lunes, 6 de abril de 2020

Los manzanos han florecido y una alegoría del miedo.


Esta mañana, la sierra tenía el aspecto de los cuentos de misterio. Esos en los que te recomiendan no internarte en el bosque, no transitar sus caminos, pero en los que siempre hay alguien que incumple la prohibición y desencadena el mal. En estos relatos, el desastre no se cierne sobre el que rompe la prohibición, sino sobre toda la aldea. Pasan años en los que las cosechas son malas, el ganado enferma, los niños desaparecen. Algunos se ofrecen a buscar el origen del mal y destruirlo y perecen uno tras otro sin conseguirlo. Hasta que uno, al fin, se interna solo en el bosque, encuentra el mal y lo derrota. Justo en ese momento se abren las nubes y el sol resplandece. Si se pregunta cuál es la diferencia entre el héroe último y el primero la respuesta es clara aparentemente: este se internó en el bosque de forma temeraria, incumpliendo las normas colectivas y trajo el mal; aquel lo hizo para salvar a la aldea de un castigo, se sacrificó por todos. Sin embargo, algo no encaja en esta historia, porque el mal ya existía, la niebla rodeaba la aldea y nadie se atrevía a atravesarla. El héroe último no existiría sin el primero. Quizá el que trasgredió las normas lo hizo por un único afán individual de ir más allá, de comprobar por sí mismo si existían tierras al otro lado de la niebla o por mero afán de aventura. El último siempre será alabado en los cantos épicos nacionales como aquel que trajo la felicidad a la aldea y los hijos de sus hijos llevarán el título de nobles, pero qué falso es conformarse con este significado de las tradiciones. En realidad, quien contribuyó a la luz fue quien trajo el mal intentando cruzar al otro lado. Ninguna sociedad puede ser feliz rodeada de niebla.

Desde la ventana, hemos visto que los manzanos ya han florecido. Comienza el trabajo de la manzana para ser fruto. Cuando sean realidad, a principios del otoño, ¿seremos conscientes de esta flor que vimos desde el confinamiento?

Las cifras dicen que el porcentaje de número de afectados y fallecidos comienzan a bajar. Respiramos aliviados a pesar de saber que detrás de ellos hay nombres y que todavía nos queda mucho dolor por delante. Sin embargo, en otros países las cifras aumentan. En las horas de aislamiento me da por pensar que el virus camina de oriente a occidente, de este a oeste, como si siguiera la rutina diaria del sol, sin respetar las fronteras que hemos levantado los seres humanos.

Llevo unas noches durmiendo mal.

Me ha dado por recordar un verano en el que fui feliz leyendo por primera vez el Quijote. El verano en el que cumplí los quince años. En septiembre había pegado un estirón -aquel verano estuve unos días en cama por no recuerdo qué enfermedad- y cambié del colegio al instituto de bachillerato. Leí el Quijote en una edición de bolsillo de la colección Austral, con una letra minúscula. Aquel verano fue el más hermosamente lento de toda mi vida.

domingo, 5 de abril de 2020

Hoy me gustaría estar en Candelario. Los mensajes en las redes sociales.


Cada uno de nosotros somos testigos de lo que ocurre durante esta epidemia vírica, pero eso no nos hace poseedores de la verdad. La verdad científica vendrá por los experimentos en los laboratorios y la verdad de lo que ha ocurrido nacerá de la estadística y de las pruebas. Viene esto a cuento porque circulan por las redes sociales todo tipo de opiniones que parten de lo que uno ha visto en su pequeño círculo de acción y que el mal uso que damos a estas redes sociales convierten en verdad por consenso del pánico o de la rabia.

Lo decía el poeta, Antonio Machado, en un proverbio que es aplicable a tantas situaciones en la vida:

¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.

Hay un médico que ha hecho circular un mensaje por Watsapp aportando su experiencia en el tratamiento de los casos de su hospital. He visto hoy que ha tenido que matizar sus palabras ante la avalancha de preguntas, reconociendo que una red social no es el lugar adecuado para dejar una experiencia médica y debatir sobre ella de forma científica y que, en todo caso, la solución vendrá del consenso médico y que no pueden aplicarse sin más soluciones que parecen dar resultado en algún caso particular. Estoy seguro de que este médico llevaba horas sin dormir, trabajando frenéticamente y viendo cómo se morían varios pacientes sin que pudiera hacer nada por ellos y se redactó el texto en su teléfono móvil en estas circunstancias. Me han llegado mensajes de personal sanitario -celadores, enfermeros, médicos-, contando sus sensaciones, carencias y opiniones desde su puesto de trabajo, fatigados, conmocionados, indignados o abatidos, algunos como si quisieran hacerse famosos desde que pulsaron el botón de grabación. En realidad no nos cuenta su opinión, sino que nos trasmiten su emoción, como este médico del que hablo. Emoción a la que tienen derecho, pero que los receptores no debemos tratar como información. Sin embargo, su mensaje ha circulado por todo el mundo y me temo que lo seguirá haciendo durante semanas, confundiendo a quienes buscan una rápida solución a lo que está ocurriendo.

