domingo, 12 de abril de 2020

Un corzo por las calles de Valladolid y otras cosas que uno aprende en el confinamiento.


El día ha sido cambiante. Se levantó a la mañana despejado, luego se nubló y antes de anochecer nos ha regalado una luz limpia y nueva. Parece que quiere acompañar nuestro cambiante estado de ánimo. He estado a punto de escribir que a media mañana se anubló. A veces me detengo en palabras que no uso normalmente: anublar, nublo, como también invernizo. Estas palabras, como los buenos trozos de carne o dulce, llenan la boca: A mediodía  estuvo nublo, pero también las personas pueden nublarse. Yo me nublé hace dos o tres días. Ya llovió, ya pasó la nube.

Ayer aprendí una palabra: ludia, que debe usarse solo en tierras extremeñas. La creí un localismo y la encontré en el Diccionario de la Real Academia, que la recogía. La busqué en su etimilogía y me llevé una sorpresa, como tantas veces. Ludia, que me ha llegado desde Extremadura como levadura o fermento (es decir, lo que se utiliza para hacer subir el pan), viene del latín levitus (elevado) a través de levitum - leudo - leudar - ludiar - ludio/a. Si estuviera aquí mi buen amigo Antonio Gutiérrez Turrión disfrutaríamos con esto, seguro. A él le gusta remontarse a la etimología de las palabras para comprenderlas mejor en su totalidad desde su origen y descifrar los añadidos posteriores. Así que lo que yo creía un localismo extremeño es una palabra que allí quedó del latín y que no he encontrado en otros lugares. Qué cerca tengo Extemadura desde aquí, pero qué imposible pisarla por ahora. Me ha llegado hasta el confinamiento una palabra suya y con eso ya está resuelto el día en positivo. Bueno, también me han hablado hoy del cojondongo extremeño, que desconocía y pienso consumir en cuanto apriete un poco el calor, tanto si nos han dado suelta como si no.

Acabo de ver un vídeo de un corzo corriendo por las calles de Valladolid hoy mismo. Se vio primero en Parquesol, pero la imagen que me ha sorprendido es descubrirlo cerca de la estación de autobuses, en pleno centro, al lado del Campo Grande. Corrió luego el Paseo de Zorrilla hasta Covaresa. Cuántas veces he pisado esos mismos lugares. El corzo extraviado, sorprendido, asustado. Notaba la presencia del ser humano, pero no nos veía. Ojalá haya encontrado la salida del asfalto. Que vuelva cuando la hierba haya cubierto las calles y la hiedra salvaje tape las fachadas de los edificios.

sábado, 11 de abril de 2020

Una lluvia pura, lenta y tierra


Antes de la lluvia, la jornada había sido lenta y tranquila. Ahora, que llueve, hay un sabor a limpio y tierra. De esta forma, la lluvia ha hecho que por primera vez en días no me sienta la cabeza cargada. Desde hace más de una semana que no he salido de casa salvo una vez, a bajar la basura al contenedor de El balconcillo de la médica, que está justo al lado del portal. Buen nombre para un callejón a modo de calleja antigua que desciende en vértigo, salvando la distancia y la altura que existe hacia la calle Colón. A veces es difícil engañar a la mente y esta sueña libertad y aire y es difícil explicarle que debe perseverar y quedarse en casa.

Esta mañana, al abrir el balcón, la calle Mayor olía a jabón y lejía. El ejército había pasado un poco antes desinfectando la calle. Recuerdo cuando los empleados municipales regaban las calles con mangueras. La luz pasaba por el arco de agua y se hacía arcoíris y yo era un niño que sonreía.

Cada vez hay más debates sobre la conveniencia o no de recuperar la actividad pronto y de cómo hacerlo. Hay una pugna entre los científicos expertos en sanidad y los economistas. Será difícil la decisión, no me gustaría tomarla a mí. Ninguna de las opciones es buena. Supongo que poco a poco la balanza se inclinará hacia la recuperación de la actividad económica por mucho que los científicos adviertan de las consecuencias. Yo soy profesor de universidad, mi trabajo es estable, pero en la familia soy excepción y comprendo lo que puede suponer en aquellos cuyo trabajo por cuenta ajena o su empresa sea frágil, pero ¿cuántas vidas puede compensar recuperar la normalidad antes de tiempo? Qué difícil es hacer estas cuentas y calcular el balance.

No envidio a los que tienen tan claras las ideas sobre cómo salir de esta pandemia y lo que debería hacerse. Estoy seguro de que duermen mal cada día, pensando en que deberían ser ellos los gobernantes. O no, quizá duerman tranquilos, desahogados y alegres por no tomar las decisiones para criticarlas después.

