viernes, 8 de mayo de 2020

Un presente absoluto


Hoy he estado en Cuzco, en las Alpujarras y en Córdoba sin romper los preceptos sobre movilidad de las fases de apertura del confinamiento. 

He corregido el borrador de un trabajo fin de grado (TFG) de una alumna sobre el Inca Garcilaso de la Vega, uno de los personajes más interesantes de nuestra historia literaria y de la cultura hispánica en general. En realidad, ese fue el nombre que quiso darse para enlazar su ascendencia inca con la familia paterna, que enlazaba con una de las más importantes del reino de Castilla, porque él fue bautizado como Gómez Suárez de Figueroa. Nació en Cuzco en 1539, hijo natural de un capitán español caído en desgracia (Sebastián Garci Lasso de la Vega Vargas) y de una princesa inca (Isabel Chimpu Ocllo) y gran parte de su vida la dedicó a recuperar el buen nombre de su padre y conseguir así integrarse en la nueva sociedad que nacía tras el descubrimiento, conquista y colonización de América. Como mestizo, pero de clase alta por ambos lados, conoció lo mejor de una y otra cultura y quiso ponerlo de relieve en sus escritos, que abarcaron todos los terrenos de lo que se entendía entonces por literatura: la crónica con fuerte reivindicación personal y familiar (las crónicas de aquella época nunca pretendieron ser objetivas), la filología, la etnografía, etc. Militar y humanista -en él, como en tantos grandes nombres de su tiempo se unían las armas y las letras-, vivió en Perú y en la península ibérica, participó en el aplastamiento de la rebelión morisca de las Alpujarras y terminó dedicándose de foma casi exclusiva a la escritura, asentándose en Córdoba. Dejó abundante testimonio de sus intereses: una exitosa traducción de los Diálogos de amor de León Hebreo (1590); La Florida (1605)que da cuenta de la expedición de Hernando de Soto en aquel territorio; los Comentarios reales (1609), que contienen un relato de la historia y las costumbres del Perú basado en testimonios orales y personales, continuados por la Historia general del Perú (póstuma, 1617), que narra la conquista y colonización del imperio inca por los españoles, y algunos textos más, publicados mucho tiempo después de su fallecimiento, en los que ensalzaba su tronco familiar.

Por esas cosas de la vida, el Inca falleció casi al mismo tiempo que Cervantes (al que llegó a conocer en Montilla), aunque no se sabe con seguridad si el mismo día. Es tan apasionante su personalidad, que sirvió de referencia para la construcción del protagonista del drama romántico Don Álvaro o la fuerza del sino (1835) del Duque de Rivas. Aparte de lo cordobés que los unía, a Rivas le entusiasmó el carácter mestizo y complejo del Inca, su identidad conflictiva y su falta de asiento definitivo en los dos mundos a los que pertenecía. La forza del destino, versión operística de la obra, que hiciera Giuseppe Verdi a partir del libreto de Francesco Maria Piave, lanzó el personaje a la literatura universal.

Esta tarde he recibido el correo de Google Maps Timeline informándome sobre los lugares que he visitado en el mes de abril. Hay un presente espacio temporal absoluto en ese punto rojo del mapa centrado en esta casa de Béjar desde la que escribo ahora mismo. El algoritmo de Google y la geolocalización, ignoran que gracias a los libros he viajado por medio mundo, no sé si en el próximo resumen detectarán que hoy he estado en Cuzco, en las Alpujarras y en Córdoba.

jueves, 7 de mayo de 2020

Federico en un bosque de Stalingrado


Hoy no tenía ganas de escribir. No sé, así de pronto, una desgana de enfrentar la palabra. Quizá dejarme ir y dar las razones a todos los catastrofistas y sacar de la caja todos los males, pero me contuve. Escribo sin guion, a lo que salga.

Comienza el juego político interesado con las cifras, para encajarlas en los parámetros establecidos que indican si se puede pasar a la siguiente fase de apertura del confinamiento o no. Algunas comunidades autónomas parecen ocultar sus casos o disfrazar los números, empujados los que las gobiernan por el ansia de reactivar la economía y la fácil cosecha de votos futuros; aquellas que parecen más prudentes corren el riesgo de ser tomadas por estúpidas. Se oyen y leen algunas declaraciones que desvelan falta de humanidad y de sintaxis. Van unidas ambas carencias. Mientras tanto, en donde parece rastrearse con más sinceridad el virus, se perciben ligeros repuntes de los casos de contagios. Hay voces en estos lugares que piden que se disfracen también para que no se impida a los habitantes de esas zonas pasar a una apertura mayor. ¿Qué será de nosotros, dicen, cuando en nuestro entorno todo vuelva a la productividad y vayamos por detrás? Dónde quedan los muertos futuros.