Yo mismo caí en el error de creerme completamente un titular de prensa redactado velozmente según el cual el ejército había descubierto cuerpos de fallecidos por el virus junto a enfermos y sanos en nuestros geriátricos, dando la imagen de un caos apocalíptico. Creo recordar que se decía conviviendo: como filólogo, el uso de esa palabra me debería haber despertado la alarma y llevado a situar el titular en su lugar correspondiente, la duda sobre su veracidad informativa. Pronto hablaron los expertos, a los que nadie escuchó ya: los que atendían en esas residencias no podían tocar a los fallecidos por lógicas razones sanitarias y debían esperar a que llegara el personal de la funeraria con los equipos adecuados. En ese tiempo de espera, siempre dramático y excesivo, más en tiempos en los que la epidemia ha desbordado durante unos días los servicios funerarios, entró el ejército encargado de desinfectar los lugares contaminados y alguien filtró la noticia a la prensa, quiero pensar que con buena intención. Pero era un testigo que no controlaba todo lo que ocurría, por mucho que pueda asegurar que él lo ha visto con sus propios ojos. En este caso, en las residencias de ancianos referidas, aplicaban el protocolo correcto. Se confirma que la peculiaridad española de los números de fallecidos en esta epidemia son los fallecimientos registrados en las residencias de ancianos, pero eso no tiene nada que ver con lo que decía el titular y que algún escritor popular difundió en sus redes sociales asociándolo con un geriátrico que encontró en el frente de batalla de la guerra de los Balcanes, lleno de muertos mezclados con ancianos abandonados a su suerte, creando una distorsión en la circulación de la noticia. Tiene más que ver con una sociedad que lleva años aparcando a sus ancianos en establecimientos que tienen menos controles que los deseables y que debería corregir de forma inmediata esta forma de actuar. El titular apocalíptico se olvidaba de esto, de los errores del pasado que nos han llevado a la situación presente.

No hay nada más peligroso que la verdad de un testigo. Quien está presente trasmite un testimonio, pero no la verdad de los hechos. Su testimonio no es nunca despreciable, pero debemos tratarlo como tal y no como certeza. Hay soldados en las batallas que se piensan ganadores de una batalla que han perdido, supervivientes a un accidente que creen haber salido adelante por algo contrario a lo que les salvó la vida.

Estoy abrumado por el alto número de mensajes que me llegan con soluciones rápidas a la pandemia, con opiniones de supuestos testigos, con memes cargados de odio político. Algunos son un burdo traslado de consignas partidistas o teorías conspiranoicas y que ya había visto, con ligeros matices, hace años, en otras circunstancias y que ahora se adaptan con cuatro pinceladas de brocha gorda a la presente. Mucha gente está necesitada de certezas en tiempos como los que sufrimos y cree o difunde estos mensajes en los que se entremezclan verdades y mentiras, datos contrastados con suposiciones y opiniones de testigos. En los peores, se introducen intereses políticos. En ninguno de ellos he visto verdaderas soluciones ni cooperación para salir de esta situación sino pánico o un intento condenable de ganar en río revuelto. Más que nunca, ahora se impone la necesidad de tranquilidad, colaboración y empatía. Que sean los expertos los que trabajen en las soluciones. Un sosiego que permita salir de esto con las menores heridas posibles en una sociedad que ya estaba crispada antes de la pandemia. Llegará el tiempo de que se aclaren los errores y se solventen las responsabilidades, pero me temo que durante mucho más tiempo seguirán circulando estos mensajes que ningún bien hacen en estos momentos y que pueden llevarnos a la rabia o a aumentar la crispación, que siempre nos hacen más débiles.

En casa, todo más o menos igual. Al amanecer, las nubes asomaban por el lado de la sierra que aún está nevado, el más alto, el que va desde la Covatilla hasta el Calvitero. Poco a poco se ha ido anublando el día, han caído algunas gotas. Reconozco que estoy triste.

Me acuerdo hoy de mis amigos de Candelario, de ese pueblo tan hermoso que trepa en la ladera de la sierra. Si cierro los ojos puedo recorrer sus calles, desde la ermita del Humilladero hasta la Cuesta de la Romana, bajar luego hasta la fuente de Perales y llamar a la puerta de la Casa de la Sal para preguntar a Luis cómo le va y si las ramas de los bonsais de su hermoso patio se han llenado ya de hojas.

sábado, 4 de abril de 2020

La deuda con mis padres y un marcapáginas de marzo de la asociación de libreros


Enfrente de esta casa, por la fachada que da a la calle mayor, hay una casa vacía que me inspiró hace tiempo un poema. Antes de la epidemia, este poema se repartió como marcapáginas en las librerías de Burgos en una campaña de promoción de la lectura, de las muchas que hace allí con tanta pasión, vocación y acierto la Asociación de libreros. Correspondía ese marcapáginas al mes de marzo, pero el mes de marzo ha sido cortado en dos por el miedo al contagio y el confinamiento y me imagino una pila enorme sin repartir. 