Observo algunos conocidos que en las redes sociales guardan ahora lo que se llama perfil bajo, cuando antes eran personas muy activas. Sé que no lo hacen por contribuir a que no haya ruido, sino porque quieren que escampe pronto para volver a ser quienes eran sin haberse desgastado amparando el sufrimiento ajeno. Como si miraran el chaparrón resguardados en un portal, con las manos en los bolsillos, dispuesto a salir en cuanto deje de llover. Antes solo buscaban su interés personal y eso es lo que protegen ahora también. Quizá se encuentren, cuando salgamos de esto, que la lluvia ha dejado su rostro verdadero al descubierto.

Mientras tanto, corrijo tareas sobre Góngora y sus versos me llevan a la espuma del mar en las playas de Sicilia y la dulzura del ruiseñor:

Dulce se queja, dulce le responde
un ruiseñor a otro, y dulcemente
al sueño da sus ojos la armonía

¿Nos buscarán los ruiseñores en las terrazas vacías de nuestras ciudades?

Que llueve, creo haber dicho, pero una lluvia tan pura y lenta y tierra, que el frescor con el que atardece me ha despejado la cabeza.

viernes, 10 de abril de 2020

La memoria


Si me asomo por la calle Mayor de Sánchez Ocaña, veo la curva que traza la calle de Solano en una ligera cuesta arriba. A mi izquierda, la calle Mayor ya es de Pardiñas y se va estrechando hasta la esquina de la Farmacia de la Bola, que no veo desde aquí. Mi padre, cuando estuvo confinado en casa por su enfermedad, terminó perdiendo la memoria de lo que había más allá de lo que veía desde las ventanas. Por mucho que se esforzara, no lograba recordar nada. Su barrio se había convertido en una tierra desconocida. No manifestaba dolor al contármelo, su lucha diaria era poder bajar de nuevo a la calle y sentarse en un banco que veía desde la ventana del salón. No lo consiguió. Recordándolo, me esfuerzo por no olvidar qué hay más allá de lo que veo (a mi izquierda, me digo, el teatro Cervantes, San Gil, la plaza de la Piedad camino de la plaza Mayor de Maldonado; a mi derecha, por la calle de Solano, la calle Miguel de Unamuno y la Puerta de Ávila, hasta llegar a la Corredera). De pronto, comprendo que me he olvidado de cómo era tal casa o de algunos locales comerciales. Como si me comenzaran a agujerear el mapa de las cosas.

Al asomarme al balcón, pasaba Luis Felipe Comendador, que venía de ayudar a sus padres, que viven cerca de aquí. Nos hemos cruzado unas pocas frases, para sabernos bien, pero ambos sabemos que no estamos bien ninguno de los dos. Es hermoso mentirse así entre los amigos, con la confianza de la complicidad en la mentira.

Esta mañana he visto el suelo mojado de la calle, ha debido llover algo, no mucho, ¿o fue ayer?

Uno de estos días hablé por teléfono con José Luis Alonso de Santos, de todo un poco. Hace un tiempo él estuvo recluido por una operación durante unas semanas. De aquella experiencia salió Mil amaneceres, su última obra de teatro, un monólogo sobre la amistad, la relación del escritor con el poder, la supervivencia y la piedad. Es decir, sobre el aprendizaje de una vida en la que los triunfos son pocos y el sufrimiento mucho y el balance final es cómo se cuenta este.

Hoy es Viernes Santo. Mis padres tenían la costumbre de ir al sermón de las Siete Palabras de Valladolid. En realidad no iban a escuchar el sermón, sino a ver el ambiente y a tomarse algo en los bares cercanos a la plaza Mayor. Salían poco fuera del barrio, pero no faltaron casi nunca en un día como hoy. Cuando falleció mi padre acompañé a mi madre un año, pero le dolió tanto el recuerdo de esa mañana de todos los años, que no volvimos. Cuánto echo de menos estrechar con fuerza el cuerpo menudo de mi madre, como hacía en sus últimos años. Qué menudas se nos quedan las madres cuando se nos hacen mayores, qué abarcables con los brazos. Yo la estrechaba, juguetón, y ella me decía, protestando, que iba a dejarle sin coloretes las mejillas.