En la última escena del capítulo con el que arranca la nueva temporada de la serie El Ministerio del Tiempo, serie a la que soy aficionado, Federico García Lorca se le aparece a Julián, el protagonista, en un bosque helado de Rusia. Julián se ha alistado en la División Azul para hacerse perdonar el pasado republicano. Fueron muchos los que tomaron ese camino por la misma razón. El choque con la realidad, las conversaciones de barracón en Rusia, el maltrato que el ejército alemán otorgó a los soldados españoles a los que despreciaban a pesar de que habían ido a ayudarles y el uso propagandístico despreciable que Franco diera a la descabellada aventura, provocaron que algunos de los jóvenes que sí se alistaron por sus ideales falangistas iniciaran un camino contrario al esperado, separándose del franquismo. Uno de ellos fue Dionisio Ridruejo, gran escritor que abandonó su falangismo inicial para convertirse gradualmente en un defensor de la restauración de la democracia en España. Otro fue el cineasta Luis García Berlanga, a medias arrastrado por el fervor falangista de sus amigos de juventud y por lavar el pasado de su padre como gobernador civil de la República. En una hábil estrategia de guión, el protagonista salva a Berlanga de ser fusilado y se lo reencuentra años después en Madrid.

Federico, aterido de frío, el fantasma de Federico que no sabe que está muerto porque ha sido asesinado años atrás, vaga por un bosque helado cerca de Stalingrado. Su traje es el de aquel trágico agosto de 1936, poco adecuado para el invierno ruso. Está desorientado y reconoce a Julián. Qué frío hace en esa escena, pero qué cálida y luminosa la presencia de Federico, que no sabe que está muerto y se acerca, juntándose las solapas de su americana. Se acerca buscando una palabra y una sonrisa.

De vez en cuando salen días así, como este de hoy, en el que no dan ganas de escribir.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Un ramo silvestre ha entrado la sierra en casa


Hoy las nubes han despejado la sierra, que se ha visto imponente durante todo el día. Sobre ella, ahora, una luna inmensa preside la noche de la ciudad de Béjar.

Hemos traído a casa un ramo de hierbas y flores silvestres: la cicuta en flor, unas ramas de helecho, escoba, artemisa, espliego. Un ramo verde, blanco, violeta, amarillo... Como si un trozo de la sierra entrara en casa. Esa sierra que veíamos hace nada desde la ventana, tan cerca y tan lejos.

Hoy he hablado con algunos amigos por teléfono. Se encuentran bien y sosegados, aunque sus circunstancias laborales y personales son muy diversas. Lejos del ruido, han vivido el confinamiento día a día, como todos, en algunos momentos con mucho temor y desesperanza, ahora dispuestos a dar los pasos adecuados para salir adelante. Cada vez hablo con más gente que así se siente.

Parece que todo recupera lentamente su pulso, todos podemos hacer algunos planes de futuro, ¿pero cuál es el mío?

Me he preguntado hasta dónde debo seguir llamando a estas entradas diario del confinamiento o de la pandemia o algo así para recuperar la escritura normal que aquí llevaba. No es inocente la pregunta: de ella depende en donde ponga la línea que separa. Podría haber sido este pasado sábado, cuando se nos permitió salir a pasear unas horas o podrá ser cuando pasemos a la siguiente fase marcada por el gobierno. ¿Hasta que podamos volver a abrazarnos sin miedo? ¿Hasta que tengamos una vacuna o desaparezca por sí misma la amenaza del virus? Le doy vueltas al asunto, no es banal. De mi respuesta depende mi actitud ante lo que nos sucede, si ya veo el final o no o si ya he aceptado la inevitable convivencia con este virus. No sé contestarme por ahora.

Qué hermosa noche la de hoy, con la luna grande sobre la sierra.

martes, 5 de mayo de 2020

Un flamear de ropa


Hay un flamear de ropa puesta a secar al sol en las fachadas. A la luz y al viento, como si necesitáramos salir con muda limpia a la calle. La mejor bandera siempre es aquella que nos podemos poner a diario, lavada con esmero, planchada y doblada. El hogar huele a ropa recién planchada, el país que necesito.

Ahora que podemos salir varias horas al día, la calle se me presenta de otra manera desde el balcón. No es el otro país, sino ya el mío.

Percibo que muchos quieren ser súbditos. Necesitan las normas del gobierno, que este se meta en todo. Incluso aquellos que siempre han mirado mal una presencia excesiva del estado y que haya que pagar impuestos, reclaman ahora más estado, más intervencionismo, más disposiciones. Ya lo sabemos, para estos las ganancias parecen ser siempre individuales, pero las pérdidas colectivas.

En realidad, ahora nos toca a nosotros. Una vez que parece haber pasado lo peor de este primer brote de la pandemia, todo será responsabilidad del bien hacer de cada uno de nosotros guardando las medidas higiénicas, la distancia entre personas, respetando las recomendaciones de uso de mascarillas, no arrojándolas al suelo junto con los guantes, actuando con prudencia. Siempre, pero ahora más que nunca, debemos comportarnos como ciudadanos. Incluso cuando presenciemos las actuaciones de aquellos que caminan por el mundo como si la cosa no fuera con ellos. Y guardando en la memoria todo esto para la próxima vez que ocurra sin que necesitemos que el gobierno nos recomiende lavarnos las manos o guardar una prudente distancia cuando nos sentamos acatarrados.

Camino por la calle como si naciera.