¿Qué tendrá vigor de aquellos que hacíamos antes cuando esto termine? Imagino, por ejemplo, los cientos de libros editados en España que estaban pendientes de presentar tanto de la forma habitual como en las ferias que han sido suspendidas. ¿Cómo empujarán los títulos que estaban en preparación para el verano o el otoño? ¿Tendremos ganas de leerlos? ¿Tendremos ganas de leer la literatura que salga de la experiencia que estamos viviendo? Quizá suceda como en otros momentos como este, que se busca una literatura de la vida y todo lo que no tenga este sentido pasará rápidamente.

¿Qué hubieran pensado mis padres si hubieran vivido la epidemia y el confinamiento? Los hubiera sorprendido mayores, en la edad de mayor riesgo a enfermar y morir con el virus, esa edad a la que se descarta incluso usar con ellos un respirador para salvar la vida cuando haya que decidir entre un anciano y un joven. Mis padres, que venían de familias muy humildes, que pasaron niños la guerra y supieron de las carencias de la postguerra, que trabajaron juntos duramente para poder salir adelante desde que se casaron -¡tan jóvenes!-, que vivieron sin libertad durante el franquismo y no tuvieron nada más que su esfuerzo diario en la democracia. Mis padres, cuyo único proyecto de vida fuimos nosotros, sus hijos, y que se privaron de todo para que pudiéramos tener educación y una carrera. Cuando mi padre, en sus últimas semanas de vida, no tenía fuerzas para bajar a la calle de su piso sin ascensor, mi madre le hacía asomarse a la ventana de la cocina para tomar el sol y la luz y el aire. Sabía mi madre que se necesita la luz del sol y el aire para vivir. Y así estoy yo ahora, en mucha mejor condición que ellos en toda su vida, asomándome a la ventana para recibir la gracia de los rayos de luz solar cada día. Se lo debo.

viernes, 3 de abril de 2020

La solidaridad, Eladio Orta en Isla Canela y una golondrina. La constancia de saberse vivo.


He oído a un experto advertir sobre las consecuencias que tendrá para nuestra vista este período sin horizonte que se ha llenado de pantallas digitales y mirada corta. He oído a otro contar los problemas para nuestra salud del sedentarismo obligado. Los psicólogos advierten el desgaste que supondrá el aislamiento o la soledad. Los sociólogos explican los problemas de la dependencia de las redes sociales de internet. Todos ellos echan una mano con sus consejos y recomendaciones: es la fortuna de estar comunicados. Sería peor salir a la calle y jugar con nuestra salud o la de los demás. No habría suficiente policía si determináramos abrir la puerta de casa y tomar las plazas. Sin embargo, seguimos confinados. Solo para algunos es una obligación que llevan mal, para la mayoría es la voluntad de respeto al otro y un rasgo de generosidad: es lo más importante que podemos hacer ahora, la mejor manera de sentirnos parte de esta historia y colaborar para solucionar la epidemia cuanto antes. A diferencia de otras pandemias, en esta tenemos la información suficiente para controlarla, aunque se tarde unos meses, pero se necesita más que nunca que actuemos con la solidaridad que ha distinguido a la humanidad en casi toda su historia. Aunque no lo parezca en algunos momentos, la historia de la humanidad es una historia de éxito, progreso y libertad consciente. Solo aquellos que se creen en posesión de la verdad de manera fanática son capaces de negarlo. Esta es la primera epidemia verdaderamente global. No porque otras no afectaran a la humanidad entera, sino porque en esta somos conscientes y hay una rápida comunicación de una parte a otra, incluso en contra de la opacidad o el menosprecio de algunos líderes políticos. En el mundo hay diferentes regímenes y aunque manifestaron sus divergencias al inicio, la realidad de este virus se termina imponiendo. Incluso a los países con menos recursos llegan las noticias y la información, aunque su situación económica y sanitaria no augura nada bueno en las próximas semanas. En lo que no seremos iguales será en lo que ocurra cuando salgamos del confinamiento. La historia enseña que de situaciones similares se suele salir mal y con graves diferencias. Veamos en esta.

Me acuerdo hoy del poeta Eladio Orta, en su parcela de Isla Canela. Resistió a la presión urbanizadora del entorno y acertó. Y hoy goza de luz y aire y tierra. Eladio es necesario por muchas cosas más que como poeta, es necesario sobre todo para recordarnos que para hacer aquello que queremos hacer basta con proponérselo. Y lo que muchos entendieron como renuncia a eso que se conoce como calidad de vida hoy se demuestra en luz y aire y tierra. Está confinado en su pequeño trozo de tierra y puede mirar hacia donde está el mar. Me imagino a Eladio haciendo su vida como siempre en esa parcela junto a la marisma, con el cabello despeinado y su mirada sabia.

