vestida de luz de junio, que por aquí es tiempo de sosiego. En parte no la reconozco porque quizá lo que me ocurra es que no me reconozco yo. Quién sabe cómo trascurrirán los próximos meses, incluso si yo mismo pueda enfermar o morir. Por ahora se ha ido apagando la luz del día y encendiendo las farolas de la calle.

domingo, 24 de mayo de 2020

Solo por contemplar las rosas


Seguimos en la fase 0 aliviada y mañana entramos en la 1. Todo el país sale de la fase 0 y buena parte de él se hallará ya en la 2. Hace unos días todo esto parecía imposible. Los planes del gobierno son que a partir de ahí se acorte la duración de cada fase y, si nada malo ocurre, en vez de quince días sean solo de una semana, con lo que si se cumple esa proyección, en un mes recuperaremos la vida normal con ciertas restricciones y recomendaciones sanitarias.

Se habla ya de forma decidida de la apertura al turismo extranjero en verano o de cómo se organizará el regreso a las aulas en septiembre. Hace unos días, los expertos que asesoran al gobierno aseguraban que la duración mínima recomendable de cada fase debía ser la de los quince días, pero los datos deben haber mejorado mucho o, al menos, estabilizarse. Quizá sean las fuertes presiones económicas nacionales y europeas las que hagan avanzar más rápido y aconsejen acompasar nuestro ritmo al de otros países. Hay mucho temor a que una región o una nación se quede descolgada. Parece que unos días o un mes puede ocasionar tan serios trastornos para la recuperación económica que haga aconsejable asumir cierto riesgo. Supongo que también pesa el intento de dejar sin argumentos a la oposición política que, desde que se vio que todo estaba más controlado, se apresuró a clamar por la supresión rápida de las medidas tomadas para contener la epidemia que ella misma echó en falta al inicio.

Mañana escribiré mi última entrada aquí con el formato de diario, para regresar al que era habitual.

El caso es que los expertos que leo y escucho, no solo españoles, no quisieran ir tan rápido. Ven el peligro real de propagación del virus y de nuevos brotes. Escribí aquí hace días que no me gustaría ser político en estos momentos en los que hay que tomar la decisión de abrir la mano porque no puede ir más allá el confinamiento por razones psicológicas, sociológicas y económicas. Es la conversación que más oigo estos días en los breves ratos en los que converso a distancia o por teléfono. Supongo que nos hemos acostumbrado a las noticias, que lo peor parece haber pasado y las noticias más dramáticas de la pandemia ya no son de aquí sino de América (los datos de allí son muy malos, incluso la falta de datos de muchas zonas de aquel continente o de los países más pobres de Asia y África). Por aquí la cifra de fallecidos y contagiados ha descendido tanto que muchas personas consideran que estadísticamente es difícil que les afecte y cuando desaparece el temor y se asume que alguien caerá, no se piensa que uno mismo pueda ser el que apunte su nombre en el lado malo de la estadística. La mayoría piensa que bastará con llevar una mascarilla y guardar unos hábitos higiénicos durante unas semanas. Nos iremos relajando tomando una cerveza en las terrazas de los bares y recuperando la vida social, incluso en las playas, que se abren de forma inmediata.

Si sucediera el rebrote que se vaticina para septiembre, me pregunto cómo aceptaremos volver a las restricciones de movimiento y si nos sentiremos responsables de algo. En mis paseos diarios veo ya pandillas de jóvenes sin protección y sin guardar la distancia, he visto besos furtivos en los bancos de los parques. Regresan después cada uno a su casa, en donde se encuentran con sus padres y con sus abuelos. A través de los medios de comunicación y las redes sociales he visto también las imprudencias cometidas por decenas de jóvenes de varios lugares de España haciendo botellón, celebrando fiestas locales, reuniéndose sin temor en las calles para celebrar un cumpleaños o el regreso de alguien que ha estado ingresado.