La luz es tan nueva que perfila el mundo. ¡Ya sé los caminos, incluso los que nunca había pisado!

lunes, 4 de mayo de 2020

Una puesta de sol junto a la muralla de Béjar


Los datos mejoran día a día, el virus remite. Nos debemos felicitar porque la mayoría ha hecho lo que se debía hacer, incluso a costa de grandes sacrificios personales. Ahora toca la prudencia, la solidaridad y la empatía, más que nunca.

Aumenta el guirigay político según nos acercamos al fin de la situación más grave de esta pandemia o, al menos, de su primer brote en el país (ojalá acierte la predicción de algunos científicos que ven muy posible que no reaparezca). Ahora todos reclaman su protagonismo en lo que viene, aparte de elevar el tono de las críticas. Da la casualidad de que los que más han gritado antes, desde el inicio, son menos escuchados ahora porque ya no pueden hacerlo más alto y entre tantas voces se lleva el minuto de gloria aquel que cuenta con más apoyo y ha esperado su momento estratégico. Todo es confusión cuando debería haber más sosiego para el análisis y la toma de medidas adecuadas para salir lo mejor posible y que, cuando se repita en el futuro una situación como esta (que se repetirá) sepamos cómo actuar desde el primer minuto.

Por suerte, la afectación del virus remite, por lo que vendría a demostrarse que algo se ha hecho bien por parte de la administración, los científicos y el sistema sanitario y que la actuación de los que han hecho funcionar día a día este país desde sus puestos de trabajo y los ciudadanos ha sido la correcta, pero no importa a los vociferantes porque lo que toca ahora es demostrar quién va más allá en las afirmaciones sin aportar otros caminos y soluciones que sirvan para todos en una realidad tan múltiple. Ocurre además que los que ahora dicen que ha de hacerse una cosa antes decían que se hiciera la contraria, quizá se sepan a salvo porque la memoria política es corta y en este país, como decía José Zorrilla, nadie se acuerda en octubre de lo que sucediera en mayo.

Habrá que pedir responsabilidad por los errores a todas las administraciones implicadas (los ha habido, sobre todo por falta de previsión, pero también por excesos verbales o declaraciones imprudentes o mal asesoradas) y, como siempre sucede en España en los últimos años, lo que uno ataca en la que gobierna el partido contrario no admite que haya sucedido en la que gobiernan los propios. La campaña electoral permanente en la que vivimos, junto a las próximas convocatorias electorales previstas y aplazadas para el País Vasco y Galicia (presumiblemente también se convocarán en breve en Cataluña) no animan a pensar que se estudie con calma dónde se han cometido los errores y se subsanen, sino a dedicar todo el esfuerzo a la propaganda en uno u otro sentido.

Desde hace unos días algunos medios de comunicación de los llamados serios participan en la propagación de falsas verdades, verdades a medias o directamente patrañas, especialmente en sus versiones digitales, pero también en sus ediciones en papel. Ya no son ciudadanos indignados. A veces se escudan en que los toman de fuentes de internet -portales digitales pseudoperiodísticos, también de los llamados periodistas urbanos-; en otras ocasiones recogen directamente notas de prensa de asociaciones, organismos o plataformas de opinión sin contrastarlas, intencionadamente o no. Esto ya era habitual antes bien porque las empresas de comunicación tienen comprometidos sus apoyos políticos y sus intereses económicos, bien porque cuentan con escasos recursos y pocos redactores que trabajan sin tiempo suficiente para cumplir con su labor de la mejor forma. No me refiero aquí a la opinión política o experta del tipo que sea, claro está, sino a la información veraz de la que debe partir aquella. 

Ha sido singularmente llamativa la incorporación de imágenes en la prensa en papel -con su siguiente divulgación en las redes sociales- que causaban alarma porque podría interpretarse con ellas que había un sistemático y hasta voluntario y mayoritario incumplimiento de las instrucciones del estado de alarma. Por suerte, sabemos que esto ha ocurrido en contadas ocasiones y que estos medios de comunicación, por la razón que sea, han convertido en regla lo que es solo anécdota, provocando en muchas personas un estado de psicosis. Hay imágenes cuyo sesgo no le ha podido pasar desapercibido al redactor jefe porque fueron tomadas con perspectivas, ángulos y focos que achican el espacio de tal manera que lo que son cientos de metros resultan aparentemente unas decenas en los que aparentemente se acumulan personas, cuando tomadas en su justa perspectiva estas personas guardan la distancia aconsejada salvo algún caso de imprudencia o tozudez, que siempre lo habrá. Desde que la propaganda de los regímenes criminales soviéticos, nazi o fascistas descubriera en las primeras décadas del siglo XX el poder de la imagen fotográfica falsificada para crear un estado de opinión, sabemos que una imagen no es más que un enfoque determinado y que si no tenemos otras desde otras perspectivas no puede tomarse como documento válido. Las herramientas tecnológicas han venido a aumentar estas falsificaciones. La mente humana aún percibe la imagen fotográfica como verdad y por eso resulta tan fácil manipular lo que cree ver. Los medios de comunicación modernos que cometen esta falta de objetividad añaden un titular que condicione aún más la lectura de esa imagen.

