lunes, 12 de junio de 2017

Tiempo de piscinas


Cuando yo era niño, poca gente tenía piscina propia: tenerla o no tenerla era una distinción de clase como hoy marca la diferencia en gran parte del mundo. Cuando yo era muy joven, en mi ciudad había dos piscinas junto al río que abrían en la temporada de calor, la Deportiva y la Samoa. No sé la razón de elegir una u otra, pero uno era de la Deportiva o de la Samoa y los asiduos de la otra le parecían tipos estirados o extravagantes de los que había que burlarse. Yo fui poco de piscina. Mi paga semanal no daba para tanto, así que no sé si era verdad que los de la Deportiva o los de la Samoa eran gentes pijas y presumidas. Acudí a ellas pocas veces. En las piscinas huele siempre a cloro y crema bronceadora, los chavales gritan alegres y suena música de verano. Vino después la moda de las piscinas en las comunidades de vecinos y en las urbanizaciones, se abrieron piscinas municipales y derribaron la Deportiva y la Samoa. De mi infancia no queda casi nada. Ni las piscinas. Quizá, tan solo la sensación del frescor del agua sobre la piel de los hombros, quemada. O la decepción cuando aquella chica ni se daba cuenta, al pasar, alta, morena y decidida, de que yo estaba mirándola.

6 comentarios:

Abejita de la Vega dijo...

En Burgos ser socio de la Deportiva, la militar, o ir a las municipales o al río cuando no había municipales...eran marcadores sociales. Algo queda de aquello en la Cabeza de Castilla.

Myriam dijo...

De piscinas va la cosa hoy, bueno te cuento: mis tutores legales y mi padre las tenían en sus casa residenciales con jardín. Pero la que más recuerdo es la que mis abuelos maternos tenían en su quinta de veraneo en un pueblo de la provincia de Buenos Aires en dónde también aprendí, además de nadar a andar en bicicleta, en esos muy pocos ratos felices de mi infancia. No utilizo jamás piscinas públicas ni de hoteles. Fue en la quinta del pueblo de Moreno, en la Localidad de Luján, Pcia de Buenos Aires que le saqué los colores a mi abuela con una pregunta impertinente:

_ Abuelita, abuelita ¿Por qué no puedo separar a esas dos ranas que pesqué en la piscina? mira lo pegadas que están una encima de la otra.

Gracias por llevarme a ese momento.

Besos

Rita Turza dijo...

Y tiempo de lecturas...

Emilio Manuel dijo...

De nuestra infancia no queda nada salvo recuerdos que a veces engañan.

Ele Bergón dijo...

¡Menos mal que de mi adolescencia y juventud ya no queda nada de las piscinas que había en Madrid por los años 60! Íbamos a una que llamábamos de "Hermandades", donde los hombres y mujeres nos bañábamos en piscinas distinta y en diferentes recintos, en la época de la dictadura todo era pecado y no nos podíamos ver en bañador las unos a los otros. Y ni te cuento cuando años más tarde estuve en algunas ocasiones en el famoso "Parque Sindical", una de las principales piscinas de la capital para los obreros. He visto fotos por ahí y son tremendas, lo que no sé es como sobrevivíamos a todo aquello.

Besos

impersonem dijo...

A falta de río, buenas son piscinas... supongo... a mí no me entusiasman... pero hay gente que disfruta de lo que ofrecen y apaciguan su ánimo en ellas...

Cada época contiene sus propios elementos y, a veces, la memoria guarda himágenes que vuelven a pasar por la retina, por el corazón y por la razón...

Abrazo