martes, 12 de mayo de 2020

No habrá renacimiento alguno después de esta peste


Por aquí seguimos en la llamada fase 0 para salir del confinamiento. Ahora, en los cortos paseos que nos permite la situación, vemos las ventanas y las puertas desde fuera. En los primeros días caminábamos por las calles con la mirada baja, como si huyéramos o nos escondiéramos, quizá deseando no reconocer a algún amigo para no tener que pararnos con él, para no recordar que no debíamos acercarnos y resistir la tentación del contacto físico, para no preguntar por no saber de enfermedades o muertes. Después de unos días, ya hemos levantado la cabeza y prestamos atención a las fachadas de los edificios y a los rostros de la gente. 

Cuando reconozco por la calle a alguien de quien no sé nada desde hace semanas, me inquieta que me cuente que un miembro de su familia ha fallecido o está enfermo. A pesar de eso, la pregunta se intuye en el primer saludo. Delante de una puerta cualquiera me pregunto qué habrá sucedido allí dentro durante este tiempo. Durante siglos se marcaron las puertas de las casas en los que había entrado la peste, se clausuraban incluso con los enfermos dentro. Por suerte ya no estamos en esos tiempos de ignorancia y pánico.

Al principio, cuando las primeras noticias del virus que procedían de China, muchos dejaron de visitar los comercios regentados por personas de esa nacionalidad o sus restaurantes. No se preguntaba si aquel ciudadano chino ya era ciudadano español desde hacía muchos años y no había regresado a su país ni recibido a ningún familiar. Ahora llegan noticias similares de las zonas de China en las que ya se ha reducido la infección: cuando ven a un occidental se alejan de él.

Lo que veo y escucho me asegura que no saldremos mejores de esta pandemia, sino iguales. No habrá renacimiento alguno después de esta peste. Siento que se alientan los lados más oscuros de los seres humanos y que debemos estar más conscientes que nunca, porque nos acechan y hemos dejado al descubierto nuestras debilidades. Aunque lo que haya prevalecido sea nuestra fortaleza como sociedad, lo que nos hace más humanos, se han detectado ya cómo se agrandan las grietas.

lunes, 11 de mayo de 2020

Hoy llueve sobre Béjar como si estuviera en un poema de Karmelo Iribarren


Hoy ha llovido a ratos y a ratos no, ha salido el sol y se ha nublado. Ha llovido con dulzura, con desgana, con tristeza, a ratos animosamente. Hay más gente en la calle para comprobarlo. De todas las formas, en esta parte de la calle mayor nunca pasa mucha gente. Antes sí, cuando no habían cerrado los comercios a consecuencia de la caída de la industria textil. Me dicen: aquí había una floristería, allí un zapatero, esto era una academia de idiomas, una tienda de ropa, aquí arreglaban pequeños electrodomésticos. Incluso en los primeros años tras los cierres -primero uno, luego otro- las personas paseaban la calle porque vertebraba el casco antiguo y se iba desde la corredera hasta la plaza mayor para tomarse algo. Ahora, salvo cuando hay teatro en el Cervantes, apenas pasa nadie. Durante el confinamiento estricto, el silencio era profundo. Por la mañana pronto, los basureros, luego el alma en pena de alguien camino de la farmacia o la panadería; al caer la tarde, los aplausos y la caravana de vehículos de policía, ambulancias, bomberos y otros agradeciendo el respeto de la población por su labor. Y nada. Ni siquiera los perros a los que se sacaba a pasear ladraban. Ahora, a partir de las ocho, personas que pasan y hablan entre sí o con aquellos con los que se cruzan manteniendo las distancias. Conversaciones breves, para saber qué tal van las cosas y si alguien ha estado enfermo, si ha fallecido fulano. Cuando pasa una familia, los niños corren o van en patinete y gritan alegres. Los perros han vuelto a ladrar.

En esos días malos, si al atardecer llovía ligeramente, me parecía estar en uno de esos poemas de Karmelo C. Iribarren en los que el poeta pasea la ciudad de punta a punta camino de un bar o de una librería y llueve. Hace unos días deberíamos haber celebrado un encuentro con él en la Casa de Zorrilla de Valladolid dentro del programa Letraherido para presentar su nueva antología, San Sebastián Blues, tan bien editada por la editorial papeles mínimos. En este libro se coleccionan algunos de sus mejores poemas relacionados con la temática del título, su ciudad y la música, pero en muchos llueve, hasta sesenta días seguidos en alguno. No recuerdo ningún otro poeta en cuya obra llueva mejor sobre una ciudad, en realidad no sé si mejor es la palabra que busco, quizá más apropiadamente, tampoco, en los poemas de Karmelo llueve para que lo contemple el poeta, para que el poema tome nota de la lluvia y la lluvia explique la razón del poema mejor incluso que las palabras. En los poemas de Karmelo llueve sobre la ciudad como no pudiendo hacer otra cosa, es parte de la realidad y la mirada poética. Tengo que preguntarle a Karmelo la razón por la que en sus poemas nunca llueva en primavera y parezca ser siempre otoño o invierno. Quizá en San Sebastián nunca llueva en primavera o Karmelo se niegue a verlo porque en la vida, chaval, la primavera es tan fugaz que ya solo es recuerdo brumoso e inventado. Yo qué sé. Este virus me ha dejado sin poder verlo hasta quién sabe cuándo y echo de menos una buena charla con él.