Soy un ingenuo. Lo que más me extraña de todo esto es que sigamos cayendo tan fácilmente en la trampa. En el fondo, la crispación política de los últimos años hace que aceptemos sin más aquello para lo que nos han predispuesto los medios de comunicación afines que leemos, escuchamos o vemos de manera casi exclusiva. No nos damos cuenta de que somos tratados como personas inmaduras, fácilmente manipulables. En el fondo, hemos dado un paso atrás de ciudadanos a súbditos, quizá mejor a fanáticos. Alguien lo ha llamado la futbolización de la política, de la que solo podremos salir con una fuerte inversión en educación y en cultura que forme ciudadanos conscientes que rechacen estas manipulaciones tan burdas de la realidad y que deberían avergonzarnos. Quien se sienta bien viviendo en una España o en un mundo tan crispados, quien no vea que el camino del futuro debe conducirnos por otra dirección diferente a la tensión continua, al disparate, al insulto y a la repetición de consignas consciente o inconscientemente, no es parte de la solución sino del problema.

Hoy hemos ido a pasear al ponerse el día. Junto a las antiguas murallas de Béjar, en el pico de esta ciudad alargada y hermosa. Desde allí, hacia la peña de Francia, he visto un horizonte de atardecer bien diferente al que he tenido en el confinamiento. Los lienzos de la muralla, por aquí bien conservados, han enmarcado la puesta de sol. Hemos aplaudido unánimemente.

domingo, 3 de mayo de 2020

El refugio de la casa


Y ahora que salimos, ¿cómo abandonar el refugio de la casa? Oigo y leo declaraciones de personas que todavía no han salido de casa, a pesar de estar permitido durante unas horas al día. Supongo que los psicólogos sabrán darle nombre a esto, pero dicen que no tienen ninguna necesidad de salir aún. Manifiestan que no encuentran motivo o que tienen temor al contagio. La calle, para estas personas, se ha convertido en un territorio hostil. Tendrán que salir antes o después, pero ¿cómo abandonar el refugio en el que se ha convertido la casa para la mayoría? Habrá quien no haya tenido este refugio sino un infierno dentro de las paredes de su domicilio, para ellos la casa era una cárcel y se apresurarán a abandonarla. La mayoría hemos vivido con tranquilidad, hemos descubierto la casa como hogar seguro frente a la enfermedad. Fuera estaba el virus. No sé cuánto tardaremos en adaptarnos a la nueva vida que se abre ahora, que sigue llena de prevenciones y consejos. Dependerá mucho de nuestra forma de ser, de nuestra edad. También de la pervivencia del virus, quiero agarrarme a un grupo de expertos que, por la similitud con otros de las últimas décadas, piensan que estamos en los últimos meses de la pandemia. Hay otros que no están seguros de que no haya nuevos brotes a partir del otoño.

Yo he salido estos dos días a faldear la sierra. Tenemos la suerte de que está muy cerca y que Béjar no es una ciudad de mucha población, por lo que las concentraciones de personas no son las que veo en televisión en Madrid o en Barcelona. Se critica a estas personas por imprudentes, algunos lo son (incluso institucionalmente, como la pésima imagen de lo ocurrido en el cierre del hospital de urgencia instalado en IFEMA), pero otros muchos no tienen más opciones. Nuestras ciudades no están bien construidas, muchos barrios españoles son colmenas con aceras estrechas y una densidad de población por encima de lo recomendable incluso en períodos de normalidad. Esta es otra tarea pendiente, repensar nuestro urbanismo. En España está casi vacío el noventa por ciento del territorio y nos concentramos en el resto. Quizá esto haya tenido algo que ver en las cifras de fallecidos. No podemos sostener más ciudades como las que tenemos que, además, acaparan y concentran todos los servicios públicos por el porcentaje de habitantes, lo que incide en agravar el problema de la despoblación y la sensación de abandono que se siente en gran parte del territorio.

Cuántas cosas debemos pensar en los próximos meses y años, no sé si querremos hacerlo. Pensarlo, debatirlo, ya sería un buen paso para convencer a los políticos españoles para que piensen juntos la planificación futura de lo que va a ser este país a medio plazo y que abandonen el corto plazo de las próximas elecciones y la política de crispación de los últimos tiempos, que nos deja en manos de intereses ajenos y de las próximas pandemias. Digo convencer, porque no veo en ninguno de nuestros políticos el impulso que lo haga posible. De hecho, en los últimos días ha aumentado el desencuentro. Confiemos en que la fuerza de los hechos lo haga posible cuando termine lo urgente.

Al volver a casa por una de las calles estrechas que van a dar al pico de esta ciudad alargada, un hombre lanzaba sus proclamas desde el balcón. No se le veía, así que supongo que estaba sentado en el sofá y a través del micrófono y los altavoces que tenía instalados fuera pronunciaba todo tipo de ocurrencias plagadas de insultos mientras sonaba música cañí. Cuando pasamos nosotros sonaba el Fary. No es más que una anécdota, pero compadezco a sus vecinos.

