Cada uno de nosotros somos testigos de lo que ocurre durante esta epidemia vírica, pero eso no nos hace poseedores de la verdad. La verdad científica vendrá por los experimentos en los laboratorios y la verdad de lo que ha ocurrido nacerá de la estadística y de las pruebas. Viene esto a cuento porque circulan por las redes sociales todo tipo de opiniones que parten de lo que uno ha visto en su pequeño círculo de acción y que el mal uso que damos a estas redes sociales convierten en verdad por consenso del pánico o de la rabia.
Lo decía el poeta, Antonio Machado, en un proverbio que es aplicable a tantas situaciones en la vida:
¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.
Hay un médico que ha hecho circular un mensaje por Watsapp aportando su experiencia en el tratamiento de los casos de su hospital. He visto hoy que ha tenido que matizar sus palabras ante la avalancha de preguntas, reconociendo que una red social no es el lugar adecuado para dejar una experiencia médica y debatir sobre ella de forma científica y que, en todo caso, la solución vendrá del consenso médico y que no pueden aplicarse sin más soluciones que parecen dar resultado en algún caso particular. Estoy seguro de que este médico llevaba horas sin dormir, trabajando frenéticamente y viendo cómo se morían varios pacientes sin que pudiera hacer nada por ellos y se redactó el texto en su teléfono móvil en estas circunstancias. Me han llegado mensajes de personal sanitario -celadores, enfermeros, médicos-, contando sus sensaciones, carencias y opiniones desde su puesto de trabajo, fatigados, conmocionados, indignados o abatidos, algunos como si quisieran hacerse famosos desde que pulsaron el botón de grabación. En realidad no nos cuenta su opinión, sino que nos trasmiten su emoción, como este médico del que hablo. Emoción a la que tienen derecho, pero que los receptores no debemos tratar como información. Sin embargo, su mensaje ha circulado por todo el mundo y me temo que lo seguirá haciendo durante semanas, confundiendo a quienes buscan una rápida solución a lo que está ocurriendo.
Yo mismo caí en el error de creerme completamente un titular de prensa redactado velozmente según el cual el ejército había descubierto cuerpos de fallecidos por el virus junto a enfermos y sanos en nuestros geriátricos, dando la imagen de un caos apocalíptico. Creo recordar que se decía conviviendo: como filólogo, el uso de esa palabra me debería haber despertado la alarma y llevado a situar el titular en su lugar correspondiente, la duda sobre su veracidad informativa. Pronto hablaron los expertos, a los que nadie escuchó ya: los que atendían en esas residencias no podían tocar a los fallecidos por lógicas razones sanitarias y debían esperar a que llegara el personal de la funeraria con los equipos adecuados. En ese tiempo de espera, siempre dramático y excesivo, más en tiempos en los que la epidemia ha desbordado durante unos días los servicios funerarios, entró el ejército encargado de desinfectar los lugares contaminados y alguien filtró la noticia a la prensa, quiero pensar que con buena intención. Pero era un testigo que no controlaba todo lo que ocurría, por mucho que pueda asegurar que él lo ha visto con sus propios ojos. En este caso, en las residencias de ancianos referidas, aplicaban el protocolo correcto. Se confirma que la peculiaridad española de los números de fallecidos en esta epidemia son los fallecimientos registrados en las residencias de ancianos, pero eso no tiene nada que ver con lo que decía el titular y que algún escritor popular difundió en sus redes sociales asociándolo con un geriátrico que encontró en el frente de batalla de la guerra de los Balcanes, lleno de muertos mezclados con ancianos abandonados a su suerte, creando una distorsión en la circulación de la noticia. Tiene más que ver con una sociedad que lleva años aparcando a sus ancianos en establecimientos que tienen menos controles que los deseables y que debería corregir de forma inmediata esta forma de actuar. El titular apocalíptico se olvidaba de esto, de los errores del pasado que nos han llevado a la situación presente.
No hay nada más peligroso que la verdad de un testigo. Quien está presente trasmite un testimonio, pero no la verdad de los hechos. Su testimonio no es nunca despreciable, pero debemos tratarlo como tal y no como certeza. Hay soldados en las batallas que se piensan ganadores de una batalla que han perdido, supervivientes a un accidente que creen haber salido adelante por algo contrario a lo que les salvó la vida.
Estoy abrumado por el alto número de mensajes que me llegan con soluciones rápidas a la pandemia, con opiniones de supuestos testigos, con memes cargados de odio político. Algunos son un burdo traslado de consignas partidistas o teorías conspiranoicas y que ya había visto, con ligeros matices, hace años, en otras circunstancias y que ahora se adaptan con cuatro pinceladas de brocha gorda a la presente. Mucha gente está necesitada de certezas en tiempos como los que sufrimos y cree o difunde estos mensajes en los que se entremezclan verdades y mentiras, datos contrastados con suposiciones y opiniones de testigos. En los peores, se introducen intereses políticos. En ninguno de ellos he visto verdaderas soluciones ni cooperación para salir de esta situación sino pánico o un intento condenable de ganar en río revuelto. Más que nunca, ahora se impone la necesidad de tranquilidad, colaboración y empatía. Que sean los expertos los que trabajen en las soluciones. Un sosiego que permita salir de esto con las menores heridas posibles en una sociedad que ya estaba crispada antes de la pandemia. Llegará el tiempo de que se aclaren los errores y se solventen las responsabilidades, pero me temo que durante mucho más tiempo seguirán circulando estos mensajes que ningún bien hacen en estos momentos y que pueden llevarnos a la rabia o a aumentar la crispación, que siempre nos hacen más débiles.
En casa, todo más o menos igual. Al amanecer, las nubes asomaban por el lado de la sierra que aún está nevado, el más alto, el que va desde la Covatilla hasta el Calvitero. Poco a poco se ha ido anublando el día, han caído algunas gotas. Reconozco que estoy triste.
Me acuerdo hoy de mis amigos de Candelario, de ese pueblo tan hermoso que trepa en la ladera de la sierra. Si cierro los ojos puedo recorrer sus calles, desde la ermita del Humilladero hasta la Cuesta de la Romana, bajar luego hasta la fuente de Perales y llamar a la puerta de la Casa de la Sal para preguntar a Luis cómo le va y si las ramas de los bonsais de su hermoso patio se han llenado ya de hojas.