Es curioso esto de la escritura. Tan curioso que, ahora que ha dejado de llover, sigue lloviendo sobre Béjar.

domingo, 10 de mayo de 2020

Las manifestaciones alemanas y el carmesí castellano


Ahora, al atardecer, me ha dado la impresión de que la ciudad caía hacia la noche. Físicamente, digo. Durante un momento, el vértigo me hizo agarrarme al marco de la ventana.
*
El ser humano ha caminado siempre en el borde entre el pensamiento mágico y la razón, lo que está muy bien para el arte o para los deseos y sueños que nos hacen avanzar hacia todo tipo de aventuras y descubrimientos, pero ha causado mucho sufrimiento y dolor cuando el inevitable juego de intereses cruza la frontera que existe entre ambos campos y confunde la mente humana para mal.

En Alemania, donde las medidas contra la pandemia adoptadas por los diferentes gobiernos cuentan con más apoyo de la opinión pública dentro de la Unión Europea y parecen haber dado mejor resultado hasta ahora, se producen manifestaciones contra algunas de las normas que restringen la libertad de circulación y de relacionarse para evitar la difusión del virus, a pesar de que allí han sido menos estrictas que en España o Italia. Son manifestaciones ciertamente minoritarias, casi anecdóticas por el número de personas -apenas unos miles sumando todas las ciudades en las que se han producido-, pero la prensa de aquí -sobre todo el periodismo digital, necesitado de elevar el tono para hacerse visible- las ha elevado a categoría, especialmente la prensa conservadora. En paralelo también se han producido algunas concentraciones más pequeñas de ideología ultraconservadora. Es un grupo heterogéneo que reivindica una forma de actuar que han llamado pensamiento transversal y en el que se encuentran también los colectivos antivacunas (culpables de peligrosos brotes de enfermedades ya controladas) y otros sectores que sostienen teorías conspiranoicas. Una amalgama de ideas sin ninguna vertebración razonable, que mezcla miedos, medias verdades, los muchos fallos del sistema capitalista y financiero en el que vivimos y mitos. No necesitan ninguna demostración para lo que dicen, porque les basta el recelo y la desconfianza frente a la administración -sea cual sea- de un porcentaje de la población, la desinformación que produce el exceso de información y la tendencia al mito que permanece en el ser humano desde los primeros tiempos. Esto ha existido siempre en todas las épocas, pero sorprende su persistencia en un momento en el que la información y la opinión es más libre y accesible que nunca porque si hay algo verdaderamente trasversal y público es la ciencia. La difusión de las ideas de estos grupos usa las nuevas herramientas tecnológicas para su propagación, como el terrorismo integrista o las sectas: cualquier persona armada con un teléfono móvil conectado a internet parece saber de todo, cuando el verdadero saber no es solo el acceso a la información sino la capacidad para conectarla de forma coherente y argumentada. No me ha extrañado nunca el éxito de ciertos falsos documentales que mezclan datos históricos y científicos con leyendas y mitos, conectándolos con un salto en el vacío en el que la ficción inverosímil se nos presenta con apariencia verídica para argumentar que somos hijos de extraterrestres, por ejemplo. A los que nos gusta la ficción nos hacen disfrutar, pero a los que tienen tendencia a recelar de la razón les dan alimento para no distinguir la frontera entre lo ficcional y lo verídico. Además, algunas cadenas de cable, pretendidamente especializadas en temática histórica y documentales, han contribuido a la divulgación de estas locuras más propias del pensamiento mágico como una manera fácil de ganar audiencia.

No es baladí. Este pensamiento mezclado con una pseudoargumentación científica ha provocado algunas de las tragedias más sangrientas de nuestra historia reciente, como la segunda guerra mundial. Los nazis supieron usarlo para condicionar a la población alemana. También está detrás de todos los nacionalismos que han sido, son y serán.
*
Los vencejos que ayer me sorprendieron han ido en aumento. Esta mañana, mientras tomábamos el segundo café de la mañana, hablando por teléfono con la familia, contemplaba su vuelo ágil, veloz y constante por el ventanal del salón. Supongo que cazaban insectos, pero quien los observa solo ve su movimiento, el batir de sus alas, las acrobacias.