Antes de dejar de escribir y apagar el ordenador, he salido a mi balcón para hacer la fotografía de la calle mayor desierta y anochecida. ¿Cómo recordaré estas imágenes que he ido publicando en las últimas semanas aquí, como recorte de cielo y horizonte?

sábado, 2 de mayo de 2020

He faldeado la sierra esta mañana


Hoy hemos podido salir a pasear o hacer deporte durante unas horas. Siguiendo nuestra costumbre, hemos buscado el camino hacia la sierra. Hemos subido hasta Santa Ana, en las faldas del monte, pero lo suficiente para hacernos la ilusión de que íbamos más allá, imaginándonos en mitad de los robles cubiertos de líquenes, saltando los arroyuelos, caminando por senderos y callejas. Mirando hacia arriba, la vegetación nos llamaba tentadora y sirénida. Luce limpia, pletórica de colores -verdes, amarillos, azules, blancos-. El horizonte hacia la Peña de Francia estaba despejado y se ofrecía a la mirada lejana que nos ha faltado estos días.

Sin embargo, lo qué más ha llamado mi atención, en contra de lo que yo pensaba, no era lo que estaba lejos (cuántas veces estos días me he imaginado sentado en una peña mirando todo el valle), sino lo más cercano, la delicada hierba, las escobas, el musgo y los líquenes, la vida entre las piedras y las rocas. la flor violeta y blanca de la vicia, la blanca pura de la arenaria. ¡Qué delicadeza libre la de estas hierbas!

En televisión he visto a la gente salir a la calle, felices y sonrientes caminando por calles, plazas, paseos. La mayoría cumpliendo con las recomendaciones, satisfechos de hacerlos aunque con el temor al contagio. Parece mentira, me he dicho, pocas veces he visto la luz de la sierra tan pura, las plantas con tanta exuberante belleza, el aire limpio. Gracias a las lluvias de abril todo está renovado, pero no nos confiemos, aún nos queda mucho esfuerzo y tristeza por delante. No sé qué habrán aprendido los demás, pero yo sé qué tengo que hacer y cómo comportarme, no solo con los otros, sino también con esta sierra que hoy he faldeado durante una hora.

He vuelto a casa con una felicidad intensa, con el periódico bajo el brazo y una hermoso pan zamorano.




viernes, 1 de mayo de 2020

Los limones


El día ya avanza hacia el buen tiempo. Todo lo anuncia. La brisa me trae hasta la ventana abierta el olor de las flores de mayo. ¿Estará ya apuntando la candela como parece?

El juego económico y de estrategia de posicionamiento de algunos medios de comunicación nos centra la atención interesadamente hacia los extremos de la opinión pública, lo que se ha intensificado desde el uso masivo de las redes sociales (nunca deberíamos olvidar que estas redes sociales pertenecen a empresas privadas cuyos beneficios se incrementan por el número de usuarios y las interacciones entre los mismos, que suelen condicionarse por algoritmos diseñados con el fin de aumentarlas, aunque sea provocando repetición de frases hechas, adhesiones inquebrantables y odios: hace tiempo que en las redes sociales hay más ruido que información y cultura). A eso se suelen sumar los políticos que desean cosechar de forma fácil los votos futuros sin demasiados escrúpulos, llevados de la mano por asesores de imagen, que no de pensamiento.

Sin embargo, la mayoría de la población afronta el confinamiento y los riesgos de la pandemia vírica con el ánimo del ciudadano que sabe que no debe ser imprudente, que debe hacer caso de las recomendaciones y no poner en riesgo ni su vida ni la de los demás, aunque sea alto el coste personal. Incluso muchos de los que expresan tan radicalmente sus opiniones en las redes sociales, en su actuación cotidiana están muy lejos de actuar como extremistas. Como sabemos, hay empresas propietarias de varios medios de comunicación opuestos en sus opiniones políticas, con la idea de abarcar un sector amplio de consumidores. No es algo nuevo, ya Baroja ironizaba en La lucha por la vida sobre un editor de periódicos propietario de cabeceras enfrentadas que se tiraban en la misma imprenta y creaban polémicas falsas para aumentar las ventas y el interés del público.

El problema es que, desde hace unos años (especialmente desde la década de los noventa), la tensión ha ido creciendo y el porcentaje de personas crispadas aumentado. No nos fijemos en ellos hoy, prestemos atención a los otros, a la mayoría. No habría que dejar que el ruido nos impida ver lo que une a casi todos, menos en unas circunstancias como la que vivimos.

Hoy, en Béjar, se celebra el primero de mayo tradicionalmente con una subida a la Peña de la Cruz para comer los limones. Hay variantes en otras zonas de Salamanca. Aquí, el plato consiste en trozos de naranja, limón, chorizo y huevo frito. Cuando se va al campo se suele sustituir el huevo frito por cocido. También admite más tipos de carne asada y hay quien le añade pamplinas. En contra de lo que parece, resulta un plato ligero y la mezcla de sabores con el ácido del limón lo hacen inolvidable. La mejor ensalada de limones de mi vida la he probado en el refugio de la peña cuando lo regentaba Mariano, que siempre la acompañaba de bandejas de carne asada y patatas fritas en grandes trozos. Si se añadía un buen tinto y un ibérico como lo preparaba, no había nada más que pedir para la jornada, que ya estaba ganada. Solo una buena conversación y un descenso tranquilo hacia Llano alto. Mirando a la Peña de la Cruz hoy hemos tomado los limones en casa.