Es lógico que los jóvenes se sientan inmortales ante este virus porque las cifras les dan la seguridad de saberse en la franja de edad con menos riesgo, pero las imágenes de los participantes en las manifestaciones de los últimos días convocadas por los grupos ultraconservadores, no dejan lugar a dudas. No son jóvenes y su actitud es la de la celebración al reconocerse como grupo, se jalean, cantan y bailan, como si hubiera algo que celebrar. Hacen bien ejerciendo el derecho a manifestarse que ampara la democracia y en pedir la dimisión del gobierno si a su juicio lo ha hecho tan mal como para hacerlo, pero la actitud festiva con la que se han concentrado sin guardar las medidas de seguridad que nos protegen a todos define el problema y califica por sí misma a quienes hasta hace poco afeaban que no hubiera un luto oficial por los fallecidos o que no se llevara una corbata negra o un crespón del mismo color en la solapa o en el perfil de las redes sociales.

Sin embargo, la mayoría de la población sale a la calle con precaución, guarda la distancia recomendada, se protege con mascarillas. La mayoría no es culpable de los resquicios abiertos para un posible rebote de la epidemia que pudiera colapsar el sistema sanitario como ha sucedido en los momentos más difíciles de la pandemia.

Hoy he comprobado si podría regresar a Valladolid en trasporte público porque tendré que hacer algunas gestiones en breve que exigen mi presencia física, de las contempladas como permitidas en la normativa. En el caso de Béjar solo es posible a través del autobús, porque hace mucho tiempo que se suprimió la línea férrea, pero la empresa concesionaria, ALSA, tiene suspendidos todos los horarios. Quizá sea esa la medida verdadera de que todavía esto, en verdad, no ha terminado en la parte de la España más que vaciada abandonada...

Esta mañana, en mi paseo, he subido hasta la plaza de toros de la ciudad, una de las más antiguas de España (es conocida como la ancianita y fue inaugurada a principios del siglo XVIII). Pasado el Regajo y un poco antes de la Colonia madrileña, se levanta una de las villas más hermosas de la zona. Construida a principios del siglo XX, guarda toda su belleza como edificio y el jardín es una delicia. La barandilla y los accesos han ganado con la pátina del tiempo. Desde la altura, cuelgan, hacia la calle, las rosas de varias especies. Solo por contemplarlas ha merecido la pena el día.

sábado, 23 de mayo de 2020

La sierra no es la misma


Seguimos en fase 0, aliviada. Se ha confirmado que el lunes entraremos en la 1, con el desahogo para la vida que esto supone.

Si repaso las fotografías de la sierra que he tomado cada día durante estas semanas desde la ventana del salón, compruebo cómo el tiempo  ha pasado y me encuentro en otro momento bien diferenciado. La nieve caída al poco de decretarse el estado de alarma se ha ido ya, salvo algún pequeño nevero al que no le quedan más que unos días para que desaparezca. Tampoco amanece la montaña con bruma, ni las nubes se pegan a las cimas como ha ocurrido durante el final del invierno y casi toda la primavera. Ha dejado de llover y el sol ya luce con fuerza, la hierba comienza a tomar un tono pajizo en los baldíos y solares, aunque en los prados todavía está húmeda, joven y verde. Miro estas fotografías y la sierra es la misma y no lo es. Yo me entiendo. Como tampoco lo es la calle mayor de Sánchez Ocaña que veo desde los balcones del otro lado de la casa y que también he fotografiado durante estos días. Ya no es la calle inverniza y solitaria de hace unas semanas, sino que retoma poco a poco su vida con paseantes, gente que cruza de un lado a otro para hacer sus compras, el ruido del tráfico y el murmullo más o menos normal que tiene esta calle desde hace unos años, desde que Béjar perdió impulso por el cierre de las fábricas textiles.