Al fondo, la sierra, promesa siempre. En el paseo de esta mañana he visto por primera vez por aquí algunas amapolas y he recordado las manchas de un rojo intenso de los campos castellanos verdeando en primavera. Campo verde y carmesí, el cereal joven ondulando y, en los despeines, el rojo grana. Esa es mi bandera.

sábado, 9 de mayo de 2020

Los vencejos


Al amanecer, vuelan los vencejos
sin llegar a la bruma de la sierra.
Permanecen aquí, sobre las calles
de la ciudad vacía. Con qué gracia
trazan sus giros mientras los observo.
Dan la vuelta, buscándonos. No saben
qué nos pasa, de dónde, de qué parte
nos nace esta tristeza tan cerrada
como la nube gris que descargó
sobre las cimas de estas altas peñas.
                                          © Pedro Ojeda Escudero, 2020

Ha pasado lo que tenía que pasar. Casi todos los territorios que no han accedido a la siguiente fase de apertura del confinamiento protestan. Ellos también quieren dar pasos hacia una mayor vida social, aunque implique más riesgo, más contagios y más muertos. Temen el coste de la crisis económica que vendrá con toda seguridad (será terrible) y sus políticos argumentan sesgadamente con la economía, con el paro y la pobreza. Los menos escrupulosos utilizan las patrañas sobre la falta de libertad y otros bulos que han corrido por las redes sociales en estas semanas y que han fomentado una agresividad que revelan ya los primeros estudios académicos realizados. Estos políticos, en el fondo, añoran a un líder fuerte que invite a quebrantar las medidas gubernamentales. No tienen coraje suficiente para lanzarse a pedir la sinrazón, pero la bordean. Quizá teman no ser acompañados por la mayoría de la población, que se ha comportado ejemplarmente.

Entiendo el descontento en las zonas rurales en las que no hay casi afectados o no se ha dado ningún contagio desde hace días por su propia forma de vida, que impone un cierto distanciamiento y soledad. Si en estos lugares no se cumplen los requisitos se debe a lo que ocurrió antes de la pandemia, por las medidas sociales y económicas de las que todos somos culpables: se agrupaba a los mayores en residencias de ancianos que se han convertido en trampas mortales encapsuladas y ajenas a los pueblos cercanos; no hay camas de hospital por el desmantelamiento de los hospitales comarcales. Los gobernantes que adoptaron esas medidas son responsables, pero también cada uno de nosotros por nuestra manera de vivir y por votarlos. Casi toda España es un gran territorio rural con una densidad de población mínima, algunas zonas calificadas como desiertos demográficos. Es allí donde se ha procedido al mayor desmantelamiento de los servicios públicos.

Sin embargo algunas ciudades también se han sentido molestas por no acceder a la siguiente fase de apertura, pero en casi ninguna de ellas hay un ancho de acera generalizado para guardar el distanciamiento recomendado entre personas, ni buenos servicios de transporte público, ni carril bici con extensión suficiente, ni zonas peatonales suficientes para el esparcimiento. El urbanismo amable y humano es una de las asignaturas pendientes de España, pero estas ciudades quieren pasar de fase porque les preocupa quedar rezagadas frente a la recuperación de las que tienen más cerca que sí lo han conseguido. Las zonas rurales cercanas en donde la presencia del virus es ahora casi imperceptible temen con razón que se les abra la posibilidad de movilidad a los habitantes de estas ciudades y contribuyan a extender el virus en sus escapadas de fin de semana a la casa de los padres o a la segunda residencia. 

Si nos dejaran la decisión a cada español o a un puñado de dirigentes de cada zona, encerraríamos al resto menos a nosotros o solo dejaríamos salir a aquellos que necesitamos para conservar nuestra posición social o económica, como sucede desde el principio con los inmigrantes que trabajan recogiendo la fruta. Ya lo estamos viendo: políticos del mismo partido enfrentados por estas cuestiones.

Son pocas las voces políticas con cordura en todo esto dentro del panorama de la política española que nos trasmiten los medios de comunicación. Y cuando lo hacen, qué poco apoyo reciben.

Hace unos días me preguntaba cuál puede ser la cifra de enfermos y muertos que consideramos justa para reactivar la economía. Eso, claro está, sin la necesidad de poner nombres o rostros a los muertos, sin reconocer en ellos a un amigo querido, a un familiar. ¿Dónde está el fiel de la balanza: 280, 300, 350 muertos diarios, algo más?

Al abrir la ventana del salón para ventilar por la mañana, los vencejos bailaban su vuelo junto a los edificios que dan frente a la sierra. En las peñas, una bruma húmeda era telón de fondo de su coreografía. Repetirán el baile, acompañado de su canto característico, al agruparse al atardecer.

He buscado información sobre el vencejo. No sabía que estas aves solo se posan para anidar y, cuando no están criando, por las noches suben a unos dos mil metros para dormir. Mientras duermen, vuelan. Como los seres humanos. 

viernes, 8 de mayo de 2020

Un presente absoluto


Hoy he estado en Cuzco, en las Alpujarras y en Córdoba sin romper los preceptos sobre movilidad de las fases de apertura del confinamiento. 

