martes, 7 de febrero de 2017

Los parques románticos. El Paseo de la Isla de Burgos en riesgo.


Una de las formas de comprender una ciudad es pasear sus parques. Hay de todo: parques horteras sin gusto, parques sin plantas, parques pretenciosos, parques abandonados en los que crece la maleza y los árboles se asfixian. Pero también hay pequeños espacios amables o parques y jardines que justifican por sí solos la visita a una ciudad, que la dotan de una personalidad propia. Es suficiente para conocer el espíritu que impulsa de verdad una ciudad recorrer sus paseos, sentarse en los bancos, escuchar la naturaleza en ellos aunque a pocos metros el tráfico urbano sea agresivo, contaminante e inhóspito, también comprobar el uso cultural y de esparcimiento que se da a esos lugares. Había una metáfora tradicional y manida que definía los más importantes como pulmones de la ciudad. No sé si pulmones pero sí necesarios para poder respirar, para que resulten más amables y humanas. Es desolador encontrar una ciudad sin parques o con ellos descuidados.

Pocos parques y jardines verdaderamente antiguos quedan en España tal y como fueron diseñados. Algunos de ellos son patrimonio nacional y se encuentran anexos a grandes palacios y casas señoriales, construidos a la manera dieciochesca francesa, pequeñas copias de Versalles. Más antiguo aún, El Bosque de Béjar, antigua residencia de los Duques de Béjar, es un monumento renacentista digno de mejor suerte que la que tiene. Fraccionada su propiedad entre varias administraciones, los recursos necesarios para potenciarlo no llegan y no se termina de encajarlo en ninguna finalidad concreta. Su visita es obligada para todos aquellos que pasan por la ciudad y por sí mismo merece el viaje. Aunque cada cierto tiempo hay propuestas para recuperarlo, estas no terminan de cuajar y el vandalismo hace su aparición de vez en cuando como ha ocurrido recientemente con la destrucción de una de las más bellas fuentes ornamentales, la publicidad institucional para que los bejaranos y sus visitantes lo conozcan y lo aprecien y exijan su cuidado y uso público tampoco es suficiente. También ha sufrido alguna desdichada obra de conservación que más parece obra de vándalos y personas sin conocimiento ni cariño por el patrimonio histórico. Pero ahí sigue. Se accede de forma ilógica a través de un polígono que afea la entrada cuando podría llegarse a él a través de una puerta monumental más cerca de la ciudad, pero ahí sigue, con un esplendor que sorprende a quienes lo visitan. Tanto fue lo que tenía que aún sigue siendo hermoso. Urge su cuidado, su replanteamiento general y su uso para fines turísticos y culturales.

El Paseo de la Isla de Burgos nació en el siglo XIX. Se encuentra en la margen derecha del río Arlanzón cuando este ya ha superado el centro de la ciudad y sus habitantes comenzaron a utilizarlo como lugar de esparcimiento cuando desaparecieron otros usos a los que se destinaba aquel terreno, encajado entre el río, algunas esguevas y un canal que servía a un molino, lo que le daba el aspecto de un islote y justificaba allí la pequeña industria de los lavaderos del importante comercio de lanas, uno de los sectores económicos más importantes de la ciudad hasta finales del XVII.

La ciudad decimonónica crecía más allá de las antiguas murallas y se necesitaban nuevas zonas ajardinadas lejos del Espolón, que se urbanizara en el siglo XVIII dando aspecto señorial, moderno y europeo a la fachada principal de Burgos. Se adecentó primero el paseo principal de la Isla, camino del puente de Malatos, para su uso por peatones y carruajes. Después se ajardinaron los espacios colindantes al gusto romántico. Las sucesivas intervenciones en el lugar convirtieron el parque en un jardín botánico de gran interés, con una cascada levantada con estalactitas y estalagmitas procedentes de la cueva de Atapuerca. En el siglo XX se completó el interés del paseo con restos arqueológicos que se integraron bien entre las plantas.

Oportunamente, la Plataforma Ciudadana en defensa de la Isla ha denunciado esta semana su situación actual ante las autoridades políticas y los medios de comunicación, como ya había hecho público su rechazo al proyecto de 2009. La aprobación de aquella reforma levantó las primeras suspicacias. Los peores temores fueron confirmados tras comprobar el resultado de la obra, realizada en el año 2011, y la falta de cuidado que se observa desde entonces. Se ha descuidado notablemente la vegetación, se ha intervenido con preocupante mal gusto, se ha situado un parque infantil que desentona con el entorno en un bosquecillo de tejos considerado el más meridional de Europa, se impide la natural visión de todo el paseo con una inadecuada y feísima montañita de terreno en forma de cono, etc. Pero también se ha dañado o se ha restaurado inadecuadamente una parte del conjunto de restos arqueológicos que allí se encuentran, de un indudable valor, como ha ocurrido con los arcos donados en su día por el conde de Castilfalé y la portada de la ermita románica de Cerezo. Los despropósitos son evidentes y, lo que es peor, han sido cometidos cuando ya existe la suficiente experiencia para haberlos evitado, con alarde mediático de que se iba a mejorar el espacio y haciendo oídos sordos a las voces discrepantes, a las que se despreció entonces.

