lunes, 14 de mayo de 2018

Gritos


No sé, quizá esté equivocado, pero a mí siempre me había parecido que gritar no es pensar ni actuar. Nos echan puñados de pienso y actuamos como ocas que creen que guardan su territorio. Pero el corral es de otros. Y así, de tanto gritar, llegamos cansados al momento de hacer que las cosas cambien de verdad. El grito suele tener un poder catártico, depurativo, sobre todo cuando se profiere en grupo. Recogemos las pancartas y las banderas y volvemos a casa, más tranquilos, como si fuéramos héroes. Los que gritan, además, suelen hacerlo por cosas que merecen la pena pensar y por bagatelas. Lo mismo se concentran los vociferantes para cambiar una ley o actuar como grupo de presión ante lo que consideran una situación injusta (pero no siempre sino de forma selectiva según la atención de los medios de comunicación ¿por qué en algunos casos sí y en otros no?) que por el resultado de un estúpido concurso musical televisivo o por el fracaso de un grupo deportivo. Tengo un problema con los que gritan: no puedo escucharlos, incluso aunque sus demandas sean justas. No hablo, claro, del grito dolorido, del grito de quien quiere dar de comer a sus hijos. Ayer oí cantar un canto primitivo en un programa de televisión sobre los que quieren llegar a nuestras costas arriesgando sus vidas en unas frágiles embarcaciones: han sido torturados, las mujeres violadas, sometidos a esclavitud, han pasado hambre, frío, sed. Eran cantos de sabiduría milenaria que trasformaban la tristeza en esperanza. Me conmocionó ese canto como no me conmociona ningún grito. No hablo de ellos sino de quien grita para trasmitir una idea, que ya no es idea sino consigna o tuit de un puñado de caracteres en una estéril red social. Ruido. Cuánto ruido en una sociedad que no piensa. Pan y circo.

Dejadme un minuto antes de que vuelva el ruido, solo un minuto.

madre, te escribo esta
con un lápiz de carpintero
me han dejado un teléfono
quiero decirte tantas
cosas que he visto estos años
que falto de tu lado
que echo mucho de menos
tus manos
me dieron una manta
y agua
en el barco de rescate
y miro la hermosura turquesa del mar
mientras bebo despacio
como tú me enseñaste
la niña sudanesa comenzó
a cantar en su lengua
su voz era el imbat más cálido
yo no la comprendía, madre,
pero seguí su canto
muy lento
como cuando mi padre
cantaba por las noches
a las estrellas
mientras yo me dormía
la niña
cantaba para el hijo que lleva en el vientre
desde que atravesó Libia
y nos unimos todos a su canto
hasta el más bello joven etíope

los blancos nos miraban
y en sus ojos
también había madres
pero ellos no saben cantar
todos callaban
escuchándonos

qué rojos más intensos
al atardecer, cuando llegamos al puerto
a tierra firme
después de tanto
que me faltan tus manos

© Pedro Ojeda Escudero, 2018

5 comentarios:

casilda garcía archilla dijo...

Las consignas pueden recoger en breves palabras el objetivo fevun grupo o el objeto de su exigencia o protesta. Su problema es que impiden pensar más allá, sirven para encastillarse sin escuchar al otro y vociferar para no escuchar y negarse a dialogar: se enarbolan.

Luis Antonio dijo...

La razón de la fuerza suele tener más partidarios que la fuerza de la razón. Y así nos va...

Fackel dijo...

Excesivo ruido y voces vociferantes nos inundan. Ni siquiera soporto de un tiempo a esta parte las consignas, cánticos, gritos y quejas de los vindicativos, muchas de ellas sin imaginación, mera repetición del ruido protestón, sin más, y que hacen desmerecer a los argumentos. Eso falla: más argumentos, más propuestas, más respeto a otros opiniones y menos vocerío. Me gusta el poema.

Myriam dijo...

Hermosos las ocas de Campo Grande. Un homenaje a la vida, como el poema.

Besos

La seña Carmen dijo...

Las consignas resumen muchos manifiestos y son claros testigos de leyes que no llegaron a hablar en los escaños.