He corregido el borrador de un trabajo fin de grado (TFG) de una alumna sobre el Inca Garcilaso de la Vega, uno de los personajes más interesantes de nuestra historia literaria y de la cultura hispánica en general. En realidad, ese fue el nombre que quiso darse para enlazar su ascendencia inca con la familia paterna, que enlazaba con una de las más importantes del reino de Castilla, porque él fue bautizado como Gómez Suárez de Figueroa. Nació en Cuzco en 1539, hijo natural de un capitán español caído en desgracia (Sebastián Garci Lasso de la Vega Vargas) y de una princesa inca (Isabel Chimpu Ocllo) y gran parte de su vida la dedicó a recuperar el buen nombre de su padre y conseguir así integrarse en la nueva sociedad que nacía tras el descubrimiento, conquista y colonización de América. Como mestizo, pero de clase alta por ambos lados, conoció lo mejor de una y otra cultura y quiso ponerlo de relieve en sus escritos, que abarcaron todos los terrenos de lo que se entendía entonces por literatura: la crónica con fuerte reivindicación personal y familiar (las crónicas de aquella época nunca pretendieron ser objetivas), la filología, la etnografía, etc. Militar y humanista -en él, como en tantos grandes nombres de su tiempo se unían las armas y las letras-, vivió en Perú y en la península ibérica, participó en el aplastamiento de la rebelión morisca de las Alpujarras y terminó dedicándose de foma casi exclusiva a la escritura, asentándose en Córdoba. Dejó abundante testimonio de sus intereses: una exitosa traducción de los Diálogos de amor de León Hebreo (1590); La Florida (1605)que da cuenta de la expedición de Hernando de Soto en aquel territorio; los Comentarios reales (1609), que contienen un relato de la historia y las costumbres del Perú basado en testimonios orales y personales, continuados por la Historia general del Perú (póstuma, 1617), que narra la conquista y colonización del imperio inca por los españoles, y algunos textos más, publicados mucho tiempo después de su fallecimiento, en los que ensalzaba su tronco familiar.

Por esas cosas de la vida, el Inca falleció casi al mismo tiempo que Cervantes (al que llegó a conocer en Montilla), aunque no se sabe con seguridad si el mismo día. Es tan apasionante su personalidad, que sirvió de referencia para la construcción del protagonista del drama romántico Don Álvaro o la fuerza del sino (1835) del Duque de Rivas. Aparte de lo cordobés que los unía, a Rivas le entusiasmó el carácter mestizo y complejo del Inca, su identidad conflictiva y su falta de asiento definitivo en los dos mundos a los que pertenecía. La forza del destino, versión operística de la obra, que hiciera Giuseppe Verdi a partir del libreto de Francesco Maria Piave, lanzó el personaje a la literatura universal.

Esta tarde he recibido el correo de Google Maps Timeline informándome sobre los lugares que he visitado en el mes de abril. Hay un presente espacio temporal absoluto en ese punto rojo del mapa centrado en esta casa de Béjar desde la que escribo ahora mismo. El algoritmo de Google y la geolocalización, ignoran que gracias a los libros he viajado por medio mundo, no sé si en el próximo resumen detectarán que hoy he estado en Cuzco, en las Alpujarras y en Córdoba.

jueves, 7 de mayo de 2020

Federico en un bosque de Stalingrado


Hoy no tenía ganas de escribir. No sé, así de pronto, una desgana de enfrentar la palabra. Quizá dejarme ir y dar las razones a todos los catastrofistas y sacar de la caja todos los males, pero me contuve. Escribo sin guion, a lo que salga.

Comienza el juego político interesado con las cifras, para encajarlas en los parámetros establecidos que indican si se puede pasar a la siguiente fase de apertura del confinamiento o no. Algunas comunidades autónomas parecen ocultar sus casos o disfrazar los números, empujados los que las gobiernan por el ansia de reactivar la economía y la fácil cosecha de votos futuros; aquellas que parecen más prudentes corren el riesgo de ser tomadas por estúpidas. Se oyen y leen algunas declaraciones que desvelan falta de humanidad y de sintaxis. Van unidas ambas carencias. Mientras tanto, en donde parece rastrearse con más sinceridad el virus, se perciben ligeros repuntes de los casos de contagios. Hay voces en estos lugares que piden que se disfracen también para que no se impida a los habitantes de esas zonas pasar a una apertura mayor. ¿Qué será de nosotros, dicen, cuando en nuestro entorno todo vuelva a la productividad y vayamos por detrás? Dónde quedan los muertos futuros.

En la última escena del capítulo con el que arranca la nueva temporada de la serie El Ministerio del Tiempo, serie a la que soy aficionado, Federico García Lorca se le aparece a Julián, el protagonista, en un bosque helado de Rusia. Julián se ha alistado en la División Azul para hacerse perdonar el pasado republicano. Fueron muchos los que tomaron ese camino por la misma razón. El choque con la realidad, las conversaciones de barracón en Rusia, el maltrato que el ejército alemán otorgó a los soldados españoles a los que despreciaban a pesar de que habían ido a ayudarles y el uso propagandístico despreciable que Franco diera a la descabellada aventura, provocaron que algunos de los jóvenes que sí se alistaron por sus ideales falangistas iniciaran un camino contrario al esperado, separándose del franquismo. Uno de ellos fue Dionisio Ridruejo, gran escritor que abandonó su falangismo inicial para convertirse gradualmente en un defensor de la restauración de la democracia en España. Otro fue el cineasta Luis García Berlanga, a medias arrastrado por el fervor falangista de sus amigos de juventud y por lavar el pasado de su padre como gobernador civil de la República. En una hábil estrategia de guión, el protagonista salva a Berlanga de ser fusilado y se lo reencuentra años después en Madrid.