Como un niño chico, antes de acostarme prepararé las botas de montaña para mañana junto a la puerta de casa. Sé que no podré pisar más que la falda de la sierra por las limitaciones de las medidas que nos permiten pasear en la franja horaria que elijamos entre las que recoge el ordenamiento de la primera fase de recuperación de la normalidad. Saldremos por la mañana y nos haremos la ilusión de que ya hemos ganado un quilómetro al virus. Desde allí miraré ladera arriba.

jueves, 30 de abril de 2020

El horizonte de la sierra


Parece mentira que mañana se venga el calor. Hoy no lo hace, sopla un viento fresquito. Dicen que apretará el calor, que nos espera un mayo más caluroso de lo normal, como en los años pasados, y un mes de junio de lo mismo. Dicen, aunque esto no lo aseguran tanto como el pronóstico del tiempo, que el calor reducirá el impacto de este coronavirus. Es curioso lo atentos que estamos a las predicciones meteorológicas ahora que apenas salimos de casa.

Ha sido un día intenso. El calendario se llenó pronto de cosas suspendidas o aplazadas, incluso los días anteriores a que se decretara el estado de alarma. Todavía miro la agenda y veo todo lo que no haré en mayo o junio. Desde el primer día retomé las clases en el formato virtual y colaboré en varias actividades organizadas a través de las nuevas herramientas tecnológicas que permiten hacer cosas sin salir de casa con otras personas que hacen cosas sin salir de casa, también intenté contribuir a la divulgación cultural en las redes sociales todo lo que me fue posible, pero ahora ya me llegan actividades para anotar en la agenda. Muchas de ellas siguen usando lo virtual como herramienta, pero otras se concretarán en libros, propios y en colaboración. Hay intención de llevarlo todo a presentaciones con público dentro de unos meses, cuando sea posible. Es curioso, lo veo tan lejano todo.

Hay un horizonte personal: el sábado por la mañana saldremos a pasear. No sé si nos darán las instrucciones del gobierno para llegar a pisar las primeras cuestas de la sierra. ¡Qué alegría! Saldremos a la calle, camino de la subida a Santa Ana. ¿Estarán los caminos llenos de maleza? ¿Los habrán tomado como propios los jabalís durante nuestra ausencia? No dará el paseo para llegar a callejas, trochas o senderos. Casi mejor, el campo estos días de lluvia y soledad se habrá llenado de los parásitos que traen los animales salvajes y será mejor esperar un tiempo, la tentación es mucha.

Sigue pareciéndome penoso cómo toda decisión tomada, similar a la que se toma en otras partes del mundo, es combatida hasta la saña sin ofrecer otras opciones de garantía o apostando por vaguedades que dejarían insatisfechos a otros sectores. Comienza el período de la fragmentación extrema. No siempre, también hay ejemplos en el país de colaboración eficaz o, al menos, tranquilizadora. Cuanto más cerca se ve el final, más feroz se vuelve todo, como si lo sucedido hubiera sido un paréntesis de rearme crispado para el combate. La ferocidad, la mala educación, la gresca. Esta mañana me han entrevistado para la cadena SER desde su emisora de Béjar y he hablado algo de eso (puede escucharse en este enlace, a partir del minuto 26:37, también he opinado sobre cómo ha afectado a la enseñanza esta pandemia).

Esta mañana, cuando he salido a comprar, he visto largas colas a las puertas de las sucursales de los bancos y los cajeros automáticos. Personas que querían poner al día su cartilla para comprobar si les habían ingresado las ayudas del gobierno, la pensión o la nómina. También aquellos que, según una antigua costumbre, sacan todo el dinero posible del banco para tenerlo en casa, bien por desconfianza con el sistema, por comodidad o para gestionar mejor sus compras. Hay un porcentaje de la población todavía muy alto que hace sus compras con dinero físico y que se administra mejor teniendo los billetes en el cajón de la cómoda. Entre las muchas patrañas que han corrido estos días ha estado la de que se decretaría un corralito económico que impidiera disponer del dinero propio, quizá alguna de esas personas han corrido al banco para sacar todo aquello que no esté destinado a pagar la hipoteca o la luz. ¿Qué han ganado aquellos que han suscitado el temor en las personas?

A través de los medios de comunicación he visto también las colas en los lugares en los que las ONG o los servicios municipales reparten alimentos y ayudan a los más desfavorecidos. Aquellos que ya no tienen nada que poner en la mesa para que coma la familia. Han aumentado considerablemente, incluso más que en la crisis de 2008 y hay un porcentaje alto de los atendidos aquí que no habían necesitado ayuda entonces. Nos esperan meses muy duros, pero estoy convencido de que cuando esto acabe la recuperación será rápida y quizá nos haga perder el sentido de la prudencia y el recuerdo de lo que nos ha ocurrido.