Ahora que nos han confirmado que el lunes que viene -pasado mañana- entraremos en la fase 1 y que podremos ampliar la vida cotidiana, siento melancolía. Hoy me ha embargado la tristeza durante la mañana. Predomina más en este momento en el que escribo que la alegría por recuperar la vida lentamente. Siento que no he cumplido conmigo durante el confinamiento, que podría haber sacado más de esta experiencia, pero quizá me exija tanto porque ya estamos saliendo, porque se me olvida lo importante que era superar cada día cuando solo podíamos pasear dentro de la casa. También miro esta sierra y esta calle como si me despidiera de ellas, como si no fueran a estar aquí cuando regrese después de acudir a otras ciudades y obligaciones, como si fueran a ser tan diferentes que el paisaje ya no se reconozca a mi vuelta.

viernes, 22 de mayo de 2020

Un manojo de palabras, conceptos y expresiones


Seguimos en fase 0 aliviada. Hoy hemos comenzado a caminar un poco antes de lo habitual y eso nos ha permitido, entre la subida al Castañar y la trocha de la Fuente del Lobo hacia Santa Marina, encontrarnos y saludar a la distancia requerida a varios de los amigos senderistas de la asociación recreativa y cultural Libre albedrío que fundamos en Béjar hace unos años y cuya principal función es reunirnos en el campo para festejar que estamos vivos comiendo y bebiendo lo que haya menester y hasta donde alcance. Por suerte, todos están bien y ya hemos mantenido varios encuentros de grupo por videollamada. La asociación, como indica su nombre, rinde culto a la película Amanece que no es poco de José Luis Cuerda, director de cine al que por aquí se le profesa verdadera devoción, como a Faulkner. Nos hemos citado para reunirnos en el campo en la primera ocasión que nos permita la norma, llevando cada uno sus viandas para no romper el distanciamiento. Tengo ganas de encontrarme con todos, seis hombres y seis mujeres, en un amplio círculo para brindar porque nuestras mujeres tarden en quedarse viudas y comentar de nuevo aquel té de Manolo que nos supo a caldo de pollo, aunque él lo alabara como excepcional en la subida a la Muela en un día muy frío de invierno.  Mayca fue la única que lo expresó en voz alta, provocando una carcajada generalizada porque el resto nos habíamos contenido la opinión por no defraudar a quien con tanto interés nos obsequiaba. Desde entonces, cada vez que lo recordamos -que es cada uno de los días que salimos en grupo-, Manolo nos amenaza con cortarnos el suministro del té habitual, que prepara con sabiduría, cariño y paciencia y lleva caliente en invierno y frío en verano, siempre a la justa temperatura. No cumple la amenaza, por supuesto, no sabría cómo hacerlo ni su conciencia le dejaría.

En la subida me he entretenido en tomar algunas fotografías de amapolas. Reconozco que no me salen bien las imágenes de esta flor, hay algo en ellas que no se deja captar tan fácilmente.

*

Esta pandemia, como todas las situaciones excepcionales, genera su propio manojo de palabras y expresiones, muchas de las cuales se usan un tiempo y desaparecen, pero otras quedan. De ellas, algunas ya estaban en la lengua y recogidas en el Diccionario de la Real Academia, otras no, pero pertenecen al lenguaje científico y saltan ahora a las conversaciones, incluso en las más coloquiales; unas cuantas proceden de traducciones más o menos afortunadas del inglés. A veces las utilizamos por similitud y cercanía. Todos hablamos de pandemia, epidemia, coronavirus, confinamiento, desescalada, seroprevalencia, etc., aunque no tengamos entera noticia de su etimología y correcto uso. También se generaliza el uso de los nombres de medicamentos y sus principios activos como si fuéramos farmacéuticos especializados y los empleáramos cuando se podía ir a tomar un café al bar de la esquina.