jueves, 9 de abril de 2020

Luna pascual


Esta noche pasada hubo luna llena, la más grande y luminosa del año. A esta luna primaveral, los norteamericanos, a imitación de las tribus indígenas, la llaman luna rosa porque en esta época florece una planta con ese color. Según parece, por aquí la tendríamos que llamarla luna pascual porque coincide con la pascua judía. Ambos nombres me eran desconocidos antes. El nombre de rosa o fresa se extendió porque se incluyó así en el Almanaque del viejo granjero, que comenzó a publicarse en 1792 y continúa vendiéndose hoy, algo similar a nuestro Calendario Zaragozano, aunque este sea más reciente puesto que nació en 1840. Soy comprador habitual del Zaragozano. Aunque hallo en otros lugares todos estos datos de salida o puesta del sol, tipo de luna, fiestas locales de toda España, unidades de medida, etc., me agrada comprobar las predicciones meteorológicas escritas con un año vista: de tal a tal fecha podrán levantarse tormentas; habrá niebla en noviembre en algunas zonas de España; en la primera quincena de agosto, días calurosos, pero refrescarán las noches... Lo compro con asiduidad, junto a un calendario de cocina, una agenda en papel y el taco del Sagrado Corazón de Jesús. Esto (lo del Zaragozano y lo del taco) sorprenderá a muchos que me conocen, pero no puedo evitarlo. Hasta que no me hago con un ejemplar de ambos no estoy preparado para comenzar el año. En el Zaragozano me agrada esa maquetación que sabe a cosa antigua; en el taco el acto diario de arrancar la hojilla correspondiente y leer la trasera, disfrutar la frase del día y sorprenderme por los nombres raros de los santos primitivos. Es una tontería, pero qué sensación de alegría cuando llego a casa y coloco cada uno en su lugar.

La luna estaba allí, en el cielo, grande y sosegada, muy por encima del perfil de la sierra. Estos días, con menos contaminación por el confinamiento, he podido apreciarla recorrer el cielo. No es de extrañar que en tiempos anteriores la luna haya sido tan atractiva para todos, fuente de leyendas, pero también luz para andar los caminos en las noches más tristes.

Comienzan a hablar de que la vuelta a la normalidad será gradual, para evitar rebrotes violentos de la epidemia. Se estudia, para ello, las consecuencias de la gripe de 1918 -que duró un par de años y terminó con unos treinta millones de habitantes en el planeta-, la pandemia violenta más cercana que ha sufrido la humanidad y lo que supuso en algunas ciudades levantar las restricciones precipitadamente. Sin duda, somos más sabios y tenemos los datos de lo que ha ocurrido anteriormente, pero aún nos quedan meses de sobresaltos.

¿Cómo nos estudiarán dentro de cien años? ¿Qué pensarán de las huellas que estamos dejando en las redes sociales? ¿Les servirán para algo?

miércoles, 8 de abril de 2020

¿Cómo serán los anocheceres?


No hay dos anocheceres iguales. El día va ganando minutos a pequeños bocados a la noche. Ahora tenemos más tiempo para verlo. Es el gran espectáculo de cada día.

De lo que no se comprende es muy difícil salir.

El pintor Muñoz Degrain pintó una escena del Quijote que el experto cervantino Rodríguez Marín no encontraba en las páginas de la novela. Se trataba de don Quijote arreglando el yelmo de Mambrino en una herrería. Ante una pregunta del estudioso, el artista le contestó que "en el Quijote no está todo el Quijote". Y tenía razón. En una obra de arte, sea cual sea, falta la recepción que de ella se tiene. Lo tengo en cuenta ahora que releo la obra de Cervantes aprovechando el retiro obligado por las circunstancias. El gran problema del arte es cuando en una obra ya está todo lo que nos puede decir antes de publicarse.

Cuando nos dejen salir, ¿cómo serán los anocheres?

martes, 7 de abril de 2020

La lágrima de Ulises disfrazado de mendigo y las manos dibujadas por Manuel Domínguez Guerra


El confinamiento me sirve para fijarme en los detalles del paisaje encuadrado por las ventanas de la casa. En la ladera de la sierra he descubierto edificios junto a caminos por donde he pasado decenas de veces, que ahora me resultan nuevos. No había prestado atención a las torres de algunos o a sus barandillas, a la inclinación de los tejados, a hermosos balcones, tampoco a los pequeños prados y huertos, al rebaño que se ve al pie de la carretera, la escalonada forma de trepar de algunos senderos. Dentro de unos días, cuando crezcan más las ramas y las hojas, se me ocultarán a la vista. En casa sucede lo mismo: detalles en la escayola, en el suelo hidráulico, el trabajo detenido y profesional de quienes se esforzaron en el trabajo bien hecho. Repaso algunos cuadros que conozco bien y se me habían escapado matices de verdes o la forma de solventar con eficacia un defecto del soporte. Vuelvo a recordar cuándo los compramos, cómo llegaron a casa, cosas que nos relacionan con los artistas que los hicieron.

Mayca y yo hemos leído juntos el arranque de la Odisea en traducción de Luis Segalá y Estadella:

Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el ponto, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria. Mas ni aun así pudo librarlos, como deseaba, y todos perecieron por sus propias locuras. ¡Insensatos! Comiéronse las vacas del Sol, hijo de Hiperión; el cual no permitió que les llegara el día del regreso. ¡Oh diosa, hija de Zeus!: cuéntanos aunque no sea más que una parte de tales cosas.