Asomado a la ventana veo pasar una golondrina.

Comienza a invadirme la melancolía. Recuerdo que mi padre, cuando ya no podía salir de casa porque el cáncer había hecho estragos con él, caminaba de un lado a otro del pasillo durante quince minutos varias veces al día. Cuando no pudo solo, se apoyaba en los hombros de mi madre (¡mi madre, cuánto amor y entrega!). Qué constancia de saberse vivo.

jueves, 2 de abril de 2020

Gama de verdes


Procuro no planificar más allá de lo que me gustaría hacer el primer día en el que salga del encierro. No sabemos cuánto durará esto ni qué ocurrirá realmente cuando salgamos. Todo es nuevo. Es la primera vez que la mayoría de nosotros nos adentramos en un terreno desconocido, lleno de incertidumbres. Pertenezco a una generación de españoles que ha vivido con relativa estabilidad hasta la crisis del 2008, pero ni siquiera esta se parece en nada a lo que tenemos ahora. Todos hemos sufrido las penurias normales de la vida: pérdida de empleo, fallecimiento de seres queridos, problemas con los compañeros del trabajo o con las parejas, enfermedades. Pero nada similar a lo que vivimos ahora. Hasta el punto de que hay un cierto grado de irrealidad en el que algunos pueden pensar que todo es mentira o ficción o llegar a un dramatismo que los incapacite para comprender que la propia evolución de la epidemia y las contribuciones de la ciencia nos llevarán a un final pronto, antes que en ninguna otra epidemia que haya sufrido el ser humano. Después quedará el cómputo de los que han caído, la desoladora visión de los efectos económicos y el balance de los errores. También las oportunidades de mejora y aprendizaje, la tenacidad para seguir viviendo y conseguir que todo pueda ser mejor. Desecho a los que se aprovechan ahora del miedo para sus negocios o para circular odio en las redes sociales apoyándose en bulos y ruido: ojalá podamos dejarlos a un lado cuando esto termine.

Hoy he pensado en los que trabajan el campo y los que se dedican a la ganadería. No sé si a estas alturas de la historia en un país europeo podemos usar los viejos términos de campesinos o agricultores y ganaderos, pero me gustaría pensar que sí. Ellos siguen haciendo su labor diaria. Este sector primario al que las multinacionales y los fondos de inversión han dificultado tanto su trabajo. Recuerdo que la semana antes de que nos confinaran, sus tractores avanzaban por las carreteras y por las calles de las ciudades en protesta porque los márgenes de beneficio casi no les dan para vivir. Muchas empresas de este sector han cerrado en los últimos años o se planteaban cerrar este. Y ahora han vuelto a sus tierras y a su ganado para que todos podamos quedarnos en nuestra casa y han dejado sus protestas para mejor ocasión, de forma ejemplar. Supongo que nos olvidaremos de ellos también en cuanto esto pase.

De pronto, la naturaleza me ha sorprendido. La ladera de la sierra se me ha mostrado en gamas de verde. Según el árbol las hojas han ido brotando en estas últimas semanas. Las ramas revividas ya dificultan la visión de los prados o de las fachadas de los edificios. ¿Cuántos tonos de verde puede haber solo en esa cara de la sierra de Béjar, la que cae desde la peña de la Cruz? Qué limpio todo, sin nosotros.

miércoles, 1 de abril de 2020

Todo tiene la luz de un domingo frío de invierno


Algunos de los edificios que veo cuando me asomo por las ventanas de esta casa de Béjar tienen la antigüedad suficiente como para haber vivido las epidemias de cólera del siglo XIX, los conflictos sociales, la revolución de 1868 o la guerra civil española de 1936 a 1939. Cargan ahora con las consecuencias de esta epidemia vírica. Entre sus paredes vuelven a vivirse miedos y sueños, también escenas tristes. Me cuenta Carmen Cascón, que no debiera tardar en ser cronista oficial de esta ciudad, que su padre vivió la guerra civil de niño desde el edificio pegado a este en el que me encuentro. En los peores momentos de la guerra, los niños hallaban la manera de escaparse al castañar y correr entre los árboles. Ahora están confinados en las casas, como todos. Parece que en Italia se plantean dejarlos salir algunos minutos a pasear por las calles acompañados de un adulto y supongo que en unas semanas adoptaremos la misma medida. ¿Cómo lo vivirán ellos? ¿Cómo recordarán el año del virus cuando sean mayores?

Amaneció nublado y ahora, al atardecer, el sol ha podido con parte de las nubes y todo tiene la luz de un domingo frío de invierno. 