Federico, aterido de frío, el fantasma de Federico que no sabe que está muerto porque ha sido asesinado años atrás, vaga por un bosque helado cerca de Stalingrado. Su traje es el de aquel trágico agosto de 1936, poco adecuado para el invierno ruso. Está desorientado y reconoce a Julián. Qué frío hace en esa escena, pero qué cálida y luminosa la presencia de Federico, que no sabe que está muerto y se acerca, juntándose las solapas de su americana. Se acerca buscando una palabra y una sonrisa.

De vez en cuando salen días así, como este de hoy, en el que no dan ganas de escribir.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Un ramo silvestre ha entrado la sierra en casa


Hoy las nubes han despejado la sierra, que se ha visto imponente durante todo el día. Sobre ella, ahora, una luna inmensa preside la noche de la ciudad de Béjar.

Hemos traído a casa un ramo de hierbas y flores silvestres: la cicuta en flor, unas ramas de helecho, escoba, artemisa, espliego. Un ramo verde, blanco, violeta, amarillo... Como si un trozo de la sierra entrara en casa. Esa sierra que veíamos hace nada desde la ventana, tan cerca y tan lejos.

Hoy he hablado con algunos amigos por teléfono. Se encuentran bien y sosegados, aunque sus circunstancias laborales y personales son muy diversas. Lejos del ruido, han vivido el confinamiento día a día, como todos, en algunos momentos con mucho temor y desesperanza, ahora dispuestos a dar los pasos adecuados para salir adelante. Cada vez hablo con más gente que así se siente.

Parece que todo recupera lentamente su pulso, todos podemos hacer algunos planes de futuro, ¿pero cuál es el mío?

Me he preguntado hasta dónde debo seguir llamando a estas entradas diario del confinamiento o de la pandemia o algo así para recuperar la escritura normal que aquí llevaba. No es inocente la pregunta: de ella depende en donde ponga la línea que separa. Podría haber sido este pasado sábado, cuando se nos permitió salir a pasear unas horas o podrá ser cuando pasemos a la siguiente fase marcada por el gobierno. ¿Hasta que podamos volver a abrazarnos sin miedo? ¿Hasta que tengamos una vacuna o desaparezca por sí misma la amenaza del virus? Le doy vueltas al asunto, no es banal. De mi respuesta depende mi actitud ante lo que nos sucede, si ya veo el final o no o si ya he aceptado la inevitable convivencia con este virus. No sé contestarme por ahora.

Qué hermosa noche la de hoy, con la luna grande sobre la sierra.

martes, 5 de mayo de 2020

Un flamear de ropa


Hay un flamear de ropa puesta a secar al sol en las fachadas. A la luz y al viento, como si necesitáramos salir con muda limpia a la calle. La mejor bandera siempre es aquella que nos podemos poner a diario, lavada con esmero, planchada y doblada. El hogar huele a ropa recién planchada, el país que necesito.

Ahora que podemos salir varias horas al día, la calle se me presenta de otra manera desde el balcón. No es el otro país, sino ya el mío.

Percibo que muchos quieren ser súbditos. Necesitan las normas del gobierno, que este se meta en todo. Incluso aquellos que siempre han mirado mal una presencia excesiva del estado y que haya que pagar impuestos, reclaman ahora más estado, más intervencionismo, más disposiciones. Ya lo sabemos, para estos las ganancias parecen ser siempre individuales, pero las pérdidas colectivas.

En realidad, ahora nos toca a nosotros. Una vez que parece haber pasado lo peor de este primer brote de la pandemia, todo será responsabilidad del bien hacer de cada uno de nosotros guardando las medidas higiénicas, la distancia entre personas, respetando las recomendaciones de uso de mascarillas, no arrojándolas al suelo junto con los guantes, actuando con prudencia. Siempre, pero ahora más que nunca, debemos comportarnos como ciudadanos. Incluso cuando presenciemos las actuaciones de aquellos que caminan por el mundo como si la cosa no fuera con ellos. Y guardando en la memoria todo esto para la próxima vez que ocurra sin que necesitemos que el gobierno nos recomiende lavarnos las manos o guardar una prudente distancia cuando nos sentamos acatarrados.

Camino por la calle como si naciera.

La luz es tan nueva que perfila el mundo. ¡Ya sé los caminos, incluso los que nunca había pisado!

lunes, 4 de mayo de 2020

Una puesta de sol junto a la muralla de Béjar


Los datos mejoran día a día, el virus remite. Nos debemos felicitar porque la mayoría ha hecho lo que se debía hacer, incluso a costa de grandes sacrificios personales. Ahora toca la prudencia, la solidaridad y la empatía, más que nunca.