Hace unos días, cuando una persona amiga compartió una de mis entradas en un grupo de Whatsapp, otros intervinieron pidiendo al grupo que no se me leyera, porque yo era comunista. Me lo contó sorprendida de hasta dónde había llegado la marea de odio. Me quedé perplejo, porque hoy no me reconozco en ese calificativo, menos con la intensidad que parece que se quiso dar a la palabra, como insulto o advertencia para evitar que se me leyera. Yo, que hubiera sido represaliado y purgado por igual en la Rusia comunista o en cualquier país fascista por defender la libertad y el derecho de todos a expresar su opinión. ¿Cuál es mi país, entonces, si perdemos el respeto al otro?

¡El sábado me acercaré al pie de la sierra! Miraré hacia arriba, veré la ladera llena de castaños y arriba, arriba, la peña de la Cruz! Allá el Calvitero y detrás de mí la ciudad alargada y tan querida.

miércoles, 29 de abril de 2020

El café de despertar


Hoy salió el día despejado, se levantó el viento luego y llovió ligeramente. Cuando escribo esto se anuncia un anochecer espectacular, con toda la luz de la puesta del sol jugando entre las nubes.

A veces se me olvida anotar en este diario lo más cotidiano de estos días: después del desayuno (café con leche, tostada de tomate con aceite de oliva, ajo y pimienta molida y zumo de naranja), diez minutos de paseo, un par de tablas de ejercicios (rutina, dicen los expertos), algo de ordenación en la casa, tomamos el café de despertar (así lo llamo) me ducho, contesto a correos de trabajo (rutina burocrática), preparo una clase por videoconferencia que imparto al final de la mañana (una introducción a las formas de narrativa en el barroco), otro paseo por la casa, comemos, vemos algún documental (o lo dormimos), nuevo paseo, más trabajo, algo de escritura y lectura, grabo un vídeo (hoy he elegido recitar a Ángel González), salimos a aplaudir a la ventana para que reciban nuestros aplausos quienes están sacando esto adelante (ahora aplaudimos con más motivo, como antes elegíamos entre las opciones a quienes apoyaban la sanidad pública), escribo, llamamos a la familia, escribo, cenamos, vemos una película (alternamos géneros y épocas, hoy veremos Rebelde sin causa). Esta es nuestra vida ahora. ¿Cuál será la normalidad a partir de ahora, esa nueva normalidad de la que se habla y a la que llegaremos después de meses de transición?

Sigo leyendo en los blogs y en las redes sociales a algunos que parecen no haber comprendido que esto sí va con ellos, por mucho que se encierren en sí mismos. Escriben como si todo no les estuviera pasando. También leo a otros a los que parece que solo les pasa a ellos. Eran así antes, no se puede pedir que un virus cambie a quien no sabe nada de los otros.

Se pone el sol, ahora. Ya estamos en la pospuesta. En breve se hará de noche.

martes, 28 de abril de 2020

Esto es la vida y no hay otro remedio


Al amanecer, una nube lamía la sierra en dirección a Candelario. La luz naciente era semillero de vida. El día ha continuado sosegado. Hacia el final de semana subirán la temperatura y comenzará el calor. Aunque es pronto y se presenta con riesgos, he de reconocer que tengo ganas de ver un día abierto al sol.

Hace unas horas se han anunciado las medidas que nos sacarán del confinamiento poco a poco, solo si todo va bien. Solo si todo va bien. Aprieta la urgencia económica de las grandes empresas y de los pequeños negocios, hay familias que ya no tienen nada y empresarios que están al límite de la resistencia. No quisiera ser gobernante en estos momentos porque serlo es en gran medida elegir entre la opción entre reducir al mínimo el número de muertos como dicen los expertos en medicina o reducir el brutal impacto económico de la pandemia y las medidas de confinamiento, como dicen los expertos en economía. ¿Cuántos muertos o enfermos son el justo de la balanza?

Ayer Mayca y yo vimos una película que programaban en un canal temático. Yo ya la había visto, pero ahora me he sentido interpelado por el tema que trata. Despertares (Awakenings), dramatiza el experimento real con la L-Dopa que llevó a cabo el neurólogo Oliver Sacks en 1969 con enfermos de encefalitis letárgica a consecuencia de la pandemia de 1917 a 1928. Aquella epidemia coincidió con la de la gripe mal llamada española y causó entre medio millón y un millón de muertos en el mundo más un número mayor de afectados. Aún no se conocen bien las causas. Aunque la película está demasiado dramatizada y busca conmover, también plantea el dilema ético de si mereció la pena despertar aquellos enfermos durante unas semanas para verlos caer en la misma postración catatónica después. No la misma: ellos supieron dónde volvían día a día, lo que intuyo más doloroso. ¿Merece la pena recuperar la actividad durante una semanas, aunque esta vida sea dentro de un hospital, para comprobar cómo vuelves rápidamente a caer en las fases más agudas de la enfermedad? ¿Merece la pena la alegría a pesar de la tristeza dolorosa posterior? Yo no tengo respuesta aún porque a veces oscilo hacia el sí, pero luego hacia el no.