¡Ya es abril! Al arrancar la hoja del calendario de la cocina descubro todo lo que tengo anotado en él para este mes que comienza, todo lo que no haré: viajes profesionales y familiares, un congreso, actividades en la Casa de Zorrilla de Valladolid, colaboraciones con el Instituto de la Lengua de Castilla y León, presentaciones de libros, encuentros con amigos y celebraciones. Estos días iba a estar en Burgos, en Valladolid, en Sevilla, en Ayamonte, en Béjar, en Salamanca... Repaso lo que queda y compruebo que pueda hacerlo en casa, aparte de mis obligaciones como profesor universitario, ahora encaminadas siempre hacia la enseñanza virtual. Un pequeño puñadito de cosas. Junto a ellas añado un puñado más grande: vivir cada día lo que me toque. Asistiré al cambiante color de la sierra, a cielos encapotados y de un azul luminoso, a atardeceres prodigiosos y amaneceres prodigiosos sobre la Covatilla.

En casa hay suficiente número de películas clásicas, de esas que no se encuentran fácilmente en las plataformas de contenidos y que deparan momentos memorables para el recuerdo. He vuelto a ver los ojos azules de Paul Newman enfrentados a la mirada de Orson Wells, la locura de un camarote de barco lleno en el que entraban camareros con huevos duros en las bandejas, dos amantes paseando por Hiroshima, las angustias de un transportista para pagar a tiempo la letra de su motocarro, un largo acercamiento para el beso en un tren. Me quedan tantas escenas que recordar para siempre como noches de confinamiento.

Cada día pienso en los que salen a la calle para que nosotros no tengamos que salir: en los que trabajan en las tiendas de alimentación, los miembros de las fuerzas de seguridad, los trabajadores del mundo sanitario, los científicos que procuran combatir la pandemia, los técnicos que consiguen que el mundo siga funcionando, aquellos que atienden a nuestros ancianos en las residencias, los repartidores... Tantos trabajadores que en condiciones normales no vemos o llegamos a despreciar. Cada día me imagino a uno que conozca en esos trabajos y le dedico mi pequeño esfuerzo de no salir a la calle para salvar vidas y dejarles hacer su trabajo.

martes, 31 de marzo de 2020

Una hora extraviada y la educación en los tiempos de la epidemia



Desde el cambio de hora del pasado fin de semana ando descolocado de una manera que no me había ocurrido otros años. La necesidad de levantarme a una hora fija a trabajar me corregía el desajuste horario rápidamente, aunque este cambio de primavera siempre me ha gustado menos que el de otoño porque se me hacía de día más tarde y hasta unas semanas más tarde no recuperaba el sol camino de clase. Esta vez no ha sido así. Aunque procuro mantener unas rutinas, no me agobia el despertador y he comprobado que, de forma natural y no forzada, el cuerpo tarda en adaptarse más de lo que yo pensaba. Como mi docencia ahora se ha convertido completamente en virtual, da un poco igual a la hora en la que entre en la plataforma para responder a los correos electrónicos de los alumnos, colgar material o explicaciones en vídeo, corregir sus pruebas y ponerme a su disposición. Sobre esto quizá aprendamos algo. Es bueno sacar conclusiones de estas experiencias, siempre que sean las mejores.

De pronto, todos los niveles educativos se han debido reinventar y usar las herramientas tecnológicas modernas, pero detecto una gran confusión entre lo que es una enseñanza a distancia y una verdadera docencia virtual. Esta confusión no es achacable a los profesores ni a los alumnos, simplemente ha ocurrido porque las instituciones responsables no se han tomado en serio esta cuestión hasta ahora que ha debido usarse por necesidad. Hay un debate sobre la conveniencia o no de esta trasformación de urgencia y de cómo se lo han tomado algunos centros y algunos profesores, urgidos por la necesidad y sin formación previa suficiente. No es mi caso, por suerte, desde hace años una parte de mi docencia es virtual. 

Me preocupan algunas cosas al respecto Primero, que no nos paremos en los matices que corresponden a los diferentes niveles educativos e intentemos una solución común a todos. Seguramente hay niveles en los que no será tan importante el aprendizaje de contenidos como utilizar creativamente la experiencia que todos estamos viviendo. De hecho, al establecerse por ciclos buena parte de la educación, la materia no dada de muchos cursos podrá ser recuperada en años posteriores sin grandes problemas. Cosa distinta sucede en los años finales de cada ciclo.

Me preocupa también que no comprendamos la llamada brecha digital. Hay alumnos pertenecientes a familias que no podrán afrontar un aprendizaje virtual que implique una prueba final de los contenidos dados a través de esta vía por la sencilla razón de que no tienen a su alcance los medios adecuados ni buenas conexiones a internet. Es hora de recordar a las familias desfavorecidas económicamente o los muchos lugares en España a los que no llega la conexión con calidad suficiente.

En el otro lado están los profesores a los que de un día para otro se les ha pedido que participen en un formato de aprendizaje que es mucho más que colgar apuntes y que lo hagan con sus propios medios, porque nadie se ha preocupado de dotarles de ordenadores portátiles.

De todo saldremos, como siempre ha sido, con buena voluntad. Anda que no ha salvado situaciones la buena voluntad en este país.