Estoy a punto de dejarlo todo para embarcarme en esta singladura junto a este héroe que no quiso serlo, que se escondió y disfrazó para no acudir a la guerra y que después supo inventar mil argucias para no arriesgar su vida temerariamente tanto en la guerra como en la aventura del viaje de regreso a Ítaca. Se dice que de él fue la idea del caballo de madera y que supo cegar a Polifemo. Cada uno de los episodios de la Odisea es una lección de supervivencia por prevención y astucia. Incluso cuando no puede responder al saludo alegre de su viejo Argos, que lo ha esperado durante veinte años abandonado a su suerte en un estercolero. Ya conocemos el momento. Ulises está ya en Ítaca y acude disfrazado de mendigo a su antiguo palacio, para no ser reconocido por sus enemigos, que aspiran al trono, pero su disfraz no engaña a Argos, su viejo perro, que acude a recibirlo moviendo el rabo y muere inmediatamente después. Esa lágrima de  Ulises cuando no puede acariciar a su perro para no desvelar su identidad, cuántas cosas dice de él.

Siguen llegando noticias de que en España la pandemia se controla, que se evita el colapso de los hospitales. Curiosamente, cuando las cifras los desmienten, aumentan los gritos de los apocalípticos que quieren usar la pandemia con fines políticos. Ahora, un riesgo del que advierten las autoridades: cuando todo esté en vías de solución muchos tendrán la tentación de descuidar lo que nos ha llevado a un éxito tan rápido. Sin embargo, las noticias no son igual de buenas en otros países, en los que la epidemia ha entrado unos días después que aquí. En algunos, intentaron hacer una política como la que muchos quieren en España y están pagando las consecuencias sus poblaciones. Ojalá de todo esto salga un consenso por el cual hagamos caso de una vez a los científicos. Sobre esto, oigo un audio con la voz del añorado naturalista Félix Rodríguez de la Fuente, grabado hace más de cuarenta años. Si lo que ha ocurrido sirviera para que tomáramos las medidas adecuadas de cara al futuro...

Me detengo en un grabado del gran artista sevillano Manuel Domínguez Guerra que está en este salón desde hace tres años y lo veo como si lo contemplara por primera vez. Qué sutileza la de las líneas curvas para llegar antes que la recta al tema central. Lo sé bien. Hemos hablado hace poco con él, que está con Jesús en su casa de Alcalá de Guadaíra. En Facebook publica sus últimos trabajos sobre manos en los que todo es prodigio, sabiduría y reflexión. No deja de asombrarme la capacidad del ser humano para la belleza y la bondad.

lunes, 6 de abril de 2020

Los manzanos han florecido y una alegoría del miedo.


Esta mañana, la sierra tenía el aspecto de los cuentos de misterio. Esos en los que te recomiendan no internarte en el bosque, no transitar sus caminos, pero en los que siempre hay alguien que incumple la prohibición y desencadena el mal. En estos relatos, el desastre no se cierne sobre el que rompe la prohibición, sino sobre toda la aldea. Pasan años en los que las cosechas son malas, el ganado enferma, los niños desaparecen. Algunos se ofrecen a buscar el origen del mal y destruirlo y perecen uno tras otro sin conseguirlo. Hasta que uno, al fin, se interna solo en el bosque, encuentra el mal y lo derrota. Justo en ese momento se abren las nubes y el sol resplandece. Si se pregunta cuál es la diferencia entre el héroe último y el primero la respuesta es clara aparentemente: este se internó en el bosque de forma temeraria, incumpliendo las normas colectivas y trajo el mal; aquel lo hizo para salvar a la aldea de un castigo, se sacrificó por todos. Sin embargo, algo no encaja en esta historia, porque el mal ya existía, la niebla rodeaba la aldea y nadie se atrevía a atravesarla. El héroe último no existiría sin el primero. Quizá el que trasgredió las normas lo hizo por un único afán individual de ir más allá, de comprobar por sí mismo si existían tierras al otro lado de la niebla o por mero afán de aventura. El último siempre será alabado en los cantos épicos nacionales como aquel que trajo la felicidad a la aldea y los hijos de sus hijos llevarán el título de nobles, pero qué falso es conformarse con este significado de las tradiciones. En realidad, quien contribuyó a la luz fue quien trajo el mal intentando cruzar al otro lado. Ninguna sociedad puede ser feliz rodeada de niebla.

Desde la ventana, hemos visto que los manzanos ya han florecido. Comienza el trabajo de la manzana para ser fruto. Cuando sean realidad, a principios del otoño, ¿seremos conscientes de esta flor que vimos desde el confinamiento?

Las cifras dicen que el porcentaje de número de afectados y fallecidos comienzan a bajar. Respiramos aliviados a pesar de saber que detrás de ellos hay nombres y que todavía nos queda mucho dolor por delante. Sin embargo, en otros países las cifras aumentan. En las horas de aislamiento me da por pensar que el virus camina de oriente a occidente, de este a oeste, como si siguiera la rutina diaria del sol, sin respetar las fronteras que hemos levantado los seres humanos.