Hace unos días, mi colega y amigo Miguel Ángel Lama me animaba a publicar algunas de estas notas sobre cuestiones lingüísticas de la pandemia que he venido anotando y que pueden dar para un trabajo extenso. Acabo de comprobar que hace unos días fue el 1º de mayo, en un intercambio de comentarios en una entrada del buen blog que escribe y en el que ha mantenido un excelente diario sobre el confinamiento (Diario de estos días, lo ha titulado) hasta unos días después de que en su ciudad, Cáceres, llegaran a la fase 1, coincidiendo con la pérdida de un ser querido. Hace unos días se convierten así, a lo tonto, en más de veinte. Una de las consecuencias del confinamiento es la pérdida de la noción del tiempo. Puedes saber qué día es de la semana, pero quizá no tengas la medida de cuánto tiempo ha trascurrido desde que sucediera algo.

Este manojo de palabras es usado con alegría por los miembros de una abundante colección de personas practicantes de un comportamiento que se ha dado en llamar cuñadismo por ese cuñado que hay en todas las familias que pretende saber de todo y cuyo conocimiento no suele pasar de una mala digestión de información variada, consultas apresuradas en la Wikipedia y páginas poco o nada fiables de internet que maneja con soltura desde su móvil o su ordenador sin comprender casi nada en realidad ni poder conectar el saber de forma coherente, pero que sentencia cada vez que habla. Es tal la confianza de este tipo de personaje que incluso leyendo este párrafo no se sentirá aludido.

(Aquí convendría una digresión sobre el cuñadismo en la poesía, pero no quiero apartarme del tema.)

Más interesante es el intento de construir una nueva realidad a partir del lenguaje. No es un fenómeno nuevo, porque ha ocurrido siempre que muchos cambios buscados con mejor o peor intención se impulsan a partir de la invención de expresiones, términos y conceptos o del cambio de significado de los que ya existían. A esto, George Orwell le dio el inteligente y significativo nombre de neolengua en un apéndice a su novela 1984 (publicada en 1949). Los principios de la neolengua consistían en una simplificación de la lengua normal alterando el significado de algunos conceptos claves de las palabras que sobreviven a la depuración lingüística de la lengua vieja. Esto es clave cuando se quiere introducir una idea manipuladora en la mente de las personas: abandonar la complejidad del idioma que permite expresar matices; eliminar las palabras que se consideran peligrosas por su significado potencial o convertirlas en restos fósiles incomprensibles para la mayoría, que termina no usándolas y burlándose de quien las utiliza; apropiarse sin pudor de los conceptos y expresiones que puedan ser usados por los rivales. Dejar sin palabras al contrario es dejarlo sin posibilidad de trasmitir un mensaje de la forma adecuada para que pueda ser entendido.

Esto ha sucedido siempre, como decía. Hace pocos años hemos visto en España apropiarse del nombre y la obra de algunos intelectuales significativamente progresistas del siglo XX  (Alberti, Azaña, García Lorca, Antonio Machado) por parte de políticos conservadores. Por supuesto, no es que no puedan ser leídos y apreciados desde cualquier parte del espectro ideológico (yo he tenido problemas por apreciar y alabar la escritura de autores opuestos a mi forma de entender el mundo), es que su uso público con intención propagandística o pretensión de lucimiento intelectual no se puede hacer sinceramente sin una transición que permita explicar correctamente ese aprecio. No hacerlo es apropiarse de un legado intelectual para anularlo ante quienes no están informados de lo que ello significa y reducir su potencial de transgresión. Algo similar a lo que hiciera Avellaneda con el Quijote, para que se vea que la cosa no es de ahora. Igual caso ocurre cuando un político progresista se apropia de escritores que en sus tiempos defendieron posiciones completamente contrarias o que tuvieron enormes problemas en su día por no apoyar las ideas de quienes ahora los ensalzan, como ocurriera con Manuel Chaves Nogales, por ejemplo, quien se exilió de España porque temió ser fusilado por los unos o por los otros. Aprecio no es apropiación.