Pero no voy a más en estas reflexiones por hoy. Lo bueno de los días que nos quedan por delante es que me podré adaptar al cambio horario antes de que podamos salir del confinamiento. Que el amanecer me pillará dentro de unas jornadas a la hora justa en que amanece y que el atardecer me regalará maravillosos tonos rojizos hacia la peña de Francia. El resto del día lo iré llenando de cosas, trabajo y proyectos sin angustia ni plazos, con la esperanza de estrenar las cosas y las gentes como si fuera la primera vez que las viera al salir a la calle cuando hayamos podido frenar esta epidemia. O quizá me quede atrapado en esa hora perdida para siempre, quién sabe.

lunes, 30 de marzo de 2020

Los paseantes en casa

 

Se ha despertado el día invernizo. Al amanecer caía agua nieve, unas chispas apenas, mecidas por el viento frío con el que nos ha venido la jornada. No ha parado, pero tampoco ha llegado a cuajar. Desde la galería del salón todo parecía diciembre. Quizá con el confinamiento no es que confundamos los días de la semana sino los meses, tal vez los años. ¿No era yo aquel joven que recogía su pupitre y volvía a casa comiendo las flores de las acacias del camino?

¿Cómo era yo hace tan solo quince días? ¿Qué proyectos tenía? Cuando oía que un nuevo virus había saltado de especie en China, en qué cosas andaba que tan importantes me parecían. ¿Cuántas cosas de esas habrán caducado ya cuando se termine el confinamiento? Todo estará prescrito, menos la gente. La risa de los niños corriendo por los parques, tus ojos verdes bajo el sol del verano.

Hoy hemos comenzado a caminar por la casa. Hasta ahora nos limitábamos a una tabla de gimnasia por la mañana, pero eran demasiadas horas sentados trabajando, leyendo, viendo películas. Esta condición de paseantes en casa es extraña. Al principio, da un poco de pudor. He recordado los animales en las pequeñas jaulas de los zoos antiguos, a los presos en estrechos calabozos. También he pesando en los tiempos en los que acompañaba en el hospital a mi padre o a mi madre y salíamos a pasear por el pasillo, con la barra del gotero. Una vuelta más, les decía yo. Recuerdo las declaraciones de un secuestrado por la organización terrorista ETA en las que contaba cómo podía dar paseos por su prisión hasta con los ojos cerrados: sus músculos habían interiorizado los pasos entre las paredes y podía caminar sin tropezar con nada, girar a tiempo mientras pensaba en el mundo que había dejado afuera y cuya privación procuraba que no le doliera para poder soportar el secuestro. Nuestra situación no es tan dramática, estamos confinados para salvar vidas y evitar que los hospitales se vean desbordados por los casos urgentes. He visto un cálculo estadístico: solo con quedarnos en casa hemos salvado 6000 vidas hasta ahora.

Llegan noticias de aquellos que van superando la enfermedad. Por una parte, cada vez son más frecuentes, pero supongo que también habrá una especie de pacto en los medios de comunicación para dar noticias positivas ante tanta imagen del sufrimiento.

He visto la fotografía de alguien en una camilla. No dice que esté infectado por el virus, puede ser cualquier otra cosa, pero tampoco corrige a quienes lo apoyan y lo dan por supuesto. Lo primero que he pensado es en su condición de fingidor. En todos los casos de desgracias colectivas, siempre hay quien presume de haber estado allí: entre los supervivientes de los atentados de las torres gemelas de Nueva York o de los campos de exterminio nazis. Seguro que soy injusto, seguro que sí y todo es producto de mi experiencia con esta persona y con las mentiras anteriores que le he escuchado. Deseo su pronta y total recuperación, pero me ha recordado el cuento de Pedro y el lobo. Los fingidores han dado mucho juego en la literatura. Carlos Contreras Elvira, un dramaturgo burgalés, aborda estas historias en su última obra, Manual de estilo para currículums inventados, que ha pasado injustamente desapercibida. En 2014, Javier Cercas publicó El impostor, sobre la inquietante historia de E.M.B., quien dijo haber estado internado en el campo de Flossenbürg. Sin mala intención, según él, puesto que solo quería ser más eficaz en la denuncia del nazismo. Llegó a ser presidente de alguna sociedad en España. En el mundillo literario se ha usado mucho esto de la impostura, aupándose a su minuto de fama diciéndose amigo de fulano o mengano para ir construyéndose una imagen pública. Descendientes de los pícaros literarios, que lo primero que hacían al llegar a cualquier sitio era comprarse ropa nueva y fingir amistades para generar intereses mutuos. Nihil novum sub sole.