Ya tenemos un calendario. Si se cumplen los mejores pronósticos recuperaremos nuestra vida a partir del cuatro de mayo, lentamente. En algunos lugares más rápidamente que en otros, pero siempre con la amenaza del regreso o de la enfermedad. Esto es la vida y no hay otro remedio.

lunes, 27 de abril de 2020

El impulso voluntario de las nubes


Escribo cuando el día se cierra hacia la Peña de Francia. Desde la ventana, las nubes parecen correr hacia allá, arrebatadas por un impulso voluntario.

Me siento extraño. La posibilidad de salir a partir del sábado me intranquiliza. Sé que las salidas estarán limitadas por horas, por edades, quizá por zonas. Hay que salir, lo sé, pero todo nos advierte sobre las posibilidades de contagio antes de que se tenga una vacuna. El virus muestra ahora sus diferentes rostros y no parece tan definido como cuando las noticias nos llegaban desde una remota región de China que nos era más próxima de lo que suponíamos. Los científicos y los médicos comparten información sobre los tratamientos posibles y siguen insistiendo en la necesidad de controlar el número de contagios para que se pueda atender a los enfermos adecuadamente. En mejores condiciones, porque se perfilan poco a poco los medicamentos más efectivos. La mayor parte de nosotros nos contagiaremos, no hay duda y será inevitable. Es también normal que así sea porque vivimos y sabíamos que antes o después vendría una pandemia de este tipo y que el tiempo que tarde la ciencia en desarrollar una vacuna será el más corto en la historia de la humanidad, pero se tardará un tiempo y por el camino habrá crecido el mapa del sufrimiento. Es curiosa la delicada sensibilidad de los occidentales ante lo que ocurre: exigimos, pero no nos acordamos de que la ciencia y la medicina requiere sus pasos, qué piel más fina para lo nuestro cuando sabemos que el sufrimiento recorre el mundo cada año. Exigimos que nosotros, que estamos en los países desarrollados seamos protegidos de forma inmediata por las instituciones. Nos hemos acostumbrado a vivir en un parque temático continuo y no sabemos ya qué es el padecimiento ni el dolor. Somos de plástico, del mismo plástico con el que hemos llenado los océanos y cuyas partículas llevamos dentro al ingerirlas con los alimentos contaminados.

Me siento extraño. A partir del sábado hay que salir, pero durante meses tendremos que guardar unas medidas de protección necesarias. Cada uno de nosotros deberá protegerse más allá de las recomendaciones que nos den, durante un tiempo impreciso. Nuestra forma de relacionarse cambiará, nuestra forma de vida habrá sufrido los embates de la enfermedad, pero hay que salir porque la vida es siempre riesgo. Debemos asumir que hay que reducir la exposición al peligro, pero esto no nos debe paralizar.

Algo más. A partir del sábado todo quedará en nuestras manos. Será nuestra la responsabilidad cotidiana. ¿Qué haremos, cómo viviremos lo que se ha dado en llamar la nueva normalidad, la nueva vida? ¿Cuántos trasgresores pondrán en riesgo la vida de los otros? ¿A partir de qué porcentaje de irresponsables todo el esfuerzo realizado será inútil?

¿Hemos llegado ya al número máximo de contradicciones personales sobre la epidemia? ¿Cuántos de los que reclamaban una cosa cuando la tienen reclaman la contraria? ¿Cuántos de los que ven fracasar en otros países las medidas y las políticas que piden para aquí seguirán pidiéndolas? ¿Cuántos de los que quieren que esto se acabe ya rechazan las medidas de control social necesarias para que esto sea así? ¿Cuántos de los que despreciaban al Estado como institución exigirán de él las soluciones? ¿Cuántos de los que piden ciencia y medicina y resultados alientan la mentira haciendo correr patrañas y campañas en contra del bien común por las redes sociales? ¿Cuántos de los que han contribuido al expolio del capital público, la crisis económica de hace unos años y la reducción en la inversión en sanidad pública volverán al camino que nos ha traído hasta aquí? En España se da el caso singular de que todas las instituciones han cometido errores y que todos los partidos políticos tienen responsabilidad en el gobierno de una u otra. Lo que esperamos los ciudadanos es que en una situación como esta sean capaces de llegar a acuerdos.

Necesitamos más que nunca cordura, razón, consenso y empatía, pero qué lejos estamos de esto. Una sociedad no puede vivir de forma permanente una campaña electoral radicalizada, menos cuando está inmersa en un desastre como este. No es cierto el refrán de que en río revuelto ganen los pescadores. De esta crecida solo sacaremos barro.

Sin embargo, los científicos y los profesionales sacan adelante su trabajo, la mayoría respeta cívicamente las normas y cuida de su familia y al hacerlo cuida de todos. Estos dos días he oído la risa de los niños en la calle desde el balcón abierto. Al desayunar, la casa se llena a olor de café recién hecho y el día se muestra apetecible y nuevo. Y sé que el mundo es ancho y nos queda mucha vida por delante.