domingo, 10 de septiembre de 2017

Un cardo portugués o la importancia de los matices


Cada vez me gustan menos el ruido y las aglomeraciones de gente: sus gritos de algarabía o la repetición de consignas. No es solo eso. El ruido o ese tipo de gritos me producen malestar físico, que comienza por una sensación extraña en el oído que poco a poco se me hace muy incómoda. Ayer me salí de una cafetería por esa circunstancia. Fui a ella porque la recordaba tranquila, pero me la encontré llena de personas ávidas de contarse el verano y las fiestas de la ciudad, que ya terminan. En España, ya lo sabemos, solemos hablar a gritos en cualquier lugar (hace unos días viajé en el vagón silencioso del AVE y varias personas contestaron llamadas telefónicas contándose el viaje y lo que iban a hacer al llegar). Mi madre, que me acompañaba a tomar café, me advirtió:

- Te haces mayor.

En esos momentos me vuelvo, además, gruñón. Gruño con enfado sordo.

Las manifestaciones públicas que mayor impacto me han ocasionado -en alguna he participado- han sido marchas silenciosas. En ellas nunca he coreado las consignas establecidas. He estado en las que he considerado necesario pero procurando ser yo mismo siempre. Hoy hablamos mucho de la sociedad en la calle pero suele ocurrir que los gritos, en democracia, echan de esa calle a gran parte de la sociedad, la menos visible y a la que hay que prestar más atención porque suelen ser discriminados por eso mismo, porque no gritan. Hay muchas formas de gritar, por otra parte. A veces se grita sin dar voces, solo ocupando el espacio como si no hubiera ninguna otra posibilidad. Ocurre también en las redes sociales, en las que se puede tener la misma sensación a poco que uno saque un tema de actualidad o hable, yo qué sé, de lo mala que es la poesía a la moda, tan facilona y adolescente. Ay de ti si dices cualquier cosa en las redes sociales que no coincida con cualquiera de los dos sectores enfrentados que hay en todo: en cómo se hace una tortilla de patata o en cómo convocar un referéndum. En Cataluña, estos días, se han publicado pasquines contra los llamados equidistantes: no eres de los nuestros, así que eres mi enemigo y te pongo en la diana. Los territorios así se convierten, en poco tiempo, en hostiles para quien no grita. Suele gritarse no solo porque no se razona sino porque no se quiere que el otro razone. Hay quien grita porque no tiene razones y quien grita porque no quiere que el otro las tenga. No es lo mismo: lo segundo es más peligroso porque no nace de la propia ignorancia o soberbia, sino del matonismo. El que grita, el que hace ruido, además, no presta atención  a los matices de un discurso y a mí cada vez me interesan más los matices en las conversaciones, en las puestas de sol, en la mañana fresca de un domingo por la mañana, incluso en la riqueza de significados del subjuntivo o del condicional. He hecho la prueba a veces, si los usas, la mayoría de las personas los traducen inmediatamente por indicativo. Para usar el matiz y para verlo no solo no hay que gritar sino dar espacio y tiempo y ahora andamos con demasiadas urgencias.

Me acuerdo ahora de un cardo de la playa do Barril, en el Algarve portugués. Ya seco, pero mostrando la hermosura de su arquitectura. Me llamó la atención por eso, porque guardaba silencio pero allí estaba, en el límite de la arena de la playa. Me quedé contemplándolo mientras otros se apresuraban, de un lado a otro. Estuve a punto de hablar con él, de contarle mis cosas. Pero aparte de que me hago mayor, a saber qué me hubieran dicho.

8 comentarios:

José A. García dijo...

Lo peor de hacerse mayor es cuando alguien más lo nota.
Y eso siempre resalta en las ideas políticas. Hacen falta más estudios filosóficos para comprender el por qué.

Saludos,

J.

La seña Carmen dijo...

Pues no es por animarte, pero ya me contarás, ya, con diez años más.

Andandos dijo...

Trabajo en Cataluña. aunque no vivo allí. Hago grandes esfuerzos, y lo consigo hasta ahora, para no hablar mas que en persona y con horas por delante sobre el tema catalán.

Nos hacemos mayores, yo también, y se potencia lo malo y se diluye lo bueno, al parecer. Y menos paciencia. En fin, nos volvemos transparantes para los demás, eso también, ya lo verás.

Un abrazo

Paco Cuesta dijo...

Ya se sabe: nunca es seguro si los cardos son los locos o los locos los cardos. Mamá tiene razón, pero eso, además de irremediable, no es malo. Lo juro.
Una abrazo

São dijo...

Realmente, andamos muito cheios de urgências e cada vez mais intolerantes.

Diálogo, pouco existe : parece mais uma conversa de surdos.

A velhice é como todas as outras fazes da Vida: tem aspectos positivos, outros nem tanto.

Também me incomoda a algaraviada, embora - por várias razões - fale alto.

Meu querido Pedro, besos e feliz semana

impersonem dijo...

Supongo que hay un tiempo para el silencio y otro para los gritos... y ente "esos tonos" supongo que hay un tiempo para la conversación modulada según sean las circunstancias que la rodeen...

Creo saber de qué gritos y ruidos hablas y creo que estoy, en términos generales, de acuerdo contigo...

Aunque las madres casi siempre tienen razón... jejeje

León Felipe dedicó un texto a esta cuestión de que los españoles hablamos alto, lo tituló "Pero, ¿por que habla tan alto el español?" (creo que ese texto, o por lo menos el título del mismo, se lo inspiró la disputa que se traía con Borges por el asunto de la traducción de Whitman)... no sé si lo conoces, a mí me parece interesante... y es que a veces sólo nos dan la opción del grito...

Por otra parte, hay silencios atronadores mucho peores que los gritos...

Lo dicho: hay momentos para el silencio y otros para el grito, y estos últimos también son necesarios... aunque sólo sea para justificar los 4 de MUNCH... y para liberar tensiones que nos ahogan el alma...

Pero sí... a veces los lugares comunes que "frecuentamos" los humanos se llenan de ruidosas conversaciones... y yo en esos casos tiendo a hablar muy alto... ¡qué le voy a hacer! Soy Español...

Abrazo





LA ZARZAMORA dijo...

A muchos nos va sucediendo ya algo similar.
Venga, que la vida, dicen que sólo es un largo río tranquilo...
Ya. Que nos lo cuenten a algunos.

Besos, Pedro.

Myriam dijo...

Nos estamos haciendo mayores...
Y además con un buen cocktail de cardos, ruidos, matices y Cataluña.

Besos y ánimo o mejor,
paciencia y barajar