lunes, 8 de enero de 2018

García Márquez descubre la nieve


Levanto la vista de la mesa de trabajo en la que me afano por buscar una palabra que se esconde. Nieva. No sé desde cuando, quizá justo en el momento de caer me llamó la nieve. En el edificio de enfrente, una familia de peruanos han salido al balcón a mirar la nieve y sonríen mientras graban la escena con sus teléfonos móviles: uno, dos, cuatro. Solo es eso, nieve. No sé dónde leí que García Márquez descubrió la nieve en su estancia en España: no la nieve sino ver nevar. Miro la nieve y no voy a levantarme para comprobarlo en el ordenador. Me gusta así: García Márquez descubrió cómo nieva igual que el coronel Aureliano Buendía conoció el hielo y se cuenta un mundo; pero quizá fuera Vargas Llosa quien descubriera cómo nieva cuando llegó a Madrid, joven aún, para estudiar en la Universidad Complutense y alguien lo subió a la sierra de Guadarrama en coche a ver nevar. Sí, creo que fue Vargas Llosa. Ver nevar. En otra ventana del edificio de enfrente asoman dos gatos y miran cómo caen los copos blandamente. Miro caer la nieve, como los gatos. Los peruanos ya se han refugiado en su casa y estarán llamando a sus familias diciendo que han visto nevar. ¿Qué hizo Vargas Llosa cuando vio nevar? Creo recordar -¿quién lo contaba, Carmen Balcells en una entrevista de hace muchos años?- que aquel joven escritor se arrojó a la nieve como un chiquillo. Quizá fuera un familiar de Vargas Llosa o cualquier otro joven escritor sudamericano quien descubriera la nieve cuando acudió a visitarlo y lo contó él en algún artículo de prensa. No soy consciente de haber hecho aún el descubrimiento de la nieve. No de la nieve, de cómo nieva. He visto nevar muchas veces, he corrido bajo la nieve, me ha sorprendido en la montaña, pero no sé si he descubierto la nieve, si la nieve me ha liberado de verdad de todo lo que soy y me ha devuelto a ese estado en el que todo sucede por vez primera. Quizá el próximo invierno, si tengo la fortuna de estar ahí cuando suceda.

7 comentarios:

Fackel dijo...

Ya que cuentas esto me voy a mi humilde testimonio personal, y aún no estoy seguro si descubrí esto de nevar en mi propia ciudad, yendo o viniendo del colegio, o si fue un domingo en Ávila, de visita, donde nieva tanto. Esas ciudades históricas son otras para la vista y la admiración estética cuando están con nieve: Ávila, Segovia, Burgos, Pamplona...por citar aquellas en las que más he podido pìsar nieve. Que traigas a colación a García Márquez y su descubrimiento me ha gustado. Pero que nos reveles que aún no sabes si has descubierto la nieve, o si la nieve te ha descubierto a tí mismo, me parece un pensamiento acertado que me hace pensar. Todos los fenómenos no ordinarios deben invitarnos a descubrir mucho de lo ignoto de nosotros mismos. ¿Seremos eternos individuos pendientes de probar y comprobar lo que somos?

Abejita de la Vega dijo...

Todos fuimos niños de Macondo.

Andandos dijo...

Estaremos vivos el próximo invierno, probablemente, y quizás inventes una excusa en fin de semana para que nos veamos. Vargas Llosa es peruano. Hace unos tres años, cuando mi hijo y mi nuera estuvieron allí me sorprendió la cantidad de autobuses que se despeñaban. Autobuses en los que ellos también iban. Ayer o anteayer volvió a suceder. Ya sé que no tiene que ver con lo que has escrito, pero los textos son así, se desprenden de ellos historias no previsibles. Ojalá este invierno dure mucho.

Un abrazo

Luis Antonio dijo...

Déjame que presuma una vez más de esta experiencia:

http://lperezcerra.blogspot.com.es/2014/04/en-casa-de-gabriel-garcia-marquez.html

Myriam dijo...

Yo tuve mi bautismo nievítico en Estocolmo,
con 20 grados centígrados bajo cero y créeme
que en ese congelamiento, mi corazón latía puro
e inocente revelándome la esencia de mi Ser.

Besos

Mavi dijo...

Ver nevar es una experiencia única para quien es su primera vez, como en el amor, sublime.
Un besico Pedro.
Mavi

dafd dijo...

Qué bueno. La nieve, tan blanca, tan prístina, llamando a la ingenuidad en nosotros, que estamos un poco hartos de que nos tomen por ingenuos en tantos frentes -¡cuántos!-.