Llevo unas noches durmiendo mal.

Me ha dado por recordar un verano en el que fui feliz leyendo por primera vez el Quijote. El verano en el que cumplí los quince años. En septiembre había pegado un estirón -aquel verano estuve unos días en cama por no recuerdo qué enfermedad- y cambié del colegio al instituto de bachillerato. Leí el Quijote en una edición de bolsillo de la colección Austral, con una letra minúscula. Aquel verano fue el más hermosamente lento de toda mi vida.

domingo, 5 de abril de 2020

Hoy me gustaría estar en Candelario. Los mensajes en las redes sociales.


Cada uno de nosotros somos testigos de lo que ocurre durante esta epidemia vírica, pero eso no nos hace poseedores de la verdad. La verdad científica vendrá por los experimentos en los laboratorios y la verdad de lo que ha ocurrido nacerá de la estadística y de las pruebas. Viene esto a cuento porque circulan por las redes sociales todo tipo de opiniones que parten de lo que uno ha visto en su pequeño círculo de acción y que el mal uso que damos a estas redes sociales convierten en verdad por consenso del pánico o de la rabia.

Lo decía el poeta, Antonio Machado, en un proverbio que es aplicable a tantas situaciones en la vida:

¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.

Hay un médico que ha hecho circular un mensaje por Watsapp aportando su experiencia en el tratamiento de los casos de su hospital. He visto hoy que ha tenido que matizar sus palabras ante la avalancha de preguntas, reconociendo que una red social no es el lugar adecuado para dejar una experiencia médica y debatir sobre ella de forma científica y que, en todo caso, la solución vendrá del consenso médico y que no pueden aplicarse sin más soluciones que parecen dar resultado en algún caso particular. Estoy seguro de que este médico llevaba horas sin dormir, trabajando frenéticamente y viendo cómo se morían varios pacientes sin que pudiera hacer nada por ellos y se redactó el texto en su teléfono móvil en estas circunstancias. Me han llegado mensajes de personal sanitario -celadores, enfermeros, médicos-, contando sus sensaciones, carencias y opiniones desde su puesto de trabajo, fatigados, conmocionados, indignados o abatidos, algunos como si quisieran hacerse famosos desde que pulsaron el botón de grabación. En realidad no nos cuenta su opinión, sino que nos trasmiten su emoción, como este médico del que hablo. Emoción a la que tienen derecho, pero que los receptores no debemos tratar como información. Sin embargo, su mensaje ha circulado por todo el mundo y me temo que lo seguirá haciendo durante semanas, confundiendo a quienes buscan una rápida solución a lo que está ocurriendo.

Yo mismo caí en el error de creerme completamente un titular de prensa redactado velozmente según el cual el ejército había descubierto cuerpos de fallecidos por el virus junto a enfermos y sanos en nuestros geriátricos, dando la imagen de un caos apocalíptico. Creo recordar que se decía conviviendo: como filólogo, el uso de esa palabra me debería haber despertado la alarma y llevado a situar el titular en su lugar correspondiente, la duda sobre su veracidad informativa. Pronto hablaron los expertos, a los que nadie escuchó ya: los que atendían en esas residencias no podían tocar a los fallecidos por lógicas razones sanitarias y debían esperar a que llegara el personal de la funeraria con los equipos adecuados. En ese tiempo de espera, siempre dramático y excesivo, más en tiempos en los que la epidemia ha desbordado durante unos días los servicios funerarios, entró el ejército encargado de desinfectar los lugares contaminados y alguien filtró la noticia a la prensa, quiero pensar que con buena intención. Pero era un testigo que no controlaba todo lo que ocurría, por mucho que pueda asegurar que él lo ha visto con sus propios ojos. En este caso, en las residencias de ancianos referidas, aplicaban el protocolo correcto. Se confirma que la peculiaridad española de los números de fallecidos en esta epidemia son los fallecimientos registrados en las residencias de ancianos, pero eso no tiene nada que ver con lo que decía el titular y que algún escritor popular difundió en sus redes sociales asociándolo con un geriátrico que encontró en el frente de batalla de la guerra de los Balcanes, lleno de muertos mezclados con ancianos abandonados a su suerte, creando una distorsión en la circulación de la noticia. Tiene más que ver con una sociedad que lleva años aparcando a sus ancianos en establecimientos que tienen menos controles que los deseables y que debería corregir de forma inmediata esta forma de actuar. El titular apocalíptico se olvidaba de esto, de los errores del pasado que nos han llevado a la situación presente.