Aumenta el guirigay político según nos acercamos al fin de la situación más grave de esta pandemia o, al menos, de su primer brote en el país (ojalá acierte la predicción de algunos científicos que ven muy posible que no reaparezca). Ahora todos reclaman su protagonismo en lo que viene, aparte de elevar el tono de las críticas. Da la casualidad de que los que más han gritado antes, desde el inicio, son menos escuchados ahora porque ya no pueden hacerlo más alto y entre tantas voces se lleva el minuto de gloria aquel que cuenta con más apoyo y ha esperado su momento estratégico. Todo es confusión cuando debería haber más sosiego para el análisis y la toma de medidas adecuadas para salir lo mejor posible y que, cuando se repita en el futuro una situación como esta (que se repetirá) sepamos cómo actuar desde el primer minuto.

Por suerte, la afectación del virus remite, por lo que vendría a demostrarse que algo se ha hecho bien por parte de la administración, los científicos y el sistema sanitario y que la actuación de los que han hecho funcionar día a día este país desde sus puestos de trabajo y los ciudadanos ha sido la correcta, pero no importa a los vociferantes porque lo que toca ahora es demostrar quién va más allá en las afirmaciones sin aportar otros caminos y soluciones que sirvan para todos en una realidad tan múltiple. Ocurre además que los que ahora dicen que ha de hacerse una cosa antes decían que se hiciera la contraria, quizá se sepan a salvo porque la memoria política es corta y en este país, como decía José Zorrilla, nadie se acuerda en octubre de lo que sucediera en mayo.

Habrá que pedir responsabilidad por los errores a todas las administraciones implicadas (los ha habido, sobre todo por falta de previsión, pero también por excesos verbales o declaraciones imprudentes o mal asesoradas) y, como siempre sucede en España en los últimos años, lo que uno ataca en la que gobierna el partido contrario no admite que haya sucedido en la que gobiernan los propios. La campaña electoral permanente en la que vivimos, junto a las próximas convocatorias electorales previstas y aplazadas para el País Vasco y Galicia (presumiblemente también se convocarán en breve en Cataluña) no animan a pensar que se estudie con calma dónde se han cometido los errores y se subsanen, sino a dedicar todo el esfuerzo a la propaganda en uno u otro sentido.

Desde hace unos días algunos medios de comunicación de los llamados serios participan en la propagación de falsas verdades, verdades a medias o directamente patrañas, especialmente en sus versiones digitales, pero también en sus ediciones en papel. Ya no son ciudadanos indignados. A veces se escudan en que los toman de fuentes de internet -portales digitales pseudoperiodísticos, también de los llamados periodistas urbanos-; en otras ocasiones recogen directamente notas de prensa de asociaciones, organismos o plataformas de opinión sin contrastarlas, intencionadamente o no. Esto ya era habitual antes bien porque las empresas de comunicación tienen comprometidos sus apoyos políticos y sus intereses económicos, bien porque cuentan con escasos recursos y pocos redactores que trabajan sin tiempo suficiente para cumplir con su labor de la mejor forma. No me refiero aquí a la opinión política o experta del tipo que sea, claro está, sino a la información veraz de la que debe partir aquella. 

Ha sido singularmente llamativa la incorporación de imágenes en la prensa en papel -con su siguiente divulgación en las redes sociales- que causaban alarma porque podría interpretarse con ellas que había un sistemático y hasta voluntario y mayoritario incumplimiento de las instrucciones del estado de alarma. Por suerte, sabemos que esto ha ocurrido en contadas ocasiones y que estos medios de comunicación, por la razón que sea, han convertido en regla lo que es solo anécdota, provocando en muchas personas un estado de psicosis. Hay imágenes cuyo sesgo no le ha podido pasar desapercibido al redactor jefe porque fueron tomadas con perspectivas, ángulos y focos que achican el espacio de tal manera que lo que son cientos de metros resultan aparentemente unas decenas en los que aparentemente se acumulan personas, cuando tomadas en su justa perspectiva estas personas guardan la distancia aconsejada salvo algún caso de imprudencia o tozudez, que siempre lo habrá. Desde que la propaganda de los regímenes criminales soviéticos, nazi o fascistas descubriera en las primeras décadas del siglo XX el poder de la imagen fotográfica falsificada para crear un estado de opinión, sabemos que una imagen no es más que un enfoque determinado y que si no tenemos otras desde otras perspectivas no puede tomarse como documento válido. Las herramientas tecnológicas han venido a aumentar estas falsificaciones. La mente humana aún percibe la imagen fotográfica como verdad y por eso resulta tan fácil manipular lo que cree ver. Los medios de comunicación modernos que cometen esta falta de objetividad añaden un titular que condicione aún más la lectura de esa imagen.

Soy un ingenuo. Lo que más me extraña de todo esto es que sigamos cayendo tan fácilmente en la trampa. En el fondo, la crispación política de los últimos años hace que aceptemos sin más aquello para lo que nos han predispuesto los medios de comunicación afines que leemos, escuchamos o vemos de manera casi exclusiva. No nos damos cuenta de que somos tratados como personas inmaduras, fácilmente manipulables. En el fondo, hemos dado un paso atrás de ciudadanos a súbditos, quizá mejor a fanáticos. Alguien lo ha llamado la futbolización de la política, de la que solo podremos salir con una fuerte inversión en educación y en cultura que forme ciudadanos conscientes que rechacen estas manipulaciones tan burdas de la realidad y que deberían avergonzarnos. Quien se sienta bien viviendo en una España o en un mundo tan crispados, quien no vea que el camino del futuro debe conducirnos por otra dirección diferente a la tensión continua, al disparate, al insulto y a la repetición de consignas consciente o inconscientemente, no es parte de la solución sino del problema.