Estos días me ha llamado la atención el grito de libertad por parte de los participantes en las caceroladas, por ejemplo (en sí mismo, lo de las caceroladas, tanto en su significado como en la apropiación de este tipo de manifestación popular por los grupos que antes la sufrían, es un ejemplo de lo que analizo aquí). Como es un mero grito, no sé en qué consiste la libertad que reclaman en un sistema político con todas las garantías como el que tenemos, sospecho que no resistiría una argumentación verdadera que vaya más allá de una consigna repetida o los caracteres que caben en un tuit. Tienen derecho a manifestarse aunque algunos de ellos sostengan ideologías que han negado siempre ese mismo derecho a sus contrarios, cosa que debería alarmar a sus compañeros de estrépito menos radicales. Pueden exigir que los gobernantes asuman la responsabilidad de sus errores, expresar sus temores sobre la deriva que ellos ven en el gobierno nacional hacia unas posiciones que no les gusta, pero cuando se apropian de conceptos o de símbolos que nos agrupan a todos parcelando su significado o llevándolos al contrario del que tienen, es preocupante. La libertad individual, en una democracia, termina donde comienza la responsabilidad social legítimamente marcada por las leyes y las normas de la administración e interpretadas por la justicia. Precisamente, uno de los pactos entre el individuo y el grupo establecidos por la modernidad desde el siglo XVIII para que exista sociedad es la cesión de parte de nuestros derechos por el bien común.

La construcción del concepto nueva normalidad también es algo llamativo estos días, tanto en su misma forma como en su pretendido significado. Aparece incluso en documentos oficiales del Ministerio de Sanidad y otros organismos públicos, con lo que viene impulsada por la autoridad de quien nos gobierna. Me preocupa tanto como la apropiación del concepto de libertad por los de las caceroladas o algunos partidos políticos conservadores, varios de cuyos líderes se han comportado en este punto o irresponsablemente o con vileza. Puede que lo de la nueva normalidad no sea más que retórica hueca. Si la expresión solo está impregnada de buenismo, sería también malo porque la normalidad y la vida cotidiana no se fabrica ni se impulsa ni se impone en un documento gubernamental y quien escribe una norma debe saber que el lenguaje nunca es inocente y viene cargado de connotaciones. Quizá solo se trate de esa tonta costumbre tan arraigada entre los teorizantes de la política o la economía de dar nombres pomposos a las cosas que tienen una expresión más directa y sencilla; normalmente el lenguaje redicho solo oculta una cabeza desorganizada en la argumentación, que es incapaz de encontrar la vía recta en el lenguaje. El uso de estos conceptos  suele esconder o bien ignorancia del lenguaje o bien esnobismo o bien un intento de manipulación construyendo conceptos que impulsen el cambio en una dirección concreta antes de establecer unos consensos generales.

En mi opinión, todo -lo uno y lo otro-, quedará en nada en un mundo globalizado como en el que vivimos, en el que los consensos de vida ya no son nacionales, pero nos dará unos cuantos dolores de cabeza. Antes de apropiarnos de grandes conceptos o fabricar nuevos, saquemos al mundo del problema sanitario en el que se encuentra.

jueves, 21 de mayo de 2020

El año en el que vimos las montañas


Seguimos en fase 0, aliviada. El calor va en aumento y las temperaturas serán más altas en los próximos días. Se confirma que este mes de mayo será también el de mayor temperatura media desde que hay registros. Algunos científicos, al inicio de la pandemia, lanzaron el reto de que pensáramos cuánto de lo que ha ocurrido se debe a nuestra forma de relacionarnos con la naturaleza por la globalización desmedida basada en el mundo financiero e industrial desenfrenado e insostenible. De hecho, durante las semanas de confinamiento de la población, algunos días con severa restricción de las actividades empresariales, se ha reducido notablemente la contaminación debida al tráfico de vehículos y trabajos en las fábricas. Se ha publicado que en el entorno de algunas ciudades llegaba hasta el 50% el descenso en algunos parámetros. Hoy he visto en los medios de comunicación una imagen espectacular de la cordillera del Himalaya captada a más de 160 quilómetros de distancia. Desde hacía varias décadas no se podía contemplar con esta nitidez por culpa de la contaminación. Es decir, los más jóvenes nunca habían visto el Himalaya de esa manera. La sorpresa para todos ellos ha debido ser mayúscula, no olvidarán el año en el que vieron las montañas. A menor escala, nosotros hemos podido apreciarlo desde las ventanas de nuestra casa mirando la sierra de Béjar cada día como nunca habíamos podido apreciarla.