No hay nada más peligroso que la verdad de un testigo. Quien está presente trasmite un testimonio, pero no la verdad de los hechos. Su testimonio no es nunca despreciable, pero debemos tratarlo como tal y no como certeza. Hay soldados en las batallas que se piensan ganadores de una batalla que han perdido, supervivientes a un accidente que creen haber salido adelante por algo contrario a lo que les salvó la vida.

Estoy abrumado por el alto número de mensajes que me llegan con soluciones rápidas a la pandemia, con opiniones de supuestos testigos, con memes cargados de odio político. Algunos son un burdo traslado de consignas partidistas o teorías conspiranoicas y que ya había visto, con ligeros matices, hace años, en otras circunstancias y que ahora se adaptan con cuatro pinceladas de brocha gorda a la presente. Mucha gente está necesitada de certezas en tiempos como los que sufrimos y cree o difunde estos mensajes en los que se entremezclan verdades y mentiras, datos contrastados con suposiciones y opiniones de testigos. En los peores, se introducen intereses políticos. En ninguno de ellos he visto verdaderas soluciones ni cooperación para salir de esta situación sino pánico o un intento condenable de ganar en río revuelto. Más que nunca, ahora se impone la necesidad de tranquilidad, colaboración y empatía. Que sean los expertos los que trabajen en las soluciones. Un sosiego que permita salir de esto con las menores heridas posibles en una sociedad que ya estaba crispada antes de la pandemia. Llegará el tiempo de que se aclaren los errores y se solventen las responsabilidades, pero me temo que durante mucho más tiempo seguirán circulando estos mensajes que ningún bien hacen en estos momentos y que pueden llevarnos a la rabia o a aumentar la crispación, que siempre nos hacen más débiles.

En casa, todo más o menos igual. Al amanecer, las nubes asomaban por el lado de la sierra que aún está nevado, el más alto, el que va desde la Covatilla hasta el Calvitero. Poco a poco se ha ido anublando el día, han caído algunas gotas. Reconozco que estoy triste.

Me acuerdo hoy de mis amigos de Candelario, de ese pueblo tan hermoso que trepa en la ladera de la sierra. Si cierro los ojos puedo recorrer sus calles, desde la ermita del Humilladero hasta la Cuesta de la Romana, bajar luego hasta la fuente de Perales y llamar a la puerta de la Casa de la Sal para preguntar a Luis cómo le va y si las ramas de los bonsais de su hermoso patio se han llenado ya de hojas.

sábado, 4 de abril de 2020

La deuda con mis padres y un marcapáginas de marzo de la asociación de libreros


Enfrente de esta casa, por la fachada que da a la calle mayor, hay una casa vacía que me inspiró hace tiempo un poema. Antes de la epidemia, este poema se repartió como marcapáginas en las librerías de Burgos en una campaña de promoción de la lectura, de las muchas que hace allí con tanta pasión, vocación y acierto la Asociación de libreros. Correspondía ese marcapáginas al mes de marzo, pero el mes de marzo ha sido cortado en dos por el miedo al contagio y el confinamiento y me imagino una pila enorme sin repartir. 


¿Qué tendrá vigor de aquellos que hacíamos antes cuando esto termine? Imagino, por ejemplo, los cientos de libros editados en España que estaban pendientes de presentar tanto de la forma habitual como en las ferias que han sido suspendidas. ¿Cómo empujarán los títulos que estaban en preparación para el verano o el otoño? ¿Tendremos ganas de leerlos? ¿Tendremos ganas de leer la literatura que salga de la experiencia que estamos viviendo? Quizá suceda como en otros momentos como este, que se busca una literatura de la vida y todo lo que no tenga este sentido pasará rápidamente.

¿Qué hubieran pensado mis padres si hubieran vivido la epidemia y el confinamiento? Los hubiera sorprendido mayores, en la edad de mayor riesgo a enfermar y morir con el virus, esa edad a la que se descarta incluso usar con ellos un respirador para salvar la vida cuando haya que decidir entre un anciano y un joven. Mis padres, que venían de familias muy humildes, que pasaron niños la guerra y supieron de las carencias de la postguerra, que trabajaron juntos duramente para poder salir adelante desde que se casaron -¡tan jóvenes!-, que vivieron sin libertad durante el franquismo y no tuvieron nada más que su esfuerzo diario en la democracia. Mis padres, cuyo único proyecto de vida fuimos nosotros, sus hijos, y que se privaron de todo para que pudiéramos tener educación y una carrera. Cuando mi padre, en sus últimas semanas de vida, no tenía fuerzas para bajar a la calle de su piso sin ascensor, mi madre le hacía asomarse a la ventana de la cocina para tomar el sol y la luz y el aire. Sabía mi madre que se necesita la luz del sol y el aire para vivir. Y así estoy yo ahora, en mucha mejor condición que ellos en toda su vida, asomándome a la ventana para recibir la gracia de los rayos de luz solar cada día. Se lo debo.

viernes, 3 de abril de 2020

La solidaridad, Eladio Orta en Isla Canela y una golondrina. La constancia de saberse vivo.