Hoy hemos ido a pasear al ponerse el día. Junto a las antiguas murallas de Béjar, en el pico de esta ciudad alargada y hermosa. Desde allí, hacia la peña de Francia, he visto un horizonte de atardecer bien diferente al que he tenido en el confinamiento. Los lienzos de la muralla, por aquí bien conservados, han enmarcado la puesta de sol. Hemos aplaudido unánimemente.

domingo, 3 de mayo de 2020

El refugio de la casa


Y ahora que salimos, ¿cómo abandonar el refugio de la casa? Oigo y leo declaraciones de personas que todavía no han salido de casa, a pesar de estar permitido durante unas horas al día. Supongo que los psicólogos sabrán darle nombre a esto, pero dicen que no tienen ninguna necesidad de salir aún. Manifiestan que no encuentran motivo o que tienen temor al contagio. La calle, para estas personas, se ha convertido en un territorio hostil. Tendrán que salir antes o después, pero ¿cómo abandonar el refugio en el que se ha convertido la casa para la mayoría? Habrá quien no haya tenido este refugio sino un infierno dentro de las paredes de su domicilio, para ellos la casa era una cárcel y se apresurarán a abandonarla. La mayoría hemos vivido con tranquilidad, hemos descubierto la casa como hogar seguro frente a la enfermedad. Fuera estaba el virus. No sé cuánto tardaremos en adaptarnos a la nueva vida que se abre ahora, que sigue llena de prevenciones y consejos. Dependerá mucho de nuestra forma de ser, de nuestra edad. También de la pervivencia del virus, quiero agarrarme a un grupo de expertos que, por la similitud con otros de las últimas décadas, piensan que estamos en los últimos meses de la pandemia. Hay otros que no están seguros de que no haya nuevos brotes a partir del otoño.

Yo he salido estos dos días a faldear la sierra. Tenemos la suerte de que está muy cerca y que Béjar no es una ciudad de mucha población, por lo que las concentraciones de personas no son las que veo en televisión en Madrid o en Barcelona. Se critica a estas personas por imprudentes, algunos lo son (incluso institucionalmente, como la pésima imagen de lo ocurrido en el cierre del hospital de urgencia instalado en IFEMA), pero otros muchos no tienen más opciones. Nuestras ciudades no están bien construidas, muchos barrios españoles son colmenas con aceras estrechas y una densidad de población por encima de lo recomendable incluso en períodos de normalidad. Esta es otra tarea pendiente, repensar nuestro urbanismo. En España está casi vacío el noventa por ciento del territorio y nos concentramos en el resto. Quizá esto haya tenido algo que ver en las cifras de fallecidos. No podemos sostener más ciudades como las que tenemos que, además, acaparan y concentran todos los servicios públicos por el porcentaje de habitantes, lo que incide en agravar el problema de la despoblación y la sensación de abandono que se siente en gran parte del territorio.

Cuántas cosas debemos pensar en los próximos meses y años, no sé si querremos hacerlo. Pensarlo, debatirlo, ya sería un buen paso para convencer a los políticos españoles para que piensen juntos la planificación futura de lo que va a ser este país a medio plazo y que abandonen el corto plazo de las próximas elecciones y la política de crispación de los últimos tiempos, que nos deja en manos de intereses ajenos y de las próximas pandemias. Digo convencer, porque no veo en ninguno de nuestros políticos el impulso que lo haga posible. De hecho, en los últimos días ha aumentado el desencuentro. Confiemos en que la fuerza de los hechos lo haga posible cuando termine lo urgente.

Al volver a casa por una de las calles estrechas que van a dar al pico de esta ciudad alargada, un hombre lanzaba sus proclamas desde el balcón. No se le veía, así que supongo que estaba sentado en el sofá y a través del micrófono y los altavoces que tenía instalados fuera pronunciaba todo tipo de ocurrencias plagadas de insultos mientras sonaba música cañí. Cuando pasamos nosotros sonaba el Fary. No es más que una anécdota, pero compadezco a sus vecinos.

Antes de dejar de escribir y apagar el ordenador, he salido a mi balcón para hacer la fotografía de la calle mayor desierta y anochecida. ¿Cómo recordaré estas imágenes que he ido publicando en las últimas semanas aquí, como recorte de cielo y horizonte?

sábado, 2 de mayo de 2020

He faldeado la sierra esta mañana


Hoy hemos podido salir a pasear o hacer deporte durante unas horas. Siguiendo nuestra costumbre, hemos buscado el camino hacia la sierra. Hemos subido hasta Santa Ana, en las faldas del monte, pero lo suficiente para hacernos la ilusión de que íbamos más allá, imaginándonos en mitad de los robles cubiertos de líquenes, saltando los arroyuelos, caminando por senderos y callejas. Mirando hacia arriba, la vegetación nos llamaba tentadora y sirénida. Luce limpia, pletórica de colores -verdes, amarillos, azules, blancos-. El horizonte hacia la Peña de Francia estaba despejado y se ofrecía a la mirada lejana que nos ha faltado estos días.