Cada vez escucho menos noticias. Me quedo con la información y procuro no hacer caso de lo que dicen aquellos políticos que parecen haberse quedado en lo que ocurría en el mundo hasta hace quince días, intentando aplicar los discursos de antes a lo que ahora ocurre. Me sucede lo mismo con las consignas que corren por las redes sociales, tan fáciles de detectar como los bulos, pero qué éxito tienen. No sé si esto pasará factura después a quienes actúan así, pero me parecen ya declaraciones avejentadas, personajes públicos a los que la epidemia vírica y la próxima crisis social y económica que se nos viene encima deberían dejar para siempre arrumbados en los rincones de la historia contemporánea. Eso deseo.

domingo, 29 de marzo de 2020

En la mañana del primer día


Los pronósticos dicen que en España regresa el tiempo de invierno y se clausura unos días la primavera. Como si ella también sufriera confinamiento.

Muchos escritores destruyeron o mandaron destruir sus escritos pendientes de publicación. El más conocido, Kafka, que dio órdenes en este sentido a su albacea literario, Max Brod. Me pregunto cuánto se estará escribiendo estos días sobre el confinamiento y cuántos tendrán la tentación de publicar sus obras cuando esto pase sin acordarse de Kafka.

Hoy iba a escribir sobre la conveniencia de meditar en cómo cambiará la sociedad cuando termine el confinamiento, pero no hay prisa. Por la mañana pensé que todo cambiará para mejor, a mediodía sentí que nada cambiaría. Ahora mismo soy tan escéptico que pienso que la pandemia durará para siempre.

En la mañana del primer día buscaré la terraza de una cafetería. Pediré un café y me sentaré durante horas en silencio a ver cómo pasa la gente por la calle.

sábado, 28 de marzo de 2020

Sofrito, romanescu y literatura. La filología en internet


Hoy el día se me ha achicado. No solo porque cambien la hora esta noche, adelantándola, sino porque el día no me ha dado de sí nada. Es curiosa esta sensación de disponer de todo el día, de todos los días hasta dentro de unas cuantas semanas. De pronto me llegó la hora de cocinar y he preparado un sofrito lento con ajo, ajo tierno, cebolleta, puerro, tomate y pimiento rojo. Casi puedo afirmar que me he gustado cocinando esta base para unos espaguetis con setas. Oigo en la radio que cocinar es una de las aficiones que se han descubierto en el confinamiento, pero yo cocino desde hace muchos años. No como hoy, que parecía disponer de todo el tiempo del mundo. Sé de personas que no han cocinado nunca o casi nunca, ¿qué harán ahora, qué harán estos días? ¿Habrán descubierto el placer de preparar un plato desde el inicio, demorándose en cada paso para que todo tenga su sabor y su textura?

Corren por las redes sociales de internet muchos textos literarios y no literarios mal atribuidos. No es novedad, esto ha ocurrido siempre, antes también del mundo digital. En el teatro barroco español era fácil atribuir a Lope lo que no era de Lope porque el reclamo de este autor llenaba el local y permitía hacer caja a las compañías cuando lo necesitaban. Lo mismo ocurría con tantos poemas manuscritos que pasaban de mano en mano hasta desconocer el autor real. Uno de los trabajos de la filología moderna ha sido reconstruir la historia literaria, adjudicando las autorías reales y despojando a algunos de los autores de títulos que les han sido atribuidos. Lo que ocurre en estos tiempos de internet es más serio, no solo entre los lectores no especializados, sino también un paso atrás en la historia de la filología porque el mal se ha extendido tanto que he leído en artículos académicos estas falsas atribuciones por la sencilla razón de que el investigador no se ha molestado en hacer bien su trabajo y ha tomado la primera referencia que ha encontrado en el buscador. Hace tiempo que el panorama en los congresos de mi especialidad es desolador: repetición de cosas ya dichas décadas antes por otros en artículos que el autor de la comunicación o la ponencia no se ha molestado en leer por la urgencia de hacer currículum, banalización de contenidos, utilización de datos corregidos por investigaciones posteriores que tienen la mala fortuna de no salir en las primeras páginas de la búsqueda en internet, malas interpretaciones de lo afirmado por otros estudiosos porque el que los cita ha ido solo al párrafo que le ha marcado Google y no al artículo completo...

Tantos textos literarios en las redes sociales de internet reproducidos mal puntuados, con omisión o cambio de palabras, pésimamente maquetados...

Pero a quién le importa esto.

Como ya estaba liado, hice un romanescu con patatas acompañado de una salsa de aceite de oliva, ajo, pimentón de la vera y vinagre. Me quedó algo soso, pero hay que cuidarse la tensión.

viernes, 27 de marzo de 2020

¿Qué está haciendo esta sociedad con sus ancianos?


Algunos atardeceres dejan el horizonte tan lejos, tan lejos, que parece que nunca volverá a amanecer. Como en todas las cosas, esto es subjetivo. El mismo atardecer a otros les puede parecer acogedor, como meterse en la cama y taparse con el embozo.

Hoy he tenido que salir a comprar productos frescos. Desde hace una semana no salía de casa y mi intención es aguantar al menos otra semana o semana y media. Es extraña la sensación de una ciudad vaciada, con pocas personas en las calles, guardando cola ordenada y a distancia a la entrada de los pocos comercios abiertos. Al pasar, he escuchado fragmentos de conversación. En el estanco, quien entraba pedía que se difundiera la necesidad de voluntarios con formación de enfermería con destino a un geriátrico.