En el fondo, he anotado tantas cosas en este diario para que no se me olviden cuando todo pase. En el momento de balance podré hacer dos columnas con las cosas positivas y negativas. Entre estas, los fallecidos y enfermos; la falta de previsión de todas las administraciones, en gran parte debida a los recortes económicos de los últimos años; el exceso de patrañas, de teorías conspiranoicas y la versión torcida de la realidad que ha circulado por medios de comunicación y las redes sociales hasta envenenar muchas mentes; las declaraciones de algunos políticos nacionales y extranjeros, la crispación en momentos en los que era más necesaria que nunca la colaboración eficaz sin que esta pueda pretenderse sumisión, el aprovechamiento de la pandemia para llevar el agua al molino de cada uno; el egoísmo de tantos en todos los sectores de la vida pública y privada; el drama que se ha vivido en muchas residencias de ancianos españolas, que han demostrado grandes carencias permitidas por las comunidades autónomas que tenían las competencias reguladoras. Sin embargo, veo muchas más cosas en lista de la parte positiva: la generosidad de tanta gente, el agradecimiento, el trabajo eficaz de quienes han tenido que cumplir sus jornadas laborales en beneficio de todos en condiciones de gran peligro, el esfuerzo de muchos por informar adecuadamente, la vocación pública de una parte de la cultura (otra ha estado escondida a la espera de que se reactivara el aplauso fácil y el beneficio personal), la incuestionable eficacia de las decisiones que han contribuido a que España pueda salir antes que otros países con el mismo grado de afectación por el virus y que las estadísticas demuestran por mucho que se las retuerza, incluso contando con algunos titubeos y varios errores. Son mayoría los que han respetado las normas para evitar que el número de fallecidos fuera mayor, incluso a costa de un alto sacrificio emocional y económico.

También puedo hacer dos columnas en lo personal, en cómo he vivido la epidemia y el confinamiento, pero he de dejar pasar algunos días para intentar ser objetivo.

Parece ser que el próximo lunes la zona en la que me encuentro pasará a la fase 1, en la que se permite mayor desahogo personal y comercial, una mayor vitalidad que espero sea aprovechada con sentido común. Sin embargo, ya se nos dan anuncios preocupantes para los meses de otoño, para cuando venga el próximo brote del virus y aún no tengamos vacuna. Ojalá solo sea por exceso de celo y tener las estructuras mejor preparadas, pero el futuro a medio plazo no parece favorable. Mientras tanto, que no se nos olvide que cada día mueren decenas de personas por este virus en este país y miles en el mundo. Como se mueren por otras enfermedades y por la mayor de todas las epidemias, la pobreza. Pero este argumento último no debe manejarse nunca para rebajar la importancia de los fallecimientos por esta pandemia, que afecta a todo el mundo y singularmente a los más desfavorecidos.

Cuando pasemos a la fase 1 por aquí, dejaré de escribir en este blog con el formato de diario que mantengo desde que se declaró el estado de alarma en España, para recuperar el sentido que tenía antes.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Un médico de los de antes


Seguimos en fase 0, aliviada. Suben las temperaturas. Hay que salir al campo con la fresca, en la primera franja horaria que nos permiten, para evitar el calor de la última hora de la tarde.