Sin embargo, lo qué más ha llamado mi atención, en contra de lo que yo pensaba, no era lo que estaba lejos (cuántas veces estos días me he imaginado sentado en una peña mirando todo el valle), sino lo más cercano, la delicada hierba, las escobas, el musgo y los líquenes, la vida entre las piedras y las rocas. la flor violeta y blanca de la vicia, la blanca pura de la arenaria. ¡Qué delicadeza libre la de estas hierbas!

En televisión he visto a la gente salir a la calle, felices y sonrientes caminando por calles, plazas, paseos. La mayoría cumpliendo con las recomendaciones, satisfechos de hacerlos aunque con el temor al contagio. Parece mentira, me he dicho, pocas veces he visto la luz de la sierra tan pura, las plantas con tanta exuberante belleza, el aire limpio. Gracias a las lluvias de abril todo está renovado, pero no nos confiemos, aún nos queda mucho esfuerzo y tristeza por delante. No sé qué habrán aprendido los demás, pero yo sé qué tengo que hacer y cómo comportarme, no solo con los otros, sino también con esta sierra que hoy he faldeado durante una hora.

He vuelto a casa con una felicidad intensa, con el periódico bajo el brazo y una hermoso pan zamorano.




viernes, 1 de mayo de 2020

Los limones


El día ya avanza hacia el buen tiempo. Todo lo anuncia. La brisa me trae hasta la ventana abierta el olor de las flores de mayo. ¿Estará ya apuntando la candela como parece?

El juego económico y de estrategia de posicionamiento de algunos medios de comunicación nos centra la atención interesadamente hacia los extremos de la opinión pública, lo que se ha intensificado desde el uso masivo de las redes sociales (nunca deberíamos olvidar que estas redes sociales pertenecen a empresas privadas cuyos beneficios se incrementan por el número de usuarios y las interacciones entre los mismos, que suelen condicionarse por algoritmos diseñados con el fin de aumentarlas, aunque sea provocando repetición de frases hechas, adhesiones inquebrantables y odios: hace tiempo que en las redes sociales hay más ruido que información y cultura). A eso se suelen sumar los políticos que desean cosechar de forma fácil los votos futuros sin demasiados escrúpulos, llevados de la mano por asesores de imagen, que no de pensamiento.

Sin embargo, la mayoría de la población afronta el confinamiento y los riesgos de la pandemia vírica con el ánimo del ciudadano que sabe que no debe ser imprudente, que debe hacer caso de las recomendaciones y no poner en riesgo ni su vida ni la de los demás, aunque sea alto el coste personal. Incluso muchos de los que expresan tan radicalmente sus opiniones en las redes sociales, en su actuación cotidiana están muy lejos de actuar como extremistas. Como sabemos, hay empresas propietarias de varios medios de comunicación opuestos en sus opiniones políticas, con la idea de abarcar un sector amplio de consumidores. No es algo nuevo, ya Baroja ironizaba en La lucha por la vida sobre un editor de periódicos propietario de cabeceras enfrentadas que se tiraban en la misma imprenta y creaban polémicas falsas para aumentar las ventas y el interés del público.

El problema es que, desde hace unos años (especialmente desde la década de los noventa), la tensión ha ido creciendo y el porcentaje de personas crispadas aumentado. No nos fijemos en ellos hoy, prestemos atención a los otros, a la mayoría. No habría que dejar que el ruido nos impida ver lo que une a casi todos, menos en unas circunstancias como la que vivimos.

Hoy, en Béjar, se celebra el primero de mayo tradicionalmente con una subida a la Peña de la Cruz para comer los limones. Hay variantes en otras zonas de Salamanca. Aquí, el plato consiste en trozos de naranja, limón, chorizo y huevo frito. Cuando se va al campo se suele sustituir el huevo frito por cocido. También admite más tipos de carne asada y hay quien le añade pamplinas. En contra de lo que parece, resulta un plato ligero y la mezcla de sabores con el ácido del limón lo hacen inolvidable. La mejor ensalada de limones de mi vida la he probado en el refugio de la peña cuando lo regentaba Mariano, que siempre la acompañaba de bandejas de carne asada y patatas fritas en grandes trozos. Si se añadía un buen tinto y un ibérico como lo preparaba, no había nada más que pedir para la jornada, que ya estaba ganada. Solo una buena conversación y un descenso tranquilo hacia Llano alto. Mirando a la Peña de la Cruz hoy hemos tomado los limones en casa.

Como un niño chico, antes de acostarme prepararé las botas de montaña para mañana junto a la puerta de casa. Sé que no podré pisar más que la falda de la sierra por las limitaciones de las medidas que nos permiten pasear en la franja horaria que elijamos entre las que recoge el ordenamiento de la primera fase de recuperación de la normalidad. Saldremos por la mañana y nos haremos la ilusión de que ya hemos ganado un quilómetro al virus. Desde allí miraré ladera arriba.