He oído a un experto advertir sobre las consecuencias que tendrá para nuestra vista este período sin horizonte que se ha llenado de pantallas digitales y mirada corta. He oído a otro contar los problemas para nuestra salud del sedentarismo obligado. Los psicólogos advierten el desgaste que supondrá el aislamiento o la soledad. Los sociólogos explican los problemas de la dependencia de las redes sociales de internet. Todos ellos echan una mano con sus consejos y recomendaciones: es la fortuna de estar comunicados. Sería peor salir a la calle y jugar con nuestra salud o la de los demás. No habría suficiente policía si determináramos abrir la puerta de casa y tomar las plazas. Sin embargo, seguimos confinados. Solo para algunos es una obligación que llevan mal, para la mayoría es la voluntad de respeto al otro y un rasgo de generosidad: es lo más importante que podemos hacer ahora, la mejor manera de sentirnos parte de esta historia y colaborar para solucionar la epidemia cuanto antes. A diferencia de otras pandemias, en esta tenemos la información suficiente para controlarla, aunque se tarde unos meses, pero se necesita más que nunca que actuemos con la solidaridad que ha distinguido a la humanidad en casi toda su historia. Aunque no lo parezca en algunos momentos, la historia de la humanidad es una historia de éxito, progreso y libertad consciente. Solo aquellos que se creen en posesión de la verdad de manera fanática son capaces de negarlo. Esta es la primera epidemia verdaderamente global. No porque otras no afectaran a la humanidad entera, sino porque en esta somos conscientes y hay una rápida comunicación de una parte a otra, incluso en contra de la opacidad o el menosprecio de algunos líderes políticos. En el mundo hay diferentes regímenes y aunque manifestaron sus divergencias al inicio, la realidad de este virus se termina imponiendo. Incluso a los países con menos recursos llegan las noticias y la información, aunque su situación económica y sanitaria no augura nada bueno en las próximas semanas. En lo que no seremos iguales será en lo que ocurra cuando salgamos del confinamiento. La historia enseña que de situaciones similares se suele salir mal y con graves diferencias. Veamos en esta.

Me acuerdo hoy del poeta Eladio Orta, en su parcela de Isla Canela. Resistió a la presión urbanizadora del entorno y acertó. Y hoy goza de luz y aire y tierra. Eladio es necesario por muchas cosas más que como poeta, es necesario sobre todo para recordarnos que para hacer aquello que queremos hacer basta con proponérselo. Y lo que muchos entendieron como renuncia a eso que se conoce como calidad de vida hoy se demuestra en luz y aire y tierra. Está confinado en su pequeño trozo de tierra y puede mirar hacia donde está el mar. Me imagino a Eladio haciendo su vida como siempre en esa parcela junto a la marisma, con el cabello despeinado y su mirada sabia.

Asomado a la ventana veo pasar una golondrina.

Comienza a invadirme la melancolía. Recuerdo que mi padre, cuando ya no podía salir de casa porque el cáncer había hecho estragos con él, caminaba de un lado a otro del pasillo durante quince minutos varias veces al día. Cuando no pudo solo, se apoyaba en los hombros de mi madre (¡mi madre, cuánto amor y entrega!). Qué constancia de saberse vivo.

jueves, 2 de abril de 2020

Gama de verdes


Procuro no planificar más allá de lo que me gustaría hacer el primer día en el que salga del encierro. No sabemos cuánto durará esto ni qué ocurrirá realmente cuando salgamos. Todo es nuevo. Es la primera vez que la mayoría de nosotros nos adentramos en un terreno desconocido, lleno de incertidumbres. Pertenezco a una generación de españoles que ha vivido con relativa estabilidad hasta la crisis del 2008, pero ni siquiera esta se parece en nada a lo que tenemos ahora. Todos hemos sufrido las penurias normales de la vida: pérdida de empleo, fallecimiento de seres queridos, problemas con los compañeros del trabajo o con las parejas, enfermedades. Pero nada similar a lo que vivimos ahora. Hasta el punto de que hay un cierto grado de irrealidad en el que algunos pueden pensar que todo es mentira o ficción o llegar a un dramatismo que los incapacite para comprender que la propia evolución de la epidemia y las contribuciones de la ciencia nos llevarán a un final pronto, antes que en ninguna otra epidemia que haya sufrido el ser humano. Después quedará el cómputo de los que han caído, la desoladora visión de los efectos económicos y el balance de los errores. También las oportunidades de mejora y aprendizaje, la tenacidad para seguir viviendo y conseguir que todo pueda ser mejor. Desecho a los que se aprovechan ahora del miedo para sus negocios o para circular odio en las redes sociales apoyándose en bulos y ruido: ojalá podamos dejarlos a un lado cuando esto termine.