Estos días, en el paseo por la sierra, nos hemos encontrado en varias ocasiones con Julián, un médico jubilado muy querido tanto en Béjar como en Candelario, en donde ejerció. Julián ha sido un médico de los de antes, de aquellos que miraban al paciente para saber qué tenía y escuchaban. Por desgracia, muchos médicos jóvenes son de otra pasta y a los que quieren ser como eran antes los recortes económicos en la sanidad pública les han obligado, además, a escribir el informe en el ordenador mientras atienden al enfermo porque no hay tiempo para hacerlo después. Mis padres, cuando enfermaban, clasificaban de primera a los médicos por los que miraban a la cara y los que no. He dicho ha sido, pero no sé si se puede dejar de ser médico alguna vez. De hecho, Julián se ha presentado como voluntario para colaborar en la organización sanitaria en los momentos más duros de la epidemia. Se quita importancia diciendo que solo ha atendido el teléfono y el ordenador para derivar la llamada y realizar algún seguimiento. Todo en Julián es así, quitarse importancia. Ahora anda pacientemente buscando insectos para fotografíar con su cámara. He visto alguna de esas fotografías y son magníficas, le alabo la paciencia. Le hablamos del picapino de la fuente del lobo y del cuco del camino de Santa Ana y al día siguiente ya había podido ver a este último. Nunca se deja de ser médico, de hecho le hicimos una consulta sobre algún problemilla menor. Los médicos tienen ese problema con los conocidos, incluso ya jubilados. A los filólogos, como mucho, nos preguntan si una palabra lleva o no tilde.

En el Congreso de diputados, el gobierno ha sacado adelante otra prórroga del estado de alarma, tan necesario para salvaguardar la salud de la sociedad, aunque menor en tiempo a lo que pretendía inicialmente porque ha tenido que negociar los apoyos, como debe ser en democracia. El debate ha sido bronco y crispado, incluso con expresiones y comportamientos impropios. Quiero pensar que a la mayoría de la población lo que le importa es el resultado y las garantías sanitarias, junto a los primeros cimientos de la reactivación económica y que ya está muy por encima de las formas de algunos de nuestros representantes públicos. Qué mal espectáculo el de la bronca política que cala en algunos extremos de la población, qué mal ejemplo y cómo descalifica a los políticos que la practican, sean del color que sean.

Estos días se han dado algunos escraches contra políticos del gobierno en los domicilios en los que viven, pero a unas horas en los que quienes están en la casa son los familiares y no los políticos. No son los primeros que se dan en España, hace años se actuó así cuando los miembros del gobierno pertenecían al partido político que ahora está en la oposición. Parece ser que no es una acción ilegal, pero sí es injustificable. No le encontré razón alguna en su momento y no se la encuentro ahora. Me ha parecido siempre una acción cobarde, intimidatoria y estéril.

Hoy he terminado con las reuniones de clase que he mantenido con mi alumnos por videoconferencia. He de decir que las echaré de menos porque no me las he tomado como un pasavolante, sino con el mismo entusiasmo con el que procuro ir a las clases presenciales. En la reunión de hoy se ha colado el canto de un pájaro desde la casa de uno de los alumnos y por un momento me he creído en la sierra. Ahora quedan las últimas tareas, la corrección y la calificación. Y toda la burocracia universitaria, claro.

Escribo esto ya al atardecer. Un poco antes, cuando comencé este texto, el cielo estaba luminoso con algunas trazas de nubes puestas como por mano de pintor. En la calle, cada día hay más gente que pasa a cualquier hora, más ruidos como los que eran habituales: automóviles que pasan; Paco, el dueño de la zapatería de abajo, subiendo la verja y comenzando su rutina a primera hora de la mañana y cerrando por la tarde; ladridos de perros; niños que ríen, gritan o lloran cuando pasan; saludos entre vecinos. Ahora las personas se paran a hablar con más tranquilidad, casi todos con mascarillas. Desde aquí no se escucha a la veintena de participantes en la cacerolada de la corredera contra el gobierno nacional y que no sé si seguirán manifestándose cuando las decisiones sean tomadas por la administración autonómica. El sol, lentamente cae y la noche se impone con calma. Mañana será otro día.