domingo, 20 de mayo de 2018

Los machos son los que tienen corbata


Y en esto, el gorrión se aperchó en una de las sillas de la terraza. Dejé el café en la taza y me quedé observándolo, su elegancia sencilla, el giro de su cabeza. Era macho, por la corbata. Mi padre me enseñó en los tiempos en los que aún se comían pájaros fritos en las tabernas de los barrios y de los pueblos: los machos tienen corbata. No hace tanto. En España casi todo lo que nos parece extraño en otros países a los que consideramos subdesarrollados está a menos distancia que una biografía: la llegada del agua y el alcantarillado a los pueblos, el asfaltado de las calles de los barrios, la entrada en casa del teléfono de ruleta, aquellos televisores en blanco y negro, los niños en pantalones cortos y las rodillas raspadas jugando al fútbol en los solares de las ciudades, las niñas saltando a la comba, los chavales cazando gorriones con carabina, las mujeres con la cabeza cubierta. Recuerdo los merenderos en los que acaban las calles de mi ciudad con aspiración de carreteras y su olor a gambas a la plancha los domingos. El gorrión saltaba, nervioso, de silla en silla en la terraza del bar. Recuerdo también una adivinanza antigua que decía que el gorrión era el único animal que come en España pero nunca anda en España y ahí tengo a este pardal, dando saltitos cortos para demostrarlo. Desmigo la pasta que me han traído con el café y se la ofrezco. La picotea. Es verdad, Mayca, se han hecho a nosotros como me decías, han aprendido a ser pequeños raterillos de nuestras migajas, como aquellos niños sucios y llenos de mocos de las películas y de la biografía de mi padre, en la posguerra, que estaban a lo que caía, a veces dado a veces hurtado. Ya ni siquiera hay niños y ha descendido la población de pardales, pero todo está ahí, a la distancia de una biografía. Como la voz de mi padre: los machos son los que tienen corbata y me hacía así, con la mano.

9 comentarios:

Kety dijo...


Cómo se recuerdan las palabras de los padres. Cuánta verdad en tus palabras.
Un abrazo

Fackel dijo...

Sencilla y espléndida prosa, hermano. Nos persiguen -gratamente- las imágenes del pasado (el simple y el compuesto)

La seña Carmen dijo...

Yo también lo aprendí del mío.

Andandos dijo...

Aquí donde vivo los niños que más se parecen a aquellos que éramos, en muchas de las cosas que cuentas, son los niños negros. Hay bastantes, muy ágiles, tendrías que verlos patinar por las calles.

Un abrazo

Abejita de la Vega dijo...

No sabía lo de la corbata, me fijaré en los gorriones del Espolón; los que no tardan en bajar a comer las miguitas de galleta que yo también les tiro, cuando me siento en una terraza. Llegan antes que las palomas, a las que no tienen ningún miedo. Animalillos descaradamente urbanos, saben que ya no los cazamos. ¡Incluso uno se puso a beber mi café con leche! ¿Gorriones fritos? ¡Nos horroriza pero no está tan lejos!

Myriam dijo...

Entrañable texto. Los gorriones pueden ser muy pícaros y hasta caraduras jajaja.

Besos

Emilio Manuel dijo...

Pese a estar de vuelta de un país desarrollado, también se distinguen por sus corbatas.

Mavi dijo...

Muy hermosa descripción de unos compañeros diarios de todas partes. Bss

Ele Bergón dijo...

Por aquí, también los veo cómo andan por las aceras y cómo miran donde encontrar un charquito de agua o alguna migaja que llevarse al pico con saltos pequeños y silenciosos, al igual que los recuerdos de los paseantes que los observan.

Besos