Hoy he pensado en los que trabajan el campo y los que se dedican a la ganadería. No sé si a estas alturas de la historia en un país europeo podemos usar los viejos términos de campesinos o agricultores y ganaderos, pero me gustaría pensar que sí. Ellos siguen haciendo su labor diaria. Este sector primario al que las multinacionales y los fondos de inversión han dificultado tanto su trabajo. Recuerdo que la semana antes de que nos confinaran, sus tractores avanzaban por las carreteras y por las calles de las ciudades en protesta porque los márgenes de beneficio casi no les dan para vivir. Muchas empresas de este sector han cerrado en los últimos años o se planteaban cerrar este. Y ahora han vuelto a sus tierras y a su ganado para que todos podamos quedarnos en nuestra casa y han dejado sus protestas para mejor ocasión, de forma ejemplar. Supongo que nos olvidaremos de ellos también en cuanto esto pase.

De pronto, la naturaleza me ha sorprendido. La ladera de la sierra se me ha mostrado en gamas de verde. Según el árbol las hojas han ido brotando en estas últimas semanas. Las ramas revividas ya dificultan la visión de los prados o de las fachadas de los edificios. ¿Cuántos tonos de verde puede haber solo en esa cara de la sierra de Béjar, la que cae desde la peña de la Cruz? Qué limpio todo, sin nosotros.

miércoles, 1 de abril de 2020

Todo tiene la luz de un domingo frío de invierno


Algunos de los edificios que veo cuando me asomo por las ventanas de esta casa de Béjar tienen la antigüedad suficiente como para haber vivido las epidemias de cólera del siglo XIX, los conflictos sociales, la revolución de 1868 o la guerra civil española de 1936 a 1939. Cargan ahora con las consecuencias de esta epidemia vírica. Entre sus paredes vuelven a vivirse miedos y sueños, también escenas tristes. Me cuenta Carmen Cascón, que no debiera tardar en ser cronista oficial de esta ciudad, que su padre vivió la guerra civil de niño desde el edificio pegado a este en el que me encuentro. En los peores momentos de la guerra, los niños hallaban la manera de escaparse al castañar y correr entre los árboles. Ahora están confinados en las casas, como todos. Parece que en Italia se plantean dejarlos salir algunos minutos a pasear por las calles acompañados de un adulto y supongo que en unas semanas adoptaremos la misma medida. ¿Cómo lo vivirán ellos? ¿Cómo recordarán el año del virus cuando sean mayores?

Amaneció nublado y ahora, al atardecer, el sol ha podido con parte de las nubes y todo tiene la luz de un domingo frío de invierno. 

¡Ya es abril! Al arrancar la hoja del calendario de la cocina descubro todo lo que tengo anotado en él para este mes que comienza, todo lo que no haré: viajes profesionales y familiares, un congreso, actividades en la Casa de Zorrilla de Valladolid, colaboraciones con el Instituto de la Lengua de Castilla y León, presentaciones de libros, encuentros con amigos y celebraciones. Estos días iba a estar en Burgos, en Valladolid, en Sevilla, en Ayamonte, en Béjar, en Salamanca... Repaso lo que queda y compruebo que pueda hacerlo en casa, aparte de mis obligaciones como profesor universitario, ahora encaminadas siempre hacia la enseñanza virtual. Un pequeño puñadito de cosas. Junto a ellas añado un puñado más grande: vivir cada día lo que me toque. Asistiré al cambiante color de la sierra, a cielos encapotados y de un azul luminoso, a atardeceres prodigiosos y amaneceres prodigiosos sobre la Covatilla.

En casa hay suficiente número de películas clásicas, de esas que no se encuentran fácilmente en las plataformas de contenidos y que deparan momentos memorables para el recuerdo. He vuelto a ver los ojos azules de Paul Newman enfrentados a la mirada de Orson Wells, la locura de un camarote de barco lleno en el que entraban camareros con huevos duros en las bandejas, dos amantes paseando por Hiroshima, las angustias de un transportista para pagar a tiempo la letra de su motocarro, un largo acercamiento para el beso en un tren. Me quedan tantas escenas que recordar para siempre como noches de confinamiento.

Cada día pienso en los que salen a la calle para que nosotros no tengamos que salir: en los que trabajan en las tiendas de alimentación, los miembros de las fuerzas de seguridad, los trabajadores del mundo sanitario, los científicos que procuran combatir la pandemia, los técnicos que consiguen que el mundo siga funcionando, aquellos que atienden a nuestros ancianos en las residencias, los repartidores... Tantos trabajadores que en condiciones normales no vemos o llegamos a despreciar. Cada día me imagino a uno que conozca en esos trabajos y le dedico mi pequeño esfuerzo de no salir a la calle para salvar vidas y dejarles hacer su trabajo.