Llegan terribles noticias de lo que ha ocurrido en España en algunas residencias de ancianos. Esta mañana, en la radio, he escuchado los datos y la valoración de que este puede ser el hecho diferencial de cómo ha sacudido la pandemia vírica a España con respecto a otros países: el núcleo del verdadero problema aquí hasta ahora. Solo con el número de fallecimientos en estos establecimientos daría para estar en el sexto puesto en la triste lista de muertos por país y el número parece que aumentará en los próximos días. Recuerdo que cuando mi madre se operó del pie visitamos con ella varias para elegir en dónde se quedaría durante unos pocos días. Fue decisión de mi madre, porque no quería darnos trabajo, decía, a pesar de que nos habíamos ofrecido a atenderla. Incluso en las mejores que visitamos, lo que vimos no nos gustó. Curiosamente, Andalucía parece ser una región con menor mortandad por el virus que en otras regiones. No sé si alguna estadística podría comprobar si se debe a que allí los ancianos conviven con sus familiares en mayor proporción que en otras partes de España. Lo que hacemos con los ancianos nos define como sociedad. Se suele decir que España es un país en el que la familia sigue teniendo una gran importancia. Durante la última crisis económica muchos jubilados mantuvieron con su pensión a los hijos que habían perdido el trabajo. Pertenecen a la generación del esfuerzo, la que no escatimó horas de trabajo para hacer que sus familias y el país salieran adelante a pesar de la dictadura franquista y el atraso. Con su trabajo fuera y dentro de casa dieron estabilidad a los que vinimos después y la posibilidad de vivir un mundo mejor, incluso de estudiar a aquellos que pertenecíamos a capas sociales no favorecidas. Sin embargo, la muerte ha recorrido estos días las residencias de ancianos españolas. No todas: en algunas las cifras de infectados y muertos es mínima, pero en otras las noticias no dejan lugar a dudas. Algo gravísimo ha ocurrido y espero que cuando esto termine no se nos olvide pedir responsabilidades a todos los culpables. ¿Qué está haciendo esta sociedad con sus ancianos?

jueves, 26 de marzo de 2020

Sobre la cultura en tiempos de confinamiento


Hoy ha sido un día tranquilo, a pesar de todo. Descubro que en un confinamiento como este se pasa por muchas  fases, desde la euforia hasta el miedo, uno se deja o se activa, se le ocurre que nada merece la pena o que todo es importante. Hoy he llegado a la fase de construir una rutina que me permite trabajar con más normalidad y sin sobresaltos. Sin agobios, pero sin detenerme. Sé que mañana estaré todavía aquí. Quizá cuando me permitan salir pediré unos días más para dejar terminado un libro.

Una de las notas más relevantes de estos días, junto al trabajo abnegado de tantos que cada día ponen en riesgo su vida o la de sus familias, ha sido la generosidad del mundo cultural. Sin duda alguna, está siendo muy castigado por el confinamiento y para él no se prevén ayudas económicas. Si se prolonga la situación muchos profesionales del mundo de la cultura lo pasarán muy mal. Era un sector que salió muy afectado de la última crisis económica, pero que comenzaba a reinventarse. Sus miembros ven ahora que no tienen ingresos económicos, que se cancelan sus actividades o que se aplazan sin día, pero ellos tienen que seguir pagando sus facturas. No se sabe lo que ocurrirá cuando se levante el confinamiento, pero es previsible que tarde en permitirse las concentraciones de personas o que estas no sean recomendables o que el público tenga miedo durante meses y la mayor parte de las actividades culturales implican la reunión de espectadores. Con la incertidumbre en la que viven, ceden gratuitamente sus obras en las redes sociales y se ofrecen en abierto conciertos, libros, poemas, discos, representaciones teatrales, etc. Algunos aprovechan el momento para tener más visibilidad, sin duda, pero hay muchos casos, la mayoría, en los que es mera generosidad, una manera de entender la alta misión social de su profesión, el gran significado de la cultura, sobre todo en tiempos de crisis. Son los mismos a los que una parte de la población ha despreciado acusándolos de parasitismo de las subvenciones públicas porque la crispación política impedía reconocer el mérito de cualquier actor o escritor que no fuera de la cuerda de uno. Si antes algunos disfrutaban pirateando sus obras, ahora son necesarios para entretener el confinamiento. Qué país este en el que la cultura es mero entretenimiento. ¿El público que se ha entretenido gratis estos días con los productos culturales ofrecidos con tanta generosidad estará dispuesto a pagar por ellos cuando todo pase? ¿Comprenderemos al fin como sociedad que no hay libertad sin verdadera cultura, que no hay sociedad digna de sí misma que no la valore más allá del entretenimiento puntual de una tarde de tedio?

Hay tiempo por delante. Volveré sobre este asunto.