Burgos es famosa por su Catedral pero también por sus parques y paseos, por sus hectáreas de arbolado y por su tradicional buena relación con el río Arlanzón. La preocupación ciudadana por estos espacios es perceptible. Hace bien la Plataforma en defensa de la Isla en denunciar lo que ocurre. Por desgracia, en este país tenemos los suficientes ejemplos recientes de cómo actúan la mayoría de los políticos cuando no perciben la vigilancia y participación activa de la ciudadanía. Una ciudad no son sus piedras y edificios, ni siquiera sus ríos o sus jardines. Una ciudad son sus ciudadanos, conscientes de todos sus derechos pero también de todos sus deberes. Uno de ellos, el más principal, es convertirse en opinión pública y hacerse valer ante los despropósitos que acometen con cierta frecuencia los gobernantes. Haría bien el Ayuntamiento de Burgos en hacer caso de la demanda ciudadana, replantearse la reforma que se llevó en su día, ajustarla a una visión más adecuada de lo que es esta ciudad y cuidar tanto los elementos estéticos como la naturaleza de este Parque. Espero, además que esta conciencia ciudadana de cuidado de lo propio se mantenga en Burgos y se extienda por toda España. Es necesaria.

8 comentarios:

mojadopapel dijo...

Me encanta esta defensa apasionada que haces del jardín del Bosque de Béjar y del Paseo de la isla de Burgos ..lugares emblemáticos en grave proceso de deterioro, y me parece muy loable tu intento de arengar al ciudadano a salir en defensa de lo que es un bien histórico común....tenemos que crear conciencia social y empuje para lograr salvarlos....si no lo hacemos nosotros terminarán desapareciendo.

Emilio Manuel dijo...

Burgos no solo es conocida por su Catedral y por sus parques y paseos, aun recuerdo como me sentí de pequeño cuando entre en ese espacio que es Atapuerca cargado de historia en su terraplenes, para mi fue indescriptible.

Saludos

Abejita de la Vega dijo...

La reforma del 2011 fue una calamidad. Arenizaron las esculturas de la portada románica, plantaron una especie de cintas en los laterales que hoy lucen su pachuchez, aquel sofá vegetal no duró un asalto, la montaña negra es un horror, el parque infantil burgalesista no pega ni con cola y luce sus grafitis ,los carteles de información emborronados para gloria de Linneo...

Y,sin embargo, yo adoro la Isla, con sus tejos y su liquidámbar, y su árbol de Júpiter y el del Amor junto al busto de Cervantes, con sus paseantes habituales, los que corren, los que andan, los que son empujados en sus sillas de ruedas para tomar el último sol, los de los perros y ...Incluso la extraña mujer que lee paseando y de vez en cuando se sienta y hace fotos con el móvil. Que no me estropeen mi Isla. Gracias por el artículo.

Ele Bergón dijo...

A mis trece años conocí Burgos y de aquella época, lo que mejor recuerdo no es la catedral, pero sí el Paseo del Espolón donde me comí un helado del que aún guardo el sabor y lo vuelvo a buscar, pero también el Paseo de la Isla, donde recuerdo la impresión que me causaron tantos árboles. Ahora cuando paseo por allí, pienso que mis recuerdos están distorsionados o ¿quizás no?

Me encantan los parques en las ciudades, qué pena el no cuidarlos lo suficiente y respetarlos en su originalidad.

Un abrazo

dafd dijo...

Es un gusto poder pasear y al mismo tiempo aprender sobre la flora. La variedad de especies que conviven en el parque de La Isla nos permite adquirir al menos el conocimiento de los nombres de las especies. Identificarlas yo creo que es un primer paso para conocerlas, respetarlas e incluso quererlas. Tengo el prejuicio de que lo más importante de los parques -aparte lógicamente de lo más básico: la accesibilidad para los ciudadanos- es la vegetación misma. Todo lo demás parece que debe estar ahí para potenciarla, cuidarla y "convivirla" con sus vecinos de dos patas (a ver si me entra desde aquí el comentario)

Myriam dijo...

Bueno, cuando vuelva a Burgos veré ese Jardín de la Isla,
me lo apunto, trataré de no ir entonces, en invierno,
como la vez pasada. Cierto, los políticos harían
bien en escuchar a la ciudadanía que protege el patrimonio
cultural y paisajístico de su ciudad.

No me gustan nada los Jardines franceses dieciochescos.
Me parecen totalmente artificiales y completamente falsos.
Me gustan si y mucho, los jardines ingleses que no podan las plantas
de la manera encajonada francesa estilo Versailles, sino
que los dejan expresarse con naturalidad.

Me has dado idea para una entrada (o varias) en mi blog sobre:
Chateaubriand et Le sentiment de la Nature, Publicado en 1991
por la Maison de Chateaubriand, La Vallé Aux Loups, a raiz de
dicha Exposición comisariada por Jean.Paul Clément, que es el
director de la Casa.

F. René de Chateaubriand que se crió libre en los bosques de Bretaña, y justamente, criticaba en gusto -artificial- de su tiempo. Esto lo hace, por ejemplo, en un una carta escrita en 1795 durante su exilio en Inglaterra.

¡Ay! ya sé, ya sé, me callo.... me callo

Besos

Kety dijo...


¡Qué sería una ciudad sin parques! ¡Nada!

Un abrazo

JL Ríos dijo...

Ojalá se extienda por toda España, como dices. Parece casi ancestral en nuestro país, en sus gobernantes, el odio hacia lo verde.

Un abrazo